Flor de loto

Capítulo 26

-¿Me vas a decir qué sucede?- preguntó el chico, mirando a su hermano de manera expectante. Después del ataque de rabia que había tenido el ojiazul, y de haberse él mismo recuperado de la sorpresa, había buscado por todas partes a su hermano. Lo encontró finalmente en la entrada principal del palacio, hablando con varios soldados, que según sabía eran aquellos a quienes les tenía más confianza.

Pero cuando hizo que su presencia se notara, su hermano terminó abruptamente con la conversación, y abandonó rápidamente el lugar.

Y así, lo había tenido que perseguir por casi todo el palacio. Preguntando y siendo ignorado; demandándole una explicación a su hermano de lo que había sucedido en el comedor. Por supuesto, Seto se había negado a hablar, hasta que finalmente, se detuvo allí, en aquella sala de descanso que se encontraba frente a uno de los jardines.

El sonido del agua de la fuente que estaba en medio del jardín, era lo único que se escuchaba, además de las constantes interrogantes de Mokuba.

-Seto, respóndeme- pidió el chico, mirando fijamente la espalda de su hermano. No pensaba quedarse con la duda. Sobre todo, porque tenía la sospecha que el comportamiento del ojiazul tenía relación con Yami.

-Tengo asuntos que resolver, Mokuba. No tengo tiempo para esto- Esa fue la única respuesta.

El chico rodó los ojos. Ya estaba más que acostumbrado al carácter de su hermano.

-Sí tienes tiempo, hermano- contradijo.

El castaño solamente suspiró. No quería hablar de Yami. Esto le estaba afectando a él también. Las palabras que le había dicho al egipcio se repetían en su mente una y otra vez, atormentándolo con la culpa.

Debió de haber buscado otra manera. No fue necesario tener que lastimar a Yami de esa forma.

Pero el daño estaba hecho. Ahora solo quería olvidarse del asunto. O al menos, quería intentarlo.

-Yami- Cuando escuchó el nombre del egipcio, se dio la vuelta para mirar a Mokuba. Imaginaba que el chico ya había adivinado de qué se trataba la situación.

Sin embargo, cuando observó a su hermano, encontró que la atención de éste estaba ahora enfocada en otro lugar.

Siguió la mirada de Mokuba, y sus ojos se abrieron en impresión al ver a Yami ahí, bello como siempre; luciendo por primera vez una túnica blanca que le cubría desde el pecho hasta las rodillas, junto con un cinturón de oro que definía su figura a través de aquella prenda.

Había un solo collar alrededor de su cuello. El gobernante de inmediato notó la ausencia del medallón que antes el príncipe casi nunca se quitaba.

De verdad lo había lastimado. Quién sabe, quizás el joven ya lo odiaba.

Se abstuvo de seguir mirando al egipcio. Pero no pudo evitar mirar momentáneamente el semblante del menor. Era bastante obvio que el joven había estado llorando. Aún con el kohl rodeando sus ojos, era fácil notarlo. Esto solo ayudó a que se sintiera más culpable.

-¿Yami, estás bien?- preguntó Mokuba, quien también había notado el semblante del egipcio.

-¿Cuándo puedo irme?- interrogó el ojirubí de pronto, ignorando tanto la pregunta de Mokuba como los ojos del emperador.

Aunque ya era de esperarse, la pregunta golpeó violentamente al ojiazul. Yami de verdad iba a regresar. El mismo joven parecía querer irse lo más pronto posible.

Intentó por todos los medios de que, tanto su voluntad como su voz, no flaquearan cuando respondió.

-Cuando quieras, están esperándote- Procuró que sus palabras se escucharan frías. Sin embargo, el solo hecho de pensar que Yami verdaderamente había aceptado regresar… dolía, y bastante. Solo hasta entonces pudo mirar la realidad como era. No volvería a ver a Yami. Cuando despertara todas las mañanas, no habría nadie a su lado. Yami era al único al que le había permitido dormir en su cama. Nadie más tendría ese privilegio. La sonrisa del joven no volvería a verla, su aroma, su presencia; todo desaparecería.

Yami no estaría ahí de nuevo. Y no fue sino hasta ese momento, que le dio verdadera importancia a esa realidad.

Y en ese segundo, sintió ganas de ordenarle al menor que se quedara.

Pero no iría en contra de su propia decisión. Además, ya había arruinado su relación con el egipcio. Yami no lo perdonaría ni mucho menos le creería si le dijera que había mentido.

Al menos, le consolaba el hecho de que el príncipe estaría a salvo. La tarea de custodiar al egipcio hasta su hogar se la había encargado a sus soldados de más confianza. Yami llegaría bien, y podría reunirse con su familia.

-Mi familia… mi pueblo estará a salvo, ¿cierto?- Y para asegurarle que Yami encontraría la felicidad en Egipto, estaban esas palabras. La única preocupación del príncipe: su pueblo. Todo su mundo parecía girar alrededor de esos egipcios.

-No me retractaré de mis palabras- aseguró. Notó cómo el egipcio bajaba la mirada, mientras esbozaba una pequeña sonrisa causada quizás por el alivio.

-Se… lo agradezco, de verdad- susurró el príncipe, haciendo un esfuerzo por contener sus emociones. Tan solo quería lanzarse a los brazos del ojiazul. Quería que todo fuera como antes.

Pero ahora conocía los verdaderos pensamientos del romano.

-Un momento… ¿por qué lo tratas de 'usted'? ¿Pasó algo entre ambos?- preguntó Mokuba, quien había estado mirando sorprendido el intercambio de palabras entre su hermano y Yami. Parecía que la confianza se había perdido. Era como si fueran dos extraños hablándose.

Para su mayor sorpresa, su hermano dio varios pasos. Era claro que estaba dispuesto a salir de allí.

-Seto, espera, ¿adónde vas?- preguntó apresuradamente, no entendiendo absolutamente nada de la presente situación.

-Al templo de Marte- fue la respuesta tajante.

-Pero…-

-Tengo que ir a una guerra en dos días, Mokuba- interrumpió el ojiazul. Por supuesto que debía ir nuevamente al templo del dios de la guerra. Pero en ese momento solo utilizó eso como una excusa. Pues no estaba de humor como para dar explicaciones.

Así que procuró apresurar el paso. Aunque desgraciadamente, tenía que pasar al lado de Yami para poder salir. Tuvo que hacer un gran esfuerzo por ignorar al joven, quien también se quedó quieto cuando la distancia entre ambos estuvo acortada.

Procuró no ser tentado por el delicioso perfume que emanaba de aquel cuerpo bronceado, y en cambio enfocó su atención en el pasillo que se extendía frente a él.

Finalmente la distancia volvió a crecer con cada paso que daba.

Pero la dulce voz del joven pronunciando su nombre, lo obligó a detenerse. No tenía que hacerlo, pero ya lo había herido suficiente. De hecho, de verdad esperaba que el egipcio lo insultara, pues era lo menos que merecía.

-Seto… solo… gracias por… cuidarme cuando estuve enfermo y… por salir… conmigo en mi cumpleaños… y… por lo de anoche… aunque no te gustara… y aunque hubieras mentido con lo que me dijiste anoche… me hiciste muy feliz… aunque fuera por unos momentos- Por la manera en que la voz del joven se quebraba, era fácil sospechar que intentaba tragarse sollozos.

El ojiazul, por su parte, sentía una extraña mezcla de sorpresa y enojo. Yami podía gritarle, ofenderlo… podría hasta golpearlo y él no haría nada. Porque bien sabía que lo merecía. Y sin embargo, ¿el joven le agradecía? ¿Qué rayos le sucedía? ¿No estaba enojado o resentido por lo que le había hecho? Podía ver que había llorado, así que obviamente sus palabras lo habían lastimado. ¿Por qué no se desquitaba ahora que tenía la oportunidad? Ya le había asegurado que su familia estaría a salvo, así que no tenía nada que temer.

¿Cómo podía estar agradecido con alguien que lo había lastimado tanto?

No pudo seguir lidiando con esos pensamientos, era demasiado, aún para él. Por eso, se limitó a seguir con su camino, como un criminal condenado a muerte que caminaba hacia el final de la vida.

-¿Yami, qué está sucediendo?- La pregunta de Mokuba resonó por todo el salón. A ella le siguió un corto silencio.

-Voy a volver a Egipto, Mokuba- respondió el ojirubí, mirando al suelo, donde había estado viendo todo ese tiempo. No se había atrevido a mirar al castaño mientras hablaba, pues rompería en llanto si lo hacía.

-¿Qué dices?- interrogó el chico, completamente desorientado y sorprendido. Con incredulidad, se acercó a Yami. –No es cierto, ¿verdad?- preguntó. Quizás solo era una broma. Tenía que ser una broma.

Yami no podía irse, no cuando era claro que Seto lo quería tanto.

-No te mentiría- afirmó el ojirubí.

-Pero… no puedes irte… ¿y Seto?-

-Él es quien quiere que me vaya, Mokuba. Y yo ya acepté con gusto- profirió el egipcio, mientras se daba la vuelta y comenzaba a caminar. No quería darle explicaciones al hermano del emperador. Lo único que deseaba era salir de ahí. No quería más presiones ni preocupaciones. Ya había tenido suficiente.

-¡Espera!- exclamó el chico, siguiéndole el paso al egipcio. –Yami, por favor, escúchame- pidió. Con su mano, logró sostener el brazo del egipcio. No podía permitir que todo acabara de esta forma. Era demasiado repentino y no tenía fundamento alguno. La noche anterior había visto muy románticos a Yami y a su hermano en el comedor. ¿Y hoy simplemente tuvieron un altercado y de pronto Yami debe irse? La sola idea era demasiado disparatada.

El príncipe se detuvo, intentado mantener la calma. De hecho, suspiró profundamente antes de hablar.

-Mokuba, disculpa, pero te agradecería que no te metieras en asuntos como este. Seto ya lo decidió, y dejó muy en claro que no quiere verme más. Y yo… estaré mejor en Egipto. Así que por favor, respeta nuestra decisión- Después de decir eso, siguió con su camino, teniendo ahora su brazo liberado del agarre del chico, quien en medio de la sorpresa por sus palabras, lo había soltado.

-¿Ayer estaban bien y hoy de pronto no quieren verse más? La decisión de la que hablas fue tomada con mucha prisa, por lo que veo- insistió el chico. No dejaría ir tan fácilmente a Yami. Quizás su hermano quería lanzar su felicidad por la borda, pero él no estaba dispuesto a quedarse de brazos cruzados. Lo había hecho con Kisara, esta vez no se repetiría la historia. No iba a cometer el mismo error dos veces.

-Tu hermano tomó esta decisión desde hace algún tiempo. Yo era quien no la aceptaba. Hoy cambié de opinión- afirmó el ojirubí.

-¿Así de la nada cambiaste de opinión?-

-Mokuba, por favor, no insistas-

-¡No me pidas que no insista! ¿Acaso no puedes ver que mi hermano te necesita?-

-Por supuesto, y lo dejó muy claro hoy- susurró con sarcasmo el egipcio.

-¿Te dijo algo malo?-

-No quiero hablar de eso, Mokuba-

-¿No amas a mi hermano?- La pregunta, hizo que el ojirubí se detuviera y mirara al chico.

-Sí, Mokuba, amo a Seto. Pero me ha herido demasiado, y he llegado al límite- Fue esa afirmación, la que pareció callar todo argumento del chico. No podía ser egoísta. Ahora que Yami le había dicho que su hermano lo había lastimado… no podía tomar su tristeza a cambio de la felicidad de su hermano. No podía ser tan egoísta con el príncipe, no cuando sabía que el joven había hecho todo lo que estuvo a su alcance para intentar hacer feliz a Seto.

No iba a cometer el mismo error. Porque quizás, nunca fue un error desde el principio. Tal vez Kisara estaba mejor sin Seto, a pesar de las muchas veces en las que la joven le había escrito en sus cartas que extrañaba a su hermano.

Por los dioses, Seto lo mataría si supiera que él aún se comunicaba con aquella joven.

Pero quizás era mejor así, escribiéndole a Kisara a escondidas del emperador.

Quizás también sería lo mejor para Yami, alejarse de la persona que lo había herido tanto.

No pudo sentir más que resignación en ese momento.

-Entiendo. Tienes razón, discúlpame por insistir- pidió, suspirando luego. –Sé lo hiriente que puede ser mi hermano, y la verdad es que no mereces esos tratos- reconoció.

El príncipe sonrió con cierta amargura, antes de acercarse y rodear al chico con sus brazos, abrazándolo afectuosamente.

-Gracias por entender, Mokuba- susurró, mientras intentaba no dejar escapar lágrima alguna. El chico se había ganado su aprecio, era casi como un hermano para él. Además, sabía lo mucho que quería a Seto, y por lo tanto, lo decepcionado que se debía sentir en ese momento. –Te extrañaré- afirmó.

-Yo también te extrañaré, Yami. Espero que llegues a ser feliz- le dijo el chico.

El ojirubí se separó lentamente, procurando mostrarle una sonrisa al chico.

-Suerte con Claudia- El comentario provocó un profundo sonrojo en las mejillas del de menor edad.

-Gracias… pero creo que ya no la necesito- afirmó, sonrojándose aún más.

-Oh, ¿sucedió algo anoche?- preguntó con humor el príncipe, olvidándose momentáneamente de sus problemas.

-Bueno… sí… digamos que… la besé y ella… me correspondió- profirió el chico, jugueteando con sus manos de manera nerviosa.

Esta vez, Yami sonrió ampliamente.

-Felicidades Mokuba, será tuya en poco tiempo- afirmó.

-Eso espero- murmuró el chico. Miró al egipcio y procedió a sonreír con cierta tristeza. –Cuídate, Yami. Y gracias-

El egipcio tan solo colocó su mano sobre el hombro del chico, dándole ánimo de manera silenciosa.

-Hazme un favor, Mokuba- pidió. El menor asintió de inmediato.

Yami sonrió, esta vez con cierta tristeza.

-Cuida a Seto por mí. Podrá ser muy orgulloso… pero enserio, es como un niño a veces-

Después de eso, siguió con su camino.

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¿Qué clase de despedida había sido aquella? Verdaderamente jamás esperó que las cosas terminaran de esa forma. Quién sabe, quizás cuando volviera a su palacio y no encontrara rastros del ojirubí, desearía haber hecho todo de forma distinta.

Y es que desde ese momento, todo parecía recordarle a Yami. Había recorrido ese mismo lugar con el príncipe el día de su cumpleaños. Aún podía recordar el semblante fascinado y curioso del adolescente, y las miles de preguntas que le había hecho. Jamás había tenido tanta paciencia con alguien.

Suponía que se sentiría culpable el resto de su vida por las palabras tan crueles que le había dicho a Yami. Sobre todo, no se perdonaría el haberlo hecho llorar.

Yami era precioso para él. No podría negarlo de ninguna manera. Y quizás el método que utilizó para protegerlo no fue el mejor. Tal vez solo debió atarlo a un caballo como había dicho la noche anterior.

¿Lo amaba? La opción sonaba cada vez más real y menos disparatada.

Pero ahora de nada serviría descubrir qué era lo que verdaderamente sentía por Yami.

Dolería, dolería bastante llegar a su habitación esa noche para encontrarla vacía. Y todo porque no quería ser egoísta. Pues si aceptaba el trato con los egipcios, Yami debía ser suyo, y quedarse ahí por el resto de sus días. Ese había sido el acuerdo. Así que era solo él el culpable de su propia miseria.

Pero prefería que Yami estuviera lejos y bien, a que estuviera cerca y en constante peligro. Por más que quisiera negarlo, sabía que no podría estar allí para Yami todo el tiempo, tenía deberes con los que debía cumplir. Cualquiera podría entonces encontrar la manera de lastimar al príncipe.

Quizás se perdonaría el haberlo lastimado ese día con sus palabras; pero jamás podría perdonarse, el que el joven sufriera por su egoísmo.

-Señor, hemos llegado- Fue aquella declaración, la que lo hizo salir de sus divagaciones. Cuando alzó la mirada, supo que había llegado al templo.

Cuando entrara a ese lugar, Yami aún estaría allí. Pero cuando saliera, el príncipe ya estaría lejos.

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No quería pensar en lo que estaba ocurriendo. En cambio, se concentraba en mirar sus alrededores, admirándose ante la majestuosidad de esa ciudad. Había estado allí antes, el día de su cumpleaños, con Seto.

Seto…

Negó con la cabeza. No quería pensar en él. No ahora que ya había empezado su viaje hacia Egipto.

Varios guardias lo acompañaban, custodiándolo y evitando que las personas que caminaban por las calles chocaran con él.

Y es que había insistido en ir caminando. Al menos mientras salía de la ciudad. Cuando ya no hubiera nada interesante que ver, podría relajarse en la enorme litera que un grupo de esclavos cargaba, la cual en ese momento, solo resguardaba el rompecabezas, que se dedicaría a armar durante el camino.

Juzgando por la gran comitiva que lo acompañaba, y la cómoda litera, podría decirse que Seto se había asegurado de que su viaje fuera cómodo.

Volvió a negar con la cabeza. Se había prometido a sí mismo que no pensaría en el emperador. Ahora, solo debía de pensar en su familia, y en la alegría que sentiría al volver a verlos.

Sonrió con tristeza. Su familia era muy importante, pero se sentía incompleto. Sentía que estaba haciendo esto por obligación.

Pero después de las palabras tan hirientes del emperador, no podía siquiera considerar oponerse a su decisión. Quizás era mejor así. Tal vez fueron los dioses quienes decidieron. O quizás, de verdad se había equivocado cuando pensó que su destino se encontraba en Roma, al lado de Seto.

De manera involuntaria, su mano derecha buscó su muñeca izquierda. Sus dedos encontraron en poco tiempo aquello que tanto significado tenía para él. Lo único que le quedaba de un sueño que pareció real, pero que finalmente no fue más que ilusiones.

Alzó el brazo, para poder mirar mejor aquello que sus dedos delineaban.

Cuando sonrió, las lágrimas se acumularon en sus ojos.

Sus dedos trazaban el medallón que el ojiazul le había comprado. El collar no estaba en su cuello. De hecho, originalmente había pensado empacarlo con sus demás pertenencias. Pero no soportó la idea de estar lejos de aquel objeto. Por ello, decidió enredar el collar en su muñeca y usarlo como si fuera un brazalete.

Era un collar de poco valor monetario. No era de oro ni de algún otro metal fino. Sin embargo, su significado valía más que la joyería más preciosa. Conocía el oro y la plata, desde niño había usado joyas. Todas esas cosas no valían nada a sus ojos. Pero el gesto detrás del medallón que sostenía con los dedos, aunque fuera pequeño y quizás solo causado por el agobio del emperador, significaba mucho para él. Seto había pensado en él cuando se acercó a entregarle las monedas a la vendedora. Solo ese mínimo pensamiento, bastaba para hacer que una sonrisa naciera en su corazón y floreciera en sus labios.

Negó ligeramente con la cabeza. Al parecer no podría dejar ir completamente el recuerdo del ojiazul. Aunque lo intentara, y se esforzara en ese intento, no podría dejar de sentir lo que sentía.

Alzó la mirada, enfocándola en el cielo despejado.

No quería seguir pensando en él, pero su mente lo traicionaba.

Aún lo amaba, y no dejaría de hacerlo por mucho tiempo; quizás por la eternidad.

Sus divagaciones acaban, y volvió bruscamente a la realidad, debido a un repentino golpe que lo había obligado a dar un paso hacia atrás para ayudarse a mantener en pie.

Cuando miró hacia abajo, notó a alguien en suelo, quien al parecer había caído después de chocar contra él. No sabía si era hombre o mujer, pues su cabeza estaba cubierta con un velo de color oscuro.

De inmediato, los guardias que lo acompañaban se acercaron a la persona, con las intenciones de hacerla a un lado.

-Está bien, yo me encargo- ordenó. Para su asombro, los hombres obedecieron. Pensaba que quizás no escucharían a un príncipe extranjero.

Se arrodilló entonces, ayudándole a la persona a sentarse.

-Lo lamento, fue mi culpa- se disculpó.

-No, está bien- la voz que se escuchó fue la de una mujer joven.

El príncipe le ofreció la mano, para ayudar a la persona a levantarse.

-Es usted muy amable- susurró la mujer, aceptando la mano ofrecida y mostrándole así su rostro al egipcio.

La atención del príncipe fue directo a los ojos de la persona.

Hermosos ojos azules.

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Cuando salió del templo, el atardecer estaba pronto a llegar. Pero eso no le importó. Realmente, nada parecía importante. Ni siquiera había podido concentrarse en sus rezos, por tener en sus pensamientos a Yami. Quien sabe, quizás Marte no lo beneficiaría esta vez, por el irrespeto que había mostrado al pensar en un príncipe extranjero cuando su atención debía estar en la inminente guerra.

Pero no importaba lo que hiciera, no podía sacar a Yami de sus pensamientos.

¿Se había ido ya? Le costaba pensar en eso. Pero era lo más probable.

-Señor, desean hablar con usted- la afirmación de uno de los guardias, hizo que su corazón se acelerara y que expectativa llegara.

Le asintió al hombre, para que dejara acercarse a la persona, quien aparentemente esperaba en las escaleras de entrada al templo.

¿Podía ser Yami? ¿Obstinado como siempre, demandando que quería quedarse?

Cuando pudo ver hacia las escaleras, encontró a alguien allí. Sin embargo, no podía verlo debido al velo que cubría su cabeza, y al hecho de que la persona se encontraba de espaldas. Pero fue obvio, que ese no era Yami. Reconocería la figura del egipcio a metros de distancia.

Intentó con esfuerzo que la decepción no se notara en su semblante.

La persona se dio la vuelta, mientras se quitaba el velo.

La sorpresa comenzó a presentarse, cuando un largo cabello claro fue revelado.

Y la expectativa, se convirtió en incredulidad y sorpresa, cuando el rostro de una mujer fue revelado.

No podía ser verdad lo que estaba viendo. No podía ser ella quien le estaba sonriendo, de pie a tan solo unos cuantos metros.

-¿Kisara?-

Los ojos de la mujer parecieron brillar cuando el nombre fue pronunciado.

Pero no podía ser verdad. De todas las personas, no podía ser ella.

-¿Qué haces aquí?- Procuró que su voz se escuchara firme, a pesar de que la incredulidad y sorpresa apenas le permitían pronunciar palabra.

No recibió una respuesta en palabras, pues la siguiente acción de la joven de largos cabellos fue la de acercarse y abrazarlo, con ese mismo cariño que le había demostrado aquella última vez que la vio.

Era ella; era Kisara. Su calidez, su aroma, aún esos brazos que se enredaban en su cuerpo le aseguraban que era ella.

No supo cómo sentirse entonces. Una mezcla de sentimientos se albergaba en su pecho. La incredulidad y el enojo se mezclaban, al tener nuevamente en sus brazos a aquella joven. Debía admitir, que aunque fue su decisión romper su compromiso con Kisara y no verla más; la había extrañado bastante. Sin embargo, no iba a permitir que el alivio de tenerla cerca nuevamente, sobrepasara al orgullo.

-¿Por qué regresaste?- preguntó, procurando no devolver la muestra de cariño tan familiar que la joven le estaba dando.

Kisara se alejó finalmente, quizás al darse cuenta de que su abrazo no era tan bien recibido.

-Tengo presente tus palabras, Seto- afirmó. Su sola voz pareció golpear los pensamientos del ojiazul. Había pasado demasiado tiempo desde la última vez que escuchó esa voz.

Había algo diferente. Su Kisara había sido tímida, quizás demasiado. Ahora, parecía haber madurado. Se notaba más segura. Su sola voz hacía notar el cambio.

-Aún así, me da gusto verte de nuevo- agregó la joven.

-¿No fui lo suficientemente claro cuando te dije que no quería volver a verte?- interrogó el castaño, procurando mirar hacia cualquier dirección, con el objetivo de no encontrar sus ojos con los de Kisara. Esto era demasiado para sobrellevar, aún para él. Perdía a Yami, y Kisara regresaba. ¿Cuántos problemas más se presentarían?

La joven bajó la mirada, pero sonrió disimuladamente. El aparente enojo del emperador, no pareció afectarla en lo más mínimo.

-Lo fuiste- afirmó la ojiazul. –Pero no voy a decir que lo lamento. Porque la verdad es que, además de que quería verte, tengo algo que necesito decirte- explicó.

-Me desobedeciste- profirió el ojiazul, debatiéndose entre el enojo, y la alegría de volver a ver a la joven. Porque no iba a negar, que a pesar de todo, aún le guardaba cierto aprecio a la joven. Además, después de lo que le hizo a Yami, no tenía deseos de volver a lastimar a alguien a quien quería.

-Te he dado la razón…-

-No es suficiente- interrumpió el castaño. –Te dije claramente que si volvías te asesinaría…-

-Y no voy a evitar que cumplas con tu palabra. Solo quiero que me escuches- Esta vez, fue la ojiazul la que interrumpió. –Mi vida ya no tiene importancia. Puedes hacer lo que quieras con ella- afirmó, alzando la mirada y buscando encontrar su mirada con la del gobernante. -¿Me odias tanto que ya no puedes siquiera mirarme a los ojos?- preguntó, con la tristeza asomándose a su voz.

-Solo di lo que tengas que decir y desaparece de mi vista- ordenó el gobernante.

La joven suspiró. No había razón para sentirse decepcionada, pues no podía esperar más de Seto. Aún así, su ánimo decayó ligeramente.

-Siempre has sido una persona reservada. Me sorprende que me pidas que hable aquí, con todos mirando- profirió la joven.

Solo hasta entonces, el ojiazul pareció recordar dónde estaba exactamente. A la salida del templo de Marte, en el Foro, a una hora cercana del atardecer. Aún había muchas personas alrededor. Y ciertamente, no tenía deseos de que alguien reconociera a la joven que estaba frente a él.

-No te permitiré entrar a mi casa, si eso es lo que pretendes- afirmó.

La menor sonrió.

-No has cambiado. Pensé que quizás ese joven…- murmuró. Pero sus palabras fueron cortadas, cuando ella misma pareció retractarse de ellas. –Podemos ir a mi casa- ofreció.

El gobernante frunció el ceño, cuando el significado de esas palabras pareció ser más que obvio.

-¿Por cuánto tiempo has estado en Roma?- preguntó, permitiendo que el enojo que escuchara en su interrogante. ¿Exactamente desde cuándo Kisara le había desobedecido?

-No te preocupes, no llevo aquí una semana. Ni tampoco he llamado la atención. Aquí soy solo una plebeya- manifestó. –Realmente no es mi casa, solo es el lugar donde dormimos temporalmente- agregó.

El castaño escuchó perfectamente la forma plural que utilizó la joven. Y el fastidio se asomó a sus ojos.

-Así que el bastardo ese sigue vivo-

-Seto, por favor…-

-¡No me insistas con ese tema! Si es eso de lo que quieres hablar no estoy dispuesto a escucharte- exclamó el ojiazul, perdiendo finalmente la paciencia. No podía lidiar ahora con más complicaciones. Además, ya se había encargado de dejar en claro ese tema. No quería escuchar más insistencias.

-Te pido como uno de mis últimos deseos que me escuches-insistió la joven.

El ojiazul se limitó a reír esta vez, con obvia burla.

-Si alguien más te escuchara creería que estás a punto de morir- se mofó. Aunque la burla acabó rápido, cuando finalmente, se atrevió a mirar a la joven, y notó el semblante completamente resignado y la sonrisa agridulce que yacía en los labios de la menor.

Los ojos azules de Kisara, hicieron al fin contacto con los ojos también azules del gobernante.

-Seto, estoy muriendo-

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Magi: antes que nada, sé que el capítulo anterior y quizás este quedó medio triste. Pero créanme, sé lo que hago (o al menos eso creo xD). Mantengan la expectativa, si? No voy a decir lo que tengo planeado porque lo arruinaría por completo. Pero ya lo averiguarán en los siguientes capítulos n.n

Wueno, actualicé rápido. La razón es que ya tenía escrito casi todo el capítulo desde la semana anterior. De hecho, el capítulo anterior y este iban a ser uno solo. Pero no me dio tiempo de terminarlo, así que lo dividí. Pero la semana anterior le saqué provecho a las clases en la universidad. Terminé este capítulo en la clase de Legislación de compañías o.O Dos preguntas me hizo el profesor y yo nada, andaba perdida en Roma xD Pero cuando la inspiración llega no puede ser ignorada u.u Claro, mientras no me saquen a patadas de la clase

Agradecimientos a niko-chan, Natsuhi-san, Atami no Tsuki, Patty-MTK, ANGELMAU, bella-rosalinda, Azula1991, angelegipcio por sus reviews! Espero que les haya gustado este capítulo.

Nos vemos!

Ja ne!