Flor de loto
Capítulo 27
Estaba sorprendido. Sorprendido de que, ante las presentes circunstancias, estuviera guardando de tal manera la calma. Su habitación aún se encontraba intacta, en el orden cotidiano que la caracterizaba. Las sábanas cubrían impecablemente la cama, los adornos seguían en los sitios que les habían sido predispuestos. Todo estaba en su lugar. En otra oportunidad, habría destruido cualquier cosa que estuviera a su paso, intentando con ello descargar el enojo.
Pero no sentía en ese momento una emoción exacta, pues la extraña mezcla de sentimientos no permitía descifrar absolutamente nada.
Era difícil, sin embargo, comprobar lo vacía que se observaba la habitación, ahora que Yami no estaba.
Pero ahora estaba más que claro. Era él el emperador de Roma. Y los deberes estaban por encima de las emociones. No podía detenerse a pensar en sus problemas personales, en momentos de guerra.
Además, aún debía resolver el asunto con Kisara.
El sonido de sus propios pasos al salir de la habitación resonó por los pasillos iluminados con lámparas de aceite doradas, decoradas con los más finos detalles, que hermoseaban el lujoso mármol del que estaban hechas las paredes.
Él aún no estaba muy seguro del por qué, después de negarse completamente, accedió luego a permitirle a Kisara entrar a su palacio. ¿Era la lástima la que lo había llevado a tal cosa? ¿O el hecho de que simplemente no se arriesgaría a mirar a los ojos a la persona que había negado por tanto tiempo? Aunque aún ahora, no podía evitar sentir curiosidad al pensar en ello, pues nunca había visto el color de los ojos de esa persona, ni el color de su cabello. Solo podía imaginar, porque, aunque así lo quisiera, aún no se atrevía a enfrentarse a aquella realidad que había desencadenado el fin de su compromiso con Kisara.
Siempre tuvo sus razones. Ilógicas o no. Él no actuaba si no existía un fundamento para sus acciones.
-Pensé que no te volvería a ver- Las palabras provenientes de una voz que conocía bien, lo distrajeron de sus pensamientos.
No supo por qué suspiró, antes de atreverse a alzar la mirada. Solo era una sala decorada con lujosas sillas y pocos adornos, iluminada también por aquellas lámparas de aceite doradas. Pero, más que los colores fuertes que daban vida a los murales de las paredes, el foco de atención recaía sobre las dos personas que estaban allí. Una, sentada en uno de los cómodos asientos forrados con preciosa seda. Otra, de rodillas frente a la persona que estaba sentada, sosteniéndole ambas manos en un gesto que denotaba el más puro afecto. La escena podría recordar a una pareja de hermanos, que se habían reencontrado después de mucho tiempo.
Aunque, realmente esa escena no distaba de la realidad.
-Casi no puedo creer lo mucho que has crecido, Mokuba- profirió la mujer, mientras miraba cariñosamente al joven que yacía arrodillado frente a ella.
El ojiazul solo se limitó a mirar aquel intercambio, negándose a anunciar su presencia de manera inmediata.
Kisara era una mujer perfecta, la mejor candidata para ser la esposa de un emperador. Y sin embargo, la había hecho a un lado.
Parecía que su destino, estaba siempre asociado a la soledad.
-Seto- Los ojos grises de Mokuba se encontraron con los suyos. El silencio se extendió por unos cuantos segundos. Podía notarse aún pinceladas de reproche en los ojos del de menor edad. Sin embargo, el chico no dijo nada respecto a lo sucedido ese día con Yami. –Los dejaré solos- afirmó, antes de levantarse.
El castaño no pronunció palabra. Solo miró cómo Mokuba se acercaba para besar a Kisara en la frente, casi en un gesto de bienvenida. Al alejarse, le guiñó un ojo, en una extraña señal de complicidad que lo puso a dudar durante algunos segundos.
Pero después de eso, el chico se retiró.
El ojiazul decidió acercarse, manteniéndose en silencio. Finalmente, tomó asiento, a poca distancia de la joven, en la silla que se encontraba al frente de la de ella.
-No creo que tus palabras hayan sido metafóricas. Así que espero que te expliques, ahora que tienes la oportunidad y que estoy dispuesto a escuchar- afirmó, manteniendo su característico semblante inexpresivo. De inmediato notó cómo la joven comenzaba a juguetear con las manos, en un gesto casi infantil. ¿Estaba nerviosa? No pareció estarlo cuando le habló en las afueras del templo. Quizás era el lugar el que la ponía nerviosa, o simplemente, le traía demasiados recuerdos. O quizás, temía su reacción, ante lo que fuera que iba a decirle.
-Estoy… enferma. A veces estoy tan débil que ni siquiera puedo levantarme. He sufrido desmayos, he perdido por completo el apetito y el dolor es a veces insoportable. Los médicos que me atendieron no pudieron encontrar la causa. Mi condición empeora cada vez más. Yo… no creo… cualquiera sea el nombre de esto, me matará en poco tiempo- intentó explicar, tropezando en sus propias palabras en un par de ocasiones. La verdad, era que temía hacer enojar a aquel que fue su prometido. Sabía que los temas que debía abordar causarían el enojo en el castaño, así que por más que intentara encontrar las palabras correctas, no podría evitar lo que simplemente era inevitable. –Me lastima… que por esta causa… ya ni siquiera pueda jugar con mi hijo- agregó, en un susurro tan bajo que no supo si fue escuchado por el gobernante. Había bajado la mirada segundos atrás, así que tampoco podía comprobar visualmente cualquier cambio en el semblante del ojiazul. Se limitó a cerrar los puños sobre su vestido, esforzándose por no entrar en llanto.
Lo amaba. Amaba aún de sobremanera al hombre que tenía al frente. Esto era sumamente difícil para ella. El tener que enfrentar a la persona que tanto amaba, pero que al mismo tiempo, le había hecho tanto daño.
El silencio opacó cualquier esperanza que hubiera tenido la joven. Esperaba el grito repentino o la demanda de que se retirara de inmediato. Simplemente, esperaba el resultado más obvio.
Y sin embargo, el silencio continuó, al punto de que el aire pareció ser absorbido por él. De repente, le costaba respirar, ante la incertidumbre que se negaba a retirarse. No podía más con esa espera.
Se atrevió a levantar la mirada, buscando de manera nerviosa el rostro del ojiazul. Descubrió que el castaño no la miraba a ella. Sus ojos parecían estar perdidos en el vacío. La inexpresividad se denotaba en su semblante, mas por un momento un rayo de debilidad dejó al descubierto una emoción que no fue clara, pero que la sorprendió en gran manera.
¿Tristeza? ¿Soledad? ¿Desconsuelo? Tales emociones jamás esperó encontrarlas en los ojos del castaño. Pero esa extraña emoción que pudo mirar, se asemejaba a alguna de ellas. No se equivocaba, estaba segura de ello.
Era acaso… ¿ese joven? ¿De verdad había logrado aproximarse de tal forma al corazón del ojiazul? ¿Había logrado lo que ella nunca pudo?
Se mordió el labio, bajando la mirada. El pensamiento era doloroso. Pero al mismo tiempo, le traía un sentimiento de alegría. Después de todo, ese había sido su sueño. Simplemente abrirse paso dentro del corazón de esa persona, y hacerla feliz, ignorando las posiciones, los deberes y la condición social. Solamente, amarla por sobre todas las cosas.
Pero quizás nunca fue ella. Quizás siempre fue alguien más, el destinado a lograr tal hazaña.
No quería ser un estorbo para el ojiazul. Sin embargo…
-Imagino la clase de médicos que te han atendido. Vives como plebeya, ¿o me equivoco? No voy siquiera a imaginar lo ignorantes que deben ser los médicos que tratan con la plebe- afirmó el ojiazul de repente. Había escuchado el último susurro de Kisara, pero no pudo encontrar la razón suficiente como para enojarse. Estaba cansado de lastimar a las únicas personas que parecían apreciar más allá de su poder y posesiones. Había lastimado a Yami, solo eso lo hacía sentir como la persona más culpable y patética. Ya había sido suficiente. Estaba agotado. Por primera vez, se atrevió a confesarse a sí mismo esa realidad. –Mis médicos son los mejores de Roma. De ahora en adelante serán ellos quienes te atenderán- afirmó. No iba a decir que el hecho de que Kisara estuviera enferma no lo afectaba. La joven había sido la persona más cercana a él, aparte de Mokuba, durante muchos años. Tal vez, aún no estaba listo para afrontar la muerte de la joven. Por eso, iba a hacer lo que estuviera a su alcance para devolverle la salud. Al menos, eso compensaría parte de todo lo malo que había hecho.
-Yo… yo…- susurró la joven, intentando contener las lágrimas. ¿Por qué? ¿Por qué estaba recibiendo un trato tan gentil? ¿Era este un engaño de su mente, o era la más pura realidad? -Gracias… gracias- Palabras de agradecimiento. No pudo encontrar nada más que decir. La incredulidad aún era mucha.
El ojiazul se limitaba a mirarla. ¿No era esto mejor? Hacer llorar a una persona de felicidad, en lugar de hacerla llorar de tristeza. Definitivamente se sentía mejor.
No podía, aunque quisiera, tratar con frialdad a la joven. Había pensado hacerlo, y sin embargo, sus acciones tomaron un rumbo completamente distinto.
No lo había pensado antes. Pero quizás era su culpa. Tal vez solo debió ser sincero desde el principio, o atenerse a las posibles consecuencias de las que tanto había intentado escapar.
¿Qué había tenido que suceder para que finalmente pudiera darse cuenta de algo tan simple? La respuesta era un simple nombre.
Poder, posesiones, riquezas. Antes, eso había sido lo más importante. Él era el emperador, y nadie podría arrebatarle eso. Antes, su única preocupación había sido la de mantenerse como la cabeza del imperio.
Ahora, en cambio, las cosas materiales tenían tan poco significado… que cambiaría todo lo que tenía si eso le permitía correr tras aquella persona de ojos carmesí que posiblemente no vería más. Ni aún su orgullo se lo impediría. Ya había sido suficiente.
Ahora, lo único que quedaba era ceder.
Suspiró con humor. Quizás sí era imposible escapar del destino.
-El pequeño bastardo…- comenzó, notando cómo Kisara alzaba la mirada de inmediato, presta a escuchar lo que fuera que iba a decir. –Debe tener… ¿seis años?- prosiguió. El tema tendría que salir en algún momento. No iba a evitarlo más.
Kisara asintió, mientras que la inseguridad volvió a apoderarse de su semblante.
El ojiazul notó de inmediato el cambio en la joven. Mentalmente, se preparó para la confesión que haría a continuación. Ya era la hora de hablar con la verdad. Aunque ahora que lo pensaba, esa verdad era bastante patética.
-Nosotros los romanos creemos cualquier cosa que provenga de los dioses. Aunque muchas de ellas ni siquiera provienen de ellos. Solo consulté el oráculo una vez… fue demasiado temprano para hacerlo. Apenas había asumido el cargo de emperador, y todo lo que parecía importar eran los beneficios que ese cargo me brindaría- explicó, evitando la mirada confundida de su ex prometida. –En ese tiempo… no me importaba nada más que el poder. Nunca antes me interesó tal cosa, pero cuando pruebas el poder por primera vez, simplemente es imposible dejarlo ir- No estaba seguro de si se estaba dando a entender. Hablar con sinceridad no era algo a lo que estuviera acostumbrado. Normalmente eso estaba reservado para Mokuba y, últimamente… para Yami.
-Solo quería burlarme de la estupidez de mi padre, quien consultaba regularmente los oráculos. Pero en cambio… terminé creyendo todo lo que me pronosticaron- afirmó.
-Nunca… me lo dijiste…- susurró Kisara. Sus ojos se juntaron con los del gobernante.
-Porque esa fue la razón por la que rompí nuestro compromiso- aseguró el castaño.
-¿Qué?... ¿por qué?... yo… no entiendo- murmuró la joven, completamente confundida. No podía creer que finalmente iba a escuchar la verdad. Aunque le rogó en varias ocasiones al ojiazul que le diera una explicación, éste siempre se negó. Y, por supuesto, ella no pudo oponerse. Porque, era cierto, en el breve lapso en el que estuvo junto al castaño después de su designación como emperador, pudo notar el gran cambio en su carácter. Nunca pensó que el poder fuera la causa de tal cambio. Quizás por eso, el gobernante, quien antes había sido tan gentil con ella, se mostró de pronto tan frío. Aún no olvidaba la manera violenta en la que el ojiazul le había arrebatado su virginidad. No era que se arrepintiera, o que resintiera tal momento, en lo absoluto. Era todo lo contrario. Pero ese recuerdo siempre estaría en su mente.
-La predicción… decía que ese mismo año tendría un hijo, y que ese hijo me arrebataría el trono- confesó finalmente. Debía admitir que se escuchaba verdaderamente patético. –Inicialmente me negué a creerlo. Pero exactamente al día siguiente me dijiste que estabas embarazada- afirmó. -Naturalmente, ya que en ese momento no me interesaba nada más que el poder, no lo dudé y rompí el compromiso… aunque confieso que mi plan inicial fue… el de matar al niño-
El semblante de Kisara de inmediato mostró terror. Había escuchado mal. Seto no haría algo así, ¿cierto?
El ojiazul pareció notar la angustia de la joven.
-Puedes estar tranquila. Si aún fuera esa mi intención, ese niño ya no estaría con vida- aseguró. –No tengo interés de manchar mis manos con la sangre de un niño. Además… ya no me interesa si esa predicción se cumplirá o no… -
-Pero…- intentó decir la joven, estando aún sorprendida por todo lo que había escuchado. Era demasiado como para asimilarlo. ¿Por qué Seto no fue sincero desde un principio? Habrían podido resolverlo de alguna manera. El nudo que se había formado en su garganta se tensó más, cuando los ojos del gobernante se enfocaron en los suyos. Ahora podía ver, que ya no se encontraba frente a aquel joven emperador. Era un hombre quien estaba frente a ella.
-No quería aceptarlo pero… ya no soy el mismo, Kisara. Ya no me interesa el poder. Esta posición, se ha convertido en una carga. El ser emperador es una cruz que debo cargar, todos los días. Por deber y orgullo estoy obligado a luchar por mantener ese título. Pero si al final llegara a perderlo… no creo que sería algo tan malo- confesó. Era un alivio decir aquello finalmente. Y sin embargo, se arrepentía de no habérselo dicho antes, a otra persona. Quizás era esa familiaridad que transmitía la presencia de Kisara, la que lo obligada a hablar con la verdad. Su amiga de la infancia, y después su prometida. Kisara era la mujer más cercana a él, aunque hubiera estado lejos por esos últimos años, siguiendo las órdenes que él mismo dictó.
Había pensado hacer algo drástico si Kisara lo desobedecía y volvía a Roma. Pero ahora que la tenía frente a él, sabía que aunque así lo quisiera, no se atrevería a lastimarla.
-No puedo creer que estés diciendo eso- murmuró la joven. Le había costado creerlo cuando Mokuba le dijo en sus cartas que Seto estaba cambiando. Sin embargo, comprobarlo ella misma era demasiado. Sonrió con tristeza. No era ella. Solo era ese joven de ojos carmesí. Ella no pudo ganarse el amor del ojiazul. Dolía pensarlo, pero al mismo tiempo, su deseo se había cumplido.
Sin embargo, aún tenía una petición que hacer. Y esta vez, no sabía si el emperador sería tan benévolo. No lo había mostrado, pero se sentía bastante débil. Durante esos momentos había intentado olvidarse de su verdadera condición. Mas era su enfermedad, la que la había obligado a venir hasta Roma, a buscar al padre de su hijo. Solamente, para hacer una petición. Aunque fuera un riesgo pedir tal cosa, necesitaba que el emperador la escuchara.
Se levantó, sosteniéndose con temblorosas piernos. Pero al primer paso que se dio, su cuerpo no pudo sostenerse más, perdiendo el equilibrio y cayendo de rodillos sobre el suelo.
No pudo evitar sonreír, cuando el castaño estuvo frente a ella en menos de un segundo, sosteniéndola por los hombros.
-Kisara…-
-Estoy bien… solo… un poco débil. Por favor no te preocupes- pidió.
El ojiazul guardó silencio. Por las ropas que Kisara llevaba puestas, no podía verse su figura. Mas ahora que la sostenía por los hombros, notaba la enfermiza delgadez de aquel frágil cuerpo. Y era ahora, que tenía a la joven tan cerca, bajo la luz de las lámparas, que podía ver que la palidez de su piel no era normal.
En ningún momento pensó que Kisara podría estar mintiendo. Pero ahora comprobaba con sus propios ojos la verdad de las palabras de su ex prometida.
La joven levantó la mirada, sus ojos inundándose de súplica.
-Seto… yo… no sé si mi enfermedad es o no incurable. Pero si lo es… por favor, cuando muera, te ruego que cuides de nuestro hijo. Por favor, es mi único deseo. No puedo irme tranquila sabiendo que dejaré a nuestro hijo desprotegido- La petición sacudió por completo los pensamientos del castaño. Su mente de inmediato negó tal ruego. No podía… Era completamente imposible.
-No, Kisara- profirió con firmeza. Había sido bastante amable, pero esto simplemente no podía aceptarlo. Por orgullo, temor o simple negación; no lo sabía. Solo estaba claro que él no se haría cargo de aquel a quien había desconocido por tantos años. Ya se había negado antes, cuando Kisara había insistido en que reconociera al niño. Ahora no sería diferente.
-Seto, por favor- rogó la joven, sosteniéndose de la toga del ojiazul. –Él no lo sabe. Esa profecía no se cumplirá, te lo aseguro. No sabe que eres su padre… ni siquiera es un ciudadano romano. Yo perdí mi condición de noble cuando me ordenaste salir de Roma, y él también la perdió- explicó, intentando convencerlo.
-No me interesa esa maldita profecía- afirmó el gobernante.
-Entonces por qué…-
-No es algo que pueda simplemente aceptar- interrumpió el ojiazul.
-Pero…-
–¡No soy un padre, Kisara!- exclamó el castaño. ¿Hacerse cargo de un niño? Era completamente imposible.
-Y no espero que lo seas. Solo quiero que cuides de él. No tienes que hacerlo directamente. No te estoy pidiendo que lo recibas en tu casa. Ni siquiera te pido que lo conozcas. A través de otra persona… puedes cuidarlo. Solo quiero que esté a salvo, y que no le falte nada-
-¿No quieres que lo reconozca?- preguntó el ojiazul. Después de tanta insistencia en los pasados años, le costaba creer que Kisara se hubiera dado por vencida.
-Por supuesto que quiero que lo reconozcas como hijo… sin embargo, en años pasados dejaste en claro que eso no sucedería. Ya lo sé, mi hijo no llevará el nombre de familia de su padre. Es cruel… no tienes idea lo mucho que ha preguntado por su padre. Yo solo… le digo que él no vendrá. No he tenido la valentía suficiente para mentirle, y decirle que su padre está muerto… no puedo hacerlo. Siento que si lo hago, te estaría negando. Y no puedo hacerlo… aunque tú no nos quieras, no puedo negarte- A aquellas palabras les siguió el silencio.
El ojiazul no emitió comentario. Definitivamente Kisara era la mujer perfecta; virtuosa, sin mancha alguna. Ella merecía el afecto de un buen esposo, y la alegría de ser madre. Merecía una familia. Mas él… él no podía darle eso. Y sin embargo, la joven le seguía siendo fiel.
Él si la apreciaba, y sentía aún cariño por ella. Pero no podía forzarse a sentir más. No podía ser un esposo, ni mucho menos un padre. No podría sobrellevar aquello. Quizás la razón yacía en el ejemplo de 'familia' que había recibido de sus propios padres. O quizás, solo era un cobarde disfrazado de emperador. Podía dirigir un imperio, pero no así su vida privada. Era patético, realmente.
No quería una familia. Aquella figura que estaba impresa en las leyes. Un matrimonio no hacía una familia. Un hijo, tampoco. Para él, lo que constituía una familia eran los lazos emocionales. Sí, no podía creer que él mismo admitiera tal cosa.
Pero Yami le había demostrado aquello. Era solo un príncipe, pero fue lo más cercano a una familia que tuvo, aparte de su ya establecido vínculo con Mokuba.
Se puso en pie, ayudando a Kisara a levantarse también. La joven volvió a sentarse. Y ésta vez, él se sentó a su lado, y no frente a ella como lo había hecho previamente.
-No voy a referirme a tu petición aún- afirmó. La verdad, es que era aún muy pronto como para tomar una decisión al respecto. Esta vez, haría las cosas con calma. –Mañana- agregó.
La confusión de la joven no se hizo esperar. Sus ojos azulados se enfocaron en el rostro del gobernante, buscando alguna explicación ante la última palabra pronunciada.
-Quiero conocerlo. Y mañana será el último día que estaré en Roma antes de la guerra- afirmó.
-¿Quieres… conocerlo?- preguntó la joven, completamente sorprendida. No podía haber escuchado bien. Simplemente no era posible.
-No te hagas ilusiones. No he aceptado tu petición aún, y créeme que no pienso reconocer al niño- afirmó el ojiazul.
Kisara sonrió. Aunque el gobernante había sido claro en sus palabras, el hecho de que quisiera conocer a su hijo bastaba para alegrar todo su ser. Era un gran avance, y no había esperado lograr tanto. Al principio, le había parecido que el ojiazul no había cambiado, mas ahora podía ver lo equivocada que había estado.
Aún había rasgos en el carácter del castaño, comparables con aquellos que había poseído cuando apenas comenzó a gobernar como emperador. Pero eran minoritarios, si se comparaban con los cambios.
Bajó la mirada, sin dejar de sonreír. Tristemente había de admitir que no era ella, sino aquel príncipe egipcio, la causa de esos cambios. Podían existir muchas personas, pero siempre sería solo una a la que se amaría de verdad. Era cierto, pues ella no había podido amar a nadie más, que a esa persona que ahora tenía al lado. Y aunque ahora sabía que ese amor jamás sería correspondido, estaba feliz.
-Estoy feliz- murmuró, expresando sus pensamientos. -¿Puedo preguntarte algo?- agregó, mientras jugueteaba con sus manos. Quizás eran nervios, o la simple tristeza de recibir una respuesta que acabara con toda esperanza, de ser amada por esa persona.
-¿Hn?- fue ese el único sonido que obtuvo como respuesta, e imaginó que ello significó que podía continuar.
Sus ojos subieron, centrándose ambos nuevamente en el rostro de perfil del ojiazul. El castaño no la estaba mirando, más bien, parecía estar perdido en sus pensamientos.
Y ella tenía una idea de exactamente sobre quién giraban esos pensamientos.
-Por favor, te pido que seas sincero. ¿Qué sientes por Yami?- La pregunta sobresaltó al castaño, quien dirigió su mirada hacia la joven, buscando en esos ojos azules una respuesta a la interrogante que lo invadió.
-¿Cómo sabes…?- intentó preguntar. No imaginaba que Kisara tendría conocimiento acerca del príncipe egipcio, ni mucho menos que conocería su nombre. Excepto claro… -Mokuba- susurró, con algo parecido al humor tiñendo su voz. Ahora aquel guiño que había visto a su hermano dirigirle a Kisara no era ya tan sospechoso.
La sonrisa tímida de la joven, solo bastó para confirmar su teoría.
Le sorprendió, sin embargo, no sentir enojo hacia el chico, por haber claramente desobedecido al mantenerse en contacto con Kisara.
Pero, por otra parte… respecto a la pregunta de Kisara… ¿qué tenía que decir? Podía fácilmente enojarse, negarse a responder, o simplemente levantarse e irse; pues de igual forma ya había hablado todo lo que tenía que hablar con Kisara.
Era sumamente sencillo evitar contestar. Y aún así, se encontró a sí mismo pensando en la posible respuesta.
Yami… la persona más molesta, irrazonable y necia que había conocido en toda su vida. Aquel cuya sola presencia ponía todo el mundo de cabeza. El perfume que utilizaba… condenadamente más adictivo que el vino. El joven con el cabello tricolor que no tenía explicación lógica y esos ojos carmesí que mostraban tales emociones que lograban hacer que su propia voluntad flaqueara. Eso, sin mencionar la fascinación que tenía ese joven por actuar como la damisela en peligro; ¿cuántos sustos le había dado con esas actuaciones?
Yami… la persona que había afirmado amarlo. Algo irracional. Pues, ¿qué había hecho él como para merecer el amor de ese príncipe? Y sin embargo, por extrañas razones, se sentía el hombre más afortunado del mundo al pensar que era él la persona que Yami más quería. A pesar de que tenía suficiente ego como para opacar a todos los viejos nobles de Roma, Yami insistía en hacerlo sentir como un dios.
¿Qué podía decir acerca de Yami? Solamente podía jurar que si alguien le ponía aunque fuera un dedo encima, perseguiría a ese alguien hasta los confines de la tierra… hasta el inframundo… y le haría pagar hasta que suplicara por su miserable vida. Pues nadie podía tocar a Yami. Sí, el príncipe quizás era molesto, irrazonable y necio… pero eso no importa, porque todo lo que quería, era que Yami fuera suyo.
Era cómico, que por más que intentó negarlo, no pudo ahora más que sucumbir ante la realidad. Quizás era porque sabía que esta vez la ausencia de Yami sería definitiva. Tal vez solo tenía temor de aceptar la verdad frente al egipcio. Y sin embargo, la contradicción era grande. Pues ahora que Yami no estaba, la verdad dejaba de tener sentido.
Intentó negarla. Pero esa habitación vacía, aquella en la que había dormido por muchas noches junto a Yami, reclamaba la verdad. Era el vacío que había dejado el joven de ojos carmesí, el que finalmente lo obligó a aceptar la única verdad.
¿Para qué negarlo más? O quizás… ¿por qué aceptarlo tan tardíamente? Tuvo todo el tiempo a su disposición, y lo desaprovechó, haciendo sufrir al egipcio como un método para apaciguar la llama que se había encendido en su interior, y que por más negación y por más intentos desesperados, no había podido apagar. ¿Había siquiera una forma de apagar ese extraño sentimiento? Ni siquiera la ausencia de esa persona parecía ser la respuesta.
¿Qué podía decir acerca de Yami? Solamente podía darse por vencido, y aceptar que entregaría todo, aún su título, si eso le permitía proteger a ese joven, hasta el final.
Un sentimiento que carecía de egoísmo, de su preciado orgullo. Solo una emoción que lo haría renunciar a todo.
-Lo amo- Fue extraño, el aceptarlo finalmente. Y las palabras se escucharon como un lenguaje extranjero en su voz. No sabía nada de eso que llamaban amor. Y sin embargo, no podía encontrar otra palabra que describiera con tal precisión ese fuego que quemaba sus adentros, y que ardía con intensidad cada vez que pensaba en Yami. Pero también fue un alivio aceptarlo finalmente. Como si con ello se hubiera liberado de una longeva maldición. Y quizás era así.
Sus ojos azules buscaron el rostro de la mujer, a quien le había confiado sin siquiera preverlo sus sentimientos más puros. Quizás, después de todo, sí tenía un corazón.
Fue fácil notar la completa incredulidad en el bello rostro de la joven, y los ojos azules en los que las lágrimas se acumulaban. ¿Estaba ella feliz, o eran esas lágrimas de profundo desconsuelo? Él lo sabía, que Kisara afirmaba amarlo, tal y como lo había hecho también Yami. Pero Kisara era solamente el recuerdo de una niña tímida, necesitada de protección, y una joven hermosa de gran corazón. Nada más.
-A Yami… lo amo- No supo por qué se atrevió a afirmarlo nuevamente. Tal vez porque su propia mente deseaba escuchar esa confesión por segunda vez, como si esas solas palabras fueran la música más hermosa jamás interpretada.
Kisara, a quien le resbalaban las lágrimas por las mejillas, sonrió. Era lo más cruel que había escuchado, y sin embargo, era lo más hermoso que había escuchado de parte de Seto.
Y por ello…
-Estoy segura de que Yami debe estar muy feliz por haberte escuchado decir eso- afirmó, mientras con su mano se limpiaba las lágrimas.
Y miró por sobre su hombro, sonriendo ampliamente cuando sus ojos se posaron sobre la figura de una persona, que estaba de pie a la entrada de aquel salón.
-¿No es así, príncipe?- preguntó. Con ello, logró que el castaño mirara de inmediato hacia aquella misma dirección.
No podía ser verdad. Por ello tenía que comprobarlo él mismo, siguiendo con sus ojos el mismo camino trazado por la mirada de Kisara.
Y sin embargo, el más bello espejismo se presentó frente a su incrédula mirada.
El perfecto cuerpo bronceado, el cabello tricolor más exótico. Y los preciosos ojos carmesí, en los cuales se acumulaban lágrimas.
Imposible.
No podía ser Yami. Yami se había ido. No era esa su piel bronceada, ni su rebelde cabello. Esos ojos llenos de emociones no podían ser los ojos de Yami. No era posible. Y sin embargo, sabía que ni siquiera su mente podría crear tal imagen de perfección.
Tenía que comprobarlo. Tenía que acercarse y comprobar que esto no era un sucio juego de su mente.
Se levantó de su asiento, negándose a retirar sus ojos de aquella hermosa aparición. El camino, tan corto y simple, pareció un extenso laberinto. En ese momento, solo podía escuchar el sonido de sus propios pasos.
Y entonces lo percibió; ese exquisito perfume. Nadie más emanaba tal fragancia.
La persona que tenía al frente era Yami. No sabía cómo ni por qué había regresado, si supuestamente ya debía estar lejos. Sin embargo, qué importaban esos detalles. Lo único que tenía algún significado, era el cuerpo perfecto que se encontraba frente a él y los ojos carmesí, llorosos, que brillaban con emociones inexplicables.
-Seto- Solo su nombre, pronunciado por esa voz tersa que alcanzaba el tono de la perfección. Solo esa voz, bastó para confirmar que esto era real.
Las lágrimas volvieron a acumularse en aquellos ojos cual carmín. Con cada paso que el ojiazul daba aquellas lágrimas inundaban cada vez más la vista del egipcio.
Finalmente, el romano estuvo frente al príncipe. Los ojos azules del más alto se clavaron en la figura del joven, quien bajó la mirada, no sabiendo realmente qué esperar.
-Yo…- sin embargo, su voz se extinguió, cuando su cuerpo se unió a la calidez del otro. Solo hasta entonces, comprendió que el ojiazul lo abrazaba con fuerza, negándose a dejarlo ir.
Y no pudo más.
Abrazando también al castaño, escondió su rostro en el cuello del más alto, y se permitió a sí mismo llorar en silencio, desprendiéndose del orgullo, y mostrando su ser más vulnerable.
-Lo que dije esta mañana… no es verdad- Esas palabras solo le hicieron sollozar más.
-Lo sé- murmuró, aferrándose aún al cuerpo del más alto.
No lo dejaría, ya no. No le importaba nada más, después de escuchar las palabras que por tanto tiempo deseó escuchar, no quería nada más. No necesitaba nada más.
-Ahora lo sé-
000
Lloraba en silencio, en una mezcla de alegría y resignación. Esto dolía, y sin embargo, era uno de esos momentos que atesoraría para siempre.
Una mano en su hombro le hizo alzar la mirada. Al hacerlo, se encontró con un par de ojos grises, que en silencio le transmitían el más sincero consuelo.
-Gracias, Kisara- murmuró Mokuba, sonriéndole con afecto.
Ella también sonrió, aunque lo hizo tristemente, mientras recordaba lo acontecido esa tarde…
El golpe la hizo caer, y la tierra se adhirió a sus manos, las cuales usó para amortiguar el impacto. Se quedó allí, moviéndose apenas para sacudir sus manos, en un intento por limpiarse.
Fue entonces cuando notó que alguien se arrodillaba frente a ella. A decir verdad, esperó un grito, o una queja. En cambio, la persona la tomó de una mano, sin importarle la suciedad de la tierra que aún estaba allí; y apoyó la otra en su espalda, ayudándola así a sentarse.
-Lo lamento, fue mi culpa- La disculpa la sorprendió en gran manera. Los hombres normalmente no se disculpaban con las mujeres. Aunque inmediatamente intuyó que el velo no dejaría ver que era ella una mujer.
-No; está bien- Aunque su condición de mujer sí fue revelada cuando habló. Pero no iba a quedarse callada ante la amabilidad que esta persona le estaba mostrando.
La persona le ofreció una mano, un gesto que nuevamente la sorprendió.
-Es usted muy amable- afirmó, aceptando la mano ofrecida, y encontrándose finalmente con el rostro de aquella noble persona.
Lo primero que notó, fueron sus ojos carmesí. Un color poco común, pero realmente bello. El cabello de la persona, quien era joven, le pareció extrañamente familiar, aunque en ese segundo no pudo establecer la conexión.
Por eso, ignoró momentáneamente aquello, y centró su atención en las ropas del joven, comprobando así que éste no era romano. Parecía… egipcio.
Finalmente, pudo asociar en su mente la descripción que Mokuba había hecho, en una de sus cartas, de aquel príncipe egipcio del que tanto le había hablado, con esa persona que ahora tenía al frente.
Y le quedó poca duda, de que éste era ese príncipe.
-Perdone… de casualidad… ¿no es usted el príncipe egipcio?- Pero se atrevió a preguntar, notando la sorpresa que apareció en el semblante del ojirubí ante su interrogante.
-Sí… mi nombre es Yami- contestó el joven, mostrándose aún sorprendido. -¿Usted me conoce?- preguntó luego, con obvia confusión.
Pero ella no respondió, pues estaba ocupada mirando la comitiva que acompañaba al joven. Parecía como si… el príncipe estuviera a punto de emprender un largo viaje.
Sus ojos se abrieron en impresión, y se enfocaron nuevamente en el confundido joven.
-Puedo preguntarle… ¿adónde se dirige?- Quizás estaba cruzando sus límites, preguntando algo que realmente no le concernía, a una persona poseyente de una clase social superior a la suya. Y sin embargo, sentía la necesidad de calmar su sospecha, pues ya tenía una idea de adónde podría estarse dirigiendo el joven.
-Eh… yo… regreso a Egipto- balbuceó el ojirubí, sin entender realmente qué estaba sucediendo.
La completa incredulidad inundó a la joven, quien comenzó a negar repetidamente con la cabeza.
-No… no puedes… ¿y Seto? ¿Lo dejarás?- preguntó.
-Joven… no sé cuál es el propósito de este interrogatorio. Por orden del emperador regreso a Egipto- afirmó el egipcio.
La incredulidad se transformó en temor, cuando el significado de esas palabras fue obvio para ella. Seto, la persona a la que ella siempre amó, estaba lanzando su felicidad por la borda. Era obvio, no podía estar equivocada. Mokuba no le mentiría. Él le escribió que creía firmemente que Seto se había enamorado de este joven que ahora estaba frente a ella.
¿Era el orgullo? Sabía que el gobernante protegía su orgullo más que otra cosa.
Pero no podía permitirlo. No podía dejar escapar la felicidad de esa persona tan especial para ella. Simplemente no podía.
Lo siguiente que supo, fue que estaba de rodillas y que había comenzado a rogar, humillándose a sí misma al punto de que en varias ocasiones besó los pies del príncipe.
-Por favor, se lo suplico. No puede regresar, tiene que quedarse en Roma. Por favor, por favor, no abandone a Seto… por lo que más quiera… es usted su felicidad… no puedo permitirlo… por favor, se lo ruego…- Suplicó, y continuó suplicando. No dejaría de suplicar, ni de bañar con lágrimas y besos los pies de ese joven.
Hasta que el príncipe la escuchara. Hasta que le prometiera no regresar a Egipto.
Por Seto, suplicaría hasta que su voz se extinguiera, y sus rodillas sangraran.
Las lágrimas seguían cayendo. Pero cuando llevó su mirada hacia el emperador, y lo encontró en el mismo sitio, abrazando aún al tembloroso príncipe, el agridulce sentimiento se transformó en el más puro amor, ese mismo sentimiento que había llenado su corazón desde el momento en que aquel niño de ojos azules le había hablado por primera vez.
-Yo lo amo… y por eso…- susurró. Él la había protegido en más de una ocasión. Debido a su timidez, ningún otro niño se había acercado a ella. Seto, en cambio, estuvo allí siempre. 'Y qué si no te gusta hablar. Tus ojos lo dicen todo… y solo una persona sumamente especial puede transmitir tantas palabras a través de los ojos'. Esa frase nunca la olvidaría. Quizás ni siquiera Seto recordaría ahora haber dicho tal cosa, pues ambos solo eran niños en ese entonces. Pero ella nunca la olvidaría. Ni esa frase, ni ningún otro recuerdo que involucrara a esa persona.
Y aunque esa persona cambió con el tiempo, y llegó a herirla profundamente en más de una ocasión; no podía guardar resentimiento. No cuando esa persona le había entregado el regalo más precioso, que no era otro sino el milagro de ser madre.
Lo amaba, era esa la razón por la que…
-Solo quiero que sea feliz-
000
Magi: bueno, heme aquí. Lamento la espera, ha sido larga lo sé. Además de los estudios, estos últimos meses he tenido unos problemas personales bastante serios, y como consecuencia mi salud ha decaído bastante (irónicamente estoy como Kisara -.-). No quiero entrar en detalles. Aproveché este fin de semana que estaba libre y me sentía relativamente bien, para escribir este capítulo y el siguiente de Mente frágil. La idea era publicar ambos hoy, pero ayer exactamente mi salud decidió jugarme otra mala pasada y no pude terminarlos ambos a tiempo. De igual forma no quiero preocupar a nadie n.n No me voy a morir ni nada xD Solo es algo que necesita tratamiento y cuidados. Sé que la espera ha sido casi de 3 meses, y me disculpo por eso. Sea la salud, o mis propios problemas personales, no debería tardarme tanto, a menos claro que haya estado en coma o algo parecido… pero hasta el momento no he llegado a eso O.o Así que me disculpo por la tardanza.
De verdad, quiero terminar este fic pronto. No porque ya no disfrute escribiéndolo, de hecho creo que me deprimiré cuando lo termine. Pero después de tanto tiempo, ya es hora de darle un final a esta historia. Yo le calculo unos 3 o 4 capítulos más (no me hagan mucho caso, soy pésima calculando xD), más un epílogo y quizás un especial (ya sonó como los mangas -.-)… ya veremos cómo lo voy desarrollando.
En fin, dirigiéndome al tema que nos concierne. No tengo mucho que decir acerca de este capítulo. Ya algunos habían vaticinado que había un hijo de por medio, así que supongo que esto no generó mucha sorpresa. Espero que la aparición de Yamito chocolate haya hecho feliz a más de uno n.n Simplemente no tuve el corazón como para separar a estos dos tortolitos. Y bueno, todavía falta la reacción de Yami (y Seto) cuando vea al niño… pero eso será en el siguiente capítulo n.n
Agradecimientos a Natsuhi-san, Azula1991, niko-chan, kalhisto azula, Kimiyu, Clauditaw Asakura Potter, tsukimine12, Yami224, bella-rosalinda, Atami no Tsuki, WaTeR AlChemIST, Rita, Littlecherryble, DarkMagician. Yami94 por sus reviews! Espero que les haya gustado este capítulo y nuevamente me disculpo por la larga espera.
Ja ne!
