Capítulo III: Un beso

Godric no pudo evitar que una sonrisa nostálgica asomase por entre sus labios. Acababa de descubrir, debajo de la butaca más vieja y cómoda de su despacho, una túnica negra, con una insignia verde y plata bordada en el pecho.

Debía de habérsela olvidado Salazar cualquiera de las tardes que pasaran allí. No pudo evitar pensar, aún sonriendo, que era una suerte que los elfos tuvieran orden de no limpiar en su despacho.

Se sentó en la butaca con un suspiro, la túnica todavía entre sus manos. Trató de recordar en qué momento la amistad se había convertido en atracción y la atracción en un sentimiento mucho más profundo y mucho más incontrolable.

Godric no era capaz de recordarlo. No recordaba cuándo comenzó a preocuparse por quedar como un idiota delante de él o a pasarse horas pensando hasta qué punto Salazar lo consideraba importante en su vida.

Pero lo que sí que recordaba era la primera vez que se besaron.

Salazar debía de estar completamente loco. Estando en pleno invierno, al joven profesor no se le había ocurrido otra cosa que pasar la tarde junto al lago, ahora congelado, de la escuela. Evidentemente, por su cabeza no había pasado la brillante idea de coger algo de abrigo, lo que había provocado que enfermase.

Ahora, el escaso personal de Hogwarts se veía obligado a hacer malabarismos para organizar todos los horarios, supliendo la falta de Salazar, que tenía tanta fiebre que se había visto obligado a ir a la enfermería.

Lejos se preocuparse, Rowena le había gritado a su marido que cómo se le ocurría salir al exterior así. Ni Godric ni Helga la habían visto nunca tan enfadada.

Una tarde, la segunda que pasaba Salazar en la enfermería, Godric fue a hacerle una visita. Se encontró al mago durmiendo, roncando sonoramente. Rió para sí ante el cómico aspecto que tenía su siempre pulcro amigo con la nariz enrojecida y llena de mucosidad. Se preguntó en lo que diría si se viese con ese aspecto. Probablemente se pondría a gritar y renegar, y cogería rápidamente un peine.

— Hola, amigo — le dijo riendo entre dientes cuando Salazar despertó.

— Hola… — arrugó el entrecejo — ¿Qué te hace tanta gracia?

— Nada, nada. — Hizo un gesto con la mano, como quitándole importancia.

Fue en esa situación cuando algo en la cabeza de amos hizo "click".

Sus cabezas se acercaron. Por supuesto, Salazar murmuró unas palabras que no le fueron audibles a Godric, pero que hizo que el profesor riera con nerviosismo.

Pero se siguieron aproximando, hasta el punto que Godric hubiera jurado que era capaz de contar las pestañas de su amigo y las pequeñas betas oscuras que salpicaban sus ojos.

No pasó mucho tiempo hasta que sus labios se juntaran. Los de Godric, gruesos, carnosos, contra los de su amigo, mucho más pálidos y finos, tanto que daba la impresión de que podrían romperse.

Pero, evidentemente, eso no sucedió.

Godric deseaba tanto poder volver a esa tarde, en la que nada ni nadie, aparte de ellos, había existido.

Pero era dolorosamente consciente de que eso no sucedería.