Capítulo IV: Un secreto a voces

Helga Huffleppuf estaba cansada. Estaba cansada de que durante su vida, desde que tenía memoria, todo aquel que había tratado con ella, para bien o para mal, la hubiera considerado rara. Incluso sabía de gente que pensaba que ella estaba realmente loca.

Pero Helga no estaba chiflada. No señor. Ella era una mujer cabal, a su modo. Quizá no lo aparentase, pero su comportamiento escondía a una mujer tremendamente racional e inteligente. Quizá la gente que la conocía superficialmente no lo creyera, pero sus mejores amigos sabían perfectamente de ese lado detallista y racional.

A menuda se preguntaba si era feliz. Probablemente sí. Al menos en ciertos aspectos. Era una buena profesora, a quien sus alumnos adoraban por lo cariñosa que era. Y pronto tendría su primer hijo.

El problema era su marido. Sí, era apuesto y atento con ella. Pero Helga sabía hacía dos años que la engañaba. Y tal hubiera podido soportarlo, romper con él y simplemente seguir adelante si el amante de su esposo no hubiera sido un hombre.

Helga acababa de salir del invernadero. Acababa de dar una clase a sus alumnos de segundo año y ese día, por algún motivo, se sentía particularmente feliz.

Mientras caminaba de regreso a su habitación recordó una cosa; había prometido reunirse con Salazar al final de las clases, pues él quería consultarle ciertas cosas sobre las mandrágoras.

Sonriente, se dirigió al aula de pociones, imaginando ya la charla que la esperaba. Salazar y ella, a pesar de sus discusiones, llevaban charlas realmente interesantes sobre las plantas y sus usos en las pociones. No en vano, Salazar se ganaba la vida haciendo eso, pociones.

Salazar, aquí… nos puede ver cualquiera. Un alumno, o incluso otro profesor - Helga estuvo a punto de chillar al reconocer la voz que provenía del interior del aula de profesores.

Pero en lugar de introducirse en ella para saber a santo de qué su marido decía un comentario como ese decidió escuchar. Además, asomó la cabeza por el pequeño espacio que dejaba la puerta entreabierta.

No has cerrado la clase con llave, Salazar.

Pareció que Godric quería añadir más, pero no tuvo tiempo porque en ese mismo momento el otro hombre, su amigo, atrapó sus labios, arrebatándole la capacidad de hablar.

Helga estaba cansada. Así que ese día decidió hablar con Godric de aquel asunto, ahora que Salazar se había marchado.

Pero cambió de opinión al dirigirse al despacho de su marido y encontrarlo una túnica verde que Helga reconoció fácilmente; Salazar solía llevarla muy a menudo.

Helga recapacitó de nuevo, y llegó otra vez a la conclusión de que era mejor tenerlo aunque no la amase realmente. O aunque amase a Salazar más que a ella.

Porque él lo era todo.