Capítulo V: Perdido sin ti
Salazar llevaba dos semanas fuera de Hogwarts. Esa situación se había traducido en dos semanas durmiendo en cuevas y alimentándose de las plantas comestibles que iba encontrarlo.
Lo que más le pesaba de todo aquello era el saber que, por mucho que quisiera negarlo, echaba de menos a Godric. A su amigo. A su amante. Echaba de menos todo lo que había significado para él, incluyendo las horas pasadas encerrados en el despacho de algunos de los, con la excusa de corregir exámenes o hablar con un par de elfos descontentos.
No importaba la excusa, en realidad. Porque lo que les había importado era estar juntos.
Se preguntó si era posible que Godric supiera de alguna manera que seguía pensando constantemente en él, a pesar de todo lo que había pasado.
En ese momento, un aullido resonó en el bosque, pero Salazar sabía que el lobo no se acercaría a la cueva. Había pedido a un par de sus amigas las serpientes que vigilasen la cueva que la encontraba. Lo cierto es que le reconfortaba saber que ellas nunca lo abandonarían.
Porque aunque él era el que se había marchado a sus ojos era Godric el que lo había dejado solo. Era él el que había provocado su huída, no su desmedido orgullo, pensó.
Y, pienso que te pienso, se quedó dormido con la imagen de Godric en la cabeza. Al día siguiente se levantó y se dirigió a un pueblo, por primera vez en las dos semanas que llevaba fuera de casa.
Allí encontró una casa en venta, y consiguió su propiedad a cambio de un par de vasijas de oro que había heredado de sus padres, muertos dos años después de la fundación de Hogwarts a manos de los muggles.
Era eso lo que había provocado que los odiara muchísimo más que cuando era un niño. Y encima ahora tenía que convivir con ellos, fingiendo ser uno más. No se atrevía a convivir entre los magos por miedo a que alguno lo reconociera y alertara a los demás directores de la escuela.
La idea no le agradaba, claro, pero se resignó. ¿Qué más podía hacer?
Y así comenzó su vida solitaria, aislado en su pequeña casa, saliendo solo para conseguir alimentos. No le gustaba la gente.
Al poco tiempo los vecinos comenzaron a cuchichear, pero a él le daba igual. Algunas jovencitas intentaron seducirle. No en vano él seguía siendo joven y atractivo. Pero todas ellas desistieron pronto al ver que Salazar ni siquiera se dignaba el devolverles el saludo.
Con el tiempo, Salazar llegó incluso a perder su gusto por los paseos nocturnos. Les faltaba algo, y, aunque no quisiera reconocerlo del todo, sabía perfectamente qué.
Godric.
