Capítulo VII: Quiero creer que volverás
Pasaron los años. Helga dio a luz un niño, Orion, y Rowena puso Helena a su hija.
Y, antes de que quisieran darse cuenta. Los fundadores de Hogwarts restantes tenían arrugas en el rostro y los cabellos en el rostro y eran sus hijos los que andaban por los jardines flirteando con otros muchachos de su edad.
Godric sonrió aquella mañana mientras veía a su propio hijo y a la de Rowena pasear tomados de la mano por los alrededores del invernadero.
— Godric, no deberías espiarlos.
— Rowena- dijo él alegremente mientras veía cómo la deteriorada mujer se le acercaba. Sin emabrgo, pocos segundo después cualquier rastro de alegría desapareció del rostro del mago. - ¿Qué haces fuera de la cama? Tienes que descansar.
— Los dos sabemos que no viviré mucho más. Helga me da un año, dos a lo sumo.
— No digas eso -replicó él, tratando de sonar convencido.
— No puedes hacer nada esta vez, Godric. No te castigues - Rowena trató de esbozar una sonrisa.
— No debía dejar que se fuera. Tal vez él hubiera logrado encontrar un modo de curarte.
— Cállate - le dijo ella suavemente.
Lo abrazó. Sabía que Godric, como mejor amigo de Salazar, lo había pasado casi tan mal como ella mismo. Incluso en ese momento, diecinueve años después de su huida, seguí muy presente en sus vidas.
Ella lo seguía amando y seguía sin acostumbrarse del todo a su asusencia.
— Últimamente he estado pensando mucho en ello… en el día que nos conocimos. ¿Lo recuerdas?
— No podría olvidarlo, querido.
Esa noche Marius Ravenclaw, padre de Rowena, había organizado una fiesta, con el fin de informar a cuatro muchachos, entre ellos, su propia hija, que serían enviados a estudiar durante cinco años con Gandaf, el mago más poderoso de su época.
Por supuesto, la noticia fue impactante para los cuatro jóvenes.
Salazar y Godric ya se conocían de antes, pero ambos eran unos jóvenes a los que les daba miedo tratar con chicas, y ser enviados a estudiar junto a ellas era impensable.
— Hola... Ravenclaw- saludó tímidamente Godric a Rowena. Ella rió.
—Lámame por el nombre, querido. No hay problema. Vamos a pasar mucho tiempo juntos, al fin y al cabo.
— Bien, Rowena - ella asintió, sonriente.
Rowena conoció a Salazar minutos después. Y tras eso no apartó la vista de él ningún momento durante el resto de la noche.
Ambos adultos rieron, mientras miraban a Helena y Orión.
— Me recuerdan a Helga y a mí cuando éramos jóvenes.
Mentía. No le recordaban a él y su esposa, si no a él y Salazar, en realidad. Los veía igual de jóvenes, tímidos, y enamorados que ellos.
Aquella misma tarde Godric se encerró en su despacho, y sacó a vieja túnica que encontró tantos años atrás en el despacho de Salazar. Le dio una especie de vértigo pensar que aquella prenda alguna vez le había pertenecido.
Quería... anhelaba, deseaba que volviese, volver a sentir sus caricias, sus manos recorriendo su cuerpo, echaba de menos sus labios. Quería creer que volvería, lo necesitaba para sobrevivir un día más. Pero a la vez deseaba que eso no se hiciese realidad, porque muy bien sabía que ello sólo les aportaría problemas y disgustos a ambos y a sus esposas.
Recapacitó, y llegó a la misma conclusión que a la que había llegado casi veinte años atrás. La que, a sus ojos, era la más elocuente, aunque significase sacrificar su felicidad. Guardar aquel secreto, aquel amor, a la tumba.
Godric Gryffindor guardó de nuevo la túnica, se enjugó las lágrimas y salió de su despacho para volver a ser el marido, padre y profesor perfectos, una vez más.
