Capítulo II: Promesas
Los años pasan.
Severus, tiene, ahora, siete años. Y la situación no ha cambiado.
Sigue siendo pequeño, demasiado para un niño de su edad. Es débil, enclenque, y el cabello le cae por los hombros, grasiento, porque su padre no le permite lavarse más de una vez cada dos semanas.
Viste ropa vieja de Tobías, claro. No van a gastarse dinero en un niño tan pequeño. Incluso la ropa interior es de su padre, aunque Eileen la arregla para que se ajuste a su tamaño. No siempre lo consigue. La mujer nunca tuvo talento para la costura, y no es que tenga demasiado tiempo para practicar.
Ese día, Severus baja las escaleras. Sabe perfectamente lo que va a encontrarse en la cocina. Allí estará su padre, sentado en una de las viejas sillas, que chirrían y cojean al mínimo movimiento, leyendo el periódico mientras toma el café y las tostadas de todas las mañanas. Le saludará, y, luego, aprovechará su presencia para insultar a su madre. Eileen se girará, con la cara llena de arañazos y golpes mal maquillados, y sonreirá con timidez, mientras ahoga un sollozo. Siempre ha sido así y no parece que vaya a cambiar.
-Hey, chico… ¿Por qué no preparas tú el desayuno? Seguro que lo haces mejor que la inútil de tu madre. -Ha comenzado. Mientras su madre se gira y le saluda quedamente, él se sienta en la silla más alejada a la de su padre, que resulta ser la más vieja y la que más cojea. Nunca responde a las "bromas "hirientes que escucha cada mañana. Jamás se atreverá a decir un "A mí me gusta" o "No me parece que mamá cocine tan mal." Sabe que si se atreve a decir algo así, Tobías se levantará del asiento y le golpeará hasta a hacerlo sangrar, ignorando las súplicas de Eileen para que pare. Lo sabe porque, una vez, tres años atrás, cuando tenía cuatro, se atrevió a contestarle. Pasó tres días en el hospital.
Desde ese día, comprendió totalmente que su padre no era una buena persona. Hasta ese momento, había pensado que era normal oír a sus padres gritarse cada día, e incluso que era algo común que su madre llorara todas las noches, con el rostro lleno de sangre. Tobías no le había puesto la mano encima a su hijo hasta el maldito día en el que decidió contestarle.
-Parece que se te ha comido la lengua el gato, pequeño.- Tobías se ríe ahogadamente, mientras Eileen le sirve el desayuno a su hijo y le besa la frente.
-No olvides, Severus, que hoy tienes que quedarte con la vecina por la tarde. Tengo que ir a recoger a tu abuela al aeropuerto -le dice amablemente su madre, mientras se sienta a su lado. Tobías frunce el ceño; no le gusta que su mujer le hable al niño mientras él es ignorado. Carraspea y se levanta de mala gana.
-Me voy a trabajar. -gruñe. -No sé a qué hora volveré. - Es cierto. Tobías termina de trabajar a las cuatro de la tarde, pero, normalmente, no llega hasta bien entrada la madrugada. Los fines de semana puede llegar a ausentarse durante casi cuarenta y ocho horas. Eileen ya no se preocupa. Sabe que siempre acaba regresando. Sabe que le engaña desde que se casaron. No le extrañaría que un día se presentase alguna prostituta, con un niño pequeño en brazos, diciendo que es un Snape.
Cierra dando un portazo. Normalmente es así, aunque, si algún día está de buen humor, se digna a revolverle el pelo a su hijo, a modo de despedida.
La casa se llena de silencio, hasta que Eileen suspira, aliviada. Es el único momento del día en el que Severus y ella pueden estar juntos, en calma. Pasan los minutos. Severus desayuna pausadamente, mientras su madre se sienta a su lado y le mira esbozando una sonrisa. Cuando acaba de comer, mira el reloj, y se da cuenta de la hora que es. El colegio está a cien metros de su casa, así que el niño va solo desde el año pasado. Coge la mochila, besa a su madre y sale por la misma puerta por la que ha salido Tobías media hora antes.
Cuando está sola, Eileen suspira, recoge y friega los cubiertos, sin magia, y sube al piso superior de la casa. Abre un pequeño cofre que esconde en el fondo del armario. No quiere ni imaginar lo que le sucedería si Tobías se enterase de que conserva eso.
Abre la caja, y saca de su interior una varita. Veinticinco centímetros. Madera de fresno y nervios de corazón de dragón como núcleo.
Eileen acaricia la vieja varita y la agita ligeramente, murmurando un "Wuingardium leviosa", y haciendo levitar uno de los almohadones de la cama.
Lo hace para demostrase a si misma que es una bruja; de que puede hacerlo. Porque, claro, Tobías es un muggle, y él jamás aceptará que su mujer sea bruja o que su hijo un mago.
Desde el día que comenzaron a vivir juntos, Eileen tiene prohibido el uso de la magia. Él destruyó todo; desde sus libros de textos, hasta cualquier fotografía del tiempo que pasó en Hogwarts.
Excepto la que reposa junto a la varita. Está sacada en su sexto año en la escuela. En ella, sonríe a la cámara con inocencia, de una forma que ya no es capaz de hacer. Pasa los brazos por hombros de una chica de cabello rubio y rizado, de Gryffindor, y otra morena, de Ravenclaw, que le revuelve el cabello mientras ríe sonoramente.
Sueña con ser de nuevo Eileen Prince, con tener de nuevo dieciséis años, y ninguna preocupación.
Se sumerge en sus recuerdos durante minutos, tal vez horas, hasta que vuelve a la realidad. Vuelve a dejar la varita y el retrato al fondo del cofre, y lo guarda de nuevo en su sitio.
Ella es Eileen Snape, y nada cambiará eso. Ya no puede volver atrás, y evitar casarse con Tobías.
Pero luchará por Severus. No permitirá que su pequeño pase por lo mismo. Es una promesa. Y Eileen Snape siempre cumple sus promesas.
