Disclaimer: Ni Severus ni el resto de los personajes me perteneces, mias, solo son las ideas.

Severus miraba intensamente a la preciosa niña pelirroja que se columpiaba fuertemente en el columpio del parque, que chirriaba. A su lado, su hermana mayor, una chica alta, delgada, con el cuello extremadamente largo, le gritaba que dejase de balancearse tan fuerte.

Severus enrojeció. La pelirroja era una bruja; lo sabía desde la primera vez quela vio, unos meses atrás.

Miró la ropa que llevaba. Vestía un largo abrigo de su padre, varias tallas grande, que ocultaba unas horribles prendas que era mejor que no mirase.

En resumen, que iba más presentable que se costumbre.

Se acercó a la niña.

Notó como sus mejillas enrojecían levemente. Después de hacer una extraña pirueta, saltando del columpio, y que su hermana le gritara de nuevo, la niña se acercó al matorral en el que Severus se encontraba. Cogió una flor e hizo que ésta se cerrara una y otra vez.

No pudo contenerse. Esa niña tenía que saber lo que era.

-Eres una bruja. –se lo dice así, de pronto, después de haber salido del matorral y comprobar que, definitivamente, la pequeña no sabía el porqué de sus poderes

La niña… Lily, como dijo la otra que se llamaba, se alejó, ofendida. Los cuentos muggles han hecho mucho daño a la honorable figura de las brujas… Intentó arreglarlo, contarlo todo; que él también era un mago y que pronto irían a la misma escuela.

Pero solo consiguió que lo tomaran por un loco. Se ruborizó más, mientras veía como las chicas se alejaban.

Severus se sentó, entonces, en uno de los viejos bancos de madera del parque, derramando silenciosas lágrimas.

El rechazo de Lily, el desprecio de su voz, dolía más que cualquiera de los golpes que su padre hubiera podido darle. Y eso que, desde que murió la abuela, las palizas se habían multiplicado.

Por un instante, había pensado que esa niña, la hija menor de los Evans, podría ser su amiga. Quizá hasta algo más.

Pero la escena de esa tarde había confirmado las hirientes palabras que Tobías le gritaba cada vez que llegaba borracho a casa; nadie sería capaz de amarle nunca, jamás. Y si Eileen lo hacía era porque era su madre.

Se levantó del viejo banco veinte minutos después, tras haber derramado todas las lágrimas que se agolpaban en sus ojos.

Luego, alzó la cabeza orgullosamente, y caminó hacia su casa, en la horrible calle de Hilandería.

****

Suspiró. Tenía que hacerlo. Tenía que recuperar a Lily.

Llamó muy lentamente a la puerta. Se oyeron unas risas infantiles en el interior de la casa y luego le abrió una niña de unos diez años, con el cabello pelirrojo, brillantes ojos verdes y un rostro singularmente bello.

-¿Qué quieres? –le preguntó ella en cuanto lo reconoció, sin dejar hablar al chico.

-Lily…

-Para ti soy Evans, y agradece que no te haya cerrado la puerta. –replicó con una voz fría que se le clavó a Severus como si de un puñal se tratase.

-Bien, Evans… yo… quería disculparme por lo que pasó ayer en el parque. –Vio como los ojos verdes se relajaban, una tímida sonrisa asomó por los labios del chico.

Lily suspiró.

-Acepto tus disculpas… no pareces mala persona… Supongo que solo fue una broma pesada. –sonrió , y ya sin ningún tipo de frialdad en su voz, añadió-Mi madre ha hecho limonada… ¿Quieres pasar? –Severus carraspeó.

-Claro, Evans…¿Ahora que me has perdonado, puedo llamarte Lily? –ella asintió. –No… digamos que no era una broma. –el rostro de la niña se ensombreció de nuevo.

-Para. No me gustan este tipo de bromas.

-Te juro que no estoy bromeando, Lily. Déjame demostrártelo. –ella arrugó el entrecejo, pero asintió, totalmente convencida de que el chico no lograría nada. –Severus suspiró. En muchas ocasiones había manifestado signos de magia, en especial cuando su padre lo amenazaba. En esos momentos, había sabido crear, involuntariamente, hechizos protectores que le evitaban algunos golpes.

Aunque, claro, no estaba seguro de poder lograrlo ahora.

Miró fijamente una gran piedra del jardín. Si, quizás podría hacerla levitar, con unos segundos sería suficiente.

Después de intentarlo cinco minutos, cuando estaba a punto de tirar la toalla, lo logró.

Entonces, se giró a ver el rostro de Lily. La chica había abierto la boca, sin creer lo que acababa de ver.

-Entonces… es cierto. –Severus sonrió.

-Yo nunca miento,. –ella parecía avergonzada.

-Quizá tú si lo seas, pero yo…

-Lo eres. –Le cortó Severus.-A la chica se le iluminó la mirada. –Pero no puedes contárselo a tus padres hasta que cumplas los once años y te llegue la carta de Hogwarts. –ella lo miró confundida.

-¿Qué es Hogwarts?

-Es una escuela mágica. Allí estudiaremos durante siete años. –Lily amplió su sonrisa, y le invitó a entrar en su casa.

Bebieron la limonada que preparó la madre de Lily, una muggle preciosa que no veía bien que su hija menor invitase a ese niño vestido con harapos a pasar la tarde con ella.

Petunia, la hermana de Lily, también lo miraba despectivamente, preguntándose que le habría dicho ese chalado a la pequeña para que le perdonase.

Pero a Severus no le importó nada de eso. Ni siquiera le entristeció que, cuando el reloj dio las siete, el padre de Lily lo echase, prácticamente, a patadas.

Tenía una amiga, pensó cuando regresaba a casa. Alguien que podría quererle, alguien a quien contar sus penas los días que se sintiese demasiado harto del tipo de vida que llevaba.

Definitivamente, había sido el mejor día de su vida. Y prometían que muchos otros tan maravillosos como ese se acercaban.