-¡Estoy harto de ti, Eileen! ¡Por tu culpa nuestro hijo es uno de tu clase! Un… un… ¡Un monstruo!
-¡No llames monstruo a Sev!
-¡Lo llamaré como me dé la gana! –se oyó un golpe seco, un gemido agudo, como si lo hubiera proferido una mujer, y luego el silencio inundó la casa.
Severus estaba tranquilo. Bueno, lo más tranquilo que se puede estar cuando tu padre maltrata a tu padre a unos metros de tu habitación.
Pero siempre era así, y Sev había aprendido hacía mucho que no debía meterse. Bueno mirado, esa escena era parte de su día a día y hacía mucho que no temía por la vida de su madre. Aunque los golpes resonaban por toda la habitación, Eileen nunca acudía al hospital. Su hijo sabía que, a veces, cuando las lesiones eran graves, esperaba a que su marido se fuera a trabajar y preparaba Pociones que la sanaban. Claro que si Tobías se enteraba de eso, no podía ni imaginar lo que podría pasar.
Severus frunció el ceño, y dejó de lado el libro de poesía muggle en el que intentaba concentrarse. Normalmente, a esas alturas, ya habría oído como Eileen se levantaba y, arrastrándose, caminaba hacia su cuarto, y como Tobías iba a la habitación que compartía con su mujer y se encerraba dando un portazo.
Pero esta vez solo había silencio.
Severus se levantó, y pegó el oído a la puerta; comenzó a asustarse. Entreabrió la puerta y abrió los ojos.
Su madre estaba sentada en el suelo, llorando en silencio. Al parecer, Tobías se había marchado sigilosamente de la casa, porque no había rastro de su presencia.
Severus se acercó a su madre. Aún desde la entrada de su habitación podía verse como el pecho de Eileen sabía y bajaba frenético, acompañando su llanto.
Se arrodilló junto a ella. Eileen sonrió, sin tratar de ocultar las lágrimas y alzó la mano para acariciarle la cara.
-Mi niño…-susurró. Parecía desorientada.
-¿Mamá?... –la voz le temblaba; tenía ganas de llorar. -¿Estás bien? –Eileen asintió.
-Sí, hijo… me encuentro bien…
-¿Por qué discutías? –Nunca había tratado de meter los asuntos en las peleas de sus padres, pero esta vez no pudo reprimir la pregunta.
Eileen sonrió, y se llevó una mano al bolsillo de su vieja falda celeste.
-Por qué él no querías que tuvieras esto. –le tendió una varita relativamente corta, que, sin duda, había pertenecido a alguien antes. Tenía unas pequeñas marcas de dientes, muy pequeñas, como si un ratón o algo parecido hubieran roído la madera.
Sev tenía los ojos brillantes.
-Mamá…
Ella amplió sui sonrisa.
-Veinticinco centímetros, madera de fresno, nervios de corazón de dragón como núcleo. –repitió mirándola con cariño. -¿Te gusta?- Sev asintió, aferrando la varita con fuerza.
-Pero, mamá… Es tuya. Sin ella no podrás hacer magia… -la sonrisa de Eileen se llenó, entonces, de tristeza, mezclada con algo que el pequeño Severus no pudo identificar.
-No importa. No tenemos dinero para comprar otra… y, además… -clavó sus ojos, idénticos a los de Severus, en su hijo. –Quiero que la uses. ¿Lo harás?
-Claro…-susurró. Al día siguiente Hogwarts comenzaba.
Sin duda, iba a ser un gran día.
