Capítulo XII: Pesadilla

La mujer pelirroja, cuyo rostro estaba oculto tras un velo, le sonrió, haciéndole una seña para que se acercase.

Severus le obedeció, traído por el blanco de su ropa, que la hacía irradiar inocencia y felicidad. Una felicidad de la que él quería ser partícipe.

Miró a los lados, preguntándose, sin que realmente le importara, qué había sido de todo lo que les rodeaba; estaban flotando en medio de una especie de fondo blanco, de la nada que, a la vez, podía ser todo, absolutamente todo, lo que deseasen.

Severus avanzó más, colocándose a solo unos metros de la chica. A esa distancia pudo distinguir ligeramente el familiar rojo de sus labios, que el velo traslúcido dejaba entrever, así y la silueta de unos ojos claros, en los que se había perdido tantas veces…

Sonrió. Dio unos cuantos pasos más, y alargó la mano para quitar la prenda que ocultaba el rostro de ella, esperando encontrase con los ojos verdes con los que soñaba desde los once años.

Pero cuando descubrió el rostro de la mujer, no pudo evitar sentir asco y terror.

Las facciones de la chica estaban descompuestas, como si su dueña hubiese muerto meses atrás. La piel que quedaba era blancuzca, y colgaba de los músculos como si fuera una máscara mal colocada. Los ojos habían desaparecido, dejando lugar a dos esferas blanquísimas, veteadas por venas de un rojo intenso.

Severus retrocedió, espantado por la visión del rostro, tratando de no vomitar por el súbito olor que comenzó a emitir el cuerpo corrompido. Pero no pudo retroceder mucho, porque la chica alargó uno de sus brazos, pálidos y fríos, aprisionando su mano.

Severus la miró. El rostro comenzó a descomponerse más, desapareciendo totalmente la piel. El brazo, así como el resto del cuerpo, hasta ahora como el de cualquier persona, también se degradaron, presentando un aspecto similar al del rostro.

Entonces, en medio de aquella nada que los rodeaba, comenzaron a abrirse zanjas, como si de grietas se tratasen. Y las zanjas comenzaron a engullirlo todo. El blanco que los rodeaba fue desapareciendo entre la oscuridad…

Severus despertó sobresaltado. De nuevo lo atacaban las pesadillas, como cada noche desde hacía seis meses, como cada noche desde que Lily murió.

Suspiró. Se quitó las sábanas que lo cubrían y se sentó en la cama. Levantó la manga del pijama que le cubría el brazo y contempló la Marca Tenebrosa, que se mantenía ahí, a pesar de la desaparición del Señor Tenebroso, como un recordatorio de su pasado, de todos los errores que cometió.

Después de la caída del mago, las cosas no habían marchado del todo mal. Dumbledore le había ofrecido el puesto de Profesor de Pociones, pues el hombre que ocupaba ese puesto, Slughorn, se había retirado.

Severus había aceptado, y ahora él dormía allí, en Hogwarts. Aunque no le hacía mucha gracia tratar con los alumnos, algunos de los cuales eran hermanos o primos de sus propios compañeros, no tenía más remedio que aceptarlo. Sabía que Dumbledore planeaba algo, algo que le concernía a él, pero, por el momento, tenía demasiados problemas como para pensar en los planes del anciano.

El dolor por la pérdida de Lily era demasiado reciente como para pensar en cualquier otra cosa.