° Wings °
Capitulo III: Impulsividad
—¿Perro? —Escuché su voz como un susurro lejano, aun sabiendo que estaba a solo centímetros. Un suave pitido comenzó a hacer eco en mi cabeza y, debido a ciertas experiencias personales, había aprendido que ese era un signo inequívoco de que estaba cerca de perder el sentido— ¡Wheeler! ¡¿Qué te sucede? —Sabía que me estaba llamando. Traté de virarme en dirección a su rostro para responderle.
Pero entonces una bruma negra se posó en mis parpados, dándome la sensación de estar en un vacío, haciéndolos terriblemente pesados, y en ese preciso momento, dejé de sentir.
Un extraño sentimiento de inquietud invadía mi cuerpo. Ignoraba el porqué de ese hecho, ya que muy pocas veces lo había experimentado.
Estar trotando al lado de Wheeler en una carrera —no compitiendo—, sino al contrario, cooperando, era quizás una de las cosas más raras que podrían llegar a sucederme. Estaba seguro de que Mokuba estaría complacido de verme junto a su "amigo" sin que se estuviera dando una lluvia de puños de por medio.
Cuando cruzamos la segunda cuadra comencé a incrementar el ritmo, sin dudar que mi "compañero" fuera capaz de llevarlo. Después de todo, era conocido por sus buenas habilidades físicas, ¿no?
Cuando íbamos a la mitad, no pude evitar notar que las pisadas de Wheeler eran evidentemente erráticas. Ya no estaba acompasado a mí como hace apenas unos momentos. Me giré buscando su rostro y pude observar sin lugar a dudas, que el rubio estaba teniendo problemas para respirar.
—Estará fuera de forma —pensé
Mantuve la velocidad constante, sin aumentarla como era mi propósito inicial, aun sin saber muy bien el porqué. Durante todo el trayecto para llegar a la esquina donde correspondía cruzar, no despegue mis ojos de Wheeler, que parecía cada vez más afectado. Incluso llegue a pensar que su piel —generalmente blanca—, estaba tornándose de un ligero color grisáceo.
Justo al cruzar noté como disminuía su ritmo, dando cortos pasos y llevándose las manos al pecho, aparentemente tratando de respirar. Fue en ese momento cuando nos detuvimos sin caernos, que me di cuenta de que yo también venia caminando a su lado. Habíamos dejado de trotar hace ya un tiempo.
—¡Ka...Kaiba! —llamó mi nombre casi de forma desesperada. Una alerta interna se disparó. Antes de que pudiera reaccionar, vi como su cuerpo parecía desfallecer e iba en dirección al sucio concreto. Mis brazos parecieron actuar antes que mi voluntad, y lo tomaron por la cintura sosteniéndolo con fuerza, evitando la caída.
Por un momento pensé que recobraría la postura y rechazaría la ayuda, por muy involuntaria que fuera. Pero no fue así, porque el chico en mis brazos no parecía percatarse de que era lo que ocurría a su alrededor.
Su entrecortada y agitada respiración me dio a saber que no me había imaginado su dificultad anteriormente y, por el contrario, parecía estar sufriendo algo muy similar a un ataque de asma.
—¿Perro? —Traté de llamarlo, pero sus ojos permanecían cerrados mientras hacia un vano esfuerzo por respirar—¡Wheeler! ¡¿Qué te sucede? —Pareció escucharme, ya que se giro levemente hacia mí, sin embargo, su rostro nunca llego a encararme. Ya no era un soporte lo que le estaba dando con mi agarre, no, ahora lo estaba sosteniendo completamente. Joey Wheeler acababa de desmayarse en mis brazos.
Algo muy parecido al miedo abarco mis sentidos, retrasando un poco la capacidad de razonamiento. Nunca había estado en este tipo de situaciones, ni siquiera con Mokuba, ya que siempre cuidaba su salud casi de manera exagerada.
En algún momento dentro del desconcierto, maniobré con su cuerpo inconsciente dejándolo parcialmente recostado en la acera donde íbamos corriendo, usando mi brazo izquierdo como soporte en su espalda, apegándolo a mí.
—¡Oye! —Le di unas ligeras palmadas con la mano derecha en sus mejillas, anormalmente pálidas. Su falta de respuesta no hacía otra cosa que inquietarme. Con la misma mano tomé el celular del bolsillo y marqué el número dos en el discado rápido, no tomó más de una tonada para escuchar una voz del otro lado— ¡Roland! ¡Trae ahora mismo el auto a la calle detrás del instituto! —expliqué con rapidez, cortando la llamada para seguidamente realizar otra. Pasaron unos segundos antes de que alguien contestara— ¿Aoi? —pregunté un poco extrañado, ya que no escuchaba la voz que esperaba, al contrario, solo se percibía un bullicio de fondo.
Luego de unos movimientos, a mi parecer por parte de la persona en el otro lado de la línea, finalmente pude escuchar una voz—Lo siento, Kaiba —se disculpó soltando un suspiro que resonó fuertemente en la bocina del móvil—, pero esto acá es un desastre.
—No me interesa, si te estoy llamando es por algo, inútil ¿Estás de guardia? —Directo al grano, odiaba que me hicieran esperar, pero definitivamente odiaba mas andar con rodeos.
—Vaya, tan amable como siempre —Su sarcasmo era algo a lo que ya me había acostumbrado con el pasar de los años—. Sí, estoy acá ¿Qué se te ofrece? —No hacía falta verlo a la cara para saber que se encontraría confundido por la inesperada llamada.
—Bien, espérame cerca de la entrada —ordené rápidamente mientras veía como Roland se acercaba con el BMW de azul brillante y vidrios cromados a donde estaba—. Necesito que atiendas a alguien tan pronto como llegue —finalicé cortando la llamada, desocupando mis manos y soltando el nudo que unía nuestros tobillos, para levantar el cuerpo de Wheeler y seguido subirme en el asiento trasero de la camioneta, bajo la atenta mirada de mi fiel guardaespaldas.
—A la Clínica Central, Roland —solicité mientras terminaba de ubicarme en el asiento, con el perro parcialmente recostado en mis piernas.
—Joven, ¿qué le pasa a ese chico? —Pude notar la preocupación en su voz, y no dudé hacia donde estaba encaminada, después de todo mi enemistad con Wheeler era popularmente conocida, especialmente por las personas que me rodeaban.
—No le he hecho nada, si es lo que estas pensando —le aclaré. Roland pareció relajarse notablemente, pero no podía asegurarlo. Mis ojos estaban fijos sobre el cabello dorado que se esparcía sobre mis rodillas.
—¿Simplemente se desmayo? —pronuncio de manera incrédula.
—Así es. —afirmé. Nuevamente intenté darle algunas palmadas esperando ver alguna reacción, pero nada sucedía. Su respiración continuaba siendo errática, y mucho más entrecortada que antes. Sus labios estaban tornándose ligeramente morados. Un sentimiento de preocupación comenzó a molestarme. Me sorprendí al saber, que nunca antes lo había experimentado con alguna persona que no fuera mi hermano.
—Parece ser que se está ahogando, Joven Kaiba —La intranquilidad del guardaespaldas era notable, y la mía, comenzaba a serlo también. Mis nervios estaban aflorando y era lo que menos deseaba, porque un Kaiba, jamás pierde la compostura.
—Entonces —respondí tan serenamente como me fue posible—, conduce más rápido.
Sin rechistar Roland aumentó la velocidad del auto, dejando atrás a todo el que se atravesara en su camino. No en vano era quien siempre me acompañaba, era la persona más capaz a mi servicio.
En el trayecto no pude dejar de observar como el rubio parecía luchar contra su asfixia, me pregunte si seria asma, pero lo descarte al instante al recordar como lo había visto realizar actividades fuertes en otras ocasiones, sin que algo remotamente parecido sucediera. No me di cuenta de en qué momento mi dedos se habían acercado a su rostro, tocando suavemente los cabellos que ocultaban sus ojos, fuertemente cerrados.
—Llegaremos pronto —susurré para mí mismo, no dejando de sorprenderme por las extrañas reacciones que estaba teniendo a la situación. Yo, Seto Kaiba, auxiliando a mi supuesto peor enemigo, Joseph Wheeler.
No pasaron más de cinco minutos, cuando nos encontrábamos en las puertas de la clínica. Con rapidez, tomé al perro en brazos y bajé del auto seguido por Roland.
Nada más entrar noté como la Clínica estaba inusualmente abarrotada de pacientes, después de todo, era atención privada, por lo tanto era costosa.
—¡Kaiba! —La voz de Aoi llamo mi atención inmediatamente. Cuando lo vi, estaba haciéndose espacio entre las personas para llegar a donde yo estaba, reparando inmediatamente en la persona que llevaba en brazos—. Recuéstalo allí —señaló una hilera de asientos en la sala de espera, lo mire por un segundo con cierto enojo—. Lo siento —se disculpó de nuevo—, pero no tenemos ninguna habitación vacía en este momento —contestó a mi muda, pero muy obvia inconformidad.
—¿Una clínica privada que no tiene algún lugar libre? —pregunté con genuina confusión, mientras recostaba el inconsciente cuerpo en los asientos que Aoi desocupo, ya que incluso esa sala estaba totalmente colapsada.
—Un accidente de tres buses escolares, todos estaban asegurados aquí —dijo calmadamente mientras sostenía la muñeca del perro tomando sus signos vitales, imaginé— ¿Hace cuanto esta así? —cuestionó refiriéndose a su inconsciencia.
—No hará más de diez minutos —calculé como pude el tiempo de espera y el trayecto.
—¿Es asmático, diabético?
—No tengo idea.
—¿Alguien en su familia lo es?
—No lo sé.
—¿Qué estaban haciendo cuando se desmayo?, ¿notaste algo inusual?
—Estábamos trotando —expliqué apresuradamente al mismo ritmo de sus preguntas—La verdad es que sí, se supone que el perro tiene buen estado físico, sin embargo comenzó a respirar mal al comenzar la carrera.
—¿Y así lo dejaste continuar? —Pareció algo enojado— Eres el mejor compañero, Kaiba —Sus faltas de respeto dirigidas a mi persona eran ya algo natural, así como sus sarcasmos, pero no pude evitar enojarme.
—Lo traje para que lo revisaras, ¿no?
—Enfermera —llamó levantando la voz a una castaña que pasaba a unos dos metros de él, ignorando olímpicamente la pregunta—, por favor tráigame un respirador portátil de los que están en emergencia —solicitó atropelladamente a la nerviosa mujer, que salió corriendo nada más escuchar el pedido.
—¿Nombre?
—Joseph Wheeler.
—Joseph, ¿Puedes escucharme? —lo llamó de una manera que se me antojo demasiado familiar para alguien que no lo conoce de nada. Pude observar como inspeccionaba su garganta y hacia leve presión en la zona de su cuello—No es asma —afirmó desesperándome un poco, eso yo ya lo sabía—Pero tampoco encuentro algo que obstruya la tráquea.
—Tú eres el doctor aquí —dije señalando lo que era obvio, al igual que él.
—Gracias por el cumplido —Sus manos se dirigieron ahora al pecho del desmayado haciendo una leve presión, recibiendo como respuesta un fuerte quejido—¡Oh! —exclamó, a mi parecer sorprendido.
Vi como se dirigió a levantar su camisa deportiva, pero justo en ese momento llego la enfermera con el dichoso respirador. Probablemente no había pasado más de un minuto, pero yo sentía que llevaba una hora en esa sala de espera.
—Bien —dijo Aoi mientras encendía el ruidoso aparato, llevando la máscara al rostro del rubio, retirando con su otra mano los cabellos que le estorbaban. En ese momento me percaté de que los brillantes mechones dorados eran bastante largos, y ciertamente llamativos— Vamos, despierta —Una sonrisa asomo cuando a los segundos Wheeler comenzó a abrir los ojos, parpadeando numerosas veces—. Hola —Sonrió ampliamente, el perro parecía un poco perdido.
—Estas en la Clínica —le informé llamando su atención. Si antes estaba confundido, ahora estaría totalmente perdido.
—Te desmayaste —intentó explicarle Aoi mientras lo miraba directamente a los ojos—¿Puedes hablar?
Wheeler permaneció inmóvil durante unos segundos, como analizando su estado. Poco a poco comenzó a removerse entre las incomodas butacas, buscando sentarse. Nuevamente un impulso me hizo querer acercarme para tenderle la mano, pero Aoi fue más rápido sosteniéndole de la espalda.
No dijo ni una sola palabra, contrario a lo que estaba esperando. Pero sí me miro fijamente, con una seriedad que nunca antes había visto en su normalmente risueña expresión.
—¿Kaiba? —Interrogó obviamente contrariado, y no lo culpaba. Probablemente pensara que era más probable que lo dejara tirado en el suelo a que lo llevara a una clínica.
Iba a responderle cuando una fuerte y ahogada tos de su parte me lo impidió.
—Tranquilo, no te quites la mascarilla —Aoi movió algunos botones en la ruidosa maquina, para luego enfocarse en el perro, aparentemente comprobando sus reflejos—. Estas un poco aletargado, me gustaría poder revisarte más a fondo si no te importa —pidió con una sonrisa, a mi parecer, ridícula.
Pero contraria a la reacción de cualquier mortal, Wheeler parecía reflejar el miedo en su más pura expresión. Sus ojos abiertos de par en par y el aumento de su palidez lo confirmo, pero solo durante unos segundos, ya que más rápido de lo que esperaba, regreso a la inusual seriedad.
—Muchas gracias —tartamudeo—, pero estaré bien. —Pálido como estaba, se levantó del asiento dejando de lado la mascarilla.
—Aoi te acaba de decir que no hagas eso —intervine por primera vez desde que despertó. Sus ojos se dirigieron a mi persona, como recordando que no estaba solo con Aoi. Eso me enfureció.
—Así es, necesitas descansar un poco, quizás pueda conseguirte una habitación —Un extraño y notable temblor sacudió el cuerpo del perro, casi haciéndolo caer. Aoi también lo noto.
—De verdad, no lo necesito —habló de manera apresurada hacia Aoi—. Muchas Gracias —pareció dudar antes de continuar—, a ambos.
—De nada, Joseph. —La mirada que le dirigía mi doctor de cabecera al perro iba más allá de la que se dedica a un paciente. Estaba completamente seguro de que él también pudo notarlo.
Con un leve asentimiento, se dispuso a salir de la clínica sin siquiera despedirse. Por un segundo me quede parado allí planteándome seriamente ir y soltarle un puñetazo por su falta de educación. Al menos podría haberse quedado un poco más para que lo atendieran, después de todo me había tomado la molestia de traerlo.
—¡Ah! —exclamó Aoi como recordando algo repentinamente— Tiene bastante fiebre —me informó—, quizás deberías echarle un ojo —pareció meditar un poco antes de continuar—, pero ahora que lo pienso, tu no harías algo así —aseguró.
—¿Qué se supone que estas insinuando? —repliqué molesto nuevamente— ¿Qué soy incapaz de auxiliar a alguien?
—¿Insinuando? —Pareció sorprendido— No, amigo mío —corrigió suavemente—. Lo estoy asegurando. Quizás debería ir yo tras él, es demasiado lindo para dejarlo ir —Sus ojos brillaron con el comentario.
La ira que ya sentía pareció incrementarse a niveles desproporcionados en tan solo segundos. Casi podía asegurar que las venas comenzaban a marcarse en mi cuerpo y, de nuevo sin pensarlo, las palabras abandonaron mis labios sin previo consentimiento.
—Ni se te ocurra.
