¡Hola, FanFiction!

Lo sé, me tardé mucho, pero la inspiración me tenía medio abandonada con este fic... En fin, aprovechando que regresó para ayudarme a escribir otro capítulo, se los traigo.

Espero que lo disfruten tanto como yo escribiéndolo XD


Ya no se encontraba durmiendo, pero tampoco podía decir que despierto. Estaba justo en medio de esa fina línea de la somnolencia que lo mantenía ahí tirado y le inculcaba una extrema pereza el simple hecho de pensar en levantarse.

Era una típica, tranquila y silenciosa mañana de domingo en el cuartel general del Shinsengumi. Podía oír el canto matutino de los pájaros revoloteando por los árboles del amplio jardín. Una calma y quietud tan relajante que lo invitaban a dormir nuevamente.

Y a lo lejos, recién incorporándose a los relajantes sonidos matutinos de la naturaleza, se oía el grito desesperado de Hijikata.

Sougo ya con sus cinco sentidos bien despiertos, sonrió antes de quitarse el antifaz rojo.

Sí señor… una típica y tranquila mañana de domingo en el cuartel general del Shinsengumi.

5. Nunca envíes a un hombre a comprar ropa interior de mujer.

Caminando tranquilamente por los corredores externos de la base, con sus manos guardadas en los bolsillos del pantalón de su uniforme y con una muy bien disimulada sonrisa maliciosa. Así fue como se presentó en la "escena del crimen", encontrándose con su "queridísimo" vice-comandante al borde de un colapso nervioso, sujetándose la cabeza con ambas manos, su rostro deformado en una mueca de horror y casi poniéndose a rodar en el piso.

Los otros oficiales y algún que otro capitán intentaban calmar al pelinegro, pero no había forma. Hijikata estaba fuera de sí, no podía quitarle los ojos de encima a la macabra escena que tenía en frente.

Allí, en el comedor, en aquella pared y parte del piso… una escena espantosa lo había sorprendido esa mañana.

Las letras chorreando de una forma macabra en la pared. Las salpicaduras en el piso y los "cuerpos" esparcidos por doquier. Tan maltratados, algunos incluso destruidos… y eso no era todo, lo peor sin duda había sido el contenido del intimidante escrito.

"MUERTE A LA MAYONESA"

Así es. Ese aterrador mensaje se encontraba escrito en la pared, con aquella misma sustancia amarillenta, regada también por el piso.

Toushiro caminó desconsolado hacia ese muro, esquivando a penas los envases rotos, vacíos y desparramados que se encontraban estorbando en el piso. Con ambas manos temblorosas, se atrevió a tocar parte de la vital sustancia desperdiciada de aquella forma en la pared.

—¿Por… qué…?— Murmuró apenas, sin fuerzas. —¿Por qué?... ¡¿Por qué?— Repitió con desespero. —¡Ella no hizo nada malo! No hizo nada para terminar así— Centró su vista en uno de los envases vacíos y lo tomó con delicadeza. —Eran tan jóvenes e inocentes… ¡¿Quién pudo haber hecho algo tan inhumano?

Tan sumido estaba en su propio melodrama que no notó a todos los demás miembros, mirándolo con pena.

Pronto se oyó por el fondo una ligera risa macabra que sin duda pertenecía al responsable, haciéndolos voltear rápidamente.

Sougo se encontraba de pie, con sus manos ocultas en los bolsillos y una notoria y escalofriante sonrisa maligna en el rostro. Su expresión daba miedo, al punto de que muchos de los oficiales llegaron a compararlo con un demonio, murmurando que ni el mismísimo Kira de Death Note había mostrado una cara tan aterrorizante como aquella.

El castaño desprendía un aura maligna, claramente visible.

—Tú…— Murmuró entre dientes el vice-comandante.

Sus ojos estaban ocultos bajo la sombra de su cabello. Apretó con fuerza el envase con una de sus manos antes de dejarlo en el suelo y ponerse lentamente de pie.

—Tú serías el único capaz de hacer una atrocidad semejante…— Continuó Hijikata, caminando a paso lento hacia él.

Todos los oficiales allí reunidos le abrieron paso. Se pegaron completamente contra la pared ante aquellas dos auras tenebrosas. Una lucha entre demonios estaba a punto de comenzar.

Ya a unos pocos pasos de su despiadado oponente, Hijikata se preparó para desenvainar su katana.

—Te he perdonado que insultaras incontables veces a la mayonesa. Te he perdonado que pusieras picante en mis frascos de mayonesa. Te he perdonado que me pusieras mayonesa en mi ropa interior… pero esto… esto, Sougo… ¡Ya es pasarte de la raya!— Estalló furioso, desenvainando completamente su espada.

El castaño ni se inmutó ante aquello. Continuó sin mover un solo músculo, con esa sonrisa malvada, claramente desafiándolo.

—Vaya vaya, Hijikata-san… siendo tú, cuidaría ese tono de voz— Comenzó con una sutil amenaza, siempre manteniendo la calma y al mismo tiempo el tono de macabra diversión.

—¿Qué has dicho?— Y Toushiro parecía querer asesinarlo con cada palabra. Estaba a punto de saltar contra él y decapitarlo, su cara lo decía todo.

—No te has dado cuenta de la situación en la que estás, ¿Verdad?— Pudo notar que su víctima olfateó el peligro en el aire, bajando un tanto sus decibeles para poner atención a sus palabras.

Sougo procedió a sacar una de sus manos de su bolsillo, sorprendiendo notoriamente al vice-comandante al ver lo que se encontraba sujetando.

—E-esa es…— Murmuró incrédulo el pelinegro.

—Exacto— Completó el capitán. —Tu preciado frasco de mayonesa versión "Bomba amarilla" edición limitada.

Hijikata se congeló. Se sintió repentinamente absorbido por un hoyo negro. Su katana fue resbalándose de sus dedos, hasta hacer un ruido sordo cuando cayó al suelo.

—Y por cierto, es el único frasco de mayonesa que queda en toda la base…— Le recordó el castaño.

—S-Sougo… vamos… no es divertido que juegues con eso…— Intentó quitárselo sin hacer algún movimiento en falso… pero no lo logró, su oponente era muy astuto.

—Entonces… me pregunto… ¿Qué debería hacer?...— Le mostró triunfante su sonrisa malvada, al ver como el rostro del vice-comandante pasaba de la perplejidad al horror infinito.

El capitán comenzó a ejercer presión sobre el frasco, amenazando con romperlo. Acción que de inmediato generó que su jefe se aterrara.

—¡No te atrevas! ¡Todo menos eso!— Cayó de rodillas, levantando una mano hacia su preciada mayonesa.

—¿Sabes, Hijikata-san…? Siempre me ha parecido injusto que tú seas el vice-comandante y yo un simple capitán… siendo que soy tu sempai— Comentó, mirándolo desde arriba.

Los ojos de Toushiro se abrieron impactados ante la disfrazada petición. Apretó furioso los dientes. Aquél desgraciado siempre había intentado quitarlo de su camino, y ahora lo hacía de la forma más sucia.

Era un maldito bastardo… pero no le quedaba de otra. Ese frasco le costó fortunas, tenía gravada la imagen de Mayorin, la mascota oficial de la mayonesa. Era un tesoro de mayonesa, y no iba a permitir jamás que aquél maldito mocoso lo dañara.

Se puso de pie, con una expresión sumamente seria en el rostro.

Sougo mantenía aquella malvada sonrisa de victoria. Sabía que ya había ganado, pero quería escuchar esas palabras directamente de él. Lo vio apretar sus puños, inhalar para prepararse, y el castaño amplió su sonrisa.

Toda la atención estaba puesta sobre ellos dos, por lo que nadie notó a la nueva integrante de la "familia" caminando hacia ellos con un nuevo traje chino. Ahora eran unos shorts hasta la altura de las rodillas y una blusa sin mangas, del mismo tono de rojo que su anterior atuendo. Estaba algo despeinada, aún no se había puesto sus moños, por lo que su cabello enmarañado delataba que esa mañana ningún peine había pasado por allí. Se frotaba uno de sus ojos con unos dedos, mientras que daba un largo bostezo.

Pasó justo por detrás de Sougo, llamando la atención de algunos oficiales.

—¿Hmm?... ¿Qué es eso? ¿Leche?— Murmuró aún somnolienta, mirando el frasco de mayonesa que el muchacho sostenía. —Qué hambre…— Dijo con pesadez antes de quitarle como si nada el envase de las manos.

Siendo seguida por todas las miradas allí presentes, se fue caminando por el corredor externo, mientras que lo abría y comenzaba a beber.

—Qué rayos… esta leche sabe raro…— murmuró un tanto disgustada, perdiéndose a lo lejos.

Decir que Hijikata y el improvisado público se quedaron de piedra era poco. Sougo por otro lado, con su típica expresión calmada y cara de nada, solo se limitó a observar a su "protegida" desapareciendo por el largo pasillo.

—Oh, mierda… al diablo con mi plan maestro de chantaje…— Protestó sin verdadera lástima.

Y ese comentario sacó a cierto tipejo mal humorado de su estado petrificado… se había desatado la fiera.

—¡SOUGO!


Dos pares de pies caminaban separados por una prudente distancia por el corredor externo de madera.

Kagura notoriamente molesta por la presencia que la seguía. Ya se había arreglado el cabello y colocado sus moños. Y Sougo con sus manos guardadas en los bolsillos, a juzgar por su rostro, aburrido.

—Por dios… no puedo ni quitarte los ojos de encima por un segundo porque ya estás causando problemas…— Se quejó el capitán, recordando ya los tres intentos de asesinar a Hijikata que ella le había arruinado en lo que llevaba del día… además de que apenas la perdía de vista, se escapaba y destrozaba algo… o a alguien…

—No me culpes, estoy aburrida— Le contestó ella, con las mejillas infladas. —¿Dónde está Zaki-chan?

—Te lo repito por tercera vez… está en una misión encubierto en Occidente para tratar de averiguar lo que tú no nos puedes decir por tu falta de memoria.

—Entonces no te enfades conmigo por no tener nada que hacer, ya ni siquiera tengo con quien jugar— Parecía realmente una niña pequeña gracias a su gesto y forma de caminar fastidiada.

El castaño rápidamente recordó que lo que ella llamaba "jugar", era en realidad saltar sobre el pobre Yamazaki y molerlo a golpes o estrangularlo hasta dejarlo semimuerto en algún lugar.

—Hmm… podrías jugar con Hijikata-san— Sugirió imaginándose la escena.

—No quiero. Mayonesa-san es muy antipático— Respondió antes de entrar a una de las estancias.

Sougo suspiró con fastidio. Si había un castigo lo suficientemente horrendo en la Tierra, para él, ese era estar como niñera de esa insoportable mocosa. Intentó pensar en alguna forma para entretenerla, pero inesperadamente fueron sorprendidos por el comandante.

—Oh, Kagura-chan— Exclamó contento al verla.

—Kondo-san— Saludó el castaño. —Pensé que te habías ido a patrullar.

—Acabo de terminar— Contestó sin dejar de palmearle suavemente la cabeza a la chica. —Dime, Kagura-chan, Aún tengo libre unas dos horas ¿Quieres jugar?

La aludida le mostró una amplia sonrisa. ¡Finalmente un juguete!

Sougo alzó una de sus manos hacia su jefe al tiempo que abrió la boca para advertirle, pero ya era demasiado tarde… la pequeña fiera ya lo había aprisionado. Ya qué… era mejor que aprendiera por sus propios medios a no aceptar los "juegos" de Kagura.

Al observar más detenidamente la habitación divisó a Hijikata tirado en una esquina con una gran aura deprimente envolviéndolo, sosteniendo el frasco vacío de su preciada mayonesa de edición limitada.

La agradable escena –ante los ojos de éste pequeño sádico- se vio interrumpida cuando uno de los oficiales de cabello negro, corto y con gruesas gafas se acercó a él.

—Capitán Okita, ¿De verdad está bien dejarla así?

El aludido centró su vista en el pequeño monstruo, quien ahora se encontraba saltando sobre el pobre Kondo al borde del desmayo.

—Descuida, Kamiyama. Kondo-san se ofreció voluntariamente, asique no hay problema— Contestó sin más.

—No me refiero a eso, capitán— Aclaró rápidamente el oficial, haciendo que la mirada rojiza se situara sobre él. —Me refiero a si está bien dejar a una chica convivir en un cuartel repleto de hombres, cuando claramente se nota que ni siquiera está llevando ropa interior— Y casi de inmediato, apuntó con uno de sus dedos específicamente a la zona del problema.

Sougo siguió la dirección de su dedo, hasta centrarse en el pecho poco desarrollado de la bestia. Ciertamente, por más pequeño que fuera, era prudente sospechar que no estaba usando un sujetador, ya que se movía con cada salto –asesino- que daba para aterrizar sobre el estómago del comandante… al parecer, ya estaba muerto. O por lo menos esos ojos en blanco y la sangre saliéndole de la boca indicaban que le faltaba poco para irse al otro mundo.

—Hmm… tal vez…— Murmuró el castaño acercándose lentamente hacia ella.

Kagura se había cansado de saltar sobre un cuerpo inerte que ni un mísero sonido emitía, asique se sentó sobre él y comenzó a jugar con su rostro, estirándole bestialmente las mejillas y metiéndole cosas en los orificios de la nariz.

El capitán se quedó de cuclillas para estar a su altura.

—Levanta los brazos así, y te daré una paleta— Pidió mientras él levantaba sus brazos para una demostración. Ya sabía cómo negociar con ella. Prácticamente tenía que domesticarla a base de dulces, porque los golpes no le afectaban.

Ella obedeció enseguida, tan pronto oyó la recompensa, y Sougo tomó la parte baja de su blusa para levantarla completamente.

—Hmm… sí, tienes razón, no tiene nada— Murmuró con aquél tono y rostro tan inexpresivo como siempre.

De inmediato recibió un doble knock out por parte de Kagura y Hijikata, quedando su cara estampada en el piso.

—¡Pedazo de animal! ¡¿Qué crees que estás haciendo? ¡¿No podías usar otra forma para averiguarlo?— Le reclamó el pelinegro. Miró de reojo a la malhumorada y sonrojada chica. —Es evidente que no trae nada, ni siquiera tenías que fijarte— Agregó en voz baja.

—No, cuando dije que "no tiene nada" no me refería a solo el sujetador— Explicó el capitán, levantándose. —Me refería a que no tiene nada— Y para reforzarlo añadió un ademán con sus manos, para hacerle entender su punto. —Está plana. Por lo tanto, eso ni llega a considerarse como busto. Tal vez un término más apropiado como ella sería: Tabla de planchar.

Habría continuado, pero tuvo que esquivar el cuerpo inerte de Kondo cuando Kagura se lo lanzó –cabe mencionar que el pobre comandante quedó estampado contra la pared-.

—¡¿Qué demonios estás diciendo?— Rugió sonrojada hasta las orejas, ahora ya no se sabía si era por la vergüenza o por la furia. —¡¿Estás ciego o qué? ¡Mira bien, niñato! ¡Tengo bastante para mi edad!— Protestó colérica, presionando con sus propias manos su "orgullo" de mujer para que notara que efectivamente, había algo allí.

—Pff— Soltó divertido, ahora cambiando su expresión a una cara totalmente burlesca. —Por favor, ¿A eso le llamas tener delantera? Hasta yo tengo más que tú.

Ella bufó molesta, sin poder desaparecer su sonrojo en ningún momento.

—Pues esa sí te la creo, ya que tu cara parece la de una mujer, no es de extrañar que tu cuerpo también, así te queda todo a juego y de paso te sirve para trabajar en el bar de los travestis.

Las auras asesinas de ambos crecieron. Dos fieras a punto de matarse… y sin duda se habrían matado el uno al otro de no ser por el vice-comandante, quien rápidamente les enterró la cabeza en el suelo de un golpe sin ninguna piedad.

—¡Sougo! Deja ya de estupideces y has algo al respecto— Le ordenó, ingeniándoselas para cargar el cuerpo inerte de Kondo sobre su espalda.

—¿Cómo que "has algo al respecto"? ¿Pretendes que haga aparecer aquí algún sujetador por arte de magia?— Le reclamó mientras intentaba levantarse.

—¡Tú eres su niñera! Es tú problema— Sentenció el pelinegro, antes de irse arrastrando al comandante.


Comenzaba a dolerle el trasero de estar tanto tiempo ahí sentado.

Estaba tan aburrido… allí, sentado, de brazos cruzados, sin poder hacer absolutamente nada, y como si no fuera suficiente, tener que ver a esa pequeña bestia saliendo del probador cada quince minutos con un nuevo atuendo… un nuevo y costoso atuendo.

Las cortinas del probador se abrieron, y ella salió contenta para mirarse al espejo con un vestido chino parecido al que llevaba cuando la vio por primera vez, solo que éste era todo de color negro, resaltando su pálida piel.

La vio posar frente al espejo, observando cómo le quedaba en vestido en cada ángulo. Hasta que tan contenta como salió, volvió a entrar al probador, para seguir cambiándose hasta haberse probado todos los atuendos de la tienda.

Suspiró con cansancio antes de ponerse de pie y caminar hasta quedar frente a las cortinas.

—Oye, monstruito, recuerda a lo que vinimos. Deja ya de jugar con eso y concéntrate en tu ropa interior.

La oyó bufar desde adentro.

No tardó mucho en salir fastidiada y con las mejillas infladas, cargando toda la ropa que estuvo probándose, para decirle adiós al dejarlas en el mostrador.

Una de las empleadas del lugar rápidamente los divisó.

—¿Ya decidieron qué es lo que llevarán?— Cuestionó con una agradable sonrisa.

—Solo estamos buscando ropa interior femenina— Aclaró Sougo. —¿No tendrán algo lo suficientemente pequeño como para ella?— Señaló a Kagura con uno de sus dedos, haciéndola saltar una venita de su frente.

La muchacha de la tienda rió algo nerviosa, para luego guiarlos a la parte de lencería. Unos amplios pasillos repletos de toda clase de ropa interior para mujer se encontraba ante sus ojos, y la vendedora los fue guiando hasta uno de los estantes del fondo.

—Aquí tenemos algunos sujetadores para las niñas que recién se están desarrollando. Elijan el que gusten— Y tras una sutil reverencia, se retiró por donde vino.

—Bien, ahí tienes— Le dijo Sougo con aburrimiento, antes de irse a sentar a uno de los banquitos de allí.

La vio tomar unas ocho prendas de distintos colores, para luego meterse al probador.

El tiempo que había demorado allí dentro era incalculable, ya sentía que se jubilaba ahí sentado. Se preguntó una y mil veces qué demonios estaba haciendo ahí. ¿A caso el espejo la absorbió?

Después de ver cómo las horas pasaban y pasaban en el reloj de aguja de la pared, obtuvo una señal de vida.

Salió. Algo despeinada, pero salió.

—¿Ya tienes los que llevarás?— Preguntó sin levantarse.

Ella asintió y colocó en el espacio libre de la banquita algunos sujetadores, quedándose con otros tres.

—Bien…— Murmuró poniéndose de pie y estirándose de paso. —Será mejor que lleves lo suficiente. No pienso volver a acompañarte a ir de compras— Le advirtió mientras caminaban hacia la caja registradora.

Muy ingenuamente creyó no tener más inconvenientes luego de aquella tortura, pero de inmediato notó el error en el que se encontraba al salir y ver el cielo tan excesivamente nublado. De seguro ya los atraparía la lluvia antes de poder llegar a la base.

Por milésima vez en el día, suspiro con fastidio. A él realmente no le importaba mojarse, pero seguramente tendría que soportar las quejas de la chiquilla tan pronto le cayera encima la primera gota.

Kagura parecía ni haber notado la inminente lluvia. Se encontraba muy ocupada tarareando una canción mientras agitaba la bolsa de un lado a otro.

Y justo cuando Sougo pensaba que ese día no podía ser más irritante, oyó a lo lejos los gritos de la multitud. Ambos voltearon al instante, encontrándose con un tumulto de gente que huía hacia todas direcciones. Genial, trabajo en su supuesto día libre… por lo menos, si tenía suerte, podría cortar algo y ver sangre.

No fue necesario correr tanto para encontrar el problema, ya que el problema los encontró a ellos primero.

Pronto vieron como una enorme cosa blanca y peluda se aproximaba hacia ellos a toda velocidad. Era un monstruo bastante grande, que saltaba descontrolado hacia todas direcciones, derribando todo a su paso.

—¡Un perrito!— Exclamó Kagura emocionada.

—Sí cómo no… esa cosa tiene de "perrito" lo que yo tengo de santo— La contradijo al instante, desenvainando su katana.

—¡Oye! Espera, no vas a lastimar a ese perrito, ¿O sí?— Lo miró incrédula y enfadada.

—No, descuida… no lo lastimaré…— Contestó acercándose al animal. —Lo mataré.

Esa cosa se dirigía hacia él, y se preparó para cortarlo con su katana, pero justo antes de saltar para matarlo, Kagura bruscamente lo sujetó de los pies, haciéndolo caer al suelo.

Un muy mal lugar para caer, ya que el gran perro monstruoso saltó hacia ellos, sin dejar de soltar alaridos y gruñidos.

El policía rápidamente tuvo que sujetar su katana con una mano y tomar a Kagura de la cintura con su brazo libre para poder esquivarlo rodando. A penas pudieron salir de su camino ilesos.

—¡¿Qué crees que haces, pequeña idiota? ¡¿Quieres morir?— Le reclamó molesto antes de levantarse.

—¡No dejaré que lastimes a ese perro!— Contestó enfadada.

—Escucha, esa cosa de ahí— Señaló al animal que seguía destruyendo todo con lo que chocaba. —Está rompiendo todo y puede lastimar a la gente. No puedo simplemente dejarlo ahí como si nada.

—¡Pero no tienes que hacerle daño!— Insistió.

—¿Ah no? Entonces dime tú como rayos piensas detenerlo.

Kagura ya había abierto la boca para reclamarle, pero no tenía nada que decir. Frustrada, bajó la vista con su ceño fruncido.

—Eso pensé— Dijo el oficial, antes de regresar a su labor y dirigirse con su katana en mano hacia donde se encontraba el animal.

Era una lástima no haberse llevado su bazooka, sería perfecta para acabar con ese bicho.

Comenzó a correr hacia el monstruo para derribarlo de un solo golpe. Quiso darle en las patas, pero sus movimientos eran muy impredecibles y bruscos, tanto que se vio obligado a retroceder para no ser aplastado.

Maldijo por lo bajo, tenía que haber alguna forma.

Observó por un momento algunos de los tejados de las estructuras maltratadas. Sin perder más tiempo, subió como pudo al techo para intentar un ataque desde arriba. Debía estar seguro de cuando saltar para poder dar en el blanco. Estuvo observando atentamente sus movimientos, hasta que encontró una oportunidad.

No lo pensó dos veces. Saltó, y cayó sobre su espalda. Era peor que estar montando a un toro salvaje, con costos podía mantenerse allí. Debía acabar pronto con él, alzó en lo alto su katana, intentando mantener el equilibrio, pero antes de poder atacarlo, en uno de sus bruscos movimientos el enorme perro chocó de nuevo contra una pared, aplastando a Sougo en el proceso.

Se soltó a causa del impacto, y antes de poder levantarse, aquella cosa blanca se desvió otra vez hacia él.

Lo habría aplastado, de no ser porque de improvisto, Kagura lo sujetó de la cola para retenerlo un poco gracias a su fuerza sobrenatural. Pero aún así no fue suficiente para inmovilizarlo. El monstruoso animal se libró de su agarre al hacerla volar con otro brusco movimiento.

Sin darse por vencida, la chica aterrizó sobre él, haciéndosele casi imposible mantenerse firme. Resbaló hacia un costado, donde se sujetó del pelaje para no caer. Oyó que su "niñera" le gritaba que se quitara del medio, pero ella no hizo caso. Continuó buscando insistentemente por entre el pelaje del animal.

—Maldita sea…— Bramó el castaño. —Bien, yo se lo advertí, si le pasa algo fue por no escucharme…

Se adelantó hasta llegar a un poste de luz para cortarlo con su katana y así derribarlo, formando una barrera, haciendo que el monstruo tropezara y cayera.

Kagura había quedado bajo una de sus patas, y cuando Sougo fue a sacarla notó que ella le quitó algo de entre sus dedos.

El animal finalmente se calmó, y con un débil lamento, quedó allí echado, exhausto.

—¿Qué es eso?— Inquirió al agacharse a su altura.

—Es lo que lo hizo perder el control— Le mostró un gran clavo ensangrentado. —Se le había enterrado en una pata. Por eso se comportaba así.

—Hmm…— Suspiró, mirando ahora a la calmada bestia.

—¿Ves? Ya es inofensivo, no tienes por qué lastimarlo— Insistió de nuevo, ahora sí con una buena razón.

—Aún así, no podemos dejarlo que ande libremente por ahí— Contestó observando el gran desastre que quedó en el lugar.

—¡Entonces llevémoslo a la base!— Sugirió al instante.

—¿Qué te crees que somos? ¿Las hermanitas de la caridad para andar recogiendo a todo bicho monstruoso que se nos cruza en el camino? Además de…— Se detuvo al recapacitar y oír atentamente sus propias palabras. Técnicamente, sí habían sido las "hermanitas de la caridad" al haber recogido a Kagura. Supo por la mirada que le lanzó que ella estaba pensando lo mismo.

Se golpeó la frente con una de sus manos.

—Bien, entonces nos lo llevamos— Sentenció contenta.

—Oye oye oye… no decidas por tu cuenta. Ya te dije que no podemos llevarlo, ¿Tienes idea de lo enorme que es esa cosa? No es un perro normal, debe ser un Amanto, y nosotros estamos contra los Amanto. Tendríamos que alimentarlo y no sabemos que come, dejará mierda por todas partes y quien sabe de qué tamaño. Y también puede ser muy peligroso para…— Se interrumpió a sí mismo ante la mención de la palabra "peligroso".

"Aunque pensándolo mejor…" Imaginó una escena donde aquél monstruoso perro le desgarraba las entrañas a Hijikata. No pudo evitar sonreír ante la imagen.

—Nos lo llevamos.


—¡¿Qué demonios quieres decir con "estaba tirado en el suelo y lo recogí"? ¡Uno no recoge ese tipo de cosas!— Protestó un irritado Hijikata ante la simplona explicación del recién llegado.

—Bueno, había que meterlo en alguna parte— Contestó con su habitual tono y rostro insípido.

—¡¿Y por eso tenías que traerlo aquí? ¡Esto es una base policial, no un centro de ayuda caritativa! No puedes simplemente recogerlo y traerlo.

—A ella la recogí y la traje— Señaló a Kagura, quien felizmente jugaba con el enorme perro.

—¡Es totalmente diferente!— Reclamó cada vez más irritado.

—Hmm… ¿Enserio? Yo no noto la diferencia. Los dos son monstruos.

El vice-comandante intentó calmarse antes de contestarle. Inhaló y exhaló hasta que se sintió un poco más tranquilo… por lo menos lo suficiente como para no saltar sobre él y estrangularlo.

—De cualquier manera, esta cosa tiene que irse, ¿Qué crees que diría Kondo-san si lo ve?

—Los gorilas se llevan bien con los perros, ambos son animales, no creo que le moleste— Intervino Kagura en la conversación, abrazando a aquella enorme bola blanca peluda.

—¿De dónde sacas que los perros y los gorilas se llevan bien?— Inquirió Sougo, sin cambiar su tono de voz.

—¡Oye! ¡No te fijes en eso, en estas circunstancias deberías preocuparte más por defender a Kondo-san!— Hijikata exhaló fastidiado, y ya más calmado agregó: —Sáquenlo antes de que…-

—¡Toushi! Asique aquí estabas— Kondo de un momento a otro ingresó a la estancia, haciendo que el vice-comandante se petrificara. —Oh, Sougo, Kagura-chan, cuánto tardaron, ¿Cómo les…?-

El silencio invadió el lugar tan pronto el comandante se interrumpió a sí mismo cuando vio al enorme animal.

—¿Qué…?-

Su pregunta quedó a medias cuando el enorme perro le mordió la cabeza hasta el cuello, haciendo que Hijikata se desesperara.

—¿Eh…? Chicos, ¿Por qué de repente todo se volvió oscuro?... también huele espantoso…— Preguntó desde allí dentro, haciendo que sus palabras tuvieran un leve eco.

—Debe ser su imaginación, Kondo-san. Cuando uno está cansado ya comienza a imaginarse todo ese tipo de cosas— Sugirió el castaño, con esa calma tan inquebrantable que lo caracterizaba.

—Oh… tienes razón, me pareció ver algo extraño hace un momento… mmm, necesito dormir. Bien, los veo más tarde— Y tras decir aquellas palabras, muy tranquilamente comenzó a retirarse, arrastrando de paso al enorme perro que se negaba a soltar su cabeza. —Qué extraño, me siento más pesado…— Comentó para sí mismo antes de irse.

—¡Kondo-san!— Exclamó con voz ahogada Hijikata, con su rostro casi azulado lleno de perplejidad, mientras elevaba un brazo hacia su comandante.

—¿Ves? Dije que se llevarían bien, Sadaharu lo adora— Comentó como si nada la pelirroja.

—¡Oye! ¡No le pongas nombre, te dije que esa cosa se larga!— Reclamó cada vez más malhumorado el vice-comandante. —¡Ahora vayan y quítenle esa bestia de la cabeza!— Exigió, apuntando con uno de sus dedos la dirección por la que se fue Kondo.

Casi de inmediato, pudieron oír múltiples gritos más al fondo, exclamando cosas como: "¡Comandante!, ¿Qué demonios es esa cosa?" "¡Es un monstruo, corran!" "¡Los Amanto nos atacan de nuevo, tienen al comandante!"

Mas otros sonidos de cosas rompiéndose y… caos en general.

El rostro de Hijikata palideció.

Sougo y Kagura se miraron por un momento, para luego dar media vuelta e irse como si nada, diciendo a coro un:

—Ahora es tu problema— Con un ligero tono burlesco.

El pelinegro ya no sabía si ir por esos dos y arrastrarlos hacia la bestia o darse prisa y salvar al comandante él solo. De la única cosa que estaba seguro, era que tan pronto como resolviera ese inconveniente, mandaría a quemar a esos dos en la hoguera.

CONTINUARÁ…

~Omake~

Estaba agotado. Lo único que quería en esos momentos era acostarse y finalmente tomar su merecido descanso.

Colocó su futón en el piso y se puso su antifaz rojo. Estaba demasiado cansado como para ponerse la yukata, por lo que simplemente se quitó las medias, la chaqueta y el chaleco negro.

Una vez tapado con su cómoda manta, comenzó a contar Hijikatas muertos para dormir, ya que contar ovejitas no iba para nada con él.

Justo cuando sentía sus párpados pesados, comenzó un ruido incesante en su armario. Unos constantes golpeteos y murmullos incómodos que no hacían más que irritarlo.

Intentó ignorarlos, pero cuando el ruido fue en aumento, su paciencia llegó al límite.

Ya completamente fastidiado, se incorporó lentamente, para luego quitarse el cubre ojos, revelando una expresión verdaderamente macabra.

Se puso de pie, dirigiéndose hasta el armario, donde lo abrió para fulminar con la mirada a la causante de aquél molesto ruido.

La encontró luchando con el cierre del sujetador, ya que no atinaba a engancharlo. Pero ese no era el problema, lo que no encajaba ahí era que se lo estaba poniendo de una forma insólita.

Por donde tenía que pasar uno de sus brazos, estaba su cabeza, uno de los breteles estaba estirado a más no poder por culpa de la extraña forma en la que se lo estaba poniendo, a punto de romperse, y la parte de atrás estaba casi a un costado. Todo ese desastre, sin mencionar la extraña posición de contorsionista que había adoptado para luchar con la prenda en ese reducido espacio.

Al fastidio que se mostraba en el rostro de Sougo, se le añadió una ligera incredulidad, además de mirarla con pena.

—¿Qué se supone que estás haciendo?— Inquirió con su habitual tono de voz.

—Estoy luchando con esta cosa, ¡No se quiere poner!— Contestó sin dejar de forcejear con la prenda.

El castaño suspiró con cansancio, antes de bajarla de forma brusca de un golpe, haciéndola estrellarse contra el suelo.

—¡Oye, imbécil! ¡Eso dolió!— Se quejó enfadada.

—No me dejas dormir. Posterga tu pelea con el sujetador para mañana, ¿Quieres?— Le pidió, mirándola desde arriba.

—Claro que no, yo quiero ponérmelo ahora.

—Entonces póntelo de una vez y déjame dormir.

—Pero no me lo puedo poner.

Una diminuta y casi imperceptible venita de enfado apareció en el rostro del capitán. Rápidamente suspiró con desgano y regresó a su habitual postura.

—Entonces te lo pondré yo, y luego te irás a dormir, ¿Queda claro?— Sentenció con una sombra intimidante que resaltaba su mirada asesina.

—Ni hablar, no quiero que un hombre desagradable como tú me toque, pervertido— Le contestó al instante, mirándolo con un notorio fastidio.

—Quieres que te mate, ¿Verdad?— Murmuró irritado. —Acuéstate en el suelo.

Ella de mala gana obedeció, y Sougo intentó arreglar el desastre que ella había hecho con el pobre sostén.

—Si me llegas a ver te arrancaré los ojos— Le advirtió antes de que pudiera quitárselo por completo.

—Ya te dije que aquí no hay nada que ver.

A Kagura le saltó una notoria venita de furia en su frente, y sin previo aviso le propinó una inesperada patada en la cara.

Sougo retrocedió un poco a causa del golpe, y rápidamente llevó una de sus manos a la zona afectada, notando que ahora le estaba sangrando la nariz.

—Pequeño monstruo… esta me la vas a pagar— Amenazó molesto antes de lanzarse hacia ella.

Pronto comenzaron una de sus clásicas luchas salvajes, pero en esta oportunidad el castaño tenía ventaja, ya que se encontraba sobre ella y eso lo mantenía a salvo de las patadas.

Forcejearon con los brazos, esperando la oportunidad para poder librarse del agarre del otro y golpear el rostro contrario.

Inesperadamente, la puerta corrediza de su cuarto se abrió de forma brusca.

—¡Oye, Sougo! ¡Más vale que te hagas cargo de este pe…-

Hijikata sujetaba con una de sus manos la cadena que amarraba al enorme perro, pero se detuvo tan pronto vio la escena:

Un sádico policía con su camisa blanca abierta y un su nariz goteando sangre, sobre una adolescente malhumorada que estaba siendo sujetada por ambos brazos y para empeorar la situación, semidesnuda, con el sujetador a medio quitar, cubriendo sólo lo necesario.

El rostro de Hijikata adquirió un leve sonrojo ante la escena, y tan pronto sintió el calor en sus mejillas cambió su expresión de perplejidad al carraspear moderadamente.

—Este… Sougo…— No sabía por dónde comenzar. Es decir, para eso existían los hoteles, ¿O no? —Descuida, haré de cuenta que no vi nada— Murmuró con la vista fija en el suelo, acompañando también con un ademán de su mano libre. —No se lo diré a Kondo-san, pero para la próxima, podrían ir a otra parte… o por lo menos colocar un cartel de "no molestar" en la puerta— Sugirió aún perplejo y apenado. —Amm… Este… Lamento molestar, hablaremos mañana… pueden continuar— Y tan pronto como entró, cerró la puerta con cierto desespero.

Ellos pudieron ver su silueta alejarse a toda velocidad junto con el enorme perro. Al mismo tiempo, ambos ladearon su rostro nuevamente, centrando su mirada incrédula e insípida sobre el otro.

"Él… lo malinterpretó completamente…" Pensaron con una extraña sincronía.

No le prestaron mayor importancia al asunto, simplemente suspiraron con cansancio, y como si nada hubiera sucedido, reanudaron su lucha diaria, sabiendo que no se detendrían hasta haber molido a golpes al otro.


Tachán~ Por haber tardado tanto, les dejé este pequeño regalito al final. ¿Qué les pareció el cap? ¿Les gusta el fic? Todos sus comentarios, como dudas o etc que tengan, pueden mandármelo vía review 8D

Nos leemos, y les recuerdo que la dirección de mi Facebook está en mi perfil, por si quieren mantenerse al tando de los avances y actualizaciones en mis fics.

A quien comente, le regalaré un pastel de tres pisos. Descuiden, les aseguro que Otae no lo preparó XD