Capítulo 2
— Dios mío, aún no puedo creerlo. — sonreí mirando el océano que había debajo del helicóptero. — ¿Seré buen director?.
— Pues claro, todos te amarán. Excepto Jack Levis, odia a los nuevos. — sonrió John. — Tomamos medidas extremas a comparación del parque anterior. Las alambradas son más altas y con más voltios de energía, tenemos más rangers, los administradores son mejores, los sedantes más potentes y el parque el doble de grande. Será increíble. Causarás furor.
— Yo creo que usted no conoce a mi hijo. Es una catástrofe. — me arruinó mi padre.
— No lo creo amor, va a hacer un gran trabajo.
— Ponte esto. — me ordenó John, extendiéndome una bata de científico color blanco. Me la puse y me quedaba algo apretada, pero no dije nada con tal de no arruinar el momento. La mirada del anciano se iluminó, mirando un pequeño bulto en el horizonte. — Ahí esta nuestra isla.
— Este es el nuevo centro de visitantes. Es tres veces más grande que el anterior y más lujoso. Mira, aquí tenemos a una de nuestras asistentes. Ella es Hannah Williams. Se ocupa de el bienestar de los visitantes. Si alguien tiene algún problema, a ella recurrirían. — dijo señalando a una muchacha de unos treinta años, con cabello corto de color negro y ojos del mismo color con gruesas pestañas.
— Hola. — la saludé simplemente.
— Tú debes ser Nick, el muchachito nuevo. — me dijo.
— Exactamente. — le sonreí.
— Aquí están los otros. Él es Jack Levis, que se encargará de vigilarte y de corregir lo más posible las imperfecciones del parque. Ella es su hermana, Sarah Levis que se encarga de las atracciones. — continuó presentando, señalando a un hombre algo calvo con anteojos y una mujer de cabello rizado rubio, también con ateojos.
— Hola. — los saludé. Ninguno me dio respuesta. Jack se mantuvo en su lugar, sin mover un músculo de la cara, y Sarah me dirigió una sonrisa de medio lado.
— Entre ceja y ceja, ahí te tengo. — me dijo Jack, lo que me espantó un poco.
— Bueno... — cambió de tema John. — Él es Meg Ying, viene de Japón pero se nacionalizó en Estados Unidos hace quince años. Se encarga de la genética del parque.
Nos saludamos con una pequeña sonrisa.
— Él es Bruno Test, se encarga de la administración del parque, vigila las cámaras de seguridad, comprueba que todo esté en buen estado, las alambradas, bla, bla, bla. — dijo señalando con su bastón a un muchacho rubio, que me dedicó una gran sonrisa. — Estos son Tom Harrison y la señora Lucy Harrison, marido y mujer. Son los guardias principales del parque. Los demás guardias están esparcidos.
Los dos me saludaron con la mano, y yo les devolví el saludo con mi gran sonrisa ilusionada.
— Este es Johnny Kase, paleontólogo. Es el aprendiz del señor Alan Grant, que está aquí. — sonrió señalándome a ambos. Saludé rápidamente al joven de cabello negro y ojos miel y me centré rápidamente en Grant.
— Usted es genial. — le dije.
— Gracias. — me dijo de manera algo seca.
— Ella es Ellie Sattler. — continuó John. Saludé a la rubia. — Pero...¿dónde está tu aprendiz?.
— No lo sé, debía estar aquí hace media hora, aún no ha llegado.
— Ay, lo siento, lo siento, lo siento... — gritó una vocesita desesperada entrando por la sala de visitantes. Una joven de cabello negro y orbes verde manzana se paró rápidamente junto a Ellie, obteniendo absolutamente toda mi atención. — Llegué tarde, es que se me abrió el equipaje y tuve que armarlo todo de vuelta, deberían haber visto la escena, ropa interior volando por doquier...— sonrió con una perlada sonrisa. Al parecer yo fui el único idiota que se rió, entonces todos me miraron y me quedé serio nuevamente.
— Ella es Mary Hudson, botánica y veterinaria. Se encarga de la salud de los dinosaurios. Y creo que es todo. — aplaudió John.— Él, damas y caballeros, es Nicholas Stepcop, nuevo director del parque. Reconocido hace un año atrás por hablar con los animales. ¿Qué tal si llevas a nuestro director y nuestros dos aprendices a darle un paseo por el parque, Bruno?. Ellos no conocen nada todavía.
— Claro. — aceptó. — Por aquí novatos.
Nos guió a un lugar donde había un pequeño auto estacionado. Nos subimos y nos acomodamos. El asiento era muy suave, por lo que casi me quedo dormido.
— Esta vez los autos son eléctricos, pero si se quedan varados tenemos un bidón de gasolina para andar a gas. — explicó volteando desde el asiento de piloto. Johnny se ubicó en el asiento de copiloto y nosotros dos, detrás.
— ¿De veras hablas con los animales?. Y yo creí que estabas loco. — me dijo Mary.
— No estoy loco. — le sonreí, llevando los ojos al cielo. — De veras puedo hacerlo. Lo que sucede es que me desconcentro demasiado, y me resulta demasiado difícil con animales inteligentes. Por eso mi reto es mentalizar con un Velociraptor, y eso los convierte en mis dinosaurios preferidos, junto a...
— ¡Maiasaura!. — gritamos los dos al únisono. Nos miramos sorprendidos.
— ¡No puedo creerlo!. He estado estudiando los ámbitos de Maiasaura por años, y son unos seres realmente incondicionales. Se sabe que de hecho dan la vida por sus crías. — dijo.
— Me encanta Maiasaura. Me parece un gran ejemplo de madre. A propósito...¿eres madre?.
Mi pregunta pareció ponerla demasiado nerviosa, ya que comenzó a removerse en su asiento y bajar la mirada.
— No, ni siquiera estoy en pareja.
— Tampoco yo. — rodé los ojos como una indirecta algo directa. — También me gusta el Espinosaurio. — cambié de tema.
— Odio a los carnívoros. Mi dinosaurio favorito es sin duda el Parasaurolophus. — sonrió.
— Mira qué coincidencia... — interrumpió Bruno, señalando al exterior con la cabeza. Ilusionada, Mary bajó la ventanilla y se asomó. — Yo que tu no asomaría la cabeza. — Obviamente, la joven no hizo caso. Estaba maravillada con esa preciosa magia. Estaba viendo a su dinosaurio preferido a menos de cinco metros de distancia, haciendo sus característicos sonidos.
— Dios... — dijo totalmente maravillada. — Son tan hermosos como los imaginé. Y su textura no es amarronada, sino que es más verdosa...Quisiera tocar uno...
— Eso está prohibido... — dijo Bruno pisando acelerador, alejándose de la ilusión de Mary. — También incluimos nuevos dinosaurios. Observen, allí a la izquierda hay un...
—...Shunosaurus. — concluyó Johnny. — Increíble.
— Exacto, y allá hay un Anchiceratops. Debemos alejarnos un poco porque suelen asustarse y ponerse agresivos.
— Esto es mágico, simplemente no puedo creerlo. — me acomodé en mi asiento, golpeándome para comprobar si eso era un sueño. — dirigí mi vista a la izquierda lentamente, pegándome al cristal y sintiendo unos pasos pesados. De repente y lentamente, fui divisando un Diplodocus alimentándose. Sonreí y quise mirarlo a los ojos. Me miró un momento, pero justo Bruno pisó el acelerador. — Diablos. — maldije por lo bajo.
Después de bastante andar, llegamos junto a una alambrada.
— Hagan silencio. — ordenó Bruno. — O podría alterarse.
— ¿Quién?. — preguntó Mary encarnando una ceja. No terminó de decir su frase que comenzaron a escucharse pasos. Parecían pequeños terremotos, todos consecutivos. Mi corazón latía fuerte, no sé si de emoción, de miedo, de alegría...Agudicé mi vista y vi cómo una enorme bestia de dientes filosos iba acercándose cada vez más a la alambrada, hasta terminar chocándose con ella y recibiendo un gran choque de electricidad. Bueno, gran choque para mi, pero para él debe haber sido algo leve. Bufó y lanzó un fuerte gruñido, que estuvo cerca de dejarme sordo. Los cuatro nos tapamos los oídos al unísono. — Ya veo... — completó Mary.
— Gigantosaurus. — dijimos Johnny y yo al unísono.
— Dios mío, que pedazo de bestia. — dije.
— Está entra las tres especies carnívoras más grandes que tenemos en el parque. Pesa alrededor de once toneladas y mide unos veinte metros de longitud.
— Corre alrededor de cincuenta kilómetros por hora. — acotó el joven paleontólogo.
— Es sólo uno, ¿no es así?. — pregunté, temiendo un "No" como respuesta, aunque me gustaba esa especia de adrenalina.
— Obviamente.
— Y...sólo por curiosidad...entre los tres carnívoros más grandes...¿en qué puesto está?. — se atrevió a cuestionar Mary.
— Segundo. Tercero el Carcharodontosaurus.
— ¿Tienen un Carcharodontosaurus?. ¿Qué están locos?. — se enfureció Mary. Debía admitir que se veía hermosa cuando se enojaba...¿qué estoy diciendo?. — Entonces... — reaccionó, abriendo los ojos. — ¿Qué clase de engendro es el carnívoro más grande de este parque?.
Todos miramos a Bruno, esperando la respuesta.
— ¿Realmente quieren verlo?. Es atroz, yo tuve pesadillas cuando lo vi de cerca.
— Quiero verlo. — dijimos los varones.
— Pues yo no. Si me permiten, me bajo de aquí. — intentó abrir la puerta, sin éxito. — ¿Qué sucede?.
— No puedes abrir la puerta si el auto está en movimiento. Sólo este botón puede. — señaló un botón que había cerca del volante.
— ¡Pues presiónalo, hombre!.
— No.
— ¡Dios, no quiero ver esto!.
Recorrimos otros kilómetros hasta llegar a un alambrado que parecía ser más alto que el anterior. Clavé me vista en un letrero que había cerca.
— Espinosaurio... — leí en voz alta.
— ¿Qué?. — dijeron los otros dos.
Y sí, era cierto. Otros pasos atrozmente pesados se oyeron, y una espina se asomó sobre los árboles, como si fuera la aleta de un tiburón asomándose sobre las olas. Saqué una involuntaria sonrisa. Su alargado hocico se acercó más al alambrado y, sin tocarlo, dirigió su fuerte gruñido hacia el lado donde estábamos nosotros. Escuché un vidrio rajarse, y me di cuenta que era el que tenía a mi lado. Miré a mi derecha y estaba Mary tapándose los oídos y comenzando a sollozar. No pude evitar tener lástima, así que la abracé y la acaricié, consolándola.
— Bruno, vámonos de aquí. — le grité, ya que el gruñido parecía no terminarse más. Sin dudarlo, pisó acelerador y salimos volando de ahí.
Para mi mala suerte, no vimos ningún Velociraptor, aunque quizá otro día será. Hannah nos guió hacia una zona que estaba cerrada y nos dio dos llaves a cada uno.
— Esta es para esta puerta, y esta es para sus respectivas cabañas. — nos indicó. — Nick, la tuya es la tres. Johnny, la tuya es la dos, y nena, la tuya es la cuatro. Suerte.
Al parecer las cabañas eran sólo para los que trabajaban en el parque. Antes de entrar, una voz conocida me frenó.
— Joven. — me tocó el hombro John.
— John. — le sonreí.
— Quiero que sepas que dejo este enorme parque en tus manos. Cuídalo, hijo. Es muy importante para mi. — me dijo con seriedad. Creo que ahí comprendí la responsabilidad que recaía sobre mis hombros. Asentí, tomándo la anciana mano que sostenía mi hombro.
— Prometo que cuidaré este parque con la última gota de mi sangre.
— Ten cuidado, hijo. No es un zoológico.
— Lo tendré.
— Por eso tengo que darte todo esto, hijo. — me dijo entregándome alrededor de diez llaves. Había un papel en cada una de ellas que decía para qué eran. — Me tomé el trabajo de pegar los papales.
— Gracias John. — sonreí divertido.
— Y recuerda que todo lo que hagas Jack va a avisármelo, y sabes como es él...pero tengo que tomar medidas si cometes muchas faltas...así que trata de no cometerlas, no quiero retarte.
— Prometo portarme bien.
— A partir de ahora el parque está abierto. Bienvenido a Jurassic Park. — me dijo antes de voltear y dejarme solo en la puerta de mi cabaña, oyendo el anuncio que daban por los altavoces.
"A partir de hoy el parque está abierto. Bienvenidos, a Jurassic Park".
— ¿Lo están pasando bien?. — le pregunté a mi padre, que sostenía un globo de Jurassic Park como si fuese un niño.
— Hijo, esto es increíble, es impresionante...es...es...¿ya dije increíble?.
— Sabía que iba a gustarte. Y mira, hay muchísima gente. — abrí los brazos para que miraran a mi alrededor la cantidad de personas que pasaban totalmente maravilladas. Sarah me cazó del brazo.
— Jovencito, tienes que dirigir la atracción del safari de hoy como bienvenida a los primeros veinte visitantes. — me tiró del brazo para que me apresurara.
— Qué suerte, verán este sexy cuerpo. — presumí marcando mis abdominales. No iba a negarlo, tenía un buen cuerpo...pero odiaba presumirlo, aunque de una vez en cuando no le hace mal a nadie...¿o sí?.
— Vamos... — me apuró jalando de mi cabello como hace una anciana con su nieto, haciendo que soltara un grito de dolor.
— Yo lo veo feliz... — acotó mi madre.
— Yo también. Creo que esta era su meta, y nunca nos habíamos dado cuenta...
— Y a su derecha. — dije con mi altavoz, para que los cuatro carros que iban detrás mío me escucharan. En el primero íbamos yo, Bruno, Johnny, Mary y Jack, que había entrado sólo para observarme. En los otros cuatro autos de atrás, iban los veinte afortunados y primeros visitantes, entre ellos mi familia. — Tienen a un ejemplo excelente de madre: Maiasaura. Este dinosaurio es uno de los seres más incondicionales que ha pisado el planeta, de hecho, se sabe que dieron la vida por sus crías...¿cómo lo hago?. — le pregunté a mis acompañantes apartando el altavoz de mí.
— De lujo. — me dijo Mary, lo que me dio un escalofrió. Jack rodó los ojos y los otros dos me levantaron el dedo pulgar. Miré hacia atrás y vi cómo los visitantes hablaban pero no escuchaban mi discurso, lo que me hirvió la cabeza.
— Creo que deberíamos darle un poco de adrenalina a esto. — dije apretando un botón y abriendo una puerta. El auto se detuvo, por lo tanto los otros cuatro también.
— Nicholas...¡Nicholas!. — me gritó Jack. — ¡Entra al auto ahora!. — gritó fuera de sí. Nada iba a detener mi rumbo hacia el nido de Maiasaura. — ¡Entra al auto o le digo a John!.
Me paré y lo miré. Sonrió victorioso. Para mostrarle que no había ganado la pelea, volteé y seguí caminando. Todos bajaban sus ventanillas y miraba mi mezcla de heróico y loco acto.
— Este chico está loco. — negó Johnny.
— Es increíble. — sonrió Mary.
Me acerqué a ella y extendí mi mano. Al principio parecía desconcertada. Me acerqué más y aplasté con mi pie una rama, haciendo suficiente ruido como para que sus pupilas se dilataran y se parara levemente en dos, preparada para aplastarme con uno de sus pies delanteros. La esquivé, la esquivé de nuevo y me caí. Iba a aplastarme, pero la miré a sus penetrantes ojos miel. Nos conectamos rápidamente.
— No me mates. — rogué. Se detuvo.
— ¿Por qué no?. — preguntó.
— Porque simplemente soy el encargado de que estés aquí.
Bajó su enorme pie y me olfateó un poco mientras me levantaba. Hizo un extraño gemido. Nuevamente acerqué mi mano y ella cedió a mi caricia. Pasé mi mano entre sus ojos y descubrí que su piel era áspera como la de las serpientes y tenía una mancha especial de color oscuro cerca de su ojo izquierdo, cosa que los demás de su especie no tenían. Debió haber sido un error genético.
— Increíble. — dijo Bruno. — Simplemente maravilloso.
— Dios santo. — sonrió Mary.
— Espérame aquí Maia. — separé un poco mi mano, dándole mi propio nombre. Me acerqué al auto y le sonreí a Mary. — Ven. — le extendí el brazo. Se espantó un poco ante mi acto. — Anda, ven. Maiasaura que habla no muerde.
Increíblemente se rió ante mi malísimo chiste. Me tomó la mano y dejó que yo la acercara a la dinosauria. Acaricié su suave mano, la tomé y la acerqué al hocico de Maiasaura.
— No te asustes, Maia. Es sólo una amiga. — la tranquilicé. El animal cedió y dejó que yo soltara la mano de Mary para que ella sola la paseara sobre la piel áspera de la enorme bestia. Después de bastante tiempo de caricias, Maiasaura escuchó los llamados de su manada y tuvo que voltear para ir con los suyos, no sin antes dirigirme una mirada que mi don interpretó como "Gracias". Escuché unos aplausos. Volteé y los cinco autos, excepto Jack, me alababan y gritaban. Hice una leve reverencia, dando el espectáculo como terminado.
— Fue asombroso.
— Increíble.
— Algo que no podré olvidar.
— Verdaderamente me conmoviste.
— ¡Fue alucinante!.
— Hijo, fue mágico. — me abrazó mi familia, totalmente orgullosa de mi.
Escuché en el transcurso del día todo tipo de elogios. Yo les sonreía y les decía "Muchas gracias", porque simplemente no sabía qué decirles. Ahora todos comenzaban a confiar en mi, todos creían en mis dones, y los que me llamaban "loco" antes me trataban como "maravilla" ahora.
— Nick... — me llamó una reconocida voz. Volteé y vi a Mary sonriente. Para mi sorpresa, me abrazó. Sentí una descarga eléctrica, y no como esas malas de la que sienten los dinosaurios con los alambrados, de las buenas, de las agradables. Se separó de mi para hablarme. — Gracias. De veras. Había soñado esto en mis sueños más locos, pero nunca pensé que podría cumplirse. Es increíble como un muchacho que conozca hace un día haga realidad un sueño que personas que conozco en mis veinte años no pudo cumplir.
— Yo sólo quería robarte una sonrisa. Ya sabes... — inventé. La verdad que mi cerebro era un desierto. No tenía ideas. — Y entonces, te quería preguntar si...
— Jovencito. — me llamó una voz autoritaria. Volteé para encontrarme con un serio John, rojo como un tomate. Me acerqué a él como un niño se acerca a su padre después de hacer una travesura.
— ¿Sí?.
— Que no me entere yo que tocas dinosaurios. Está prohibido, Nicholas, y creí que lo sabías.
— Lo sabía, pero era sólo para atraer.
— Ninguna ley se rompe aquí sólo para atraer. La gente ha visto a ver dinosaurios, entonces no tienes por qué atraerlos más.
— Entiendo. Lo siento.
— Te perdono esta vez porque no lo sabías. Pero no quiero volver a enterarme.
Volteó y siguió su lento camino con su bastón.
Esa noche me puse a caminar en el bosque. Francamente no sé que hacía allí, ni tampoco cómo demonios había llegado. De hecho me parecía raro. Escuchaba sonidos extraños pero no les daba importancia. De repente, un suave gruñido se escucha cerca, y en la oscuridad veo dos enormes ojos verdes luminosos que van lentamente hacia arriba. Los sigo, hasta que sobre los árboles se asoma la enorme cabeza de un T-Rex. Él grita, yo grito. Yo empiezo a correr, y él hace lo mismo. Me persigue, no deja de hacerlo. Pero en un momento siento que mis piernas no responden, que ya no dan para más, que funcionan cada vez más y más y más lentamente, y las del T-Rex más y más y más rápido. Llega un momento que lo tengo detrás mío. Tuerce la cabeza, abre sus fauces y...
Me despierto. Y grito al compás del despertador que marcaba las 6 AM. Estaba sudando demasiado. Qué horrible sueño por dios...Salgo a caminar para relajarme un poco y voy a la cafetería. Todos estaban amontonados en los miradores ya que el Espinosaurio estaba cerca del alambrado y podía verse mejor. Entonces vi a Mary y sonreí. Me acerqué a ella, decidido, iba a preguntarle, pero alguien se me adelanta.
— ¿Quisieras una cita hoy, conmigo?. — preguntó Johnny. Me sorprendió. Fruncí un poco el ceño. Ella aún no me había visto.
— Claro. — asintió con una sonrisa.
— Bien. Hoy a las nueve paso por ti. — le guiñó el ojo, pasando por mi lado. — Ah, hola Nick.
— Hola. — saludé con una falsa sonrisa, diciendo por dentro algo así como "Maldito desquiciado hijo de puta, te robaste a mi chica".
— Hola, Ni. — me saludó Mary. Ya se había acostumbrado a decirme "Ni". Intenté sonreír, pero sólo me salió una patética sonrisa de medio lado.
— Hola...A...adiós. — volteé como un verdadero imbécil. Actuando como retrasado no iba a llegar a ningún lado. Debía actuar como hombre, y así ganarme a la chica.
Y? les gusta? escucho opiniones
