Espadas de madera
Capitulo 3
Los dos niños vieron como Wakka se iba seguido por una fría brisa que llegaba del mar, indicando que ya era hora de volver al hogar. Riku pestañeó varias veces entre lo nervioso que estaba y el frío que de repente sentía. Sora era su mejor amigo, pero en esos momentos lo que más deseaba era deshacerse él.
Las cosas a los minutos después comenzaron a suceder muy rápido, demasiado rápido a decir verdad. Las ideas de Riku por lo general funcionaban pero las cosas pronto ya no estarían a su favor. El destino ya lo confirmaría.
-Ven Sora, vamos a la cabaña-invitó el chico de cabellos grises- Allí no nos encontrarán.
-¿No deberíamos volver a casa? Hace frío y nuestros padres se molestarán.
Pero Riku ya avanzaba por la ladera entre la arena que aún guardaba el calor del mediodía. Antes de llegar, un grito se escuchó a la distancia, cerca del muelle, entre los botes.
-¡Riku!-gritó una voz conocida. Los chicos se dieron vuelta, pero antes de eso, Riku se mordió el labio, tenso al saber quién era aquella persona.
Se trataba de su madre, Rebecca. Una mujer hermosa y esbelta, con los cabellos grises que su hijo había heredado y esplendorosos ojos verdes, a diferencia de los de Riku que eran azules. Era por lo general una mujer dulce y una comprensiva madre, pero su semblante en aquellos momentos era de preocupación.
-Niños,.. ¿Dónde estaban?-habló a pesar de que aún faltaban metros para llegar a donde se encontraban Sora y Riku-Yo y tu padre te hemos estado buscando por todas partes, sabes que ya es hora de estar en casa, mañana podrán seguir,..
Pero Riku luego de hacer una mueca había desaparecido. Detrás de la cabaña, que con velocidad había cogido y se preparaba para ir a las palmeras de la Pequeña Isla, cuando su madre se hubiese ido. Aunque las cosas no serían tan fáciles, no aquel día.
-¡Riku, ven aquí en seguida!-ordenó Rebecca ya al lado de Sora-Te irá muy mal con tu padre si no me haces caso, hablo en serio. Sora, tu también, me encontré con tu madre camino a la playa y está preocupada, vamos apresúrate.
Sora obedeció. Riku tendría que darle muchas explicaciones en el entrenamiento que ojalá si llevasen a cabo al día siguiente. El niño sabía que su amigo había estado actuando sumamente extraño, pero a decir verdad, Riku tenía un carácter muy especial y ni siquiera su familia podía verlo bien en ocasiones, aunque quien estaba más cerca era Adrian respecto a eso.
Rebecca se apresuró a llegar a donde Riku se había escondido pero no lo encontró. El niño estaba oculto entre las rocas y hacía un buen trabajo al no moverse. No podía ver bien que su madre estaba perdiendo la paciencia.
-Muy bien jovencito, ya basta. No soy ninguna tonta y tengo claro que me estás escuchando-dijo sin perder energía dándole más vueltas al asunto-Voy a contar hasta tres, si no te apareces te va a ir muy mal.
La cuenta regresiva comenzó y Riku miraba a su madre entre las plantas y piedras. Rebecca cumplía lo que decía y su hijo lo sabía, pero mientras su padre no se apareciera no tenía mucho de qué preocuparse. Esa forma de pensar era porque Rebecca nunca castigaba a Riku, a diferencia de la madre de Sora que efectivamente lo hacía. Era una cosa de carácter, aunque Rebecca cambiaría las cosas si era necesario, la desobediencia y arrogancia de Riku respecto a lo que podía y no podía hacer no estaban solo dentro de sus propios principios, sino que como todo niño, debía obedecer órdenes y por supuesto que en primer lugar las de su madre y padre.
-Ya está-indicó la mujer dándose la vuelta con gracia luego de llegada la cuenta al número tres y sin haber recibido noticias de su hijo.
Antes de que el chico saliera de su escondite o antes de que pudiera mirar a su madre caminar sobre sus propios pasos, algo lo agarró con brusquedad de la oreja sin previo aviso, ni siquiera en sonidos. Luego sintió como era sacado con fuerza de su base hacía dentro de la playa.
-Rebecca, puedes quedarte tranquila, espéranos en casa-dijo sin necesidad de gritar Adrian, aún sujetando firmemente a su desobediente hijo de la oreja. El niño estaba tan impactado con la sorpresa y el miedo por lo que pronto sucedería, que prefirió mantenerse callado.
La mujer se dio la vuelta y miró a su esposo y a su hijo aliviada. No dijo nada, no era necesario. Siguió su camino y no tardó en recobrar el sendero de regreso al hogar, puesto que sabía con que tendría que lidiar al regreso.
Adrian hizo que Riku lo mirase a los ojos con severidad. El niño aunque quería llorar no se lo permitió, su orgullo se lo hacía imposible.
-Muéstrame tus manos-ordenó su padre con una mirada que no permitía replica. El niño obedeció poniendo ambas a su vista- Manos sucias por las herramientas. Estuviste trabajando con cosas que no debes tocar, incluiste a Sora y luego desafiando mis órdenes te viniste a la playa cuando te dije que te quería en la entrada. Hiciste pasar un mal rato a tu madre buscándote y también intentas engañarla escondiéndote. No te importa que los demás pierdan el tiempo por lo que veo. En realidad no me sorprendo, es algo propio de ti.
Riku estaba por decir algo pero prefirió guardar silencio una vez más. Hablar no era una característica que estuviera a su favor en esos momentos, a menos que quisiera una bofetada que estaría asegurada.
Adrian suspiró por segunda vez aquel día.
-Bien, te diría que fuéramos a casa y me esperaras en tu cuarto, pero ya has hecho pasar un mal rato a tu madre. Te daré la tunda aquí mismo.
-No,..., papá…-comenzó el niño pero calló al instante, puesto que su padre lo había vuelto a sujetar de la oreja izquierda. El niño dejó escapar un sollozo pero lo apagó enseguida.
Adrian se sentó en una de las planas de madera hechas para construir botes, muy utilizadas en ese sector de la isla y luego acercó a su hijo para sí. A veces el muchacho tenía las vagas esperanzas de que su padre viera sus ojos y se arrepintiera de llevar a cabo el castigo, pero eso jamás sucedía. Adrian siempre estaba demasiado concentrado en lo demás que implicaba la paliza y eso llamaba a imposibles arrepentimientos de su parte.
-Aparta el brazo-dijo al darse cuenta de que Riku ya se cubría la abertura del pantalón, casi por reflejo. Una palmada en la mano cambió las cosas en seguida.
Adrian rápidamente bajó los pantalones de Riku y la ropa interior de un tirón, sin esfuerzo y con brusquedad. Luego elevó a su hijo para ponerlo sobre sus rodillas mientras tiraba la camiseta amarilla de este por sobre su espalda, de modo que no estorbara para hacer acceso a sus posaderas de una forma más fácil.
La primera nalgada fue rápida, fuerte y sin demoras. Riku que había estado apretando los dientes esperando, no lo vio venir así y exclamó un claro "¡Ay!" en la oportunidad. Movió un poco las piernas pero fue un grave error. Aquello ayudó a que sus pantalones, que ya estaban a la altura de las rodillas bajaran hasta los talones y fue la oportunidad perfecta para que su padre lo sacara todo de una, con otro tirón.
El niño ahora más avergonzado y arrepentido de su propia torpeza podía sentir el escozor sin nada que interviniese, ni siquiera el sentir de prendas que tendría que subirse luego, puesto que ahora descansaban amontonadas a unos centímetros de su cuerpo en la arena, al lado de las rocas y tablas, además de restos de botes y demás maderas.
-Si no te dejas de mover la cosa no acabará aquí y tendremos que seguir en casa, te lo estoy advirtiendo-dijo Adrian ahora comenzando con la paliza de verdad, sin detenerse por nada a pesar de los constantes movimientos de su hijo sobre sus piernas.
Las potentes nalgadas caían, una tras otra. Todas con prácticamente el mismo sonido y casi todas acompañadas de algún débil gemido de dolor, cortesía de Riku. No quería llorar, su ser impedía aquella necesidad corporal y humana suceder pero aún era muy joven y aquello no era tan fácil de negar, sobre todo si a medida que la tunda continuaba, su retaguardia estaba cada vez más adolorida y cada nueva palmada se sentía peor, mucho peor que la anterior. Por lo que sus ojos, ya humedecidos no pudieron contenerse y dentro de poco la humedad se convirtió en completas lágrimas, que cayeron sin más por sus rojas mejillas, expresando como no, vergüenza y dolor.
Adrian se detuvo un momento al darse cuenta de que su hijo ya había cedido a las emociones y estaba ahora en lugar de moviéndose, sollozando silenciosamente dentro de lo posible sobre su regazo, con la cabeza gacha y de vez en cuando una de sus manos presente para correr una que otra lágrima. El padre acarició con la mano las ya bien enrojecidas nalgas de su hijo.
-¿Puedo ponerme de pie?-preguntó el chico luego de unos momentos mirando a su padre por el rabillo del ojo, aún en su posición y teniendo todavía la fuerte mano izquierda de este sujetándole la espalda para que evitara hacer lo que acababa de preguntar. El niño antes de esperar respuesta intentó pararse pisando con los dedos de los pies el suelo, tratando de lograr estabilidad. A Adrian no le pareció esta actitud precipitada por lo que, ahora elevando un poco la rodilla derecha, donde estaba la parte trasera de Riku mejor expuesta, volvió a las nalgadas, fuertes como en el principio. Ahora más continuadas.
-¡No! …¡Ay!... Lo siento pero,..¡Ay!..Pensaba que habíamos terminado,…¡ouch!..*sollozo*.. Por favor, Papá ya basta,…¡AY!,…*sollozo*,..Lo siento, perdón,..¡Oww!
-Todo depende de si estás arrepentido, hijo-explicó Adrian sin hacer pausa- Discúlpate por lo que has hecho hoy y acabaremos pronto, sino estaremos aquí por varios minutos más y como te he dicho, seguiremos en casa.
-¡Ay!,…Y,..¡¿Qué quieres que te diga? ¡Ouch!...
-Por favor usa tu cabeza Riku, eres un chico inteligente y tienes una consciencia como todo muchacho normal, no te estaré dando discursos de cosas que ya sabes.
-¡Oww! Y,..¿Cómo quieres que,..¡Ay!,.. Me disculpe si me sigues pegando?,..¡AY!
Entonces Adrian en una maniobra cogió a Riku del torso y lo sentó con agilidad en una de sus rodillas, para que lo mirara a los ojos. El niño con la cara roja y repleta de lágrimas no se sintió demasiado bien ahora sentado sobre la parte del cuerpo que había sufrido la fuerte mano de su padre pero estar allí solo podía significar que todo había terminado, o eso parecía.
-Soy todo oídos, jovencito-dijo Adrian aún con el ceño fruncido mirando. Daba la impresión de que no sentiría culpa de volver a poner a su muchacho abajo en la misma posición si no escuchaba una respuesta que lo convenciera.
-Pues-comenzó Riku tragando nervioso y desviando la vista-Se que no debí decirle a Sora que me acompañara hoy, pero,..El no se iba nunca y sabía que te enojarías si me veías en el patio, mamá te llamaría y si Sora me veía,..
Guardó silencio un momento. Riku se daba cuenta de que tenía las ideas revueltas y había esparcido palabras de forma desordenada, pero a la última que había llegado ya estaba bien. No quería seguir. Intentó frotarse la retaguardia como pudo pero Adrian con poca paciencia lo zamarreó un poco para que no se entretuviera con otras cosas.
-Hijo si yo te digo no vayas al patio porque hay herramientas peligrosas, no es porque desee quitarte espacio terrenal, es porque es un lugar que hace mucho que no limpio y puedes accidentarte. Si te prohíbo usar cosas es por la misma razón, si te ordeno que te alejes de aquí o allá es por lo mismo, y si te digo aún frente a Sora-que es algo que te avergüenza tanto que el vea- que me esperes en la entrada lo haces. ¿Lo has comprendido?
-Sí, papá-se apresuró a indicar el niño mirando el suelo-Pero, ¿Como entrenaré ahora que ya no tengo una espada? Viste como la he dejado, es,..Una vergüenza.
-Primero que nada, te digo desde ya que en una semana no usarás ninguna espada, por desobedecerme y portarte como lo has hecho hoy. Luego de eso, hablaremos.
Dicho esto, Adrian hizo a su hijo ponerse de pie. El niño al sentir la arena en los pies nuevamente y por el frío que traía sin remordimiento el mar, recordó que desde la cadera para abajo estaba desnudo, tema que provocó que diera vuelta a todos lados para ver si alguien lo miraba. Suspiró aliviado al percatarse de que por la hora que acontecía todos ya se habían guardado en sus respectivos hogares.
-Vístete rápido-dijo Adrian a Riku y este lo hizo de inmediato. El padre luego de eso y mientras su hijo se abrochaba el pantalón, dio dos pasos cerca del mar, hasta llegar a donde descansaba el puentecillo que llevaba a una de las más altas palmeras, tocando pies de un arrecife que estaba más allá. Adrian sacó un objeto del bolsillo, color marrón con unas pequeñas cosas plateadas pegadas y lo arrojó con fuerza a las rocas. Riku vio con lástima como la espada con la que tanto había jugado y entrenado se hacía añicos al tocar las olas y como todo su trabajo se perdía sin más.
Sus ojos azules que aún estaban muy humedecidos e hinchados le dolieron de repente y tuvo que restregarse para aliviar la molestia. El abatimiento llegó. Adrian le hizo señas a su hijo para que comenzaran a caminar de regreso a casa y este lo hizo lentamente, aún sin dejar de mirar donde se había perdido su arma.
Riku hacía errores como todo niño, era buen amigo y muy querido por todos, pero se dejaba llevar por los pequeños demonios que todo el mundo tiene a lo largo de su vida, y aquella tarde había invocado a varios juntos, perdiendo por culpa propia algo muy preciado.
El camino a casa no fue largo, y al pasar por la esquina de la cabaña donde los niños jugaban en la tarde, el niño de cabellos plateados recordó a Sora, y le llegó a la mente las disculpas que le debía, además de bueno, una espada de madera.
En casa olía a papas, cebolla y a ese pescado con especias que tan bien le quedaba a Rebecca. Ella sonrió al ver a sus dos varones llegar.
