Capítulo final


"Dame lo que quiero y yo te conseguiré lo que deseas"

Esa fue la máxima que guió a Timmy en los próximos cuatro años. Lo único a lo que podía aspirar dentro de ese odioso castillo. La única cosa en la cual Anti Cosmo sería incapaz de poner sus asquerosas manos azuladas. Llevó esas palabras como un talismán y se repetía constantemente lo que obtendría si tan sólo hiciera caso a Nega. Con cada aliento acelerado y jadeo, con cada queja de su cuerpo, sentía que estaba más cerca de volver a su vida de antes.

Con el tiempo, sus padrinos mágicos comenzaron a dejar de ser lo más importante. Se concentró más en la simple posibilidad de poder alejarse de esas habitaciones sombrías que él no escogió y salir adonde quisiera cuando lo deseara. Ansiaba la libertad, simple y llana. Llegó a entender perfectamente el punto de vista de Nega sobre querer escapar de la isla y no le extrañó que le tomara cuatro intentos aceptar que era imposible. Sin embargo, también hubo otros factores que apartaron a sus padrinos de su mente.

En sus cumpleaños Anti Cosmo le daba como regalo el permiso de pedir "un deseo muy especial". Sobraba decir que esa sólo era una ocasión que el anti aprovechaba para recordarle lo que se esperaba de él y para quién sería el deseo. Siguiendo el plan de Nega, Timmy fingía que no se daba cuenta y pedía cosas que, aun así, de cierta forma dejaban complacido al anti hada. Tenía que pretender que estaba aprendiendo a ser como ellos, a pensar como ellos, aunque tampoco podía dejar que fuera tan evidente como para levantar una sospecha. Las primeras veces fueron cosas que a Nega se le ocurrieron. Enviar una plaga de mariposas a la casa de un anti que no le gustaba, una nueva y deliciosa comida que hiciera vomitar a cada cinco personas sin falta. Anti Cosmo le obligó a ver videos de las personas en la Tierra que parecían sorprendidas del efecto que tenía su cena en ellos y noticias de restaurantes siendo demandados por los clientes descontentos.

Timmy no sintió ninguna pena. Sólo era un malestar estomacal y un montón de insectos inofensivos. No había razón. No se daba cuenta todavía de que esa era una mala señal.

Los años siguientes las ideas le vinieron espontáneamente, sin ayuda de Nega. Comenzó a sentir un vago placer por ver sufrir a otros seres en lugar de a sí mismo. Nega le dijo que eso les ayudaría mucho y pidió otras pequeñas desgracias como si tal cosa. Sentía un ligero asco por causarle tal complacencia a aquel ser que se decía su padrino, pero también satisfacción porque no había la menor duda respecto a sus intenciones. Era un trabajo lento. Justo cuando creía que había llegado el momento de actuar, de dar el último golpe, Nega estaba ahí para decirle que no era el momento.

Tenía razón, claro. Anti Cosmo todavía le lanzaba indirectas (algunas más sutiles que otras) y había que decir que la sonrisa de Timmy por toda respuesta no era la mejor forma de ganárselo. Cuando el anti hada se le acercaba a planteárselo, Nega lo justificaba diciendo que tardaría a hacerse a la idea de permitir tanta maldad y primero tenía que probarla un poco. El cumplido disimulado jamás le fallaba.

Tiempo al tiempo, agua al agua. Lo que sea a lo que sea. Timmy se sentía mejor en el gimnasio que en cualquier otra parte del castillo. Y de alguna forma que estaba más allá de sus palabras, ese mismo sentimiento comenzó a ser asociada de forma intrínseca con la presencia de Nega. No se trataba de que éste le llenara los oídos con palabras de ánimo, diciéndole que estaría bien y podía hacerlo. No era tan simple como eso. Era como si Nega no esperara otra cosa de él. El fracaso estaba directamente fuera de discusión. Ninguna duda al respecto.

No había lugar para palabras de consuelo. Las ocasiones para requerirlas se hacían escasas a medida que se iba habituando más y más a las rutinas. Se hacía más alto, más fuerte. Logró tomar por sorpresa a Nega un par de veces. Se sintió mucho mejor que derrotando a cualquier monstruo virtual.

Ese día logró hacerlo en tres oportunidades. No fue porque Nega se distrajera o le tuviera lástima. Lo consiguió porque por fin se hallaba en su mismo nivel. Nega se apartó el cabello del rostro, jadeando, y observó el reloj de la pared.

—Ya es suficiente —determinó, comenzando a sacarse los guantes.

—Una más —le instó Timmy, sonriente, dando puñetazos a su alrededor. La adrenalina corría por sus venas, se creía capaz de todo. Se preguntaba a menudo si así era estar drogado—. Estoy en la zona. Vamos, podría hacerte caer en tres minutos. ¿Tienes miedo? ¿Qué te apuestas?

Nega esperó hasta que la vuelta de Timmy lo pusiera en frente de él. Cuando lo hizo estiró la mano ya desnuda y le tomó la muñeca. Tiró de la cinta para abrirle el guante sin inmutarse por el puchero refunfuñado del otro. Timmy siguió rezongando aun cuando Nega convertía en rollos las cintas sudadas que, de paso, ya apestaban. Sólo se detuvo cuando éste se las dejó en la mano junto a los guantes.

—Déjalas para lavar y ve a las duchas —indicó Nega.

—Aguafiestas —replicó Timmy, pero de todos modos colgó sus guantes del gancho en la pared y se dirigió a lo más cerca que había estado de un vestuario de chicos.

Había sólo dos enormes casilleros para cada uno, ocupando tanto espacio como en una escuela secundaria ocuparían los de todos los jugadores del equipo. Cerca de ahí había un pequeño cuarto de lavandería mágica. La máquina parecía una reluciente caja oscura. Al abrir la tapa se veía la entrada a un portal dimensional. Nadie tenía idea de hacia dónde iba, pero todo lo que se arrojaba en él regresaba al cabo de cinco minutos como si fuera nuevo, aun cuando tuviera roturas. Sin embargo, no funcionaba con animales. Ya lo había comprobado cuando un hámster que sólo tenía desde hacía dos días su durmió dentro de uno de sus guantes. No se dio cuenta de nada hasta que fue buscarlo y el pequeño cadáver cayó al suelo sin hacer ningún ruido.

Nega, detrás de él, lo movió un poco con la punta de su bota sólo para comprobar que no sólo estaba aturdido. Luego lo miró.

—Diablos —dijo Timmy, con una mueca de asco—. ¿Podrías tirarlo a la basura tú? No quiero tocarlo.

Nega lo recogió desde la diminuta cola y ambos contemplaron al cuerpo perderse en el agujero negro del tacho para desperdicios.

—Con razón me parecía que mi guante estaba pesado —fue todo lo que tuvo que aportar Timmy y nunca volvió a hablar sobre eso.

¿Para qué? Sólo había sido un estúpido hámster que deseó por aburrimiento. En las ducha había varias canillas. Media docena de personas podrían haber tomado un baño sin jamás tener que tocarse. Nega lo había pedido todo conforme a las imágenes que las series televisivas acerca de adolescentes le permitieron saber. Era lo más cerca que estarían los dos de asistir a una verdadera escuela. Según Nega, esa había sido la idea que inspiró el diseño.

Tuvieron que pasar dos años desde que practicara en serio para que creyera más conveniente tomar el baño ahí. No había ningún motivo especial. Más que nada era un alivio olvidarse de las ridículas puertas polarizadas. Bañarse frente a Nega le costó un poco más, pero sólo por falta de costumbre. Luego simplemente se habituó e incluso le encontraba cierto agrado a la compañía. Se imaginaba a sí mismo como el mariscal de campo, jugador estrella, tomándose un descanso entre celebración y celebración. En cuanto acabara ahí iba a salir y tendría una muy guapa novia esperándole junto a un auto deportivo. Conduciría con el techo bajo y el viento haría lo que quisiera con su cabello, pero no importaba porque de todos modos era libre de ir adonde quisiera. A veces no había novia guapa y sólo era él conduciendo, satisfecho y feliz consigo mismo.

Lo más maravilloso era salir, verse en el espejo y descubrir que todavía era capaz de permanecer en este estado. A veces veía a Nega tomando el baño a su lado y trataba de imaginar lo que haría fuera del castillo. Por alguna razón todo lo que podía concebir eran imágenes poco claras, difusas, como si estuviera trabado. No se atrevía a creer que siguieran siendo amigos afuera. Se llevaban bien, sobretodo cuando aceptó que sólo el dolor ajeno le causaba la menor gracia, pero eso era todo. No se atrevía a plantearle nada al respecto por temor a que le riera la ingenuidad. Pero en su mente ni siquiera Nega podía entrar y se permitía de vez en cuando unas pequeñas ilusiones.

Cinco años de cautiverio. Cinco años lejos. Esperaba que todos estuvieran bien. Esperaba que ya hubieran despedido a Crocker. Ahí se acababan sus pensamientos respecto al pasado. Tenía la impresión de que era mucho trabajo para su cerebro, como si lo estuviera forzando a llevar una pesada mochila llena de rocas. Entonces sólo quedaba tratar de poner la mente en blanco, con el agua caliente acariciándole el rostro. Trataba de concentrarse en su respiración, la única acción que realizaba a consciencia entonces.

Tenía quince años y su voz ya estaba cambiando. No le gustaba, parecía un instrumento afinado por un sordo. Vellos le crecían donde antes no había nada, su rostro se hacía más anguloso, recordando al de su padre. Sabía lo que eran los sueños húmedos, la masturbación y levantarse con el ánimo demasiado en alto. Conocía la vergüenza de pensar que lo descubrieran y la necesidad de encerrarse en el baño hasta que desapareciera. Y lo gracioso era que su única fuente de información había sido la TV y muy infrecuentemente el Internet.

Nega también cambiaba. Era igual de alto que él, tenía el mismo rostro. Su voz parecía de a ratos un gruñido hecho por computadora para imitar la amenaza de una pitón muy enojada. Sombras de oscuro negro se arremolinaban bajo su vientre, empezando en el ombligo. Eso era todo lo que veía.

Hasta ahora. Cuando abrió los ojos y miró en un acto involuntario (como podría haberse fijado en la canilla o una baldosa) vio a Nega lavarse el cabello, al parecer indiferente a la elevación entre sus piernas. Timmy apartó la vista y, casi de inmediato, la regresó. No se había equivocado. Hubiera sido imposible interpretar algo más como lo que era. No dijo nada.

No hubiera podido pensar en nada aunque lo hubiera deseado. Asumió que esa debía ser otra clara diferencia entre sus caracteres. Nega podía emocionarse de más y conservar la misma impasibilidad de siempre en su rostro. Nega carecía de vergüenza, le daba igual ser visto. Nega se lavó el cuerpo sin variar ningún movimiento y luego de una media hora o algo así, a Timmy le pareció, cerró el paso del agua y salió para vestirse. Timmy se obligó a observar el frente, creyendo todavía que posiblemente el otro no se dio cuenta de que lo había visto. Se forzó a esperar otra media hora para calmar lo que sea que estuviera pasando en su cabeza. Para cuando salió, Nega estaba en su cama, desplegadas las cortinas.

Debió haber entendido que ahí había un mensaje. Un chico más descarado que él, captándolo o no, habría bromeado al respecto para tratar de determinar lo que había sucedido. Tendría que haber entendido que Nega era calculador hasta náusea y todo, como la puerta semi abierta, era así por una razón. Pero todo en lo que podía pensar era en su propio bochorno y lo que le gustaría poseer su misma confianza. Durmió convencido de que el asunto no importaba.

Más tarde Nega se puso a bañarse bajo su misma ducha. Lo hizo sin preguntar, sin decir una palabra. Timmy se alarmó más de la cuenta en cuanto reparó en su cercanía. Las duchas eran grandes y en realidad, aun entonces, era posible no entrar en contacto. Pero no se lo esperaba.

—¿Qué crees que haces? —exclamó, anonadado.

Nega ya había comenzado a hacer espuma sobre su cabeza y arqueó una ceja en su dirección.

—¿Te molesto? —inquirió.

Timmy empezó a negar con la cabeza antes de pensar bien en su respuesta. Hablando con propiedad, le confundía más que molestarle. Nega no extrañó la falta de palabras y siguió aseándose tranquilamente. Turbado, pero decidido a no dar muestras de ello, intentó continuar su ejemplo. Con el tiempo se acostumbró, igual que con todo. En algún momento empezaron a hablar durante esos minutos, como otros amigos lo hacen durante una noche de pijamas. Desnudo, frotando sus músculos endurecidos, Timmy a veces creía estar siendo más honesto que afuera.

Así fue como llegó, rápidamente y sin aviso, la víspera de su cumpleaños dieciséis.

—¿Ya decidiste qué vas a pedir? —inició la conversación Nega, llenándose las manos de shampoo.

Luego de hacerlo le pasó la botella a Timmy.

—Estaba en una severa alergia a las aves —dijo éste, pensativo—. La gente ya es alérgica a los gatos y a los perros. He investigado un poco en Internet y las aves sólo podrían hacerte estornudar si los usaras de plomero. Por sí solas son inofensivas. Imagina lo que pasaría si de pronto cada persona que está cerca de una paloma siente irritación y muchos estornudos.

Una sonrisa de diversión comenzó a esbozarse en sus labios. Nega asintió con aprobación.

—A Anti Cosmo le encantará.

—Lo que a mí me gustará será verle la cara cuando sepa que no va a ir a la Tierra —comentó Timmy con regocijo. Rió por lo bajo—. Para ser un genio maligno no es muy listo si todavía cree que tiene la menor posibilidad.

—Está empezando a creer que te gusta estar aquí —le hizo saber Nega. Cabeceó lentamente ante la mirada atónica del otro—. Sí, piensa que es la razón por la que no deseas sacarlo de aquí. Me ha insinuado que debería hacerte las cosas más desagradables para ti. Si mal no entendí, también sugirió amenazarte.

Timmy se giró hacia él y parodió una expresión temerosa y suplicante.

—Por favor, por favor, por favor —dijo en un canturreo—. No me lastimes con esa barra de jabón. Seré un muy mal muchacho y condenaré a la humanidad a la mala suerte. Sólo no me frotes con ella. Haré lo que quieras.

Se puso a temblar con un montón de ademanes ridículos que aprendió de la televisión. Luego se echó a reír despreocupado. Nega sólo sonrió con un costado de sus labios. En él, eso representaba a una carcajada. Timmy levantó la cabeza, dándole la cara al chorro de agua. Revolvió su cabello para quitarse cualquier rastro de espuma y abrió la boca para hacer gárgaras. Algunas personas podrían pensar que eso era asqueroso pero jamás escuchó una queja del único miembro de su público.

En eso, mientras escupía en el suelo, percibió a la barra de jabón darle atrás. Sólo se trataba de Nega queriendo lavarle la espalda. Sin sentirse para nada incómodo, Timmy no reaccionó. Avergonzarse o alarmarse habría sido como asustarse de su propio reflejo. Nega lo había visto en todas sus formas y con todos sus estados de ánimos. Desde hacía tiempo sabía que estaba completamente a salvo con él.

—Más abajo —pidió, remolón.

Las suaves caricias eran agradables masajes. Fue complacido. La mano de Nega subió hasta su nuca. Le hizo inclinar la cabeza con la facilidad de una muñeca, con tal de que más agua ayudara a enjuagar su trabajo. Su palma presionaba en pequeño círculos de arriba abajo, sin prisas, rodeando el camino entre sus omóplatos. Las gotas le hicieron pequeñas cosquillas al bajar por sus piernas. Su mente se fundió con todo el bienestar que percibía. Cerró los ojos y respiró. Cuando le pasaba el jabón por un hombro él ponía, obediente, su cabeza sobre el otro, siguiendo la presión de sus dedos bajo el nacimiento del cabello.

Le lavó la clavícula. Las largas y puntiagudas uñas sólo le rozaron su punto más vulnerable debajo del cuello. Con un golpe lo bastante fuerte Nega podría perforarle por ahí y acabar con su vida. Habría tenido una hemorragia masiva y moriría mucho después, apenas el corazón se diera cuenta de que ya no estaba recibiendo oxígeno. Dejaría de ver, escuchar, oler, degustar, tocar. Título de la muerte: manicura letal.

Qué tonto pensamiento. Se sonrió. Demasiadas horas viendo 1000 maneras de morir, uno de los pocos programas que ambos disfrutaban por igual. Aun en la Isla de donde venía se divertía con él. Cuando no estaba trabajando en su nuevo bote de escape, claro. Nega siguió en su pecho metiendo la mano por debajo de su brazo. Casi inconscientemente, Timmy se hizo un poco hacia atrás. El vapor daba calor a su rostro e incluso las partes de sí que no estuvieran bajo la ducha permanecían abrigadas. Quizá era por eso era que estaba respirando tan profundo.

—Nunca pude obligarte a nada —comentó Nega.

Su voz era y a la vez no era acorde a la situación. A lo mejor si se metía una serpiente en su tanque de relajación.

—Claro que sí —afirmó, perezoso, sin querer abrir los ojos—. Me obligaste a volver contigo al gimnasio aunque no quería, ¿recuerdas?

—Te di una opción y tú escogiste esa con tal de salir de aquí —le corrigió Nega. Casi lo estaba abrazando cuando pasó la barra de una mano a la otra sobre su pecho—. No habría ganado nada con obligarte, excepto que te resistieras también a mí.

Timmy no lo había visto de ese modo.

—Puede ser —aceptó—. De todos modos esto es de igual a igual, ¿no? Yo gano, tú ganas, Anti Cosmo pierde. Así que todos los que importan ganan.

—Así es.

El vientre. Un amplio círculo como la Tierra y relleno de líneas blancas. Las manos frotando. ¿Así que eso era ser consentido? No estaba nada mal. Más abajo, más abajo... Un súbito respingo mezclándose con un jadeo de sorpresa. La sensación había sido demasiado intensa. Timmy abrió los ojos y comprobó que se había excitado. Una parte de sí se reprochó lo tonto que tenía que ser para no darse cuenta. La mano de Nega le rodeó, como si quisiera medir el grosor.

Se encontró con sus ojos rojos. Los ojos ya estaban ahí desde hacía rato, esperándole. El anillo de sus dedos subió lentamente. Timmy, ahora sí, fue plenamente consciente de la contracción dentro sí. Su espalda tocó el pecho de Nega. No era que él se acercaba, era Timmy queriendo recostarse contra algo.

—¿Te molesta? —preguntó Nega, sin despegar la mirada.

Timmy estaba seguro de que eso que vivía sí que era estar drogado.

—No —contestó, ahora recargándose en él—. No me molesta para nada.

La noche siempre había sido un momento confuso. Afuera el cielo permanecía igual. El único testimonio de que el tiempo había corrido se sabía por las manecillas de los relojes o los números digitales. En sus primeros días a Timmy le costaba levantarse por las mañanas. Alguien debía llamarle o echarle un balde de agua helada encima para que su cuerpo entendiera que tenía que hacerlo. También incluían las eternas sombras que ningún sol aclaraba y en su mente de niño tenían formas demasiado horribles para permitirle el sueño. Dejaba la TV prendida para que su luz le sirviera como lamparita. Unas semanas antes de que Anti Cosmo trajera a Nega, Timmy tenía una lámpara de lava que le ayudaba un poco. Fue por pura cuestión de orgullo que se forzó a no buscar el control remoto. No quería parecer un nene asustado en esa casa de villanos.

Hacía dos años la lámpara se rompió en otra invasión sorpresiva de Foop. Timmy deseó que fueran limpiados los restos, nada más. Ni siquiera recordó por qué la necesitaba tanto. Por esa época había empezado a aceptar a Nega en la ducha. Esa misma figura inconmovible era la misma que se hallaba al otro lado de la habitación, sereno y tranquilo. Si Nega podía dormir en esa oscuridad, pensó que él también podría. Costó un poco, más que nada pequeños sobresaltos por un ruido proveniente de otro cuarto, pero al final se adaptó.

La sombra que ahora le tocaba ver estaba al lado suyo en su cama. Siempre le parecieron demasiado grandes para sólo una persona. Clásica demostración de pomposa elegancia. Pero con dos tenía el tamaño ideal.

—¿Qué vas a hacer cuando salgas de aquí? —preguntó Timmy, puesto de costado.

Estaba somnoliento y algo adolorido. Aun así, sentía que si no lo sabía ahora jamás habría otra oportunidad. Nega, haciendo del reflejo de su postura, abrió los párpados que había mantenido cerrados luego de acabar.

—Esperaba que nos fuéramos a alguna ciudad grande donde nadie notara demasiado a alguien como yo —le respondió. Daba la impresión de que leía en su mente palabras repetidas miles de veces—. Sería un departamento tan grande o pequeño como quisiéramos. Los vecinos darían coartadas cuando hiciera falta.

Timmy sonrió.

—Es decir, tenías planeado que nos seguiríamos viendo —dijo, sólo por el deseo de escucharlo confirmado.

Nega liberó un suspiro.

—Por supuesto —dijo. El "¡duh!" estaba implícito—. Incluso intenté que tú fueras el que se acercara a mí, pero no funcionó.

—¿Cuándo hiciste eso? —preguntó el muchacho, desconcertado.

—Tenemos seis regaderas y sólo usábamos una. ¿En serio nunca te pareció sospechoso?

—Bueno, sí —admitió Timmy, algo azorado—. Pero ¿qué se suponía que iba a decirte? "¿Oye, acaso estás tratando de llevarme a la cama? Porque yo no voy a tener ningún problema, te lo aseguro." No quería que te burlaras de mí.

—Estaba empezando a pensar que eras completamente hetero.

Timmy se encogió de hombros. Bajó la mirada y jugó con el borde sus sábanas.

—Desde hace algún tiempo me di cuenta de que me gustan los dos. Yo, eh... tenía sueños, ya sabes... "reveladores" al respecto. Me daba algo de miedo al principio, pero luego como que lo acepté y ya está —Silencio—. Yo creía que a ti no te gustaba nadie.

—Nadie me gusta —rectificó Nega—. Nada específico al menos. Supongo que me atraen las cosas en la medida en que puedo poseerlas.

Luego se movió sobre el colchón y apresó su rostro entre las garras negras. El beso que le dio no hubiera dejado ninguna duda ni al mayor idiota de la Tierra que no tenía ningún control sobre sí mismo ni ninguna defensa a mano.

Nega fue el que lo tumbó en el piso de las duchas y atrajo el shampoo. Fue Nega quien lo llevó a la cama para arroparlo y arroparse. Desde el principio había seguido su plan confiadamente. Hizo lo que le pedía y nunca se le ocurrió seguir otro camino. Las dudas habían sido despejadas una por una, con una paciencia inusitada. Poseído,

Era posible que tuviera razón, Era muy posible. Pero aun así la idea no dejaba de ser abrumadora.

17 años. El gran año, la promesa cumplida. O al menos Anti Cosmo así lo ansiaba. Las palabras de un extrañamente alto Nega le alentaban. El joven Timothy le había representado un verdadero reto, pero por fin, después de tantos años, cedería. Había perdido todo interés en el bienestar de la humanidad pues ya no se sentía parte de ella. Le reservaba la más absoluta indiferencia. Pedir o no pedir el deseo daría lo mismo para él. Así que nada más bastaría un empujón amistoso de un amigo para que se decidiera a dar el paso. El alivio de Nega al anunciárselo era patente y Anti Cosmo sintió un destello de simpatía. Seguramente pensaba en todos los años que había desperdiciado él también aguardando un momento así.

Anti Cosmo estaba asombrado de los resultados de sus afanes. De pasar a ser un chiquillo malcriado y desobediente, Timmy se había vuelto tranquilo y soportable. Las frecuentes muestras de maldad de las cuales hacía gala le llenaban de un secreto orgullo. Un muchacho capaz de desear tales desgracias para el prójimo y divertirse con ellas no podría mantenerse en esa postura orgullosa por siempre. ¿Por quién lo haría, sabiendo como sabías gracias a él que sus queridas contrapartes habían conseguido un nuevo ahijado mágico y por lo visto estaban felices? Ni siquiera pareció que el hecho le afectara en lo más mínimo. Nega le dijo que fue entonces cuando Timmy se dio cuenta de que ya no pensaba en ellos desde hacía tiempo, de ahí la sorpresa que él tomó por una perturbación más profunda.

El día antes del gran día Nega le confirmó que sus esperanzas por fin se verían cumplidas. En honor a la última noche que la pasaría en el castillo, Anti Cosmo preparó un banquete digno de una corte imperial adicta al azúcar. Hizo aparecer a los mejores chefs incluso de tiempos pasados sólo para las entradas. Quería celebrarlo a lo grande. La ocasión lo requería.

Desde el "incidente" del lanzallamas invitar a todos los anti mágicos nuevamente habría sido una grave falta de tacto. De modo que todas las fiestas de cumpleaños se habían limitado a unas reuniones con toda la familia y Nega. Apenas podía contenerse de la emoción. Pasaron por todas las entradas y platos, cada etapa pareciéndole más lenta que la anterior. Llegaba la hora del postre, mientras los meseros colocaban el inmenso pastel en el centro de la mesa. El diseño era tan maligno como lo deseaba. En la parte superior se alzaba la vela encendida de un luminoso 17. La silla de Timothy se elevó inmediatamente en el aire para que su rostro le permitiera apagar la llama de un soplo. Anti Cosmo subió con él. Ahí estaba. La mueca maligna que siempre le estremecía en rostro de su hijo, en cara de su ahijado.

—¿Tienes algún deseo, Timothy? ¿Algún deseo muy, muy especial? —preguntó, sonriente, poniendo el énfasis acostumbrado.

Timmy le dirigió una sonrisa.

—Claro que sí —dijo y mientras Anti Cosmo alzaba su varita, emocionado, agregó tranquilo—: Deseo que me traigas a un genio.

Anti Cosmo se sintió desmoronar como un edificio lleno de dinamita. Igual que el marco de una ventana bastante afortunada, la expresión de alegría se le quedó colgando vacilante.

—¿Un genio, muchacho?

—Un genio honesto —dijo Timmy, asintiendo—. Así no intentará engañarme con cada deseo que le pida.

El marco comenzó a oscilar peligrosamente, a punto de caerse.

—Temo que no entiendo, joven amigo.

—No esperarás que luego de que te lleve a la Tierra voy a quedarme sin magia, ¿o sí? —replicó el joven, ceñudo—. Esa ya no es una opción para mí. Tal vez cuando era más pequeño, pero ahora es imposible. Y puesto que tú estarás muy ocupado desperdigando la mala suerte entre los humanos, lo mínimo que puedo hacer es asegurarme otra fuente mágica. Además, mientras más honesto sea el genio —añadió, con una mueca maliciosa— será más sencillo atormentarlo con mis espantosos deseos de dolor y muerte.

Anti Cosmo lo meditó por unos instantes. Era cierto, el muchacho había vivido demasiado tiempo rodeado de magia. Le sería extremadamente difícil a adaptarse a estar sin ella. Muchos niños que sólo tuvieron sus padrinos por un año tenían ese mismo problema y arrastraban sus complejos hasta ser adultos. Como semilla de varios males que sería, también era cierto que no tendría tiempo para seguir cumpliéndole ridículos deseos. Es más, había planeado abandonarlo justo después. Pero, ya que le haría el gran favor, ¿no podría darle ese solo por esta vez? Después de todo, sería la última vez que tuvieran que verse.

—¿Me prometes que usarías ese genio con fines malévolos, Timothy? —preguntó, para estar seguro.

Timmy lanzó una carcajada maligna por toda respuesta.

—¿Cómo podría ser de otro modo, gracias a ustedes?

Anti Cosmo no encontró ningún motivo para ponerlo en duda.

—¿Y luego nos llevarás a la Tierra?

—Podrás hacer todo lo que quieras —afirmó Timmy, socarrón.

—Bien, muchacho. Tu deseo será concedido.

Un anti poof azulado apareció en el regazo del cumpleañero. Cuando se despejó el humo quedó al descubierto una lámpara de las que usaba Aladdín, de oro con incrustaciones de diamantes en la base. Timmy no perdió el tiempo frotándola contra su camiseta negra. Otro humo, más espeso y de color celeste, surgió de la punta hasta tomar la forma de un hombre fortachón sin piernas. El traje reglamentario de los genios le iba fuera de lugar, pues más tenía pinta de ser un policía incorruptible, un médico entregado a su trabajo, un bombero valeroso capaz de dar su vida por la mascota de la familia. Tenía una enorme barbilla partida gallardamente en el medio, ojos claros azules y cabello negro tan perfectamente arreglado que enamoraría a una regla. La parodia de superhéroe se inclinó en una reverencia.

—Te saludo, nuevo Amo —dijo dirigiéndose a Timmy directamente. Su forma de hablar claramente era propia de alguien habituado a discutir sobre la moral. Muy correcto pero serio hasta ser soso—. Mi nombre es Bruce y estoy para servirle. Tienes derecho a tres deseos. Y debo decir —dijo, inflando el pecho— que si alguna vez necesitas más deseos eres libre de pedirlos. Tres son nuestro límite pero pueden alargarse si lo deseas.

—Sí, sí, lo que digas —cortó Anti Cosmo, fastidiado. Absolutamente todo de ese sujeto le repelía como un documental de cuatro horas acerca de la cinta adhesiva—. Bueno, Timothy, ¿no hay algo que quieras?

Timmy asintió con una sonrisa. Volteó hacia su nuevo genio, levantando un dedo hacia él.

—Hace algunos años aposté con él que me quedaría en su castillo —explicó. Anti Cosmo volvió a sentir la emoción. El joven amplió su sonrisa—. Deseo que rompas ese trato y ser libre.

—Se lo concederé si es lo que deseas, joven Amo, pero pienso que si se ha comprometido a hacer algo debería cumplirlo —amonestó el genio Bruce y chasqueó los dedos.

Absolutamente nada cambió en la sala. Y sin embargo, todo había terminado. Anti Cosmo no cabía en sí mismo de la consternación. ¿Qué acababa de pasar? ¿Por qué continuaban ahí y no de camino a esparcir la maldad?

—También deseo volver a la Tierra con Nega —agregó Timmy, muy serio.

—¡¿Qué? —exclamó Anti Cosmo.

Nada más pudo salir de su mente trancada. Todos esos años de preparación, todo ese tiempo... ¡No podían terminar así!

—¡Padre, no dejes que se vayan! —exigió Foop desde su silla de bebé.

El genio Bruce no prestó atención a ninguna de estas muestras de descontento. Había dado su parecer acerca de lo que era incorrecto y con eso daba su trabajo por terminado.

—Concedido —contestó, haciendo sonar sus dedos.

Timmy tuvo tiempo de sacarle la lengua al par pasmado de anti hadas antes de desaparecer.

La casa de los Wilbur se encontraba en algún sitio de San Francisco. Timmy no tenía idea de cuál, sólo que las placas de los autos que les pasaban en frente a toda velocidad llevaban las placas indicándolo. Nega, Bruce y él miraban a la casa de enfrente. Nadie decía ni una palabra. Para disimular ante el resto de los humanos, Bruce había tomado la imagen de un muy varonil gato obedientemente sentado al lado del que sostenía la lámpara.

Mientras observaban, el techo de edificio se movió de arriba a afuera, como si sólo lo mantuviera en su lugar un par de bisagras. Del hueco debajo por el techo salió la punta de un cohete verde. En la ventanilla del conductor se distinguía a un niño lleno de pecas y cabello castaño. Sus labios se curvaban hacia arriba mientras iniciaba la cuenta regresiva. En frente del niño colgaban un par de dados, el uno rosado y el otro lila. Despegaron en medio de un humo verde, desapareciendo entre las nubes. Timmy siguió el curso del proyectil y no pudo evitar apercibirse de la sonrisa que se dibujaba en la punta del cohete. Al cabo de unos minutos la estela de color se fue desvaneciendo hasta finalmente desaparecer. El hoyo abierto entre las nubes había sido cubierto de nuevo.

—¿No vas a hablarles? —preguntó Nega, pasado un tiempo.

Timmy movió la cabeza a los lados.

—No. Ellos querrán ver a Timmy Turner.

—¿Y con quién estoy hablando? —inquirió el otro, arqueando una ceja espesa.

—No lo sé —afirmó el joven, encogiendo los hombros—. He hecho muchas cosas que nunca pensé que haría. Llevo un tiempo pensándolo y creo que aunque los viera no tendría nada que decirles.

El techo volvió a su lugar.

—Espero que los padres del niño sean estúpidos —dijo, sinceramente.

—Por lo general lo son —contestó Nega, mirándolo también—. O eso da a entender la televisión.

Timmy comenzó a alejarse por la acera. No tenía ningún deseo de ver a sus padres y descubrir cómo seguían sus vidas. Si descubría que continuaban esperándolo sería aun peor, porque él ya no podía darles al hijo que recordaban. Sonaba muy dramático y todo eso pero presentía que no había vuelta atrás. El mundo había seguido girando sin él. Él había crecido sin vivir en su viejo mundo. Nega caminaba a su lado y en el otro iba Bruce. Ellos deberían ser su mundo ahora.

—Me gusta Less como nombre —comentó de pronto—. ¿Qué opinan?

—Me agrada —dijo Nega.

—Suena pesimista —aportó Bruce—, pero si es lo que el amo desea no tengo derecho a objetar.

Timmy asintió pero a él no le parecía pesimista en lo absoluto.


¿Comentarios?

La historia se termina aquí, pero todavía queda un epílogo por subir y lo escribiré tan pronto sea posible.