Disclaimer: Ninguno de los personajes me pertenecen. Son todo creación de J.K.R . Sólo la situación insólita salió de mi cabeza.

Capítulo diez.

En la cocina del castillo no había nadie más que ellos tres. Dumbledore los llevó hasta una inmensa mesa que había en el centro de esta sala y con un movimiento de su varita hizo aparecer sobre ella limones, azúcar, huevos, una jarra con agua, sal y varios recipientes y utensilios de cocina. Severus miró a Hermione para ver si ella también pensaba que aquello era una completa locura pero ella no lo estaba mirando.

—Bueno, jóvenes, comiencen—dijo Dumbledore.

Severus alzó una ceja sin moverse de su sitio mientras veía a Hermione colocar un poco de agua y mezclarla con azúcar para ir hacia una cocina y colocarlas al fuego.

—¿Por qué no comienzas?—le preguntó Dumbledor.

—¡Porque no sé qué rayos hay que hacer!—exclamó frustrado.

—Pídale a la señorita Granger que le enseñe. Es un delicioso postre muggle este.

Sevuerus rodó los ojos y se acercó a Hermione para ver qué estaba haciendo pensando que aquel viejo cada vez se volvía más y más loco con el tiempo. Sin que él dijera nada ella comenzó a explicarle cómo tenía que elaborar aquella cosa haciéndole comparaciones que resultaron fáciles de entender para él puesto que se relacionaban con pociones. Mezclar suavemente como en un caldero con fuego fuerte hasta que tome cierta consistencia, rayar, exprimir ciertos elementes.

—Ahora tenemos que esperar a que todo esto se congele y lo terminamos—indicó Hermione.

—Deja que lo haga yo—indicó él.

Severus hizo un hechizo y toda la preparación quedó completamente solidificada en el recipiente en el que se encontraba. Hermione raspó la preparación con una cuchara mientras la colocaba en unas copas de cristal que les había traído Dumbledore.

Severus giró el rostro hacia atrás para anunciarle al anciano que ya habían terminado pero se dio cuenta que éste no estaba allí.

—Dumbledore se fue—dijo en voz alta.

Hermione giró el rostro para comprobarlo y frunció el ceño.

—Ya vendrá. No podemos irnos hasta que él vuelva—respondió ella mientras volvía a su labor.

Severus se la quedó observando durante unos momentos en silencio. Todavía le costaba creer que, a pesar de haber sido una broma de muy mal gusto, la había tenido sobre él. Sí, ese había sido un momento vergonzoso pero ya no le importaba tanto. Tenía mejores cosas de las que preocuparse y ocuparse.

—¿Por qué lo amas?—inquirió.

No necesitó decir más. Hermione se detuvo unos segundos y luego volvió a raspar como si aquella repentina pregunta no la hubiera afectado.

—No lo sé.

Severus rodó los ojos.

—No puedes no saber porqué amas a alguien.

—Pues ese es mi caso, Sebastian—dijo poniendo énfasis en el nombre—No hay una razón única por la cual amarlo. Simplemente… sucedió. Además, la pregunta correcta seria, ¿Cómo no amarlo?

Severus alzó una ceja y cuando ella volteó el rostro para verlo y notó su expresión de desconcierto se apresuró a explicarse.

—Es valiente, en la guerra ocupó un papel muy importante arriesgando su vida. Casi estuvo a punto de morir pero jamás se rindió.

—¿Cómo es eso?—preguntó Severus intrigado.

Hermione se mordió nerviosamente el labio inferior sin saber si contarle o no.

—Vamos, me borrarán la memoria después de todo esto así que no recordaré—le indicó él.

Hermione suspiró.

—Está bien, te contaré, pero prométeme por tu vida que jamás en tu vida le dirás a alguien. ¿Lo prometes?

—Sí, sí–dijo apresuradamente él curioso por saber la razón de tanto secretismo.

—Voldemort hizo que su serpiente lo atacara—dijo ella hablando por lo bajo a pesar de que no había nadie que pudiera escucharlos—Hubiera muerto si no fuera por…–bajó los ojos— Cuando Harry fue a verlo él le entregó sus recuerdos para que los viera en el pensadero y luego regresó. Pero yo no podía dejarlo ahí… No te imaginas lo que es ver morir a la persona que amas…Bueno, no aún—se corrigió mientras sus ojos se llenaban de lágrimas—Hice todo lo que pude para que el veneno no se extendiera con demasiada rapidez y detuve la hemorragia.

Severus se la quedó observando nuevamente en silencio, completamente asombrado por lo que estaba oyendo.

—Pero aun así, nada parecía funcionar. No tenía conmigo ninguna poción que ayudara a detener las toxinas del veneno… Pensé que… que no sobreviviría y moriría en mis manos. Pero entonces recordé algo que había leído en uno de los libros de la sección prohibida… Anima vita.

Severus abrió los ojos anonadado por lo que estaba oyendo.

—Pero eso es…—comenzó a decir pero ella lo interrumpió.

—Sí, es magia muy poderos y oscura.

—No sólo es eso. ¡Podrías haber muerto!

—Lo sé… pero es que… ¡No entiendes! ¡Lo amo! En ese entonces ya lo amaba y no me importaba poner mi vida en peligro por él… Realicé en conjuro que salió bien y luego, cuando todo terminó, llamé a Dumbledore para que me ayudara a trasladarlo a San Mungo. Ni Harry ni Ron saben la verdad. Todos creen que fue Dumbledore quién lo salvó… incluso él.

Por primera vez en su vida, Severus se dejó llevar por un impulso. Sin siquiera pensarlo, la rodeó con sus brazos y la atrajo hacia él. Hermione envolvió los suyos alrededor de su cintura, devolviéndole el abrazo mientras intentaba no llorar.

—Gracias—indicó él en voz baja.

Hermione alzó la cabeza y se encontró con esos ojos negros que tanto le gustaban observándola, pero no se trataba del mismo hombre. ¿O si?

—¿Dónde tienes la marca?—preguntó él.

—¿Cómo sabes que…?

—No eres la única que lee, Granger. La Anima vita, deja una marca en la persona que la realiza. ¿Dónde?

Severus la soltó y ella retrocedió un paso mientras comenzaba a desprenderse los botones superiores de su camisa con cierta vergüenza. Cuando llegó más o menos a la mitad, abrió la tela y dejó que él observara la cicatriz que venía de su clavícula hasta el nacimiento de sus senos. Apenas se la veía, pero si se prestaba atención podía notarse esa delgada línea de un tono más claro que el color de su piel. Hermione comenzó a abotonarse nuevamente su camisa y Severus alzó los ojos hacia su rostro. Estaba algo ruborizada. No iba a negarlo, tenía cierto encanto.

Ella terminó de cerrar cada uno de los botones y justo en ese momento entró Dumbledore con una radiante sonrisa en su rostro.

—Jóvenes, qué alegría saber que han acabado—les dijo acercándoseles—Señorita Granger, ¿Me hace el favor de llevarle una de estos sorbetes de limón al profesor Snape? Estoy seguro que les encantará tanto como a mí.

Hermione abrió los ojos inmensamente sin saber muy bien que hacer. Fue entonces que sintió que Severus le daba una mirada de advertencia y ella asintió temblorosamente. Se apresuró a preparar uno de los sorbetes en una nueva copa y se marchó a llevársela.

—Dime, muchacho, —le dijo Dumbledore a Severus—¿Qué te parece la señorita Granger?