Fanfic: Destinos Unidos

Pareja: Inuyasha- Kagome

Rated: T

Disclaimer: La mayoría de los personajes son de Rumiko Takahashi, solo la trama es mía. Obra sin fines de lucro.

Summary: Kagome y Kikyou son mejores amigas desde niñas. Separadas a los catorce años. Años después, Kikyou muere en un accidente y ahora, Kagome, tiene que viajar a su aldea para ponerla en orden y de paso, buscar venganza para su casi hermana pero sus planes se ven truncados cuando ve al que fue "novio" de su difunta amiga y experimente la envidia hacia ella por un par de ojos dorados.

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-Destinos Unidos-

-Capítulo III-

-No soporte ver a una mujer llorar-

Inuyasha

—Solo es fiebre…—murmuró la anciana después de revisar a Kagome y determinar que solamente era cansancio extremo con un poco de fiebre, nada grave y que ella no pudiera controlar—, debes estar tan cansada…

— ¿Cansada?—preguntó despectivamente el medio demonio— ¿De qué? No hizo gran cosa…

—Viene desde la región del norte, Inuyasha—le interrumpió mientras cambiaba el paño húmedo de la cabeza de la joven—. Además de que no dudo en que se haya enfrentado a varios demonios en el camino…

— ¿A que te refieres, anciana?—dijo, ahora interesado en esa afirmación.

—Los demonios son llamados por la energía maligna que desprende la perla, Inuyasha—comenzó a lo que el joven adivino seria un largo discurso y por eso, se sentó con las piernas cruzadas para escucharla—. Ella venía camino hacia acá, quiero suponer que de una semana y un ejercito ataca del diario este lugar, encontrándola sola camino hacia acá… ¿acaso no crees que la consideren un blanco fácil?

Por supuesto, una joven humana caminando por los bosques y caminos sola con la única protección de un arco y flechas era un blanco demasiado fácil para ser verdad. Y no entendía como era posible que ella estuviera viva. Tuvo que haberse enfrentado a docenas de demonios y ella no tenía la pinta, precisamente, de ser un buen oponente.

— ¿Y quién es?—cuestiono, la anciana se giro para poder verlo a los ojos y murmuró:

—Es le hermana de Kikyou—. Inuyasha guardo silencio mientras veía a la joven y recordaba si Kikyou alguna vez le hubiese mencionado sobre ella, pero no encontró anda en su cerebro para confirmarlo—, o al menos así se consideran—continuo la anciana y regresó sus ojos a la joven—. Su nombre es Kagome, es prima de Kikyou, pero se consideraban más hermanas que primas.

— ¿Primas?-preguntó confundido—.

—Eso quiere decir que Kagome es hija de la hermana de la madre de Kikyou, tonto—respondió e Inuyasha se sentó de perrito mientras giraba la cabeza un poco dando a entender que no comprendía lo dicho por Kaede.

Kaede suspiro.

—Las madres de Kikyou y Kagome son hermanas gemelas, de ahí su parecido—explicó y ahora el hanyo si entendió, por lo que regreso a su posición anterior—. Ahora que Kikyou ya no está, supe que Kagome tenía que saberlo y… además, ella es la única que puede purificar la perla.

—Keh. Una chiquilla como ella no puede…—dijo mientras se ponía de pie, listo para marcharse.

-¿A quién le estas diciendo chiquilla?—dijo una voz a su espalda y se giro para ver como esa mujer incorporo su torso mientras Kaede le veía con sorpresa además de que tenía sus manos en un ademan lista para ayudarle en caso de que se necesitará.

— ¡Kagome! ¡Cómo es posible!—comentó la anciana con asombro, incluso Inuyasha lo estaba de que esa chiquilla se recuperara tan rápido.

Kagome

—Anciana Kaede…—dijo la joven mientras observaba por primera vez a su antigua maestra, arrodillada a su lado y viéndola con sorpresa.

Los pasos que salieron del lugar la sorprendieron y miro hacia la entrada de l cabaña para ver como la cortina se mecía levemente y entraba un poco de aire.

—Kagome, vaya que si eres resistente, a un humano normal le hubiera tomado días en reponerse—dijo mientras la incitaba a recostarse de nuevo pero Kagome sacudió la cabeza de manera negativa y salió del futón un poco temblorosa, se hinco frente a su ex maestra y la interrogó con la mirada.

—No puedo, anciana Kaede— dijo con un tono serio, cosa que sorprendió a Kaede—, viene por Kikyou.

—Kikyou…—el nombre voló por la habitación entre ambas mujeres, casi como recordándola en silencio, antes de que Kaede suspirara e hiciera a Kagome volver a la realidad.

— ¿Qué fue lo que paso con ella?—preguntó mientras tomaba la cinta que yacía al lado del futón y se ataba su largo cabello en una coleta baja, como Kikyou.

—No lo sé, simplemente hace una semana poco antes del atardecer, Kikyou llegó a la aldea con una herida mortal en el hombro, no pudo pasar del Goshinboku—la tristeza de la anciana decía que ella había estado presente y que todo esto era más profundo de lo que aparentaba—; Kikyou decidió utilizar sus últimas energías para atacar a Inuyasha…

— ¿Inuyasha?—preguntó confusa la pelinegra mientras giraba su cabeza levemente— ¿Quién es Inuyasha?

— ¿Acaso Kikyou no te hablo de él? Es el joven hanyo al que llamaste loco—contestó tranquilamente.

Kagome buscó entre los recovecos de su mente la mención de aquel nombre en sus pocas cartas con Kikyou en el último año, que era más o menos el tiempo que llevaba sin verla y la realidad la golpeó. Nunca más la vería.

Se olvido de ello por un segundo para intentar buscar ese nombre, y si que lo encontró. Recordó que en las cartas que había recibido quizás dos meses atrás estaba ese nombre. Y también pudo recordar la escena exacta de lo que le había pasado antes de desmayarse y pudo ver un borrón rojo.

— ¿Pelo plateado y haori rojo?—pregunto para confirmar y la anciana asintió—. Recuerdo que Kikyou menciono que era una buena persona, dijo que era un poco excéntrico y algo arrogante pero jamás me dijo que fuera peligroso.

—Es lo más extraño de todo. Varios aldeanos dicen que él es el responsable de le herida de Kikyou—la anciana espetó con fuerza y después escruto con la mirada a su ex aprendiz, y ella al notarlo, solamente alzó una ceja con curiosidad—.

— ¿Y qué es lo que cree usted?—preguntó y la anciana le miró ahora ella con una ceja alzada. Sus expresiones delataban lo que creía, como ella no sabía que pensar—. No creo que ese joven, Inuyasha, sea el culpable pero tampoco le encuentro sentido al comportamiento de Kikyou.

—Ni yo, tampoco entiendo que fue lo que pasó—murmuro la pelinegra mientras bajaba la mirada y la fijaba en el suelo de madera.

Una serie de emociones conflictivas recorrieron a Kagome. Por un lado estaba el dolor lacerante que sentía de perder a Kikyou, su mejor amiga, pero ese a pesar de haberlo vivido a lo largo de todo su camino y cuando recibió la noticia, Kagome consideraba que no había tenido oportunidad de llorar a su amiga como se debía ni mucho menos despedirse.

Y luego estaban sus raras conclusiones sobre su muerte. Algo le decía que ese tal Inuyasha no es el culpable, algo en las palabras de Kikyou, en las de Kaede y en sus propias perspectivas le decían que ese hanyo llamado Inuyasha no era el culpable de la muerte de Kikyou y también notaba algo más. Algo sobre ellos dos se le escurría de las manos, podía sentirlo.

—Kagome, hay algo más que debo decir…—la voz de Kaede le hizo salir de sus pensamientos y levantó su rostro para ver el de su mentora, se limpió la lágrima solitaria que recorría su mejilla.

— ¿Qué sucede?—pregunto en un susurró, las emociones que había guardado de días atrás la estaban atacando.

— ¿Recuerdas la Perla de Shikon?—la miko asintió aun sin comprender que era lo que quería decir—, bueno, al momento de morir, Kikyou llevaba aquella perla—Kagome frunció el ceño buscándole sentido a esas palabras—. La perla cayó en la sangre de Kikyou y creo una atmosfera de energía maligna que nadie puede pasar…

La mente de Kagome entró en shock inmediatamente. ¿Kikyou? ¿Energía maligna? Ella nunca en su vida había escuchado esas tres palabras juntas en una oración sin un "destruye" o "elimina" de por medio, y ahora parecía que se conectaran entre sí para decir algo totalmente contrario.

Kikyou era la persona más pura que había conocido, claro ignorando a Hitomiko, pero era imposible, Kikyou nunca podría tener sentimientos tan devastadores para poder contaminar la Perla de Shikon, ella no podría, no era posible.

—… y por eso, necesito que la purifiques—la última frase que salió de los labios de Kaede fue la que la regresó ala normalidad, la que le hizo darse cuenta de donde estaba y que sí, era posible. Kikyou estaba muerta y la Perla de Shikon contaminada por sus emociones.

— ¿Purificar…? ¿Yo? —preguntó completamente aturdida, Kaede le estaba pidiendo algo que no podía hacer—. No se si pueda, Kikyou siempre ha sido la mejor en eso de purificar y…

—Kagome—le llamó Kaede haciéndola callar de inmediato, imponiéndose como cuando aun eran maestra y alumna—, alguna vez, la señorita Hitomiko, ¿te dijo el porque pidió entrenarte ella?

Hitomiko.

El motivo.

Sí que lo sabía, Hitomiko se había encargado de repetírselo hasta el cansancio durante todo su viaje. El motivo por el que Hitomiko había decidido entrenarla fue porque ella podía ver mas allá de lo aparente, un estúpido proverbio que le hizo recordar a un mono y no tenía ni idea de porque.

Asintió y Kaede sonrió.

—Estoy segura de que detrás de toda esa energía, tú podrás ver que es lo que sucede—las palabras de Kaede retumbaron en sus oídos y sin querer escucharla más, se puso de pie y saló de su cabaña, dejando atrás esa sensación de miedo en su ser.

Subió las escaleras hacia el Templo de la Shikon No Tama. Seguro que allí encontraría algo, seguro que hay podría encontrar lo que en ese momento quería y no se equivoco.

Arriba de las escaleras, frente al Templo de la perla estaba su tumba, la reconoció al instante y no por el grabado de esta. Simplemente porque era acorde a Kikyou. Kagome siempre había creído firmemente que todo se parecía a su dueño, como lo decía el aquel antigua refrán y la tumba no era la excepción.

Lágrimas comenzaron a resbalar por sus mejillas cuando recordó la última conversación que había tenido con Kikyou, hace más de un año atrás en ese mismo lugar.

No quiero irme, Kikyou, las extraño—murmuró Kagome con lágrimas en los ojos. Estaba amaneciendo y ambas pelinegras estaban afuera, frente a la pagoda de la perla. Hitomiko había anunciado que era hora de irse y Kagome no quería.

La señorita Hitomiko te eligió por algo, Kagome—contestó Kikyou con su usual tono lleno de seriedad pero en sus ojos se mostraba esa tristeza que Kagome también tenia en sus ojos—. Recuerda que el deber es primero.

Las extrañare mucho, quisiera poder quedarme con ustedes por siempre—.

Nosotras también te extrañamos, Kagome pero… ponlo de esta manera, ¿qué sería de nosotras con un demonio destructor aquí?—preguntó con cierto tono de burla y Kagome inflo sus mejillas en signo de reproche, cruzo los brazos sobre el pecho e hizo un gesto tan infantil que Kikyou soltó una carcajada.

¡Oye!—le reclamó ante la estruendosa risa de su mejor amiga—. ¡No soy tan mala!

Entonces ve y mejora esa maldad, quiero que cuando vuelvas hagas más travesuras y me metas en cuanto lio se te ocurra—Kagome miro a Kikyou con sorpresa.

Y entonces lo entendió. Era una promesa de que se volverían a ver.

Regresa—pidió Kikyou con un tono serio y abrazó a Kagome con efusividad, como era poco usual en Kagome.

Regresare—y la palabra quedó en el aire como una promesa muda.

—Y un año después… estoy aquí—murmuró mientras ya sus sollozos fueron incontenibles, se tapo la boca con su mano derecha y se dejo caer de rodillas mientras lloraba frente a la tumba de su mejor amiga, de su hermana.

Las lágrimas resbalaron sin control por sus mejillas, por su mentón, pos su cuello dejando en sus ojos los rastros de la tristeza que sentía al estar frente a la tumba y no frente a ella.

Abrió los ojos y sobre la bruma de sus lágrimas pudo divisar las flores de campanilla que la adornaban. Varias de ellas ya estaban marchistas, signo de que los aldeanos las habían dejado ahí al momento de su muerte pero una sobre todas las demás sobresalía, era de color blanco y estaba recién cortada.

No se animo a tocarla, solamente lo observo y fue inevitable ver el rostro de su mejor amiga en ella, su cálida sonrisa, sus mejillas ligeramente sonrojadas, su piel más pálida que la cal y sus ojos negros, tan serenos y tranquilos que hasta irradiaban paz.

—Kikyou…—sollozo mientras volvía a cerrar los ojos y dejaba, esta vez, sus lagrimas cayeran sobre el duro suelo y no en su rostro— ¿Por qué…?

Sabía que no encontraría respuesta a esa pregunta. Sabía que sus sollozos y lágrimas se iban por un balde y que poco importaba que en ese momento le llorara por ella.

Kikyou no regresaría.

Y no sabía como ayudarle, como darle las gracias por todo lo que hizo por ella. Como ayudarle a dejar tanto rencor que, según Kaede, había tenido al morir y que no merecía, Kikyou había vivido para servir, para ayudar y que muriera de esa manera… tan miserable y ruin.

No podía creerlo y tampoco quería aceptarlo, más sin embargo, la impotencia la embriagó.

Inuyasha

Había seguido cada palabra que había intercambiado con la anciana Kaede y no podía creer lo que ambas mujeres habían compartido. Por un lado se sentía agradecido de que ambas lo creyeran inocentes, una inocencia que ni la misma Kikyou creyó.

Y también le enfureció que esa chiquilla se menospreciara. No tenia ni idea de porque pero… ¡compararse con Kikyou! ¡Kikyou no era igual a nadie! ¡Y nadie podría igualarla! Estuvo tanto tiempo maldiciendo a esa desconocida por compararse con Kikyou que no se percató de que esa jovencita había salido de la cabaña de Kaede hasta que la escuchó subir las escaleras a la pagoda que era de la perla.

Sin saber porque, sintió curiosidad de aquella mocosa y la siguió.

La vio llegar a la tumba de Kikyou, y como él, la inspeccionó mientras las lágrimas brotaban de sus ojos, resbalándole por las mejillas, el olor salado comenzó a desaparecer todo lo demás que había a sus alrededor.

¡Lágrimas! ¡Esas malditas lágrimas! No entendía porque pero desde que, una vez, hizo sentir mal a Kikyou no soportaba ver a la mujeres llorar. Ahora, cada vez, que veía a una mujer llorar veía a su madre hacerlo.

Y los sollozos de aquella joven le hicieron salir de sus pensamientos para ver como caía de rodillas y dejaba caer sus lágrimas con más fuerza. Su dolor le conmovió. No vio cuando incineraron el cuerpo de la miko y tampoco cuando alzaron la tumba pero al momento de visitarla no percibió tanta olor a lágrimas como el que ahora esa chiquilla estaba dejando en la tumba de Kikyou.

Esa joven si quería a Kikyou, debía admitirlo.

—Kikyou…—escuchó el susurró de dolor de aquella chica y su propio dolor regresó al ver a la que fue la hermana de Kikyou llorar como si no hubiera mañana frente a su tumba— ¿Por qué…?

Y la impotencia que esas palabras le transmitieron fue la gota que derramó el vaso para bajarse del árbol y caminar hacia ella. Los sollozos aumentaron en lugar de disminuir, como sería lógico, conforme el tiempo pasaba como si de verdad estar allí fuera tan doloroso.

—Oye…—le dijo mientras se hincaba a su lado, la chica salto del susto que le provoco su repentina aparición y alzo el rostro para verle, sus ojos llenos de lágrimas le miraron con sorpresa y él se sonrojo levemente, a penas perceptible—… estás molestándome con tus lágrimas, ¿quieres dejar de llorar de una maldita vez?

La joven frunció el ceño y se secó las lágrimas con la manda de su kimono blanco, después regreso sus ojos, ahora molestos, a los suyos.

—Lamento si le molesto, señor—murmuró con ira e Inuyasha también frunció el ceño—. Pero estoy en todo mi derecho… ¡de llorarle a Kikyou lo que quiera!

— ¡Y yo en el mío de matarte!—le respondió a gritos, sin saber porque.

— ¡Y quien eres tú para decirme eso!—.

— ¡El dueño de la perla de Shikon!—gritó, y sin saber porque, se sintió estúpido al hacerlo fue cuando se dio cuenta de que ambos estaban de pie gritándose y sus rostros estaban bastante cerca.

— ¡ABAJO!—gritó la chiquilla con furia y de pronto sintió como era jalado por el cuello para caer al suelo con fuerza y su rostro, particularmente, se estrelló primero—. Vaya, que grosero…—murmuró esa estúpida perra mientras se giraba con enfado y bajaba las escaleras.

Levanto el rostro para ver como se iba y cuando vio que había dejado de llorar, se sintió aliviado. Quizás había recibido un golpe a cambio de hacer que dejara de llorar pero al menos, ahora ya no sentía esa opresión en el pecho.

Maldito fuera su lado humano que lo hacía hacer cosas tan estúpidas.

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¡Hey, esto aquí de nuevo! Dejando este hermoso capitulo de esta historia.

Esta, en especial, me hizo sentir un no se que qué, que se yo muy cálido en el estomago. ¡Quien no amaría a un Inuyasha así!

Espero sus reviews con agradecimientos, sugerencias, quejas, tomatazos, reclamos, etc.

XiaKaSa