Disclaimer: Ninguno de los personajes me pertenecen. Son todo creación de J.K.R . Sólo la situación insólita salió de mi cabeza.
Capítulo veinte
Hermione comenzó a desayunar. Para todos, ese día era uno más de los del año, pero para ella a situación era muy diferente. Muy temprano se había despertado esa mañana y había salido de la habitación de los chicos de Slytherin sin que nadie la viera. Había visto a Draco dormir plácidamente, ya que las cortinas de su cama habían estado abiertas y le había dado las gracias con un susurro sin que el muchacho se diera cuenta. Cuando llegó a su propia habitación se apresuró a ocupar su cama y simular que había pasado toda la noche en ella. Ginny se había levantado momentos después y la había observado con cierta curiosidad pero sin comentar nada al respecto.
Pero no le dio importancia a aquello puesto que algo más ocupaba su mente.
Todo el que la viera no encontraría ninguna diferencia en su modo de ser, pero por dentro, Hermione se sentía morir. Le había prometido a Severus mantenerse al margen de lo que sucediera esa mañana, asegurándole que no iría a verlo cuando él se marcharse definitivamente hacia su tiempo, pero no había imaginado jamás que cumplir esa simple promesa le costaría tanto.
Allí estaba, desayunando y conversando con sus amigos cuando en realidad tenía ganas de levantarse e ir hacia el despacho de Dumbledore y ver, aunque eso le causara un terrible dolor, como aquel joven que había robado parte de su corazón se marchaba.
Ella quería hacer lo que había prometido pero una voz dentro de su cabeza le susurraba ideas tentadoras. ¿Acaso sería tan malo verlo por última vez? Tal vez podría ir y, a hurtadillas, entrar al despacho de Dumbledore sin que nadie se diera cuenta de su presencia. Podría ir corriendo a la habitación de Harry y tomar prestada la Capa de Invisibilidad por unos momentos. Estaba segura de que su amigo no se molestaría si no se daba cuenta. Y cada vez que lo pensaba más y más, la idea de hacer aquello iba tomando más consistencia.
Tal vez la voz de su cabeza tenía razón.
Miró a sus amigos. Harry y Ron estaban enfrascados en una conversación sobre Quidditch a la que Ginny estaba muy atenta. Harry notó que ella lo estaba observando y la contempló con curiosidad.
—¿Pasa algo, Hermione?
Ella le sonrió con calma.
—No. Nada. Discúlpenme, tengo que ir a hacer algo muy importante—dijo mientras se levantaba y se marchaba sin dar más explicaciones.
Harry intercambió miradas confusas con el resto de sus amigos y vieron como ella se iba a prisa. Comenzó a levantarse para ir a seguirla e intentar averiguar qué es lo que ocultaba pero sintió sobre su brazo la mano de Ginny que lo detenía.
—Déjala sola—le ordenó ella—Es Hermione, sabe lo que hace.
—¿Acaso sabes qué es lo que va a hacer?–quiso saber.
Ella se encogió de hombros suavemente.
—Tengo el leve presentimiento—contestó mientras seguía desayunando tranquilamente.
¿Podría soportar el hecho de verlo marcharse sin más? No lo sabía pero iba a tener que encontrar el modo de hacerlo porque era consciente de que si quería que su relación (si es que se podría llamar así) con Severus Snape, su profesor, funcionara, tenía que dejarlo ir. Sabía que era la decisión correcta pero eso no hacía que la situación fuera más llevadera.
Vio a sus dos amados que permanecían sin mirarse entre sí mientras que Dumbledore sacaba unas cuantas cosas de algunos armarios que había en el despacho. Parecía estar buscando algo de suma importancia.
Ella estaba oculta bajo la capa que había tomado del baúl de Harry en una de las esquinas cerca de un extraño artefacto. Severus, el grande, tomó un frasco que Dumbledore había dejado sobre su escritorio y se lo tendió a su otro "yo" que, luego de dedicarle una mirada seria, lo tomó entre sus manos.
—Bébelo cuando te lo diga—indicó el profesor Snape.
Dumbledore caminó hacia donde ellos se encontraban y le tendió al profesor un trozo de pergamino. Éste lo leyó con rapidez y luego se lo devolvió asintiendo levemente con la cabeza.
—¿Quieres decir algo antes de irte?—preguntó Dumbledore a Severus, el joven.
Él alzó una de sus cejas.
—¿Debería?—inquirió.
Dumbledore no respondió, simplemente lo miró fijamente hasta que él bajó los ojos al suelo, con cierta vergüenza, y luego asintió levemente con la cabeza.
—Quiero hablar a solas con el profesor Snape—respondió finalmente.
Dumbledore sonrió levemente mientras asentía. Rápidamente dio media vuelta dispuesto a marcharse. Hermione dudó en seguir al anciano profesor o quedarse allí a oír lo que esos dos iban a discutir. Dumbledore se detuvo un momento antes de llegar a la puerta y dijo:
—Esta es una conversación que no debería escuchar nadie.
Los dos Severus se observaron fijamente sin comprender lo que el anciano había querido decir con aquello pero Hermione, por su parte, había comprendido. La notoria mirada que Dumbledore había lanzado a ese rincón donde ella permanecía oculta le había dejado en claro que ese mensaje le pertenecía. Suspirando, aún bajo la capa, se marchó de allí sin que nadie se diera cuenta.
Cuando llegó al pasillo que se encontraba delante del despacho se encontró con Albus que, al parecer, había estado esperándola. Se quitó la capa sin dar demasiadas vueltas pues sabía que era inútil seguir ocultándose bajo ella. Dumbledore le sonrió y la miró con cierto cariño.
—¿Cómo supo que yo me encontraba allí, profesor?–preguntó mientras se recostaba en uno de los muros con pesadez.
—Señorita Granger, cuando uno llega a mi edad hay cosas que no se le pasan desapercibidas. Y un pie caminando por su cuenta en mi despacho es una de ellas.
Él rió suavemente y Hermione no pudo hacer otra cosa más que seguirle.
—Sí, creo que ya estamos grandes para usar la capa—contestó aún sonriendo ella.
—No se preocupe, ninguno de los dos se dio cuenta de su presencia. Pero, si me permite, quiero preguntarle qué era lo que hacía allí.
—Quería…verlo por última vez—contestó con sinceridad pero con cierta vergüenza.
Ella alzó los ojos hacia él para ver si podía notar enojo o algún signo que indicara que estaba molesto por aquello pero no fue así. Entonces recordó las palabras que había dicho Draco la noche anterior. Era obvio que el anciano y Malfoy habían estado planeando algo.
—¿Por qué lo hizo?—preguntó.
Dumbledore la contempló sin comprender.
—¿Por qué intervino en lo mío con Severus?—aclaró ella.
—¿Cómo supo que yo intervine?
—Bueno, no se podría decir que fueron muy discretos. Severus me contó que usted había insistido en que me confesara sus sentimientos, no de ese modo sino dando ciertas indirectas, y Draco dijo alguna que otra cosa…
Dumbledore sólo sonreía con alegría.
—Lo importante es que mi plan funcionó—indicó el hombre—Hermione, Severus, en cualquier momento de su vida, siempre fue Severus. Tenía que hacerte comprender que sin importar la edad que tuviera toda su vida fue el mismo terco y cabeza dura que todos conocemos. Y tenía que hacerte comprender que si lo amabas ahora, tendrías que amar al que fue antes; porque, a pesar de que él intente negarlo, siempre habrá una parte de ese muchacho joven viviendo en su interior. Sólo hay que saber encontrarlo.
Hermione estaba realmente confundida. Lo que el profesor decía sonaba como si todo, incluso el incidente de haber traído a una versión joven de su profesor al presente, hubiese sido algo premeditado y no un accidente. ¿Sería posible aquello?
—¿Usted… usted hizo aparecer a…?
El anciano intentó colocar una expresión de inocencia, una que a Hermione le causó cierta gracia, pero no lo consiguió así que decidió confesar todo.
—Yo sabía lo que ustedes dos sentían… no se podría decir que fueron muy discretos—indicó utilizando las palabras de ella— y por eso decidí ayudarlos. Ambos necesitaban un pequeño impulso y algo, o alguien que los unieran y así decidieran confesarse la verdad. ¿Quién mejor que el mismo Severus Snape de diecisiete años? No fue difícil convencer al señor Longbottom para que me ayudase—rió suavemente como si recordara algo gracioso— Lo que fue difícil fue convencer al joven Snape de ayudarme.
—¡¿Qué? ¿Él también estaba al tanto de esto?—inquirió Hermione sorprendida.
—Claro que sí, sin él jamás podría haberlo logrado.
Hermione no podía creerlo. Se sentía herida, engañada, traicionada. Severus habría podido confesarle la verdad cuando estuvieron juntos prácticamente hablando toda la noche, pero no lo había hecho. ¿Por qué, entonces, le había dicho que la amaba si no era más que puras mentiras creadas para ayudar a un viejo loco?
—Pero el pobre se enamoró—siguió diciendo Dumbledore completamente ajeno a los sentimientos de Hermione—Se enamoró de usted, señorita Granger. Y una noche llegó a mi despacho a rogarme, casi llorando, que no deseaba marcharse, que deseaba quedarse con usted porque lo que le hacía sentir era lo mejor que le había pasado en su vida.
Hermione lo miraba sin poder creer esas palabras. Dumbledore asintió levemente.
—Y, lo que quiero que comprenda, es que eso fue una clara muestra del amor que él siente por usted. Se tragó su orgullo y vino a rogarme… ¡Rogarme! Y ese acto sólo vi hacerlo otra sola vez en su vida.
Hermione bajó la mirada sin saber qué decir. Comprendía que el momento al que se refería Dumbledore era la vez en que fue por Lily Evans, a rogarle que la ocultase de Voldemort. Sí, tenía razón, que él se haya tragado su orgullo de aquella manera era un acto de suma importancia. Y ella no podía hacer otra cosa más que conmoverse y corresponder el amor que Severus sentía. ¿Pero acasos sería simplemente de su versión joven aquellos sentimientos profundos o también pertenecerían al adulto?
—Severus la ama. El profesor Severus Snape, la ama—indicó el anciano como si estuviese leyendo su mente—y la muestra clara de eso es el querer alejarla de él mismo.
—No entiendo—confesó.
—Él la quiso alejar porque no creía que era lo suficientemente bueno para usted. Por eso creí que tendría que hacerle un favorcito y ayudarlos.
Hermione sonrió con cierta tristeza. ¿Cómo, aquel hombre, podía inventar tales cosas?
—¿Quiere ir a despedirse?—le preguntó Dumbledore.
Hermione asintió. Ambos subieron lentamente las escaleras que se encontraban detrás de la gárgola. La puerta del despacho se abrieron dejando ver una imagen que, sin duda, ninguno de los dos esperaba.
El profesor Snape recitaba unas palabras que ella no alcanzó a entender mientras apuntaba fijamente la varita hacia el joven Severus que miraba a su alrededor con confusión. Al lado de éste se encontraba el frasco vacío que le había entregado Severus a su versión joven.
Durante unos momentos sus miradas se encontraron. Ella comprendió que esa sería la última vez que vería esos ojos oscuros rodeados de juventud y comprobó que sus suposiciones eran correctas cuando, casi de repente, él desapareció de allí como si nunca hubiera estado.
Se había marchado. Y ella sólo tenía que conformarse con ese puñado de recuerdos que navegaban en su mente.
Los ojos de Hermione ardían por las lágrimas contenidas, sentía un nudo en su garganta y una fuerte opresión en su pecho que le hacía la tarea de respirar más dificultosa. Pero cuando vio a su amado profesor caer inconsciente hacia el suelo con un sonido sordo, golpeando su cabeza con fuerza, su corazón se detuvo a causa del susto.
—¡Severus!—gritó mientras corría hacia él y lo tomaba suavemente entre sus brazos.
