Discípulo de la soberbia

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"se acabó
el odio me arrolló la razón
con mi época estoy comprometido
y el amor, se fue volando por el balcón
a donde no tuviera enemigos
y ahora estoy en guerra contra mi alrededor
no me hace falta ningún motivo
y es que soy
maestro de la contradicción
y experto de romper lo prohibido"

segundo movimiento. lo de fuera –extremoduro–

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Cuando Sasuke nació, lo hizo de la mano de la muerte. Sasuke se despertó tarde, cuando la felicidad había sido repartida y sólo quedaban la rabia y la venganza. Lloró, y con ello recibió una caricia, la primera y la última de su infancia. Volvió a llorar otra vez, y un golpe rompió pronto su inocencia. Su cuerpo se quebró y su mente cansada durmió para siempre a base de pastillas para no soñar…

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La música era densa como sus propios pensamientos, y el ambiente no dejaba de producirle una cierta desazón que trataba de mitigar a toda costa a base de alcohol añejo. Su cuerpo se movía, más por la inercia de todos los que le rodeaban que por sí mismo, siguiendo el ritmo monótono y machacón de esa última canción que parecía durar ya horas. Una respiración caliente en su nuca, demasiado cerca, le obligó a cerrar los ojos y dejarse caer un poco hacia atrás mientras unas manos se metían curiosas por debajo de su camiseta y algo firme se restregaba sin reparos contra su trasero. Ni siquiera le hizo falta girarse para saber de quién se trataba.

–Me la has puesto dura, Uchiha…

Neji Hyuuga. La voz le llegó ronca y débil, en un murmullo que, extrañamente, fue capaz de meterse en su cerebro por encima del sonido de la música. Sonrió de medio lado con los ojos entrecerrados de puro cansancio y, casi como por rutina, retiró la mano del otro del contacto con su cuerpo y echó a andar tirándole del brazo. Sin volverse a mirar, abandonó el centro de la pista esquivando gente que se movía y retorcía presa del apetito desordenado de los deseos carnales.

Atravesaron una puerta y el ruido se amortiguó a sus espaldas, siendo sustituido por algún que otro sonar de muelles, golpes rítmicos y varios gemidos que aumentaban de volumen conforme subían las estrechas escaleras.

Sacó una llave del bolsillo de atrás de sus vaqueros y la introdujo en la cerradura, haciéndola girar después un par de veces. Una vez abierta la puerta, tanteó la pared con la seguridad de encontrar ahí el interruptor. Una luz suave iluminó la habitación en tonos rojizos, dándole un ambiente de prostíbulo roto únicamente por una estantería alta llena de libros a un lado y un escritorio con un ordenador portátil delante de la ventana.

–¿Sigues quedándote por aquí?

Sasuke no respondió. Se limitó a cerrar la puerta después de que el otro hubo pasado y, mirándolo fijamente, se acercó hasta quedar pegado a él. Metió las manos en los bolsillos del pantalón ajeno con confianza, sacando al momento de uno de ellos una bolsita pequeña de plástico con algunos papeles arrugados dentro. Abrió uno de ellos y una sonrisa hastiada apareció en sus labios.

–¿Te encuentras bien?

No, la verdad era que no se encontraba bien, pero tampoco sabía cómo explicar ese sentimiento de repugnancia que recorría su cuerpo a la vez que el alcohol, así que su respuesta se redujo a un asentimiento desganado. Dejó caer todo el contenido del papel sobre la mesilla de noche, sentado al borde de la cama. Después, con una de las cuatro tarjetas de crédito que el otro le ofreció perfectamente colocadas en la cartera, realizó pequeños movimientos, golpeándola de canto contra la superficie de madera desgastada, para terminar dividiendo aquel polvo amontonado en dos finas líneas, que desaparecieron finalmente a través de un billete de cinto mil.

La sensación de asco no desapareció, pero se difuminó traidora tras un ánimo efervescente que le decía que no todo iba bien, pero que tampoco importaba demasiado. Ahora tan solo importaba la noche y lo que esta le ofrecía. ¿Alcohol? Pues alcohol. ¿Drogas y dinero a cambio de convertirse en la puta de aquel niño rico por algunas horas? Pues eso. Y con la idea firme de quemar la noche, aunque se chamuscara los dedos, volvió a fijarse en aquellos ojos claros y fríos, en aquel pelo castaño que caía por detrás de la espalda hasta llegar casi a la cintura y en unos modales grabados a fuego demasiado similares a los suyos propios. En la posición en la que estaba, con el otro muchacho de pie justo delante, dirigió sus manos hasta la hebilla de su cinturón, que abrió con la misma presteza con la que se deshizo después de los pantalones, dejándolos arrugados en los tobillos de aquel que lo observaba con el deseo ahogando esa mirada color ceniciento.

–¿Quid pro quo, Uchiha?

–Tú ordenas y yo obedezco, Hyuuga –su cansancio se vio adulterado y en sus ojos negros apareció de nuevo un brillo artificial que le vaciaba el cerebro. Abrió la boca sobre la tela de los bóxers, exhalando su aliento caliente hasta que éste traspasó la prenda.

–Demasiada formalidad para alguien que va a poner el culo por dinero. Desnúdate.

Sasuke se levantó de la orilla de la cama y el otro muchacho ocupó su lugar después de terminar de sacarse los pantalones, los calcetines y los zapatos. Levantó la vista siguiendo el recorrido de aquellas manos que se deshacían poco a poco de la ropa. Las acompañó mientras mostraban el abdomen plano que aparecía por el borde de la camiseta… los hombros y brazos bien formados… Las observó con avaricia deslizándose despacio por la hebilla del cinturón, abriendo cada botón de los vaqueros, desatando las hebillas de las botas negras… Las admiró vagabundeando por el filo de los bóxers grises hasta encontrar la vereda que llevaba a la última pieza de ropa al mismo lugar en el suelo en el que habían acabado las otras. Tragó en seco justo en el momento en que fue consciente del cuerpo desnudo que se exhibía ante sí. Demasiado hermoso incluso enterrado en el fango. Demasiado joven. Tan frágil… Y sin embargo era un cuerpo corrompido hasta lo más profundo, crisol de la inmoralidad y la depravación más baja.

–Mastúrbate –quería humillarlo, eliminar cualquier indicio de integridad. Siempre. Quería destrozar ese algo irreductible que lo hacía sobresalir honesto por encima de toda esa porquería.

Los dedos blancos acariciaron la ingle hasta llegar a la base del pene y aferrarse a él sin pudor. La habitación giraba por momentos mientras su mano iba arriba y abajo. Sentía el miembro endurecerse ante el movimiento, palpitando y estremeciéndose como reacción a la presión de su mano cerrada. Un poco más. Cerró los ojos a la vez que un cosquilleo conocido se agolpaba alrededor de su entrepierna esperando para explotar.

–No tan rápido –agarró al moreno por la muñeca, poniendo fin a la acción de forma contundente–. Es una falta de respeto que la puta disfrute antes que su cliente, ¿no crees? –se apoyó en la cama con los antebrazos, echando ligeramente su cuerpo hacia atrás…

… y el otro entendió. Dio un paso hacia adelante y se arrodilló entre las piernas abiertas que le ofrecían el hinchado miembro preso aún del tejido elástico. Se deshizo de él cuando el castaño levantó sutilmente el trasero, bajándolo por las piernas y dejándolo después encima de la cama.

Verlo de rodillas lo excitaba. Tenerlo ahí, sumiso como un gatito… El gato sacó la lengua, que no era rasposa, sino suave y húmeda, caliente, y la deslizó alrededor del glande de forma lenta y perezosa. Un escalofrío recorrió su cuerpo al sentirla, y otro más al observar cómo esos labios se humedecían para rodear después toda la punta, ejerciendo algo de presión y succión. Una idea se le vino a la cabeza como un flash y provocó que una sonrisa maliciosa asomara a su boca. Pasó los dedos por el cabello negro, siguiendo la forma de la cabeza hasta llegar a la nuca y entonces, de un solo movimiento, la pegó contra su abdomen, haciendo que su pene golpeara contra la garganta del que permanecía arrodillado ante sí y que éste, en un acto reflejo, apretara los dientes. La excusa. Llevaba buscándola desde que lo vio en la pista de baile, y ahí estaba. Con un sonoro bofetón, despegó la boca mojada de su pene, que ahora esperaba más hinchado y ansioso que nunca.

Su cabeza giró con fuerza hacia el lado del golpe que aún notaba caliente en su mejilla. Aguantó una arcada por la brusca intromisión, tratando de recuperar un poco el control de su respiración. No se quejó. De hecho, lo esperaba. Conocía a Hyuuga lo suficiente como para esperar esa reacción. Formaba parte de una especie de acuerdo tácito entre ellos. El otro era un sádico. No uno demasiado agresivo, pero sí dominante. Le excitaba tenerlo rendido, dócil y obediente, y él lo sabía y lo aceptaba, y en el fondo lo comprendía, porque si estuviese en su situación, seguramente haría lo mismo. Un nuevo golpe pegó su cara contra el suelo al tiempo que su brazo era retorcido en su espalda impidiéndole cualquier movimiento. No era necesario, él no pensaba rebelarse, pero el sometimiento era un aliciente demasiado morboso como para que el castaño lo dejara de lado. Sasuke sonrió. El dolor era una parte más de su falsa burbuja, una parte muy importante que lo cegaba y lo alejaba del otro dolor, del que de verdad le atormentaba. Vio de reojo cómo Neji alargaba una mano hasta el cajón de la mesilla y sacaba de él un condón que se encargó de abrir con ayuda de los dientes. Se vio libre del agarre mientras el látex era desenrollado a lo largo de ese pene que pronto estaría horadando sus entrañas, llegando hasta lo más hondo, rompiéndolo todo. Ahora simplemente vendría lo mejor…

–¡Ngh! –apretó los puños y los dientes. Aquello dolía. Demasiado. Una llamarada le subió desde el estómago hasta el pecho y después bajó hasta su entrada. Sentía ganas de llorar, de gritar, de acabar con todo de una vez por todas. Trató de relajarse a toda costa. Sólo era un momento, una sensación que se iría tan rápido como había venido, como un relámpago, y después de eso sólo quedaría la nada, el vacío, el negro más negro.

–Supongo que no esperarías delicadezas por mi parte, ¿verdad, Uchiha? –susurró contra la piel de la espalda, encorvado hacia delante, lamiendo la piel blanca y sudorosa, haciéndose de su sabor. Había entrado de una sola estocada, sin siquiera avisar, sintiendo en sus partes la asfixia propia de la estrechez que lo acogía. El moreno no protestó, y tan sólo un gruñido que no pudo controlar salió de sus labios.

–Hm. De tal palo… –sonrió con suficiencia, sabiéndose vencedor de esa batalla. El instante había pasado y ahora por fin conseguiría esa clase de dolor que andaba buscando, ese que necesitaba a toda costa.

El castaño apretó las manos que hasta entonces habían permanecido quietas, anclándolas con las uñas en las caderas de Sasuke. Embistió una vez más, con todas sus fuerzas, otra, y después otra y otra más. Algo de sangre se escurría entre los muslos blancos facilitando la fricción, pero eso sólo estimulaba su lado cruel y su necesidad de dañarlo. La rabia era el motor de la acción. Salió de él sólo para agarrarlo del pelo y arrojarlo literalmente contra la cama, boca arriba. Le abrió las piernas con violencia y volvió a introducirse en él. Quería ver su expresión de dolor, las lágrimas agolpándose rebeldes en esos ojos oscuros, el ceño fruncido, la lucha por no gritar y dejarse vencer… Quería que padeciera por todo lo que le hacía sentir, que expiara la culpa de su envidia malsana.

–Gime…ngh… Vamos, Uchiha, grita para mí –irrumpía en el cuerpo contrario con aspereza, observando el miembro necesitado del otro frotar contra su vientre. Pellizcó uno de los erectos pezones con saña y entonces notó cómo contraía su entrada y no pudo evitar descargarse contra la funda de látex mientras algo caliente mojaba su abdomen.

–Aah… –soltó el aire de golpe cuando el castaño salió de su cuerpo con la misma rudeza con la que había entrado. El efecto de la droga había pasado igual que su orgasmo, demasiado rápido para su gusto, dejándole un sabor acre en la boca. Cerró los ojos mientras el castaño se quitaba el condón usado, anudándolo antes de tirarlo a la papelera y después se vestía; oyó un roce de papeles y supuso que estaba dejando algunos billetes sobre la mesilla, aunque en ese momento lo que de verdad necesitaba era algún remedio milagroso que lo hiciera dormir varias horas y olvidar ese vacío que sentía cada vez que terminaba todo–. ¿Tienes algo?

Neji sonrió con la soberbia camuflando la angustia a pesar de que nadie lo estaba mirando y dejó una pastilla blanca y pequeña al lado de los billetes. Observó el cuerpo de Sasuke sobre la cama, encogido sobre sí mismo; repasó cada una de las marcas que éste tenía... marcas que rodeaban sus tobillos y muñecas, que se repartían furiosas por la espalda hasta llegar a las nalgas... marcas de golpes, de agarres, de violencia intencionada y permitida.

–Eres un puto enganchado, anoréxico y masoquista… y yo el mayor de los imbéciles. Que sueñes con los angelitos, Uchiha.


Espeso, espeso, espeso...

No tengo nada más que decir por hoy. Prefiero conocer vuestra opinión por mala que sea... Gracias por leer.