Enganchado en la tela de araña
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"acostumbrado a escapar de la realidad
perdí el sentido del camino
y envejecí cien años más de tanto andar
perdido.
y rebusco en la memoria el rincón donde perdí la razón
y la encuentro donde se me perdió cuando dijiste que no".
cuarto movimiento. la realidad –extremoduro–
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Se despertó con el cuerpo rígido y adolorido. La cabeza le molestaba; no demasiado, pero sí lo justo como para que se reflejara en su cara; y el frío del suelo… "Mierda", ese sí que le había calado hasta los huesos. Bostezó mientras estiraba los brazos y las piernas y se ponía de pie. La habitación olía un poco a alcohol, el mismo olor que desprendía su cuerpo junto con el del tabaco, que se había adherido a toda su ropa. Sasuke permanecía dormido, completamente ajeno a la mirada que se había posado sobre él cuestionándose los motivos por los que se comportaba así. Los ojos inquisidores cambiaron entonces a unos más tranquilos y amables. La expresión del moreno era suave, sin ese ceño fruncido, sin esa media sonrisa soberbia o esa mirada cínica que trataba de esconder sin éxito su ánimo resquebrajado.
Abrió la ventana, dejándola entornada para aliviar el ambiente cargado, y se acercó hasta el futón en el que descansaba su amigo para sentarse en el borde, perdiéndose otra vez en ese punto exacto entre las cejas del otro que se había arrugado levemente al sentir movimiento en el colchón. Lo tocó con el dedo índice sin darse cuenta, haciendo un recorrido corto arriba y abajo varias veces hasta terminar en la punta de la nariz, donde lo retiró cerrando la mano en un puño. Sonrió al recordar cómo a veces, en aquellas tardes de verano en el parque, Sasuke se quedaba dormido sobre sus piernas estiradas y él, a pesar de ir en contra de su propia naturaleza, permanecía quieto, mirándolo, con la espalda recostada en cualquier árbol hasta que el calor lo sumergía también en una especie de sopor agradable. "No puedes hacerte una idea de cuánto te he echado de menos, teme". Lo alertó el movimiento de las sábanas, y unos ojos entrecerrados y desorientados lo sacaron de golpe de aquellos recuerdos.
–Hola.
El moreno no respondió. Miró a su alrededor mientras trataba de incorporarse un poco, apretando la mandíbula el sentir un dolor fuerte en el trasero. Cerró los ojos un momento sin poder evitarlo, y al abrirlos de nuevo enfocó su mirada en Naruto y en su pequeña sonrisa.
–¿Cómo estás?
–Mal –su voz sonó áspera y cortante. Las punzadas que sentía en la cabeza no ayudaban a su ya de por sí mal carácter. Dio un rápido vistazo a la habitación en un intento por reconocer el sitio–. ¿Tu casa? –el rubio asintió y él terminó de levantarse–. Necesito una ducha.
–Lo siento, pero no hay agua –se puso de pie también y se acercó hasta una mesita en la que había una hornilla de gas de las que se utilizan en los campings–. El edificio es viejo y estaba vacío –mientras hablaba, había echado un poco de agua de una botella en un cazo y se disponía a encender el fuego para calentarla–. Tampoco hay luz, pero es gratis.
–¿Eres una especie de okupa?
Naruto se encogió de hombros, sonriendo ante el inusitado interés de Sasuke, y echó un par de cucharadas de lo que parecía café instantáneo en unas tazas.
–¿Azúcar?
–No.
–La beca de estudios me paga la matrícula y los libros, pero el uniforme, la comida, el transporte… todo eso vale dinero. Un dinero que yo no tengo, así que ni se me pasa por la cabeza pagar un alquiler.
Sasuke echó otro vistazo a su alrededor. El sitio era demasiado pequeño para su gusto y los muebles –los pocos que había– parecían haber sido recogidos directamente de la basura por lo viejos y desgastados que estaban. En una esquina estaba echado el futón en el que él se había despertado y, justo en el otro extremo de la habitación, el uniforme del instituto colgaba de una percha enganchada a una puerta tras la que se podía ver parte del inodoro y la bañera. Un par de grietas en la junta de las paredes con el techo le hicieron temer que todo el edificio podría desplomarse en cualquier momento y, sin embargo, se le hizo ridículamente extraña la sensación de sentirse a salvo. Eso no era bueno. Naruto permanecía en silencio, sin mencionar nada de la noche anterior. Intentó hacer memoria, pero en su mente la noche había terminado justo después de que el capo aquel le facilitara el veneno disfrazado de opiáceo. Observó al rubio, que se miraba la manga de la camiseta con el asco pintado en su cara. En la tela, una mancha blancuzca y reseca resaltaba sobre el naranja, acrecentando su desconcierto.
–Gaara me dio la dirección del piso –Naruto pareció leerle el pensamiento.
–Gilipollas –susurró al tiempo que se masajeaba las sienes tratando de apaciguar su dolor de cabeza.
–No fue culpa suya –lo defendió–. Yo… lo obligué a decírmelo y…
–No me refería a él.
Volvieron a permanecer en silencio un rato más mientras el agua comenzaba a hervir y el rubio la apartaba del fuego y llenaba las tazas. Le ofreció una de ellas a Sasuke, que la agarró con las dos manos aprovechando para calentárselas. Probó un sorbo de aquel líquido oscuro que el otro quería hacer pasar por café y al momento el desagrado por esa agua sucia se evidenció en su cara.
–Ese sitio es un antro…
Levantó la mirada al oír las palabras del otro y vio la sospecha reflejada en los ojos azules.
–Nadie te pidió que fueras. No deberías meterte donde no te llaman.
–Me pediste que no te juzgara y no lo hago… Intento no hacerlo, pero no puedo evitar que lo que vi me haga sentir así. Ese negocio… Mierda, era un burdel de la yakuza.
–¿Y?
–No seas cínico –dejó su taza en la mesa y se paró enfrente del moreno para encararlo–. Te conocí cuando aún te costaba mantener esa perfecta pose imperturbable, así que deja de comportarte conmigo como lo haces con todos –pese a la posición desafiante, las palabras eran tranquilas, y el tono de voz templado–. ¿Qué está pasando?
Sasuke se mantuvo callado un rato más sin desviar la vista, consiguiendo que el silencio atravesara la tensa atmósfera agravando el ambiente enrarecido e irrespirable.
–Lo que pase o deje de pasar no tiene nada que ver contigo –colocó su taza junto a la de Naruto y se echó las manos al pantalón, palpando por encima de los bolsillos en busca de su paquete de tabaco. Nada. El gesto disconforme del otro y la falta de nicotina lograron impacientarle aún más–. Tu vida está bien tal y como está… y la mía también. No me des el coñazo, Naruto. No tienes ningún derecho a pedirme explicaciones –amagó un movimiento hacia la puerta y el rubio no tuvo más remedio que echarse a un lado y dejarle pasar. Ni siguiera el sonido de la puerta al cerrarse tras el moreno lo sacó de su estado de ensimismamiento.
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Otra vez igual. Era poner un solo pie en aquella casa y sentir un escalofrío que le empezaba en la boca del estómago y se extendía hasta el último de sus cabellos. Sintió que el pulso le temblaba al apretar el timbre de la puerta y trató de tranquilizarse controlando su respiración. Con un poco de suerte, todo terminaría antes de que ese desgraciado pudiera hacerle nada.
–Sasuke-kun… Adelante, el señor Orochimaru te espera en su despacho.
Una mirada maliciosa escondida detrás de unas gafas redondas lo recibió con falsa hospitalidad. Kabuto, el fiel asistente de su tutor, más parecido a un perro faldero que a un simple empleado, se hizo a un lado de la puerta para dejarlo pasar con un ademán sumiso que disfrazaba la malsana satisfacción de verlo de nuevo por allí. Su aspecto recatado, con ese pelo grisáceo recogido en una coleta baja, y esa maldita costumbre de subirse las gafas con el dedo índice después de mirarlo de arriba abajo le daban arcadas.
Después de descalzarse en la entrada, siguió a aquel hombre a pesar de conocer a la perfección cada rincón de esa enorme casa. Después de todo, había pasados sus trece primeros años de vida allí. Subieron por las escaleras principales hasta la primera planta. A la derecha, una puerta de madera labrada consiguió que su corazón se acelerara aún más. Kabuto llamó con un par de golpes y entró sin esperar contestación.
–Orochimaru-sama –hizo una reverencia–. Sasuke-kun está aquí.
–Bien –el aludido levantó la vista de los documentos que revisaba en ese momento para mirar fijamente hacia la puerta donde el moreno permanecía serio, haciendo uso de toda su experiencia para no sucumbir a la ansiedad de encontrarse otra vez frente a ese hombre–. Llévalo con Kimimaro. No quiero restos de otros hombres, el hedor llega hasta aquí y me es insoportable.
Mantenía los dientes apretados con fuerza mientras se dejaba guiar de nuevo por Kabuto hacia uno de los baños principales de la casa. Allí, otro de los acólitos lameculos de Orochimaru lo asearía adecuadamente para la ocasión. Justamente, nada más entrar en la estancia, pudo ver cómo Kimimaro terminaba de preparar el baño con esencias de ylang ylang y naranja. Las velas aromáticas iluminaban la habitación de azulejos claros y el humo del incienso apoyaba ese ambiente denso y letárgico tan artificioso. Siempre igual... Kabuto desapareció tras la misma puerta por donde habían entrado dejándolo con el chico que se acercó a él en actitud cuidadosa.
–Levanta los brazos, por favor –su voz suave y el movimiento de sus manos hacia arriba desde el borde de su camiseta aseveraron la situación. El hecho de que la jaula fuese de oro no significaba que fuese menos prisión. Kimimaro se retiró uno de los largos mechones cenicientos que enmarcaban su rostro sosegado antes de arrodillarse ante Sasuke para desabrocharle el cinturón y deshacerse del resto de la ropa–. Deberías cuidar más tu cuerpo. Al señor Orochimaru no le gustan las marcas.
–Hm –Sasuke resopló. "Serán las que no hace él", pensó, y se dejó hacer por el otro, que lo llevó hasta una de las esquinas para mojar su cuerpo con agua templada.
Permitió que la esponja enjabonada recorriera su piel. Kimimaro era meticuloso en su tarea, deslizándola incluso entre los dedos de las manos. Rodeó el cuello y los hombros y bajó después por la espalda hasta los glúteos y las piernas. Hizo el mismo recorrido por delante, frotándola con suavidad por el torso, el vientre… Después de enjuagarlo una vez, echó un poco de jabón en la palma de su mano y las restregó entre sí hasta hacer espuma, y como si de un ritual se tratase, las deslizó por el miembro dormido del moreno con cuidado, estirando la piel para no dejar un solo lugar sin limpiar. Del mismo modo, acarició los testículos y la zona del perineo, concentrado llegar con sus manos a todas partes.
Desde arriba, Sasuke lo miraba impasible. Ni siquiera se le había levantado lo más mínimo ante el contacto. Kimimaro terminó de aclarar la zona con agua y le pidió que se sentara en un taburete bajo para proseguir con su aseo. Esta vez, le llegó el turno a su cabello, que el otro masajeó con un champú de aroma cítrico y seguidamente enjuagó también. Conocía la rutina: una vez limpio y sin rastro de jabón, entraba en la bañera y ahí se relajaba durante unos diez minutos mientras el otro preparaba los aceites que usaría más tarde para aligerar la tensión de sus músculos e hidratar su maltratada piel. Odiaba todo eso. En ese momento se sentía como un auténtico objeto, dispuesto según las excéntricas preferencias de Orochimaru, que se empeñaba una y otra vez en seguir ese absurdo protocolo de limpieza antes de convertirlo en el centro de su inclinación caprichosa y grotesca.
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Estaba agotado, pero al menos ahora tenía dinero suficiente para comprar el material escolar que le habían pedido en el instituto para la clase de arte y algo de comida instantánea. A su edad, y sin la autorización de sus abuelos, le era imposible conseguir un trabajo de medio tiempo más o menos estable y con contrato, así que tenía que conformarse con repartir publicidad de clubs tres o cuatro días en semana y ayudar en la carga y descarga de pescado en el mercado de Tsukiji los sábados. Pero hoy se había levantado bien pasado el mediodía y había perdido esa oportunidad, por lo que se había visto obligado a hacer tres veces más largo de lo que acostumbraba el recorrido de portales y buzones para que le llegase el dinero.
Había anochecido y el baño que se acababa de dar en el sento que quedaba cerca de su casa le había sentado de maravilla. Eso y los dos botes de ramen instantáneo que se había metido entre pecho y espalda como parte de su auto homenaje particular por el esfuerzo. Los párpados le pesaban como si llevase ancladas a ellos unas pesas y no tenía la más mínima intención de moverse de allí... hasta que su vista se fijó por su segundo en las dos tazas que aún estaban sobre la mesa. Tan solo eso le bastó para que se incorporara en el futón y emprendiera el camino hasta Roppongi con el propósito de hablar un rato con Gaara y el anhelo de ver de nuevo a Sasuke. Todavía le rondaba por la cabeza su reacción de esa mañana y le escocía el hecho de saber que verdaderamente no podía exigirle ni reprocharle nada.
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Lo aborrecía. Casi tanto como a sí mismo. Sentía repulsión cada vez que esa lengua, que pronunciaba su nombre rozándose con los dientes en cada una de las eses, se deslizaba por su cuello y su mejilla hasta llegar a la sien, como una babosa reptando sobre su piel. Le asqueaba sentir esas manos huesudas y frías en su cuerpo, verlas manosear los juguetes que luego usaría en él. Todos ellos colocados sobre el escritorio como para una exposición.
-Tengo un juguete nuevo, Sasuke-kun –pasó la yema de los dedos por la superficie ondulada de lo que parecía ser un dildo metálico normal y corriente. Junto a él, un par de anillos de goma rodeados de una especie de tachuelas también metálicas y un aparato cuadrado con algunos botones y cables–. ¿Sabes qué es?
No lo sabía, pero se lo imaginaba, y por el brillo en los ojos del mayor y su sonrisa satisfecha, iba a ser doloroso.
–Electro estimulación –saboreó cada sílaba con gula, relamiéndose los labios–. Excitante, ¿verdad? No puedo esperar a ver cómo te corres con tan sólo pulsar un botón… –una desquiciante risilla se escapó de sus labios resecos justo cuando volvía a dejarlo todo en su sitio. Entonces dirigió otra vez su mirada a Sasuke, que llevando tan sólo algunas correas de cuero ajustadas al cuerpo a modo de arnés, exhibía su piel blanca ante la mirada ambarina de su tutor–. Te ves tan bien así… tan indecente… –le hizo una señal con la mano para que se acercara más, echando un vistazo a las marcas de su cuerpo delgado–. Tan obsceno…
Orochimaru se colocó a su espalda, acorralándolo contra la mesa, e hizo que se inclinara sobre ella, dejando expuestas sus nalgas enmarcadas por las correas que se ceñían sobre su piel en carne viva. Desde allí, con las dos manos apoyadas sobre la superficie del escritorio, observó al hombre, que sacó una especie de cápsula de un bolsillo, dispuesto a introducírsela por el ano.
–Te veo muy tenso, Sasuke-kun… –separó más las piernas del chico empujando ligeramente una de ellas con la misma fusta que había usado antes para atizar su trasero y acarició su entrada con la parte de atrás de la vara-. Tal vez quieras probar algo que… te relaje…
No, no, no. No. ¡No! No quería drogas que lo sobreexcitaran, no quería sentir placer con ese hombre, no quería pedir por más por culpa de un maldito estimulante. Podría vomitar allí mismo. Podría coger una pistola y acabar con todo en ese preciso instante. La pregunta que rondaba su cabeza entonces era ¿a quién dispararía?
-Disculpe, Orochimaru-sama –la mirada que recibió Kabuto al segundo de interrumpir a su señor hizo que el de las gafas se quedase un momento en la puerta esperando la autorización para pasar-. Es importante.
-Realmente espero que así sea… -con frustración, dejó el pequeño látigo y se acercó a su ayudante. Cualquier persona inteligente hubiese dado un paso atrás al contemplar esos ojos inhumanos de matices amarillentos sobre sí. El cabello oscuro encuadraba unas facciones angulosas de extrema palidez, llegando suelto hasta debajo de los hombros, y todo el conjunto lo hacían ver como un ser sibilino y sádico en extremo. Y era verdad.
Sasuke, sin despegar las manos de la mesa, observó el gesto de preocupación que mostraba Kabuto y la ira encubierta de Orochimaru mientras escuchaba lo que el otro le iba diciendo. Una vez su subordinado hubo acabado, se giró hacia el menor con una sonrisa que Sasuke no fue capaz de descifrar. ¿Lo había descubierto?
-Tendremos que dejar nuestro juego para otra ocasión, Sasuke-kun… Es una lástima, pero me ha surgido algo que debo atender. Vamos, Kabuto.
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Evidentemente, no iba a ser tan sencillo. El portero no lo había dejado entrar el día anterior, ni el resto de veces que lo había intentado con sus amigos y esta vez no había sido diferente. La opción de colarse tampoco iba a servir, ya que el tipo estaba atento a la puerta y a los cuatro o cinco que hacían cola en ese momento, así que no le quedó otra que esperar por la puerta de atrás, por donde había salido la noche anterior persiguiendo a Sasuke, a que alguno de los empleados saliese a tirar la basura o, en su defecto, a fumarse un cigarro rápido al fresco.
A los veinte minutos de estar esperando, y viendo la inminente lluvia que se acercaba, había decidido dar la oportunidad por perdida cuando el sonido metálico de la puerta le hizo girar la cabeza hacia allí. Uno de los camareros salía, tal y como había imaginado, a tirar una bolsa de plástico negra que, por lo que se podía apreciar, pesaba bastante.
–Eee… hola –Naruto se levantó del escalón en el que se había sentado a esperar para acercarse a ese chico–. Perdona, ¿Gaara trabaja hoy?
–¿Quién eres? –la pregunta fue demasiado tajante, acompañada de una mirada de arriba abajo hacia su persona.
–Naruto. Necesito hablar con él –vio cómo el otro abría el cubo de la basura y tiraba la bolsa con desgana para desaparecer después por donde había salido con un "otro idiota detrás del culo del pelirrojo…".
Vaya, ¿qué quería decir aquello? ¿Que lo iba a avisar o que no? Había estado lento de reflejos… "Estoy cansado…". De todas formas, decidió darle cinco minutos más de cuartelillo por si, por una vez, la suerte estuviese de su lado.
–¿Qué haces aquí? –la pregunta de Gaara le llegó de improviso. Estaba tan absorto en su propia situación, que no lo había visto aparecer–. Sasuke no está.
–Yo…
–Venga, no me digas que has cambiado de opinión con respecto a lo de follar conmigo…
–No. Esto… Sasuke y tú sois amigos, ¿verdad? –se acercó al pelirrojo que permanecía en el quicio de la puerta.
–Joder. Sasuke –rodó lo ojos y se giró para entrar de nuevo, dejando la puerta abierta para que el otro lo siguiera adentro–. No vas a dejarlo estar, ¿no? –lo miró de reojo mientras entraba al almacén. Allí, se sentó sobre una de las neveras de bebidas y esperó a que Naruto hiciera lo mismo–. La verdad es que no somos amigos, sólo follamos de vez en cuando.
Naruto frunció el ceño sin querer.
–Pero tú sabías dónde encontrarlo anoche… No te escudes diciendo que sólo es sexo.
–¿Sólo sexo? ¡Hm! –sonrió de medio lado en un gesto que al rubio le resultó demasiado familiar–. Déjame decirte que el sexo con Sasuke no es sólo sexo.
–Vale –se sonrojó y desvió la mirada sin poder evitarlo–, no necesitas entrar en detalles.
–Oooh, sí, tú quieres que te hable del Sasuke que yo conozco y eso es lo que estoy haciendo.
–Gaara…
–Sasuke folla por vicio. No soporta que lo toquen, pero mientras llega al orgasmo, no piensa en nada más que en el placer.
–Oye...
–No conoce la línea que hay entre ese placer y el dolor. Para él es lo mismo, cualquiera de los dos le sirve para encontrar alivio, para despejar su mente y no volverse loco de puro resentimiento –Gaara inspiró fuerte para coger bastante aire y después miró a Naruto, que no despegaba la vista del suelo–. Se abraza a cualquier cosa que le haga desconectar y sentirse menos mierda aunque sólo sea por un rato... y no le importa el precio a pagar. ¿Qué puedes perder cuando piensas que no tienes nada?
–No lo entiendo... Sasuke es inteligente. Debería poder plantarle cara a las cosas y no escoger ese camino...
–¿Escoger?
Naruto levantó la cabeza ante el tono empleado por el pelirrojo y lo miró de frente esperando algún tipo de aclaración.
–Escoger implica tener más de una opción.
–Pero...
–Si estás tan interesado, pregúntale a él, creo que yo ya he abierto la boca demasiado. Me voy, te recuerdo que estoy trabajando.
–Espera. ¿Sabes dónde puede estar ahora? –se notaba la desesperación en su voz y en esa mano que había sujetado la camiseta de Gaara con fuerza.
–Pareces un chico listo –se soltó y se dirigió hacia la puerta de entrada a la sala con una sonrisa disimulada–. Seguro que se te ocurre algún sitio cercano a su casa... y si no, siempre puedes venir conmigo y tomarte algo. Yo invito –y con las mismas salió del almacén sin preocuparse más por el rubio.
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Toda su ropa estaba, como siempre, perfectamente doblada sobre su cama. El broche final, cortesía de Kimimaro. Su antigua habitación le ponía los pelos de punta. Orochimaru lo sabía y por eso lo preparaba todo de aquella forma. Primero, el estúpido baño que le hacía saber, gracias a su querido tutor, lo mierda que era por dejar que todos esos cerdos le pusieran la mano, y lo que no era la mano, encima. Después, las sesiones de sexo en el que había sido el despacho de su padre, contra la misma mesa en la que de pequeño le golpeara hasta el cansancio. Todo ello adornado por las palabras que insistían en recordarle que estaba solo, que todos lo habían abandonado, que lo odiaban por ser un inútil que lo había echado todo a perder. Como si él mismo no lo supiera ya, como si hubiese un solo segundo en el que no deseara no haber nacido.
Terminó de vestirse, no sin cierta incomodidad por los raspones de su trasero, y salió de su habitación sin reparar en los detalles de su alrededor. Al fin y al cabo, todo seguía exactamente igual a como estaba cuando vivía allí. En el pasillo, la puerta de la habitación de su hermano estaba entornada. Era extraño. Si no recordaba mal, esa habitación había estado cerrada con llave desde que Itachi se había ido años atrás. Preso de una curiosidad morbosa que no sabía que tenía a estas alturas, terminó de abrirla sólo para encontrarse de frente con uno de sus fantasmas. La habitación estaba limpia, sin el polvo propio de lo que lleva años sin usarse. Cada cosa parecía estar en su sitio, sin estarlo realmente. Nadie repararía en eso, pero él había pasado tanto tiempo en esa habitación como en la suya propia y conocía la obsesión de Itachi por el orden. Los libros, por ejemplo, no estaban ordenados por temática y tamaño, como él solía hacerlo, e incluso los cuadros estaban colgados en un lugar que no les correspondía. Intuyendo que aquello no se detendría allí, abrió el armario ropero para corroborar sus sospechas de que alguien había revuelto las cosas sin cuidado y después las había colocado de forma parecida a como estaban en un primer momento. Raro... ¿para qué iban a hacer eso? A nadie le importó qué hiciera el mayor de los hermanos después de la muerte de su padre. Ya tenía los dieciocho de cualquier forma. A Sasuke sí. Él apretó los dientes y lloró cada noche. No entendía que su hermano, aquél que parecía quererlo como su padre nunca lo había hecho, le diera la espalda tan de repente. ¿Acaso era cierto lo que le había dicho Orochimaru? ¿Acaso su hermano tan sólo había fingido apreciarlo? Los hechos habían hablado por sí mismos. Itachi había huido en el mismo momento en que su padre había muerto, libre al fin de toda la responsabilidad de ser un Uchiha. No, no un Uchiha, el Uchiha. Porque para Fugaku, Sasuke no existía sino como moneda de cambio para sus sucios negocios.
Su vista se detuvo entonces en uno de los rodapiés. El armario había sido movido y ahora ocultaba la mitad de la pieza de madera que, a pesar de parecer exactamente igual a las otras, ocultaba tras ella un pequeño hueco que Itachi había usado como almacén de chucherías, dado que Fugaku se las tenía completamente vetadas al más chico. Allí escondían chocolate, sobre todo, y algún que otro chupa-chups de esos que a Sasuke le encantaban porque le ponían la lengua y los labios rojos como si fuese un vampiro que acabara de darse un banquete. Se mordió el labio cuando una pequeña sonrisa nostálgica hizo el intento de aparecer en su boca. Iba a salir de allí, pero de nuevo pudo más su curiosidad. ¿Pero curiosidad por qué? ¿Por golosinas caducadas? No podía mentirse a sí mismo, el ambiente de aquel cuarto le hacía creer que podía dar marcha atrás en el tiempo, que Itachi irrumpiría en la habitación, cansado después del viaje desde el Centro al que lo habían mandado a estudiar, pero feliz de ver a su pequeño hermano con las manos en la masa y la boca llena de churretes de chocolate. Sus dedos se dirigieron por inercia a la esquina derecha del rodapié, desde donde tiró hacia sí para separarlo de la pared. Los años lo habían hecho encajar más de la cuenta, pero su fuerza era más que suficiente como para vencer la resistencia.
Escuchó unos pasos acercándose por el pasillo y dejó de respirar, asimilando a destiempo que aquello no había sido una buena idea. Decidido a colocar de nuevo la tabla en su sitio, centró toda su atención en hacerlo rápido y en silencio. "¿Qué es esto...?" Dentro del agujero había un papel doblado. Lo sacó averiguando al instante que aquello era un sobre y que tenía algo de peso dentro. Sin dejar de vigilar el pasillo, y aún bastante desconcertado, se lo guardó en el bolsillo después de dejarlo todo como estaba y se asomó por la puerta, confirmando que quienquiera que hubiese subido hace un momento, ya no estaba por allí.
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El parque. Ese era el único sitio cercano a la casa de Sasuke que conocía, pero el moreno no estaba allí y la alternativa a dar vueltas sin sentido había sido ir a su casa. Aún a varios metros de la puerta principal, aquella enorme mansión de estilo tradicional le produjo la misma impresión que años atrás, cuando la había visto de cerca por primera vez. ¿Estaría allí su amigo? Sin saber por qué, la simple idea le provocó un extraño sentimiento de ahogo. No tardó en confirmarla cuando lo vio atravesar la puerta de madera con aire urgente. Sus miradas se cruzaron un momento y la cara del moreno se desencajó al observar a Naruto acercarse hacia él. Fue rápido. Sasuke casi corrió salvando los pasos que los separaban y lo agarró del hombro, empujándolo calle arriba con prisa.
–¿Qué coño haces aquí? –seguía sujetándolo y alejándose de allí, procurando interponerse entre Naruto y la fachada de la casa, como si quisiera ocultarlo de algo o de alguien. El rubio no se quejó del trato, absorbido por la tensión que parecía concentrada en el cuerpo del otro, en sus gestos e incluso en su respiración. Apostaría la cabeza a que el corazón de Sasuke latía con violencia...
... y no la perdería. El moreno se había detenido un momento, después de andar un tramo considerable, y lo había empujado contra la pared en una de esas callejuelas que separaban los edificios en caso de terremoto. Allí, con los nervios a flor de piel, Sasuke trataba de recuperar el aliento sin conseguirlo, respirando rápida y superficialmente, sintiendo el sudor frío caer por su nuca y resbalar por su espalda.
–Sasuke... –lo observó con preocupación. Su amigo hiperventilaba víctima de un ataque de ansiedad–. Levanta la cabeza –lo agarró por las mejillas con las manos abiertas y lo obligó a mirarle–. Vamos, tranquilízate... Respira hondo... –notó cómo las piernas del otro flaqueaban con la intención de dejarle caer y lo pegó a la pared sujetándolo por las axilas–. Tienes que calmarte –juntó su frente con la otra perlada de sudor y cerró los ojos, dudando profundamente sobre lo que iba a hacer. "Joder, que ya no tenemos once años…". La respiración agitada de Sasuke chocaba contra su boca. Sólo un poco más, un poco más cerca. Tragó saliva al sentir la humedad de los labios ajenos tan cerca, y podía jurar que su propio corazón había decidido sufrir un ataque e igualar en ansiedad al contrario. Un roce, tan suave que parecía una mentira, y después algo más de presión. Un beso estático, reflejo antagónico del exceso y la fuerza que se liberaban en el interior, en el estómago que se encogía, en el cerebro que, asaltado por infinitas sensaciones, había dejado de funcionar, en la sordera absoluta y los ojos cerrados que habían detenido el tiempo. Lo único que podía hacer. La única forma que se le había ocurrido de tranquilizar a Sasuke... Tan nostálgico...
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Bueno, con más retraso del que quisiera, traigo este capítulo. A lo mejor ni siquiera os acordábais ya del fic, ¿no?
La verdad es que tengo muchas ganas de que haya acción entre estos dos, pero no me gusta precipitarme... Mmmm... ¿alguna sugerencia? ¿Voy demasiado rápido? Es algo que me pasa siempre cuando escribo, dudas dudas y más dudas...
¡Ah! El tema de los besos se explica en el siguiente capítulo (que ya lo he empezado, dicho sea de paso). Muchas gracias por los comentarios (procuro responderlos todos). Siempre me hacen sonreir y me inspiran para seguir escribiendo =^_^=
¡Ne, ne! Y ahora pido disculpas por esta publicidad tan poco sutil: Estamos montando una revista de fanfics yaoi en español y, aunque por ahora sólo está "en construcción" y la página web es una caca (y muchos enlaces no funcionan y falta terminar el foro y blablabla...), podéis echar un vistazo en (lo he puesto así porque esta página no me deja introducir enlaces, pero sólo sustituye los guiones por puntos) www-solohumo-com Esperamos que el primer número, un especial one-shots, salga para dentro de un mesecito de nada que pasa súper rápido... ^_^U A ver qué os parece.
