La enrevesada naturaleza de mi juego
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"soy trozos de lluvia y de sol.
siento que se me acaba el calor.
busco entre tus piernas la fe.
y hundo mi sol mojado en tu piel.
hoy voy a empaparme en alcohol.
sueño que se me acaba la voz.
miedo, y eso qué coños será.
aire, no te podré recordar".
bulerías de la sangre caliente –extremoduro–
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Se sintió más calmado una vez ambos hubieron traspasado la puerta de su habitación. No tanto por sí mismo como por Naruto, que en ese momento le daba la espalda con ambas manos apoyadas en el escritorio del fondo. Le había jodido lo indecible meterlo en todo aquello. Principalmente porque él sabía dónde se estaba metiendo, pero el rubio no tenía ni idea de las terribles consecuencias que podría acarrear un mal paso. Resopló y se acercó a la cama para levantar el colchón, de donde sacó un sobre marrón, no demasiado grande y sin ningún tipo de marca, que dejó delante de su amigo. Conocía a Naruto, lo conocía y sabía que la razón por la que no se enfrentaba a él en ese momento y le pedía explicaciones era ese beso. Valiente estupidez; había sido el momento, nada más. Nada de lo cual sentirse culpable, pero él podía leer en esa actitud el malestar por la reacción de su cuerpo apenas minutos antes.
El rubio levantó un poco la mirada para enfocarla en el sobre y sus manos se separaron de la superficie de la mesa para abrirlo. Aún le temblaba el pulso y sentía la flojera propia de los nervios en los músculos. Sacó cinco o seis fotos en las que aparecía una mujer joven, morena, acompañada de dos hombres en la oscuridad de la calle, junto a un coche. Nada fuera de lo normal. En una de ellas se podía apreciar cómo el más bajo de los dos tipos le entregaba un paquete de tamaño mediano. Miró al moreno buscando una respuesta.
—La mujer es Guren. Los otros dos son Orochimaru, mi tutor —señaló al más mayor, que mantenía una sonrisa complacida— y su asistente, Kabuto —suspiró y se llevó una mano a los ojos, deslizándola después por la frente y despejándosela del flequillo—. Ellos no deberían conocerse. Se supone que no deberían conocerse, joder —sacó un cigarro del bolsillo trasero de los vaqueros y lo encendió con prisas, dándole una calada especialmente larga y lenta—. Esto es la boca del lobo, Naruto. No puedes hacerte una idea de cómo es ese hombre —apretó los dientes mientras una mueca de odio y desprecio invadía su cara—. Si se da cuenta de lo que estoy haciendo, da por hecho que desearé estar muerto y si tú te metes, no acabarás mucho mejor.
El rubio frunció el ceño y se mordió el labio mirando otra vez las fotografías. Así que ese era el hijo de puta que le ponía la mano encima a su amigo. Aquello no era la boca del lobo, era un maldito nido de víboras. Sasuke no tenía en quién confiar y mucho menos ahora, con esta revelación que le daba en las narices con la realidad de que cualquiera estaba en disposición de darle una puñalada por la espalda.
—No pienso irme, así que empieza a contarme en qué coño andas metido.
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Naruto ni siquiera le echaba cuentas ya a haberse excitado con su mejor amigo. Tan sólo escuchaba atentamente la historia de Sasuke, que la contaba de forma tan impersonal que parecía que la cosa no iba con él. Le habló levemente de su padre, de la admiración que sentía por él cuando era pequeño a pesar de su frialdad; del desconcierto y el odio posteriores cuando de la indiferencia pasó a los golpes; de las tardes encerrado a oscuras preguntándose qué había hecho mal y hallando siempre las mismas respuestas en boca del mayor: por su culpa su madre había muerto, no era tan perfecto como su hermano, había destrozado a la feliz familia… Cualquiera de ellas justificaba las contusiones. Trató el tema de pasada, como algo sin importancia que no merece la pena mencionar. Lo mismo hizo cuando llegó a la parte en que su padre fue consciente de las miradas degeneradas que despertaba en los hombres que hacían negocios con él, a la parte en la que comprendió que al gran Fugaku Uchiha no le temblaba el pulso a la hora de dejar a su pequeño error en su despacho, en compañía de adultos depravados ansiosos por cerrar el trato mientras miraba a otra parte.
Llegado ese momento, Naruto vio cómo Sasuke se levantaba del suelo en el que ambos se habían sentado para sacar una botella de whisky del armario y darle un trago largo que le supo a hiel. El moreno trataba de mantenerse tranquilo, pero su voz se había empezado a quebrar al hablar de Itachi. La admiración que había sentido por su padre no le llegaba ni a la suela de los zapatos al sentimiento que había albergado por su hermano. Y el hecho de que también lo abandonara había terminado de quebrar su ánimo reduciendo a polvo el último resquicio de esperanza para salir bien parado de toda la asquerosidad de ese ambiente que le había sido impuesto a la fuerza. Naruto observaba a su amigo, su mirada perdida y carente de expresión, sus labios que se movían sin dejar nunca de lado esa mueca sarcástica del que no siente ni padece porque está acostumbrado a todo eso y a más y se miente a sí mismo y saca fuerzas de flaqueza cuando se mira al espejo con el asco asomando a la garganta. Quiso abrazarlo fuerte y pedirle que callara, pero la curiosidad por desentrañar finalmente la maraña de mentiras que envolvía al moreno consiguió que se quedase sentado en el suelo y que simplemente apretara la mandíbula mientras el otro seguía contando su historia.
Aquello sólo había sido el principio. Después de la muerte del patriarca de la familia y la repentina desaparición de Itachi, que en esa época contaba con dieciocho años recién cumplidos, Sasuke había quedado a cargo de un amigo íntimo de su padre: Orochimaru. Todo un ejemplo del buen funcionamiento de los servicios de atención a la infancia. El hombre había sido la mano derecha de Fugaku en los negocios escondidos bajo la tapadera del buen empresario y su nueva posición como tutor y albacea de la herencia no había hecho más que aumentar su estatus. Contrabando de drogas, trata de blancas, pornografía infantil… La lista de delitos era interminable, casi tanto como la de víctimas. Orochimaru no permitía la sublevación y cualquier error se pagaba con la muerte. El mayor conseguía todo lo que se proponía a base de violencia y extorsión, y Sasuke se había convertido desde el primer contacto años atrás en su capricho más insano.
—Es impotente —la frase, dicha por el moreno como reacción a la expresión de repugnancia de Naruto al oírlo hablar de su tutor, quebró la atmósfera del relato y sus miradas se cruzaron—. El cabrón piensa que puede vencer a la vejez y a la muerte y se atiborra de medicamentos preparados especialmente por su asistente, por eso no se le levanta. Como si fuese posible ganarle la batalla al tiempo…
—¿Entonces…? —la pregunta de Naruto quedó en el aire, incapaz de pronunciar siquiera las palabras que explotaban en su mente.
—Al señor no le hace falta una erección para satisfacerse. Dicen que el órgano sexual más importante es el cerebro, ¿no? Y él lo tiene tan podrido como para alcanzar el orgasmo mental a base de sadismo. Supongo que no hará falta entrar en detalles…
Naruto negó con la cabeza y agachó la mirada. Volvía a sentir la bilis subiendo por su garganta como la noche anterior, en un amago de arcada que no desaparecía por más que tragara saliva.
Y Sasuke siguió bebiendo a tragos largos y contando su historia más reciente, aquella en la que follaba por dinero y en la que se mantenía en pie agarrándose a cualquier cosa que le permitiera cumplir su venganza. Porque Sasuke sólo pensaba en destrucción, en enterrar a su tutor bajo toneladas de estiércol después de echar abajo su gran imperio. En destrozar el apellido hasta que desapareciera como si nunca hubiese existido. Y ni siquiera pensaba salir vivo de todo aquello. Usaba lo único que tenía, su cuerpo, para conseguir aliados, gente metida también en la mierda que le daba información o le facilitaba una vía de escape a los inevitables encuentros con Orochimaru que sólo buscaban taladrar su frágil cordura.
—Voy a matarlo —mirando la botella que mantenía firmemente sujeta entre sus piernas estiradas, sus palabras sonaron a sentencia—. No voy a rendirme hasta que haya acabado con todo… y cuando no quede nada, cuando lo vea solo y humillado como la rata que es, aun así, no pararé hasta desgarrar cada parte de él, cada pequeña parte de él… Lo juro.
"¿Y después?". La pregunta le vino a la cabeza de forma refleja y se instaló en su estómago, pero no dijo nada, más por miedo a la respuesta que por otra cosa. En cambio, sujetó la mano del moreno que agarraba la botella y la apretó consiguiendo que este se relajara un poco. No sabía qué decir. Ni siquiera sabía qué pensar en ese momento.
—No te metas en esto, por favor —el susurro se oyó débil y lleno de aire.
—Te olvidas de Guren, la llave, las fotos… Sigue.
Sasuke echó la cabeza hacia atrás, apoyándola contra la esquina del colchón, y cerró los ojos. Más claro, agua.
—A Guren la encontré hace un par de años, o más bien debería decir que ella me encontró a mí. Orochimaru siempre se ha encargado de pagar todo lo relacionado con mi educación. Sería sospechoso que de repente dejase de asistir a clases; el cabrón no es estúpido, pero para conseguir el resto tenía que ganármelo. Un techo bajo el que dormir, un plato de comida en la mesa... eran cosas que tenían un precio: mi cuerpo, mi sumisión...
Naruto seguía con su mano sobre la del moreno, acariciándola mecánicamente con el pulgar mientras escuchaba sus palabras. Sintió cómo Sasuke soltaba la botella poco a poco y aprovechó el hueco que quedaba entre la piel y el vidrio para afianzar el agarre, notando ahora la respuesta de su amigo en un ligero apretón. Así se enteró de las citas a las que su tutor le obligaba a ir un par de veces al mes para hacer la vista gorda el resto del tiempo con respecto a la ausencia total del chico en la casa; del año entero que pasó en la calle, dejándose ayudar por ejecutivos de chaqueta y corbata que conocía por los alrededores de Shinjuku o Shibuya y que encontraban el placer metiendo las manos bajo la candidez de su uniforme escolar. Ese año se dio cuenta de que a esos tíos no les importaba el dinero que tuvieran que pagar para manosear su cuerpo y escuchar sus gemidos. Fue entonces cuando conoció a la dueña del Kyuubi. Al parecer, la mujer lo había visto algunas veces rondando por la zona y se había fijado en él. En un principio no se había acercado, pero una vez se hubo asegurado de que el chico parecía jugar a un juego parecido al suyo, lo había invitado a un café en un exclusivo local y le había hablado de sus fiestas privadas y de la posibilidad de ganar mucha pasta actuando en ellas. De esa forma conoció a Gaara. Resulta que las fiestas privadas no eran sino reuniones en su casa con el sadomasoquismo como leitmotiv. Guren las organizaba una vez al mes y a ellas asistía religiosamente la flor y nata de la dominación tokiota y, por supuesto, sus esclavos. La velada en sí consistía en el agasajo a sus invitados con pequeños manjares servidos por jóvenes prácticamente desnudos o directamente sobre ellos, bebidas espirituosas, espectáculos sadomasoquistas y, en definitiva, en proporcionales un ambiente exquisito en el que dar rienda suelta a su inclinación y compartirla con otros. Gaara tenía entonces dieciséis años y una adicción al sexo casi tan obsesiva como la suya. La mujer les explicó todo lo que tenían que saber al respecto, cómo debían comportarse y lo que se esperaba de ellos. Así fue como poco a poco se fueron involucrando en ese mundo a pesar de que para ellos no dejaba de ser una mentira. Tan solo eso, una actuación ante todos los ojos que mes a mes se excitaban con su juego.
—A partir de ahí, empecé a quedarme en esta habitación. Después Gaara entró a trabajar al local al cumplir los dieciocho y eso es todo. He encontrado las fotos aquí esta noche; alguien las había metido por debajo de la puerta. Ahora no sé si a Guren la conocí por casualidad o todo estaba planeado de antemano para seguir jodiéndome la vida.
—¿Crees que ella trabaja para tu tutor?
—Demasiado rebuscado, ¿verdad? Pero Orochimaru es capaz de eso y de más; y Guren… creo que también sería capaz de hacerlo. Lo que no entiendo es quién más está al corriente de todo esto, porque parece que quien sea está interesado en echarme una mano. Primero la llave, ahora las fotos… Demasiada coincidencia…
—Piensas que tu hermano tiene algo que ver —afirmó, percatándose al momento de la tensión que había adquirido ese cuerpo y que se había reflejado en la mano que aún sostenía. Aun así, continuó—. ¿Nunca has pensado que Itachi pudo haberse visto obligado de algún modo a huir?
—No pienso justificarlo —se soltó del rubio y volvió a agarrar la botella para darle otro trago, pero la mano del otro sujetando su muñeca se lo impidió.
—Dices que Orochimaru es capaz de hacer cualquier cosa... Entonces, ¿por qué no puedes al menos admitir que pudo haber obligado a tu hermano a desaparecer? ¿Acaso sabes siquiera si sigue vivo?
Los ojos oscuros de Sasuke lo miraron de lado sin ocultar el resentimiento que esas palabras le producían y Naruto vio la duda instalarse en el centro de tanta negrura como un ancla oxidada.
—Si estuviera muerto, lo sabría. Créeme; Orochimaru no habría perdido la oportunidad de mostrarme su cadáver y restregarme mi soledad por la cara. Itachi se largó y punto. Se largó y me dejó atrás.
—Pero…
—¿Crees que podría haber sido peor a lo que he pasado quedándome? Me hubiese ido con él sin dudarlo, a cualquier sitio, pero después de tres años no puedo escapar sin más. No hasta que Orochimaru pague por todo —dejó la botella a un lado en el suelo y encogió las piernas—. No justifiques a mi hermano, por favor.
—Lo siento.
—Hm —Sasuke sonrió y se frotó los ojos con las palmas de las manos—. No me digas que lo sientes, joder, tú no has hecho nada. Supongo que ahora entenderás que quiera mantenerte al margen.
—Y yo supongo que tú entenderás que no lo haga…
Sasuke se encogió de hombros.
—Pues no, no lo comprendo en absoluto.
—Eres mi amigo. Tú y yo, Sasuke —acompañó la afirmación con un ligero golpe en el brazo del otro con el puño cerrado para dar más valor a sus palabras.
—Lo que ocurre es que eres un descerebrado, dobe —el comentario hizo sonreír al rubio y él mismo se vio queriendo igualar el gesto, pero sólo le salió un resuello resignado—. Al final sólo he conseguido involucrarte a ti también y lo que más rabia me da es saber que tarde o temprano te vas a arrepentir de haberme seguido hasta aquí.
—Ni lo pienses, teme —estiró los brazos y la espalda en busca de algo de movimiento que destensara los músculos—. ¿Qué hacemos ahora?
—No lo sé, pero este sitio empieza a ser asfixiante.
—Pues salgamos de aquí.
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—¿De qué te ríes? —preguntó mientras se acercaba al enrejado que separaba la azotea de aquel edificio del paisaje urbano de la ciudad y en la que Naruto estaba apoyado de frente, agarrado al metal. El rubio había dejado el botellín de cerveza vacío en el suelo y miraba hacia delante con los ojos brillantes.
—Me gusta esta ciudad.
—El alcohol no te sienta bien, dobe…
—No estoy borracho —habían salido del local hacía poco menos de una hora y, aprovechando que estaban en Roppongi y que el metro no abría hasta las cinco, se habían dedicado a andar por las calles casi desiertas con un par de cervezas cada uno, cortesía del almacén del Kyuubi, hasta acabar en aquella azotea, a más de doscientos metros de altura—. He pasado tres años viviendo en un pueblo tan pequeño que si te descuidabas, ya estabas en el de al lado —miró al moreno, que le devolvía la mirada curiosa, instándolo a hablar—. Cuando mi abuela se jubiló, ella y el viejo decidieron cambiar Tokio por algo más tranquilo donde no tuvieran que preocuparse por que el trasto de su nieto se metiera en líos al crecer —sonrió—. Tenían algo de dinero ahorrado y les llegó la oportunidad de comprar un ryokan perdido de la mano de dios en un pueblo a las afueras de Kioto, así que sin pensárselo dos veces recogieron los bártulos y me arrastraron con ellos. No dejé de ir al parque porque quisiera, Sasuke.
El moreno se giró hasta mirar en la misma dirección que su amigo, con la ciudad a sus pies; bebió de su cerveza y se la ofreció al otro, que la aceptó con una sonrisa y bebió también antes de volver a hablar.
—Me gustan las ciudades grandes. Al principio, si lo piensas, te sientes pequeño, perdido, insignificante bajo este cielo y rodeado de gigantes de acero y hormigón. Con tanta gente yendo de un sitio a otro, con el camino tan claramente marcado que parece que sólo eres uno más del montón, nadie especial. Pero si lo piensas bien, aquí puedes hacer lo que quieras, ser tú mismo sin que nadie te vigile a cada paso para comentarlo después con los vecinos. Tienes infinitas posibilidades y sólo tienes que elegir. Es una sensación extraña de libertad…
Una racha de viento les golpeó en el cuerpo y mientras Sasuke se encogía dentro de su abrigo, Naruto extendió los brazos y dejó caer su cuerpo contra la protección que le ofrecía la malla metálica, inspirando profundamente y cerrando los ojos, y Sasuke pensó que la libertad no estaba en la ciudad, sino que corría furiosa por las venas del chico que tenía enfrente, y que él daría lo que fuera por probarla. De espaldas a la urbe, se dejó caer resbalando contra la reja y sacó un cigarro.
—Está helando. Si te quedas ahí sentado, te vas a resfriar.
—Pues ven conmigo —se mordió la lengua justo después de que la frase se escapara de su boca. Le dio una calada al cigarro y miró cómo el papel que contenía el tabaco se quemaba de forma inexorable, más rápido que de costumbre a causa del viento. Vio de refilón las zapatillas del rubio moverse desde su lado hasta quedar enfrente, de espaldas a él, y por un segundo creyó que se alejaría por la velada proposición, pero lo que ocurrió fue que Naruto se sentó en el suelo, delante de él, y después retrocedió hasta hacerse un hueco entre las piernas del moreno y apalancarse ahí apoyando la espalda contra su pecho. Después le quitó el cigarro de la mano y lo arrojó lejos para pasar a echarse por encima los brazos de Sasuke como si formaran parte de su propia cazadora.
—Me confundes... —suspiró derramando la niebla que era su aliento. Tras de sí sentía el cuerpo de Sasuke, acolchado bajo varias capas de ropa de abrigo.
—¿Que yo te confundo? —encajó la nariz en su nuca y aspiró, deslizándola hacia arriba entre los cabellos rubios hasta que sus labios rozaron la piel del cuello y pudo notar un escalofrío y el suave vello claro erizarse ante su toque. Su corazón golpeaba fuerte en el pecho, a punto de salírsele por la boca, y comprobó que el de Naruto seguía el mismo ritmo cuando de la nuca pasó casi a la garganta aprovechando que este había echado la cabeza hacia atrás. Lo apremió a girarse agarrándolo por los hombros y Naruto no se negó, sino que se revolvió entre sus brazos hasta quedar de rodillas y de frente.
—No haces esto con un amigo... —parecía decirse a sí mismo mientras sus ojos azules viajaban entre los negros, de ahí a la nariz, a la boca, al cuello, y otra vez a los labios y a los ojos—. No es lógico que quiera besarte... —para cuando hubo terminado la frase, sus labios ya tocaban los otros, ligeramente amoratados y resecos a causa del frío. El latigazo fue inevitable, la ansiedad les subió a ambos desde las plantas de los pies y explotó en sus bocas que se comían con impaciencia. Las manos de Sasuke enredadas en su pelo y las suyas enganchadas al enrejado para no caer.
—Acer… ngh… acércate —demandó, haciendo respingar al rubio que adelantó una de sus piernas propinándole un inesperado rodillazo en sus partes—. Joder.
Naruto se separó mientras Sasuke se llevaba una mano a la zona y fruncía el ceño.
—Perdona… perdona, yo… ¡Auch! —se vio de pronto con el culo en el suelo y Sasuke sobre él, ignorando el golpe y reptando sobre su cuerpo.
—Empatados —había susurrado antes de seguir devorando su lengua y lamiendo sus labios. En esa nueva postura notaba el cuerpo de Naruto agitándose y propiciando un contacto mayor. No se había dado cuenta de que él mismo había empezado a moverse, balanceándose y restregándose con fuerza.
—Hmm… —los labios de Sasuke bajaban por su barbilla y recorrían su mandíbula con esmero. La situación le resultaba excitante y extraña, extraña de un modo que no supo identificar. Supuso que era por el roce de su miembro con otro igualmente erecto—. ¡Aah! —un nuevo azote de electricidad pulsó su pene y le hizo encoger una pierna para volver a sentirlo. Más fuerte. Entonces lo comprendió: estaba tumbado boca arriba con las piernas abiertas y era el otro quien se movía entre ellas, una posición anormalmente impropia para él que originaba que la fricción no se limitara a su miembro apretujado en los vaqueros, sino también a sus testículos y algo más abajo.
—¿Qué pasa? —cuestionó el moreno ante la repentina quietud del contrario. Su respiración alterada chocaba contra la boca entreabierta de Naruto, temiendo en lo más profundo que se hubiera arrepentido. El índigo de esos ojos turbados se colaba en su cerebro e incineraba cualquier pensamiento racional —Naruto.
—Nada —con una mano, despejó el pelo oscuro que cubría esa mirada golfa mientras la otra había encontrado su posición perfecta sobre la nalga izquierda. Levantó la cabeza hasta llegar a los labios maestros y tiró de ellos hacia abajo con los dientes, atrayendo sobre sí otra vez los besos mojados que desataban su imprudencia.
Lo sentía cerca, agolpándose en su estómago, tensando sus músculos. La resistente tela de los dos pantalones frotándose, inventado un sonido similar al de una lija que parecía querer prender la zona como si fuese yesca.
—¡Aah! —el gemido de Sasuke se rompió en su boca y Naruto lo saboreó sorbiendo de sus labios para calcarlo segundos después.
—¡Ngh! ¡Ah! —"Mierda...", pensaba mientras los últimos roces dejaban de serlo para convertirse en embates, réplicas de una falsa penetración. El aire se volvió denso, los músculos se chamuscaron y su mente simplemente reventó saturada en medio de la nada. El peso muerto del cuerpo de su amigo cayó sobre él, respirando aún contra su boca y con un leve temblor asomando a su mirada.
En silencio, y en contra de su gusto, Sasuke se incorporó hasta quedar de pie delante de un Naruto que después de sentarse, se quedo mirando fijamente la cremallera de sus vaqueros alrededor de la cual terminaría por formarse dentro de nada la mancha que señalaba lo que acababa de sentir. Otra vez la maldita culpabilidad insinuándose al borde de las pestañas, bajando con su peso los párpados y desviando la mirada. El moreno se inclinó lo suficiente como para que Naruto viese la mano que le ofrecía, pero sólo recibió como respuesta una negativa suave con la cabeza.
—Naruto...
Otro movimiento de cabeza a modo de rechazo y Sasuke terminó apretando los dientes y girándose para alejarse de allí siguiendo el camino más simple, aunque en vez de baldosas amarillas, estuviera recubierto de líneas blancas.
Las escenas erótico-festivas no son lo mío ¬_¬U
Sé que tengo algunas rr del anterior por contestar aún, pero estoy en el curro y esta subida de capítulo es un visto y no visto. Chao, voy a seguir haciendo como que trabajo...
PD-publi: SoloHumo **revista de fanfics yaoi en español** www(punto)solohumo(punto)com
(¡joder con la página y los enlaces!)
