11. El vértigo de resbalar por la pendiente

.

.

mírame a los ojos; sé qué estás pensando.
de tu cabeza quiero beber caldo.
para matar mis dudas y subir hasta tu luna.
tírate en suelo; vete colocando.
de tu entrepierna quiero beber caldo
y como ratas de basura: Desorden y Soledad
se fueron viéndote llegar.

buitre no come alpiste –extremoduro–

.

.

Iba muy rápido. ¡Joder, iba demasiado rápido! Los chicos no se agarran a la cintura del que va delante. Como mucho, a los laterales del asiento, pero él ya llevaba un rato con los dedos engarfiados en el cuero y cada vez que Sasuke aceleraba le daba la impresión de que ante el más mínimo bache, terminaría dando con sus huesos en el asfalto. Una frenada hizo que su cuerpo se fuera hacia delante y que su cabeza chocara de frente contra el casco del otro. Sasuke paró la moto a un lado de la calle y Naruto no pudo evitar suspirar aliviado. Esperó a que se girara y le dijera algo, pero los segundos pasaban y Sasuke parecía más concentrado en el manillar que él.

—¿Qué pasa? —seguía lloviendo y el agua empezaba a calar la ropa, y el aire frío y el hecho de haber salido del instituto sin coger su abrigo tampoco ayudaban a la tiritera que comenzaba a acusar su cuerpo. Levantó la mano para apoyarla en el hombro de Sasuke y, al hacerlo, comprobó que estaba en su misma situación—. Sería mejor ir a algún sitio cubierto.

—Lo que sería mejor para ambos es que bajaras de la moto.

Naruto frunció el ceño al percibir claramente la mirada de reojo y el tonillo condescendiente que Sasuke empleaba cuando quería hacer daño deliberadamente. Por suerte, él había aprendido a identificarlo y sabía que no era más que otra de sus tretas para alejar a la gente.

—No.

Tras soltar un gruñido que sonaba a frustración, Sasuke se quitó el casco y lo enganchó un momento en el manillar, sintiendo las gotas de lluvia ahora también en su cara. Agachó la cabeza y se pasó las manos por los ojos mientras notaba cómo la impotencia se concentraba en la boca del estómago como una bola de plomo, negra y pesada, que pugnaba por estallar como una bomba y reducir su cuerpo a un sinfín de trozos de carne desperdigados.

—Oye…

—Dame un minuto, ¿quieres? —«abre los ojos, enderézate, agarra el acelerador y finge que va todo bien. Finge que no estás cansado de esta mierda. Solo un poco más, un poco más y casi podrás llegar a creértelo tú mismo». Sintió la necesidad de gritarle a sus propios pensamientos que le dejaran en paz y se mordió el interior de las mejillas para no soltar un quejido. Estaba por decir algo, cualquier palabra malsonante que lo relajara, cuando notó el movimiento de la moto y observó cómo Naruto se bajaba de ella y se colocaba a su lado agarrando el acelerador.

—Muévete hacia atrás —acompañó la orden con un gesto de cabeza y, cuando Sasuke frunció el ceño, volvió a hablar—. Estoy empapado, tengo hambre y conduces como un kamikaze, así que ahora vamos a ir a mi casa a ponernos ropa seca y a tomar algo caliente. Y si no te parece bien —ladeó la cabeza y levantó las cejas en un gesto que pretendía parecer autoritario—, te jodes.

Sasuke no cambió su expresión, pero se echó hacia atrás ocupando el sitio que hasta hacía poco había ocupado el otro y Naruto se dio por satisfecho simplemente con esa reacción. Se montó delante y le pasó el casco a Sasuke, que solo lo agarró sin intención alguna de ponérselo de nuevo. Arrancó y aceleró con seguridad. El viento frío se notaba más yendo delante y le cerraba los ojos, así que no tuvo más remedio que frenar e ir más despacio, a pesar de las ganas que tenía de llegar a su casa y dejar de sentir a Sasuke tiritando contra su espalda. Había salido corriendo tras él sin pensarlo, sin tener en cuenta que tal vez estaba siendo una molestia, y ahora, sin más, lo estaba arrastrando hacia su casa. No había pensado hasta ese momento en la posibilidad de que Sasuke tuviera la intención de ir a algún sitio en concreto, pero había pasado demasiado tiempo dándole vueltas a todo lo que tenía que ver con su amigo y una de las conclusiones a las que había llegado era al hecho de que Sasuke realmente no tenía adónde ir, en el sentido más amplio de la expresión. Bueno, sí, podía quedarse en casa de cualquiera de los tipos con los que se acostaba, incluyendo a Kakashi-sensei, en un hotel o incluso en el Kyuubi, pero algo dentro de él le aseguraba que ninguno de esos lugares era realmente su sitio. Y todo el mundo necesita algún sitio al que volver de verdad a refugiarse en caso necesario, aunque sea un cuchitril sin luz ni agua y a punto de derrumbarse. «Con Gaara», pensó de pronto.

—Mierda.

Paró la moto con brusquedad justo delante de las escaleras que subían por la fachada del pequeño edificio hasta la primera planta, la que él había elegido como vivienda solo porque su estado era algo mejor que la que ocupaba la planta baja. Se bajó sin decir nada llevándose consigo las llaves de la moto, por si acaso, todavía con el eco de su último pensamiento retumbando en su cabeza, y subió los escalones con prisas a pesar del crujido de las tablas y el sonido chirriante del metal. Con la llave dentro de la cerradura, volvió a escuchar el ruido de las escaleras, esta vez pausado, y suspiró aliviado sin saber muy bien por qué. Abrió la puerta, pasó y la dejó abierta a sus espaldas, centrándose en encontrar un par de toallas limpias y algo de ropa. Cuando se giró para darle una de las toallas a Sasuke, este ya se había quitado la bufanda y el jersey y comenzaba a hacer lo mismo con la camisa, temblando como una hoja.

—Toma —dejó una de las toallas, una sudadera y unos vaqueros en una mesita junto a él y se dispuso a imitarlo sintiéndose incómodo de repente. No con Sasuke, sino consigo mismo y el recuerdo de aquella maldita paja en los vestuarios el día anterior.

—Gracias.

Iba a responder con un «de nada», tal vez imbuido de la educación que destilaba Sasuke en algunas formas de su conducta, pero las palabras no salieron. No había podido evitar fijarse en las marcas que tenía alrededor del cuello y el horrible moretón de su costado, de un feo color morado oscuro que se extendía por las costillas hasta la cintura. Se mordió la lengua y se giró para no verlo, fingiendo no haberse dado cuenta. Supuso que así sería más sencillo. Mientras se cambiaba de ropa, tomándose todo el tiempo del mundo, trataba de calmarse. «No es asunto tuyo», se decía. «Si lo acorralas, solo conseguirás que se cierre y vuelva a pasar de ti». Y al mismo tiempo una voz más profunda, una que le salía de las tripas y no del cerebro, le gritaba que agarrara al gilipollas y lo atara fuerte porque parecía tener todas las papeletas para que aquello se desvaneciera de nuevo como lo había hecho la otra vez. Volvió a mirar de soslayo al oír un ruido. Sasuke estaba terminando de colocar sobre la mesa lo que había sacado de los bolsillos —el móvil, un mechero…— y comenzaba a quitarse también el pantalón del uniforme. Y seguía temblando. Y Naruto entornó los ojos sin ser consciente de su propia expresión, perdida entre la piel de gallina y la tela elástica de los bóxers ajustados, que Sasuke tocaba por encima para comprobar si estaban secos o mojados. Un cosquilleo muy poco oportuno le obligó a dejar de mirar. Joder, se estaba empalmando, así que se apresuró a ponerse la ropa que le faltaba apresando su incipiente erección tras la tela firme de los vaqueros.

—Oye, dobe.

Naruto se volvió hacia su amigo dando un respingo, aún con la turbación en el azul de sus ojos, y vio que al menos ya se había vestido y que se acercaba hacia él. Fue un movimiento inconsciente, pero no pudo evitar dar un paso hacia atrás como respuesta a ese acercamiento. Sasuke se detuvo, confuso ante esa reacción, y levantó la mano que llevaba la toalla, haciendo un gesto que daba a entender que solo quería devolvérsela.

—Ah, claro —la agarró intentando actuar casualmente—. ¿Qué tal te queda mi ropa? Es raro verte con algo de ese color.

—Bien, gracias de nuevo.

—No seas tan formal, teme, no es nada —sonrió sin lograr ser del todo natural, usando el insulto que siempre empleaba con él para tratar de tranquilizarse y normalizar la situación—. Joder, qué frío hace. ¿Te apetece algo caliente? Tengo ramen instantáneo y… bueno, ya sé que no te gusta demasiado el ramen, pero algo es algo.

Pasando por alto la mirada de Sasuke, que en todo momento había sido consciente de su reacción, comenzó a sacar los botes de ramen y a preparar la hornilla para calentar el agua.

—Voy a salir un momento a comprar tabaco.

—Vale. ¿Quieres un paraguas? —preguntó sin atreverse a mirarlo mientras vertía agua en el cazo que solía usar para todos esos menesteres.

—No, he visto que hay una máquina aquí al lado.

Naruto asintió con la cabeza y siguió a lo suyo, y solo cuando Sasuke cerró la puerta después de salir, pudo mirar hacia ella y soltar un suspiro. ¿Por qué de repente parecía tan complicado estar con él? Puso a calentar el agua y se dejó caer en el futón cerrando los ojos. Tenía que explicárselo, contarle por qué había reaccionado así la otra noche y por qué se había alejado hacía apenas unos minutos. Eso sería lo más sensato y probablemente solucionaría la desagradable tensión que había entre ellos ahora, pero también implicaría reconocer una atracción que quería ocultar a toda costa. Sasuke se liaba con cualquiera. Sasuke no rechazaba un buen polvo, ni siquiera un polvo mediocre si había dinero de por medio. «Sasuke está vacío», divagó. «Sasuke se llena con las manos de la gente, con su esperma, con su falso calor… ». Le asustaron sus propios pensamientos sin control y, por un momento, pensó en lo que pasaría si él mismo perdía el control de verdad, si le hacía caso a las reacciones de su cuerpo y se acercaba a Sasuke de esa manera. Giró la cabeza y la mirada se le fue hacia fuera por la ventana que tenía detrás. En ese momento, lo que vio le hizo volverse del todo y fruncir el ceño. Había un coche parado al principio de la calle y Sasuke, de pie, se fumaba un cigarro con una mano apoyada en la ventanilla del conductor mientras este parecía hablarle sobre algo.

—Sasuke —lo había llamado en voz alta pese a saber que no lo escuchaba. Lo siguiente fue el andar insolente del otro hacia la puerta del copiloto y su entrada en el coche—. ¡Sasuke!

Se levantó de un salto y salió a la calle bajando los escalones de dos en dos, pero cuando alcanzó a llegar abajo, el coche ya se había ido.

.

.

—Guren te ha estado buscando —Gaara se apoyó con los antebrazos sobre la barra y enarcó una ceja después de observar a Sasuke, que llevaba una sudadera roja y unos vaqueros anchos—. ¿A quién coño le has quitado la ropa?

Sasuke ignoró la pregunta e imitó a Gaara, descansando también sobre la barra y metiendo la cabeza entre los brazos.

—¿Qué quería Guren?

—Ni idea, pero lleva toda la tarde llamándote al móvil. Creo que todavía sigue en su despacho.

—Mierda —levantó la cabeza y se metió la mano en el bolsillo para sacar el aparato. Lo miró un momento y resopló, dejándose caer de nuevo sobre la superficie de la barra del Kyuubi—. Joder.

—¿Móvil nuevo?

Negó con la cabeza sin levantarla y su voz sonó amortiguada por sus brazos.

—Este es otro, ya te contaré. He olvidado el mío en el instituto. Mierda…

—Oye, ¿qué te has tomado? Estás hecho polvo —no recibió respuesta alguna. A cualquier otro le habría dicho que se fuera a dormir, pero sabía que con Sasuke eso empeoraría las cosas. No descansaría; se despertaría de repente sudando y con las lágrimas saltadas, recordando una y otra vez cosas que no le permitían seguir libremente adelante—. Sabes que ser amable va en contra de mi filosofía, pero por hoy puedo hacer una excepción y prepararte un café. Y puedes estar orgulloso de conseguir que haga eso por ti, porque la máquina ya está apagada y limpia.

—No quiero un café. Dame…

—Lo que sea, yo invito.

La voz, que no conocía, sonó a sus espaldas. Sasuke echó un vistazo de reojo y terminó por girarse para mirar de frente a ese chico. Era un chico guapo, quizá de veintipocos, con el pelo largo y rubio, y la expresión del que no suele recibir un no por respuesta. Le gustaron sus ojos azules, tal vez demasiado fríos, y la posibilidad de verlos encendidos mientras se lo follaba contra la pared de los aseos.

—¿Qué vas a tomar entonces?

—Lo siento —dijo finalmente tras una breve pausa—, pero ahora no tengo tiempo. Tal vez en otro momento.

Si Guren lo estaba buscando, lo lógico debería ser ir a su despacho inmediatamente a hablar con ella. Cualquier otro comportamiento podría alertarla a ella y, por ende, a Orochimaru. Se despidió de Gaara con un gesto y se dirigió escaleras abajo sin mirar al chico.

—Espera —cerca de la puerta que daba acceso a las habitaciones, el rubio lo detuvo colocándose delante—. Seguro que tienes un momento para hablar conmigo.

—Ya te he dicho…

—Joder, eres igual de borde que tu hermano.

Sasuke se detuvo. Su corazón y su mente también lo hicieron. Agarró al chico por el hombro y apretó la mano cuando sitió que se le doblaban las rodillas.

—¿Quién coño eres tú?

—Me llamo Deidara —respondió suavemente mientras hacía que Sasuke diera algunos pasos hacia atrás hasta la pared más cercana. Había notado el estremecimiento y sabía que lo que venía ahora probablemente haría que se derrumbara del todo.

—¿Qué haces? Suéltame, gilipollas.

—Shhh… —Deidara pegó su cuerpo contra el suyo, fingiendo ser uno más de los que se acercaban a él para ligar, y aproximó su cabeza para susurrarle al oído—. Siento esto, pero vas a tener que escucharme, Sasuke, porque el que yo esté aquí hablando contigo es un riesgo demasiado grande como para que armes un escándalo y compliques las cosas.

—¿Qué…?

—Orochimaru sabe que has recibido esas fotos que te hicimos llegar, sabe que ahora dudas de Guren y eso es más que un simple inconveniente —se calló un momento, Sasuke no dijo nada y él continuó—. No tenemos ni idea de cómo lo ha descubierto, pero conoce tus planes. Todo. Que has estado viendo a un jefe de la yakuza en Kabukichō y que le has pasado información de algunos de sus movimientos para sabotear varias de sus operaciones. Por suerte, cree que las fotos también son cosa tuya. Suponemos que piensa que has pagado a un detective o algo así. Ahora quiere saber hasta qué punto intentas joderlo, cuánto te has alejado de él. Cree que te ha dado demasiada libertad y tiene la intención de volver a tenerte en el lugar que, según él, te corresponde: totalmente bajo su control.

Deidara sintió cómo el cuerpo de Sasuke se estremecía a intervalos y suspiró. Itachi se lo había advertido. «Mi hermano puede parecer muy fuerte», le había dicho. «Sabes lo que va a pasar cuando le hables de mí. No dejes que se rinda, Deidara, asegúrate de que podrá aguantar un poco más».

—Lo lamento. Sé que este no es el mejor momento ni el mejor lugar para contarte esto, pero Itachi…

—Ngh —Sasuke se encorvó hacia delante, lo poco que el cuerpo del otro chico se lo permitía, y se llevó una mano al estómago para soportar el dolor. El estómago le quemaba. Sentía la garganta seca y el pecho tan rígido que apenas había espacio para llenar sus pulmones.

—Mírame, Sasuke —lo obligó a hacerlo sujetándole la cara por la mandíbula. Eran muchas las cosas que tenía que contarle y muy poco el tiempo. Era imprescindible que Sasuke escuchara y comprendiera—. Mírame y respira hondo… Despacio… Tu hermano no se ha ido ni se ha olvidado de ti —Sasuke soltó un quejido, pero él continuó. No había tiempo para el consuelo ahora—. Oye, te juro que lo verás y podrás hablar con él y decirle todo lo que quieras, incluso darle una paliza, pero ahora tienes que prestar atención.

Sasuke asintió, con los dientes apretados, a punto de caerse al suelo.

—Guren ha instalado cámaras en tu habitación por orden de Orochimaru, así que tendrás que ser cuidadoso a partir de ahora —la mirada de Sasuke le llevó a aclarar algo más—. Tranquilo, las ha puesto esta misma mañana. Sin embargo, hay otro problema: Gaara… y ahora también Naruto...

—¿Qué…? —jadeó—. Ellos no tienen…

—Nada que ver, lo sé. ¿Pero crees que a Orochimaru le importa? ¿Crees que a estas alturas no te habríamos sacado ya de todo esto si no fuera porque tus amigos serían quienes pagarían las consecuencias?

—No… —la música de fondo, tan alta como para acallar las conciencias de los clientes, se le metía en los oídos junto con las palabras de ese tal Deidara. ¿Gaara? ¿Naruto? ¿De qué demonios le estaba hablando? ¿Qué cojones tenían que ver ellos en todo esto? Entrecerró los ojos esforzándose por entender las cosas y asumirlas, por su propio bien.

—Necesitamos tu ayuda, Sasuke. Llevamos mucho tiempo detrás de Orochimaru. Tu hermano no ha dejado de buscar la manera de acabar con toda esta mierda

—No… —«Ni hablar, de ninguna manera. No. ¡Cállate, cabrón!».

—Oye… —Deidara sintió la vibración de su móvil en el bolsillo y torció el gesto—. Joder, tengo que irme. Sasuke, escúchame. Ahora tienes que ir a hablar con Guren. Tienes que respirar hondo y tranquilizarte, ¿de acuerdo? Habla con ella, haz que crea que todo va bien. Sea lo que sea lo que te diga, tienes que convencerla de que estás de su lado y de que confías plenamente en lo que te dice —lo agarró por los hombros y dio un paso atrás para observar su estado—. Sasuke, por favor —le colocó una mano abierta sobre el pecho y sitió el latido acelerado—. Respira hondo… Vamos… Recupera el control y, cuando termines de hablar con Guren, sal de aquí y desahógate, grita, pero no te vengas abajo en este lugar.

Deidara miraba al chico de apenas dieciséis años tratando de recuperarse, tragándose las lágrimas y apretando los puños, obligándose a sí mismo a olvidar por un momento la bomba que acababa de soltarle. En cierto modo, se parecía bastante a Itachi: la misma sangre fría, el mismo temple. Pero en los ojos de Itachi predominaba la tristeza… y en estos, igual de negros, solo veía resentimiento. Poco a poco, el cuerpo de Sasuke fue adquiriendo fuerza. Deidara sabía que esa calma solo era aparente, pero tendría que servir por ahora.

—¿Estás bien? —la mirada de Sasuke fue tan significativa que Deidara le respondió con una breve sonrisa—. Entiendo. ¿Podrás hacerlo?

Sasuke tragó saliva y asintió, incapaz aún de emitir palabra alguna.

—De acuerdo —el mayor lo soltó y comprobó que se mantenía en pie a pesar del caos que debía ser su mente en ese momento. Antes de irse, se acordó de algo importante—. Oye, no estás solo. Aunque no lo parezca, hay mucha gente preocupada por ti, empezando por tu hermano. Todo tiene una explicación y, si todo sale bien, él mismo tendrá la oportunidad de contártela con tranquilidad. Pronto. Y… bueno, el ático es un sitio seguro. Considéralo como si fuera tu casa por el momento.

.

.

Solo tenía que reprimir todos esos pensamientos, todos los sentimientos. Convertirse en un cascarón, ponerse la máscara y seguir adelante. Ya lo había hecho antes. Sin embargo, ese muro de contención cada vez estaba más resquebrajado, hacía aguas por todos lados y cada parche le costaba un esfuerzo sobrehumano. Subió las escaleras como un autómata y atravesó el pasillo hasta llegar a la puerta del despacho de Guren, centrado en cada parte de su cuerpo, en lo físico, en lo que sí podía controlar. Levantó la mano y, con el pulso tan firme como el de un cirujano, golpeó la puerta y respondió al «adelante» de Guren entrando en la habitación.

—Gaara me ha dicho que me buscabas.

Guren asintió, levantándose de la silla de detrás del escritorio, y bordeó el mueble hasta llegar al sofá.

—Te he llamado varias veces al móvil.

—Me lo dejé esta mañana en el instituto —se encogió de hombros con indiferencia y se acercó también al sofá, en el que se dejó caer resoplando—. Lo siento, me fui a mitad de las clases porque cada vez soporto menos a todos esos inútiles.

La mujer se sentó a su lado y sonrió. Llevó la mano al hombro del chico y lo masajeó suavemente.

—Estás tenso —dijo en voz baja.

—¿Vas a darme un masaje? —inquirió. El juego, la sexualidad, la base de esa relación, tenían que estar presentes si quería actuar de forma normal.

—Es posible —Guren volvió a sonreír y dejó de tocarlo. Se levantó y se dirigió a una mesita auxiliar donde algún empleado había dejado una cubitera con hielo, una botella de whisky y un par de vasos anchos. Preparó ambas bebidas sin preguntar y le dio uno de los vasos a Sasuke—. Quería hablar contigo porque tengo que contarte algo que no te va a gustar.

Casi se ríe, casi suelta una carcajada y un sarcástico «pues este debe ser mi día de suerte».

—¿Qué ocurre? —respondió al fin.

—Hace unos días me encontré con tu tutor. Bueno, a decir verdad me buscó para hablar.

La cara de sorpresa de Sasuke no era fingida. No dijo nada a la espera de que ella continuara.

—¿Sabías que está al corriente de mis fiestas y de lo que haces en ellas? —Sasuke negó con la cabeza—. Supongo que no todos los invitados son tan discretos como se espera de ellos.

—¿Y qué quiere?

—Asistir a la siguiente —Guren lo soltó a bocajarro, observando cuidadosamente la reacción del chico, que se tensó aún más y frunció el ceño, tal como ella esperaba.

—Eso no es posible. ¿Qué le dijiste?

—Me ofreció una cantidad indecente de dinero y juró guardar el secreto. Al parecer está muy interesado en verte actuar allí.

Eso respondía a su pregunta. Sasuke se bebió el contenido del vaso de un solo trago e, inmediatamente, Guren se lo retiró para devolvérselo otra vez lleno.

—No… —se veía claramente perturbado. «Así que esta es la excusa para las malditas fotos, joder».

Guren volvió a sentarse, esta vez a horcajadas sobre las piernas de Sasuke, y le acarició el pelo y la mejilla, segura de que aquella reacción se debía a lo que acababa de contarle y completamente ignorante de todo lo que daba vueltas realmente en la cabeza del chico.

—Lo siento —lo besó en la comisura de los labios y continuó hablando, intercalando las palabras con besos que bajaban por el cuello—. Sabes que es un hombre muy importante. No puedo decirle que no.

—Guren…

—Lo siento —regresó a los labios y los besó con lentitud—, estoy entre la espada y la pared.

—Entiendo… —la separó con discreción y le dio otro sorbo al whisky—. Perdona, pero necesito pensar en ello. Tal vez haya algo que pueda hacer.

—Sasuke… —había estado esperando esa reacción, así que fingió captar la indirecta y actuar de forma comprensiva. Se levantó y él hizo lo mismo—. Si puedo ayudar…

—No te preocupes —dejó el vaso sobre la mesa de centro y se dirigió hacia la puerta—. Gracias por avisarme —simuló una perfecta sonrisa de agradecimiento y salió de allí dejando a la mujer con el convencimiento de que todo marchaba sobre ruedas.

.

.

Un paso más.

Un paso hacia su habitación, con calma, midiendo lo que venía a continuación. Introdujo la llave en la cerradura y se permitió a sí mismo sonreír un segundo con ironía. Una llave que escondía una falsa promesa de privacidad. Una vez dentro, encendió la luz y resopló. Podía hacerlo. Después de todo, ¡claro que podía hacerlo! Se aproximó al colchón y sacó, como la última vez, el sobre que contenía aquellas fotos, consciente en todo momento de que sus movimientos estaban siendo vigilados. No lo dudó. Lo abrió, las miró un momento, las volvió a dejar en el sobre y lo rompió varias veces hasta que los trozos quedaron del tamaño perfecto para que entraran en el bolsillo trasero de los vaqueros. Se los guardó y dio los primeros pasos para salir de allí. ¿Y ahora qué? No quería pensar en eso. No cuando había conseguido llegar hasta allí de una sola pieza. Y, sin embargo, se había detenido en medio de la habitación como si sus pies estuviesen clavados al suelo. Tomó aire por la nariz, pero este parecía haberse hecho más espeso de golpe y no entraba con la acostumbrada facilidad. Fue consciente de que tenía la boca reseca cuando la abrió para coger más aire y notó que los labios se le habían quedado pegados por culpa de la mezcla de esa especie de saliva seca que atacaba su boca durante las mañanas de resaca y los restos de whisky que había bebido en compañía de aquella mujer disfrazada de ángel de la guarda sadomasoquista.

«Sal de aquí», se dijo a sí mismo. Frunció el ceño. «¿De aquí? ¿De esta habitación?». Y la respuesta inevitable aparecía: «De tus propios pensamientos».

Miró de reojo hacia la mesilla de noche, se giró y se sentó en el borde de la cama para abrir el cajón. Condones, lubricante, cigarrillos, pañuelos de papel… En una de las esquinas había una pastilla de color morado con una especie de corazón grabado. Estaba algo pegajosa y tenía pelusas y motitas de suciedad adheridas. La cogió y la frotó contra su muslo, deslizándola arriba y abajo varias veces entre la tela del pantalón y la palma de su mano. Se la metió en la boca sin darle más vueltas e hizo el intento de tragarla un par de veces sin conseguir que pasara de su garganta. Se dirigió al cuarto de baño y se inclinó sobre el lavabo para beber directamente del grifo, evitando en todo momento mirarse al espejo.

Ahora sí. Ahora estaba listo para largarse de allí por unas horas. En todos los sentidos.

.

.

Naruto estaba cabreado. Dispuesto a pasar por delante del portero y de cualquiera que quisiera impedir su entrada en ese momento. Por fortuna, parecía que su acceso al Kyuubi había dejado de estar vetado, cortesía de Sasuke, obviamente. Aprovechó su nueva posición y probó a ver si tenía la misma suerte ante el tipo que vigilaba las escaleras que daban a la zona vip. La verdad era que Sasuke había hecho un buen trabajo con eso. Nada más subir, vio a Gaara sirviendo copas detrás de la barra y se acercó a él dándose cuenta de que Sasuke tampoco estaba por allí.

—¿Qué haces aquí?

La pregunta de Gaara, demasiado brusca, le llamó la atención teniendo en cuenta que hasta entonces el pelirrojo había alternado amabilidad y descaro a partes iguales. Y Naruto estaba seguro de que, entre otras cosas, a Gaara le gustaba la idea de montárselo con él. «¿A qué viene eso?».

—Estoy buscando a Sasuke —respondió sin embargo.

—Pues lo siento, pero no está.

Naruto apretó los labios y volvió a echar un vistazo a su alrededor. Sorprendido ante la situación y suponiendo que no iba a sacar nada más de Gaara, se despidió de él parcamente y se encaminó otra vez hacia las escaleras decidido a tentar de nuevo a su suerte en la habitación de Sasuke. No hizo falta. Al descender el último peldaño se lo encontró de frente, a unos dos metros de distancia. Esquivó a un par de personas sin más problema y llegó a su objetivo con el reproche por el plantón de esa mañana saltando en la punta de su lengua. Sasuke tardó un momento en levantar la vista y fijarla en los ojos azules, y Naruto se tragó sus palabras. La mirada de Sasuke gritaba. Aquella oscuridad, negra y brillante, rugía queriendo romperlo todo. No obstante, fue su comportamiento lo que más lo desconcertó: había sacado un cigarro de la cajetilla que guardaba en el bolsillo y se lo había llevado a los labios lentamente, como si cada movimiento estuviese calculado. Lo había encendido y, tras una calada durante la cual lo observó entrecerrar los ojos como si acabara de alcanzar un orgasmo, se dio la vuelta y se encaminó directamente y sin mediar palabra hacia el lateral de una de las barras. Dejando a un lado la extrañeza, el enfado y cualquier cosa que pensara decirle hasta ese momento, Naruto lo siguió, caminando un paso por detrás, mudo de repente. Ignorando la mirada de dos camareros, Sasuke entró al almacén, agarró una botella de whisky y salió a la calle por la puerta trasera.

—Deja de seguirme —después de tirar las fotos hechas pedazos en el primer contenedor de basura que encontró, abrió la botella, le pegó un trago y luego otro. Si mezclando sustancias se le derretían los sesos, mejor. Se atragantó, tosió, se limpió los labios con la manga de la sudadera e hizo el amago de volver a llevarse el vidrio a los labios, pero la mano de Naruto se interpuso en su intención desde atrás, agarrando la botella por el cuello.

—Deja tú de comportarte como un capullo.

Sasuke cerró los ojos un momento, el pulso le tembló y la adrenalina tensó sus músculos agarrotándolos como si acabase de salir de una bañera llena de cubitos de hielo. Sintiendo el escalofrío y la rigidez, Naruto lo sujetó por el hombro, tirando para mirarlo de frente y haciendo que el cigarro que aún aguantaba en la otra mano cayera al suelo. Sus ojos seguían gritando, brillantes y negros como la noche, como un ancla que busca dónde agarrarse. No era la primera vez que lo miraba así, ¿verdad? Eran los mismos ojos que recordaba justo antes de cada uno de los besos inocentes. La negrura que buscaba agarrarse a él cuando Naruto era demasiado niño como para darse cuenta algo.

—¿Qué ha pasado? —musitó.

Como respuesta, solo una ligera negación con la cabeza.

—Suelta la botella, Naruto —tal vez sus ojos gritaran pidiendo auxilio, pero Sasuke se encargaba muy bien de que nadie lograra alcanzarlos.

—No.

—¿Sabes qué? Haces que quiera darte una paliza por gilipollas —pegó un tirón y consiguió que Naruto la soltara a la fuerza. Se giró y echó a andar hacia el principio del callejón sintiendo la cabeza a punto de estallarle. Esa noche quería freírse el cerebro, colocarse y descansar. Desahogarse follándose a alguien, dejándose follar. Cualquier cosa, pero en ese momento no estaba preparado para asimilar lo que había pasado.

—Sasuke…

—Déjame —la voz de Naruto había sonado justo a sus espaldas y no necesitaba oír lo que quisiera que tuviera que decirle.

—Oye…

—¡Que me dejes tranquilo! —gritó con su autocontrol hecho añicos. No lo entendía, no podía entender que siguiese ahí después de todo. Se giró para encararlo y no pudo evitar desfogar su rabia con un puñetazo en el estómago de su amigo—. ¡¿Eres gilipollas o qué? Pareces un puto suicida siguiéndome como un perrito faldero.

—¡Ngh! —encorvado, con el ceño fruncido y los dientes apretados, miró a Sasuke preparado para devolverle el golpe. Lo enganchó de la sudadera y lo estampó contra la pared, sujetándolo con el antebrazo sobre el pecho, pero la expresión que le devolvieron los ojos negros le quitó de lleno las ganas de golpearlo.

Sasuke temblaba de nuevo. Tal vez de impotencia, seguramente de frío. Y sus ojos brillaban anegados en rabia; la frustración resbalando suavemente por sus mejillas. Naruto apretó un poco más el antebrazo cuando el otro trató de librarse del agarre.

—Suéltame.

—No.

—¡Que me sueltes! ¡Mierda, suéltame de una jodida vez! —lo empujó con todas sus fuerzas, logrando que Naruto se separara de él lo justo y le dejara el espacio suficiente para volver a golpearlo, esta vez con el puño cerrado sobre su mandíbula—. ¿Quién te crees que eres, eh? ¡Deja de jugar a ser el puto héroe! —levantó el puño para asestarle otro golpe. Sin embargo, Naruto estaba preparado en esta ocasión y no le costó demasiado evitarlo agarrándolo por la muñeca. Así, le sujetó los dos brazos y lo volvió a acorralar entre la pared y su propio cuerpo. Sasuke soltó la botella y esta echó a rodar después de un ruido seco hasta que topó con la rueda de uno de los contenedores de basura.

—Estate quieto —lo miró seriamente, manteniendo a duras penas la calma para no liarse a golpes con ese bastardo gilipollas que le había partido el labio, convencido de que cualquier cosa que hiciera que Sasuke actuara así de repente tenía que ser algo grave.

—Naruto, suéltame.

—Seguro, para que me partas la cara —miró a Sasuke a los ojos, negros y acuosos, se vio en ellos y su cerebro se alimentó sin querer de esa oscuridad.

Aparentemente resignado, Sasuke dejó de hacer fuerza con los brazos y apoyó la cabeza en la pared, echándola hacia atrás y cerrando los ojos para no enfrentar más esa mirada.

—Deja de joderme, Naruto… Estoy cansado… —susurró.

Sintió que Naruto aflojaba el agarre, pero sin llegar a soltarlo del todo. ¿Por qué las cosas tenían que ser así con él? Si en vez de Naruto fuese cualquier otro... Si tuviese delante a Gaara… o a Kakashi… Si fuese así, en ese momento estaría restregándose contra su cuerpo, buscando un resquicio de calor ajeno, una salida al frío que tenía incrustado en los huesos, exigiendo el sexo superficial y violento que su conciencia pedía para desconectar. Un hormigueo tan conocido como artificial se extendió por su piel mientras sus latidos aceleraban, dándole una nueva perspectiva tan sensata como adulterada. Darle tantas vueltas a un asunto tan sencillo… La satisfacción sexual o el alejamiento definitivo. En cualquier caso, lo mirase por donde lo mirase, aquello no tenía más que ventajas. Las drogas eran realmente efectivas; clarividencia en forma de pastilla. ¿Qué era entonces lo que lo había llevado a tener ese tipo de relación con Naruto, ese tira y afloja tan tenso? «El miedo», le dijo la voz de la realidad hundiéndose poco a poco en el fondo del éxtasis farmacéutico, «lo que ocurre es que estás cagado de miedo». Levantó los párpados y enfocó su mirada entornada en Naruto, que parecía esperar una reacción que le indicara qué hacer a continuación. Bajó la vista y vio su propia mano aferrándose al abrigo del otro, a la altura del pecho, sin ser consciente ni siquiera de en qué momento la había movido hasta ahí.

—Sasuke…

—Bésame.

—¿Qué?

—Tócame… —tiró del abrigo atrayendo el cuerpo de Naruto hacia sí, tan cerca que podía sentir en la cara el calor de su respiración, dulce como el whisky que había bebido minutos antes.

Las paredes, el suelo, las luces de la calle principal a la entrada de ese callejón... Todo se agitaba y se acercaba siseando palabras lúbricas que lamían su carne. Se dejó caer apoyándose en la pared de cemento, antes de que Naruto pudiera hacer algo por evitarlo. La camiseta se le subió y la pared sucia le arañó la espalda. Su pequeño quejido de molestia se desvaneció en cuanto su culo dio contra el suelo. Miró a Naruto desde abajo y lo enganchó del cinturón para que se acercara otra vez.

—Estás colocado… —Naruto resopló y cogió la mano que trataba de hacer que se agachara.

—Sí, y el problema ahora mismo es que tú no lo estás —se soltó y alargó el brazo hacia un lado para coger la botella de whisky del suelo. La levantó y se la ofreció a Naruto con una sonrisa estúpida que el otro no había visto jamás en él—. Bebe.

—No —esta vez consiguió quitársela sin problema y dejarla a un lado en el suelo antes de que los nervios hicieran que la estrellara contra la pared. Se estaba alterando por momentos.

—Vamos, te estoy dando la excusa perfecta para que puedas liarte con un tío. Emborráchate y… ¡Ngh!

La bofetada le pilló por sorpresa y lo dejó aturdido durante un par de segundos.

—¡No necesito una puta excusa para hacer eso! ¡No contigo! ¡La necesito para no hacerlo, joder! —lo agarró del antebrazo y tiró hacia arriba—. Levántate.

Lo hizo a duras penas mientras Naruto seguía tironeando de su brazo y, nada más ponerse de pie, volvió a sentir el frío del cemento en su espalda cuando se vio empotrado en la pared, aplastado entre ella y el otro cuerpo. Y habría asegurado que lo que lo movía era la ira si no hubiese visto el deseo bullendo en el azul de sus ojos. El desconcierto bailó en su expresión, pero pronto quedó olvidado bajo la sensación de los labios de Naruto, que lamían, besaban y mordían mientras sus manos jugueteaban por los costados sin saber muy bien dónde quedarse. La necesidad aguijoneó su mente. Abrió la boca y se encontró con la ansiedad de Naruto y la humedad de su lengua, jurando que lo había echado de menos como un adicto. Su jadeo rompió el silencio crujiente de la noche; un mordisco en su nuez y un camino de saliva bajando por su cuello y subiendo después por su mandíbula. Volvió a jadear cuando Naruto agarró con fuerza sus nalgas y juntó los bultos más que evidentes de sus entrepiernas, adelantando una rodilla y obligándolo así a separar las piernas.

Entonces, un sonido sordo los sobresaltó e hizo que se detuvieran. Naruto miró al suelo torciendo el gesto. Sasuke había golpeado con el pie la botella de whisky y esta rodó otra vez antes de detenerse frente al mismo contenedor. Después miró a Sasuke. Sus labios generalmente pálidos ahora estaban enrojecidos y mojados de saliva, igual que su mejilla izquierda, aunque fuese por causas bien distintas; la boca entreabierta, la respiración impaciente; la barbilla alzada que lo retaba sin querer, a ver si era capaz de volver a por más. Sus ojos, de un negro cristalizado en la oscuridad de la noche, mantenían una extraña expresión de excitación errática que parecía columpiarse entre el deseo del ahora y el dolor reminiscente de todo lo que quedaba fuera de su actual burbuja narcótica.

—Lo siento… —balbuceó Naruto después de colocar una mano en ese hombro huesudo que, pese a la anterior cercanía, no dejaba de temblar—. He sido un idiota.

La otra mano había ido a parar a su mejilla y Naruto deslizaba suavemente el pulgar sobre los restos resecos de las lágrimas y la ligera hinchazón causada por la bofetada. Sasuke frunció el ceño y bajó la mirada asumiendo el nuevo error. Sabía lo que venía ahora: los remordimientos, las excusas, los «esto no está bien» y también los «sería mejor olvidarlo». Era de esperarse.

—Joder, lo he hecho todo mal —Naruto continuó hablando. Le asustaba el hecho de que Sasuke fuese totalmente consciente de lo que sentía por él, pero le asustaba más aún que lo malinterpretara todo como parecía que lo estaba haciendo y pusiera el punto y final definitivo a su enredado vínculo de amistad. «No quiero ver esa cara otra vez», se dijo. Era ahora o nunca—. Te dije que podías confiar en mí, que quería que volviésemos a ser amigos y lo primero que hago es cagarla —hablaba pausadamente, queriendo ordenar sus ideas para decir más de lo que podía expresar solo con algunas frases—. No quiero que pienses que me acerco a ti para… bueno, mierda, los amigos no hacen… —casi gimoteó de frustración—, pero cuando tú… cuando te veo, yo…

—Naruto…

—… no puedo evitar querer tocarte y entonces es como si saltara una chispa, como electricidad o una de esas mierdas, yo qué sé…

—Naruto —Sasuke suspiró sin estar seguro de querer seguir escuchándolo.

—… y me quemas… —salvó con un paso la escasa distancia que los separaba en ese momento y, sin saber muy bien qué hacer o cómo acercarse después de su extraña confesión, terminó por abrazar fuertemente el cuerpo de su amigo y apoyar la barbilla en su hombro, susurrando directamente sobre su oído—. Me quemas, Sasuke, me… quemas…

Tropezar dos veces con la misma piedra y ansiar la caída, eso sí era estúpido. Calado de estupidez hasta los huesos, Sasuke volvió a atentar contra su propia cordura respondiendo a ese abrazo.

—Detén esto… —pidió.

—No… —aspiró el aroma de Sasuke y besó su cuello con delicadeza mientras una sonrisa verdadera se iba extendiendo poco a poco por su cara. Subió por la mandíbula y llegó hasta la comisura de los labios, que lamió como si quisiera hacerle cosquillas con una pluma.

—Naruto… —exigió.

—No —pasó a sus labios con lentitud, y la ciudad, siempre tan ajetreada, pareció oscilar de pronto con la cadencia de un tiempo sin prisas.

Se acabó. Estaba demasiado cansado como para seguir fingiendo indiferencia. Había jugado y había perdido. Abandonarse al calor de Naruto era comprar un billete de ida hacia el suicidio, abrazarse a una droga que terminaría por desaparecer, pero realmente estaba tan cansado… Y Naruto lo besaba de aquella forma…, como si quisiera sorber todo lo malo que había en su cabeza. Y era tan sencillo estar así…

—Sasuke —lo llamó después de un tímido beso en los labios, sonriendo de oreja a oreja—. Sé que esto va a sonar muy muy egoísta, pero… tengo hambre —Naruto sonrió aun más al ver la confusión que expresaba la cara de su amigo, lo agarró de la mano y tiró de él hacia la calle principal, donde había dejado aparcada la moto al ir a buscarlo a aquel antro—. Podemos pasar por algún sitio y pedir algo para llevar.

—Naruto…

—Lo siento, pero no pienso escuchar nada de lo que digas por ahora. Esta noche vas a tener que escucharme tú a mí.

Naruto sonreía… y todo parecía tan sencillo…

.

.


No sé si alguien seguirá leyendo esta historia después de tanto tiempo, pero si es así, gracias (de verdad U_U).

Ah, ni siquiera se me pasa por la cabeza pedir un comentario... Me conformo con seguir apareciendo por aquí sin que me tiren piedras.