Aqui el primer capitulo. Enjoy it ;)
Capítulo 1
Bella Swan estaba ojeando el Seattle Times en la cocina de su dúplex mientras daba sorbos a una taza de té verde. El sol de la mañana entraba por la ventana. Bella pasaba las hojas suavemente, disfrutando de la tranquilidad reinante antes de que su hija se despertara.
Se saltó las páginas de negocios y pasó directamente a la sección de sociedad. Una fotografía de un hombre haciendo footing en el Lago Verde ocupaba el centro de la página.
Bella contuvo la respiración. Observó con atención la fotografía. Sin lugar a dudas el hombre que estaba corriendo era Edward Cullen. Vestía una camiseta de tirantes gris con el logotipo de la Universidad de Washington que dejaba al descubierto sus anchos hombros. Los músculos de sus piernas se marcaban bajo los pantalones cortos. La luz del sol hacía que brillaran las gotas de sudor sobre su piel morena.
Bella leyó el pie de foto confirmando sus sospechas. Se trataba de Edward Cullen. Se encontraba en la ciudad para asistir a una serie de reuniones, que debían de ser muy importantes, ya que los cuatro hermanos habían viajado hasta Seattle en aquellas últimas veinticuatro horas.
Bella se apoyó sobre la encimera de la cocina y acarició la foto con los dedos.
De repente salió de su ensimismamiento, apretó los labios y dejó la taza de té sobre la encánela.
«Pues si, ha regresado a la ciudad, ¿y qué?», pensó.
Bella había dejado de hacer footing en el lago Verde cuando Edward la había dejado. El sendero que rodeaba el lago había sido su lugar favorito para salir a correr. Pero no había vuelto jamás. Encontrarse con Edward, sólo o acompañado, era lo último que le apetecía. Prefería salir a correr al paseo marítimo donde no había riesgos.
El interfono para bebés que reposaba en la encimera, al lado del tostador, emitió el sonido inconfundible de la voz su hija.
Bella consultó el reloj. «Justo a tiempo», pensó sonriendo.
—Ma-má, ma-má —la voz de Nessi se oía claramente por el interfono.
Bella dobló el periódico y salió de la cocina hacia el dormitorio de Nessi. La niña miró a Bella en el instante en el que la puerta se abrió. Sonrió encantada y alzó los brazos hacia su madre.
—Buenos días, cariño —Bella tomó en brazos a su hija de un año y la abrazó contra su pecho—. ¿Has dormido bien?
Nessi respondió con una serie de sonidos y gorgoritos. Bella llevó en brazos a su hija al piso de abajo y la sentó en su sillita antes de servirle un pequeño cuenco con cereales. Mientras Nessi se entretenía en introducir los copos de cereales uno a uno en su boca, Bella puso a hervir agua para preparar una papilla de avena.
«Edward ya ha pasado a la historia para mí. Probablemente estará en la ciudad por alguna reunión de CullenCom y pronto se marchará», pensó.
Tomó el periódico y lo tiró a la papelera de reciclaje con la intención de olvidarse de la fotografía.
Y también de Edward Cullen.
Veinticuatro horas después de la reunión con Carlisle, Edward estaba saliendo en coche de la casa de la tía Esme, en el barrio de la Reina Ana. Desde el teléfono móvil llamó a todos sus hermanos con los que quería mantener una tele conferencia. La conversación con la tía Esme le había convencido de que la amenaza de Carlisle de vender la compañía iba en serio. Esme le había confesado que, desde que Carlisle había sufrido el ataque al corazón, estaba muy preocupada por su estado de ánimo. Le confió que Carlisle estaba más introspectivo que nunca y que, en varias ocasiones, le había expresado su deseo de ver a sus hijos casados y con hijos. Esme temía que Carlisle estuviera intentando enmendar sus errores y tratando de poner en orden todos sus asuntos emocionales y materiales pendientes. En definitiva, que parecía estar preparándose para la muerte.
En su fuero interno, Edward se había dicho que Carlisle era demasiado terco y cabezota como para aceptar que iba a morir, pero no se lo había dicho a Esme. Su tía era una de las pocas mujeres que merecían su respeto. Además, ella se preocupaba de verdad por Carlisle. Se conocían desde la infancia.
—Edward, ¿qué pasa? —contestó Emmet sobre un murmullo de conversaciones y música de fondo.
—Acabo de salir de casa de Esme. Creo que deberíamos aceptar el trato del viejo —anunció Edward. En pocas palabras explicó a sus hermanos lo que Esme le había contado—. Me pertenece sólo el sesenta por ciento del rancho y no pienso arriesgarme a que Carlisle venda el resto.
¿Y estás dispuesto a permitir que Carlisle escoja a tu esposa? —preguntó Jasper en un tono escéptico.
—No, Esme me ha convencido de que el ataque al corazón del viejo le ha asustado tanto que quiere forzarnos a que nos casemos y tengamos hijos por nuestro propio bien —aclaró Edward—. Estoy dispuesto a seguirle la corriente hasta que se nos ocurra una solución mejor para salir de esta. Al menos, hasta que Carlisle entre en razón y se dé cuenta que esto es una auténtica locura. Mientras tanto, haré lo que esté en mi mano para evitar que venda el rancho. Si esto significa que tengo que encontrar una esposa, la buscaré.
—Está tirándose un farol. Jamás vendería la compañía —dijo Emmet con convicción—. Aunque es cierto que todo el poder de la empresa está en sus manos.
«Lo que es una verdadera faena», pensó Edward.
Los hermanos Cullen, junto con Esme y sus cuatro hijas, ocupaban puestos en la junta directiva, pero era Carlisle quien siempre tenía la última palabra.
—Lo veo imposible —dijo Jacob —, se ha pasado la vida construyendo CullenCom. Todos sabemos que la compañía es lo más importante para él, mucho más que nosotros. No puedo creer que vaya a sacrificar todo esto por vernos casados y con niños —un tono burlón marcó sus palabras.
—Estamos en medio de una importante operación —dijo Emmet—. Carlisle en ningún caso vendería la compañía hasta que no terminara la operación, y todavía tienen que pasar meses. Se está tirando un farol.
¿Cómo puedes estar tan seguro? —le preguntó Jasper—. ¿Qué pasaría si te estuvieras equivocando? ¿Te arriesgarías a perder todo por lo que has trabajado los últimos dieciocho años? Estoy seguro de que no quieres ver tu fundación cerrada, ni tampoco dirigida por otra persona.
—El único bebé por el que Carlisle se ha preocupado en su vida es CullenCom. Es imposible que vaya a hacer algo que perjudique a la compañía —añadió Emmet.
—Me encantaría creerte —murmuró Edward—. ¿De dónde se habrá sacado esta idea de que nos lancemos en busca de una mujer?
—Es una caza de novias —bromeó Jacob y sonrió—. Suena a programa de televisión.
—Sí —añadió Jasper con sequedad—, pero a uno de mala calidad.
—Sabéis que esto no se va a solucionar a menos que nos pongamos todos de acuerdo —dijo Emmet.
—Y no se arreglará a menos que se nos ocurra alguna forma contractual para atar a Carlisle de pies y manos en el futuro —añadió Edward—. Tenemos que asegurarnos de que nunca jamás podrá volver a amenazarnos de esta manera. Si confirma que puede manipularnos a su antojo, lo volverá a hacer la próxima vez que tenga oportunidad. Necesitamos un contrato blindado que nos permita controlar esta situación.
Edward dedujo por el tono que estaban empleando Jasper y Jacob que estaban pensando en apoyarle. No estaba tan seguro de sobre lo que quería Emmet.
—Si la única amenaza de Carlisle consistiera en bajarnos las rentas, le mandaría al cuerno y seguiría a lo mío. Pero no estoy dispuesto a perder el rancho y tampoco estoy dispuesto a causarle otro ataque de corazón. ¿Qué pensáis vosotros? —añadió.
—Si fuera sólo una cuestión de dinero, le mandaría al infierno. Pero no es sólo dinero, ¿verdad? —Jasper rompió el silencio.
—El tema que está sobre la mesa es el más importante para nosotros y Carlisle lo sabe —dijo Jake con tono resentido.
—Una de las condiciones que nos ha puesto es que las novias no sepan quiénes somos hasta después de la boda. ¿Cómo vamos a encontrar a una candidata que no sepa que somos ricos en Seattle, Edward? —preguntó Emmet.
—Yo he estado más de dos años fuera, además nunca he sido tan conocido como vosotros —respondió Edward.
—Es verdad —dijo Jacob—, pero todos hemos salido alguna vez fotografiados en los periódicos.
—Eso sí, nunca tan a menudo como Carlisle —añadió pensativo Emmet—, él es la cara pública de CullenCom. Hay que reconocer el esfuerzo que Carlisle ha hecho siempre por preservar nuestra privacidad.
—Es verdad —Edward asintió—. Entonces, ¿qué dices, Emmet?, ¿estás con nosotros?
—Asúmelo, Emmet —dijo Jasper—, Carlisle tiene todas las de ganar.
—Como siempre —comentó Jacob
—Bien —contestó Emmet finalmente—, pero la única manera de atar las manos a Carlisle es votando todos en la junta. No voy a aceptar nada si no conseguimos un contrato blindado, en el que se especifique que nos transferirá el suficiente poder para que este tipo de locuras no puedan volver a suceder en el futuro. Si nosotros no nos podemos echar atrás, él tampoco. Ni va a poder añadir más condiciones si le viene en gana. Cuando vea a Carlisle desplazado del puesto de mando, entonces empezaré a creer que esto va en serio y que lo que realmente le importa es vernos formar una familia y que el apellido Cullen no se extinga.
Edward cortó la llamada dejando caer el teléfono sobre el asiento del pasajero. Él jamás había querido casarse, y mucho menos tener un hijo.
Si Carlisle esperaba que él le proporcionara una historia de amor romántica, estaba muy equivocado. Tarde o temprano se daría cuenta de que estaba cometiendo un error. ¡Maldición!, las amenazas y exigencias de Carlisle estaban totalmente fuera de lugar.
A la mañana siguiente de la conversación telefónica con sus hermanos, Edward se despertó temprano. Justo antes de las seis de la mañana, se preparó una taza de café que llevó, junto con una libreta y un lápiz, a su mesa de trabajo. Los primeros rayos de sol iluminaban las calles que daban al océano. Un carguero navegaba lentamente hacia el puerto de Tacoma. Su imponente estructura hacía que un trasbordador de pasajeros, que navegaba a su lado, pareciese una pequeña cajita de color blanco y verde.
Sí, Edward amaba su rancho en Idaho, pero no podía negar la imponente belleza de la costa del Noroeste bajo la luz brillante del sol de julio.
Se inclinó hacia atrás en el sillón, descansó los tobillos sobre una silla contigua, poniéndose cómodo, Escribió un nombre en mayúsculas en el primer lugar de la lista de posibles novias.
Bella Swan.
«Seguramente no me quiera volver a ver», pensó, recordando el brazalete de Tiffany que Bella le había devuelto la mañana después de que él hubiera roto con ella. Había devuelto el envoltorio sin ni siquiera abrirlo y con la nota dentro del sobre intacto. El mensajero que había llevado el paquete le había comunicado a la secretaria de Edward que Bella había escrito de su puño y letra: devolver al remitente.
El día después de cortar con Bella, Edward se había marchado de Seattle. El duro trabajo en el rancho le había agotado físicamente, pero no había borrado a Bella de su mente. Finalmente, después de meses de sufrimiento, el dolor de su pecho había desaparecido. Edward, entonces, había creído que por fin había conseguido olvidarla.
«Pero nunca has dejado de pensar en ella. No la has olvidado», le dijo una vocecilla en su cabeza. Edward trató de concentrarse de nuevo en el trabajo. Debía elaborar la lista de candidatas. Se esforzó en realizar la tarea.
Escribió los nombres de tres mujeres solteras y de repente, mirando la lista con gesto de contrariedad, se percató de que había conocido a todas a través de algún contacto profesional con CullenCom. Todas sabían que era hijo del millonario Carlisle Cullen.
« ¿Cómo diablos voy a encontrar novia si no pueden saber quién soy?», pensó. «Podría utilizar un servicio de citas a ciegas en la web usando un pseudónimo».
Acto seguido rechazó la idea. Le llevaría demasiado tiempo.
Contempló las vistas a través de la ventana mientras se terminaba el café. Sus pensamientos le llevaron de nuevo a Bella Swan. La había dejado en cuanto había descubierto que ella deseaba formar una familia y tener hijos. A él, aquellos planes le habían quedado grandes. Se había separado de ella para así poder seguir su camino.
Sin pensárselo dos veces, agarró el teléfono y marcó el número de la tienda de Bella. Con sorpresa se dio cuenta de que todavía se acordaba del número.
—Buenos días. Boutique de la Princesa Bella. ¿Qué desea?
¿Podría hablar con Bella?
¿Quién la llama?
—Edward Cullen.
—Un momento, por favor.
Edward esperó con impaciencia, mientras escuchaba el murmullo de fondo de la tienda.
—Lo siento, señor Cullen —la voz de la mujer al teléfono se volvió fría como el hielo—, Bella no está disponible en este momento.
¿Cuándo podría hablar con ella?
—Me temo que no sé cuándo estará disponible —repuso la mujer con educación—. ¿Desea dejarle algún mensaje?
—No —Edward colgó el teléfono convencido de que la mujer le había mentido. Sospechaba que Bella se encontraba en la tienda, pero que se había negado a contestar a su llamada.
En el momento en el que Edward le había comunicado a Bella su decisión de poner punto final a la relación que habían mantenido durante tres meses, ella ni había llorado ni lo había insultado. Tampoco le había montado un numerito en el restaurante en el que se habían encontrado, como Edward se había esperado. Bella se había limitado a doblar con delicadeza la servilleta y se había marchado del establecimiento sin decir palabra.
Quizá por eso Edward la acabase de llamar. Hubiera preferido que Bella lo hubiera insultado por haberla dejado. Así, él se habría podido disculpar y Bella no le hubiera odiado durante el resto de su vida.
Con determinación, Edward se metió las llaves del coche en el bolsillo y salió a la calle. Diez minutos después estaba cruzando la avenida Ballard y esquivando el tráfico abriéndose camino hacia la tienda.
Los maniquíes del escaparate vestían corpiños de encaje blanco y ligas de seda. Edward entró en la tienda, decorada en colores dorados y negros con telas de seda y raso. Una fragancia de flores frescas lo envolvía todo. Los diseños de lencería eran femeninos y originales. La puerta se cerró a sus espaldas. Buscó con la mirada a Bella pero no la encontró. Las clientas lo miraron con curiosidad.
—¿Le puedo ayudar en algo, señor? —una mujer de cabellera roja abandonó a una clienta con una cesta de encajes y se dirigió a él. Edward reconoció la voz de la mujer con la que había hablado por teléfono.
—Estoy buscando a Bella.
—No se encuentra en la tienda. Lo siento —la sonrisa de la pelirroja se desvaneció.
¿Cuándo volverá?
—No lo sé con certeza. Si quiere le puede dejar un recado.
—Está bien —contestó antes de tomar una tarjeta de su bolsillo en la que escribió su número de teléfono móvil y: llámame.
¿Algo más? —preguntó la dependienta con curiosidad.
—No, eso es todo.
—Me aseguraré de entregarle el recado.
—Gracias —dijo Edward, aunque sospechaba que la tarjeta iba a ir a la basura en cuanto saliera de la tienda.
Se preguntó si Bella estaría en la parte de arriba, en el taller. Pensó en subir a comprobarlo, pero desestimó la posibilidad. Aquella misma tarde se presentaría en casa de Bella y se disculparía por haberla dejado. Se aseguraría de que era feliz, y se iría por donde había llegado.
Salió de la tienda y se dirigió hacia su coche todoterreno.
Poco después, Edward aparcó frente a su apartamento y esperó mientras pasaban las horas, para ir a casa de Bella.
Bella vivía en el elegante barrio de Ballard, situado en el casco antiguo de la ciudad. El barrio se encontraba a orillas de la bahía de Puget. Estaba atardeciendo y la hora punta ya había pasado. En el barrio reinaban la paz y la tranquilidad, sólo rotas por los pasos de algún corredor o el ladrido de un perro. La entrada de la casa de Bella estaba llena de jardineras con geranios rojos y helechos. Edward pulsó el timbre. Pasaron diez minutos sin que nada sucediera. Impaciente, tocó el timbre de nuevo.
«Lo mismo no está en casa», pensó. Decepcionado se dio media vuelta y miró detenidamente la calle. Decidió darle una última oportunidad y tocó el timbre una vez más.
La puerta se abrió con violencia.
¿Qué? —preguntó Bella irritada mirándolo fijamente con sus ojos cafes.
Algo dentro de Edward se calmó. Una remota y profunda sensación de vacío se apaciguó. La memoria no le había jugado una mala pasada. Los ojos de Bella seguían siendo igual de brillantes a como los había estado recordando todo aquel tiempo. El cabello le caía a la altura de los hombros. Edward dirigió la mirada hacia abajo y se dio cuenta de que no estaba sola.
Una niña pequeña se agarraba con fuerza de la cintura de Bella. Estaba cubierta por una toalla azul de la que sobresalían unas piernas regordetas. La pequeña tenía el cabello negro rizado y unos ojos verdes resaltaban en su rostro. La pequeña sonrió con su boca de piñón.
La niña tenía los ojos de Bella, pero también tenía el cabello y los hoyuelos de él.
Edward apartó la mirada de la pequeña y la fijó en Bella.
Una Nessilancha de emociones cambiantes se reflejó en la expresión de Bella. Pasó de la sorpresa a la culpa terminando con una mirada desafínate.
Cerró la puerta de un portazo.
