Hola a todos.
Estoy muy contenta por que a muchos les a gustado la historia. Les prometo que la voy a continuar, tratare de actualizar dia por medio.
Gracias a todos los que me agregaron a sus favoritos y alertas; igualmente a todos los que leen anonimamente
Espero continuen leyendo, y me dejen sus review.
Bueno, no siendo mas los dejo con el segundo capitulo.
Capítulo 2
La impresión paralizó a Edward por un momento. Una vez hubo reaccionado, golpeó la puerta.
¡Bella! —exclamó.
¡Márchate!
—Abre la puerta o me quedaré aquí gritando hasta que los vecinos llamen a la policía.
La puerta se abrió.
¿Qué quieres? —exigió saber Bella.
—Déjame pasar.
—No.
¿De verdad quieres tener esta conversación en el umbral de tu casa? —preguntó Edward con tono grave.
Bella parpadeó y forzó una sonrisa. Justo en aquel momento su vecina se disponía a entrar en su casa.
—Hola, señorita Baker. Qué buena noche hace, ¿verdad? —preguntó Bella tratando de disimular la tensión. Se apartó y le dejó vía libre—. Pase.
Bella no tuvo más remedio que invitar a pasar a su casa a Edward. Después de haber cerrado la puerta, Bella se adelantó a él, interponiéndose en su camino.
¿Qué haces aquí? —le preguntó en un tono seco.
—He venido a la ciudad. Quería aprovechar para saludarte —explicó Edward, aunque se sentía como si estuviera en otro planeta. Estaba muy afectado tras haber visto a la niña. No podía apartar la vista de ella—. ¿Cómo se llama?
—Vanessa, pero le digo Nessi —contestó Bella y apretó a la niña más fuerte contra su cintura, en un gesto de madre protectora—. Ya me has saludado, así que ya te puedes largar.
—Oh, no —negó Edward con la cabeza. Sentía como si su cerebro fuera una masa gelatinosa. No podía pensar con claridad, pero estaba seguro de que no quería marcharse. Todavía no—. No antes de que me cuentes lo de Nessi. Es hija mía, ¿verdad?
—No, no es tuya. Es mía.
—Mamá —Nessi acarició la mejilla de su madre—. Mi mamá.
—Si corazón. Soy tu mamá y tú eres mi pequeña. La mejor. ¿A qué sí?
Nessi rodeó con sus pequeños brazos el cuello de Bella. Abrazándose a ella, apoyó la cabeza en el hombro de Bella y lanzó a Edward una adorable sonrisa.
A Edward le dio un vuelco el corazón. No pudo evitar sonreír a la niña.
—La niña es mía —reflexionó Edward en voz baja, pero con seriedad.
—Tú sólo has aportado el ADN y eso no la convierte en tuya.
Las firmes palabras de Bella sonaron más a justificación que a aseveración. El corazón de Edward volvió a dar un vuelco.
—Quiero que te marches ahora mismo —demandó Bella, intentando mantener la calma.
—Deberíamos hablar —propuso él.
—Yo creo que no. No hay nada que hablar. Nessi y yo tenemos nuestra vida, de la que tú no formas parte. Vete —replicó Bella con voz temblorosa.
A Nessi se le borró la sonrisa de la cara.
¿Ma-má? —balbuceó la niña con cara de susto.
—Por favor vete. Estás perturbando a Nessi.
—Está bien. Me iré. Pero debemos hablar. Te llamaré mañana por la mañana a la tienda —anunció Edward.
Bella no respondió. Se limitó a asentir con la cabeza mientras acompañaba a Edward a la puerta, cerrándola detrás de él.
Se quedó paralizada observando la puerta. No podía moverse. La invadió una oleada de rabia. Jamás se hubiera imaginado aquella visita de Edward. Seguramente él se hubiera percatado de la mentira de Ángela, la dependienta de la tienda, cuando había llamado por teléfono y visitado la tienda aquella mañana.
Estaba segura de que en la libreta de teléfonos, Edward tendría docenas de mujeres a las que podía haber llamado. ¿Por qué a ella?
Bella no había podido ni imaginar que fuese Edward el que estuviera llamando a su puerta. De haberlo sabido, no lo hubiera abierto con Nessi en brazos. Cerró los ojos con fuerza, tratando de olvidar la imagen de Edward en la puerta de la casa, pero le resultó imposible. Edward, con sus vaqueros gastados y las botas de cowboy negras y bien limpias. Estaba segura de que la camisa de color azul claro sería de algún diseñador de moda, y de que el reloj dorado, era un Rolex. Cuando Edward le había sonreído a Nessi, se le habían dibujado aquellos encantadores hoyuelos en el rostro. El pelo cobrizo, la mirada verde y el cuerpo musculoso, tras las largas horas de trabajo en el rancho. Edward podía ser el protagonista de las fantasías de cualquier mujer.
«Excepto de mis fantasías», pensó Bella con resquemor. «Edward es mi pesadilla».
No obstante y contra todo pronóstico, Edward se había mostrado encantador con Nessi. Aunque seguro que no hubiera deseado conocer la noticia cuando ella se había enterado de que estaba embarazada.
Bella estaba desconcertada y no pudo evitar estremecerse al pensar que quizá hubiera malinterpretado a Edward en el pasado.
En ese momento Nessi protestó y Bella se dio cuenta de que la estaba apretando demasiado fuerte.
—Perdóname, cariño —se disculpó con ternura—, no me había dado cuenta que te estaba estrujando. Vamos a ponerte el pijama y a buscar un cuento para leer antes de ir a la cama.
Bella se distrajo gracias a los rituales diarios con su hija. Mientras le leía un cuento en la mecedora, bajó la intensidad de las luces. A los quince minutos, la pequeña se había quedado dormida. La tomó en brazos y la llevó a la cuna.
Una vez dormida Nessi, Bella bajó al piso de abajo. Allí le resultó imposible dejar de pensar en Edward. La visita le había desatado un torrente de recuerdos imborrables.
Un día de lluvia dos años atrás, Edward había entrado en una floristería en el centro de Seattle mientras Bella había estado allí comprando flores para un amigo hospitalizado. Mientras había esperado su turno, los dos habían entablado una animada charla. El flechazo había sido instantáneo. Así que después de coquetear un rato más, habían decidido ir a cenar a un restaurante próximo. Él se había ofrecido a llevarla a casa aquella noche, pero ella se había negado. No había sido hasta la mañana posterior a aquel encuentro, cuando Bella había conectado el nombre de Edward con CullenCom.
Cuando más tarde, Edward había llamado a Bella para concertar una cita, ésta le había contestado que no sabía si debía salir con uno de los famosos gigolos Cullen. Él se lo había tomado a risa y la había convencido para quedar aquella noche.
Con Edward, Bella había roto toda y cada una de las reglas que normalmente había seguido a la hora de salir con hombres. Se había dejado llevar por lo que le dictaba el corazón, y no la cabeza, y en seguida se había enamorado de él. Edward era guapo, sexy y muy, muy rico.
Bella nunca antes se había entregado al sexo casual. Pero, con Edward, sus reparos enseguida habían pasado a un segundo plano, y en el plazo de una semana ya se había acostado con él. Se había pues, entregado por completo. Cuando Edward había roto la relación tan inesperadamente, ella se había quedado devastada.
La noche en la que Edward le había dicho adiós, se había quedado tan atónita que había perdido hasta el habla. De lo único de lo que había sido capaz había sido de levantarse de la silla, salir del restaurante y tomar un taxi que la había llevado a casa.
Bella no había tenido ánimo para salir de casa durante una semana. Su corazón estaba roto. Finalmente había sacado fuerzas de flaqueza y había regresado al trabajo, decidida a recomponer su vida.
«Y así fue», pensó Bella. Estaba tratando de salir de la espiral de pensamientos y de tristeza que aquellos recuerdos le provocaban. «Me rompió el corazón una vez. No lo quiero en mi vida. No necesito a Edward Cullen».
Se dirigió a la sala de estar. Recogió del suelo algunos juguetes que estaban esparcidos sobre la alfombra y los metió dentro del baúl de Nessi.
Tenía una vida estable y feliz, se recordó a si misma. Gracias a que tenía su propia tienda, se podía llevar a Nessi al trabajo. Había convertido una vieja oficina, que había estado cerrada, en sala de juegos. Se pasaba la mayor parte del día en el segundo piso, cerca de Nessi, trabajando en los diseños y en la gestión del negocio. La boutique era atendida por un grupo de empleadas experimentadas y de confianza. El negocio iba bien. Un mes atrás habían publicado un artículo en el Seattle Times en el que calificaban su marca como un valor en alza en el mundo del diseño.
«Estoy contenta con mi vida», se dijo en su fuero interno, «lo último que necesito es a Edward poniéndolo todo patas arriba otra vez».
No obstante, Edward era el padre de Nessi.
¿Qué pasaría si trataba de llevarse a Nessi? Bella nunca antes había considerado esa posibilidad. ¿Y si Edward quería la custodia?
Cuando Edward había mirado a la niña, una expresión de ternura inigualable se había dibujado en su rostro. A Bella le había recordado a la misma sensación que ella experimentaba al disfrutar de su hija. A pesar de que podía comprender por qué cualquiera se encandilaba con la pequeña, no podía ni pensar en la posibilidad de que Edward lo hiciese. Aquella remota posibilidad abría un nuevo abanico de preocupaciones.
Se dejó caer en el sofá desganada. Necesitaba la opinión de un profesional. A la mañana siguiente llamaría a su abogado.
Venciendo el deseo de hacer las maletas, tomar a Nessi en sus brazos y huir de Seattle, terminó de recoger los juguetes de la niña. Después se dirigió a su despacho a trabajar en un encargo para un cliente de Hollywood. Justo antes de las diez y media de la noche se fue a la cama. Pero no pudo conciliar el sueño y se pasó las ocho horas siguientes dando vueltas en la cama.
Edward estaba invadiendo los sueños de Bella una vez más.
Edward volvió a casa. Se sentía como si estuviera poseído.
Tuvo que realizar un esfuerzo colosal para caminar hacia el todoterreno cuando había salido de casa de Bella. Todos sus instintos lo habían empujado a quedarse junto a ella y a la niña.
Tenía una hija. Aquella noticia lo había conmovido en lo más profundo de su ser.
Jamás se hubiera imaginado que la escena de Bella con su hija en brazos, lo pudiera dejar completamente fuera de juego. La niña tenía el pelo cobrizo, igual que el suyo.
«Soy padre», pensó. Aquellas palabras le resultaban increíbles. Cuando había abandonado a Bella lo que había pretendido, precisamente, había sido no hacerle daño. Y no había tenido ni idea de que lo que en realidad estaba haciendo, era dejarla sola con un bebé en camino.
«Mala decisión. Realmente mala. Debería haberme asegurado de que Bella estuviera bien», reflexionó. En aquel instante se odió a sí mismo. La debería haber protegido.
Un millón de interrogantes se abrieron en la mente de Edward. No sabía nada sobre niños y mucho menos sobre bebés. Tampoco conocía el significado de ser padre.
La madre de Edward había tenido relaciones con muchos hombres durante los doce años que había convivido con ella. Ninguno de aquellos hombres había estado interesado en convertirse en una figura paterna para él. Siempre lo habían ignorado y en los malos momentos incluso se había ganado algún bofetón e insultos. Edward había aprendido muy pronto a esquivar los puñetazos. Le habían enseñado a cómo sobrevivir, pero no a cómo ser padre.
«Por lo menos Carlisle nunca nos ha pegado ni a mí ni a mis hermanos», pensó. El viejo siempre había estado absorbido por CullenCom y Edward había llegado a pensar que su padre se había olvidado de que tenía cuatro hijos. Sin embargo, Carlisle jamás había tratado mal a los muchachos. Siempre había habido comida en la mesa, ropa limpia sin agujeros y adultos que estuvieran a cargo de ellos. Teniendo todo aquello en cuenta, Carlisle no había sido tan mal padre… simplemente, no había estado allí cuando lo habían necesitado.
«Carlisle, ¿qué diablos voy a hacer con esta caza de novias y las ridículas normas que nos has impuesto?», pensó con angustia.
Ese pensamiento le sacó de su ensimismamiento. Se dio cuenta que había conducido desde Ballard hasta el centro de Seattle sin saber cómo. El hecho de haber visto a Bella y a Nessi, le había emocionado profundamente. Sabía que a la mañana siguiente iba a hablar con Bella. Pero, ¿y después? Lo único que sabía con certeza era que la caza de novias tendría que esperar.
Ya había anochecido y las farolas estaban encendidas. Se dirigió hacia la Segunda Avenida, para poder girar hacia el sur y alcanzar los apartamentos de la empresa situados en la Plaza de los Pioneros. El griterío que llegaba de la multitud de espectadores del partido de baloncesto en el estadio Safeco recordó a Edward que estaba en Seattle. ¡Que diferencia con el silencio de Idaho!
Cuando viajaba a la ciudad se alojaba en un piso situado en un edificio de apartamentos para empleados de CullenCom. Era su hogar en Seattle. Una vez allí, se quitó las botas, encendió la televisión y se dejó caer en el sofá. Cambió de canal, sin ser capaz de concentrarse en ninguno. Finalmente apagó la televisión y se quedó mirando al techo tratando de no pensar en nada, sin embargo su mente iba a cien por hora.
Edward nunca se había planteado casarse ni tener hijos, y tenía sus motivos. Un hombre como él nunca podría ser un buen marido, por no hablar de un buen padre. Había crecido en una familia desestructurada y no tenía ni idea de cómo se formaba una familia normal.
Por eso había roto la relación con Bella. Edward abrió las puertas de cristal y salió a la terraza del apartamento. Se dirigió hacia la balaustrada de ladrillo, donde se sentó a disfrutar de aquella noche de verano.
No podía dejar de pensar en Bella y Nessi.
Edward se había marchado a vivir con Carlisle a Seattle cuando había tenido doce años, aunque siempre le había gustado más la vida en el rancho de Idaho. Había vivido en distintos lugares del planeta con su madre y sus diferentes y variados novios hasta los ocho años. Después, su madre lo había abandonado en el rancho con su abuelo, que era el encargado de la propiedad. Cuando el abuelo había muerto cuatro años después, su mujer había contactado con Carlisle, quien en veinticuatro horas se había plantado en el rancho, acompañado de su hijo mayor, Emmet.
Edward siempre se había encontrado muy a gusto en el rancho. Había sido el único hogar estable que había conocido. Cuando Carlisle le había anunciado que debía hacer las maletas para mudarse a Seattle con él, Edward había desaparecido a caballo entre las montañas. Emmet había salido a buscarle dispuesto a hacerle una oferta que Edward no había podido rechazar. Finalmente se había marchado del rancho al exclusivo barrio de Medina en Seattle, con la garantía de que, algún día, el rancho sería totalmente suyo. Había sido una promesa que Carlisle había cumplido a medias. El rancho era suyo, pero sólo en un sesenta por ciento. El cuarenta por ciento restante pertenecía a su padre.
Edward no podía comprender aquel repentino interés de Carlisle por que sus hijos contrajeran matrimonio. Sobre todo teniendo en cuenta los desastrosos antecedentes en la vida sentimental del propio Carlisle, quien había estado casado con cuatro mujeres bellísimas. Sin embargo, las cuatro habían demostrado con el tiempo que el único interés que las había movido había sido la fortuna de Carlisle. La propia madre de Edward le había confesado que se había casado con Carlisle únicamente por dinero, y que se había quedado embarazada a propósito. Había planeado exigir millones a cambio de conceder a Carlisle la custodia total del hijo, tal y como habían hecho sus anteriores esposas. Desafortunadamente, Carlisle nunca había llegado a creer que su mujer estuviera embarazada, y después de una terrible discusión, ésta se había marchado de la casa conyugal. Durante doce años había mantenido en secreto la existencia de Edward. Tiempo suficiente para que el estilo de vida de la madre dejara una marca imborrable en el niño.
«Ahora eso no es lo importante», pensó Edward. Excepto el empeño de Carlisle en que sus hijos se casaran. Era extraño, Carlisle como padre había dejado mucho que desear. Todo su tiempo había estado dedicado a desarrollar programas informáticos para la compañía. Edward no guardaba ni un recuerdo de momentos familiares entrañables en su memoria. Ningún partido de fútbol juntos. Ninguna barbacoa. Ninguna función del colegio. Afortunadamente, la tía Esme siempre había estado cerca cuando la había necesitado.
Un murmullo de música jazz subía desde el club que había en el bajo del edificio. El sonido del saxo flotaba en el ambiente. Estaba sonando una de las canciones favoritas de Bella. Juntos habían bailado al ritmo de esas seductoras notas más de una vez, en aquel mismo club.
La sensual música le trajo imágenes de aquéllas noches inolvidables. Edward recordó las suaves manos de Bella sobre su piel.
Bruscamente, se puso en pie, salió de la terraza y se metió dentro de casa.
Bella escogió con extremo cuidado la ropa que iba a ponerse esa mañana. Cambió de idea una docena de veces antes de escoger un traje de lino de color crema, una camisa de seda verde, junto con unos pendientes dorados y un reloj a juego.
Llamó a su abogado a las ocho y media de la mañana. Sus peores sospechas se convirtieron en realidad. Edward tenía legalmente derecho a inmiscuirse en la vida de Nessi, si así lo deseaba. Ella podía elegir entre enfrentarse a él en el Juzgado, o llegar a un acuerdo razonable. El abogado le recomendó la segunda opción, sobre todo teniendo en cuenta que el sujeto en cuestión era, ni más ni menos, que Edward Cullen. Sin embargo, Bella tenía claro que, pasara lo que pasase, protegería a su pequeña hija.
Un poco antes de las diez de la mañana, dejó a Nessi en la guardería contigua a su oficina al cuidado de una dependienta. Bella tomó un paraguas y salió a la calle en dirección al restaurante donde había quedado en encontrarse con Edward para tomar un café. Estaba decidida a permanecer tranquila y a conducir la conversación como si fuera una de negocios, centrándose en Nessi.
En ese restaurante solía reunirse con clientes a la hora de comer. Sabía que las mesas estaban bastante separadas. Quería tener privacidad, pero no demasiada intimidad. Por supuesto, la opción de encontrarse con Edward en casa, no había entrado dentro de sus posibilidades. El restaurante le pareció un buen término medio.
Edward había llegado antes de tiempo. Se levantó para recibirla cuando Bella se aproximó a la mesa.
—Hola Bella.
—Buenos días —contestó ella.
Desafortunadamente, todo su arrojo se desmoronó al verlo. Vestía una camisa de sastre que le quedaba como un guante. El tejido de algodón blanco del cuello contrastaba con su piel morena. Un cinturón de cuero con hebilla de plata destacaba sobre los vaqueros azules. Unas botas negras de cowboy cubrían sus pies.
Algunas gotas de lluvia habían humedecido su camisa, y hacían que su vello brillara. Por lo visto, Edward se había olvidado el paraguas en casa.
Él le ofreció una silla y Bella, al sentarse, percibió el sutil aroma de la colonia de Edward. Ese aroma familiar provocó un torbellino de inoportunos recuerdos. Su corazón se detuvo un instante. Tomó aliento.
—He hablado con mi abogado esta mañana —dijo con seguridad mientras Edward se sentaba frente a ella.
—¿Ah, sí? —preguntó él. Su cara no desvelaba ninguna emoción, sin embargo estaba examinando a Bella con la mirada.
—Sí —esperó a que el camarero les sirviera el café—, evidentemente, nuestra situación no es inusual.
—Para mí sí que lo es —respondió Edward—. Nessi es mi primera hija.
—Me refiero a la circunstancia de tener un niño sin estar casados —aseveró ella con calma—. Mi abogado ha llevado muchos casos de este tipo.
—Ya veo —Edward estaba sentado cómodamente en la silla. Su cara no expresaba ningún sentimiento—. ¿Y qué consejo te ha dado tu abogado?
—Me ha recomendado que nos centremos en Nessi y en discutir lo que es mejor para ella.
—¿Y tú estás de acuerdo con el consejo?
—Sí, por supuesto —repuso. Bella deseaba saber qué se le estaba pasando a Edward por la cabeza. Tomó la taza y lo miró por el rabillo del ojo—. ¿Y tú?
—Absolutamente —su respuesta fue rápida, instantánea.
—Estupendo —sonrió con desahogo—. Me quedo más tranquila —añadió. Bella dudó un momento, pero fue capaz de reunir todas sus fuerzas—. Y ahora que ya sabes que tienes una hija, ¿qué tienes planeado hacer, si es que tienes algún plan?
—No lo sé exactamente. Supongo que debería empezar conociendo a Nessi.
—¿Quieres decir que te apetecería visitarla?
—Supongo que visitar es una buena manera de expresarlo —contestó inclinándose sobre la mesa—, quiero pasar tiempo con ella. Me he perdido el primer año de su vida, Bella. ¿No crees que ya es hora de que la vaya conociendo? —preguntó. Un gesto de rabia se dibujó en su rostro por un instante.
—La noche que tú terminaste con nuestro… idilio, dejaste muy claro que no querías ni casarte ni tener hijos —aclaró ella. Sus miradas se cruzaron—. No intentes colocarme en el papel de mala, Edward. Jamás se me hubiera ocurrido pensar que tú querías saber que estaba embarazada o que teníamos una hija. Porque te encargaste de dejarme bien claro lo contrario. Tus palabras fueron muy explícitas y convincentes aquella noche. Y yo te creí. Si lo que dijiste, no era lo que estabas pensando, entonces nunca deberías haber pronunciado aquellas palabras.
Edward la miró fijamente durante unos instantes antes de hablar.
—Tienes razón. Pero no barajé ni la posibilidad de que te quedaras embarazada. ¿Cuándo te enteraste?
—Unas semanas después de que rompiéramos. Pensé en decírtelo, pero luego me acordé de tu discurso de la noche que rompimos. Me quedó bastante claro que no querías ningún tipo de compromiso conmigo. Y que, por supuesto, tener un hijo no estaba entre tus planes.
—No, en aquella época no estaba entre mis planes.
Bella escrutó su cara.
—¿Y ahora? —preguntó.
Los ojos de Edward se oscurecieron.
—Tener hijos nunca había formado parte de mis planes, Bella. Pero después de ver a Nessi contigo anoche… —se detuvo un instante, como si buscara las palabras apropiadas—. Digamos simplemente que Nessi ha hecho que mis planes se desmoronen. Soy su padre. Y eso significa algo para mí. Algo muy importante. Quiero formar parte de su vida.
—¿Cómo? ¿De qué manera? ¿Cuánta relación quieres tener con ella?
—Podemos empezar poco a poco. Me gustaría pasar tiempo con ella. ¿Tienes alguna objeción?
«Un millón de objeciones», pensó Bella, pero recordó lo que le había explicado el abogado. Si se negaba a dejarle ver a la niña, la podía demandar para conseguir el régimen de visitas, o la custodia.
—Supongo que no será el fin del mundo —contestó Bella en un tono evasivo.
—Bien —replicó Edward. Parecía que se había quitado un peso de encima—. ¿Cuándo podemos empezar?
Bella hubiera querido determinar una serie de días a la semana y retrasar el momento, pero sabía que no podía posponer lo inevitable. Además, cuanto antes Edward conociera el mundo de los pañales y los gateos, antes se cansaría de ellas y antes se marcharía de sus vidas.
—¿Qué tal te viene mañana? Nosotras estaremos en casa a las cuatro de la tarde, Nessi se acuesta sobre las siete o siete y media. Si quieres, pásate sobre las cuatro y media y podrás leerle a Nessi un cuento mientras le hago la cena.
—Allí estaré. ¿Quieres que lleve algo? —preguntó Edward animado.
—Paciencia —replicó Bella con sequedad.
Bueno aqui estuvo el segundo capitulo, voy a tratar de subir imagenes de la historia en mi perfil.
Bye,
ALizce
