Hola...
Aqui estoy yo nuevamente con otro capitulo de esta hermosa historia. Decidi publicar hoy para no hacerlos esperar, ya que esto cada vez se pone mejor.
Gracias a todos los que me leen, quienes me dejan un review, me agregan a sus favoritos y alertas.
Besos a todos.
No siendo mas los dejo con el capitulo.
PD: en mi perfil deje el link para q vean las fotos de mi Nessi
Capítulo 3
—Creía que sólo te había pedido un poco de paciencia —comentó Bella cuando a las cuatro y media en punto abrió la puerta a Edward.
—Estaba en el centro y no he podido resistir la tentación de entrar en una tienda de juguetes. Edward cargaba con un enorme oso de peluche, que le colgaba de un brazo. En la otra mano llevaba un ramo de flores que le ofreció a Bella.
—¿Esto también lo has comprado en la juguetería? —preguntó ella inclinando la cabeza para oler las flores. Cerró los ojos al percibir el aroma.
—No, las he comprado en una floristería. Fui al centro para comprarlas —repuso Edward. El ramo era de lilas, de rosas pálidas y de lavanda. Edward le había pedido al dependiente las flores favoritas de Bella. Había ido, inconscientemente, a la floristería donde Bella y él se habían conocido.
—Oh, qué… —Bella dudó por unos instantes hasta que recuperó la compostura—, son preciosas. Muchas gracias.
Lo dijo casi en un murmullo. Sus ojos adquirieron el tono oscuro del cafe cuando se abrieron de nuevo y se clavaron en los de Edward.
—De nada —respondió él.
Apenas controlaba las palabras que salían por su boca. Edward no podía levantar la vista de los labios carnosos de Bella, tan parecidos a los suaves pétalos de rosa. Antes de llegar a la casa, había acariciado los pétalos de las rosas con las yemas de los dedos. Sabía que eran tan suaves y frescos como los labios de Bella.
—¡Mamá! —Nessi demandó la atención de su madre, rompiendo la magia del momento.
—Pasa dentro —dijo Bella, apartándose de la puerta—, ¡no puedo dejar a Nessi sola más de dos segundos!
Los dos cruzaron el salón y entraron en el cuarto de estar situado junto a la cocina americana. Los muebles del cuarto de estar estaban situados alrededor de una alfombra persa. El sofá, a juego con un sillón de estilo otomano, estaba frente al equipo de música y al televisor. En el centro de la estancia, sobre la alfombra de lana roja y marrón, jugaba Nessi.
La pequeña estaba sentada en una sillita para niños. En una mano tenía un sonajero que golpeaba con determinación contra una mesita de plástico.
—¡Mamá, mamá! —repitió sin descanso, lanzando una sonrisa encantadora cuando su madre la miró.
—Hola, corazón —Bella dejó el ramillete de flores sobre la encimera de mármol blanco de la cocina y volvió para tomar a Nessi entre sus brazos.
Edward contempló fascinado la escena. Bella besó a la niña y le dio un gran abrazo mientras la acomodaba sobre su cadera.
—Mira, Nessi —señaló hacia donde estaba Edward—, un amigo de mamá. Edward ha venido a jugar contigo. Qué bien, ¿no?
Nessi agachó un poco la cabeza, de repente se mostró tímida, escondiéndose entre los brazos de su madre. Su manita, cerrada en un puño, agarró la parte superior de la camisa de Bella. Aquel gesto dejó al descubierto el encaje blanco del sujetador de Bella. Con un gran esfuerzo, Edward apartó la vista de aquella imagen perturbadora. La de la piel morena en contraste con la blancura del encaje. Cerró los ojos un instante y trató de concentrarse en la niña.
—Hola, Nessi —dijo sin saber muy bien qué debía hacer. Le parecía un poco extraño hablar a una niña ya que no estaba muy seguro de si entendía lo que le decía o no.
—Mira, Edward te ha traído un osito de peluche —Bella acarició el pelo del muñeco—. ¡Qué suave es! ¿Te gustaría acariciarlo?
La niña pareció encantada, Bella se acercó un poco a Edward para permitir que el bebé acariciase el peluche.
Edward percibió el perfume de Bella en aquel instante. El sutil aroma le trajo a la memoria las ocasiones en que había besado su piel desnuda mientras hacían el amor. Aquella embriagadora esencia volvió a inundar todos sus sentidos. Un deseo sexual arrollador le invadió y se sintió fuera de juego. Sin perder tiempo, desechó todas esas imágenes de su mente, agradeciendo a Dios que Bella no se hubiera dado cuenta de su turbación.
—¿No es precioso? —preguntó Bella a su hija.
Nessi asintió con la cabeza y tiró del brazo del osito. Una sonrisa enorme iluminaba su carita.
—¿Te gustaría jugar con él? —le preguntó Bella a la bebé. Nessi asintió una vez más—. Vale, Edward y el osito se pueden sentar con nosotras —Bella se sentó en el suelo con Nessi aún en brazos—. Edward, ¿quieres sentarte con nosotras?
—Bueno —contestó él, sintiéndose como pez fuera del agua. Se sentó en el suelo con las piernas dobladas, mirando hacia la niña, que lo estaba esperando con los bracitos abiertos.
Edward le dio el peluche. El oso era más grande que la niña y demasiado ancho para que lo pudiera rodear con los brazos. Sin embargo, consiguió abrazarse a él, balanceándose de un lado a otro.
—Creo que le gusta —dijo Edward.
Bella sonrió con gesto de satisfacción.
—Sí, me parece que le ha encantado. ¿Qué te parece si nos sentamos aquí con tu osito?
Bajó a la pequeña y al osito de su regazo. Al instante, Nessi perdió el equilibrio y se cayó hacia un lado encima del peluche. La niña se rió con ganas.
—¿Siempre está así de contenta? —le preguntó Edward a Bella. Su cara estaba relajada, una media sonrisa se dibujaba en su rostro mientras observaba a Nessi con el juguete nuevo.
—No, es que ha dormido la siesta hasta tarde, así que está descansada. Pero si está cansada o tiene hambre o el pañal está mojado, umm… se puede poner de un humor terrible. Aunque generalmente sí que tiene muy buen temperamento.
—Debe de haber salido a ti —añadió Edward con un punto de ironía.
—¿Tú fuiste un bebé difícil? —preguntó Bella.
—No tengo ni idea —Edward se encogió de hombros. Su madre jamás le había contado cómo había sido de bebé.
Nessi abandonó el peluche y gateando sobre la alfombra, se centró en alcanzar el mando a distancia situado sobre la mesa de café.
—No, Nessi —Bella se levantó y tomó a la niña en brazos—. ¿Te importaría leerle a Nessi un cuento mientras preparo la cena? Los libros están ahí —le pidió señalando una cesta que estaba junto al sofá.
—Claro —contestó Edward.
Se dirigió hacia la cesta donde seleccionó unos cuantos libros con brillantes portadas de colores y se acercó a Bella.
—Siéntate —le indicó Bella y señaló el sillón—, no estoy segura si querrá sentarse contigo. A veces es muy tímida con los extraños. Vamos a ver.
Edward dejó los libros sobre una mesita cerca del sillón. Sentado, abrió los brazos para acoger a Nessi. Ésta lo miró un segundo, antes de abrir los brazos con un gesto de gusto, sorprendiendo a Edward y Bella con aquella actitud confiada.
—¡Bueno! —Bella exclamó—, parece que está contenta con el trato.
Edward acomodó a Nessi sobre su regazo y abrió un libro. La historia trataba sobre unos genios que aparecían en los cumpleaños. Era una historia inteligente y divertida que Nessi siguió emocionada golpeando con su manita las ilustraciones de colores.
Edward sentía el pequeño cuerpo de Nessi como un cálido peso sobre su regazo. La niña olía a jabón, polvos de talco y otro aroma que no pudo identificar. Se preguntó si todos los bebés olerían así de bien o sería sólo su hija.
No tenía ninguna experiencia con bebés y desconocía aquel mundo.
La niña se giró hacia él y le soltó una parrafada indescifrable. Después lo miró con gran expectación.
—Ah, sí claro —asintió Edward. No tenía ni idea de lo que acababa de contar, pero la respuesta pareció satisfacer a la pequeña ya que en seguida volvió a prestar atención al libro señalando la ilustración de un animal con aspecto de hipopótamo—. ¿Te gusta éste?
Nessi asintió con vigor, lanzándole una sonrisa enorme.
Edward le devolvió la sonrisa. Sentía cierto ridículo por la emoción y la satisfacción que le estaba invadiendo. Debía de haber hecho algo bien. En aquel momento, la pequeña decidió recostarse sobre su pecho, dejándose caer en un gesto de absoluta confianza que, literalmente, dejó a Edward sin aliento. Se sintió inundado por un mar de emociones.
Miró hacia arriba, buscando a Bella para compartir la intensidad del momento que estaba viviendo, pero se encontraba ocupada en la cocina, de espaldas a ellos, rehogando un sofrito.
«Quizás esto le pase a Bella todos los días», pensó. Ella ya estaría acostumbrada. «Así que esto es lo que se siente al ser padre. Es estar muerto de miedo por lo pequeña y vulnerable que es tu hija, con un deseo incontrolable de protegerla del mundo y con una increíble sensación de fascinación por el pequeño milagro que representa».
Nessi volvió a balbucear, se incorporó y golpeó de nuevo el libro con la manita.
—Uy, disculpa, Nessi —Edward empezó a leer de nuevo y Nessi se volvió a recostar, contenta, a escuchar. Leyeron cuatro cuentos. Cuando ya estaban empezando el quinto, Bella los interrumpió.
—Es la hora de la cena de Nessi —anunció.
Dos horas después, Edward estaba conduciendo hacia su apartamento. Bella había accedido con reparos a que Edward volviera la tarde siguiente. Mientras iba en el coche se preguntó cómo era capaz Bella de ocuparse de todo a la vez. Sin duda, su concepción sobre la paternidad estaba cambiando radicalmente.
Era obvio que Bella estaba en forma. Nessi requería atención constante y había visto como Bella la había elevado del suelo innumerables veces. Desde luego, no necesitaba ir al gimnasio.
La pequeña era increíble. Y Bella también.
Él siempre se había visto como un soltero de oro, pero Carlisle se había interpuesto con su excéntrico plan. Cuando Edward había aceptado el trato de Carlisle, sólo se lo había podido plantear como un contrato de negocios. Sin embargo, se estaba dando cuenta de que todo había cambiado. Después de haber conocido a Nessi y de haber visto a Bella, no le iba a ser posible concluir su plan tal y como lo había trazado. Bella era la única mujer con la que deseaba casarse. Y era imposible que ese matrimonio se limitara a ser un contrato.
No se había acostado con ninguna mujer desde que había roto con Bella, y no porque no hubiera tenido oportunidades en Idaho. Sin embargo, los sábados que había ido a la ciudad con sus amigos a tomar unas cervezas, jamás había regresado con una mujer a casa.
Bella se había quedado en Seattle, pero nunca había abandonado los pensamientos de Edward. Desde que la había visto por primera vez, no había vuelto a desear a otra mujer.
Esme iba a estar encantada con Bella, y como Nessi ya había nacido, Carlisle estaría feliz de no tener que esperar un año para tener una nieta.
Carlisle tendría que acceder a hacer una excepción en las reglas de la caza de novias.
Consultó su reloj y sintió una enorme urgencia de convencer a Carlisle para que modificase los términos del contrato que habían firmado. Quería poder dedicar toda su atención a Bella y a Nessi.
Tomó su teléfono móvil y marcó un número.
—¿Sí, Edward? —contestó la secretaria de Carlisle, como siempre que llamaba a su padre.
—Quiero que te pongas en contacto con Carlisle y mis hermanos. Tengo que reunirme con todos ellos esta noche. A las diez. En casa de Carlisle.
—Sí, señor. Y cuál es el tema que les ocupará en la reunión.
—Diles que es sobre la cacería.
—¿La cacería?
—Ellos sabrán a lo que me refiero. Llámame para confirmar la reunión.
Aparcó el todoterreno y subió a su apartamento. Se pasó la hora siguiente haciendo llamadas telefónicas. Primero llamó a su abogado para discutir un cambio en su testamento. Quería asegurarse de que a Bella y a Nessi no les faltara de nada. Cuando la secretaria de Carlisle le telefoneó para confirmar que había localizado a todos y que se encontrarían a la hora prevista en casa de Carlisle, Edward ya había contactado con el encargado del rancho. Le informó de que tenía que tomar el mando del rancho durante un tiempo. Sus planes de regreso se posponían indefinidamente.
Era la segunda vez que Edward se encontraba con sus hermanos en la biblioteca de «La Choza» aquella semana.
—¿Para que nos has llamado, Edward? —preguntó Emmet.
—Ayer estábamos aquí todos, podrías habernos contado lo que querías entonces.
—No —repuso Edward.
—¿Eso es todo? ¿Es todo lo que tienes que decirnos? —Jacob miró con sorpresa a Edward—. ¿Qué te pasa?
—Te lo diré en cuanto llegue Carlisle.
—¿Por qué…? —comenzó a preguntar Jasper, pero la entrada de Carlisle lo interrumpió.
—Buenas noches, muchachos —saludó. Todos respondieron—. Encantado de veros a todos otra vez. Como has dicho que esta reunión era tan importante, he cancelado otra en la Universidad de Redmond, para poder venir —explicó antes de sentarse en el sillón de cuero, mirando expectante a su hijo menor.
—No puedo cumplir las condiciones acordadas en tu plan de búsqueda de esposa —dijo Edward con determinación.
Aquellas palabras sin duda sorprendieron a Carlisle. Sus cejas se arquearon y entrecerró los ojos.
—¿Por qué no? —le preguntó finalmente.
—Porque anoche averigüé que tengo una hija —contestó Edward.
Carlisle dio un respingo.
—¿Cuántos años tiene? ¿Dónde está? ¿Quién es la madre? —le interrogó su padre.
—Debe de tener un año más o menos —contestó Edward ignorando las otras cuestiones que le había preguntado Carlisle—. Es mi hija y voy a reclamar lo que es mío.
—Claro que sí —dijo Carlisle sin perder un segundo—, en cuanto tengas los resultados de los análisis de sangre.
Edward se quedó callado. No se le había ocurrido pedir a Bella tal cosa. Ni se le había pasado por la cabeza la posibilidad de que Bella hubiera podido estar con otro hombre mientras habían salido juntos. ¿Cómo era posible que confiara tanto en ella? Se quedó muy sorprendido.
—Entonces —insistió Carlisle impaciente—, ¿has llamado ya a tu abogado para solicitar los análisis de sangre? Cuanto antes tengas los resultados, mejor.
—No —Edward negó con la cabeza—, no los voy a solicitar.
Carlisle puso cara de sorpresa.
—¿Por qué no? Estoy seguro de que no te vas a basar sólo en la palabra de la madre para certificar que la cría es tuya —añadió.
—Pues sí. Estoy seguro de que es mía. Además se parece mucho a mí. Tiene mi cabello y mis hoyuelos. Desde luego, tiene los rasgos Cullen.
—Sí, todo eso está muy bien, pero me temo que un tanto por ciento de los bebés que nacen anualmente, tienen cabello cobrizo y hoyuelos. Y dudo mucho que todos sean tuyos —comentó Carlisle mostrándose incrédulo.
—Puede que tengas razón, Carlisle. Pero dime, ¿creerías a Esme si ella fuese la mujer en cuestión?
—Pues claro que sí —contestó con rapidez Carlisle—, pero ella es una excepción, una entre un millón.
—También lo es Bella. No le voy a pedir una prueba de sangre.
—¿Y qué hay de la madre? —preguntó Carlisle tras un silencio.
—¿Qué pasa con ella? —dijo Edward a la defensiva.
—¿Os vais a casar?
—No lo sé —repuso. Edward no tenía ninguna intención de confiar a Carlisle que quería casarse con ella antes de que la propia Bella estuviera convencida.
—¿Por qué no? —insistió Carlisle disgustado con aquella respuesta.
—Puede que ella no quiera casarse conmigo.
—Pues claro que querrá. ¡Eres un Cullen!
—Sabes Carlisle —Edward vaciló un instante—, eso no me da ninguna garantía de que vaya a aceptar la proposición.
—¿Pero por qué no? —las cejas de Carlisle se arquearon exageradamente.
—Es complicado —contestó. Edward no iba a reconocer que, de no haber sido por Nessi, Bella quizá no hubiera querido verlo. Y es que Bella tenía muy buenas razones para no quererlo en su vida.
—Bueno. Simplifica las cosas —soltó Carlisle bruscamente—. Tienes una hija. Así que la madre y tú os tenéis que casar.
—Sí, claro, cómo a ti te ha ido tan bien en tus bodas… —comentó Edward con cierto odio.
—No, a mí nunca me ha ido bien. Nada bien. Por eso Esme tendrá que conocer a vuestras futuras esposas. De hecho, ella misma me aconsejó que no me casara con ninguna de vuestras madres.
—Fantástico —farfulló Jacob
—Si la hubiese escuchado —prosiguió Carlisle pretendiendo ignorar los gestos de escepticismo de sus hijos—, no me hubiera tenido que divorciar cuatro veces.
—Y ninguno de nosotros estaríamos aquí —añadió Emmet con sequedad.
—No me refiero a eso —Carlisle miró a Emmet—. Tener un hijo es una cosa maravillosa. Pero criarlo con tu pareja debe de ser excepcional —Carlisle miró a Edward con decisión—. ¿Cuándo podemos conocer a tu prometida Esme y yo?
—No podéis.
—¿Por qué no?
—Porque no es mi prometida. Ella no quiere tener nada que ver conmigo por ahora y no la quiero presionar.
—Yo no la voy a presionar —replicó Carlisle. Parecía ofendido con el comentario.
—Carlisle, tú siempre presionas a la gente. Lo quieras o no reconocer, eres como una apisonadora. No quiero que te acerques a ella. Cuando solucionemos las cosas, si ella quiere conocerte, ya te lo haré saber.
—Hummmmm —a Carlisle no le gustó nada la actitud de Edward, pero se mostró resignado.
—¿Dónde están los puros, Edward? —preguntó Emmet.
—¿Qué puros?
—Creí que los padres primerizos repartían puros para celebrar su paternidad.
—Oh, sí. Supongo que sí. Tendré que conseguirlos —bromeó Edward.
—Por lo menos podemos brindar por el nuevo miembro de la familia —dijo Carlisle antes de servir whisky en cinco vasos y pasárselos a sus hijos—. Por el nuevo miembro de la familia, ¿cómo se llama la niña?
—Vanessa, pero le decimos Nessi —contestó Edward.
—Por Nessi. La primera niña en esta familia de chicos.
Todos brindaron alzando su vaso.
Mucho más tarde, ya en casa, tumbado sobre la cama, Edward reflexionó sobre lo sucedido durante el día. Estaba sorprendido por la facilidad con la que Carlisle había asumido la noticia y por su disposición para cooperar. Desde luego, Bella y Nessi cumplían todos los requisitos que había establecido. Excepto que Bella no desconocía la fortuna de la familia. Tampoco cumplía todavía el requisito de contar con el beneplácito de Esme. Edward sospechó que Nessi había sido el factor determinante en la buena disposición de Carlisle. El viejo estaba encantado de ser abuelo.
Al día siguiente, Edward se marchó de la oficina más pronto de lo habitual. Llegó a casa de Bella a las cuatro y media en punto. Repitieron la misma rutina del día anterior, con la excepción de que Nessi no cooperó tanto como el primer día. Estaba de mal humor. Tan pronto se reía como se ponía a llorar sin motivo aparente. Incluso se negó a sentarse y mordisquear una zanahoria, su verdura favorita.
—No ha dormido casi nada de siesta esta tarde —explicó Bella.
—¿Estás segura de que es sólo eso? ¿No estará enferma o algo? —preguntó Edward con temor, mirando a Bella.
Nessi, cubierta en lágrimas, tendió los brazos hacia su madre.
—Estoy segura —dijo Bella con Nessi en brazos—. Voy a mecerla un ratito y seguro que en seguida se queda dormida.
—Te espero en el piso de abajo —Edward no dejó tiempo a Bella para que pudiera sugerirle que se fuera. Apagó la lámpara y abandonó la habitación de la niña en silencio.
Esperó, mientras escuchaba cómo Bella le cantaba una nana a Nessi. Cuando por fin bajó, quince minutos después, Edward había recogido el salón, había puesto en su sitio los juguetes y libros antes esparcidos por el suelo. También había ordenado la cocina, lavando el plato que acababa de utilizar Nessi y los cacharros sucios.
—Gracias Edward, pero no tenías por qué fregar los platos —dijo ella en un tono de voz un poco irritado. Su expresión mostraba sorpresa mientras revisaba la cocina y el salón totalmente recogidos.
—Ningún problema. Ya está hecho.
—Bueno. Gracias otra vez. Para serte sincera, lo último que me apetece ahora es ponerme a recoger, después del día que me ha dado Nessi. Lo único que quiero es tirarme en el sofá a ver la tele. Ha sido un detalle que me ayudaras, sobre todo, teniendo en cuenta que no creo que hagas esto en tu casa normalmente.
—Claro que lo hago —respondió Edward—. Bueno, no friego platos sucios con papilla ni sillitas de bebé —admitió—, pero lavo mis propios platos y recojo mi ropa.
—Ya —dijo Bella con sequedad—. Creo recordar que una vez me dijiste que tenías una asistenta en el rancho. También aquí en Seattle tenías servicio de mayordomo y limpiadora.
—Sí, tienes razón en las dos cosas —admitió—. Pero me he pasado los últimos dos años reconstruyendo una nueva propiedad del rancho. La casa es muy vieja y tiene lo básico. Si hubiese pedido a mi asistenta que me acompañara, se habría despedido en ese mismo instante.
—Así que te has pasado los dos últimos años fregando los platos y limpiando la casa tú mismo —Bella parecía no creérselo del todo—. ¿Y cocinar?
—La plantilla que trabaja conmigo y yo nos vamos turnando —dijo Edward y sonrió al ver la cara de desconfianza de Bella—. Yo no he sido siempre rico, ¿sabes? Hasta los doce años tuve que cuidar muchas veces de mí mismo. Si no hubiera aprendido a cocinar lo básico entonces hubiera pasado mucha hambre.
Bella le lanzó una mirada de sorpresa.
—¿Qué? —preguntó Edward—, ¿no te crees que sepa cocinar?
—No es eso —replicó ella ladeando la cabeza en un gesto de curiosidad—. ¿Por qué tuviste que cuidar de ti mismo hasta los doce años? ¿Dónde estaba tu padre o la niñera o quien quiera que se ocupara de ti y de tus hermanos?
—Yo no viví con Carlisle hasta que tuve doce años.
—Pensaba que siempre habías vivido con tu padre.
—No. Me fui a vivir con él cuando murió mi abuelo. Entonces su esposa se encargó de que Carlisle viniera a buscarme —contestó Edward, aunque no estaba por la labor de entrar en detalles sobre los sórdidos años que había pasado al lado de su madre hasta que lo había abandonado en el rancho. Por cómo lo estaba mirando Bella pensó que le iba a preguntar más cosas—. No importa con quién viviera cuando era niño. Es agua pasada. Ahora quién importa es Nessi. Sé que tengo una hija, no me puedo separar de ella. Entiendes a lo que me refiero, ¿verdad?
Bella se cruzó de brazos y lo miró con gran atención.
—¿Y no vas a pedirme una prueba de paternidad? —preguntó finalmente.
—¿Por qué tendría que hacerlo?
—¿No necesitas una prueba para asegurarte de que eres el padre?
Edward negó con la cabeza. Le había sorprendido la pregunta de Bella.
—Bella, Nessi se parece mucho a ti, pero también a mí. A no ser que hace dos años salieras con otro hombre de pelo cobrizo y hoyuelos, Nessi es mía.
Las lágrimas inundaron los ojos cafes de Bella.
—Justo cuando ya estaba segura de que eras un estúpido, apareces y haces algo bonito —admitió secándose las lágrimas en un gesto de irritación—. Hubiese sido más fácil que te comportaras como el típico hombre que no reconoce su paternidad para no tener que mantener al niño.
—La mantendré —contestó Edward feliz, ya que había sido ella quién había sacado el tema de la manutención—. De hecho quiero hablar con mi abogado para que abra un fondo para pagar la Universidad de Nessi en el futuro. Deberíamos discutir cuánto necesitas al mes para que podamos abrirte una cuenta.
—No —repuso Bella y levantó la mano con la palma hacia Edward—. No quiero tu dinero. No me interesa el dinero. No quiero que hablemos de Nessi en términos económicos —añadió. Sus ojos brillaban llenos de convicción y su cara enrojeció.
—Yo tampoco —admitió Edward con calma. Sin duda había tocado un punto delicado. «Estás preciosa, Esme y Carlisle te van a adorar», pensó para sus adentros.
—Por eso nos vamos a hacer unos análisis de sangre —afirmó Bella con determinación.
—¿Por qué? —Edward arqueó una ceja, sin dejar de observarla.
—Pues porque si no lo hacemos, Nessi siempre se preguntará cuando crezca si es o no tu hija. Y yo no voy a permitir que eso ocurra.
—Está bien. ¿Quieres que me encargue de organizarlo todo?
—Si. Gracias. A no ser que… —de repente se detuvo y frunció el ceño—. ¿Estás seguro de que la prensa no se enterará?
—Me aseguraré de que así sea. Llamaré a un amigo del hospital para que lo organice todo.
—Bien —contestó ella más relajada. La tensión acumulada en el cuerpo la abandonó—. No me puedo creer que sea yo la que esté insistiendo en hacernos las pruebas de paternidad. Pensé que serías tú quien lo exigiría.
—¿Por qué, si estoy seguro de que es mía? —preguntó Edward y miró a Bella con una sonrisa dibujada en los labios. Sabía que su predisposición a confiar en ella, la había pillado por sorpresa—. Además, quiero formar parte de la vida de Nessi, aunque quizá esto no entrara en tus planes de futuro.
—Nada de lo que está pasando entraba en mis planes. Tú me dijiste adiós. Tú me dijiste que no querías una relación estable ni casarte ni tener hijos ni todo lo que eso implica. ¿Qué ha pasado? ¿Qué ha cambiado?
—He conocido a Nessi —declaró Edward. «Y nunca he podido olvidarme de ti», pensó.
—¿Eso es todo? La has visto y de repente te apetece jugar a ser papá. Es demasiado simple, tiene que haber algo más detrás de tu repentina voluntad de ser un padre dedicado y no un soltero de oro.
«No, no hay nada más. Pero si algún día descubrieras la caza de novias en la que nos ha embarcado Carlisle no volverías a confiar en mí», reflexionó él en silencio.
—Nessi es mía, no lo niegas, ¿verdad? —añadió Edward.
—No, por supuesto que no lo niego, lo único que ocurre es que estoy sorprendida por tu confianza.
—Creo que ambos sabemos que estoy muy contento de tener una hija. También estoy un poco sorprendido y aturullado quizás, pero feliz. Me parece que ha llegado el momento de que hablemos sobre cómo nos vamos a organizar.
—¿Qué quieres decir? —Bella se puso muy tensa.
—Quiero decir que quiero ser un elemento activo en su vida. Quiero ayudar en su cuidado.
—Exactamente, cómo te imaginas cuidándola si vives en Idaho y Nessi en Seattle —preguntó Bella.
—No sé muy bien cómo lo haré cuando esté en el rancho, pero de momento estoy aquí.
—¿Por cuánto tiempo?
—No lo sé —replicó. Era demasiado pronto para pedirle que se casara con él y confesarle que lo que deseaba era que compartieran a Nessi para siempre. La sospecha que albergaban los ojos de Bella le advirtió que debía tomarse aquel movimiento con más calma—. Además, que yo esté en la ciudad también es bueno para Carlisle. De vez en cuando me tengo que pasar por la oficina porque no nos basta con las tele conferencias.
—¿Y qué pasará con el rancho mientras tú estés aquí?
—Tengo un equipo con el que llevo trabajando años y que es de mi total confianza. Ellos se ocuparán de todo mientras yo esté ausente.
—Ah —exclamó Bella antes de ponerse en pie. Caminó hasta el fregadero y miró por la ventana al jardín trasero de su casa.
Edward permaneció detrás de ella.
—Mañana tengo la agenda libre de diez a dos. ¿Os puedo llevar a ti y Nessi a comer?
Bella se volvió hacia Edward.
—Lo siento, pero no podemos. Mañana Nessi tiene una cita para jugar con una amiguita a las once y yo tengo que preparar la comida.
—¿Una cita para jugar? —preguntó Edward confundido.
Bella esbozó una sonrisa ante su despiste.
—Vamos a vernos con otra madre y su hija en el parque de Ballard. Así las dos podrán jugar juntas, es una buena ocasión para que Nessi se acostumbre a interactuar con otros niños.
—Ah, ya veo.
—Nessi se pasa todo el día rodeada de adultos —continuó Bella—. Los pediatras afirman que es importante que los niños tengan oportunidad de pasar tiempo con otros niños de su edad, por eso tenemos citas para jugar.
—¿Pero juega de verdad con otros niños? ¿Qué es lo que hacen?
Los recuerdos de Edward con otros niños se remontaban a cuando había jugado al baloncesto y no se imaginaba a Nessi botando un balón.
—Los niños de un año en verdad no juegan juntos —explicó Bella—. Lo que hacen es jugar solos mientras echan un ojo a los otros niños. Sin embargo, esto les da la oportunidad de observar y de acostumbrarse a estar rodeados de personas de su edad.
—Sabes mucho sobre cómo ser una buena madre —afirmó Edward—. ¿Cómo has aprendido?
—Estoy segura de que en algún momento te hablé de mi tía Renee, ¿verdad?
Edward asintió.
—Sí, es la tía que te crió después de que tus padres murieran siendo tú bebé, ¿no?
—Eso es. No estaba segura de que te acordaras —Bella lanzó una sonrisa a Edward—. Ella fue como una madre para mí, aunque no estaba casada ni tenía experiencia con niños. La llamé a San Francisco en cuanto me enteré de que estaba embarazada, le conté lo asustada que estaba y mis dudas sobre si podría ser una buena madre. Ella me convenció para que no me preocupara. Me aseguró que aprendería con la práctica. Y tenía razón. Me las he arreglado muy bien durante todo este año —aseguró echándose a reír—. Ensayo y error. Además hay muchos libros excelentes sobre maternidad.
—Ya veo. Me temo que voy a tener que empezar a leer para ponerme al día. Supongo que habrá libros para padres también.
—Sí —repuso ella.
Su mirada se cruzó con la de Edward, en un gesto de mutua comprensión. Entonces Bella se dio cuenta de que había desaparecido la barrera que había interpuesto entre ellos y consultó su reloj de pulsera.
—Se está haciendo tarde y todavía tengo trabajo pendiente.
—Entonces me voy a ir —añadió Edward comenzando a caminar desde la cocina hacia el recibidor mientras Bella lo seguía—. ¿Te importaría si me paso por el parque mañana?
Bella apretó los labios. Edward se dio cuenta de que iba a recibir una negativa por repuesta. Sin embargo, ella pareció pensárselo dos veces y finalmente asintió.
—Estoy segura de que a Nessi le gustará verte otra vez —dijo.
—Entonces os veré a las dos mañana.
Edward abrió la puerta de la calle. Se detuvo un instante y fijó la mirada en el rostro de Bella. Un rizo le caía sobre la mejilla, y sin poder contenerse, Edward se lo retiró de la cara, colocándole el sedoso mechón detrás de la oreja.
—No lo vuelvas a hacer —soltó ella inmediatamente.
—¿No? —respondió Edward metiéndose las manos en los bolsillos para así evitar la tentación de volver a acariciarla. Bella le había permitido acariciarla una vez, pero si se acercaba de nuevo, tal y como su cuerpo le estaba pidiendo a gritos, sabía que Bella se alejaría de él para siempre.
Aquella sensación de relax que habían compartido mientras habían charlado sobre Nessi, se acababa de desvanecer. Bella había levantado una barrera emocional de nuevo y Edward no podía culparla. Tenía muy buenas razones para no confiar en él. Sin embargo, aquel rechazo hizo que su corazón se encogiese.
Bella cruzó los brazos en un ademán defensivo.
—Quiero que esto quede perfectamente claro, nada de lo que va a pasar a partir de ahora es sobre nosotros. No va a ver ninguna conversación sobre nosotros. Tú estás aquí en mi casa porque eres el padre de Nessi. No hay más. Ninguna otra conexión entre nosotros.
—¿No? —el tono interrogante de Edward resonó en el aire—. ¿Estás segura?
—Absolutamente —replicó ella con firmeza.
—Si tú lo dices —respondió él en tono neutro. Si ella se lo creía, pues estupendo. Pero Edward sabía perfectamente que había algo entre los dos. No obstante, Bella parecía decidida a negar lo evidente, y él no quería forzar la situación. Quizá porque no quisiera poner en peligro el pacto al que habían llegado con respecto a Nessi; o quizá porque aún se sintiera mal por cómo había puesto fin a su relación.
Quizás Bella fuera igual de consciente que Edward de la atracción que existía entre sus cuerpos, y si él hacía cualquier movimiento de aproximación, corría el riesgo de que Bella saliera corriendo. Fuera lo que fuese, Edward no estaba dispuesto a jugarse el todo por el todo y asustar a Bella.
—Entonces… —la voz de Edward tembló, después se aclaró la garganta—. Os veré a ti y a Nessi mañana por la mañana.
Ella asintió sin decir nada. Edward bajó las escaleras de la entrada. Oyó como la puerta se cerraba detrás de él.
«Tengo que compensarla por tanto daño y por mis errores antes de proponerle matrimonio, por el bien de Nessi. Tengo que hacer que vuelva a confiar en mí», pensó en silencio.
El problema era que no sabía cómo lograrlo.
