Hola...

Nuevamente yo por aca, dejandoles un nuevo capi de esta historia que cada vez se pone mas interesante.

Gracias a Dulceamor por leerme, dejarme sus reviews y alentarme a continuar. Este capi es para ti. De igual forma graciasa todos aquellos que me agregan a sus favoritos, alertas y a quienes leen anonimamente.

Muchas gracias a todos.

Besitos y chao.


Capítulo 4

Era la hora de comer y en el parque Ballard no había mucha gente. Algunas madres sentadas en bancos observaban a sus hijos jugando con las fuentes y los chorros de agua que salían de la superficie de cemento. En otra parte asfaltada del parque, un grupo de chicos jugaban con sus monopatines.

Bella y su amiga Tanya estaban sentadas en un banco charlando mientras atendían a sus hijas.

—Vaya, ¿es ése tu chico? —preguntó Tanya con los ojos como platos.

Bella alzó la mirada mientras le ajustaba a Nessi el bañador.

Sintió un nudo en el estómago al ver a Edward caminar atravesando el césped que separaba el área de juegos de la fuente. Llevaba puestos unos vaqueros desgastados, botas de cowboy y camiseta blanca. La tela de algodón se ajustaba perfectamente a sus bíceps. Tenía unos brazos musculosos y tostados por el sol. A pesar de que Bella no podía ver los ojos de Edward, ocultos tras unas gafas de sol Ray-Ban, sí que sintió la intensidad de su mirada.

—Um, sí. Es él —consiguió contestar al darse cuenta de que Tanya la estaba mirando fijamente.

—Y… —Tanya continuó, con gran curiosidad, mientras le daba una galleta a Amanda, su hija de dos años—. No me habías dicho que tenías un lío.

—No hay nada entre nosotros —se apresuró a contestar Bella. En realidad no quería confesarle que la única razón por la que lo estaba viendo era porque era el padre de Nessi—. Quiero decir, no exactamente.

—Ya, ya… —insinuó Tanya.

Amanda tiró de su manga y su madre le introdujo un pedazo de manzana en la boca.

Bella estaba dispuesta a seguir con sus evasivas, pero Edward llegó en ese instante al banco donde estaban sentadas.

—Buenos días, Bella —saludó, antes de sonreír también a Tanya y a Amanda. Acto seguido le hizo cosquillas a Nessi en la barbilla—. ¿Cómo está mi pequeña?

Nessi se rió y le tendió los bracitos. Edward se emocionó, se sentía casi ridículo por la satisfacción que le invadía y miró a Bella en busca de aprobación. Cuando Bella asintió, dándole su permiso, Edward sostuvo a Nessi, elevándola sin dar señales de mucha destreza.

Nessi respondió con una sonrisa, tocó su cara y agarró las gafas de sol.

—Oye, espera un momento —protestó Edward mientras se reía y tomaba una de las pequeñas manos de la bebé entre las suyas.

—No le dejes que agarre las gafas —advirtió Bella—. Se lleva todo a la boca. Y probablemente las acabará rompiendo.

—Vaya, vaya —Edward se puso las gafas en la cabeza. Los ojos le brillaron al sonreír a Nessi. Le acarició el pelo—. Oye, pero si estás mojada —comentó mirando a Bella—. ¿Ha estado ya en el agua?

—Sí. Le encanta.

—¿Te importa si vamos otra vez?

—Claro que no.

—Si la sujetas un momento, me quito las botas —afirmó él, pasándole la niña a Bella y sentándose a su lado en el banco.

Tanya lanzó una mirada a Bella y después observó fijamente a Edward.

—Edward, me gustaría presentarte a una amiga, Tanya, y a su hija, Amanda. Tanya, este es Edward, vive en Idaho —añadió intencionadamente Bella.

—Eso explica lo de las botas de cowboy —comentó con gracia Tanya—. Hola, Edward.

—Hola, Tanya, encantado de conocerte —Edward sonrió a Tanya. Le lanzó otra mirada a Bella para después agacharse a quitarse las botas.

—¿Cuánto tiempo vas a quedarte aquí en Seattle? —le preguntó Tanya.

—Indefinidamente —contestó Edward, después metió los calcetines en las botas y tomó a Nessi de los brazos de Bella—. Unas semanas como mínimo. Puede que meses o incluso más tiempo.

Bella se quedó petrificada mirándolo. ¿Estaba de broma? Edward la sonrió y, con Nessi entre los brazos, avanzó hacia unos chorros de agua sin dejar de conversar con la niña en voz baja.

—Madre mía —comentó Tanya mientras se llevaba la mano al pecho—. Es tremendo, si hasta tiene hoyuelos. Es guapísimo. ¿Por qué no me habías contado nada? —preguntó llena de curiosidad; exigiendo una respuesta.

—No hay nada que contar —protestó Bella—. Es un amigo que está visitando la ciudad y nos hemos visto un par de veces esta última semana, es todo.

—Pues él no te mira como si fuerais sólo amigos. Me parece que hay mucho más que no me estás contando, sobre todo porque se parece mucho a Nessi —afirmó Tanya—. Pero bueno, si no quieres compartir más información, pues no pasa nada… —añadió aunque era obvio que se moría de ganas de saber más.

Bella no soltó prenda. No estaba preparada para contarle a nadie que Edward era el padre de Nessi. Sobre todo, porque enseguida Tanya descubriría que Edward era hijo de Carlisle Cullen.

—Mami —Amanda tiró de la blusa de su madre—, a jugar.

—Vale, cielo —Tanya se levantó—. ¿Preparada para mojarte otra vez, Bella?

—No, prefiero quedarme aquí —contestó ella. Estiró las piernas, todavía mojadas, bajo su minifalda, mientras Tanya y Amanda se alejaban de la mano.

Edward y Nessi estaban en la esquina de la piscina de aspersores. Los vaqueros de Edward estaban mojados desde las rodillas hasta los tobillos. No soltaba la mano de Nessi mientras caminaban, a veces tambaleándose, pero sin perder la estabilidad. El sol brillaba sobre sus cabezas, el pelo de los dos era de idéntico color, cobrizo. Nessi se rió a carcajadas cuando un aspersor le empapó la cara. Unos preciosos hoyuelos se marcaron en sus mofletes de bebé, y Edward contestó con otra sonrisa que dibujo en su rostro los mismos hoyuelos. A Bella le dio un vuelco el corazón.

Se parecían tanto. Padre e hija jugando juntos. Si Tanya todavía no estaba segura de su intuición, pronto lo estaría.

Bella se recordó que tenía que mantener la sangre fría. No obstante, Edward no se lo iba a poner fácil. A diario recibía un ramo de sus flores favoritas, enviado desde la floristería en la que ambos se habían conocido. Pero los regalos no iban a cambiar lo que sentía por él.

Sin embargo, Nessi se estaba riendo a carcajadas mientras Edward jugaba con ella y Bella sintió que su convicción de mantener a Edward apartado de ellas, comenzaba a tambalearse.

Una hora después, Bella se estaba despidiendo de Tanya y Amanda, contenta al haber comprobado que su amiga no había reconocido a Edward ni como miembro de la familia Cullen ni como padre de Nessi.

Aunque era cuestión de tiempo. Bella se preguntó agobiada cuánto tardaría un reportero en sacar una foto de Nessi en brazos de Edward.

Ojalá aquel día no llegara nunca. No estaba preparada para responder a preguntas sobre el lugar que ocupaba Edward en su vida y en la de Nessi.

—Ya estás lista —dijo Edward minutos después. Cerró la hebilla del cinturón de la sillita del coche de Nessi, le dio un beso en la mejilla y cerró la puerta—. Tengo que ir a Portland esta noche por negocios, pero estaré de vuelta mañana por la tarde —le comentó a Bella—. ¿Te parece bien que me pase a ayudarte con Nessi cuando termine de trabajar?

—Lo siento —se disculpó Bella—, pero mañana tengo una cita.

No había planeado decírselo de esa manera tan brusca, pero por otro lado, no tenía ni que ocultarlo ni que sentirse culpable. Iba a asistir a un acto benéfico. El hombre que la iba a acompañar era un amigo de negocios, que se encargaba de vender las colecciones de lencería de Bella en tiendas de la costa del Pacífico.

—Una cita —repitió Edward como si nada, pero se quedó mirando fijamente a Bella—. ¿Quién va a cuidar a Nessi?

—Mi vecina de al lado, la señora Baker.

—Dile que no hace falta. Yo me quedaré con ella —dijo apresuradamente. Parecía inquieto.

Bella se quedó sorprendida. No se había esperado aquella expresión de desconcierto en el rostro de Edward.

—Me comprometí con la señora Barker hace dos semanas. No puedo cancelar así como así. Está jubilada y hace de niñera para poder ganar un poquito más y completar la pensión.

—Le pagaré lo que cobra normalmente más un plus por la cancelación de última hora —añadió Edward. Sus labios apretados revelaban cierta tensión—. A no ser que no te fíes de mí para que me quede a cargo de Nessi.

—No —negó ella con rapidez—, no es eso. Sé que cuidarías muy bien de ella, pero…

—Bien —dijo él interrumpiendo a Bella—. Entonces, ¿a qué hora quieres que esté en tu casa?

—Sobre las ocho.

—Hasta luego entonces —concluyó despidiéndose.

Edward se alejó hacia su coche. Bella se subió en el suyo, sin estar muy segura de lo que había sucedido ni de cómo había sucedido. Obviamente no se había imaginado que Edward se fuera a poner contento al saber que tenía una cita, pero tampoco se había figurado que se iba a mostrar tan nervioso.

A pesar de que ella se estaba negando a reconocerlo, volvió a constatar que existía una tensión sexual entre los dos. Y estaba segura de que él también era consciente.

Bella no había previsto que Edward se iba a prestar como canguro. No tenía ningún problema en dejarle a cargo de Nessi, él la adoraba y era perfectamente capaz de cuidarla. Además, ella siempre llevaba encima el teléfono móvil y si pasaba cualquier cosa la podía localizar al instante.

Sin embargo, Bella estaba nerviosa porque no estaba segura de sí misma. Se sentía como si estuviera traicionando a Edward al salir con otro hombre.

Frunció el ceño y encendió el motor del coche, después de cerrar con un portazo.

«No hay absolutamente ningún motivo por el que deba sentirme culpable», reflexionó.

Sin embargo, la culpa no la abandonó, a pesar de que le molestaba muchísimo sentirse así. Era consciente de que no le debía ninguna lealtad a Edward.

A la noche siguiente, Edward llamó a la puerta de casa de Bella a las ocho menos cuarto. No se había dado cuenta de que estaba enfadado hasta el instante en el que Bella le abrió la puerta y sintió cómo una oleada de rabia recorría su cuerpo. «No tengo ningún derecho a sentirme así. Ella no es mía. Por lo menos todavía no», pensó.

—Hola —dijo Bella al abrir. Llevaba un vestido negro ajustado de tirantes que le llegaba hasta las rodillas. La falda tenía una raja en un lado que dejaba a la vista el pálido muslo. Estaba muy atractiva.

—Hola —contestó Edward y pasó dentro. Percibió la esencia del perfume de Bella y esperó a que cerrara la puerta—. ¿Está Nessi durmiendo? —le preguntó mientras la seguía hasta la cocina.

Bella lo miró.

—Sí. Creo que está incubando un resfriado de verano. Ha estado de mal humor y estornudando todo el día. Tampoco se ha terminado la cena. Le he dado una aspirina infantil y la he metido en la cama —contestó. Se detuvo enfrente de la encimera y alcanzó una hoja en blanco—. Te estaba escribiendo el número del pediatra y mi número de teléfono móvil. La cena de la Asociación de las Damas Rosas es en el salón Oasis del hotel Sheraton. También te escribo el teléfono del hotel por si el móvil se quedara sin cobertura. Si tienes cualquier duda, o si Nessi se despierta y no puedes dormirla de nuevo, por favor llámame. Vendré en seguida.

—¿Tiene fiebre? —preguntó Edward mientras revisaba la lista de teléfonos.

—No tenía cuando la he metido en la cama —Bella se mordió el labio, claramente agobiada—. Lo mismo debería de cancelar la cita esta noche. Es la primera vez que me separo de Nessi sin que se sienta bien.

A pesar de lo poco que le apetecía a Edward que Bella saliera con otro hombre, tampoco quería que se quedase en casa cuando estaba lista y vestida para salir. Además, la cena a la que iba era una cena benéfica para sacar fondos para el hospital Mason Virginia. Había reconocido el nombre porque la semana anterior él también había recibido una invitación para asistir a la cena, que había rechazado, aunque había enviado una donación al hospital. Quizá aquella noche se tratase realmente de una cena de negocios y no de una cita. Pero Edward ni lo sabía a ciencia cierta, ni se lo iba a preguntar. Algo dentro de él le pidió reconfortar a Bella para que se marchara tranquila.

—Si se levanta y tengo algún problema te llamaré de inmediato —le prometió—. No tienes que cancelar el plan porque tu pequeña se encuentre un poquito mal.

—Se puede convertir en una niña extremadamente exigente cuando no se siente bien —Bella le avisó, preocupada.

—Como tú. ¿Te acuerdas del fin de semana que pasamos en tu apartamento cuando estuviste acatarrada? Te alimenté a base de sopa de pollo y nos vimos una maratón de películas antiguas.

Aquel recuerdo hizo que los ojos de Edward se oscurecieran y sus mejillas se sonrojaran.

—Claro que me acuerdo —respondió Bella con suavidad.

El timbre de la puerta sonó, rompiendo la magia del momento.

—Por todos los santos, le dije a Mike que no llamara al timbre para no despertar a Nessi —dijo con mal humor. Tomó su bolso y salió apresuradamente hacia la puerta.

Edward la siguió, situándose detrás de ella.

—Mike, hola.

—Hola, Bella —dijo el hombre larguirucho mientras recorría a Bella con la mirada—. Estás estupenda.

—Gracias. Te invitaría a que pasaras dentro, pero vamos un poco tarde así que… Edward —lo miró y dio un respingo cuando su brazo rozó sin querer el de Edward. Se había puesto muy cerca de ella—, por favor llámame si Nessi se levanta y se encuentra peor, sobre todo si le sube la fiebre.

—Lo haré —le aseguró Edward. Acto seguido se acercó más a ella y le colocó un mechón de pelo que le caía sobre la cara detrás de la oreja y sus dedos le acariciaron levemente la mejilla. Ella se le quedó mirando, sorprendida. Edward apartó la mirada y la clavó en el hombre que estaba en la puerta.

—Pasároslo bien, chicos. Y conducir con cuidado —dijo Edward despidiéndose.

La expresión de Mike denotaba sorpresa por el gesto posesivo que Edward acababa de tener. Tomó del codo a Bella y la condujo hasta el coche.

—No la esperes despierto —le dijo Mike a Edward con un tono hostil antes de montar en el coche.

Edward sonrió.

—Oh, no te preocupes, estaré levantado cuando volváis —repuso en un tono intencionadamente suave.

—Llámame si le sube la fiebre —dijo Bella, lanzándole una mirada de aviso.

Edward se quedó observando mientras Mike le abría a Bella la puerta de su elegante BMW y se marchaban. Después se metió dentro de la casa, controlando el impulso de dar un portazo para no despertar a Nessi.

Dentro del coche, Bella suspiró.

—¿De que va todo esto? —preguntó Mike mientras reducía la velocidad ante una señal de tráfico— ¿Quién es ese tipo?

—¿Edward? Es el canguro, va a cuidar de Nessi esta noche.

—Y me temo que no sólo quiere cuidar de Nessi —comentó. La miró de reojo—. ¿Tú no estás casada, verdad Bella?

Se la quedó mirando con intensidad.

—Pues claro que no estoy casada, si no no saldría contigo esta noche.

—Lo mismo tendrías que decírselo también a tu canguro —añadió—, porque parece estar muy a gusto desempeñando el papel de marido.

—Estoy segura de que le has malinterpretado —afirmó Bella intentando por todos los medios disimular los nervios. Sin embargo, sus manos agarraron con fuerza el bolso—. Se ha ofrecido a quedarse con Nessi esta noche. Ella le adora y él se porta muy bien con ella, es todo lo que hay.

En su fuero interno, Bella estaba totalmente de acuerdo con Mike. Edward se había comportado como si ella le perteneciera. Tendría que hablar con él en cuanto volviera a casa. Lo conocía demasiado bien y sabía que tenía que pararle los pies a tiempo. No estaba dispuesta a iniciar ninguna aventura más con él.

«Lo único que nos une es nuestro mutuo amor por Nessi», pensó con firmeza. Fin de la historia.

La noche resultó un éxito absoluto desde el punto de vista comercial. Bella hizo unos cuantos contactos nuevos y saludó a varios clientes. A nivel personal, sin embargo, la cena y el baile posterior no fueron tan positivos. Mike se había pasado la mayor parte del tiempo charlando con sus conocidos, con lo que la había dejado sola la mayor parte del tiempo. Sin embargo, a Bella, no le había importado porque, en realidad, no estaba interesada en él.

Mike durante meses le había insistido en que salieran juntos y finalmente Bella había accedido a ir a aquella cena. Había pensado que una fiesta de ese tipo era una buena prueba para averiguar si estaba a gusto con él y si debía aceptar alguna de sus invitaciones a cenar o al cine.

Antes de que la velada hubiese terminado, Bella ya sabía la respuesta. Mike la llevó a casa y aparcó en la puerta.

—Gracias por la velada, Mike —dijo ella. Se quitó el cinturón de seguridad y se giró para mirarlo—. Me lo he pasado bien.

—Ha sido como un día de trabajo normal pero en traje de noche. Al menos la comida ha sido buena. Me alegro de que te lo hayas pasado bien, pero me temo que esta noche no se va a volver a repetir.

—Lo siento, Mike, mi vida es un poco complicada en estos momentos.

—Ya me he dado cuenta. Y tu chico de un metro ochenta también es una complicación.

—Gracias por tomártelo con tanta deportividad —contestó con gratitud. No había tenido que explicitar su negativa y él se lo había tomado muy bien.

—Pensaba que quizás podía tener alguna posibilidad contigo, pero supongo que me tendré que conformar con ser tu compañero de trabajo.

—Mi vida laboral esta en mucha mejor forma que mi vida personal en este momento, así que, Mike, puedes estar seguro de que te estás llevando la mejor parte de mí.

Mike se rió y le abrió la puerta a Bella. Al instante, la luz de la entrada de la casa se encendió.

Mike ayudó a Bella a salir del coche deportivo.

—¿Quieres que te acompañe dentro? Así le puedo explicar a tu canguro que somos sólo amigos.

—No, gracias por la oferta, estaré bien —concluyó ella.

Mike la besó en la mejilla.

—Te espero aquí hasta que entres dentro —le dijo.

—Eres un auténtico caballero, Mike —añadió Bella.

Él soltó una risilla.

—Ya sabes mi número. Llámame si cambias de idea y te apetece tener algo más que un compañero de trabajo.

Bella se rió. Se despidió con la mano al acercarse a las escaleras del porche. Él hizo lo mismo. Cuando estaba subiendo las escaleras escuchó el ruido del motor del coche al encenderse. Justo en ese momento, Edward se asomó fuera.

—¿Cómo está Nessi? —preguntó Bella mientras entraba.

Edward cerró la puerta de la casa.

—Se ha despertado antes un momento, pero ahora está dormida.

Bella se sintió muy aliviada.

—¿Y la temperatura? ¿Tenía fiebre cuando se ha despertado?

—No, pero su pijama estaba empapado, así que la he cambiado. Le he dado un poco de agua y le he cantado una nana mientras la mecía. Después se ha vuelto a quedar dormida. Hace una hora más o menos.

—Gracias a Dios —añadió ella. Miró a Edward con el cejo fruncido y dijo—. Tú y yo tenemos que hablar. Vamos al salón para no despertar a Nessi.

Las luces de la cocina estaban apagadas. Sólo estaban encendidas la lámpara del sofá y la televisión.

Bella estaba demasiado preocupada por hablar con Edward como para darse cuenta del ambiente íntimo que la luz tenue había creado. Entró en la estancia, dejó caer su bolso sobre el sillón otomano y miró a Edward.

Él se apoyó en el quicio de la puerta, clavando su mirada en ella, pero su rostro permanecía inexpresivo.

—¿Qué te ha pasado antes? ¿A qué ha venido eso? —exigió saber Bella.

—¿El qué?

—Tu comportamiento cuando Mike ha venido a recogerme.

—Ah. Eso.

—Sí. Eso —Bella se cruzó de brazos y lo miró—. Mike me ha llegado a preguntar si estaba casada porque te has comportado como si fueras mi marido.

—¿De verdad te lo ha preguntado? —Edward se apartó de la puerta para acercarse a ella.

—Pues sí. Y tiene razón en una cosa, te has comportado de manera posesiva —afirmó.

Edward se estaba aproximando cada vez más. Siguió acercándose hasta que sólo les separaron un par de centímetros. Bella tuvo que echar hacia atrás la cabeza para poder continuar mirándolo.

—No tienes ningún derecho a hacer creer que existe algo entre nosotros. A excepción de Nessi, no hay nada entre nosotros. Ni siquiera estamos saliendo juntos. No somos… nada.

—No, no estamos saliendo juntos —admitió Edward, su voz sonaba grave—. Pero es innegable que hay algo entre nosotros.

Sin que le diera tiempo a decir nada, Edward la rodeó con sus brazos y la atrajo con fuerza hacia sí. Sin mediar palabra, la besó en los labios.

Instintivamente, Bella respondió a aquel beso. Sin embargo, su sentido común comenzó a luchar tratando de contrarrestar la intensidad de la pasión que se estaba desatando en su interior. Agarró los bíceps de Edward tratando de apartarlo de ella.

Por un momento, le dio la impresión de que él no iba a ser capaz de controlarse. Sin embargo, de repente se quedó paralizado y frío. Bella sintió la tensión contenida en el cuerpo de Edward. Parecía como si estuviera tratando de controlar sus emociones. Él la miró a los ojos.

—Bella, perdóname. En ningún caso he querido forzarte —dijo casi en un susurro.

Una vez libre de la fuerza de Edward, Bella se sintió desbordada por el deseo. Podía notar sus brazos poderosos, su pecho duro como una roca. Inspiró profundamente e intentó reconstruir sus defensas, sin embargo, la fragancia de la loción de afeitado de Edward junto con su inconfundible aroma varonil le complicaron la tarea.

—Edward… —dijo tras inspirar profundamente. «Te he echado de menos. He echado tanto de menos tus besos», pensó con dolor.

Bella se puso de puntillas y rodeó el cuello de él con los brazos. Sus labios buscaron los de Edward, quien gimió mientras la abrazaba. Se besaron con una pasión descontrolada. Era como si la temperatura de la sala hubiera ascendido cien grados. Los latidos del corazón de Bella iban a toda velocidad.

La parte del cerebro de Bella que no estaba nublada por el deseo y que todavía era capaz de pensar, consiguió que reuniera las fuerzas necesarias para apartarse de Edward.

—Esto no puede ser —susurró con su voz femenina, suave y apasionada—, no caeré de nuevo.

—Demasiado tarde. Ya hemos caído —contestó él en un tono rasgado por la pasión sexual, pero convincente.

—No, no es demasiado tarde —replicó Bella con un poco más de fuerza, negando con la cabeza.

Los brazos de Edward se relajaron, sus manos descansaron en la cintura de Bella. Ella no sabía muy bien qué hacer, estaba desorientada. Por fin recuperó la entereza y se apartó de él.

—Márchate.

Edward la miró en silencio. La línea tensa dibujada en su mandíbula evidenciaba su frustración.

—Me iré —murmuró—. Pero antes vamos a dejar una cosa clara. Lo aceptes o no, tenemos algo, existe algo entre nosotros —sentenció antes de darse la vuelta y dirigirse hacia la puerta—. Os veré a ti y a Nessi mañana —añadió antes de salir.

Edward se fue del salón y Bella se quedó inmóvil, tensa como una flecha, hasta que oyó la puerta cerrarse.

Entonces se dejó caer en el sofá. Estaba temblando.

«No volveré a dejarme llevar. No lo volveré a hacer», pensó cruzándose de brazos.

La posibilidad de que Edward le volviera a romper el corazón se estaba convirtiendo en algo real. No estaba segura de si podría sobrevivir una vez más al abandono.

Y estaba claro que él la abandonaría de nuevo. Estaba convencida. A pesar de la devoción que estaba manifestando por Nessi, estaba segura de que tarde o temprano se cansaría de la novedad de ser padre, y cuando la rutina de la vida diaria con un bebé le aburriera, se iría. Quizá enviara felicitaciones de cumpleaños y ayudara a pagar las facturas de la universidad, pero de lo que Bella estaba segura, era de que Edward sólo sería una presencia puntual en la vida de su hija. Él vivía en Idaho la mayor parte del tiempo, ¿cuánto tiempo podría dedicarle a Nessi en sus visitas a Seattle? ¿Por cuanto tiempo estaba dispuesto a dejar el rancho?

—Sólo tengo que dejar que esta luna de miel que está viviendo con Nessi pase —se dijo a sí misma—. Después todo volverá a la normalidad.

Se levantó y se dirigió a su dormitorio. En algún lugar de su corazón albergaba la secreta ilusión de que Edward no se marchara jamás de sus vidas.