Hola...

Chicas disculpen la tardanza, lo que sucede es que ya entre a la U y llego tarde a casa; pero tratare de actualizar lo mas pronto posible.

Gracias por sus mensajitos, favoritos y alertas.

Los dejo con el nuevo capitulo.

Chao ;)


Capítulo 5

Al regresar a su casa, Edward se insultó repetidas veces frente al espejo. No tenía que haber presionado a Bella. Debía haber sido capaz de contenerse y respetar los ritmos marcados por ella.

Sin embargo, el saber que había pasado la velada con otro hombre, le había nublado el sentido común. Un instinto primario le había obligado a acercarse a Bella, a besarla como si con ese beso reemplazara el roce de otro hombre.

Sabía que no se había comportado como un ser racional. Sin embargo, aquello no impedía que el mero pensamiento de que Bella pudiera estar con otro hombre, le desatara aquel tipo de reacción.

«¿Qué demonios me está pasando?», pensó.

Había estado separado de Bella durante dos años. Se preguntó si lo que había sucedido era que había suprimido sus emociones durante todo ese tiempo y quizás, al verla de nuevo, hubieran resurgido con una fuerza desbocada. El hecho de haber conocido a Nessi, sin duda, había dotado a sus sentimientos de la fuerza de un terremoto.

No había vuelta atrás. Había salido del estado de parálisis de los meses anteriores. Bella y Nessi estaban presentes en su vida.

Tenía que encontrar una forma de solucionar todo aquello. Debía convencer a Bella para que se casara con él.

Bella se acercó a la mesa de trabajo para estudiar los bocetos esparcidos sobre la mesa. Estaba sola en la oficina de la parte superior de la tienda. Vio a sus dos ayudantes pasar junto con Nessi por el pasillo hacia la sala de juegos para que la niña se tomara un tentempié.

—No me puedo decidir —se dijo Bella, reorganizando y cambiando de sitio los bocetos. No sabía cuáles elegir y llamó por teléfono a Angela.

—¿Angela, puedes subir? Quiero que veas algo y me des tu opinión.

Momentos después oyó pasos en las escaleras.

—Angela —dijo sin levantar la vista de los diez bocetos que tenía sobre la mesa—, ¿puedes echarles un vistazo y decirme cuáles te gustan más? Son los diseños preliminares para la boutique Standish en Portland. ¿Cuáles te gustan más?

—Angela se ha ido un momento a ver a Nessi.

Bella se sorprendió al escuchar una voz grave y masculina que le resultó demasiado familiar. Alzó la vista y vio a Edward acercándose a ella.

—He venido para disculparme —prosiguió él. Llevaba dos cafés en la mano—. Te he traído un café, no creo que vaya a arreglarlo todo, pero necesitaba cafeína y pensé que lo mismo a ti también te apetecería.

—Gracias —Bella tomó su café, confundida por la contradicción de querer hablar con él, pero no querer recordar los sentimientos que la habían asaltado la noche anterior.

—Me pasé de la raya y lo siento —dijo sin más preámbulos—. No me arrepiento de haberte besado, me temo que jamás me arrepentiría de besarte. Pero cuando saliste por la noche, debería haber sido más… educado con tu acompañante —admitió con dificultad.

Bella lo miró por encima de la taza de café.

—He de decir que esta disculpa no es la más sincera que he recibido en mi vida —contestó ella.

Edward se pasó la mano por la cabeza.

—Lo sé. Simplemente estoy tratando de hacer lo correcto. Pero la verdad es que mucho me temo que volvería a ser tan necio o más si se volviese a repetir la escena de anoche.

—¿Te estás atreviendo a decirme que no puedo salir con un hombre? —preguntó Bella con irritación. No era que quisiera salir cada noche con un hombre distinto, pero tampoco se lo iba a confesar a Edward.

—No es eso —contestó él negando con la cabeza—. Por supuesto que no, no tengo derecho.

—Bien, me alegro de que estemos de acuerdo en algo.

—… pero si puedes evitar salir con hombres hasta que arreglemos cómo nos vamos a organizar tú, Nessi y yo, te lo agradecería.

Bella frunció el ceño sin saber muy bien a qué se estaba refiriendo Edward.

—Creía que lo estábamos haciendo bastante bien. Pasas tiempo con Nessi y ella te está conociendo. ¿Qué más quieres?

—Eso es todo lo que podrían tener dos personas que no fuéramos nosotros. Pero nosotros, aparte de ser los padres de Nessi, tenemos más cosas en común. Todavía… siento algo por ti, Bella —su voz cada vez era más grave, más profunda, su mirada más intensa—. Y no creo que yo te resulte indiferente. Quizá todo lo que sientas sea odio porque no estuve cerca de ti cuando te enteraste del embarazo. O quizá me desprecies porque te dejé hace dos años. No sé muy bien lo que está pasando. Pero lo que sí que sé es que esto no tiene que ver sólo con nuestra hija. Y si tú eres sincera, Bella, creo que estarás de acuerdo conmigo.

Bella querría haber negado que Edward despertaba en su corazón sentimientos más fuertes de los que jamás había sentido por cualquier otro hombre. Pero no se le daba bien mentir, y además, él no la iba a creer.

—Quizás haya algo —reconoció Bella con precaución—. Pero como tú has dicho, cualquier sentimiento por mi parte puede que provenga del odio. No te voy a negar que cuando me dejaste y supe que estaba embarazada, en ocasiones te aborrecí. Lo que no te sé decir es si ese sentimiento ha desaparecido.

Edward respiró profundamente.

—Está bien, es justo —reconoció mientras asentía con la cabeza. Sin darse cuenta se llevó la mano al pecho, al corazón—. Podré aguantarlo. ¿Te puedo pedir un favor?

—¿Qué? —preguntó ella. Tuvo un poco de miedo de escuchar su petición. Si le pedía que fuese más explícita quizás no pudiera mentirlo.

—Sé que cometí muchos errores y que tengo mucho que reparar. Te convenceré de que soy digno de tu confianza otra vez —dijo mientras observaba con detalle la oficina de Bella—. Es un gran espacio de trabajo. Parece más grande que la última vez que estuve aquí. ¿Cuántos empleados tienes?

Agradecida de que la conversación hubiera terminado, Bella le enseñó la oficina antes de pasar a ver a Nessi.

—Voy a volar a Idaho esta tarde para hacerme cargo de unos negocios —anunció Edward mientras le daba un beso a Nessi en la mejilla al entregar la niña a Bella una hora más tarde—. Estaré fuera un par de días. Volveré el lunes como muy tarde.

—Entonces te veremos cuando vuelvas —contestó Bella e intentó ocultar su disgusto con una gran sonrisa.

Edward se aproximó a ella y le dio un beso en la mejilla, después otro en la boca.

—Échame de menos —le murmuró al oído. Aquellas palabras sonaron a una dulce orden.

Antes de que Bella pudiera protestar, Edward desapareció por las escaleras. Oyó su voz, seguido de la risa de Angela y por último las campanillas de la puerta.

Bella llevó a Nessi a la zona de juegos. Todavía podía sentir la calidez del beso de Edward en sus labios.

El pequeño parque del barrio, muy cercano a su casa, era el favorito de Nessi y de Bella. Era sábado por la mañana, Bella sentó a Nessi en su regazo y las dos se estuvieron balanceando en un columpio. En la zona ajardinada, Nessi estuvo probando a andar mientras agarraba con fuerza el dedo de Bella. Cuando Nessi se cansó, Bella extendió una manta sobre el césped y se comieron el picnic que había llevado. Nessi se quedó dormida después de la comida sobre la manta. Bella se quedó sentada en la manta al lado de Nessi, con las rodillas pegadas al pecho. Abrió un libro romántico de su autora favorita, Susan Wiggs, pero en lugar de leer, se quedó con la mirada perdida en el horizonte.

«¿Qué voy a hacer con Edward?», pensó.

Edward se estaba comportando de manera magnífica. Estaba siendo atento, considerado, encantador y obviamente adoraba a Nessi. Entonces, ¿por qué tanta preocupación por su inesperada reaparición?

La respuesta estaba clara, aunque a Bella le costara aceptarla.

Edward todavía podía poner su vida patas arriba. Y lo peor era que sus estúpidas hormonas se ponían a cien sólo con tenerlo cerca y oler la esencia varonil que emanaba su piel tostada.

Bella tenía que lograr equilibrar el derecho moral y legal que Edward poseía sobre Nessi, con su deseo de mantenerlo fuera de su vida. La estaba volviendo loca.

«¡Ah! ¡Nunca tenía que haber entrado en aquella floristería!», pensó. «Pero entonces, no tendría a Nessi», le dijo su vocecilla interior.

Bella miró a su hija. Nessi estaba profundamente dormida, su cuerpecito extendido sobre la manta. Sus largas pestañas rozaban la suave piel de las mejillas. Un arrebato de amor conmovió a Bella hasta lo más profundo de su ser y se olvidó momentáneamente de Edward.

«Tú vales tu peso en oro, Nessi», pensó. «Eres lo mejor que me ha pasado en la vida».

—Hola.

Bella miró hacia arriba. Un hombre mayor vestido con una camiseta de golf blanca y pantalones color caqui había tomado asiento en el banco de enfrente. Una gorra azul de los Mariners cubría su pelo negro y llevaba gafas de sol. La saludó, sonriendo amigablemente.

Ella le devolvió la sonrisa y él empezó a leer el periódico.

Aquel hombre le resultó familiar.

—Umm, qué cosas —dijo el hombre.

—¿Perdone? —Bella lo miró, sin saber muy bien si se estaba dirigiendo a ella o si estaba hablando solo.

—Lo siento —el hombre bajó el periódico y movió la cabeza—. La política, me pone malo.

Bella sonrió.

—A mí también. ¿Qué se trae entre manos ahora el Ayuntamiento?

—Socavones. Resulta que no creen necesario arreglar los socavones en el distrito SoDo.

—¿Y sólo hablan de los socavones de SoDo? —Bella sospechaba que no sólo ese distrito tenía socavones. SoDo era como localmente se llamaba al área de Seattle situada en la parte sur del centro—. Yo he visto algunos en Freemont también.

—El reportaje es sobre los de SoDo en particular —contestó él y le enseñó el periódico para que pudiese ver la foto del alcalde con un equipo de hombres reparando la carretera—. Suelo pasar por esta calle varias veces a la semana, y créame, está en unas condiciones deplorables.

—Por muchos impuestos que paguemos, no crea que el Ayuntamiento arreglará esos agujeros hasta que no sean tan grandes como un coche —dijo Bella en tono seco.

El hombre soltó una carcajada.

Al lado de Bella, Nessi se movió, acurrucándose contra su costado.

—Lo siento —dijo el hombre en voz más baja—. No quería despertarla.

Bella le dio una palmadita en la espalda a Nessi.

—No pasa nada, todavía está dormida.

—¿Cuántos años tiene? —preguntó el hombre.

—Un año —Bella se lo quedó mirando, sorprendida por la dulzura con la que estaba observando a Nessi.

—¿Tiene nietos?

—Sí.

—¿Niña o niño?

—Una niña pequeña —repuso y miró a Bella—. Una nueva niña. Recién llegada. No sabía que tenía nietos —continuó con voz un poco más ronca—. Nunca he sido un buen ejemplo, ni como padre ni como marido. Por lo tanto nunca creí que mis hijos quisieran casarse, ni mucho menos tener hijos.

—Entonces estará doblemente contento de tener una nieta —dijo ella, conmovida por la emoción latente en las palabras del hombre.

—Sí. Es verdad que estoy encantado. ¿Están planeando su marido y usted tener más hijos?

—No creo —respondió Bella con cautela. El hombre parecía simpático, pero no sabía si quería compartir detalles íntimos de su vida con él.

—Ya veo, pero si algún día los tienen, espero que sean tan bonitos como la pequeña —añadió señalando a Nessi antes de echar un vistazo a su reloj—. ¡Qué tarde se me ha hecho! No voy a llegar. Un placer charlar con usted —dobló el periódico, se levantó y le dijo adiós con la mano antes de marcharse.

Bella lo vio irse, sorprendida por su estatura. La sensación de que lo conocía de algo se hizo más intensa. ¿Sería algún cliente de la boutique? Seguramente no. La mayoría de su clientela eran mujeres, aunque a veces iban maridos a comprar lencería para sus esposas.

Un todoterreno negro se aproximó hacia el hombre. Una mano invisible abrió la puerta delantera, por la que el hombre se introdujo, el coche se puso en marcha, y desapareció.

En ese momento, Nessi se despertó de la siesta.

Más tarde, ya en casa, Bella echó un vistazo a la edición digital del Seattle Post-Intelligencer y entonces cayó en la cuenta de que el hombre con el que había charlado en el parque había sido, nada más ni nada menos, el mismísimo Carlisle Cullen.

Se quedó observando una fotografía de él en el periódico, sin creérselo del todo.

La fotografía había sido tomada en una fiesta de recaudación de fondos para la caridad. Carlisle vestía un frac. Llevaba gafas de ver, así como el pelo sin cubrir, pero Bella estaba segura de que el hombre que había visto esa mañana y el de la fotografía eran el mismo.

Bella pensó en la conversación que había mantenido con él por la mañana. La única razón que podía tener Carlisle para entablar conversación con ella era Nessi. Seguramente Edward le habría hablado sobre la niña. Y por lo visto, Carlisle había querido ver a su nieta de cerca.

¿Por qué no se habría presentado? Bella se quedó intrigada. No podía olvidar que el hombre casi había temblado de emoción al mirar a Nessi.

Al comprender que aquel hombre era Carlisle Cullen, el abuelo de Nessi, todos los instintos de protección de Bella se pusieron en alerta roja. Ella no conocía a Carlisle personalmente, de hecho no conocía a ningún familiar de Edward. Sin embargo, conocía perfectamente las historias sobre la legendaria naturaleza competitiva y despiadada de Carlisle Cullen.

¿Qué posibilidad existía de que Carlisle Cullen fuera una persona dulce y simpática en sus relaciones interpersonales?

Ninguna.

Miró al reloj digital del microondas. Faltaban sólo unas pocas horas antes de que Edward llegara a Seattle de su viaje. Más le valía tener una buena razón para explicar la presencia de su padre en el parque.

Bella y Edward esperaron a que Nessi se quedara dormida para bajar al piso de abajo. Ya en la sala de estar, la luz le permitió a Bella estudiar las facciones de la cara de Edward.

—He hablado hoy con tu padre.

Edward levantó la cabeza sobresaltado.

—¿Qué?

—Hoy he visto a Carlisle —repitió Bella.

—¿Dónde?

—En el parque. Nessi y yo hemos pasado unas horas allí. Después del almuerzo ha aparecido tu padre.

—¿Qué quería?

—Se ha sentado en un banco cerca de nosotras a leer el periódico. Después hemos hablado sobre lo poco que nos gusta a los dos la política. Luego hemos comentado como el Ayuntamiento no repara los socavones de las calles. Después me ha preguntado qué edad tenía Nessi y ya está.

—¿Eso es todo? ¿Qué le has dicho cuando te ha revelado quién era?

—No me ha revelado quién era.

Los ojos de Edward miraron fijamente a Bella, tratando de averiguar de qué humor estaba.

—¿No se ha presentado?

Bella negó con la cabeza.

—No. No me he dado cuenta de quién era hasta que he venido a casa y he visto una foto suya en un periódico on-line.

—O sea, que no sabes qué quería.

—Pensaba que quizás tú me lo pudieras explicar.

—Le había pedido que se mantuviera alejado de ti hasta que tú estuvieras preparada para conocerlo. ¿O sea, que no te ha dicho nada que te diera alguna pista sobre por qué estaba allí?

—Creo que sí, que me dio una indicación, pero no fui consciente en el momento. Enseguida sacó el tema de los nietos y me dijo que acababa de averiguar que tenía una.

Edward se quedó de piedra.

—Se refería a Nessi, ¿verdad? —continuó Bella ya que Edward no reaccionaba—. Le has hablado de Nessi, ¿verdad?

—Sí, le he dicho que tengo… que tenemos una hija —admitió Edward, preguntándose cuánto más debía decir—. Carlisle acaba de sufrir un ataque al corazón y desde entonces está obsesionado con que ninguno de sus hijos está casado ni tiene hijos.

—Ah, claro —asintió Bella—. Sí, mencionó que estaba preocupado porque ninguno de sus hijos tenía descendencia. En el momento no me he dado cuenta de que tú eras uno de sus hijos. Es que esta mañana no tenía ni idea de que era Carlisle Cullen.

—Carlisle es un hombre inconfundible. Concede cantidad de entrevistas debido a CullenCom. ¿Cómo es que no lo has reconocido? —inquirió con curiosidad Edward.

Bella se encogió de hombros.

—Porque parecía uno más de los hombres de más de sesenta años que pasean por el parque. Y no iba de traje. Llevaba una gorra de béisbol, gafas de sol y una camiseta blanca.

—¿Carlisle llevaba una gorra? —preguntó Edward incrédulo.

—Sí. Una azul y dorada de los Mariners, pareces sorprendido.

—Lo estoy. Carlisle estuvo pensando en comprar el equipo, pero aunque lo hubiera hecho, nunca me hubiera imaginado que se pondría la gorra. No es el tipo de persona que vista de forma informal.

—Bueno, pues hoy sí —dijo Bella con sequedad—. Y la gorra y las gafas le han proporcionado un disfraz bastante eficaz. Además, ¿quién podría esperarse a un millonario paseando por el parque de mi barrio y leyendo el periódico un sábado por la mañana?

—Pues tienes razón —Edward se sintió aliviado porque Bella no parecía estar lanzando una ofensiva. Por lo visto Carlisle no la había importunado—. Entonces, ¿no te ha molestado que se haya presentado de esa manera en el parque?

Bella se mordió el labio, sus ojos se volvieron más oscuros de lo habitual.

—Lo que me importa es el porqué de su aparición en el parque. Si lo único que quería era conocer a Nessi, ¿por qué no llamó y pidió verla? ¿Por qué no me dijo quién era en el parque?

—Probablemente porque yo le he pedido que no se acercara a ti —respondió Edward—. Cuando a Carlisle se le mete algo entre ceja y ceja puede resultar un hueso duro de roer. No quería que te presionara de ninguna manera.

—¿Pero que tipo de presión pensabas que iba a ejercer?—preguntó Bella.

Edward se dio cuenta de que sus últimas palabras no habían tranquilizado a Bella, más bien al contrario. Parecía alarmada.

—Nada en concreto —respondió Edward—. Es sólo por la personalidad de Carlisle. Se puede volver una persona demasiado intensa, no quería que te sintieras desbordada por él. O por el resto de mi familia —añadió—. A mis hermanos no les importa esperar a conocerte hasta que a ti te apetezca, pero las mujeres de la familia están tan enloquecidas con Nessi como Carlisle. Tengo un par de mensajes en el contestados, uno de mi tía Esme y otro de mi prima Kate.

—¿Qué les has dicho? —preguntó Bella.

—Nada. No les he devuelto la llamada. Pero cuando lo haga —añadió, viendo como las pequeñas arruguitas del entrecejo de Bella se acentuaban—, les diré que se esperen un poco hasta que tú estés preparada, ¿vale?

—Vale —sonrió Bella más relajada—. Gracias, Edward. No es que no quiera conocerlas, además estoy segura de que mi tía Sue también querrá conocerte a ti. Pero es que sé perfectamente que la prensa sigue a Carlisle, y si ve a Nessi, estoy segura de que los periodistas se enterarán tarde o temprano. Me gustaría evitar el circo mediático lo más posible.

—Te comprendo, he vivido en el planeta de Carlisle durante mucho tiempo, demasiado. Se perfectamente cómo te sientes.

—Gracias —Bella tomó la mano de Edward en un gesto que le salió instintivamente.

Él giró la palma hacia arriba y entrelazó sus dedos con los de ella.

—De nada.

Bella se quedó quieta, sus ojos contemplando la cara de Edward.

—Estás siendo muy comprensivo con todas mis reticencias.

Edward se encogió de hombros.

—Tú quieres lo mejor para Nessi y yo también.

—Eso espero —contestó Bella sin dejar de observarlo.

—¿No me crees?

—Sí, quiero creerte, de verdad —dijo despacio—. Pero confiar en ti no es una tarea fácil. Yo… a mí me importaste mucho y no estaba preparada para lidiar con lo que vino cuando me dejaste —admitió. Vio como los ojos de Edward se oscurecían y sintió que sus dedos la apretaban con más fuerza. Continuó antes de que él pudiera interrumpirla—. Pero soy una mujer adulta y este tipo de cosas son normales entre un hombre y una mujer. Sin embargo, esta vez, sería Nessi la que sufriría si ocurriera algo entre nosotros. Aunque es muy joven, ya se siente unida a ti. Si de repente desapareces de su vida, te echará de menos.

—Nunca le haré eso —afirmó Edward. Su voz era sincera, su tono de hecho parecía un juramento—. Sé que tienes tus razones para no creerme, pero te juro que lo que digo es verdad. Nunca le haría daño a propósito, jamás —dijo Edward antes de acariciar la mejilla de Bella—. Nunca te haré daño otra vez, Bella. Nunca, te lo prometo.

Su pulgar se deslizó por la mejilla, calmándola. Bella se sintió embriagada, todo daba vueltas a su alrededor. Sabía que tenía que detenerle, pero no pudo hacer nada cuando los labios de él besaron los suyos. Una vez, dos veces, los labios de ella rozaron los de Edward. Cálidos, suaves y Bella sintió que aquel beso estaba sellando una promesa.

El teléfono móvil de Edward sonó justo en aquel instante, rompiendo el encanto. Bella se apartó de él y se pasó una mano temblorosa por el pelo.

—Bella —la voz de Edward era más grave. Más profunda.

—Responde al teléfono —le aconsejó ella, sin querer pensar en lo que acababa de pasar entre los dos. Necesitaba mantener la cabeza fría para poder meditar en lo ocurrido.

Edward tomó el teléfono del bolsillo de la camisa y miró la pantalla para ver el número de la llamada entrante.

—Es mi secretaria —anunció mientras devolvía el teléfono al bolsillo.

—¿No tienes que responder? —Bella se separó de él y se puso de pie.

—No, la llamaré más tarde —se levantó y clavó la mirada en los ojos de ella. El semblante de Edward estaba serio—. Necesito que me digas que me crees cuando te digo que no me voy a separar ni de ti ni de Nessi.

Bella lo miró fijamente.

—Quiero creerte, Edward, pero es demasiado pronto. Si sigues cerca de nosotras, si sigues viendo a Nessi durante el siguiente mes, empezaré a creer lo que dices.

—Supongo que es lo que me merezco —reconoció él. Tomó una bocanada de aire—. Es justo. ¿Me acompañas a la puerta? —le preguntó ofreciéndole la mano a Bella, quien dudó por un instante. Cuando la tomó, los dedos de él, cálidos, la acariciaron.

Edward salió al porche y miró a Bella.

—¿Mañana por la noche? ¿Qué te parece si traigo una pizza de Zeke's?

—Estupendo. Hace siglos que no me como una.

—Genial. Entonces os veo a ti y a Nessi mañana.

Edward abrazó a Bella y la besó. Cuando se separaron, ella no podía dejar de mirarlo. Edward sonrió, suavemente, posó sus manos sobre los hombros de Bella y la empujó con suavidad hacia el interior de la casa, después cerró la puerta despacio.

Cuando Bella oyó el ruido del motor alejándose, no pudo evitar sentir la esperanza de que Edward, el hombre que parecía estar tan centrado en su nueva hija, se quedara.