Hola chiks...
Perdonenme la tardanza, pero ya saben entre el trabajo y la U no es que me quede mucho tiempo. Tratare de recompensarlas y subir dos capitulos hoy. Gracias a todas las que se han mantenido leyendo la historia, me dejan sus reviews, alertas, favoritos, y aquellos que apenas se estan uniendo.
Saludos a todos, y no siendo mas los dejo con el capitulo.
Bye;D
Capítulo 6
Edward se presentó en casa de Bella con una pizza entre las manos justo antes de las cinco de la tarde del día posterior. Bella percibió el olor de la pizza y suspirando dijo:
—Había olvidado lo bien que huelen las pizzas de Zeke's.
Edward estuvo de acuerdo.
—Tengo hambre ¿y tú?
—Estoy hambrienta —respondió Bella tratando de ignorar la sensualidad de los labios y los ojos verdes de Edward, quien se estaba riendo de su comentario.
—Vamos a comer al patio. Nessi y yo hemos puesto la mesa fuera.
La casa de Bella tenía un pequeño y acogedor patio en la parte trasera. Los rosales crecían alrededor de los arcos de una estructura metálica, y en una esquina había un parquecito de arena en forma de tortuga. Justo detrás se encontraba un columpio.
—Qué bonito —comentó Edward al ver el patio. Dejó la pizza sobre la mesa mientras echaba un vistazo alrededor—. ¿Tienes jardinero?
—No. Me gusta cuidar de las plantas. He descubierto que la jardinería es muy terapéutica —comentó Bella mientras sentaba a Nessi en su silla. Le sirvió un cuenco con cereales de avena.
—¿La niña puede comer pizza? —preguntó Edward mientras abría la caja.
—No. Es demasiado pequeña.
Nessi interrumpió la conversación golpeando con fuerza su cuenco contra la bandeja de metal al tiempo que señalaba el pedazo de pizza que Edward tenía en las manos.
—¿Estás segura? —preguntó él, dudando al ver como la pequeña exigía un poco de pizza.
—Sí, estoy segura —Bella se rió.
Se sentó en una silla cerca de Nessi. Se quitó las sandalias de color rosa y puso los pies descalzos sobre las baldosas del suelo, todavía calientes por el sol. El vestido de algodón veraniego que llevaba no le llegaba a la altura de las rodillas. Cuando se sentó, puso la servilleta sobre su piel desnuda y morena.
—Deberías verte la cara, Edward, en serio, puede que quiera pizza —continuó hablando mientras Nessi seguía con sus gritos y balbuceos—, pero no puede comerla.
—Si tú lo dices.
Edward le pasó un plato a Bella. Le recorrió el cuerpo con la mirada, en un gesto típicamente masculino. Ella se sonrojó.
—No parece estar muy contenta con el trato.
—Ya lo sé. Pero lo superará —bromeó Bella, intentando pasar por alto que se había puesto colorada—. ¿Quieres limonada?
Edward asintió. Bella tomó la jarra y sirvió dos vasos, pasándole uno.
Una gran sombrilla blanca los protegía del sol del atardecer. Los insectos revoloteaban alrededor de las flores que crecían junto al muro. Las rosas y la lavanda crecían en el patio inundando con su aroma la brisa cálida del verano.
Cuando Edward terminó de comer, estiró las piernas y se recostó cómodamente sobre la silla.
—Qué bien se está, Bella, es un jardín muy agradable. ¿Cuánto hace que vives aquí?
—Poco más de un año. Me mudé dos meses antes de que Nessi naciera.
—¿Qué tal te fue? —preguntó Edward con curiosidad.
—¿Qué tal me fue qué?, ¿la mudanza?
—No, Nessi, su nacimiento —contestó él mirando a la niña, que estaba entretenida con los cereales—. No estuviste sola, ¿verdad?
—No, no estuve sola. Angela me ayudó en el parto y en la preparación. Estuvo a mi lado todo el tiempo. Y mi tía Renee vino a vivir conmigo durante las dos primeras semanas, nada más salir del hospital —explicó Bella y sonrió al recordar esos días—. Creo que la experiencia ha convencido a Angela para no tener hijos. Adora a Nessi y le encantan los niños, pero la idea de estar embarazada y de dar a luz, no tanto.
—¿Fue duro? ¿Lo pasaste mal? —Edward frunció el ceño—. Cuéntame.
—Fue normal, no fue tan duro. Durante los tres primeros meses tenía náuseas por mañana. Al principio perdí bastante peso, dejé de desayunar y me pasaba el día con hambre. Se me antojaban las cosas más insólitas. Por alguna extraña razón, me encantaba comer pepinillos con crema de cacahuete. Durante los últimos meses, mi barriga era tan grande que no me podía agachar ni atarme los zapatos, tampoco podía estar de pie mucho rato ni tumbarme a gusto ni sentarme a gusto… —Bella se dio cuenta de que Edward había palidecido y estaba francamente horrorizado—. Oye, fue un embarazo de lo más normal.
—No suena muy normal —murmuró—, y si lo fue, no entiendo como una mujer pueda querer tener un segundo hijo.
—La naturaleza nos ha concedido el don de poder olvidarlo rápidamente —le respondió—. Los detalles, de hecho, están empezando a desaparecer de mi memoria y Nessi tiene solamente un año. Me temo que cuando cumpla dos años, ya no me acordaré de los malos momentos —afirmó mirando a Nessi con cariño.
—¿Te gustaría tener otro niño? —preguntó Edward.
La mirada de Bella se clavó en la de Edward, segura de que tras la aparente inocencia de la pregunta se ocultaba un gran significado.
—No lo sé —expresó con prudencia—, quizá. Pero de momento sólo puedo con Nessi, ya veremos en el futuro.
—Ya. Me hago a la idea —repuso él. Apartó la mirada de Bella y buscó a la niña. Nessi miró a su padre e inmediatamente empezó a balbucear y a emitir sonidos.
—Creo que quiere que la bajemos —anunció Bella.
—Hola, pequeña.
—Nació con la cabeza cubierta de rizos cobrizos —dijo Bella y miró con afecto a la pequeña, quien estaba intentando llegar hasta su padre. La niña se elevó un poco y consiguió tocar a Edward, y agarrar sus vaqueros. Él se rió y tomó a la niña en brazos, sentándola en su regazo—. Normalmente, los bebés pierden ese pelo, pero el de ella se volvió cada día más fuerte.
—¿Tienes alguna foto de Nessi recién nacida? —preguntó él mientras le daba un beso en la cabecita.
—Sí, tengo muchísimas —Bella percibió cierta melancolía en el tono de Edward—. Tengo unos cuantos álbumes de fotos, si quieres, cuando Nessi se acueste los puedes ver.
—Sí, luego los veo.
Poco después, mientras Edward se estaba despidiendo de Nessi en la cuna, Bella tomó dos gruesos álbumes del armario y los bajó al piso de abajo.
—No sé cómo no se me había ocurrido antes —dijo Bella mientras Edward se sentaba en el sofá junto a ella.
En aquel momento, sus piernas se rozaron. El cuerpo de Bella se estremeció ante aquella leve caricia. Tratando de disimular, le enseñó varias instantáneas de la niña recién nacida.
—Aquí está justo después de nacer —le explicó.
Edward tomó el álbum y lo puso sobre su regazo. Acarició la primera foto.
—Se la ve muy roja y arrugada. Y mira todo el pelo que tiene. Y la boca totalmente abierta, ¿está gritando?
—Sí, posiblemente —dijo Bella entre carcajadas—. Esta niña tenía buenos pulmones.
—Eso está muy bien en una recién nacida, ¿no?
—Sí, sí.
Edward pasó de página, mirando las fotos y deteniéndose en algunas en las que la pequeñísima Nessi aparecía envuelta en una mantita, reposando en el pecho de Bella.
—No mires ésas —dijo Bella con rapidez—, estoy horrorosa.
—Estás preciosa —defendió Edward y miró a Bella, a quien se le cortó la respiración por la intensidad del momento—. ¿Cuánto duró el parto?
—Estuve unas ocho horas en el hospital hasta que nació.
Edward frunció el ceño.
—¿Eso es lo normal? —preguntó.
—Muy normal —le aseguró ella para tranquilizarle—, tengo amigas que se han pasado el día entero en el hospital o incluso más tiempo.
Edward tembló levemente.
—He asistido en el parto a vacas, perras y yeguas. No me puedo imaginar que puedas aguantar ocho horas.
—No fue divertido precisamente —dijo Bella conmovida por su interés—, pero mira lo que me traje a casa —concluyó señalando una foto de la niña vestida con su ropita y su gorro de recién nacida, lista para ir a casa por primera vez.
—Es verdad —reconoció Edward. Estudió la foto sonriendo—. Era tan pequeñita. ¿Cuánto pesó?
—Tres kilos y cuatrocientos gramos, que según mi doctor, está muy bien.
Bella sintió como la relación entre los dos se iba estrechando y fortaleciendo conforme iban pasando las hojas del álbum.
Cuando Edward llegó a la última página del álbum, lo cerró con cuidado y mirando a Bella dijo con suavidad:
—Gracias.
—De nada. ¿Quieres una copia de la foto de Nessi recién nacida?
—Sí, me encantaría —dijo Edward—, pero no me refería a las fotos —se acercó más a Bella, posando la mano en su regazo—, quiero decir gracias por tener a nuestro bebé. Podrías haber decidido abortar o dar a la niña en adopción. Te estoy increíblemente agradecido porque decidieras seguir adelante con el embarazo.
La emoción en la voz de Edward provocó que unas lágrimas brotaran de los ojos de Bella, quien no pudo evitar tomar las manos de Edward.
—Yo también me alegro de la decisión que tomé. Al saber que estaba embarazada me asusté mucho al principio, pero cuando mi doctor me expuso las posibilidades que tenía, yo ya sabía que quería seguir adelante con el embarazo.
—Es una pequeña muy afortunada —murmuró Edward—. Eres una mujer increíble, Bella —se acercó más a ella, sin soltar su mano. Y en aquel instante, Edward le tapó los labios con un beso.
Bella se dejó llevar, permitiendo que los cálidos labios de él se encontrasen con los suyos.
Le rodeó el cuello y sintió el tacto suave de su cabello y de su piel tibia.
Los labios de Edward se separaron levemente de los de Bella, para deslizarse por sus mejillas y por el cuello. Descendió a las clavículas, después a la parte superior de los pechos. Bella gimió y se aproximó más a él. Sus pezones se excitaron al sentir el roce de la mano de Edward en las rodillas.
Los dedos de Edward se pasearon por la piel desnuda de Bella, hasta que se colaron debajo de la falda y la agarraron con firmeza. Bella estaba temblando, el deseo la inundaba, su abdomen se contraía y se relajaba, en un incesante pulso.
—Edward —consiguió murmurar, sabía que debía pararle. Deseaba continuar, pero era consciente de que al día siguiente se arrepentiría si se entregaba a él.
—Si, nena —suspiró Edward. Su pulgar estaba moviéndose en círculos sobre el muslo de Bella—. ¿Dime?
—No estoy preparada todavía, Edward —consiguió decir, temblando al notar el pulgar de Edward dibujando figuras sobre su piel—. Necesito más tiempo —cerró los ojos y respiró profundamente, tratando de recuperar la compostura.
Bella estuvo a punto de echarse a llorar de frustración al notar como la mano de Edward se retiraba y bajaba su falda, hasta posarse sobre su rodilla.
—Está bien —contestó Edward, quien a pesar de toda la tensión acumulada, no trató de presionarla. Simplemente la acarició con ternura y le dio un último beso en la mejilla, que estuvo a punto de hacer que ella perdiera el control de nuevo.
Entonces Edward se levantó y Bella lo imitó.
—Creo que acabo de emplear toda la fuerza de autocontrol que poseo. Ahora debo marcharme. ¿Me acompañas a la puerta? —pidió él.
Media hora después, Bella estaba despierta tumbada sobre su cama, mirando fijamente a la luna.
«Reconócelo, te estás enamorando de nuevo de él», pensó.
No sabía si le saldría mejor que la primera vez. Amar a Edward era complicado. No tenía ninguna duda de que Nessi le importaba mucho, y parecía que también estaba dispuesto a volcarse en ella. Sin embargo, Bella desconocía si lo que sentía Edward por ella lo provocaba únicamente el hecho de que fuera la madre de Nessi. ¿Estaría tan seguro de querer estar en su vida de nuevo si no hubiera sido por Nessi?
Cuando finalmente logró dormirse, era más de medianoche. Ciertamente, estaba muy lejos de resolver aquel rompecabezas. Tan lejos o más que Edward.
Las campanillas que colgaban de la puerta sonaron suavemente. Bella miró sobre su hombro. Esperaba encontrarse con la cara de algún cliente, pero era la de Edward. Sus anchos hombros estaban cubiertos por una camisa de algodón negro y sus vaqueros aparecían desteñidos justo en los lugares adecuados.
—Buenos días —le saludó con una gran sonrisa dibujada en los labios. Por primera vez, Bella no trató de ocultar su alegría al verlo.
—Hola —contestó Edward, que sin prestar atención a tres clientas que se encontraban en la tienda y a Angela, se acercó a Bella directamente, la abrazó y le dio un beso.
Bella se quedó aturdida tras aquel acercamiento.
—Has salido pronto de casa esta mañana —comentó tratando de disimular. No podía dejar de mirar los sensuales labios de Edward.
—Debo marcharme a Idaho —le anunció él—. El dueño de una propiedad cercana al rancho, que llevo intentado comprar hace mucho tiempo, por fin está dispuesto a negociar, pero ha insistido en que sólo lo hará conmigo.
La felicidad desmesurada de Bella desapareció en aquel instante, pero no su sonrisa.
—Así que te has acercado para decirle adiós a Nessi. Espera aquí, que la bajo en seguida.
—No —negó él deteniendo a Bella con un brazo—, quiero que Nessi y tú vengáis conmigo.
—¿A Idaho? —Bella pestañeó, se echó hacia atrás y se lo quedó mirando.
—Sí. Lo mismo me tengo que quedar allí unos cuantos días y he pensado que Nessi y tú podrías ver el rancho y los caballos. Me gustaría que le compráramos un pony para cuando sea un poquito más mayor.
—No puedo dejar la tienda sola —replicó Bella.
Él la calló posando un dedo sobre sus labios.
—No pienses en nada Bella, sólo dime que vendrás conmigo.
—Sí, mujer. Vete —murmuró Angela detrás de Bella, quien se dio la vuelta y descubrió que su asistente le estaba haciendo muecas y gestos con la cara.
—Pero, ¿qué pasa con la tienda? No me puedo ir así como así —protestó Bella.
—Pues claro que puedes —insistió Angela con firmeza—. Yo me encargaré de la boutique e Irina y Kate se pueden ocupar de los pedidos. Tú te puedes llevar papel y lápiz contigo por si de repente sientes que tienes que trabajar en algún diseño. Anda, márchate.
—Bueno… —Bella se sentía alterada.
—¿Qué tiene de bueno ser la jefa si de vez en cuando no te permites estas cosas? —añadió Edward con una picara sonrisa en los labios.
—Bueno… —dudó Bella—. Supongo que me podré ausentar unos días. Pero el jueves debo estar de vuelta porque tengo una reunión con un cliente —añadió Bella.
Edward soltó una carcajada.
—Prométeme que estaremos de vuelta para el jueves.
—Te lo prometo —aceptó él y levantó la mano como si estuviera haciendo un juramento solemne—. Te juro que te traeré de vuelta el jueves. Vamos a volar en uno de los aviones privados de la compañía, así que si yo tengo que quedarme más, que no creo, tú y Nessi podréis volver a tiempo.
Edward consultó su reloj de pulsera.
—¿Cuánto tiempo necesitas para estar lista?
Dos horas después, Bella estaba saliendo de la limusina en dirección al avión.
—Yo llevo a Nessi —anunció Edward a Bella, tomando a la pequeña en brazos y acomodándola en su pecho—. Héctor, necesitaremos la sillita del bebé en el avión —le explicó al conductor.
El chófer asintió y comenzó a bajar del coche las maletas que Bella había preparado apresuradamente. Otro empleado desmontó del coche la sillita de Nessi.
—Ya podemos subir al avión y sentarnos —Edward tomó a Bella del brazo y subieron la escalerilla del elegante avión privado—. ¿Has volado en este tipo de avión alguna vez?
—No. Sólo he viajado en aviones comerciales —respondió ella mientras entraban en la cabina.
El interior estaba decorado en colores azules y grises con algún toque en dorado. La decoración era de buen gusto, con un punto de lujo. A Bella le gustó inmediatamente. Cuando estaban aterrizando en la pista privada del rancho, se dio cuenta de lo cómodo que había resultado el viaje.
—No hay vuelta atrás. Nunca más podré ser feliz viajando en un avión comercial —le confesó a Edward mientras el piloto detenía el avión.
—Es agradable, ¿verdad? Y además muy cómodo —Edward señaló por la ventana—. Nos deja casi en la puerta de mi casa.
El jet aminoró la velocidad y Bella pudo ver un hangar a su derecha. En la carretera, un poco más adelante, el polvo se arremolinaba detrás de un vehículo todoterreno y de una furgoneta, que estaban detenidos delante de un edificio de gran tamaño. Parecían las oficinas. Los conductores de los vehículos salieron del coche y se encontraron con un hombre que vestía un mono.
—¿Siempre tienes un avión de la compañía a tu disposición cuando viajas? —preguntó Bella mientras esperaban a que el avión se detuviera por completo.
—Cuando viajo de Seattle al rancho, sí —contestó Edward y se desabrochó el cinturón de seguridad una vez parado el avión—. Si voy más lejos, a veces monto en un avión comercial, pero trato de evitarlo —le lanzó una amplia sonrisa a Bella.
—Claro, no me extraña —replicó ella decidida a no resistirse más a los encantos de Edward y a disfrutar del momento.
—Es una de las ventajas de ser el hijo de Carlisle Cullen —añadió él en tono adusto—. Voy a buscar a Nessi.
Mientras desabrochaba el cinturón a la pequeña, Bella se quitó el suyo y momentos después estaban fuera del avión.
—Hola, jefe —el más mayor de los tres vaqueros saludó a Edward—. Me alegro de verte, ¿cómo ha ido el viaje?
—Bien, Harry, muy contento de estar en casa —contestó Edward. Atrajo a Bella hacia delante, poniendo su mano en la cintura de ella—. Bella, te presento a Harry Clearwater, es el supervisor del rancho y se encarga de todo cuando yo estoy ausente.
—Encantado de conocerla, señorita —Harry rozó la punta de su sombrero, saludando respetuosamente.
—Encantada de conocerte, Harry —contestó Bella.
Le hicieron mucha gracia las maneras un poco anticuadas de Harry. El cabello que asomaba bajo el sombrero de cowboy era blanco y sus manos estaban curtidas. Tenía unos ojos azules que irradiaban inteligencia y curiosidad.
—Y esta es nuestra hija, Nessi —anunció Edward lleno de orgullo.
—Es un placer conocerte, pequeña —dijo Harry claramente cautivado por la niña—, es tan guapa como su madre.
—Gracias —Bella le sonrió, intrigada por el afecto que parecía existir entre Harry y Edward. El otro hombre, con sombrero, botas y vaqueros, se acercó y saludó también a Bella y a Nessi.
—Hemos puesto el equipaje en la furgoneta y hemos colocado la silla del bebé en el asiento de atrás del todoterreno, jefe —declaró.
—¿Quieres que conduzca o me voy a casa con Seth? —le preguntó Harry a Edward.
—Conduciré yo, gracias Harry. Le quiero hacer un pequeño tour a Bella.
—Claro que sí —Harry le dio un juego de llaves a Edward—, me iré en el coche con Seth y le diré a Sue que ya habéis aterrizado.
—No le digas que traemos compañía, Harry. Quiero darle una sorpresa.
—Oh, se va a llevar una buena sorpresa, de eso puedes estar seguro.
Los dos vaqueros se marcharon en la furgoneta. Bella caminó detrás de Edward hacia el otro vehículo.
—¿Quién es Sue? —preguntó. No sabía cuánta gente había en el rancho.
—Es el ama de llaves, te he hablado de ella en alguna ocasión, ¿verdad? Es la asistenta a la que no he llevado a la nueva propiedad porque está en obras, y por eso mis hombres y yo nos hemos estado ocupando de las tareas de la casa, ¿recuerdas?
—Ah, sí —Bella asintió—. Ya me acuerdo.
—Lleva conmigo muchos años —explicó Edward mientras llegaban al todoterreno. Abrió la puerta a Bella para luego acomodar a Nessi en la sillita, asegurándose de que estaba correctamente amarrada—. No sé que sería de mí sin ella —afirmó y sonrió con tal cariño, que Bella se dio cuenta del gran afecto que sentía por la mujer—. De hecho, es como si dirigiera todo el rancho.
Puso en marcha el vehículo y siguieron la carretera de gravilla hasta aproximarse a un grupo de edificios y establos. Bella observó una casa de madera, aunque no pudo verla entera hasta que no dejaron atrás unos árboles.
—Oh, madre mía —dijo recuperando la respiración—, ¡qué casa más bonita!
—Me alegra que te guste. A mí también me gusta mucho —coincidió Edward lleno de orgullo y satisfacción.
La casa tenía dos pisos en la parte central. Los costados eran de una sola planta. Un amplio porche abarcaba toda la longitud de la casa y contenía varias mecedoras.
—La parte central es la más vieja —le dijo Edward a Bella mientras aparcaba en frente de la casa—. Añadí el ala norte y el ala sur hace diez años, cuando decidí venirme a vivir aquí.
—Es precioso —insistió Bella mientras contemplaba la fachada y los recintos adosados.
Las puertas de la entrada se abrieron y dos perros se lanzaron escaleras abajo, ladrando.
—Boo, Rusty, tranquilos —exclamó Edward con autoridad. Los perros se sentaron en cuanto le oyeron, pero sus rabos no paraban de ir de un lado a otro, mirando a Edward con ansiedad y excitación.
—Perdona, Edward. No sabía que venías acompañado. Si no, no los hubiera dejado salir —dijo una voz femenina que parecía contrariada.
Bella miró hacia arriba, apartando la vista de los perros. «¿Será ésa Sue?», pensó.
La mujer debía de medir, por lo menos, un metro ochenta. Llevaba una camiseta blanca muy sencilla y unos pantalones de color azul claro de poliéster. Sus pies estaban cubiertos por unas sandalias y llevaba el pelo muy corto. Las facciones de la cara eran muy definidas y tenía unos vivaces ojos azules rebosantes de inteligencia. «Y de curiosidad», pensó Bella, al darse cuenta de que Sue la estaba mirando fijamente.
—No pasa nada, Sue —Edward la calmó.
Se agachó a acariciar a los perros y después bajó un poco a Nessi para que pudiera acariciar el suave pelo de los animales. El más grande de todos, una mezcla blanca y negra de collie, lamió la mano de Nessi, haciendo que la niña soltara una carcajada. Edward también se rió y la elevó de nuevo con cuidado.
—Vosotros, quedaos donde estáis —ordenó a los perros, que obedecieron, aunque estaba claro que hubieran preferido olfatear más a Nessi y recibir sus atenciones—. Los dos son perros pastores, pero los he convertido en animales de compañía. Salen y entran de casa libremente —le explicó a Bella mientras la tomaba de la cintura para conducirla hasta el porche.
—Me parece que Nessi está tan encantada con los perros como ellos con ella —comentó Bella.
—Es que son unos perros inteligentes —añadió Edward mientras subían las escaleras.
Sue los estaba esperando con las manos enlazadas bajo su regazo y una expresión impaciente y llena de curiosidad.
—Sue —anunció Edward—. Es un placer presentarte a Bella Swan y a nuestra hija, Nessi.
Los ojos de Sue se abrieron como platos y se llevó las manos a la boca en señal de sorpresa.
—¿Vuestra hija? —preguntó. Sus ojos se humedecieron—. Oh, Dios mío. Es todo un placer conocerte, Bella.
—Lo mismo digo, Sue. Edward me ha comentado que eres indispensable en este rancho —dijo Bella. Tuvo por un momento la impresión de que Sue se iba a abalanzar sobre ella para darle un abrazo, pero se controló. La mujer fijó la mirada en Nessi.
—Es igualita que tú, Edward —la voz de Sue temblaba por la emoción.
—Sí, tiene mi cabello y mis hoyuelos cuando se ríe —comentó el padre y tomó la carita de Nessi. Pero en ese momento la niña había decidido volverse tímida y escondió la cara detrás del cuello de su padre—. Bueno, en cuanto consigamos que se ría, verás los hoyuelos. ¿Qué hay de cena? ¡Me muero de hambre!
—¡Ay, señor! —exclamó Sue a la vez que subía las manos hacia el cielo—. Si os tengo ahí fuera esperando, pasar dentro. Les he dicho a los chicos que suban las maletas al piso de arriba. Ya me estaba preguntando yo por qué traías tanto equipaje… —dijo mirando a Edward con reprobación.
—Me apetecía darte una sorpresa. Le pedí a Harry que no te dijera que venía acompañado.
—Pues si que me has sorprendido, sí —añadió y le regaló a Nessi una cálida mirada—. Una sorpresa preciosa —continuó. Sacó un pañuelo del bolsillo de los pantalones con el que se secó los ojos, húmedos por las lágrimas—. Si quieres les puedes enseñar a las señoritas donde se pueden lavar y poner cómodas y así yo voy ultimando la cena.
—No tardaremos mucho —le aseguró Edward a Sue, quien asintió y se marchó apresuradamente.
—No me la esperaba así —confesó Bella mientras subían unas escaleras que giraban hacia una balaustrada.
—¿No? —Edward miró a Bella—. ¿Y cómo te la imaginabas?
—Pensé que era sólo una mujer a la que empleabas para cuidar de la casa, pero evidentemente es más que eso, ¿verdad? Es como si fuera una tía para ti. La tienes mucho cariño.
Edward se encogió de hombros, se sentía incómodo.
—Es un poco mandona, siempre dice lo que piensa y además se cree que dirige la casa y a los que vivimos en ella. Pero sí, supongo que se puede decir que Sue es mucho más que una empleada para mí.
—Ya veo —asintió Bella.
Quizás Edward no quisiera admitir que sentía un gran afecto por la mujer, pero desde luego, se lo tenía. Y lo más bonito de todo era que Sue también sentía ese afecto.
Llegaron a al piso superior y caminaron hacia el balcón.
—Ésta es la habitación de Nessi —dijo Edward al abrir una puerta.
Bella atravesó la puerta, mirando alrededor sorprendida.
—Es preciosa —comentó mientras percibía el olor a pintura aún fresca y miraba a su alrededor. Había una mesa para cambiar pañales y una cuna de madera blanca hermosísima—. Edward, ¿cuándo has conseguido esto?
—A los pocos días de conocer a Nessi.
Bella lo miró tratando de descifrar su pensamiento, pero no lo logró.
—¿Tan seguro estabas de que vendríamos aquí contigo? —preguntó con cuidado, tratando de comprender si quizá la habitación fuera un signo de la voluntad de Edward de tener a Nessi a su lado para siempre en su vida.
—No estaba en absoluto seguro —su mirada se intensificó—, pero albergaba la esperanza.
Algo en la profundidad de aquellas palabras tranquilizó y dio confianza a Bella.
—Ya veo. Bueno, pues parece que tus esperanzas se han hecho realidad.
—No todas —murmuró Edward—, pero al menos dos de ellas sí que se han convertido en realidad. Nessi y tú estáis aquí conmigo.
—Sólo estamos de visita —le recordó ella a Edward.
—Ya lo sé —repuso con una picara sonrisa.
—Deja ya el jueguecito de mostrarte tan encantador todo el rato —le regañó Bella, riéndose.
—¿Crees que podría surtir efecto? —preguntó esperanzado.
—No te lo voy a decir —replicó Bella mientras echaba un vistazo a la habitación enmoquetada—, tengo que cambiar a Nessi, pero no veo su maleta.
—Seguramente hayan dejado todas las bolsas en mi habitación. Está por aquí —señaló. Salieron de la habitación y se dirigieron al final del pasillo—. Ésta es. ¿Cuál es la maleta de Nessi?
Bella llegó hasta el quicio de la puerta, sus ojos enormes, contemplaron la impresionante estancia. Las paredes estaban pintadas de color blanco, excepto dos de ellas. Una era una pared acristalada que daba al rancho y la otra, construida en piedra, incluía una chimenea. Había una cama gigante frente a la chimenea y la decoración se completaba con una silla repleta de cosas y un sillón otomano.
Una vivida imagen de los dos en la cama haciendo el amor mientras el fuego crepitaba invadió la mente de Bella. Se quedó mirando fijamente la cama sin hacer. Cuando por fin consiguió dejar a un lado la fantasía, vio el jacuzzi del baño y estuvo a punto de soltar un gemido.
Con resolución, apartó la vista de todas aquellas tentaciones y se quedó mirando fijamente a la pared donde estaba la puerta. Había varias fotografías enmarcadas colgadas. Todas ellas eran de un hombre mayor, de pelo blanco, con botas de cowboy y vaqueros que posaba en varias localizaciones del rancho, acompañado por un niño de unos ocho o diez años. Bella reconoció al instante al chico de pelo cobrizo y hoyuelos.
—Bella —dijo Edward mirándola—, ¿qué te pasa?
—Es la habitación, es… —dijo sin poder encontrar las palabras. Quería decir que en aquella habitación acababa de encontrar al verdadero Edward. El que combinaba la simplicidad con el lujo. Los muebles de calidad con las fotografías entrañables—, preciosa —terminó por decir, incapaz de expresarse mejor.
—Gracias —contestó él echando un vistazo a su habitación—. Todos los muebles pertenecieron a mi abuelo. Contraté a un decorador para el resto de la casa, pero no para esta habitación —se encogió de hombros—, no quería que él… me parecía que mi habitación estaba bien así.
—Es muy bonita —insistió ella en voz baja.
—Mamá —Nessi llamó a su madre, abriendo los brazos.
—Aja, creo que alguien tiene hambre —dijo Bella al tomar a la niña de los brazos de Edward—. Sus cosas están en la bolsa roja, si la traes a la habitación yo puedo ir cambiándola para poder bajar y darle de comer.
—Y nosotros también cenaremos. Estoy hambriento —comentó Edward mientras tomaba la bolsa y se dirigía a la habitación de Nessi.
A las ocho y media, Bella dejó a Nessi en la cuna. Se quedó más tiempo de lo normal para asegurarse de que se había quedado profundamente dormida. Luego salió de puntillas para no despertarla.
Edward la estaba esperando en el piso de abajo.
—Pensé que quizás no estaría a gusto en una habitación desconocida, pero no la he oído llorar —comentó Edward cuando Bella bajó.
—Ha tenido un día muy agitado, por eso se ha quedado dormida enseguida —contestó Bella. Tocó la punta de la camisa de Edward—. ¿Vas a salir?
—Los dos, si te apetece.
Bella miró hacia arriba.
—No puedo dejar a Nessi sola, Edward.
—Sue se quedará pendiente de ella. El interfono de la habitación de Nessi está conectado con la cocina, la lavandería, el cuarto de estar, la habitación de Sue y el patio de atrás. Si Nessi hace cualquier ruido, Sue lo escuchará. Además llevo el teléfono móvil, si pasa algo nos podrá localizar.
—Desde luego, has pensado en todo —añadió Bella conmovida por su previsión—. ¿Dónde vamos?
—No muy lejos. Refresca bastante al caer la tarde. Necesitarás ponerte esto —dijo cubriendo sus hombros con una chaqueta. La tomó de la mano, entrelazando sus dedos con los de ella.
Bella se estremeció al entrar en contacto con la cálida piel de Edward.
Salieron de la casa y se dirigieron hacia la furgoneta que estaba aparcada enfrente. La luz tenue del atardecer creaba unos juegos de luces y sombras impresionantes sobre el campo.
Rápidamente la casa y los graneros desaparecieron detrás de ellos.
—¿Adonde vamos? —preguntó Bella de nuevo.
—Ya lo verás —contestó él con una amplia sonrisa dibujada en el rostro. Su mirada cálida se posó sobre los ojos de Bella.
La carretera que tomaron era muy empinada. Ascendieron una colina hasta que por fin llegaron a una gran explanada en lo alto de una montaña y allí se detuvieron. A lo lejos, el sol parecía una bola de fuego rojo, justo sobre la línea del horizonte. Por detrás de ellos, las lucecillas del rancho brillaban en la penumbra del atardecer. Las luces que surgían del interior de los edificios del rancho eran cálidas y teñían el porche de dorado.
—Que paisaje más increíble —murmuró Bella—, el edificio que acabamos de pasar, justo después de los establos, el alargado con las ventanas iluminadas, ¿qué es?
—Son los barracones. Ahí viven todos los hombres que trabajan en el rancho, excepto el capataz y los hombres que están casados.
Las ventanillas de la furgoneta estaban bajadas, y el sonido de una guitarra se coló por ellas.
—Seguramente sea Seth, es nuestro músico —dijo Edward con una sonrisa cariñosa en la cara.
—¿Estuvo también contigo en el rancho viejo que compraste el año pasado? —preguntó Bella fascinada por la vida de Edward en el campo. Era tan diferente de la vida que llevaba en Seattle.
—Sí, estuvo con nosotros. Además de tocar muy bien la guitarra es un excelente cocinero —Edward tomó en sus manos las de Bella y la abrazó hasta que ella apoyó la cabeza sobre su pecho—. Entonces, ¿te gusta mi rancho?
—Me gusta —dijo sintiendo los latidos del corazón de Edward. Emanaba una fragancia sutil, pero arrebatadora, que se mezclaba en la brisa nocturna con el aroma del romero y los pinos—. Edward —suspiró Bella, justo cuando él le acariciaba la nuca—, no he besado a un chico en el coche desde que era adolescente.
—Pues yo creo que no he besado a una chica en mi furgoneta desde hace más o menos el mismo tiempo —replicó convencido—. Así que ya va siendo hora de probar otra vez.
La boca de Edward se aproximó a la de Bella. Sus labios se entreabrieron y se entregaron en un beso lento y apasionado. Ella rodeó el cuello de Edward y acarició con las yemas de los dedos su sedoso pelo.
Edward se separó un instante para recuperar la respiración. Bella también respiraba entrecortadamente. Tenía la melena despeinada y aún acariciaba el abdomen de Edward por debajo de la camiseta.
—Ahora me acuerdo de por qué a los adolescentes nos gustaban tanto los coches de asientos reclinables —bromeó Edward.
—Sí, no sé por qué nos da cuando nos hacemos mayores por comprarnos deportivos —añadió Bella, todavía intentando recuperar el ritmo de la respiración.
—Nada más llegar a Seattle, voy a vender mi coche y comprarme una camioneta —anunció Edward, mientras se acercaba de nuevo al rostro de Bella para dibujar con los dedos sus labios. Ella echó la cabeza hacia atrás y cerró los ojos para poder disfrutar con más intensidad del placer que estaba sintiendo.
Por debajo de la blusa de seda, la mano de Edward se aproximaba, cada vez con más firmeza, hacia la curva de los senos de Bella.
Ella se irguió de repente. Cubrió con sus manos la de Edward para detenerlo.
—Edward —consiguió decir, casi en un balbuceo, sin apenas reconocer su propia voz—, debemos parar.
—Por qué —preguntó él mientras procedía a besar los hombros de Bella.
—Porque no estoy preparada para acostarme contigo.
Edward levantó la cabeza, en un instante, los dedos de las manos se le tensaron. Por un momento, que pareció interminable, sus ojos se clavaron en los de Bella.
—¿Estás segura, cariño? Porque todo parece indicar que sí que estás preparada.
Bella se mordió el labio inferior al sentir el pulgar de Edward acercarse hacia la aureola de su seno.
—Pues no, no lo estoy —repuso.
Edward arqueó una ceja y volvió a probar a tocar el seno con su pulgar.
—Puede que alguna parte de mí esté preparada, pero el resto, no lo está —añadió con gran convicción.
Edward suspiró y retiró su mano de debajo de la blusa de seda, ajustándola al cuerpo de Bella.
—Si tú lo dices —contestó compungido.
Cuando Bella se apartó hacia su asiento, alejándose de él, Edward le tomó las manos y se las llevó contra su pecho en un impulso.
—Me lo dirás ¿verdad? Me avisarás cuando estés preparada, ¿verdad?
—Sí, así lo haré —le prometió.
—Bien —la atrajo hacia él para darle un beso rápido y dejarla libre en seguida. Después se enderezó y Bella lo imitó—. Oye, no te vayas tan lejos, vuelve aquí —dijo abrazándola con ternura—. Así está mejor.
Encendió el motor del coche y giró el cuerpo para dar marcha atrás. Condujo durante todo el trayecto con el brazo derecho rodeando los hombros de Bella, manteniéndola lo más cerca posible de su cuerpo mientras descendían colina abajo hacia el rancho.
Aquella noche supuso un cambio importante en la relación entre ambos. De repente Bella comenzó a confiar en Edward. Durante los días que siguieron, dejó a un lado las suspicacias y empezó a creer intensamente que el Edward que estaba conociendo en el rancho, bromeando con Sue y disfrutando, quizás fuera el verdadero Edward. De hecho, ella se dio cuenta de que aquel Edward, se parecía mucho al Edward al que había conocido en Seattle dos años atrás, antes de que, la hubiera abandonado una noche en un restaurante.
