Hola...
Se que he tardado mucho, pero entiendanme la U quita mucho tiempo.
Aca en Barranquilla estamos de carnaval, por lo que no tengo U; asi que tratare de subir mas capitulos estos dias.
No siendo mas los dejo con el nuevo capitulo.
P.D. Gracias a todos los que me continuan leyendo y me dejan sus mensajes y opiniones, en verdad es alentador.
Capítulo 8
Las palabras de Sue hicieron que Bella albergara una nueva esperanza sobre un futuro con Edward. Se convenció de que necesitaba mantener una conversación sincera con él cuanto antes. Primero tenía que llamar a la tienda para comprobar que todo iba bien y después se aseguraría de encontrar el momento idóneo para tener aquella charla sin que nadie les interrumpiera. Iba a hablar con Edward cuando Nessi estuviera ya en la cuna, así que tendría que esperar todavía un rato.
Después de que Edward y ella le dieron las buenas noches a Nessi, Bella le dijo a Edward que se reuniría con él en la planta baja después de hacer unas llamadas.
—Hola, jefa —la voz de Angela sonó al otro lado de la línea telefónica, pero tan cerca como si hubiera estado allí mismo—. ¿Cómo se lo están pasando las dos chicas de ciudad en el campo?
Bella se rió.
—Muy bien. El rancho es precioso, las montañas, el ganado, los caballos, las flores silvestres —se detuvo un momento para respirar—. Y la casa es increíble, por dentro es muy amplia y por fuera es rústica, pero el interior es tan lujoso… Las habitaciones son cómodas y acogedoras. Están decoradas con unos muebles fabulosos. Te encantaría, Angela, de verdad.
—Me muero de ganas de conocerla. Me invitarás cuando vivas allí, ¿verdad?
—¿Qué te hace pensar que voy a vivir aquí? —preguntó Bella.
—¿Te crees que no me he dado cuenta de cómo te mira tu cowboy? —preguntó Angela segura de sí misma—. Confía en mí, acabarás viviendo en ese rancho. Creo que Edward es un buen hombre, debes conservarlo. Y él parece bastante dispuesto a no separarse de tu lado.
«Espero que no te estés equivocando», pensó Bella.
—¿Cómo va todo por allí? ¿Algún problema con algún cliente? —preguntó Bella asegurándose de decirlo en voz alta.
Durante unos minutos comentaron el transcurso del día en la tienda y otros detalles. Bella se recordó a sí misma lo afortunada que era por tener a una empleada tan eficaz y de confianza como Angela.
Después de acordar que hablarían la tarde del día siguiente, Angela se despidió y Bella colgó el teléfono inalámbrico. La casa estaba en silencio cuando salió de su habitación. Pasó por la de Nessi a echar un vistazo. Una tenue luz iluminaba la estancia, lo que le permitió ver a su hija profundamente dormida en su cuna. Bella la cubrió con una manta de algodón.
La moqueta del suelo amortiguó el ruido de sus pasos mientras caminaba por el pasillo hacia las escaleras.
La puerta de la habitación de Edward estaba entreabierta. Una luz dorada salía de la habitación hasta el pasillo. A Bella le pareció escuchar el sonido de la puerta del armario deslizándose.
—¿Edward? —Bella llamó a la puerta suavemente.
—Pasa —contestó él algo tímido.
Cuando Bella entró a la habitación comprendió el motivo de aquel tono de voz. Edward estaba de pie de espaldas a la puerta, frente al armario. Sólo llevaba puestos unos vaqueros, caídos a la altura de las caderas y los músculos de su torso brillaban con la luz de la lámpara de noche.
Edward se giró un poco para mirar a Bella.
—¿Has localizado a Angela? —preguntó.
—Sí. Todo en orden en la tienda —respondió Bella.
Su garganta se secó al contemplar a Edward, pero fue incapaz de apartar la mirada. Edward se puso una camisa de algodón. Se dio la vuelta y miró de nuevo a Bella. Empezó a abrocharse la camisa, no sin antes lucir su robusto pecho. Los músculos de los pectorales y los abdominales se le marcaban perfectamente. Bella tuvo que hacer un esfuerzo para recordar lo que había ido a decirle.
—Acabo de ir a ver a Nessi. Está profundamente dormida.
—Estupendo —Edward se aproximó a Bella y le sonrió. Aquella sonrisa irresistible estuvo a punto de hacer que Bella se derritiera—. Eso quiere decir que estamos solos y tenemos toda la noche para nosotros, sin nada que nos interrumpa.
Edward cerró la puerta y aproximándose a Bella por detrás la tomó por la cintura. Inclinó la cabeza para empezar a besar la sensible piel de la nuca, justo detrás de la oreja.
Bella se sintió envuelta por la sensualidad de Edward, por aquel cuerpo fuerte, sólido y protector que sentía a sus espaldas. Se acercó más a él. Los brazos de Edward la agarraron con más fuerza, más cerca. La tentación que sentía Bella de darse la vuelta y besarlo, de dejarse llevar por la intimidad que tanto deseaba, fue muy fuerte, pero sabía que no podía hacerlo, no hasta que obtuviera una respuesta a la pregunta que le inquietaba. Era demasiado importante.
—Edward, hoy he estado charlando con Sue —murmuró, curvando su cuello hacia un lado de forma instintiva, permitiendo que los besos de Edward siguieran cubriendo su piel—. Quiero hacerte una pregunta y quiero que me respondas sinceramente.
—Claro, cariño.
Edward besó el cuello de Bella una vez más, hasta llegar a los hombros. Dejó que el tirante del vestido de algodón blanco de deslizara por el hombro.
Bella tembló, se mojó los labios y tragó saliva, luchando para intentar no olvidar lo que tenía que preguntarle a Edward.
—Creía que la razón por la que rompiste conmigo en Seattle había sido que querías salir con otras mujeres.
Sus siluetas estaban perfectamente acopladas. Bella sintió como el cuerpo de Edward se tensaba detrás del suyo.
—Pero Sue me ha dicho esta mañana que estuviste muy triste cuando regresaste de Seattle —continuó Bella—, y coincide con el momento en el que me dejaste.
—Sí, es verdad —admitió Edward con voz melosa—. Me fui de Seattle dos días después de despedirme de ti en el restaurante.
Bella se revolvió bajo los brazos de Edward para poder mirarlo a los ojos.
—Entonces no me dejaste porque estuvieras cansado de mí.
—No.
—Entonces, dime, ¿por qué lo hiciste?
—¿De verdad es tan importante saber el por qué? —preguntó Edward. Sus ojos acababan de oscurecerse, su cuerpo estaba tenso, a excepción de las manos, que rodeaban con delicadeza la cintura de Bella.
—Sí —Bella tomó la cara de Edward entre sus manos—. Necesito saber qué pasó entonces. Si no sé la razón por la que me dejaste, ¿cómo podré confiar en ti, en que esto no vuelva a pasar? —preguntó, pero no obtuvo respuesta. Lo intentó de nuevo—. ¿Fue por otra mujer? ¿Tuviste…?
—No, por supuesto que no —contestó Edward instantáneamente.
Bella, de repente, sintió un gran alivio.
—Entonces, dime por qué, por favor.
Los ojos de Edward se volvieron fríos. Parecía que ocultaban algún tipo de emoción que Bella no podía descifrar.
—Pensaba que hacía lo correcto al dejarte marchar. Eras la clase de mujer con la que un hombre desea casarse. Te merecías a un hombre que fuera capaz de ser un buen marido y un buen padre. Creo que desde el principio supe que tú querías casarte y tener hijos, pero me resistía a la idea de dejarte, no podía. Un día antes de que te dijera adiós en el restaurante, nos vimos en la ciudad universitaria, ¿te acuerdas? Una madre con su bebé estaba a la cola delante de nosotros en la cafetería y tú me contaste que deseabas tener al menos dos niños. Fue un golpe duro para mí porque fui consciente de lo que debía hacer. No podía seguir ocupando tu tiempo porque tú debías estar libre para conocer al hombre que te pudiera dar lo que querías y merecías. Un hombre que fuera un buen marido. Y ese hombre obviamente, no era yo. Imposible. Tenía esa certeza. Siempre me he considerado un egoísta. Pero durante un tiempo logré ignorarlo, tan sólo porque no quería separarme de ti.
—¿Me dejaste porque pensabas que no podrías ser un buen marido para mí? —preguntó poco convencida.
—Sí, básicamente esa fue la razón —confesó Edward. Se pasó la mano por el pelo. Estaba esperando una respuesta de Bella.
Ella se lo quedó mirando fijamente a los ojos. Le había pedido una respuesta sincera. Y era sinceridad y convicción lo que sus palabras y su rostro comunicaban.
—Ésta es la locura más grande que he escuchado jamás. Y además, lo peor de todo, es que lo estás diciendo en serio —Bella negó con la cabeza, incrédula.
—Me lo creo porque es la verdad. No tienes ni idea del tipo de vida que he llevado, Bella.
—Me da igual. No me importa si has vivido en la calle buscando comida en los contenedores del mercado o si has estado encerrado en un reformatorio —dijo Bella con convicción—. Lo que a mí me importa es quién eres ahora, Edward, y eres una buena persona.
Los ojos de Edward se entrecerraron.
—¿De verdad, Bella?
—Sí —afirmó ella con suavidad.
Una expresión de alivio invadió la cara de Edward.
—No te merezco, Bella Swan. Pero quiero estar contigo y te prometo que nunca te arrepentirás de haberme dado otra oportunidad —juró seriamente.
Edward bajó un poco la cabeza para besar las mejillas de Bella y la comisura de sus labios. Ella le rodeó el cuello con los brazos y le acarició la nuca. Cuando los labios de él rozaron los de Bella, suspiró aliviado. Bella no protestó cuando Edward le bajó lentamente el vestido y hundió la cabeza entre sus pechos. Tampoco protestó cuando, unos instantes después, la tomó entre sus brazos con delicadeza y la tumbó sobre la cama.
Él se desabrochó la camisa y se tendió sobre ella. Los músculos de su pecho rozaron los senos sensibles de Bella. La besó de nuevo. Eran unos besos cálidos, adictivos, que obligaron a Bella a revolverse en la cama. Estaba muy excitada.
—Llevas demasiada ropa —murmuró Bella. Le quitó la camisa y se acercó a los botones de Los vaqueros. Las manos de ambos se encontraron cuando él fue a quitarle la falda.
—Déjame a mí —pidió Edward con una voz mucho más grave de lo normal.
Se levantó de la cama y se quitó los vaqueros y la camisa con gran rapidez. Sacó un preservativo del bolsillo de los pantalones y volvió a la cama, mirándola a los ojos con pasión.
De repente, en un acto inconsciente de vergüenza, las manos de Bella corrieron a cubrir sus pechos desnudos y el tanga rosa pálido que llevaba puesto.
—No, no lo hagas —le pidió Edward—, eres tan hermosa, Bella. No te escondas de mí.
Le retiró las manos y se tumbó junto a ella, acariciándola, besándole los pezones, hasta alcanzar el ombligo.
Bella sintió cómo un espasmo de placer le recorría el cuerpo.
Edward se puso el preservativo y sus dedos se deslizaron entre las estrechas tiras del tanga de Bella, hasta lograr quitárselo. Entonces, con cuidado, le separó las rodillas y se colocó sobre ella.
—Rápido —murmuró Bella. Se moría de ganas de sentirlo dentro.
Edward gimió y besó la boca de Bella al tiempo que su cuerpo la poseía. La temperatura fue subiendo conforme los dos cuerpos se fueron moviendo al unísono, a un ritmo cada vez más apasionado.
El cuerpo de Bella fue atravesado por un intenso escalofrío de placer y le pareció que el mundo acababa de estallar en fuegos artificiales.
Bella se despertó en la cama de Edward con el brazo de él alrededor de su cintura, abrazándola. Los dos cuerpos estaban entrelazados.
—Buenos días —le dijo Edward al oído en un tono sensual.
—Te has despertado muy temprano —murmuró ella, sonriendo tras recibir un beso.
Se abrazaron, se rieron y momentos después Bella estaba tumbada de nuevo con el dulce peso de Edward sobre su cuerpo.
—No he dormido en toda la noche —le confesó Edward mientras la colmaba de besos en el cuello y las mejillas.
—¿No has dormido nada? —sorprendida abrió los ojos para mirarlo. Le había crecido un poco de barba.
—No. No quería dejar de disfrutar de tenerte entre mis brazos.
—Eres tan dulce —contestó ella. Su corazón estaba a punto de derretirse.
Los ojos de Edward se oscurecieron un instante.
—Nada de eso. Más que dulce yo diría que soy práctico. Tenemos que volar de vuelta a Seattle hoy por la mañana. Deberíamos de haber atacado esta cama la primera noche que llegamos. Fíjate todo el tiempo que hemos perdido —bromeó.
—Quizá no debamos desperdiciar estos últimos minutos —sugirió Bella, acariciando con la palma de su mano los desnudos hombros de Edward. Los músculos de él se estremecieron de placer bajo la caricia.
—Buena idea —dijo justo antes de que su boca rozara la de Bella y su cuerpo la tomara de nuevo.
