Hola...

Lamento no haber podido subir el capi antes como les prometi, pero fanciction no me dejaba y luego ya no tuve tiempo; asi que mis disculpas.

Queria informarles que este es el ultimo capitulo, ya solo queda el epilogo. Asi que me gustaria darles las gracias a todas las que me acompañaron durante la historia y me dejaron sus comentarios.

No siendo mas los dejo con el capi.

Besos, y hasta una proxima ocasion.


Capítulo 9

Por primera vez en mucho tiempo, a Edward no le importó dejar el rancho para volar a Seattle. Bella y Nessi estaban con él. Cuando aterrizaron en la ciudad, las llevó en coche a casa y después se dirigió hacia su apartamento. Estaba alegre y ésa no era una emoción que estuviera acostumbrado a sentir. Pero sin lugar a dudas, reconoció que la sensación que lo invadía era alegría.

Hacer el amor con Bella aquella noche había sido mucho más maravilloso de lo que recordaba. Y eso que en su memoria guardaba unos recuerdos espectaculares. Sin embargo, todavía no tenía la certeza de si iba a ser capaz de poner fin a su adicción al trabajo. La había heredado de Carlisle y llevaba años practicándola. Quería pensar que iba a lograr anteponer a Bella y a Nessi al trabajo, pero, en momentos de crisis, ¿sería capaz?

Sonó el teléfono móvil y miró la pantalla. Era Carlisle quien llamaba.

—Alec Volturi quiere vernos a los dos esta noche para discutir los detalles de la operación —anunció Carlisle sin más preámbulos.

Edward conocía bien a aquel hombre porque había desempeñado un papel clave en la negociación para la compra de ciertos valores inmobiliarios de la compañía Volturi en el centro de Seattle. No preguntó si era necesaria su presencia en la reunión porque el empresario siempre requería que fuera él el interlocutor.

—Claro, ¿a qué hora? —Edward se preparó para detener el vehículo.

El puente de Freemont estaba construido de forma que permitía el paso de barcos de mercancía, de manera que de vez en cuando el tráfico debía de detenerse para dejar paso a los buques.

—A las ocho en punto. He reservado una mesa en la gala benéfica de la sociedad Salvemos las Ballenas, que se celebrará en el hotel Collins. ¿Por qué no vienes con Bella? —preguntó Carlisle—. He comprado varias entradas y Esme irá también con Kate. Estoy seguro de que estarán encantadas de conocer a Bella.

—Seguro —repuso Edward irónicamente—. Buen intento, Carlisle. Pero no voy a exponer a Bella al clan Cullen hasta que ella no me diga que está preparada. Y una cena con los Volturi no me parece que sea la mejor oportunidad para ella. Además, estoy pensando que esta noche no voy a ir a esa cena. Prefiero disfrutar de Bella y de Nessi.

—¿Qué? —preguntó Carlisle sorprendido de verdad—. Tienes que venir. Volturi ha preguntado por ti expresamente.

—Lo siento, Carlisle, no voy a ir —Edward no sintió ni pizca de remordimiento por poner a sus chicas por encima de una reunión de negocios—. A no ser que me asegures que esta noche Volturi tiene la intención de cerrar el trato de una vez por todas. Me temo que se va a pasar la noche bailando con su mujer.

—Está bien —concedió Carlisle un poco enfadado—. En realidad Volturi quería tener la reunión en su oficina, pero yo lo he convencido para que nos viéramos con nuestras familias en la gala benéfica. Pensé que sería un buen momento para vernos fuera de la oficina.

—Vamos, que lo que quieres decir es que pensaste que podrías, con esta maniobra, conocer a Bella y de paso hacerle el tercer grado —afirmó Edward, convencido de que tenía razón.

—Quizás tengas razón —le costó admitir a Carlisle.

—Me temo que sí que la tengo —contestó Edward con sequedad.

—En cualquier caso, Volturi quiere que estés esta noche para mantener una última charla sobre el contrato. CullenCom te necesita —insistió Carlisle con firmeza.

—Está bien —dijo Edward desganado—, allí estaré.

Colgó el teléfono. Permaneció parado un rato más esperando a que el tráfico en el puente se pusiera de nuevo en marcha. Mientras esperaba, daba golpecitos al volante, pensando en las posibles complicaciones que los maquiavélicos planes de Carlisle podrían causarle.

No quería que Bella pensara que la estaba presionando para conocer a su familia. Le había dejado bien claro que su ilusión era formar una familia normal, compuesta por mamá, papá y la niña. Quería que fueran una familia más de la ciudad y pasar inadvertidos. En la gala de aquella noche probablemente hubiera periodistas y fotógrafos. Si iba con Bella, la foto de los dos aparecería al día siguiente en todos los periódicos de la costa del Pacífico. Y la intimidad que tanto deseaban mantener, desaparecería de un plumazo.

Sabía que, a pesar de lo mucho que deseaba casarse con ella lo antes posible, no debía presionarla. Lo que le llevó a pensar que quizá, la gala de esa noche fuera uno de los momentos críticos en público que Bella tanto temía y dudó de si debía de invitarla a acompañarlo. Al final decidió que lo mejor sería no hacerlo.

Edward también dudó de si él debía ir o no al acto. Seguramente Bella lo comprendiera, al fin y al cabo ambos tenían una carrera exitosa y estaban acostumbrados a cerrar sus negocios en ese tipo de eventos. Finalmente, decidió contarle a Bella sólo lo básico: Carlisle había insistido en que lo acompañara a una cena de negocios. Fin de la historia. Así no ejercería ninguna presión sobre ella.

Edward salió de su apartamento. Paró en Starbucks a comprar dos cafés y unos cruasanes, y se dirigió a casa de Bella.

Bella abrió la puerta vestida de calle, pero con el cabello envuelto en una toalla.

—Hola. ¿Qué haces aquí? ¿Me he olvidado de que habíamos quedado?

Bella parecía tremendamente confundida. Edward entró, le dio un beso en la nariz, cerró la puerta y la besó ardientemente. Ambos se quedaron sin respiración.

—Vaya —dijo Edward separándose de ella—, que buena manera de empezar el día.

—Sí —parpadeó Bella, una leve sonrisa le iluminó la cara.

—Traigo café —anunció Edward y le pasó la taza de cartón por debajo de la nariz, para que pudiera oler el aroma.

—Oh, qué bien huele. Tú si que sabes conquistarme.

—Te recordaré estas palabras algún día —dijo él en broma, mientras observaba como los labios de Bella se acercaban a la taza. Lo miró picaramente.

—Quizás te lo recuerde esta misma esta noche.

—Esta noche no va a poder ser —contestó Edward mientras la seguía hacia la cocina, donde estaba Nessi—. Por eso he venido tan pronto. Carlisle me ha llamado esta mañana, debo acudir a una reunión con él esta noche. Yo he llevado casi toda la negociación con este cliente y me necesita para cerrar el trato.

Edward tomó a Nessi de la sillita y la elevó en brazos.

Nessi sonrió cuando su padre la besó.

—Te echaremos de menos —añadió Bella. Se echó a reír al ver como Nessi tiraba con fuerza del pelo de Edward.

—Uy, pequeña diablilla —Edward se quejó. Ella le dio palmaditas en la cara, reclamando su atención—. También he traído unos cruasanes —le dijo a Bella cuando por fin Nessi se cansó de su juego.

—No me va a dar tiempo a tomármelo aquí. Me lo llevaré al trabajo, mira que hora es.

—Eres la jefa, ¿no puedes llegar un poquito más tarde hoy?

—No, hoy no —Bella desapareció dentro del baño y reapareció momentos después con el cabello peinado—. Hoy he quedado con un cliente a las ocho y media para enseñarle la tienda y la oficina donde diseñamos las colecciones —echó un vistazo al reloj—, y me tengo que ir ya si no quiero llegar tarde.

Cuando Edward estaba despidiéndose de las chicas, diez minutos después, no pudo evitar pensar que hubiera preferido pasar aquella noche con ellas mucho más que con Carlisle.

Los planes de Bella de pasar una noche tranquila con Nessi, en ausencia de Edward, e irse a la cama temprano, cambiaron radicalmente después del almuerzo.

—¿Te has olvidado? —la voz de Alice Brandon parecía no creérselo del todo—. Cariño, la gala benéfica Salvemos a las Ballenas es el evento del año, no te la puedes perder. Tienes que venir, además me prometiste que te pondrías el vestido verde, ¿te acuerdas? —continuó Alice—. No me puedes dejar tirada, tienes que venir conmigo. Tienes que lucir un vestido de diseño Brandon, como siempre, para conseguirme clientes, por favor. Te prometo que algún día te devolveré el favor.

—¿Sí? ¿Dejarás que te fotografíen vestida con mi lencería el año que viene en la fiesta? —bromeó Bella. Nunca le dejaría de sorprender la capacidad de convicción de su amiga.

—Bueno, no sé si podré, pero… no te digo yo que no.

Bella se echó a reír ante el comentario de su amiga. Después Alice le puso al día sobre su último novio. Le contó todos los cotilleos sobre la modelo de moda en Seattle y demás noticias de última hora.

Bella cayó en la cuenta de que necesitaba que alguien cuidara a Nessi y llamó a su vecina para que se hiciera cargo.

Decidió saltarse la primera parte de la gala benéfica, la cena, para así poder acostar a Nessi ella misma. Llegó a la fiesta sobre las diez de la noche. Pasó a los aseos para retocarse y se ajustó el vestido de color verde esmeralda. Era uno de los diseños favoritos de Alice, que se lo había regalado después de que Bella le hiciera un favor. Le había dejado gratis la lencería para un desfile de sus modelos. Y aquel desfile había resultado ser un éxito total. Desde entonces, Bella y Alice se habían convertido en grandes amigas.

El vestido tenía un escote palabra de honor que dejaba la espalda casi totalmente al descubierto. La falda, nacía de la cintura y caía en forma de cascada hasta los tobillos. Era de satén y estaba cubierta por varias capas de seda. Bella llevaba unas sandalias de tacón del mismo color.

Se ajustó un rizo rebelde con una horquilla decorada con un pequeño diamante.

—Perdona, ¿eres Bella Swan?

Bella no se había percatado de la mujer que estaba empolvándose la nariz junto a ella. Era alta y estaba enfundada en un increíble vestido de encaje negro. Tenía unos preciosos ojos de color avellana que brillaban con curiosidad. Bella no reconoció a la mujer, estaba segura de que no se conocían de nada.

—Sí, soy Bella —sonrió y le dio la mano—, y tú eres…

—Kate Denali. Soy la hija de Esme Denali, la prima de Edward. Bueno, en realidad no somos primos de sangre, pero siempre nos hemos considerado como tales.

—Encantada de conocerte —dijo Bella sonriendo. Había sido consciente de que aquello iba a pasar tarde o temprano. En algún momento se iba a encontrar con uno de los familiares de Edward. Se preguntó qué sabría Kate sobre ella.

—Estamos todos deseando conoceros a ti y a Nessi. Mi madre y mis hermanas no se van a creer que me haya encontrado contigo esta noche.

Por lo visto, Kate parecía estar al tanto de lodos los detalles importantes.

—Edward os ha mencionado a ti y a tu madre en alguna ocasión —añadió mientras tomaba asiento en uno de los taburetes de terciopelo en frente de la coqueta del baño—. Estoy deseando conocer a tu madre y a tus hermanas. Tu familia está muy unida con la familia Cullen, ¿verdad?

—Edward y yo somos buenos amigos —repuso Kate y se sentó en un taburete cerca de Bella—, pero no estoy tan unida a sus hermanos. La verdad es que eres el tipo de mujer que siempre pensé que Edward elegiría —dijo con honestidad.

—¿Y cómo es ese tipo de mujer? —preguntó Bella con curiosidad. Sacó el pintalabios del bolso.

—Despampanante —confesó Kate. Soltó una carcajada cuando vio el reflejo de Bella en el espejo arqueando una ceja—. Ya sabes a lo que me refiero. Edward sólo sale con mujeres guapas. Contigo y Edward como padres, me juego lo que sea a que Nessi es la niña más mona del mundo. ¿Se parece a ti o a Edward?

—Tiene los hoyuelos de Edward —anunció Bella con una sonrisa—, y su pelo cobrizo.

—No entiendo por qué Edward no nos ha avisado de que ibas a estar aquí esta noche. Debe de querer darnos a todos una sorpresa. Antes no nos ha dicho ni palabra.

—¿Antes? —la mano de Bella se quedó paralizada mientras sostenía la barra de labios.

—Durante la cena —explicó Kate—, estamos todos sentados en la misma mesa: Carlisle, Edward, mi madre, yo y los Volturi —Kate suspiró—. El tío Carlisle no pierde una oportunidad para hacer negocios y cerrar un trato. Te juro que he escuchado como Volturi le prometía a Edward que se pasaría por la oficina mañana por la mañana a firmar el contrato.

—No me acuerdo de a qué se dedica el señor Volturi —soltó Bella.

¿La reunión de la que le había hablado Edward por la mañana se celebraba en una fiesta con baile? ¿Por qué no le había dicho que la reunión era en una fiesta? Y sobre todo, ¿por qué no la había invitado a ir con él? Desde luego era la única mujer a la que no habían invitado. Se puso de mal humor y las mejillas se le pusieron coloradas.

—La familia Volturi es la propietaria de varios terrenos en el norte de la ciudad que Carlisle quiere adquirir. Edward se ha encargado de llevar las negociaciones y por eso el señor Volturi quería que Edward estuviera presente en la última reunión. Los Volturi son muy agradables. Creo que están pensando en jubilarse y dedicarse a viajar a partir de ahora. Pero ya basta de tanto Volturi. Edward y tú sois mucho más interesantes.

Bella sonrió y metió el pintalabios en el pequeño bolso de satén que llevaba a juego con el vestido.

—Sí. Aunque la que es realmente interesante es Nessi.

—Y tú también —insistió Kate con firmeza—. Cuando mi madre me contó que Carlisle había amenazado con desheredar a todos sus hijos si no se casaban, pensé que era la locura más grande que había escuchado en mi vida. Incluso llegué a pensar que Carlisle había sufrido una lesión cerebral debido al ataque al corazón. Pero Edward y sus hermanos convinieron con el trato y mira que bien les ha ido. Edward se ha reencontrado contigo y ha conocido a su pequeña. Obviamente, se ha transformado en un hombre feliz y locamente enamorado. Qué romántico, ¿no te parece?

—Desde luego —murmuró Bella. La sorpresa pronto se convirtió en rabia.

Estaba tan furiosa que por un momento contempló la posibilidad de ponerse a chillar allí mismo. Le entraron ganas de lanzar uno de los taburetes contra el espejo que tenía en frente. «Me ha mentido», pensó. Podía sentir cómo la adrenalina corría por sus venas. En el espejo, vio su reflejo. Era el de una mujer de ojos cafe rebosantes de ira y dolor.

—Me pregunto por qué Edward ha estado de acuerdo en cooperar con Carlisle —dijo con extremo cuidado Bella, tratando de disimular su enfado—. Me resulta insólito viniendo de una persona tan independiente como él.

Kate asintió.

—Lo sé. Yo también me sorprendí mucho cuando mi madre me dijo que los chicos habían accedido a los planes de Carlisle. Lo que pasa es que yo estoy segura de que Edward ya estaba enamorado de ti. No creo que Edward hubiera accedido a cooperar si no hubiera sido porque ya os tenía a Nessi y a ti. Aunque Carlisle lo amenazó con quitarle el rancho, y Edward adora ese lugar.

—Sí. Ya lo sé. Haría cualquier cosa por conservar el rancho —contestó antes de girar sobre el taburete y levantarse. Estaba furiosa—. ¿Te apetece que vayamos a la mesa con él?

—Oh, sí —contestó Kate. No era consciente de que acababa de desvelar un secreto familiar. Kate se incorporó contenta y se dirigió junto con Bella al salón del hotel.

Bella siguió a Kate a través de la sala.

—Ahí están —anunció Kate. Se paró y señaló a un grupo de personas agrupadas junto a uno de los balcones.

Bella dejó atrás a dos mujeres mayores y un hombre con pelo gris al que no reconoció. Pasó por delante de la figura inconfundible de Carlisle Cullen, pero no se detuvo hasta llegar al lado de Edward.

Iba vestido con un frac de corte clásico, pero lo llevaba con tanta naturalidad como si llevara puestos sus típicos vaqueros. Incluso rodeado de gente glamurosa, como la que había acudido a aquella gala, Edward resaltaba entre todos los presentes.

El corazón de Bella se puso a cien. Por un segundo pensó que la rabia se le iba a pasar y llegaría el dolor. Pero se concentró en mantener la rabia. Se aproximó más a Edward y sintió como un ataque de ira se desataba en su interior.

Edward se dio cuenta de que algo iba mal nada más verla. En primer lugar la expresión de su cara fue de sorpresa y de excitación, pero enseguida se tornó seria. Antes de que tuviera tiempo de acercarse a ella, Kate y Bella alcanzaron al grupo donde él se encontraba.

—Hola, Edward, qué sorpresa más agradable verte aquí —dijo Bella con ironía.

Sin darle tiempo a responder, se dirigió a Carlisle.

—Un placer verlo de nuevo señor Cullen —posó la mirada sobre su cabello—, veo que esta noche se ha dejado la gorra de los Mariners en casa.

—Bella —comenzó a decir Edward tratando de controlar la situación.

—No te preocupes, Edward, no voy a montar ningún numerito —las miradas de los dos se encontraron por un instante—, sólo quiero aclarar un par de cosas con tu padre —continuó y se volvió a dirigir a Carlisle—. ¿Es verdad que ha amenazado a sus hijos con perder su fortuna y les ha forzado a casarse y tener hijos?

Por detrás de Bella, Edward soltó una palabrota en voz baja. Bella no apartó la mirada de Carlisle, ignorando por completo a Edward y a las otras personas que formaban parte del grupo.

—La historia es un poco más larga. Pero en definitiva, tengo que reconocer que sí, ese es el punto central del pacto —contestó Carlisle con voz taciturna.

—¿Y también ha estado de acuerdo en modificar las reglas al enterarse de que Edward ya tenía una hija?

—Sí —admitió Carlisle.

—Pero la cláusula que exige a Edward casarse con la madre de su hija para no perder el rancho sigue en pie, ¿verdad?

—Sí.

Bella por fin apartó la mirada de Carlisle para buscar la de Edward.

—Señor Cullen —empezó a decir Bella mirando de nuevo a Carlisle—, le anuncio que no me voy a casar con su hijo. Bajo ninguna circunstancia, ni mi hija ni yo formaremos parte de su estrategia.

Un latigazo de dolor recorrió la espina dorsal de Bella. Miró a Edward y vio como la expresión de su cara se tornaba impenetrable una vez más.

Bella miró a todas las personas reunidas en el grupo. La pareja de más edad, posiblemente los Volturi, parecían intrigados y confundidos por su actitud. Las caras de Kate y Esme reflejaban preocupación y sorpresa, aunque a Bella le pareció encontrar un atisbo de comprensión y apoyo en la mirada de Esme. Carlisle se había quedado blanco como la pared.

—Y usted —añadió mirando a Carlisle una vez más— debería avergonzarse. Mi hija no es una propiedad más que añadir a los bienes de su empresa.

Con aquel último disparo, Bella giró sobre sus tacones y se alejó del grupo, caminando con seguridad a través del gentío hacia la puerta del salón. Sacó el teléfono móvil y desde allí llamó a un taxi.

Le confirmaron que un taxi la esperaría en la puerta del hotel. Guardó el móvil en su bolsito de fiesta y prosiguió caminando.

—Disculpe —murmuró mientras trataba de abrirse camino entre la multitud.

De repente sintió como una mano le agarraba la parte superior del brazo. Adivinó, sin mirar, que se trataba de Edward.

—Déjame —le dijo.

—Tenemos que hablar.

—No —le cortó abruptamente y se giró hacia él. Con un par de movimientos precisos, apartó la mano de Edward de su brazo—. No tenemos nada de que hablar.

Los músculos de la mandíbula de Edward estaban en tensión, pero no forzó a Bella y la dejó que se fuera hacia la salida.

Bella sabía que Edward la estaba siguiendo, pero se negó a prestarle atención.

—Sé que estás furiosa, Bella. Y tienes todo el derecho del mundo a estarlo. Pero deja que te explique.

La voz de Edward parecía rebotar en los oídos de Bella.

No se dio por aludida y continuó caminando.

Alcanzó las escaleras de mármol que conducían al hall del hotel.

Edward la agarró por el codo y con cuidado, pero firmemente, la detuvo en mitad de las escaleras.

—Bella, por lo menos escúchame, aunque sea sólo dos minutos.

Bella lo miró, pero entrecerró los ojos.

—Tienes un minuto —le dijo con sequedad mirando al reloj que había en la parte superior de la recepción del hotel.

—Te pido disculpas por no haberte dicho que la reunión de negocios de esta noche era en una sala de fiestas. Pero no te mentí, esta noche, para mí, es una reunión de negocios más.

—No te estoy dejando porque no me hayas dicho que venías a esta fiesta hoy, Edward —se apresuró Bella a decir con impaciencia—. Estoy furiosa contigo porque me has mentido. No me has contado la verdadera razón por la que nos quieres a mí y a Nessi en tu vida.

—No te he mentido, Bella. Te quiero en mi vida. Si Nessi no existiera, también te querría en mi vida. Si Carlisle nunca hubiera ideado el maldito plan de la caza de novias, también te seguiría queriendo en mi vida —su voz era intensa, su cara reflejaba una profunda frustración.

—Puede que estés diciendo la verdad —dijo Bella, de repente agotada y al borde de las lágrimas—, pero nunca podré saberlo, nunca estaré segura, ¿no?

Edward la miró fijamente. Sus ojos se habían oscurecido por la intensidad del momento y todo su cuerpo estaba en tensión.

—Mi taxi me está esperando, me tengo que ir —añadió Bella.

Se dio la vuelta, descendió las escaleras de mármol y cruzó el hall hacia la puerta de salida. No miró hacia atrás cuando salió del hotel.

Cuando estuvo dentro del taxi, con las puertas cerradas, se permitió soltar el llanto contenido en su pecho.

Edward vio a Bella atravesar el hall sin mirar atrás. Aquella era la segunda vez que la veía alejarse de él. Y con amargura pensó que sería la última.

Volvió al piso de arriba para buscar a Carlisle, al que encontró en la entrada de la sala de fiestas. No había nadie más en el vestíbulo.

—Esme y Kate todavía están dentro, despidiéndose de los Volturi —le anunció Carlisle a Edward—, nuestros coches estarán en pocos instantes esperándonos en la entrada —añadió—. Lo siento, hijo mío —prosiguió en un tono que denotaba tristeza, nada que ver con su rudeza habitual—. Jamás quise causarte ningún problema con Bella.

La angustia y rabia de Edward desaparecieron, como si fuesen un globo deshinchándose por momentos. Sin embargo, se pasó las manos por el cabello en un gesto inconsciente de frustración.

—Ya lo sé, Carlisle. Aunque tus intenciones eran buenas, el resultado ha sido nefasto. Voy a hacer todo lo que esté en mi mano para que Bella se case conmigo. Por eso, voy a abandonar el trato de la caza de novias. Dejo el rancho a tu disposición, puedes hacer lo que quieras con él. Espero que no penalices a mis hermanos por mi decisión. Espero que tu sentido común te obligue a retirar la cláusula en la que se nos obliga a todos los hermanos a permanecer en el juego hasta el final.

—¿Para ti Bella es más importante que el rancho? —preguntó Carlisle despacio. Sus ojos estaban clavados en los de su hijo.

—Encontraré otro rancho. Hay muchos más ranchos en este país. Tengo mi propio dinero, me compraré otro —contestó Edward tratando de disimular el dolor que le provocaba pronunciar aquellas palabras—. Pero sólo existe una Bella Swan en el mundo de la que estoy enamorado.

Una sonrisa iluminó la cara de Carlisle.

—Felicidades, hijo —dijo entrecortadamente por la emoción—. ¿Amas a Bella de verdad?

Aquella pregunta no necesitaba respuesta, pero aún así le ofreció una a su padre.

—Sí, la amo de veras.

—Eso es todo lo que deseo para mis hijos —Carlisle dijo a Edward—. Yo nunca he encontrado una mujer con la que compartir mi vida, a pesar de haberlo intentado en cuatro ocasiones. Creo que Bella es una mujer en la que puedes confiar.

—Sí, pero ella, ¿puede ella confiar en mí?

—¿Qué quieres decir?

—Todos los hombres de esta familia somos adictos al trabajo. Todos hemos priorizado los negocios a la familia. ¿Qué posibilidades existen de que yo no repita el mismo error en alguna ocasión?

—Hijo, los miembros de la pareja, en alguna ocasión, se fallan mutuamente. Cuando esto ocurre te disculpas y tratas de no volver a hacerlo. No es que yo sea un experto en convivencia marital, pero he escuchado como Esme se lo dice a las chicas. Convertirse en marido o en esposa no quiere decir que te vuelvas un ser perfecto. Quiere decir que estás dispuesto a poner lo mejor de ti mismo, en todas las circunstancias posibles. Además —Carlisle sonrió—, ya acabas de priorizar a Nessi y Bella sobre de los negocios y sobre el rancho.

—Sí, supongo que tienes razón.

—Y por este gesto —continuó Carlisle—, voy a sacarte del trato de la caza de novias sin penalizar a tus hermanos. Pero no quiero que sepan que he hecho una excepción contigo —avisó con precaución—. Además, te voy a vender los acres que te quedan por comprar del rancho a precio de mercado.

—No —Edward elevó la mano y negó con la cabeza—, no. Si Bella se llegara a enterar de que he sacado algún beneficio de esto, jamás creería que mis intenciones son buenas.

—Está bien —dijo Carlisle—, entonces le regalaré a Nessi las tierras en su próximo cumpleaños.

—Carlisle —Edward movió la cabeza de lado a lado. Una sonrisa de admiración se dibujó en sus labios—, eres incorregible. Haz lo que quieras con los acres del rancho, pero no siembres la desconfianza en Bella.

—Trato hecho —Carlisle le dio la mano.

—Trato hecho —Edward estrechó la mano de su padre y le dio las buenas noches. Condujo hasta su apartamento mientras elaboraba una lista mental de todo lo que debía hacer a la mañana siguiente para poner su plan, su último plan, en marcha. Se negaba a plantearse la posibilidad de que ese último plan fallara. No, la alternativa de perder a Bella no existía en su cabeza.

«Gracias a Dios que tengo a Nessi». Aquel pensamiento no abandonó la mente de Bella durante toda aquella semana. El cuidado de la pequeña y una cantidad ingente de trabajo en la tienda, la mantuvieron ocupada, sin tiempo para pensar en la pelea que había tenido con Edward.

Las noches, sin embargo, eran otra cosa. A pesar de llegar exhausta a la cama, le resultaba imposible conciliar el sueño. Cuando por fin lograba quedarse dormida, Edward invadía sus sueños. Se levantaba todas las mañanas agotada, como si no hubiera dormido nada. Tenía la sensación de que la habían arrancado una parte de su ser. Sus ilusiones estaban rotas y su vida se había tornado tan gris como el cielo de un día de lluvia.

A pesar de todo el dolor y la pena que estaba sintiendo, hizo todo lo posible para que ni sus amigas ni Nessi se dieran cuenta de que se le había roto el corazón. Y quizás lo estuviera logrando con la niña, pero era obvio que Angela intuía que algo no iba bien.

Contra todo pronóstico, Edward no la había llamado ni tampoco se había presentado en la tienda. La floristería continuaba enviando cada tres días preciosos centros de flores, que Bella regalaba a su vecina de al lado, quien estaba encantada.

Ocho días después del espantoso incidente en el hotel Collins, Bella, como todas las mañanas, se dispuso a salir de casa con Nessi en brazos hacia el trabajo. Justo cuando cerró la puerta de entrada, oyó como la puerta de la casa de al lado se abría.

—Buenos días —saludó esperando ver a la joven pareja que vivía allí. Sin embargo, al girarse se encontró con una figura alta y esbelta que le resultaba demasiado familiar. La mera visión provocó que el corazón de Bella estuviera a punto de salírsele del pecho y que la respiración se le cortara un instante.

—Buenos días —respondió Edward.

—¡Pa —pa, pa —pa! —empezó a gritar Nessi.

—Hola preciosa, ¿cómo estás? —el rostro un tanto sombrío de Edward se iluminó al saludar a la pequeña.

—¿Qué estás haciendo aquí? —preguntó Bella, primero mirándolo a él y luego a la casa.

—Ahora vivo aquí —contestó Edward.

—Pero los Hargreaves viven ahí —Bella no podía salir de su asombro. Llevaba soñando con aquel hombre toda la semana. Y lo peor de todo era que los sueños no le hacían justicia, era mucho más atractivo en carne y hueso.

—Vivían aquí. Les he comprado la casa. Se marcharon hace dos días, y yo me mudé anoche.

—No tenía ni idea de que habían puesto la casa en venta.

—No la tenían en venta. Les hice una oferta a la que no se pudieron resistir.

Bella se quedó mirando a Edward fijamente. Trató de recuperar la compostura y finalmente su cerebro reaccionó.

—¿Por qué? —preguntó Bella—. Me quieres vigilar de cerca para que te sea más fácil denunciarme y conseguir la custodia, ¿no es así? —preguntó furiosa. Inconscientemente, agarró a Nessi con más fuerza.

Las palabras de Bella sorprendieron a Edward.

—No. ¿Qué te hace pensar eso?

Bella señaló a la casa vecina.

—Si no, ¿cuál es el motivo por el que te has comprado una casa justo al lado de la mía? Pero te advierto que, por muchos detectives que contrates, jamás podrás demostrar que soy una mala madre.

—Bella —dijo Edward con cuidado—, nunca intentaría hacer algo así. Además, si lo intentara, sería una empresa imposible porque eres una madre maravillosa. Ningún tribunal, ningún jurado podrían jamás probar lo contrario.

Los latidos del corazón de Bella empezaron a recuperar el ritmo normal.

—Entonces ¿para qué te has comprado esta casa si ya tienes un apartamento en el centro de la ciudad?

—Para poder estar cerca de ti y de Nessi. Sé que desconfías de mí y lo comprendo. Pero te juro, por encima de todas las cosas, que no quiero estar contigo porque Carlisle nos haya dado un ultimátum para que nos casemos. Le he dicho que haga lo que quiera con el rancho. He roto el contrato de la caza de novias. Desde anoche estoy fuera del pacto.

A Bella le dio un vuelco el corazón. ¿Sería verdad? «No te dejes engañar», le advirtió su lado más cínico. «No puedes confiar en él».

—No te creo —anunció Bella.

—Sé que tienes toda la razón del mundo para dudar de mí —reconoció él—, por eso estoy aquí y me voy a quedar todo el tiempo que sea necesario a tu lado, hasta que por fin vuelvas a creer en mí.

Bella no podía dejar de mirarlo. Quizá fuera verdad lo que estaba diciendo.

—Tengo que irme a trabajar —dijo Bella bruscamente.

—Entonces lo mismo te veo esta noche —respondió Edward. Sin pedir permiso, bajó las escaleras del porche y se aproximó a ella. Extendió los brazos hacia Nessi a la que le faltó tiempo para abalanzarse sobre él. Edward sonrió y besó la mejilla de la niña—. ¿Te llevo la bolsa?

—No, ya la llevo yo.

Momentos después Bella se alejaba conduciendo, con Nessi en su silla abrochada en el asiento del pasajero. Vio por el espejo retrovisor como Edward desaparecía en el horizonte.

Aquel encuentro la dejó desconcertada todo el día. Bella puso todas sus energías en intentar no pensar en Edward, sin embargo, no tuvo mucho éxito.

Cuando oyó el timbre de la puerta de casa, justo antes de las seis de la tarde, Bella dudó un instante. Llevaba fantaseando con aquel momento todo el día. ¿Sería Edward? ¿Debía dejarlo pasar? ¿O simplemente debía ignorarlo? Estaba más segura que nunca de que deseaba ver a Edward fuera de su vida. Se dio cuenta de que debía establecer unos horarios de visitas con la niña, a ser posible, de mutuo acuerdo, sin tener que pasar por el trago de los abogados. Porque una cosa era cierta, a Nessi le encantaba estar con Edward.

Bella elevó a Nessi del suelo y las dos se dirigieron hacia la puerta.

—Hola —saludó Edward con una sonrisa. Bella estuvo a punto de derretirse sin poder evitar pensar en sus promesas y caricias. Sin embargo, se contuvo para no sonreír.

—Pasa.

—¿Cómo te ha ido el día? —Edward se interesó mientras con los brazos abiertos se aproximaba a Nessi, quien se lanzó hacia él.

—Bien —contestó secamente señalando a la sala de estar—. Si te quedas un momento con ella voy a poner una colada con la ropa sucia de la niña.

—Por supuesto, vamos a jugar con el tren.

Bella se marchó a la cocina donde estaba el pequeño cuarto con la lavadora y la secadora. Vio como Edward se sentaba con las piernas cruzadas sobre la alfombra y colocaba a Nessi en su regazo. Los dos se pusieron a jugar con un trenecito.

Cuando Bella apareció con la cesta llena de ropa recién lavada y seca, se encontró a los dos tumbados en el suelo, concentrados en hacer círculos con los trenes. Nessi intentaba hacer el ruido del motor del tren que Edward le acababa de enseñar.

Los dos adultos habían decidido, de manera implícita, dejar a un lado los asuntos más espinosos mientras la niña estaba delante. Pero cuando Nessi estuvo ya en la cama, y los dos se encontraron en el cuarto de estar, el ambiente era tan tenso que se podía cortar con un cuchillo.

Bella se apoyó sobre la encimera de mármol de la cocina. Edward también permaneció de pie, con la espalda contra el armario de la cocina y los brazos cruzados.

—Debemos hablar sobre tus horas de visita con Nessi —dijo Bella.

—Está bien —contestó él despacio. Sus ojos, que acababan de oscurecerse, se clavaron en los de Bella—. ¿Has pensado en algún horario en particular que te venga bien?

—He pensado solamente en que necesitamos unos horarios —admitió—, pero no he pensado en unos tiempos en particular que me vengan mejor. ¿Tienes tú alguna preferencia?

—El único horario que me parecería aceptable sería aquel en el que los tres viviéramos bajo el mismo techo porque tú y yo nos hubiéramos convertido en un matrimonio —soltó Edward sin más preámbulo.

—Sabes que eso no va a suceder nunca —sentenció Bella con firmeza, negándose a apartar la mirada de los ojos de Edward.

—Puede que no vaya a suceder inmediatamente —replicó Edward y se alejó unos centímetros del armario—. Sé que lo último que quieres de mí es una explicación o una disculpa, Bella, pero te suplico, por favor, que me escuches un momento.

Bella no sabía qué debía hacer. ¿Tenía que escucharlo una vez más? «No te dejes embaucar de nuevo», le advirtió una cínica vocecilla interna.

—Quiero explicarte por qué me fui de tu lado hace dos años. Tenías toda la razón del mundo. Necesitas saber por qué actué así. Si no, jamás podrás confiar en mí totalmente —prosiguió Edward en un tono de voz grave y convincente.

—Tengo demasiada curiosidad sobre lo que se te pasó por la mente en aquel momento como para no escucharte. Pero te advierto que el hecho de que te escuche no implica que vaya a cambiar de opinión —le avisó Bella.

—Entendido —Edward volvió a apoyarse contra el armario—. No sé cuantos rumores y cotilleos habrás escuchado sobre mi madre. Pero seguramente, casi todo lo que hayas oído, sea verdad. Se casó con Carlisle con la intención de engañarlo. Había planeado quedarse embarazada para luego pedirle unos cuantos millones a cambio del niño. Así, más o menos, habían actuado las tres esposas anteriores de Carlisle. No se sabe bien por qué, el plan le salió mal. Cuando mi madre le anunció a Carlisle que estaba embarazada, él no la creyó. Esto desencadenó una pelea descomunal entre ellos, después de la cuál, Carlisle echó a mi madre de casa. En cosa de un mes, mi madre ya había encontrado a otro hombre al que le aseguró que era mi padre cuando nací. Se separó de él cuando yo tenía dos años. No guardo ningún recuerdo de él. Viví con mi madre durante mis ocho primeros años de vida. Ella me odiaba, pero siempre me mantuvo a su lado para poder vengarse de Carlisle. Era alcohólica y adicta a las drogas. Siempre estaba acompañada por algún hombre, que le duraba unos cuantos meses y después pasaba al siguiente. Lo único que tenían todos en común era que eran millonarios.

Bella escuchó como Edward le relataba los detalles de su infancia sin mostrar ninguna emoción. Era como si estuviera leyendo el caso de alguien al que no conocía. Como si no estuviera contando la historia de su vida.

—Ya te he comentado que tenía ocho años cuando mi madre me abandonó en el rancho con su padre y su madrastra. Tenía diez años cuando me dijeron que mi madre había muerto de una sobredosis. A los doce años, mi abuelo murió y su esposa llamó a Carlisle para que viniera a buscarme. Fue entonces cuando juré sobre la tumba de mi abuelo que cuando me hiciera mayor, viviría solo en el rancho en Idaho. Carlisle me aseguró que me lo vendería cuando fuera lo suficientemente mayor como para dirigirlo, a condición de que fuera a vivir con él a Seattle mientras tanto. Y el resto de la historia, más o menos, ya te la sabes —comentó—. Viví con Carlisle en Seattle hasta que me marché a la universidad y cuando terminé, volví a vivir al rancho. El sesenta por ciento del rancho es de mi propiedad. El otro cuarenta por ciento es de Carlisle. Ése es el porcentaje que amenazó con vender a otro propietario si no entraba en su trato de la caza de novias. Y firmé el trato. Lo hice únicamente porque el estado de salud de Carlisle es muy delicado y porque, si me negaba, mis hermanos perderían también lo que más quieren en este mundo. Ninguno de nosotros aceptamos el trato por dinero —aclaró enérgicamente. Tenía los ojos encendidos por la rabia—, ninguno de nosotros.

—Pero, si hace dos años no me pediste que me casara contigo, ¿qué es lo que ha cambiado ahora? —preguntó Bella, intentando mostrarse lo más neutral posible, a pesar de estar profundamente conmovida por el sufrimiento que había padecido Edward de niño.

—Te quiero, Bella, pero la única figura paterna que tengo es la de Carlisle. Es un hombre brillante, único. Es un hombre que ama el trabajo y nos ha educado en esos mismos valores. De hecho, nunca se me había ocurrido anteponer a nada ni nadie a mis negocios. Hasta que te conocí. Pero hace dos años tuve miedo de hacerte pasar por un infierno. No podía arriesgarme a romperte el corazón. Tenía pánico a hacerlo mal y no darme cuenta.

—Edward —murmuró Bella incapaz de hablar más alto—, eso no es verdad. Tú no eres para nada como Carlisle. Lo único que quizás tengas en común con él es la inteligencia.

—Espero que estés en lo cierto, Bella. Cuando Carlisle nos propuso el trato a mis hermanos y a mí me imaginé que me podía tomar la caza de novias como si fuera otro de mis negocios. Me casaría con una mujer a la que yo no le importara nada, y viceversa. Pero enseguida supe que no podía empezar aquella búsqueda sin verte una vez más —confesó Edward. Se aproximó a Bella hasta que sólo les separaron unos centímetros. Las manos de Edward tomaron las de Bella—. Y en el mismo momento en que te volví a ver, supe que no podría casarme con nadie que no fueras tú.

—Y yo que pensaba que de quien te habías enamorado aquella noche había sido de Nessi, no de mí —dijo Bella en un suspiro.

—Me enamoré de Nessi —admitió—, pero ella fue la nata del pastel. Tú eres la persona con la que quiero estar y de la que no me quiero separar nunca más.

—¿Estás seguro? —Bella escrutó la cara de Edward y sólo encontró honestidad en su mirada.

—Completamente —contestó agarrando más fuerte las manos de Bella—. Pero tengo que advertirte de que, en alguna ocasión, es muy posible que no pueda evitar equivocarme. Seguro que haré algunas cosas mal.

—Yo tampoco puedo prometer no fallarte jamás, Edward. No creo que nadie pueda prometer algo así. Somos humanos. No espero que seas el hombre perfecto siempre, las veinticuatro horas del día.

Edward acarició el rostro de Bella.

—¿Eso quiere decir que me perdonas? —preguntó con la voz entrecortada por la emoción.

—Sí, si me prometes que podremos vivir entre el rancho y Seattle para que yo pueda conservar la tienda.

—Si eso nos permite compartir nuestras vidas, por supuesto que acepto esa condición.

—Pues yo también.

—Gracias a Dios —susurró Edward antes de acercarse a los labios de ella.

Bella se puso de puntillas y le rodeó el cuello con los brazos. Se besaron lenta y apasionadamente. Ella gimió encantada cuando Edward la tomó en brazos y subió por las escaleras rumbo al dormitorio.

«Por fin», pensó Bella mientras Edward le bajaba el vestido y le cubría con cálidos besos el cuello.

—Te quiero —murmuró Bella.

—No tanto como yo a ti —suspiró él antes de besarla de nuevo. Fue entonces cuando el mundo se detuvo para ambos.