- ¡Carlisle! – bramó un vampiro de tez olivácea y cabello del color de la medianoche apenas salimos del aeropuerto.
- Gótico – rió Emmett en su mente al ver al vampiro vestido de negro.
Mi padre nos había advertido que su amigo llevaba la dieta tradicional, explicando el hecho de que llevara unos anteojos de sol aquí, frente a humanos, si no había tanto sol. Yo no podía dejar de ser desconfiado, al igual que Jasper y Rosalie, y comencé a sondear su mente. No me pareció en absoluto desagradable. Estaba sinceramente contento de que su viejo amigo hubiera aceptado su invitación.
- ¡Amun! – exclamó Carlisle en respuesta abrazando al egipcio.
Los humanos pasaban a nuestro lado rápidamente, incómodos sin saber porqué, claro que el instinto de supervivencia les alertaba del peligro.
- Me alegra que aceptaras venir, amigo – sonrió Amun separándose de Carlisle.
- Nunca habíamos visitado Egipto. Ya sabes, el clima…
- ¡Bah! ¡Como si un poco de sol fuera impedimento! – rió Amun – Además, Benjamín se encarga de que cuando haya humanos cerca de nosotros, no haya sol – murmuró lo último para que solo los vampiros lo escucháramos.
- ¿Dónde está tu clan? – preguntó Carlisle.
- En el desierto. No querían venir a la ciudad, no les gusta El Cairo – explicó -. Creo que debes presentarme a tu familia, amigo.
- Cierto – rió él. Volvió con nosotros -. Ella es Esme, mi esposa – dijo tomando su mano -. Y ellos son mis hijos, Emmett, Rosalie, Alice, Jasper y Edward.
- Un gusto – sonrió Amun.
- Igualmente – contestamos mis hermanos y yo a coro.
- Bueno, creo que mejor nos vayamos – dijo Amun -. Tomaremos un taxi hasta las afueras de la ciudad, y luego correremos un par de horas. Espero que no hayan traído muchas maletas – Alice hizo un mohín de disgusto.
- Ninguna – gruñó, y luego empezó a refunfuñar sobre moda y que en El Cairo no podía andar como si fuera un mendigo o algo así… claro que los mendigos no usan ropa de diseñador, como Alice nos obliga a nosotros. Reímos por lo infantil que se estaba comportando la duende.
- Genial – sonrió. Juraría que si se ponía más feliz la sonrisa no le cabría en la cara -. ¡Eh, pare! – gritó a un conductor de autobús.
- ¿No íbamos a tomar un taxi? – saltó Rosalie molesta.
- Somos muchos – replicó Amun.
Subimos al bus, que condujo por algo así como media hora hasta llegar al límite de la ciudad. Tal como dijo el egipcio, corrimos por cerca de dos horas hasta ver un pequeño campamento a la orilla del río. De él salieron tres vampiros con la misma tez aceitunada, cabello negro y ojos rojos, vestidos informalmente.
La luna estaba ya en lo alto del cielo, debía de ser medianoche. Una vampiresa corrió al encuentro de Amun y lo abrazó efusivamente.
- Chicos, ella es Kebi, mi compañera, y ellos – dijo señalando a los otros dos – son Benjamín y su compañera Tia. Ambos saludaron con una inclinación de cabeza que correspondimos con una sonrisa de cortesía. A juzgar por los pensamientos de mis hermanos, ninguno se encontraba a gusto entre los egipcios.
- Amun habla mucho de ti, Carlisle – sonrió el chico. Tenía un aspecto jovial, casi como si fuera un niño aún. Su compañera lo tomaba de la mano con firmeza.
- Sí, estaba loquito porque te vería después de… ¿cuánto era? ¿200 años? – dijo Kebi provocando que ambos bufaran molestos.
- 150 años, amor. Claro que ahora están lo teléfonos celulares, pero no sirve porque yo no tengo – rió Amun.
- Sí, tuviste que ir a la ciudad a llamar por un teléfono público – sonrió Tia -. No sé de dónde sacó el dinero.
- No viene al caso – replicó él.
Continuamos charlando de tonterías hasta que amaneció. Benjamín era agradable, muy independiente y jovial, casi tanto como Emmett. Tia era más bien tranquila, no habló mucho, pero cada comentario que hacía era bien pensado, solo hablaba cuando el momento lo requería.
Kebi, por otro lado, parecía muda. Permanecía pegada a su compañero, casi con adoración, no habló en ningún momento excepto cuando llegamos. Luego, silencio total. Incluso en su mente estaba callada. No pensaba en nada propio, y cada vez que entré en su mente solo vi a través de sus ojos. Cero emociones, percepciones o pensamientos. Era casi una sombra de Amun.
El viejo amigo de Carlisle parecía alegre y sincero. Solía dar comentarios con una agudeza impresionante, era muy sarcástico, y al parecer muy apegado a su tierra natal, Egipto. A pesar de que compartía los ideales de mi padre, bebía sangre humana. Claro que solo por necesidad, y se cuidaba de alimentarse cada semana para tomar un solo humano. Era rápido. Por lo que vi en su mente, aturdía al humano antes de morderlo. Nos dijo que no bebían sangre animal debido a la escasez y poca variedad de éstos en la zona, y que cuando se encontraban uno lo compartían. Esta dieta semivegetariana era imitada por todo su clan, un estilo de vida que no creí que existiera.
Carlisle estaba radiante de alegría por el encuentro con su viejo amigo. Recordaban anécdotas de los dos años que recorrieron África juntos pero sin pisar Egipto. Mi padre reía como nunca lo había visto hacerlo, ni las tonterías de Emmett lo hacían reír tanto.
Esme estaba feliz por su marido, solo eso rondaba por su mente.
Alice… bueno, es Alice. Se lamentaba que viviríamos más de un mes en el desierto, lejos de la civilización y de centros comerciales, vestidos con la misma ropa siempre. Pensando en eso, bloqueó sus visiones.
Jasper, mi desconfiado hermano, registraba cada movimiento que hacía el clan amigo. Sondeaba sus emociones, tratando de localizar cualquier pequeño sentimiento que pudiera volverse contra nosotros.
Emmett bromeaba como loco con Benjamín. Parecían dos niños en Navidad, jugueteando y corriendo de allá para acá hasta que Carlisle y Amun los reprendieron por tirarles arena.
Rosalie… digamos que no estaba muy contenta. Su mente era un revoltijo de molestia e indignación. Por lo que entendí, ella quería ir a otro país de vacaciones con Emmett, pero Carlisle dijo que eran vacaciones familiares así que… no lo quedó otra que venir.
Jasper sondeaba todas las emociones, permanecía desconfiado como yo. Ninguno de los dos quería venir sin comprobar primero que no sería peligroso. Nuestro padre aseguró que Amun era inofensivo, y como no teníamos cómo comprobarlo, tuvimos que confiar en su criterio. No es que desconfiemos de Carlisle, el problema es que él confía en casi todo el mundo.
Al cabo de un rato me cansé de escuchar el parloteo mental de mi familia y los egipcios, y bloqueé la entrada a todo pensamiento. Últimamente he avanzado bastante en este aspecto de mi don. Alice también había avanzado en el bloqueo de visiones, pero no le gustaba estar ciega sobre el futuro. Creo que ahora fue la excepción, ya que ella impidió el paso a su mente a una visión sobre… creo que era sobre algún desfile en… ¿Praga?
Decidí desconectarme del resto del mundo un rato y comencé a hablar con los demás. Al rato caí en la cuenta de que ya era mediodía, nosotros habíamos llegado a eso de las nueve de la noche a El Cairo. El tiempo había pasado volando sin que nos diéramos cuenta, y recién ahora que nos dábamos cuenta de la hora notábamos el sol reflejándose en nuestros cuerpos. El brillo me cegó momentáneamente, y supe que a los demás también. No sé cómo, pero lo supe.
Entonces noté que algo iba mal. Tenía un mal presentimiento…
- Tengo un mal presentimiento – murmuró Alice.
- ¿Desde cuándo tienes presentimientos? – se burló Emmett.
- Desde que bloqueé mis visiones…
- Algo no está bien – la corté -. Yo también lo siento, algo se acerca…
- Instinto de supervivencia – sonrió Amun con tristeza -. Sé quiénes vienen, y créanme que no servirá de nada correr.
- Me alegra que nos recuerdes, Amun – dijo una voz clara y musical, que no había oído hasta entonces.
Volteé, sintiendo a los demás hacer lo mismo, y vi a unos doscientos metros de nosotros a un grupo de unas diez figuras vestidas con capas color arena, que al parecer escoltaban a la pequeña figura de capa dorada que iba en medio de ellas, todos con las capucha levantadas ocultando sus rostros.
- ¿Qué quieres? – soltó él bruscamente adelantándose. No entendía nada de nada…
- Oh, vamos. Ni que fuera tan terrible – rió la figura de capa dorada. Supe que fue esa misma la que habló al principio, y que era una vampiresa -. Además, no tenemos porqué venir a hacer algo malo, ¿no? – Amun bufó.
- Sí cómo no. Ya suficiente daño me hiciste matando a todo mi clan como para que ahora vengas fingiendo que nada pasó – gruñó.
- Tienes razón – replicó la vampiresa -. No venimos aquí por nada. Esos de ahí – continuó señalándonos – entraron a mi territorio sin permiso.
- Disculpa… - habló Carlisle – No sabemos de qué hablas. Éste es un país libre…
- Para los humanos – lo cortó otra figura, tan grande como Emmett -. Esta tierra es de los Reyes de Egipto, señores del Nilo, amos del desierto…
- Cállate, Nikolai – espetó la de capa dorada -. Basta con que sepan que ésta es mi tierra, que es mi territorio, y que tendrán que venir con nosotros o morir.
- ¿Y quién eres tú para decirnos qué hacer? – la retó Jasper.
- Soy… - comenzó ella.
- La Reina de Egipto – completó el gigante.
- ¡NIKOLAI! – rugió la figura con fiereza. Él se encogió a pesar de que era más grande que ella.
- Lo lamento – musitó asustado.
- Tómenlos – ordenó la que se decía Reina de Egipto. Siete vampiros de capa arena se adelantaron.
- ¡Hey! – saltó Amun – No te los puedes llevar así – reclamó.
- Puedo, y lo haré – contestó desdeñosamente la figura -. Creo que no necesito recordarte lo que pasó la última vez que te enfrentaste a mi poder, Amun, a no ser que ya hayas olvidado que en tu clan eran quince y solo quedaste tú. Aunque creo que te convenía olvidarlo, ¿no? Tu compañera murió entonces, pero parece que te conseguiste otra – terminó divertida por la cara de enfado del egipcio y de confusión de los demás.
- No tienes que recordármelo – masculló apretando los puños.
- Bien, me alegra que lo admitas. Espero que no opongas resistencia esta vez, no creo que soportes perder a dos compañeras – Amun rugió y se dirigió hacia la figura.
El tal Nikolai parecía querer defenderla, pero ella les indicó que se alejaran con un leve ademán. Esquivó fácilmente a su atacante, haciéndolo caer al suelo con un pequeño golpe en la espalda. Todos estábamos petrificados, y lo que parecía ser la guardia de la chica reía divertida.
Amun siseó y se lanzó nuevamente sobre ella. El giro que hizo para esquivarlo fue tan repentino que se la cayó la capucha, revelando un rostro angelical, de facciones delicadas. Debía tener como mucho 15 años cuando fue convertida. Su cabello color chocolate le caía en cascada por los hombros, sus ojos rojos se veían calculadores y su expresión divertida. Sus labios rellenos se curvaron un momento cuando soltó una risita suave y musical, como su voz.
- Ay, Amun, no entiendes – comentó divertida.
- Te mataré – siseó él. Ella rió y sacudió la cabeza.
- No ahora, querido amigo, ni nunca.
Volteó un segundo y su mirada se cruzó con la mía. Sonrió levemente. Amun se acercó por detrás, ella saltó hacia atrás, cayó sobre su espalda y lo hizo caer. Lo inmovilizó contra el suelo y le murmuró algo al oído, con voz tan suave que no pude percibir sus palabras. Amun dejó caer la cabeza sobre la arena, derrotado. Ella sonrió complacida y se puso en pie.
- Tómenlos – ordenó. Esta vez nadie se negó, sobretodo porque debajo de esa capa de tranquilidad había furia, cualquiera lo notaba.
- ¿Puedo preguntar algo antes de que no lleven? – solicité apenas un vampiro me tomó fuertemente del brazo.
- Adelante – dijo la chica mirando a otro lado.
- ¿Hacia dónde nos llevan? ¿Qué harán con nosotros?
- Vamos a mi hogar, y tranquilos, no les haremos nada – finalizó con voz sedosa mirándome a los ojos.
Entre dos vampiros tomaron a Emmett, que parecía reacio a ir. Comenzaron a tironearnos para avanzar, y en eso Amun pronunció las últimas palabras que le oiríamos jamás.
- Lo lamento, amigo. No quiero que mi clan muera, no lo soportaría.
Nos hicieron correr por horas, perdimos la cuenta de cuántas. Entre vueltas y revueltas llegamos finalmente al refugio de este extraño clan de capas arena… una pirámide.
- ¿Les gusta? – sonrió la chica burlonamente en cuanto la piedra se cerró tras nosotros – Si no, mala suerte. Tendrán que acostumbrarse, aquí pasarán el resto de sus existencias a no ser que logren entrar a mi guardia…
- ¡NIKOLAI! –rugió una voz desconocida. Al instante un vampiro alto de capa dorada apareció frente a nosotros - ¿Cómo se te ocurre llevar a mi hermana a una expedición de caza?
- Arthur… - comenzó la chica.
- Silencio Isabella – siseó el vampiro -. Hablaremos luego. Llévense a los prisioneros.
Un rato después, éramos arrojados dentro de un enorme agujero en el suelo de piedra.
