QUERIDAS DE VERDAD QUE SE ME OLVIDO DECIRLES QUE ERA UNA ADAPTACION ESPERO QUE ME DISCULPEN COMO MIMABELLS SABE LA UNIVERSIDAD ME TIENE QU ELLA ME PEGO UN TIRO.

CAPÍTULO 02

El calor de la suave seda la envolvió y un agradable aroma alcanzó su nariz. Mmmmm. Inhaló de nuevo. Canela.

Su madre estaba cocinando. A ella le encantaban sus listeles. El estómago de Bella rugió, y ella se estiró perezosamente y deslizó el trasero para ponerse de lado.

Una firme presión la mantenía pegada al colchón, sin dejarla realizar ningún otro movimiento. ¿Pero qué...? Volvió a estirarse, a medida que sus ojos se abrían en la oscuridad. No estaba en casa. Aquella no era su cama.

Tiró con fuerza, y sus músculos se tensaron mientras su mirada recorría la oscuridad que la rodeaba. Abrió los ojos de par en par al ver el vago contorno de la puerta. La madera pintada de blanco se levantaba ante ella, completamente abierta. El corazón empezó a latirle con fuerza. Sacudió el cuerpo con violencia y se estiró desesperadamente. No podía moverse. Le temblaban los músculos. Pero no había nada que contuviera sus movimientos. Otro sueño, aquello solo era otro sueño. Cerró con tuerza los párpados.

Snif, snif, snif. Sintió un cálido aliento hacerle cosquillas en el estómago.

Virgen Santa, aquello era real. Abrió los ojos de par en par. Aun así, no pudo ver nada. Tenía las sabanas extendidas sobre el cuerpo, pero bajo ellas había algo que se desplazaba por su torso, hacia sus senos. ¿Qué demonios...?

— ¡Deténgase! ¡No me toque!

Se retorció. La caliente seda rozaba la cima de sus pezones y la hacía quedarse sin respiración.

— ¡Por favor! —el pánico se apoderó de ella y sintió que el cuerpo se le ponía pegajoso. «Esto es lo que ocurre cuando participas gustosamente en el acto fuera del matrimonio. Te vuelves loca con pesadillas y sueños de deseo carnal». Cerró los párpados con fuerza y un aire cálido y húmedo sopló en su cuello y ascendió hasta su oído.

—Ya te dije que no podrías rechazarme.

El olor a canela se hizo más intenso, y todo su cuerpo se estremeció ante la sensación.

— ¿Qué quiere de mí? —se estiró e intentó moverse, pero no pudo.

El silencio fue su respuesta.

— ¿Por qué razón no puedo verle? ¿Acaso es esto un sueño?

Seguía sin recibir respuesta. Mientras los escalofríos recorrían su cuerpo, se retorció y estiró los músculos. Una cálida suavidad se arrastró hacia abajo y su cuerpo reaccionó temblando bajo la estela de la caricia. El calor invadió su interior.

—No te haré daño —la voz masculina le susurró con suavidad, y la tranquilizó—. ¿A quién le has entregado tu virtud? —la cálida tela avanzó hacia sus mamas y rodeó sus pezones.

—Oh, Dios... —sus senos se hicieron más pesados, y ella no pudo evitar emitir un gemido. ¿Por qué...? ¿Cómo...? Oh, ¿por qué respondía su cuerpo a una caricia tan extraña?—. Eso no es asunto suyo —aquello debía ser un sueño, uno placentero, y no obstante muy poco común.

—Ah, pero ¿qué importa si esto es un sueño?

—Yo, yo... supongo que lleva razón —dijo tentativamente—Pero si esto fuera un sueño, ¿por qué diría usted esas cosas?

El grave estruendo de una carcajada sacudió su cuerpo, a la vez que una suave humedad presionaba contra su cuello, besando sus acelerados latidos.

—Eres hermosa. Tus ojos... yo nunca había visto unos ojos de ese color.

Su cuerpo entró en calor ante aquel comentario.

—Gracias. Tengo los ojos de mi madre.

El extraño gruñó cuando su labio volvió a entrar en contacto con la piel de la base de su garganta. Escalofríos de placer recorrían su piel. ¿Qué importaba si le contaba a aquel hombre lo que había sucedido? Lo más probable es que aquello fuera un sueño.

—He entregado mi inocencia al propietario de la taberna de Sudhamly.

La presión la mantuvo inmóvil y el aire se hizo más denso. Un aullido grave y gutural recayó en su garganta y una lengua le lamió el cuello desde la base hasta la oreja.

Una ráfaga de aire caliente le acarició el lóbulo de la oreja.

—Eres muy valiente —su lengua giró sobre la curva—. ¿Qué te dio él a cambio?

Le tembló el cuerpo y retiró a un lado la cabeza, evitando la invasión.

—Yo... no lo entiendo. Lo único que me ha dado ha sido su semilla y me ha roto el corazón.

Un siseo profundo y enfadado se deslizó por su espalda y le hizo estremecerse.

— ¿Os amabais? —su voz sonaba estrangulada.

—Yo… yo pensaba que así era... pero él no me amaba —sintió cómo se le comprimía el pecho al pronunciar aquellas palabras. Era una declaración de la verdad y ella necesitaba enfrentarse a ello.

—Entonces, debería haberte devuelto tu obsequio. Es necesario entregar algo a cambio, especialmente si una mujer concede su inocencia.

—Lo siento, no... No lo entiendo. ¿De qué está hablando? ¿Quién es usted?

La cálida tela que rodeaba sus pezones se desvaneció y su boca se cerró sobre uno de sus senos. El dolor atravesó el fino tejido y golpeó su pecho, y su cuerpo se arqueó en el colchón. Él la mordisqueó y el dolor se convirtió en una intensa sensación de placer, que se deslizaba hacia su vientre y hacia la carne que se escondía entre sus piernas.

—Oh, Dios, ¿qué... qué está haciendo? —le temblaban los labios, mientras él seguía haciendo círculos con la lengua sobre su mama.

Él gruñó.

—Te daré el obsequio que tu compañero no ha querido darte.

— ¿El obsequio?

Su cálido aliento se deslizó por su vientre y una bocanada de vaho acarició los rizos que asomaban entre el vértice de sus muslos.

¡Oh, santo cielo! Aquel sueño representaba exactamente lo que había imaginado la primera vez que había visto la monstruosidad de aquella cama. El calor del terciopelo rozó sus muslos y tuvo que morderse la parte interior del labio. Después de abrirle algo más sus piernas, la esponjosa suavidad de su musculosa lengua se deslizó a lo largo de la abertura de su sexo y sintió cómo se le contraía la vagina.

«La sangre de una virgen». Las palabras resonaron en su mente. «Una semilla que no te pertenece». El calor presionó en su vientre, y su cuerpo se arqueó una vez más en el colchón.

«Sí, disfruta del obsequio que él te ha negado»

La lengua se arremolinó en la hendidura, la lamió y chupó, como si él estuviera intentando quitar todo rastro de la evidencia de su locura. Oh, ¡ojalá pudiera también borrar aquel recuerdo de su mente!

El corazón le latía con fuerza en el pecho, y él rozaba con los dientes la carne que había en la abertura hacia su matriz. Un intenso placer ascendía en espirales por los músculos de sus piernas, tensándolas. Ella retorció los dedos de los pies y sintió cómo se le contraía la vagina, y expulsaba sus jugos desde el interior.

—Oh... ¡oh!

Él recorrió con la lengua su carne abierta y lamió la miel que fluía ahora libremente de ella. Le invadió una fiera sensación que la hizo levantar las caderas del colchón. Frotó sus rizos contra la enorme cabeza y los amplios hombros que ahora sentía presionándole entre las piernas y ejerció presión contra su lengua. Oh, ¡había un hombre real entre sus piernas!

Un placentero cosquilleo estimuló cada una de las terminaciones nerviosas de su cuerpo. La mano se le cerró en un puño, una luz cegadora la deslumbraba mientras cada músculo de su cuerpo se agitaba bajo una ola de placer tras otra. Gritó y después, se agitó violentamente, en un intento por llevar las piernas hacia la caricia de su lengua. Él lamió su piel desde el ano hasta los rizos, y sus músculos se abalanzaban y se alejaban de una caricia tan intensa.

— ¿Qué... qué ha sido eso? —su mirada se concentró en la figura de un hombre extremadamente grande que, sin pensarlo dos veces, se arrodilló entre sus piernas. Ella cerró los ojos con fuerza. ¡Oh, se había vuelto loca!

—Tu placer. Por permitir que un cerdo te haya montado.

— ¿Perdone? El obsequio... —susurró e intentó juntar las piernas sobre sus muslos. Era verdad que estaba allí.

—Sí —sus grandes manos le agarraron los muslos y le apretaron con suavidad.

Un aullido desgarró el aire desde el pasillo. Ella se sobresaltó y un remolino de aire sopló a su alrededor. La calidez de la seda y el calor corporal se desvanecían poco a poco, hasta dejar la débil fragancia de la canela colgando en el aire.

Ella tembló y tiró de las sábanas hacia arriba hasta cubrir todo su cuerpo. ¿Había sido realmente un sueño? Tendió la mano y deslizó un dedo dentro de la pegajosa carne de su sexo. Estaba claro que así era.

Levantó la mano hacia su nariz, y se dio cuenta de que el olor a canela era más intenso que su propia fragancia. Era demasiado extraño y siniestro como para detenerse a pensarlo. Su mirada se desvió hacia la puerta cerrada que daba al pasillo. Bajo la tenue luz logró contar ocho cerrojos echados. El cansancio le hizo cerrar los párpados y ella se dejó llevar a un extraño y placentero sueño.

Toc, toc, toc, toc.

—Señora. Señora.

Bella se despertó con un sobresalto. Enderezó el cuerpo hasta sentarse en la cama y miró la puerta con atención. Estudió la línea que formaban los ocho cerrojos bien asegurados y después se pellizcó el puente de la nariz. Todo debía de haber sido un sueño.

—Señora, le traigo sus prendas lavadas.

—Un momento —bajó de la cama y se dirigió a la puerta. Descorrió cada uno de los cerrojos, y después giró el picaporte. Seguramente había sido un sueño.

—Discúlpeme, señora.

Una mano se abrió paso a través de la abertura, llevando un vestido de algodón de color gris oscuro, unas medias, unas enaguas y un corsé. Ella los cogió.

—Gracias.

Luego una cabeza asomó por la hendidura de la puerta.

—Lord Cullen ya ha sido informado de su estancia con nosotros y desea invitarle a desayunar con la familia —tragaba saliva con fuerza; ella pudo verlo en su nuez que se movía arriba y abajo—. Enviaré a Jerome en un cuarto de hora para que la acompañe al salón.

—Muy bien —cerró la puerta y echó los cerrojos. Lo único que deseaba hacer era marcharse de allí y solucionar todo lo que había pasado con Jacob, aunque también deseaba ver la casa a la luz del día. Marcharse una hora más tarde no cambiaría la situación lo más mínimo. Frunció el ceño.

Al regresar a la cama, tuvo que ahogar un grito. Extendido sobre la silla en la que se había sentado la noche anterior, descansaba un despampanante vestido de muselina de color verde palo. El tono de verde era exactamente el de sus ojos.

— ¿De dónde ha salido esto?

Levantó la mano para tocar la suave y costosa tela, y se dio cuenta de que la mano le temblaba. La cerró con fuerza hasta formar un puño. Él le había dicho que le gustaban sus ojos. Había sido un sueño, ¿verdad? Se alejó de la tentadora prenda y estudió la habitación. Nadie podría haberse colado dentro. Solo había una puerta, y la ventana...

Se precipitó hacia las cortinas y las apartó. La lluvia caía constantemente en picado tras el claro cristal, pero la ventana todavía seguía cerrada. Seguramente el vestido habría estado allí la noche anterior. Era extraño que no hubiera recaído en la prenda. Entonces, su mente volvió a darle vueltas a lo que había ocurrido durante la noche.

Miró con atención la cama. El color de las sábanas de lino brillaban de un profunda escarlata bajo la luz del día. El tallado que entrelazaba los postes representaba unos osos con un precioso detalle.

Sus dedos recorrieron la figura esculpida de uno de los plantígrados. Suave y frío, el oso se levantaba sobre sus patas traseras y luchaba con uñas y dientes contra otro oso tallado en la madera generosamente coloreada.

Se mordió el labio cuando sus dedos se rezagaron en las uñas y dientes que entrelazaban a las dos criaturas. El estómago se le revolvió, y su otra mano se extendió sobre la tirante superficie. ¡Qué extraño! Estaba claro que el estómago le hacía ruido porque tenía hambre. Tenía que vestirse y dar de comer a su retumbante cintura.

Observó el algodón gris que descansaba alrededor de su brazo y luego miró con anhelo la fina muselina que se extendía en el respaldo de la silla. Qué estúpido resultaba desear un trozo de tela. Ella nunca había poseído un atuendo de un aspecto tan elegante. Aunque el vestido parecía llamarla a gritos.

Deseaba vestirse con aquella prenda, sentir cómo la fina tela se deslizaba por su cuerpo. ¿Sería tan suave y cálida como la caricia de su amante? Tomó una gran bocanada de aire y se apartó del vestido. Bobadas, solo eran bobadas.

—Bruno, ¿estás seguro de que volvió a encerrarse cuando le pediste que bajara a desayunar conmigo esta mañana? —Lord Cullen cambió de postura, inquieto sobre la silla que había detrás de su despacho.

—Sí, Su Excelencia. Escuché cómo echaba los cerrojos. No es posible que haya fingido ese sonido.

Muy interesante. Sus cejas volvieron a situarse en su sitio y la comisura de sus labios se arqueó hacia arriba, en un gesto de concentración. Sus oseznos se habían mostrado nerviosos al amanecer. Estaba seguro de que aquella inquietud se debía a la fragancia de una mujer dentro de los muros de la mansión de Cullen.

—Aun así, nada de esto pinta bien, ¿no es así, Bruno?

—No, Su Excelencia.

Con aquella lluvia torrencial, ella no podría marcharse de allí hasta que amainara el mal tiempo.

—Asegúrate de que mis oseznos vienen a desayunar. No quiero que ninguno de ellos se acerque a ella sin saber antes que es nuestra invitada. Y tampoco deseo que ninguno de nosotros la coja desprevenida —«Si estamos los dos en la misma habitación, la situación no necesitará estímulo alguno para darse». Luego, decidiría lo que se debía hacer.

—Sí, Su Excelencia. Les despertaré.

Lord Cullen siguió a Bruno con la mirada mientras este cerraba la puerta de su estudio. Apretó el puño y partió su pluma en dos. Deseó con todas sus fuerzas que el cuchillo que sentía clavársele en el estómago no fuera otra cosa que nervios y que no se debiera a la terrorífica pesadilla que había atormentado sus sueños por la noche. Óscar. Apretó los dientes. No... Seguramente todos querrían follarse a esa mujer. Incluso si no era una compañera, el olor de su inocencia le atraía incluso a él. Puede que su inquietud se debiera simplemente a eso. Su puño golpeó la mesa haciendo un ruido sordo.

Cerró con fuerza los ojos, y rezó para que Cullen permaneciera dormido y para que permitiera que sus hijos tuvieran la oportunidad de elegir a su compañera sin que se sucediera una desgracia parecida a la que a él le atormentaría durante toda la eternidad.