CAPÍTULO 03
Hermoso. Bella atravesó el umbral de la puerta que daba a un salón magnificente. A lo largo de una de las paredes se elevaban unas enormes ventanas cubiertas parcialmente por unas cortinas gruesas de color negro. En el centro de la habitación, había una gran mesa de madera teñida de negro que se levantaba pulida con un logrado brillo, y que estaba rodeada por unas sillas tapizadas de un gris y negro natural. Podía imaginarse a los invitados a la comida, ataviados con sus lujosos vestidos y acomodados en las enormes sillas. Reían a carcajadas y bebían vino especiado. ¡Madre santísima! La habitación resplandecería con el brillo y la sofisticación de los adinerados.
Sin ningún otro ruido en la habitación, sus zapatillas resonaron por el suelo negro y pulimentado. Bajó la mirada de nuevo hacia su vestido gris y sintió vergüenza. Parecía chapada a la antigua y completamente fuera de lugar rodeada de tal ambiente. Jerome, el hombre que la había acompañado, le ofreció un asiento en mitad de la mesa. Ella le sonrió y se sentó.
—Gracias —le susurró, con miedo de romper la tranquila atmósfera del lugar.
— ¿Qué desea tomar para comer?
—Té y algo dulce. No, mejor algo que lleve canela, si en posible — todavía podía oler la fragancia de su sueño.
—Desde luego, señora —corrió a toda prisa hacia el aparador y le trajo una tetera y una taza. Ella levantó la tetera y se sirvió el humeante líquido. Volvió a dejar la tetera sobre la mesa, y después bajó la mirada hacia su regazo. ¡Cielo santo! La silla le daba un aspecto de remilgada y de ser mucho más pequeña.
—Ahora tenéis que comportaros —una profunda voz vino desde el pasillo, y su mirada se desvió hacia la puerta. Un hombre enorme y elegante se detuvo en la entrada, y después entró en la habitación, envuelto en un aura de control.
—Bienvenida a la mansión Cullen, señorita —le tendió una mano—. Oh, no se levante. Soy lord Cullen, y estos son mis oseznos —el elegante hombre de pelo gris señaló a la puerta por donde fueron entrando un gran hombre tras otro, detrás de él. Cada uno de ellos poseía algo del hombre más mayor. Seguramente se había referido a hijos cuando había dicho oseznos.
¿Osezno? Aquella palabra le resultaba extrañamente familiar.
— ¿Qué es Cullen?
— ¿Que qué es? Es este lugar —le contestó el que parecía más joven de todos, mientras se deslizaba sobre la silla que había a su lado—. Carlisle Cullen a su servicio, señora.
Su pelo rubio, retirado de la cara, exponía unos ángulos llamativos que iluminaban su rostro cuando sonreía. Sus ojos, de un azul hielo, la estudiaban como si estuviera mirando directamente su alma. Una malvada sensación le ardió en las venas. Él retiró su mirada y ella sintió cómo se le helaba el alma.
— ¿Y usted es...?
Bella se asustó y se giró hacia la voz que venía desde el otro lado. Otro de aquellos grandes hombres había ocupado un asiento a su lado, y una sensación de apreciación se desplegó por su cuerpo.
—Oh, discúlpeme, soy la señorita Bella Swan.
El calor que emanaban los dos enormes cuerpos masculinos que la rodeaban confundía sus emociones. Deseaba que uno de aquellos hombres la acariciara, aunque al mismo tiempo temía la caricia. Cualquiera de ellos podría aplastarla como si fuera una mosca.
—Señorita Swan. Soy Jasper, y ese granuja de ahí —levantó la mano y señaló a su hermano que estaba de pie, apoyado contra la pared—, es mi hermano gemelo, Edward.
Guardaban un parecido sorprendente, pero de alguna manera eran diferentes. Ambos tenían un cabello espeso, castaño oscuro y ondulado, que llevaban detrás de las orejas y que le llegaban por los hombros. Pero sus ojos... los de Jasper eran de un tono verde oscuro, asombroso por su intensidad, y los de Edward eran de un marrón claro algodonoso, y resplandecían con el tipo de dulzura en la que ella podía llegar a perderse.
Jerome se inclinó y colocó un plato ante ella, con un rollito de canela azucarado que se encaramaba en lo alto. Ella levantó la mirada y le sonrió. El olor, tan delicioso, capturó sus sentidos, y cuando observó la humedad de la canela se lamió los labios.
—Señorita Swan, la última presentación es la de mi hijo mayor y mi heredero —el tono de voz del padre sonaba a reprimenda.
—Señora, yo soy lord Emmett Cullen —se levantaba formalmente a un extremo de la mesa, le hizo una reverencia y después, se sentó. No le dedicó una verdadera mirada ni una sola vez durante su discurso.
Edward se alejó de la pared y captó su atención. Con una pequeña taza en la mano, tiró hacia fuera de la silla que quedaba delante de ella y tomó asiento. Ella desvió la mirada a la taza. La misma que ella sujetaba en su mano y, sin embargo, bajo la mano de él, parecía mucho más pequeña. Vaya. Parecía una taza tan pequeña
¿Qué tipo de hombres eran aquellos? Ella nunca había visto unos hombres tan grandes y corpulentos. Levantó la cabeza y la mirada de Edward rozó brevemente la suya. Sintió como si un rayo le hubiera golpeado la espalda. ¿Qué... qué había sido eso? La taza del té se cerraba bajo el apretón de su mano.
—Emmett es un poco formal, pero nada que haya que temer —le susurró Carlisle; obviamente estaba malinterpretando la razón por la que le temblaba la mano.
—Oh, desde luego —no podía apartar su mirada de Edward al otro lado de la mesa, mientras este enarcaba las cejas sobre los ojos como si estuviera estudiándola y su corazón latía con tanta fuerza en su pecho que estaba segura de que visiblemente se movía al ritmo de las palpitaciones. ¿Qué le pasaba?
Su cuerpo parecía haber enloquecido desde la pasada noche. La mirada de cada uno de los hombres surtía sorprendentes efectos en ella. Pese a que el acto de entregar su inocencia había sido doloroso en el mejor de los casos, su cuerpo ansiaba ahora cosas escandalosas y libertinas. Sacudió la cabeza. Quizás tuviera algo de fiebre, aunque se sentía bien. Se rozó brevemente la fría frente con los dedos.
— ¿Se encuentra bien, señorita Swan? —los largos y gruesos dedos de Jasper presionaron su frente.
Edward se levantó con una alarmante acucia, y la silla cayó al suelo. Todo el mundo se sobresaltó y las miradas recayeron en él.
—Siéntate ya, osezno, y compórtate —dijo el padre desde el otro extremo de la mesa, al mismo tiempo que estudiaba su cuchillo con indiferencia.
¡Cielo santo! ¿Era ese tipo de comportamiento algo común entre aquellos hombres? El aire se hizo más denso con la tensión del momento, y una de las mejillas de Edward palpitó nerviosamente mientras fijaba la mirada en las manos de Jasper, que todavía estaban rezagadas en su brazo.
—Perdóneme, padre —Edward inclinó la cabeza—. Yo... yo... tengo que irme.
—Muy bien. Despídete de los demás —la fría mirada azul de lord Cullen recayó en Edward y después se dirigió a Bella, y entonces entrecerró los ojos, solo para fijarlos en Jasper.
Jasper se hizo hacia atrás en la silla y la comisura de sus labios se enarcaron hacia arriba. ¡Dios bendito! Ella no tenía experiencia con hermanos. ¿Sería posible que todos los hermanos masculinos se consideraran el uno al otro de aquella manera?
—Que tenga un buen día, señorita —Edward inclinó la cabeza rápidamente y se dirigió hacia la puerta. ¡Qué ocurrencia tan extraña y peculiar! Una hostilidad como aquella no le parecía bienvenida. No se sentía a salvo en absoluto. Había llegado la hora de marcharse de allí.
—Su Excelencia, siento... siento interrumpirle...
Los oseznos habían seguido a su padre hacia el salón para tomar el desayuno, y Edward apenas había sido capaz de contener la rabia cuando Jasper había tomado asiento en la mesa al lado de Bella. Edward había logrado controlar la expresión de su rostro, incluso aunque su sangre virginal estuviera llamándole a gritos. La pasada noche le había cambiado.
Su sinceridad respecto a sus sentimientos y las bondadosas emociones que habían manado de ella al hablar del hombre de la ciudad le habían sorprendido. Sería una buena madre y una excelente compañera si él podía lograr que ella le aceptara. Durante la noche, hubiera deseado quedarse más tiempo «MI ella, pero una vez que logró contenerse, escapar de su cuarto y encerrarse en su propia habitación, había distinguido los aullidos de Jasper, que había estado deambulando por el pasillo, rastreando la fragancia de Bella.
Siempre se peleaban por las mujeres, y dado el saludable apetito sexual de los Cullen, las riñas se sucedían con frecuencia. Edward aceptaba los retos, los enfrentamientos. En la mayoría de los casos, él disfrutaba del placer de la adrenalina que le provocaba la lucha... pero Bella no era cualquier mujer por la que pelear. Ella suponía una posible compañera para él, no un simple divertimento sexual, y hubiera pasado inadvertida si Jasper no deseara también más de ella.
Se había apoyado contra la pared del salón y había bebido su café solo, a medida que estudiaba la situación. Su hermoso labio inferior atrapado entre sus dientes. Su pelo rubio y suelto, retirado hacia atrás y rebelando su piel ligeramente bronceada, le había cautivado. Era una mujer muy embriagadora.
¡Vaya un espectáculo que habían dado! Cinco hombres del tamaño de un buey, sentados en sillas sustanciales y que la empequeñecían por su talla física. A él le habría gustado presentarse a sí mismo la noche anterior, pero no había logrado atreverse a hacerlo. Su tamaño hubiera hecho que ella acabara gritando en la noche. Así que había utilizado su mente para evitar que ella le viera.
Por lo que si se acercaba demasiado, ella descubriría su fragancia. ¡Maldita sea! No importaba cómo lo deseara, no podía revelar sus intenciones delante de sus hermanos. Si sacaban las garras delante de ella, estaba seguro de que acabaría marchándose y él no deseaba otra cosa que el que ella se quedara... toda la eternidad.
¿Qué pensaría ella de él? Su mirada le había estado examinando atentamente mientras Jasper se presentaba. Él deseaba poder introducirse en su mente como lo había hecho la noche anterior, pero su familia se daría cuenta en el instante en que lo hiciera, y no podía insinuar sus deseos. Al menos, no por el momento.
Reprimir sus intenciones iba en contra de todo lo que su padre le había inculcado. A la larga, sus instintos se apoderarían de él y su familia lo descubriría todo. Pero, por ahora, necesitaba saber más, y esa era la razón por la que había tomado asiento y observado… esperado, hasta ver si alguno de sus hermanos la consideraba algo más que una simple conquista sexual
Jerome se había inclinado entonces y había colocado un plato con un rollito de canela delante de ella y Edward no había podido contenerse al esbozar una sonrisa. Ella le deseaba. Carlisle captó su sonrisa y le guiñó el ojo. Sí, Edward tenía una oportunidad con aquella mujer. Aunque Carlisle no tenía ni idea de que Edward ya la había degustado.
Emmett se sentó finalmente, y se mantuvo callado y pensativo como solía hacer.
Edward se había apartado de la pared y había ido a sentarse delante de Bella. Ella le miró a los ojos durante un instante y él sintió cómo se le erizaba el pelo de la nuca. Sería suya... tenía que serlo. Su instinto nunca le había empujado con tanta fuerza hacia una posible compañera. Él se había acostado con varias mujeres, pero nunca había sentido el deseo de empezar el cortejo del Orsse. Bella... hacer que fuera suya era la única idea que le rondaba la cabeza.
Jasper se había inclinado hacia ella y había ido subiendo la mano poco a poco hacia el brazo de Bella. Edward había sentido la sangre hervir en sus venas, los dientes apretados y los músculos tensos mientras intentaba controlar la voluntad de defenderla.
No permitiría que su hermano la tocara. Ella le pertenecía ¡Maldita sea! Ya la había degustado. Ella infundía cada aliento que él tomaba. La mano de Jasper acabó descansando en el brazo de Bella, y los músculos de Edward habían saltado a la acción Su silla había acabado cayendo al suelo con una velocidad alarmante. Apenas había logrado contener un siseo de rabia cuando se le había nublado la visión.
—Siéntate ya, osezno, y compórtate —le había dicho su padre desde un extremo de la mesa, mientras aparentaba estudiar su cuchillo.
Edward no había podido controlar su rabia. Había intentado reprimir sus instintos, pero no había logrado hacerlo por mucho tiempo.
—Perdóneme, padre —la rabia hizo que el tono de su voz se volviera más grave y vacilante—. Yo... yo... tengo que irme.
—Muy bien. Despídete de los demás.
«Recupera el control, Edward, y despídete con elegancia».
Su padre le pondría a prueba más tarde, no le cabía duda.
La mirada azul hielo de su padre se había rezagado en Edward y había estudiado la situación en un solo movimiento. Luego, había desviado sus ojos hacia Bella y los había entrecerrado. ¡Cuántos problemas suponía todo aquello! Si no echaban a Edward o a Jasper de aquella casa, podría volver a repetirse un desastre como el que había acontecido entre su padre y su tío Óscar.
Jasper había vuelto a acomodarse en su silla entonces, y había mirado a Edward con una sonrisa burlona en los labios. ¡Maldito sea! A Edward le hubiera gustado abalanzarse sobre la mesa y derribarlo al suelo de un golpe. Si volvía a tocarla de cualquier manera, le mataría. Apretó el puño y vio cómo sus nudillos se levantaban y asomaban sus garras. ¡Maldito sea!
—Que tenga un buen día, señorita — Edward había inclinado la cabeza, para absorber con rapidez sus hermosos y provocadores labios y su cabello del color de la miel. La sangre le golpeaba con fuerza en los oídos. Intentó sofocar el abrumador deseo que sentía hacia ella y apretó con fuerza los dientes, mordiéndose la lengua en el proceso. El sabor salado de la sangre virginal que había obligado a hacer fluir de nuevo la noche anterior manaba ahora de su boca, y lo que hasta aquel momento había sido una excitación controlada, ahora endurecía completamente su verga.
Se había atrevido incluso a dar un paso hacia delante. La necesitaba, le pertenecía. Había cerrado los puños con fuerza al notar cómo las garras empezaban a extenderse bajo su piel. « ¡No! ¡Contrólate! La verde hierba, el río…». Tomó una temblorosa bocanada de aire en un intento por recuperar el control.
Sus músculos se habían agitado con violencia al intentar contenerse y no golpear a su hermano. Se dio la vuelta, y abandonó rápidamente la habitación. Mientras bajaba a grandes zancadas por el pasillo, recordó el tono de su voz. Se detuvo, ansioso por conocer sus pensamientos, sus sentimientos, y escuchar su voz musical.
—Su Excelencia, siento... siento interrumpirle a usted y a su familia. Me gustaría disponer de su carruaje, si no es mucha molestia. Deseo regresar a casa.
Maldita sea... quería irse. ¡Por supuesto que quería irse! ¿Qué mujer en su sano juicio se quedaría en aquella casa de locos? La necesidad por poseerla, encerrarla bajo llave y obligarla a aceptarle hizo que le temblaran las manos. El oso que llevaba dentro gritó de dolor. Dejarla ir era la única manera de controlar aquello... Iría a dar un paseo a caballo. La lluvia y la fragancia de la naturaleza le tranquilizarían.
Bella se quedó sentada en la mesa y esperó a que Su Excelencia le concediera una respuesta. Pero él seguía con la mirada la retirada de Edward, con una profunda expresión de preocupación grabada en rostro.
— ¿Milord?
Su mirada recayó entonces en ella y acarició su cuerpo.
—Lo siento, señorita Swan, pero nuestro carruaje necesita unos arreglos y con una lluvia tan fuerte no puedo correr el riesgo. Tendrá que quedarse con nosotros hasta que cese la tormenta.
El mismo llanto espeluznante que había escuchado la noche anterior resonaba ahora en su cabeza. ¡Cielo santo! No pensaba que fuera capaz, de aguantar otra noche en aquella extraña casa.
Algo de importancia había ocurrido entre los hermanos gemelos en el momento en el que Edward había salido de la habitación. Todavía le latía el corazón con fuerza al acordarse del modo agresivo en el que Edward se había comportado; el suave tono de sus ojos había cambiado de intensidad. Casi había esperado que se pusiera a aullar allí mismo. La transformación que había visto la había atemorizado. En cuestión de segundos, se había visto rodeada por los cinco hombres, que como elevadas torres, se habían levantado a su lado, con los hombros tan anchos como puertas y los brazos tan largos como las ramas de los árboles que crecían cerca del río. Ella era tan pequeña, se sentía tan impotente rodeada por todos aquellos hombres... En ningún momento se había sentido segura, como le había dicho el mayordomo, «en esta casa».
