CAPÍTULO 04
Carlisle acompañó a Bella cuando salieron del salón.
—Mis hermanos son un poco brutos, pero todos son buena gente.
Ella ladeó la cabeza para mirarle los ojos. Un aire de arrogancia rodeaba a aquel hombre. Parecía el más tranquilo de todos los hermanos. Tenía los músculos relajados. Y ella no se sentía asustada en su presencia como lo hacía al estar rodeada de los demás hermanos.
— ¿Ha dormido bien? Lo pregunto por la tormenta, fue terrible, ¿verdad?
—Oh, sí. Me desperté varias veces, pero volvía a dormirme enseguida —en ninguna circunstancia iba a contarle, ni a él ni a nadie, los sueños que había tenido. Él la tomaría primero por una simplona, y después por una libertina. Puede que lo primero fuera cierto, pero lo segundo... La imagen de la oscura figura arrodillándose entre sus piernas la pasada noche volvió de nuevo a su mente. El calor le ruborizó la cara, y se mordió el labio. Inmorales, pensamientos inmorales. Era una libertina. Volvió a concentrarse en Carlisle.
Él asintió.
Todos somos bastante nocturnos. Es extraño que nos tenga a todos reunidos para el desayuno de esta mañana.
—Oh, lo siento mucho Espero... espero que no os hayan sacado de la cama solo por mí.
—Imagino que así fue. Pero de cualquier modo, todos sentimos su presencia en esta casa. Creo que padre deseaba ver si usted le gustaba a alguno de nosotros —le sonrió y su cara se iluminó en una expresión traviesa.
Ella, sin poder evitar la risita que cosquilleaba en su garganta, enarcó ambas cejas.
—Algo así no tendría que derivar en ninguna consecuencia. Yo no pertenezco a la misma clase social de su familia.
Doblaron una esquina que bajaba por el pasillo principal. ¡Madre santísima! Apenas le llegaba al pecho a Carlisle. Observó la capa ajustada y costosa que se tensaba aún más con cada aliento que él tomaba. Todos los hermanos eran sorprendentemente grandes. Grandes y hermosos. En realidad, no podía imaginar que alguno de aquellos hombres se sintiera atraído por ella.
—La clase social importa poco en esta familia. Los instintos. Ellos son los encargados de elegir por nosotros. Los que gobiernan nuestras vidas. Padre es firme a ese respecto. Y ninguno de nosotros ha elegido todavía a la compañera que compartirá nuestra eternidad.
Sintió cómo se sonrojaba ante una charla tan informal y escandalosa.
—Señor, no debería hablarme de ese modo.
Él bajó la cabeza para mirarla y su sonrisa se hizo más amplia.
—Oh, bueno, es verdad, pero yo no diré nada si usted tampoco lo hace —sus largas pestañas se cerraron sobre sus ojos, y por un momento, ella pensó haber visto que sus párpados habían girado sobre sí mismos.
¿Qué? Se puso tensa y parpadeó en un intento por aclarar su visión. Oh, cielo santo. Después, le observó con atención cuando levantó las pestañas.
¿Qué le estaba pasando? Aquel hombre solo era un hombre. Aquello era una locura. Los ojos no podían cambiar de forma así como así.
— ¿Se encuentra bien, señorita Swan? Se ha puesto muy pálida.
—Yo... yo... —« ¿Qué he de decir?»—. Creo que es posible que algo me haya trastocado. Mi visión sigue jugándome malas pasadas.
Él se detuvo y, girándose hacia ella, la miró con sus ojos azules de par en par, con una expresión abierta y preocupada en los rasgos de su cara.
— ¿De qué manera? ¿Qué es lo que ha visto? —sus labios se curvaron en una sonrisa y la forma de sus ojos cambió de unos óvalos de azul claro cristal a unos círculos de un matiz más sólido.
Ella se sobresaltó y se apartó de él. ¡Virgen santa! Un escalofrío le bajó por la espalda.
— ¿Qué... qué es usted? —le invadió una sensación de miedo y desconcierto que hizo que se le erizara el pelo de la nuca y que le temblara el cuerpo incontrolablemente.
Su sonrisa se volvió algo burlona.
—Es muy extraño preguntarle algo así a un anfitrión, ¿no le parece? En fin, yo soy Carlisle Cullen, el osezno más joven del Clan de los Cullen —sus ojos brillaron y se movieron súbitamente, después adoptaron el azul claro de un ojo humano.
—Usted... usted... —ella levantó la mano y señaló hacia sus ojos—, no es humano. ¿Qué es usted? —le temblaron los labios y retrocedió un paso más, incapaz de apartar la mirada de él para evitar que pudiera hacerse con ella si la pillaba desprevenida.
— ¡Oh! Ahí es donde se equivoca usted, señorita Swan. Soy humano, pero también soy algo más que eso.
Ella se dio la vuelta y echó a correr. Necesitaba salir de aquella casa. No deseaba saber lo que significaba aquel «más que eso». Desde que había puesto el pie en aquella mansión, solo le habían sucedido cosas extrañas. Aquella casa poseía algo malvado, era una casa encantada, la morada del demonio
Encontraría su camino de vuelta a casa, no le importaba si le costaba la vida hacerlo. No pertenecía a aquel lugar. Aceleró sus pasos a medida que bajaba por el pasillo, con las carcajadas de Carlisle resonando en la distancia detrás de ella.
—Señorita Swan, no voy a hacerle ningún daño. Solo deseo que lo sepa.
Abrió de un empujón la enorme puerta delantera. La lluvia seguía cayendo a cántaros. Le entró un escalofrío cuando el húmedo aire atravesó la tela de algodón de su vestido, y le heló el sudor que había emanado de su piel momentos antes. Miró a un lado de la puerta. Tenía que haber una capa, una manta, un sombrero, cualquier cosa que pudiera utilizar para refugiarse de la lluvia. No encontró nada.
Miró por encima del hombro y vio a Carlisle a escasos metros de distancia.
—Señorita Swan, por favor, no haga ninguna estupidez. Pillará una pulmonía si sale ahí fuera.
Se abalanzó sin dudarlo hacia la lluvia. Tenía que llegar a casa y hablar con su madre, tenía que asegurarse de que lo que acababa de ver solo era producto de su imaginación. No es que estar completamente chalada le agradara, aunque... bueno, la locura parecía una opción mejor que creer que algo así podía existir. ¿Era aquel un pensamiento malo?
La lluvia se filtró por su vestido de algodón en cuestión de segundos, mientras bajaba corriendo el camino resbaladizo que conducía a la casa. Sus pasos la llevaban todo lo rápido que podían, pero las zapatillas se hundían en el denso lodo. ¡Justo lo que necesitaba, perder una zapatilla en aquel fango! Curvó los dedos de los pies, en un intento por mantener en su sitio los zapatos mientras continuaba el camino que la alejaba de los Cullen.
Unos espesos árboles flanqueaban el camino, pero ella no tenía ni idea de hacia dónde llevaba. La cabeza le daba vueltas y su visión se volvió borrosa. Se detuvo para recuperar el equilibrio. Un grito agonizante le atravesó el alma.
« No te vayas. ¿Adónde vas? ¡Detente!».
Los árboles se movieron ante ella, y los vio avanzar poco a poco. Abrió los ojos de par en par. ¡Se había vuelto loca! Se tambaleó, cuando la tierra cedió bajo sus pies y el bosque bloqueó el camino que antes se había extendido frente a ella. Levantó los puños hacia su cara y se restregó los ojos. «El bosque ha bloqueado el camino». Cerró con fuerza los parpados y agitó la cabeza de un lado a otro, esparciendo gotas de lluvia de su cabello.
Unos cascos golpeaban la tierra y resonaban en su cuerpo. ¡Madre santísima! Iban detrás de ella. Salió corriendo hacia la espesa arboleda que ahora cubría el sendero. Las ramas eran tan gruesas que apenas podía abrirse camino entre las más pequeñas. El brazo se le quedó enganchado en una de las ramas. Ella tiró con fuerza, la tela de su vestido se desgarró, y la zarzamora le arañó la piel. ¡Ay! Deseaba gritar de dolor, pero apretó los dientes y en lugar de hacerlo, gimoteó. Necesitaba alejarse de allí y esconderse en algún lugar apartado del camino. No podía regresar a la casa de ninguna manera. Las ramas serpenteaban y se enroscaban en una densa red, y la mantenían acorralada.
Se agachó bajo una gran rama, incapaz de atravesar la red. ¡Nunca lograría llegar a casa! Le temblaba el cuerpo descontroladamente y se cubrió la cara con las manos. La humedad de su vestido de algodón le helaba la piel y hacía que le castañearan los dientes.
« ¡Vuelve! ¡Maldita sea! ¡No tengas miedo de mí!».
« ¡Déjame, maldita voz!». Se cubrió los oídos con las manos y se acurrucó contra el tronco del árbol, para que nadie pudiera verla desde el camino. ¡Encontraría algún lugar en el que refugiarse de la noche! Los cascos que aporreaban la tierra se detuvieron de repente, y emitieron un estrepitoso chapoteo sobre el lodo. Un ruidoso relincho atravesó el sonido de la lluvia justo por encima de sus hombros y ella se sobresaltó.
— ¡Maldita sea, mujer! —aquello vino de algún lugar del camino detrás de ella. Era la misma voz que había escuchado en su cabeza, la recordaba de su sueño. Porque había sido un sueño... ¿o no? ¡El hombre del escandaloso sueño se encontraba ahora en el camino! Necesitaba mirar, necesitaba saber a quién pertenecía aquella voz, aquellas manos, y aquella lengua que la habían acariciado y proporcionado tanto placer. Giró la cabeza sin pensarlo dos veces y echó un vistazo a través de las ramas al hombre que se levantaba en el camino.
Uno de los gemelos se sentaba a horcajadas sobre un caballo de arrastre y miraba atentamente la espesura que cubría el camino.
¡Qué imagen tan cautivadora! Completamente empapado, el caballo expulsaba el vaho de su hocico. El cuerpo de la criatura despedía vapor mientras seguía golpeando el suelo con sus patas, chapoteando en el lodo. La lluvia caía a cántaros sobre el gabán del jinete y sobre su sombrero. Sus anchos hombros y sus tersos músculos cogían las riendas del caballo con gran facilidad. El corazón le latió con fuerza y se le endurecieron los pezones. Su belleza y seguridad radiaban poder. Ahogó un grito. Se había vuelto loca. Era una bestia. Sus ojos se abrieron de par en par cuando la mirada del jinete recayó en la suya y se bajó del caballo.
«No estás loca. Bella. Aunque a veces pienses que las cosas podrían ser más fáciles si no fuéramos reales, lo somos. Por favor, no huyas de mí. Déjame que te explique quiénes somos».
Ella se puso de pie, pero antes de poder dar un paso para alejarse de él, unos enormes brazos la agarraron y tiraron de ella hasta sacarla del zarzal.
Ella se revolvió y se agitó violentamente entre sus brazos, pero fue en vano. Con la facilidad con la que alguien sujeta una pluma, él la mantuvo abrazada. Con el cuerpo pegado al suyo, con el roce de su brazo contra su estómago y su cintura, hizo que su piel se viera inundada por un cálido rocío. ¡Oh! ¡Su cuerpo deseaba a aquel hombre! La respiración del jinete se hizo más profunda hasta adoptar el sonido laborioso que ella recordaba de su sueño. ¿Cómo era posible aquello? Solo había sido un sueño, pero su cuerpo reconocía y anhelaba aquella caricia sedosa sobre su piel desnuda.
—Quédate quieta, maldita seas —la calidez de su aliento calentaba la piel de su nuca.
—Entonces, suélteme —inspiró e intentó apaciguar la intensa excitación que bombeaba en su interior. El olor a canela abrumó sus sentidos, y la humedad inundó su sexo. Él gimió.
—Bella... —tiró de ella con más fuerza hacia su cuerpo. A través de su gabán, su enorme erección presionaba contra su trasero y su espalda. Ella luchó por soltarse, aunque era incapaz de controlar la reacción de su cuerpo y de su sexo, que no dejaba de palpitar. Frotó el trasero contra el enorme bulto y se dio cuenta de que deseaba su falo dentro de ella. Estaba condenada a ser una libertina.
— ¡Aléjese de mí! —no hubo determinación en su voz. Maldijo para sí.
Él se acercó entonces al caballo, sin que sus temblorosos músculos se apartaran lo más mínimo de ella.
—No dejaré que acabes ahogándote, ni que cojas una pulmonía ahí fuera.
Gruñó cuando la colocó delante de la montura y a continuación, se montó detrás de ella en un movimiento tan rápido que Bella no tuvo tiempo de bajarse al suelo y echar a correr.
« ¡Eres una estúpida! ¿Adónde hubieras ido si hubieras logrado escapar? No tienes ni idea de en qué dirección queda Sudhamly». ¿Pero adonde pretendía llevarla él? No de vuelta a aquella casa. Si él solo podía cogerla como si fuera un puñado de tierra, los cinco juntos podrían aplastarla ¡Qué idea tan aterradora! Y, sin embargo, aquel hombre...
— ¿Qué va a hacer usted, señor?
—Voy a llevarte a casa.
— ¿A casa?
—Eso es, volvemos a la mansión de los Cullen.
—Esa no es mi casa, señor. Si pretende llevarme a algún sitio, por favor, lléveme a Sudhamly.
Un cálido aliento le hizo cosquillas en la oreja.
—No tengo intención de dejarte ir a ningún sitio.
Su cuerpo respondió traidor a aquellas palabras, y tembló por un deseo tan intenso, que la emoción le asustó. Los latidos de su corazón se aceleraron, y el calor hizo que se le endurecieran los pezones. Él la deseaba con la misma convicción. El deseo y el amor que había sentido por Jacob palidecían comparados con aquel sentimiento. La pasión que había en la voz de aquel hombre, en su cuerpo cuando la rozaba, le llegaba al alma. Había sido demasiado ingenua como para saber que un deseo así existía realmente.
El abultamiento de su excitación calentaba su trasero a través de la tela de su vestido y ella se retorció en su regazo, provocando en él un gemido que vino desde lo más profundo de su pecho.
En efecto, las pasiones eran carnales. No podía engañarse a sí misma afirmando lo contrario. Si regresaba a la mansión Cullen, aquel hombre solo le haría una cosa. El acto. No se detendría hasta que no estuvieran completamente unidos. La carne de su sexo le quemaba, y le hacía recordar las sensaciones que había experimentado ante la caricia de la lengua de aquel hombre sobre sus labios vaginales, unas sensaciones que se apoderaban de ella de nuevo.
Su calor radiaba a un lado de su cuerpo, ella sintió escalofríos y acomodó la cara sobre su gabán para refugiarse de la lluvia y acercarse a su calor corporal, a su embriagadora fragancia. Él descansó la cabeza sobre la de ella. Sus brazos la rodearon cuando Bella se acomodó en su regazo, balanceándose al ritmo de los cascos del caballo. Él la protegió de la lluvia.
Ella podía escuchar los latidos de su corazón, cuyo ritmo calmaba la reacción de su cuerpo, y rápidamente apaciguó sus propios latidos que habían estado aporreándole el pecho con tanta fuerza. ¿Cómo podía abrazar a un hombre como aquel con tanta comodidad? ¿Cómo podía prometerle tanto? Seguramente haría lo que Jacob le había hecho, ¡acostarse con ella y luego dejarla tirada! Ningún hombre tomaría a conciencia y voluntariamente a una mujer libertina como ella. Una mujer que quizás llevara el hijo de otro en su vientre. Y él sabía la locura que había cometido.
Ladeó la cabeza, en un intento por ver sus ojos. Quería averiguar qué gemelo era la que la estaba llevando. Una expresión de determinación y preocupación se grababa en los rasgos de su rostro. Sus pómulos poseían unos ángulos duros, el hoyuelo de su barbilla reflejaba una tosca masculinidad. Era tormentosamente bello, más que cualquier otro hombre que ella conociera. Aun así, no parecía un hombre corriente. O quizás era «más que eso», como Carlisle le había dicho antes. ¿Más que eso? Él deseaba desesperadamente quedarse con ella. La intensidad de su deseo la asustaba, aunque despertaba sus esperanzas. Nunca había experimentado un deseo tan íntegro por un hombre. Necesitaba saber cuáles eran sus intenciones.
— ¿Qué... qué me pasará si regreso con usted?
Él no le contestó, solo agitó las riendas y el caballo salió al galope. La mansión Cullen asomaba por entre la niebla, y ella cerró con fuerza los ojos al sentir que la cabeza empezaba a liarle vueltas de nuevo.
—Por favor, no me lleve otra vez a ese lugar. Me da miedo.
«No tenemos otra elección. Cullen es mi hogar».
Detuvo el caballo delante de la enorme puerta. Un mozo se les acercó y cogió las riendas. El gemelo la agarró con fuerza y después levantó la pierna sobre el caballo y desmontaron, sin dejar de sujetarla en ningún momento. Subió los escalones a grandes zancadas y abrió la puerta de un empujón.
—Maldita mujer estúpida —Carlisle se les acercó a grandes pasos y después les acompañó bajando por el pasillo—. Cogeréis una pulmonía.
Un violento siseo de advertencia vino desde lo más profundo del pecho del gemelo que la había llevado de vuelta hasta allí, y sus músculos la apretaron posesivamente.
—Tranquilízate, Edward. No estoy aquí para retarte y lo sabes bien. Fui yo quien la asustó. Quiero asegurarme de que se encuentra bien.
Los músculos del cuerpo de Edward se relajaron, pero su posesión no la abandonó en ningún momento. «Edward...». El de los ojos de terciopelo.
—Perdóname, Carlisle. No puedo controlarlo.
—Lo sé, nunca has podido hacerlo. Solo intenta relajarte. Padre quiere verte. Me dijo que fueras de inmediato a su estudio. Creo que le asusta lo que pueda pasar entre Jasper y tú. Todos sabemos que utilizaste la cabeza. Fue algo muy fuerte. Como nada que hayamos experimentado antes.
Edward refunfuñó.
¿Jasper y él? ¿Qué significaba aquello? Jasper la había tocado en la mesa aquella misma mañana, y Edward se había levantado hecho una furia de la silla. ¿Sería posible que su presencia en aquella casa provocara una disputa familiar? ¿Se interponía acaso entre dos hermanos? Ella no iba a permitir que algo así sucediera. La familia era importante, lo más importante de todo. Puso los ojos en blanco. ¡Su propia familia! Debía hacer llegar un mensaje a sus padres que informara del lugar en el que se encontraba. Pero con aquella lluvia, ¿cómo estaba segura de que fueran a recibir cualquier nota que ella les escribiera?
— ¿Edward?
ÉI gruñó a medida que avanzaba por las escaleras, subiendo los escalones de tres en tres.
—Quiero que mi familia sepa que estoy bien y donde pueden encontrarme si lo desean. ¿Es posible?
El negó con la cabeza, pero no dijo ni una palabra
¡Maldita sea! Madre y padre estarían ya preocupándose. ¡Era vergonzoso que no hubiera pensado en ellos antes!
Con el hombro, abrió la puerta y la llevó a la misma habitación en la que se había quedado la noche anterior.
—Edward, yo... yo necesito saber más... No... No puedo quedarme aquí sin saber qué es lo que sucede en esta casa. Me asusta.
Sintió cómo se le tensaba todo el cuerpo y su respiración salía a través de sus dientes.
—Te lo contaré... tienes que saberlo todo, pero todavía no. Lo que Carlisle te ha enseñado es suficiente por ahora. Todos somos diferentes; nosotros, los hermanos. Carlisle es el que mejor control tiene sobre lo que es, y te lo demostrará fácilmente si lo desea. El resto no somos como él.
—Pero... pero... ¿qué hay de ti, Edward? Todo esto es muy extraño, y no saber lo que eres... me saca de quicio.
Él asintió con brusquedad.
—Así debería ser —la dejó sobre la grande cama, la miró, y la abrasó con el calor que emanaba de sus ojos—. Echa todos los cerrojos. Mandaré a Jerome y a Bruno con agua caliente para que puedas darte un baño —su mirada recayó en el vestido y frunció el ceño—. Por favor, ponte el vestido que dejé aquí para ti.
Ella ahogó un grito.
— ¿Dejaste ese vestido para mí? ¿Cómo lo conseguiste?
Él la miró con deseo y ella sintió cómo le flaqueaban las rodillas. Se acordó del obsequio que le había dado la noche anterior y se estremeció. Era real. El hombre que le había dado tanto placer era real.
Él adoptó una línea seria en sus labios, y ella no deseó otra cosa que poder besarlos. Deslizó la lengua hacia fuera y se humedeció los labios en un gesto de descarada invitación. ÉI no se movió. Ella frunció el ceño. ¿Por qué? Ella no sabía cómo debía abordar todo aquello o en lo que estaba intentando meterse. Pero en aquel momento, en todo lo que podía pensar era en sus firmes labios recorriendo su cuerpo mientras ella saboreaba su calor. ¿Sabría igual que olía, a canela? Ella estudió su cara, y una sensación de calidez invadió su piel. Él concentró sus ojos en sus labios.
— ¿Edward?
—Si te toco en este momento, Bella... —gimió y se alejó de ella—. Será mejor que no lo haga —inclinó la cabeza, se dio la vuelta, y salió a grandes zancadas de la habitación, mientras las gotas caían de su gabán y dejaban un rastro en el suelo de madera noble.
¡Virgen santa! Prácticamente se había lanzado sobre él. ¿De qué valdría echar el cerrojo cuando él provocaba aquel efecto en ella? Además, incluso con los ocho echados, había logrado entrar en la habitación la pasada noche.
Se echó sobre las almohadas, miró la puerta cerrada y le entró un escalofrío. Él le había dicho que cada uno de ellos poseía poderes diferentes. ¿Significaba eso que solo él poseía el don de abrir puertas? Bueno, seguramente los cerrojos sirvieran para algo. Se puso de pie y los echó todos.
BUENO LINDAS QUE LES PARECIO?
MERECE UN REVIEW?
QUIERO UN CULLEN PARA MI JAJAJAJAJAJA
POBRE BELLA ESTA ASUSTADA HASTA LA MEDULA Y CARLISLE NO AYUDA PARA NADA QUE MALO U.U
BESOS PARA TODAS
Y MILLONES DE GRACIAS POR SUS REVIEWS!
