CAPÍTULO 05

La excitación le quemaba la piel a Edward. No podía permitir que ella se fuera a ninguna parte. Deseaba que ella no se hubiera rozado tanto contra él al subirla sobre el caballo, porque lo único que había conseguido con cada una de esas caricias había sido impulsar el comienzo del ritual de cortejo de Orsse. ¿Le aceptaría ella? Había acabado en Cullen porque se había perdido, después de haber amado y de haberse entregado a otro hombre. Si comenzaba el Orsse y ella le negaba aquella magnitud de alivio a su cuerpo... Un intenso dolor le atravesó la ingle y le hizo cerrar los ojos con fuerza.

La convencería. No se había mostrado indiferente. El olor que había emanado de su excitación al encontrarse entre sus brazos no podía ser fingido. Sin embargo, él deseaba más que el simple acceso a su cuerpo. Deseaba poseer su mente y su alma.

Se quitó sus gruesos guantes de cuero mientras avanzaba a grandes zancadas por el pasillo que llevaba al estudio de su padre. ¿Dónde demonios se habría metido Jasper? Una sensación de inquietud le puso el vello de la nuca de punta.

Jasper no era consciente de lo que Bella sentía verdaderamente por él, de lo que le hacía sentir todo aquello. Su capacidad para leer las emociones del otro sobrepasaba la de cualquier miembro de la familia. Por desgracia, Jasper nunca había sido capaz de leerle la mente a Edward. Ahora deseaba que pudiera hacerlo. Si Jasper se daba cuenta de que su interés por aquella mujer no era meramente físico, quizás cejara en su empeño. O quizás le atormentara más.

Entró en el estudio de su padre y cerró la gruesa puerta de madera. Dentro de aquella habitación se había escuchado más de un grito, y aquella puerta, a pesar del grueso roble de la que estaba hecha, nunca lograba detener ni el más leve de los sonidos. Todo el mundo en la familia sabía lo que ocurría en aquella habitación.

—Siéntate, Edward —su padre levantó la cabeza para mirarle detrás de su enorme mesa de madera, su santuario, con una expresión de preocupación que le hacía palidecer y que le desfiguraba los rasgos.

—Padre —se acomodó en la diminuta silla de madera que había delante de él.

— ¿Se encuentra bien ella? —su padre le miró desde sus enormes pestañas y frunció el ceño.

—Bastante bien — ¿acaso se preocupaba él por el bienestar de aquella mujer? Algo no iba bien. La inquietud hizo que se le revolviera el estómago.

—No la habrás tocado, ¿verdad? —su padre apretó un puño, y los nudillos adoptaran un tono blanco.

— ¿Cómo dice? — ¿Qué demonios le importaba a él que la hubiera tocado? Tenía muy poco control sobre aquella situación y su padre lo sabía perfectamente.

—Tu hermano dice que es una posible compañera.

— ¿Jasper? — ¿Dónde demonios se había metido? Edward se agitó en la pequeña silla de madera. Siempre se sentía como un niño pequeño cuando estaba sentado allí; no obstante, aquello no tenía nada que ver con un castigo infantil. De aquello dependía su futuro, su felicidad.

Su padre se levantó y caminó hacia las estanterías que había detrás de la mesa. La energía que emanaba se oscureció. A Edward se le calentó la sangre, y sus ojos cambiaron poco a poco de un marrón claro a un tono carmesí. Aquello no presagiaba nada bueno.

Su padre se giró hacía él.

—Carlisle.

Carlisle... la sangre de Edward palpitaba en sus oídos. Carlisle le había mentido. No... Ninguna de las acciones de Carlisle contradecía cualquier efecto que Bella provocaba en él. Aun así, Carlisle tenía un control sorprendente de sus instintos, de su naturaleza.

Edward apretó con fuerza los dientes.

— ¿La señorita Swan es una posible compañera para Carlisle? —sus garras empezaban a asomar desde la parte de atrás de sus manos.

—Contrólate, Edward —su padre regresó a la mesa de su estudio y colocó las palmas de las manos sobre la superficie de madera; después, se inclinó hacía Edward—. Carlisle intuía que la señorita Swan podía ser una compañera para ti... y para Jasper.

¿Hacia dónde conducía aquella conversación? Lo sabía. Necesitaba regresar con Bella. Deseaba poder colarse en la mente de su padre y hacer que todo avanzara más rápido. Había intentado hacerlo varias veces cuando era joven, pero había sido bloqueado al instante y regañado después.

— ¿Por qué quería saber si la había tocado? —aquel gesto de oposición hacía crepitar el aire que les separaba. No iba a gustarle su respuesta. Sintió cómo se le tensaban los músculos y contuvo la respiración en un intento por tranquilizarse a sí mismo. «El sonido de la lluvia, la fragancia del moho y el musgo del bosque. Maldita sea». Los elementos que solían darle algo de paz estaban fallándole. No deseaba cambiar de forma. Si lo hacía, necesitaría horas para volver a su estado normal, y necesitaba ese tiempo para convencer a Bella le que le aceptara.

—No la tocarás —ordenó su padre con calma, a la vez que le atravesaba con la mirada—. Abandonará esta casa tan pronto como cese la lluvia. No permitiré que una mujer se interponga entre los de mi familia. No permitiré que esta familia reviva los errores que yo cometí en un pasado.

¿Deseaba que Edward desapareciera y se mantuviera alejado de ella? Edward abrió los ojos de par en par, atónito. No podía hacer algo así. Había utilizado todas sus fuerzas, todo el poder de su mente para mover la tierra y evitar que ella pudiera marcharse. Y aquella no era una tarea fácil. Sin duda, su padre debía sentir aquella falta de energía. No era precisamente un inexperto en aquel tipo de situación. ¿Acaso no había aprendido nada su padre de sus errores?

—Si hubiera resistido... si hubiera poseído la «capacidad» de resistirse, ninguno de nosotros existiría ahora —siseó Edward mientras apretaba los puños hasta el punto de sentir dolor, y sus garras se extendían por completo a través del hueso de sus nudillos.

— ¡Contrólate, Edward!

No era capaz de controlar aquello, ninguno de ellos podía hacerlo verdaderamente. Cerró los ojos con fuerza. «La lluvia, el agua que desciende por el arroyo, la fragancia de la lavanda en verano». Volvió a abrir los ojos, unos ojos nebulosos. Había adoptado la forma de los Cullen. ¡Maldito sea! La rabia quemaba cada poro de su piel, como el fuego sobre el césped caído, la energía y las emociones le ardían en las venas. Creció en altura y su respiración se volvió más intensa, sus dientes desarrollaron unas puntas afiladas que se utilizaban para perforar.

Su padre volvió a sentarse en la silla y suspiró.

—Veo que tus instintos son tan poderosos como los míos, mi osezno. Actúa con inteligencia frente a ellos, Edward, y enciérrate, enciérrate en el lugar más apartado de esta casa. Porque si llegas a las manos con tu hermano, te arrepentirás de ello.

— ¿Y qué pasa con Jasper? ¿Le ha dado el mismo discurso? ¿O me está pidiendo que le deje hacerse con ella? —su voz sonó como un rugido ante sus propios oídos. Se levantó de la silla y asomó sobre su padre con toda la altura de los Cullen. Su padre parpadeó y después golpeó la mesa con el puño. —No te atrevas a enseñarme los dientes, osezno. Yo no soy el que compite por tu compañera. Solo estoy protegiendo a esta familia. Ella no será parte de nosotros.

— ¡No! —Edward se abalanzó sobre la mesa y agarró a su padre por la corbata, lo levantó de su asiento y lo sujetó en el aire—. Estás intentando interferir con instintos sobre los que no tengo control alguno, con deseos más antiguos que el tiempo. Algo en lo que, tú nos lo dices siempre, hay que confiar y obedecer.

Las garras arañaban a su padre. El lino que le cubría el cuello estaba ahora desgarrado, y miró a Edward fijamente.

—Haré que te encierren, Edward. Si no puedes mantenerte alejado de ella, haré que lo hagan.

—Inténtalo —su padre nunca había sido capaz de competir con su fuerza. Dejó a su padre en el suelo y se apartó de él. « ¿Qué ha pasado con todo lo que nos enseñaste?». Se mofó, enfadado por lo que acababa de salir de la boca de su padre. Gracias a Dios su madre ya no vivía para presenciar todo aquello. Le rompería el corazón saber que su padre lamentaba haberla elegido como compañera. Habían parecido tan felices...

Miró a su padre, que permanecía de pie deshaciendo la corbata destrozada para quitársela.

— ¿No estabas rebosante de alegría cuando pudiste elegir a tu compañera? —le preguntó Edward.

Su padre entrecerró sus ojos azules, en un gesto de enfado.

—Contén tu lengua. Tu madre era el centro de mi mundo. Lo que lamento es tener que haber luchado con mi hermano y haberle asesinado para poder conseguirla.

Edward se estremeció ante el dolor que escuchó en la voz de su padre. Conocía bien la historia, toda la familia lo sabía, aunque su padre nunca hablaba de ello. A Edward le asombraba el hecho de que su padre siempre hubiera pensado que había poseído el control suficiente para evitar lo que le había pasado a su hermano, o que lo poseía ahora para evitar que algo malo les sucediera a sus hijos. ¿No aprendería nunca? Cuanto más lucharan ellos contra sus poderes, peor sería el resultado.

Un resultado que su padre había sufrido en sus propias carnes. Había negado sus sentimientos hacia su madre porque su hermano se había encaprichado de ella. Entonces, había comenzado el Orsse, y sus instintos habían podido más que su voluntad. Había derrotado a su hermano para poder aparearse con ella. Su madre no había tenido otra opción que aceptar a su padre: o eso, o sufrir el increíble dolor de rechazar una matriz que está preparada para llevar a un Ursus, y acabar arruinada, como un desecho de la sociedad.

Que ella no hubiera tenido elección era lo que molestaba a Edward. Su padre podía haber evitado aquello. Si le hubiera mostrado sus intereses a su madre, ella podía haber elegido.

Él no iba a poner a Bella en esa situación. Prefería estar muerto antes de guardar bajo llave las fuertes emociones que sentía. No sabía si podría ser capaz de hacerlo. No podía llegar a comprender la razón por la que su padre había dudado tanto y había permitido que empezara el Orsse sin que su madre supiera nada.

—No permitiré que me encierres para intentar que controle unas acciones que tú no pudiste controlar. ¿Dónde está Jasper?

—No lo sé —la voz de su padre fue un mero susurro.

Él se dio la vuelta para mirarle. Su padre tenía la cara pálida, y las arrugas que rodeaban sus ojos parecían más profundas de lo que le habían parecido el día anterior. El miedo se reflejaba en la mueca de sus labios. El terror que sentía por perder a uno de sus hijos era lo que le hacía actuar de aquel modo.

Edward asintió.

—Si encuentras а Jasper, padre, déjale estar. Deja que sus poderes se encarguen de esto.

Caminó a grandes zancadas hacia la puerta y la abrió antes de que su padre pudiera decirle nada más. Edward salió al pasillo y se topó directamente con Carlisle.

Carlisle se sobresaltó cuando le vio.

—Por Dios, Edward. ¿Le has matado?

Edward le apartó de un empujón y continuó bajando por el pasillo. Necesitaba cambiar a su estado anterior, y tenía que hacerlo pronto.

—No, matar a tu padre está muy mal visto. Y no es que la idea no se me haya cruzado por la mente —sacudió la cabeza en un intento por recuperar su campo de visión normal. ¡Maldita sea! El calor y las emociones le picaban en los ojos y hacía que su cuerpo anhelara el alivio... con Bella.

Dedicó una rápida mirada a Carlisle, que se apresuraba a caminar a su lado.

—Carlisle, ¿has visto a Jasper?

—No desde el desayuno. Estaba bastante abatido por tu reacción y odio decir que algo intrigado —Carlisle corría para poder seguir el ritmo vivaz de sus pasos, mientras se dirigía al ala de la casa en la que se alojaba la familia.

— ¿De veras? No le veré otra vez hasta que logre solucionar esto. Por favor, vigila a la señorita Swan.

Carlisle detuvo sus pasos y Edward siguió avanzando. Deseaba llegar a su habitación y hacer todo lo que estaba en sus manos para recuperar su estado normal lo más rápido posible.

—Edward, ¿no estarás pensando en poseerla? ¿En hacerla una de los nuestros? —le gritó Carlisle a su espalda.

—Que no te quepa ninguna duda. Será una de los nuestros —le gruñó.

«Pero, ¿por cuál de los hermanos?».

Bella no podía conciliar el sueño.

Tenía los nervios a flor de piel, y un nudo en el estómago. El terror de la noche mantenía su mente cautiva. Pero, ¿a qué temía? A aquella casa, desde luego. Pero a algo más, al intenso deseo por aquel extraño hombre, cuando solo un día antes había estado dispuesta a casarse con otro. ¿Era una mujer tan libertina? Jacob había ocupado sus sueños de una forma u otra durante el último año. Ahora era Edward quien consumía sus pensamientos. ¡Virgen santa! Estaba tan confusa...

Cuando Edward la había abrazado y protegido de la lluvia aquel día, se había dado cuenta de que anhelaba algo completamente diferente para su vida. Anhelaba una eternidad en la que se sintiera deseada y querida más allá de lo que ella había imaginado como imposible. Sin embargo, ¿qué era Edward? ¿Qué era su familia? Él le había dicho que no debía tener miedo de él. No creía que ellos quisieran hacerle ningún daño; si no, ya lo hubieran hecho.

Se tumbó de lado y observó cómo las ascuas chisporroteaban en la chimenea. La lluvia caía creando un suave golpeteo contra la ventana, y aquello solía ayudarle a quedarse dormida en un momento. Y la comodidad que ofrecía aquella cama la hubiera conducido al sueño en cuestión de segundos; si se hubiera encontrado en otras circunstancias, claro.

Deseaba que Edward fuera hacia ella. Deseaba que le enseñara qué era él para que pudiera calmar su mente y decidir marcharse o... ¿o qué? ¿Quedarse? Qué idea tan estremecedora. Edward se había comunicado con ella a través de la mente. ¿Sería ella capaz de hacer lo mismo? Quizás, si le llamaba...

«Edward, ven a mí».

A ella le entró la risa. Qué estupidez...

El viento que soplaba fuera se levantó, y al momento, pudo escuchar los gruñidos y aullidos que venían de algún lugar de la casa. Contó los cerrojos de la puerta. Los ochos estaban echados. Cerró los ojos, e imágenes en las que aparecía Edward destellaron ante ella. El suave terciopelo de su caricia rozaba cada centímetro de su cuerpo. Su pene se movía dentro de ella hasta hacerle expresar su placer a gritos, y el olor a canela invadía su nariz poco a poco, hasta no ser capaz de distinguir nada más. El cuerpo le tembló, y tiró de las mantas hacía arriba en un intento por encontrar el calor que el cuerpo de Edward le había proporcionado la noche anterior.

«Puedo oler tu excitación desde el otro extremo de la casa». Aquellas palabras se filtraron en sus oídos. « ¿Me negarías la entrada si fuera hasta donde te encuentras?».

Un líquido recubrió su sexo al escuchar sus palabras. Cerró los ojos con más fuerza. No debería desear algo así. Debería ser racional. Pero Edward... le anhelaba tanto.

«Ven a mí, Edward».

Su cuerpo deseaba a aquel hombre más allá de lo razonable. Deseaba a aquel hombre. Le temblaban las extremidades.

Un aullido vino desde la puerta y su cuerpo se estremeció.

«Snif, snif. Me deseas».

Sus pezones se endurecieron cuando el calor, más reconfortante que ninguna manta o fuego, se deslizó sobre su cuerpo, apoderándose de su corazón y de su alma. La humedad ascendía por su vientre, al tiempo que una suave seda trazaba el contorno de sus pezones y después subía hasta su cuello. ¿Cómo podía hacer aquellas cosas? No se atrevió a abrir los ojos. No podía hacerlo, no deseaba ver a la bestia de ojos rojos que había visto solo un instante la noche anterior.

Un cálido aliento resopló sobre su oído. «Haré que te sientas como no te has sentido nunca».

—Si... —su sexo se tensó cuando él pronunció aquellas palabras; más humedad se derramaba por sus rizos— hasta sus muslos. ¡Estaba loca! No sabía qué era él y, sin embargo, deseaba formar parte de aquel acto. Le deseaba de una manera que desafiaba todo lo que conocía. Su corazón le deseaba. Su cuerpo le deseaba No podría alejarse de él por mucho que lo intentara. Él dominaba sus emociones, sus pensamientos.

Gruñó y sus dientes mordisquearon el cuello, y aplastó su piel cuando su húmeda lengua se deslizo hacia fuera para lamerle.

Ella tendió las manos para acariciarle y las detuvo en el aire, sin estar segura de que pudiera encontrarle bajo su caricia.

«Tócame», le pidió él, en un tono profundo y brusco. Sus manos conectaron con su cabeza y sus dedos se perdieron en su sedoso cabello. Los mechones sueltos caían desplegados sobre su cuerpo, haciéndole cosquillas.

Él movió la cabeza bajo sus manos cuando su boca se cerró sobre uno de sus pezones, y giró con la lengua, mordiendo ligeramente con sus dientes y succionando. Ella arqueó las caderas hacia su estómago, y sintió cómo su calor humedecía su mango, y lo adhería a la piel que descansaba entre sus piernas como si de algodón se tratase.

—Oh, Edward —deslizó las manos hacia su espalda y descubrió una piel tan suave y ligera como el satén más delicado. Sus músculos ondeaban bajo su caricia y una de sus manos levantó su vestido, hasta que la prenda quedó colgando de su pecho. Piel contra piel, sus cuerpos ardían. Ella abrió las piernas para mecerle mientras su boca descendía hacia sus senos, donde ahora chupaba los pezones desnudos.

¡Madre santísima! Aquel acto superaba el de la noche anterior. Sus manos bajaron hasta sus caderas y la sujetaron al colchón con su peso, y ella sintió que se quedaba sin respiración. La caricia de terciopelo de sus dedos cubrió y recogió su trasero, y levantó su sexo hacia su abdomen. El roce de los diminutos y suaves rizos acariciando su carne tensó todos los músculos de su cuerpo. Su mente se concentró en cada punto donde él la tocaba tan íntimamente. Movió sus caderas de un lado a otro, rozándose contra él. Cada movimiento incrementaba el placer que le proporcionaba su caricia.

«Bella, Bella, tu sangre bombea por mis venas. Bella». Se movió a un lado y deslizó un dedo dentro de la pegajosa carne que había entre sus muslos. Ella soltó un grito y él la silenció con su boca. Su lengua rodeó la suya, tiró de ella y la absorbió. ¡Oh! Sabía a canela, pero había un indicio de algo más… algo oscuro, un calor animal y posesivo. Tuvo la sensación de estar bebiendo algo fuerte pero delicioso que le hacía desear más. Ella gimió y se arqueó hacia su mano; deseaba que introdujera más dedos en su interior.

Su mano continuaba frotando sus sedosos labios a medida que más y más humedad se deslizaba de ella y cubría su mano. Él gruñó y retiró los labios de su boca.

—Estás más que preparada para que te monte, dulce Bella —su aliento calentó sus mejillas cuando le dio voz a sus pensamientos—. Eres mía.

En realidad, ella deseaba todo aquello. No le importaba lo que pudiera pensar la gente. Inclinó la cabeza y subió las caderas hacia la mano que exploraba su sexo. Él introdujo tres dedos en la abertura y después los abrió, tensando su piel. El ardor fue tan erótico que provocó ondas de presión que se extendieron hacia sus extremidades. Él deslizaba los dedos hacia fuera y volvía a introducirlos. Sus caderas se arquearon de nuevo, y oprimieron su carne empapada contra la palma de su mano en cada una de las embestidas.

Él se puso encima de ella, y su hombro quedó cerca de los labios de Bella. Ella besó la piel desnuda, salada y dulce, con avidez. Mordisqueó la suave curva y atrapó los músculos y la carne entre los dientes. Él siseó, se agarró a sus muslos, y los abrió aún más.

Su sexo sellaba la entrada de sus muslos, y ella gimió. Sentía su miembro tan grueso, tan grueso y... oh, tan grande. Intentó relajarse, pero cada una de sus terminaciones nerviosas reaccionaba ante la suave y ardiente cabeza que presionaba contra sus húmedos labios. Él se equilibró con la ayuda de sus manos y se inclinó para lamerle el cuello.

El corazón le aporreaba a ella en el pecho. Estaba a punto de unirse a un hombre, y no tenía ni idea de lo que era en realidad. ¿Debería hacer aquello? Una ola abrumadora de deseo corrió por sus venas. Su respiración se volvió entrecortada. Si. La necesidad de tenerle dentro, la necesidad de poseer a aquel hombre cuyas embestidas recibía tan gustosamente su cuerpo, dominaba todo su ser.

Giró las caderas y presionó hacia abajo, contra la cabeza que inspeccionaba la entrada. Él no se movió pero le permitió iniciar el acto. El falo presionó lentamente dentro, y estiró su piel más y más. El intentó contener sus movimientos y le temblaron los músculos, se estiraron, tan lentamente como su falo se acomodaba dentro. Cada deslizamiento del cuerpo de Edward, cada estiramiento de la piel de Bella para que él pudiera enfundarla con más facilidad, intensificó su sensación de pertenecerle solo a él.

Él mordisqueó el lóbulo de su oreja y siseó. Incrementó el ritmo de su movimiento, y siguió presionando en su interior con pequeñas embestidas de sus caderas. El calor explotó dentro de ella y una húmeda sensación se deslizó por su hendidura hasta su ano.

—Bella —susurró él a través de sus dientes apretados y la embistió con una fuerte sacudida, en la que la cabeza de su falo se situó contra la punta de su vagina. Ella soltó un grito y abrió los ojos. Su enorme forma la cubría. El calor que emanaba humedecía su cuerpo y el de ella. Él arqueó las caderas y sacó su largo pene de su ávido sexo. Ella gimoteó ante la abrumadora sensación de vado.

—Bella... —volvió a embestirla, esta vez con más intensidad que antes.

Ella levantó las caderas, y sus rodillas se agarraron a las caderas de Edward, no deseaba que volviera a abandonar su cuerpo.

Él gruñó:

—Me siento perdido en ti.

Ella recorrió los músculos de su espalda con las manos.

—Quiero más —su voz sonó tan brusca que ni siquiera la reconoció como suya.

Bajo sus manos, sintió la piel tensa. Mientras gruñía y siseaba, su sexo entraba y salía de ella. Bella arqueaba el cuerpo para recibir cada una de sus embestidas, estirando los músculos a medida que se acercaba al placer al que él la había llevado la noche anterior.

— ¡Edward! ¡Edward! —su sexo se tensó, palpitó, y provocó sonidos aspirantes por su contacto. Él siseó otra vez, rodeó sus piernas con las manos, las echó a un lado, y le levantó el trasero. Sus dedos quemaron la carne de su trasero y la presión empujó contra su ano; algo había sido insertado en su interior. La sensación era demasiado extraña. Su sexo se agitaba en convulsiones, cuando él le levantó el cuerpo, y los empujones de sus caderas provocaban ambas penetraciones.

Sus dedos se enterraron en la carne que había entre sus piernas. Sus labios atraparon su pezón con más rudeza, tirando de él hasta un punto doloroso. ¡Virgen santa! El anhelo, el deseo que ella sentía, hada explotar en espirales su necesidad por el placer. Él succionó su pezón y le tembló todo el cuerpo. Con un gruñido, lo mordió. Ella gritó a medida que un placer cargado de dolor la desgarraba. Su falo palpitó dentro de ella y se quedó paralizado, con los músculos tensos. Después, empujó de nuevo. Un hormigueo golpeó su matriz mientras una cálida humedad manaba en su interior. La presión creció, deliciosa, y el calor irradió de su vagina. Él descansó las caderas sobre ella y Bella sintió cómo el cuerpo le explotaba de nuevo, y las paredes de su matriz acariciaban en suaves ondulaciones la piel de su endurecido miembro.

—Bella —se puso a un lado, y tiró de ella hacia sí. Ella se echó sobre su pecho, con las piernas rodeando todavía sus caderas. El ritmo acompasado de sus corazones la llevó al sueño.

Bella se despertó por el calor húmedo que lamía la longitud de su hendidura, y su cuerpo, que se arqueaba hacia arriba por sí solo.

— ¡Edward!

Él asomó la cabeza entre las mantas. Sus ojos eran los mismos círculos sangrientos que ella había visto la noche anterior. Ella se sobresaltó. Él cerró los ojos y agitó la cabeza con violencia.

—Bella, tienes que saber más, ahora que por fin me has aceptado.

Ella soltó una carcajada.

—Creo que es un poco tarde para eso. Debería haber sabido más de ti antes de que tú... antes de que nosotros... Simplemente no pude reprimirme —la vergüenza ruborizó sus mejillas.

—Eres mi compañera. Tu cuerpo lo sabía a pesar de que tu mente opusiera resistencia —le acarició la mejilla con el dorso de los dedos, y ella cerró los ojos y se rindió a la caricia—. Siento que te haya hecho sangrar de nuevo.

— ¿Lo has hecho? Bueno, eres muy grande —sus mejillas resplandecieron aún más con el calor.

Él bajó la cabeza y le sonrió, después le guiñó el ojo.

—Así es. ¿Has disfrutado esta vez? —sus ojos brillaban con travesura, y ella sintió cómo su cuerpo volvía a arder. El recuerdo de la intensa sensación de ser penetrada se apoderó de ella.

—Oh, sí.

—Te montaré dos veces más en las dos siguientes puestas de sol.

— ¿Deseas estar conmigo?

Él frunció el ceño, luego asintió.

—Qué chica tan boba. El ritual para marcarte ha empezado esta noche. Esta unión les mostrará a los otros que me perteneces, ya que te marcaré con mi fragancia, mis señales. Después, el comienzo del ritual preparará tu cuerpo para recibir mi semilla. Finalmente llegara el Orsse, donde te haré mi compañera para la eternidad —le tembló el cuerpo y Bella tiró de él y giró sobre sí misma. Su cuerpo quedó tendido completamente sobre el de él—. Te tomaré otra vez esta noche si estás demasiado dolorida —su cuerpo no dejaba de temblar.

— ¿Estás controlándote? ¿Es esa la razón por la que a tiemblas?

—Sí —apretó los dientes—. Tengo que dejarte. No tengo la capacidad de control que me gustaría en lo que a ti se refiere.

Ella asintió y la carne de su torso tembló con su respiración.

—Edward, dime qué eres.

—Todos somos Ursus, somos humanos pero también hay algo más. Y ese algo es lo que nos hace diferentes a los demás. Yo tengo una visión precisa en la oscuridad. También poseo una fuerza increíble. Todos, de una manera u otra, podemos leer los pensamientos o las emociones —tiró de ella con fuerza en otro abrazo—. Y cuando nos sentimos amenazados, cambiamos.

¿Cambiar?

— ¿De qué manera?

—Garras, altura, dientes. Es nuestro mecanismo de defensa. Es la manera que tenemos de proteger lo que es nuestro. Ella asintió y frotó la cara contra los rizos aterciopelados de su torso.

— ¿Es por eso por lo que eres suave como la seda?

— ¿Eso piensas? Bueno, no todos nosotros somos así. El pelo de Jasper es áspero, incluso aunque sea mi gemelo —el corazón le latió con fuerza bajo su oído y su erección se volvió firme bajo su estómago.

Bella sintió el calor en sus mejillas.

— ¿Y se supone que haremos el acto dos veces más, y después desaparecerás en el bosque y yo me quedaré aquí a dar a luz a más Cullen? —o a un hijo humano de Jacob. ¿Cómo era posible que el la deseara, sabiendo aquello?

Él no le dio ninguna respuesta; en lugar de eso, se levantó de la cama y la besó. Sus firmes labios bebieron y absorbieron su respiración. La cabeza le daba vueltas en su presencia.

—No puedo quedarme. Vuelvo a tener una erección. Si me quedo aquí, te haré más daño.

Ella deseaba que se quedara, deseaba hacer otra vez lo que le había hecho momentos antes. Se levantó y puso las manos sobre sus hombros, y sintió cómo le quemaba y le dolía la carne entre sus piernas. ¡Ay!

Asintió; él llevaba razón. Unirse otra vez a Edward no sería tan placentero como podía ser el encuentro. El peso de su cuerpo la comprimía contra el colchón. Cuando se fue, se le cerraron los ojos.