CAPÍTULO 06

— ¡Señorita Swan! ¡Señorita Swan!

Bella estiró los músculos de sus muslos y su sexo dolorido. Las sensaciones y las imágenes de lo que Edward y ella habían hecho la noche anterior regresaron a su mente y calentaron su piel. Una sonrisa levantó sus labios.

—Lord Cullen desea verla en su estudio.

¡Oh! ¡Estaba cansada! Abrió los ojos hacia la luz que llegaba a raudales alrededor de las cortinas. El sol. Se irguió de un salto. Podía irse a casa. Una sonrisa acarició su cara, y se levantó rápidamente de la cama. La carne de entre sus piernas se quejó de los repentinos movimientos.

Edward... él no sería feliz si ella se marchaba. Se quedó sin respiración, la idea de dejarle atrás la partía el corazón. ¿Cómo era posible que sintiera una conexión con aquel hombre que había conocido hacia tan poco? Se pellizcó el puente de la nariz. Estaba segura de que la decisión de marcharse de allí podría esperar hasta volver a ver a Edward. Sin embargo, tenía que mandarles un mensaje a sus padres lo antes posible e informarles de su localización.

Se deslizó hacia el lavabo y se echó algo de agua fría en la cara, lo que hizo que se le pusiera la piel de gallina, pero no logró calmar el calor que ardía sin control en su interior. Empapó un trozo de tela en el agua y tiró del húmedo algodón hacia el suelo. Su mirada captó su reflejo en el espejo y entonces, ahogó un grito. Tenía los labios hinchados —sacó la lengua y trazó la superficie rolliza—, su pelo era una maraña de enredos, y un rubor de un color asombrosamente arándano teñía su pecho.

Retiró a un lado su vestido y se observó los senos. También poseían un matiz rojizo, así como la piel que le cubría alrededor de sus rizos. Sus dedos rozaron ligeramente la carne suave como la seda. Edward. El tacto de su piel le hacía pensar en él. ¡Qué extraño! ¿Un recuerdo de él? Edward le había dicho que la había marcado. ¿Sería aquello a lo que se había referido?

Echó el pelo hacia atrás y recogió los espesos mechones en la base de su cuello lo mejor que pudo; después se puso el vestido verde claro que Edward le había ofrecido. La tela se deslizó por su cuerpo y unos escalofríos cosquillearon su piel. Edward. Recorrió con las manos sus austeras curvas, e imaginó que eran las manos de Edward las que lo hacían. Volvió a mirarse al espejo. ¡Oh! El color de su vestido resaltaba sus ojos. El cuello, un modesto escote cuadrado, cubría la piel de su carne amoratada. Aparte de sus labios, nadie podría pensar que algo había cambiado en ella.

Abrió la puerta y se encontró con Jerome, que la esperaba para acompañarla hacia el estudio de lord Cullen. Ella le siguió bajando por el pasillo y hacia las grandes escaleras que llevaban a la habitación principal de la casa.

Se detuvo en la entrada del estudio. La enorme puerta de madera se levantaba abierta a la habitación. Lord Cullen estaba sentado detrás de una gigantesca mesa, y en el muro que se erigía tras él había colgada la piel de un oso. Unos libros y unos interesantes artefactos llenaban las estanterías que rodeaban el espacio. Ella deseaba poder entretenerse con ellas, sacar los libros de las estanterías y aprender los secretos que guardaban en aquella casa.

—La señorita Swan —Jerome la anunció, tras lo cual hizo una reverencia.

—Señorita Swan, por favor, entre y siéntese —Lord Cullen no levantó la cabeza para mirarla mientras garabateaba en un libro abierto que había sobre la mesa.

Ella atravesó el umbral de la puerta y entró en la habitación con las piernas temblorosas. Lord Cullen estaba a punto de mandarla a casa. El corazón le palpitaba en la garganta.

Cerró los puños delante de ella, y se sentó en la enorme silla de madera que se colocaba al otro lado de la mesa. Era un hombre verdaderamente elegante. Tenía su pelo largo y gris recogido detrás de su espalda. Su chaquetea brillaba del mismo color plata oscuro que los mechones de su cabello.

Una mirada azul hielo la recorrió, estudiándola, y después suspiró.

—El temporal se ha disipado. Tengo preparado un carruaje. En una hora estará listo para llevarla de vuelta a su casa.

Ella se mordió el labio y arrugó con las manos los pliegues de su vestido verde claro. No deseaba marcharse. ¿Sabría Edward que estaba a punto de hacerlo? Levantó la cabeza para ver a lord Cullen mirando por la ventana.

—Señorita Swan, a mí no me gustan los juegos. Deseo que se marche de esta casa. Y puedo ver su indecisión —le dijo sin tan siquiera mirarla, pero con los puños puestos sobre la superficie de la mesa—. Puedo ver y oler la marca de Edward —cerró los ojos e hizo una mueca con los labios, frunciendo el ceño—. No puedo permitir, no permitiré que se quede usted aquí.

— ¿Disculpe? —aquello explicaba lo que le había contado Carlisle. Su padre temía que Jasper y Edward acabaran peleándose por ella. No había visto a Jasper desde el desayuno del iba anterior —. ¿Qué teme que ocurra si me quedo aquí?

Él la miró entonces, directamente a los ojos, con un destello de rabia en su mirada.

—Esta casa encierra una historia señorita Swan, algo de lo que usted no puede ni siquiera hacerse una idea. No dejaré que mis hijos sigan ese mismo camino. Usted se marchará de esta casa. No apruebo que permanezca aquí.

A ella le tembló el labio inferior y las lágrimas le escocieron en los ojos. ¿No estaba de acuerdo con la elección que había tomado Edward? Las lágrimas manaron de sus ojos y sintió cómo se le hacía un nudo en la garganta. Una vez más, no era bien recibida. Debería haber sabido que el comentario de Carlisle acerca de que la clase social no importaba no había sido otra cosa que la distorsión de la realidad. Si se iba, ¿qué haría Edward? ¿Realmente deseaba que fuera su compañera para toda la vida? ¿O había dicho esas palabras solo para que ella accediera a acostarse con él?

Reprimió un sollozo, y los latidos de su corazón aminoraron hasta convertirse en un doloroso golpe contra su pecho. Ya no importaba. Lord Cullen no iba a permitir que se quedara allí. Y sin Edward allí para poder defenderla, no tenía otra elección que aceptar su petición y marcharse. Una lágrima se deslizó por su mejilla, y enfrió la carne húmeda, mientras escalofríos de soledad le erizaban el vello de la nuca.

Quizás volver a casa fuera lo mejor. Tomó una temblorosa bocanada de aire. Necesitaba informar a su familia de que estaba bien y...

Tragó el enorme nudo que se le había hecho en la garganta. Edward era diferente, y a pesar de parecer un hombre tan perfecto, había demasiadas cosas que no terminaban de encajar en aquella situación.

Ella no era de su clase, y realmente no tenía ni idea de lo que era la familia Cullen o de las cosas hermosas o terroríficas de las que era capaz.

Pero Edward...

No podía soportar el escozor bajo su vestido, sentía como si le estuvieran clavando agujas en su piel enrojecida y levantó la mano para trazar el escote del corpiño. Su cuerpo y su mente anhelaban a Edward. ¿Cuánto tiempo permanecería la sensación de su piel en su cuerpo? Puede que algún día lograra olvidarle, como había hecho con Jacob. Su dedo recorrió la sedosa huella de su marca. Lo llevaría en su memoria todo el tiempo que fuera posible. Una abrumadora emoción por Edward llenó su corazón rebosante. Las lágrimas le escocían en los ojos y decidió claudicar ante lord Cullen.

Sin embargo, no se marcharía de allí sin decirle que se había dio. Si Edward decidía que la deseaba realmente y a pesar del rechazo de su padre, sabría dónde podía encontrarla. Le escribiría una carta. No podía irse sin más.

—Muy bien, señor. ¿Tiene una pluma y un trozo de pergamino? Me gustaría dejarle una carta a Edward —tenía una escritura horrorosa, pero podía dejar un breve mensaje.

Él asintió y sacó unas cuantas hojas, una pluma y un tintero.

—Esto es lo mejor. Se lo agradezco.

Ella tomó la pluma en su temblorosa mano y garabateó en el pergamino:

Edward:

He regresado a casa, en Sudhamly, para aliviar la preocupación de mi familia.

Bella.

Bella bajó del carruaje de los Cullen y puso los pies sobre la calle enlodada de Sudhamly. Las calles estaban abarrotadas con la actividad del mediodía. La gente se giraba y miraba con atención el coche lacado en negro con un emblema que apenas se reconocía a aquel lado de la ciudad. Si no hubiera vivido en la casa de los Cullen, ella hubiera pensado que el lodo habría emborronado el símbolo.

Para ella, el emblema rojo y verde de un oso con las garras extendidas estaba tan claro como el agua. Oso... Un escalofrío le recorrió la piel y sintió como le quemaban las marcas que él le había dejado. Con cada paso que daba se alejaba más de la mansión Cullen y de Edward, y más le escocían las marcas. Se apartó del carruaje con reticencia y con el corazón latiéndole de inquietud.

¿Sabrían los habitantes del pueblo lo de su caída en desgracia? Miró a unos cuantos de ellos y sonrió, pero estos le devolvieron una mirada que cuestionaba el vehículo con el que había llegado.

Los nervios hacían que le temblaran las manos. ¿Por qué se sentía tan mal? Deseaba la comodidad que le daba aquel lugar, el que le daba su familia, pero de inmediato supo que lo que quería realmente era regresar al carruaje de los Cullen. Sacudió violentamente la cabeza.

«Eres una tonta, perteneces a este lugar, no a aquella casa. Solo te sientes así por las estupideces que has hecho. Ve y tranquiliza de una vez a tus padres».

Ella enderezó los hombros y abrió de un empujón la puerta de la tienda de su padre. El familiar olor del almidón y el lino fresco llegó flotando hasta su nariz y al reconocerlo, esbozó una sonrisa.

— ¡Enseguida estoy con usted! —gritó su padre desde la trastienda. Qué extraño. Solo llevaba fuera dos noches, pero no sabía qué hacer. ¿Debería entrar en la trastienda? ¿Debería esperar allí fuera?

La habitación principal de la tienda, la más grande de toda su casa, le pareció increíblemente pequeña. El aire denso por el vapor de la colada y el tinte la asfixiaba. No pertenecía allí... sí, sí que pertenecía. Negó con la cabeza. No podía esperar a ver a sus padres y borrar la preocupación de sus mentes. Avanzó a grandes zancadas, apretando los puños, con la espalda recta y una sensación de determinación palpitando en su interior. Se detuvo. Si sus padres se habían enterado de lo que había hecho, ¿se lo confesarían?

El corazón le latía en la garganta, camino detrás del mostrador y abrió las cortinas que llevaban a la parte trasera de la casa. Su madre estaba de pie detrás de una mesa de trabajo, cortando tela, y cuando vio a Bella, soltó un grito

— ¡Bella! ¡Bella! —Corrió hacia ella y la rodeó en un gran abrazo—. Oh, mi querida niña, ¿dónde has estado?

—Madre —apretujó con fuerza los regordetes hombros de su madre y las lágrimas le nublaron los ojos—. Me perdí bajo la lluvia y... — ¿qué debía contarles? Sabía muy bien que no podía confesar que se había acostado con Jacob y que había salido huyendo porque él la había tratado nial. Ni que se había refugiado en una casa en la que solo vivían hombres.

Su madre se hizo hacia atrás y le estudió la cara, después esbozó una expresión de preocupación.

— ¿Te encuentras bien?

—Sí —le dedicó una sonrisa despreocupada.

—Charlie, Charlie, Bella está en casa. ¡Bella está en casa! —gritaba su madre.

Su padre salió de la cocina, con las manos azules por el tinte.

— ¡Oh! Bella, nos tenías tan preocupados —su mirada la recorrió de arriba abajo—. Pero tienes buen aspecto. Seguro que encontraste un lugar en el que refugiarte del temporal, ¿verdad? ¿Conseguiste llegar a casa de la vieja señora Smithies?

—Oh, no... Me perdí, pero no encontré lugar en el que refugiarme. Pero... me encuentro muy bien.

—Acabo de poner una tetera al fuego. Quizás, entre tanto, puedas ayudar a tu madre a remendar algunas cosas.

Sus hombros se relajaron y su madre y ella salieron por la puerta hacia la parte de la casa en la que se alojaba la familia. Se sentía feliz de estar en casa. Sobre todo al ver que sus padres no le pedían explicación alguna. ¡Qué extraño! Nunca antes les había ocultado nada a sus padres. Tal vez se lo contara todo.

¡No! Se avergonzarían de ella, y por el momento solo deseaba sentir la comodidad de su hogar. Sintió cómo se le comprimía el pecho. Ellos confiaban en ella, y Bella había cometido algo imperdonable. ¿Qué iban a hacer si llevaba a niño en su vientre? Entonces, no podría ocultarles lo que había pasado. Si el rumor se extendía por el pueblo, el negocio de su padre sufriría las consecuencias. Pero, ¿cómo iba a explicar lo que le había pasado?

Se sentó para disfrutar de la comodidad que tanto había ansiado, la de su familia y la de su hogar. Aquella noche le contaría a su madre lo que había sucedido. Y al día siguiente, todo habría cambiado.

A Bella se le puso el vello de la nuca de punta cuando Jacob apareció en el salón de sus padres. ¿Qué estaba haciendo allí?

—Señorita Swan, me alegra mucho que esté bien. Nos ha dado un susto de muerte, preciosa.

¡Virgen santa! ¿Cómo iba ella a abordar aquella situación? No podía mirarle a la cara. El calor ruborizó sus mejillas.

«Solo está aquí para ver a tu padre, estúpida. Tu padre es su amigo».

Ella inclinó la cabeza y volvió a seguir con sus remiendos, sin dedicarle ni una sola mirada.

Él se acercó a grandes zancadas hacia la silla que había a su lado y tomó asiento haciendo un elegante ruido sordo. Se pinchó el dedo con la aguja. ¡Ay! Hizo una mueca de dolor, pero se negaba a que él viera su estado de nerviosismo, así que se obligó a sonreír.

Llevaba su pelo rubio oscuro retirado de la cara, y vestía la misma camisa blanca que siempre se ponía. Ella se puso rígida, y temió que su corazón empezara a latir con fuerza o que le golpeara el dolor que había sentido al huir por el bosque. No sintió nada. Solo que las mejillas le ardían de la vergüenza.

Él estaba pálido. ¿Habría estado enfermo últimamente? Sus ojos azules captaron su mirada y ella sintió cómo se le revolvía el estómago. ¡Oh! ¡Qué extraño! Nunca antes había experimentado una sensación parecida por él. Se llevó la mano al estómago y presionó contra la sensación de inquietud.

—Renee, tráenos algunos de esos rollitos tan buenos que has hecho y una pinta —le dijo su padre a su madre—. Creo que tenemos que celebrar que mi niña ha regresado a casa.

Su madre se puso de pie y desapareció en la cocina. Bella deslizó de nuevo la aguja por la tela que estaba remendando y reprimió un eructo.

Jacob se inclinó hacia ella.

—Me has dado un susto de muerte, de veras que sí, preciosa. No dejaré que lo hagas de nuevo —ella vio la dureza en sus ojos cuando él recorrió sus senos con la mirada.

¡Gracias a Dios que él no volvería a tocarlos otra vez! Esperaba que no intentara de nuevo cometer aquel acto estúpido con ella, pero le había entregado su virginidad, y ¿acaso no era eso la señal que indicaba que siempre estaría dispuesta a sus caprichos?

Ahora que tenía a Edward, no imaginaba poder permitir que Jacob la tocara de nuevo.

¿Pero tenía realmente a Edward? Había abandonado su hogar. Él podía considerarla perdida, podía pensar que nunca regresaría. Pero ella no creía que él fuera a reaccionar así.

Era extraño y no obstante podía sentirle. Sentía que estaba cerca de ella y decidido a tenerla. Aquella sensación de posesión probablemente se debiera a las marcas. Una sonrisa curvó sus labios cuando una cálida alegría la inundó.

Algún día regresaría a casa de los Cullen, aunque solo fuera para mirar la mansión desde lejos y maravillarse con su magnificencia. Las marcas de color frambuesa le escocían en la piel y el corazón le comprimía el pecho. Deseaba regresar a la mansión Cullen, pero no algún día, sino en aquel momento.

¡Oh! ¡Vaya un maldito lío en el que se había metido! No podía hacer algo así, entonces, ¿por qué lo deseaba tan desesperadamente? Ellos no eran como ella, y había una gran parte de su ser que temía a los Cullen. El estómago le sonó con fuerza y le entró hipo.

Su madre reapareció con una bandeja en la mano, con sus sabrosos rollitos de hierba y dos pintas de cerveza. La fragancia del romero y el tomillo acallaron las quejas de su estómago.

Renee colocó la bandeja en el aparador y le ofreció una pinta a Jacob y otra a su padre.

—Es una buena noticia que Bella haya llegado sana y salva a casa —Jacob levantó su taza hacia su padre, y sonrió.

¿Tenía un tic en las mejillas? Entrecerró los ojos y le estudió con más atención.

—Sí que lo es. Si le hubiera ocurrido algo malo, no estaríamos disfrutando de este alegre momento.

Le pareció extraña la manera en la que su padre había pronunciado aquellas palabras. Contuvo el escalofrío que le bajaba por la espalda. ¿Qué estaba tramando?

—Estoy muy feliz de estar en casa, padre, de poder aliviar su preocupación. No pretendía inquietaros a madre y a usted —su mirada se desvió de un lado a otro entre los dos hombres. Se había perdido algo.

—En realidad, hija mía, estamos encantados con tu vuelta. Y este día es aún más especial... —observó cómo los ojos de su padre se llenaban de alegría, y una radiante sonrisa se le desplegó en la cara al mirarla a ella y después a Jacob.

«Oh... ¡Oh, no!». Se quedó sin aliento e hizo esfuerzos por respirar. ¿Estaba a punto de decirle lo que ella pensaba que estaba a punto de decirle? Todo el cuerpo se le tensó mientras la bilis dejaba un rastro por su garganta. El estómago se le revolvió y lo sintió pesado. Se llevó la mano a la boca y tragó saliva con fuerza, intentó reprimir sus arcadas; no quería avergonzar a su familia explicando lo que había ocurrido.

—Sí, hija mía, Jacob nos ha pedido tu mano…

Se atragantó cuando intentó tragar los contenidos de su cena. Jacob tendió el brazo para cogerla de la mano, con una sonrisa insatisfecha en su cara. Su fragancia a lúpulo y a whisky aguado colisionó en su nariz. Su estómago no pudo soportarlo y el vómito salió de su boca, salpicando la entrepierna de los pantalones de Jacob y su preciado miembro.

— ¡Santo Dios! —gritó Jacob mientras se ponía de pie de un salto.

—Lo... lo siento —dijo Bella, que ya se sentía algo mejor—. Pero... pero pensaba que no tenías interés alguno en mí, que tan solo querías divertirte.

Su madre soltó un grito.

— ¡Bella! ¿Jacob y tú... Jonathan y tú habéis...?

Su padre levantó la mano, interrumpiendo con efectividad a su madre.

—Jacob vino después de que desaparecieras. Estaba destrozado por la sensación de culpa y dijo que cuando regresaras a casa se casaría contigo. Sabíamos que sentías cariño por él, así que aceptamos.

Ella debería haberse vuelto loca de alegría. Oh, Dios. ¡Aquello no estaba pasando! Hacía dos días, casarse con Jacob era todo lo que deseaba. Lo que había esperado que le aguardara la vida. Pero ahora... había experimentado el afecto verdadero, el deseo real, y aquello no era lo que deseaba.

Su madre trajo dos pañuelos de la cocina y se los pasó a Jacob. Los dedos de Bella pellizcaron el puente de su nariz. Puf ¡El hedor que emanaba! Se puso de pie y se fue hacia el otro lado de la habitación. El estómago se le cerró cuando él caminó hacia ella. La fragancia del lúpulo le había parecido siempre muy masculina, igual que el olor de Jacob, pero ahora los dos le repugnaban.

—No tienes nada de lo que preocuparte, preciosa. No es la primera vez que me vomitan encima.

—Oh, Dios, Oh, Dios, oh, Dios». Vaya un lío en el que se había metido. Se dio la vuelta

—No... No puedo casarme...

Toc, toc, toc.

Ella se sobresaltó, y todos giraron la mirada hacia la puerta.

Su padre caminó a grandes zancadas hacia la entrada trasera y levantó el cerrojo.

Edward se abrió paso a empujones y entró en el diminuto salón, empequeñeciendo todo lo que había en su interior.

Sus salvajes ojos la estudiaron en una sola mirada.

—Señor —asintió a su padre.

Una ola de alivio la invadió con tanta fuerza que deseó echarse a llorar y abalanzarse hacia sus brazos. El olor a canela llegó flotando hacia su nariz desde el otro lado de la habitación, y el estómago dejó instantáneamente de darle vueltas. Vio cómo le brillaban los ojos. «Todo se arreglará, Bella». Aquellas palabras se filtraron en su mente.

—Discúlpeme, señor. ¿Quién es usted para irrumpir así en mi casa? —la mirada de su padre se deslizó por aquella masiva forma, y estudió la confección de sus ropas.

Él parecía tan elegantemente vestido, con aquel abrigo azul expertamente confeccionado y los pantalones... Algo que solo un hombre con sus medios podía permitirse, un hombre al que su padre nunca rechazaría a la hora de hacer negocios.

—Soy el marido de su hija.

Un fuerte ruido vino de la puerta de la cocina. Ninguno de ellos se dio la vuelta para averiguar de qué se trataba.

— ¿Cómo dice, señor? —su padre desvió la mirada hacia Bella—. ¿Bella?

Oh, aquello... aquello... ¡Qué idea tan ridícula! Estaban casados... ¿cómo se suponía que esa explicación iba a funcionar?

— ¿No se lo has dicho, Bella? —la voz profunda y firme de Edward la hizo estremecerse. «Sígueme la corriente, Bella. No me marcharé de esta casa sin ti».

Cerró las manos con fuerza. Deseaba irse con él. Tenía una proposición real de matrimonio y otra ficticia. Su alma quería mentir a su familia. ¡Qué era lo que le pasaba! Ninguna mujer en su sano juicio y en unas circunstancias como aquella rechazaría una verdadera proposición de matrimonio.

«Bella».

Ella miró con atención a Edward y sintió cómo se le estrechaba la garganta. No podía negarle.

—No. No... No se me ocurrió la manera adecuada para no aguar las buenas noticias.

El alivio resplandeció en los ojos de Edward.

— ¿Estás diciéndome que te escapaste y te casaste después? Dios mío, hija —su padre estudiaba las brillantes botas de Edward manchadas de barro—. Y señor... porque es señor, ¿correcto? —su padre ladeó la cabeza.

— Edward Cullen, hijo del duque de Cullen —dijo él alargando las palabras.

¿Era aquello cierto? ¿Era su padre duque?

Un golpe seco seguido de un gemido vino de su madre, que parecía haber vuelto a desplomarse en el suelo. Bella no podía apartar sus ojos de Edward, y tampoco nadie hizo nada para asistir a su madre. Puede que se perdieran algo si lo hicieran.

—Bella, hija, ¿por qué no nos contaste que conocías a un noble?

Edward no le dio la oportunidad de responder.

—Conocí a Bella en el camino hace dos días cuando paseaba en mi carruaje. Quedé tan cautivado por su belleza que mi corazón no me permitió vivir sin ella —sonrió y le guiñó el ojo a Bella.

Mentiras... más mentiras. ¿Volvería de nuevo a poder decir una verdad?

—Se negó a subirse a mi carruaje. Mi corazón me dijo que era amor y yo me negué a dejarla marchar. Después de mucha persuasión, pude convencerla al fin de que aceptara la grave situación en la que me encontraba y aceptó casarse conmigo con rapidez. Fuimos a Escocia de inmediato.

¿Hubiera, hecho algo así si le hubiera conocido en el camino? Cerró los ojos… ¡Dios mío! Deseaba que aquella situación hubiera sido real ¡Que estúpida era!

Volvió a sentarse en la silla y le miró mientras él se levantaba rígido en su salón, con la cabeza apenas a unos centímetros del techo. ¿Qué estaría pensando su padre? Era obvio que Jacob le había contado la estupidez que ella había cometido.

Miró a Jacob y vio que una expresión herida y de enfado resplandecía en sus ojos. Al darse cuenta de que ella le estaba mirando, caminó a grandes zancadas en su dirección, y sus movimientos interrumpieron a Edward en mitad de la frase, al ver que se le estaba acercando. En un rápido movimiento, Edward se colocó entre Jacob y ella. Con los ojos entrecerrados, bajó la cabeza para mirar a Jacob, atreviéndose a hacerle frente.

—Pero... pero yo... ella... —señaló de un lado a otro entre ella y él mismo—. Nosotros.

— ¡No! —Dijo Edward en un tono firme de voz que fue un gruñido más que otra cosa—. No hay ningún «nosotros» en lo que a ti y a ella se refiere.

Los ojos de Jacob se abrieron de par en par, y se giró para buscar la cara de Bella.

—Bella —inclinó la cabeza—. Me alegro de que te encuentres bien.

Edward se retiró a un lado para permitirle pasar, y Jacob abrió rápidamente la puerta y desapareció bajo la noche.

Bella tragó saliva con fuerza. Acababa de renunciar a la única posibilidad que la podía hacer recuperar su respetabilidad. Pero Edward había ido a por ella. ¡Edward! Todo su cuerpo se encendió como el fuego ante su presencia.

—Mi querida niña —su padre le tomó la mano y le guiñó un ojo. Milord Se quedará con nosotros esta noche para que podamos conocer al nuevo miembro de la familia.

—Lo siento, señor. Tengo negocios que atender en mi finca por la mañana. Regresamos esta noche a Cullen.

—Muy bien, muy bien.

—Si les parece bien, mandaré un carruaje para ustedes en un mes, y usted y la señora Swan podrán viajar a Cullen para una visita extendida.

¡Oh! ¡Eso sería horrible! ¿Qué pensaría su familia de las rarezas que sucedían en aquella casa?

— ¡Que así sea! Eso sería encantador, ¿no crees, Renee? —Su padre se giró hacia la cocina—. ¡Oh, Renee!

Los tres fueron corriendo hacia su madre para ayudarla a ponerse de pie, y los cálidos dedos de Edward rodearon el brazo de Bella, y tiraron de ella firmemente hasta levantarla. Recorrió su brazo con la mano, provocando pequeños temblores bajo la estela de su caricia, y entrelazó sus dedos con los de ella. Su erección presionó contra su trasero.

«Bella, Bella. Te necesito, Bella. Te necesito más que cualquiera de esas románticos chorradas que le he soltado a tu familia», le dijo a su mente.

Ella cerró los ojos a medida que la conciencia de la excitación se extendía por su piel. ¿Lo decía en serio?

«Debería haberte avisado acerca de que el olor de otros hombres pueden ser una amenaza...». El pecho le retumbó en una risita que intentaba reprimir.

¿Qué? Ella se dio la vuelta y le miró, vio que tenía los labios curvados hacia arriba.

— ¿Quisiste que vomitara todos los bollos porque Jacob se estaba acercando demasiado a mí? —le susurró ella.

—Algo así —presionó los labios contra su oreja, y un escalofrío le sacudió el cuerpo.

¿Había podido controlarse sin más, evitar cambiar de estado cuando había visto a Jacob?

— ¿Te encuentras bien?

«Siempre y cuando esté dentro de ti, lo estaré».