CAPÍTULO 07

Los músculos de Edward se estiraron cuando levantaron a Bella para subirla al carruaje. Su caballo estaba atado detrás. Se había topado con el conductor del carruaje, aquel que había llevado a Bella a su casa, cuando se dirigía de vuelta a Cullen. Le había pedido al conductor que le acompañara de vuelta a Sudhamly y había tenido una buena razón para hacerlo, no solo porque necesitara estar dentro de Bella, sino porque aquel era el preciso momento, ya que empezaba el comienzo del ritual y estaba un paso más cerca de hacerla suya. Se sentó en el asiento negro de cuero, rodeó a Bella con un brazo, puso el otro bajo sus rodillas, y la levantó hasta acomodarla en su regazo.

—Bella —le acarició su pelo dorado con la nariz mientras el carruaje comenzaba a moverse.

—Edward, tengo que saberlo. ¿Cumplirás con tu palabra?

Él sonrió contra los suaves mechones. Ella no tenía ni idea de la fuerza con la que le poseía.

—Bella, puedes tener lo que desees de mí. ¿Quieres que nuestra conexión sea legal? Así será, entonces.

—Pero, ¿qué pasa si llevo un niño de Jacob en el vientre? —sus mejillas se enrojecieron y la respiración se le entrecortó—. ¿Me a rechazarías entonces? ¿Rechazarías al... al niño? —una sensación de dolor e incertidumbre brotó de ella y él la sintió un sus manos—. Ya sabes cómo llegué a dar con la mansión de Cullen. Solo el tiempo...

—Sssh, querida Bella —le retiró un mechón de la cara—. No estás encinta... todavía. Podría olerlo. Sin embargo, pasado mañana llevarás... uno mío en el vientre.

Le agarró la barbilla con la mano y le levantó la cabeza hacia él. Sus ojos azules brillaron cuando él buscó en sus profundidades, intentando leer sus emociones.

—Esto es lo que deseas, ¿verdad, Bella? —Rozó con el pulgar la suave superficie de su mejilla—. ¿Unirte a mí para toda la vida, llevar a mis hijos dentro de ti?

Ella abrió los ojos de par en par, y un deseo emanó de su interior con tanta calidez que le quemaba la piel que él estaba acariciando.

—Por extraño que parezca, eso es exactamente lo que deseo.

— ¿Lo es? ¿Estás segura? No es que sea capaz de controlarme ahora. Me consumes. Bella. Pero intentaré hacerlo.

Una lágrima se escapó de uno de sus ojos y cayó sobre la yema de su dedo, acariciándole la piel.

—Te deseo, Edward —susurró con dificultad.

Con el mismo tipo de deseo físico y desesperado que inundaba el aire que les separaba. No era precisamente la emoción que él sentía en su corazón, pero por ahora era más que suficiente.

Ella se acercó a su regazo, se levantó las faldas, y deslizo las rodillas a cada lado de sus muslos, para poder mirarle a la cara. La fragancia de su sexo abriéndose mientras se montaba a horcajadas sobre sus rodillas le machacaba por dentro.

¡Por Dios! Su verga se dilató y sus ojos parpadearon de color rojo.

— ¿Bella? —dejó caer las manos hacia abajo para acariciar la curva de su cintura.

De veras que lo hago, aquí en el carruaje —asintió y una sonrisa sensual le iluminó el rostro.

De veras que sí... Él gruñó y tendió la mano entre ellos para introducirla en sus pliegues untados en mantequilla. La carne caliente y empapada rodeó sus dedos y tiró de ellos hacia el interior, mientras ella arqueaba la espalda contra su palma y gemía.

Los escalofríos recorrieron su piel cuando su pene palpitó. Pronto sería suya para siempre. Ella empujó los senos hacia él y este sacó la lengua para poder trazar el borde de su escote. La excitación impregnaba su piel y su fragancia se deslizó por su lengua y se extendió directamente hacia su miembro.

Ella le deseaba tan desesperadamente como lo hacía él. Introdujo los dedos en su vulva y ella extendió las piernas sobre el asiento de cuero, las abrió aún más, y se montó sobre su invasión. La esponjosa carne acarició sus dedos en ondas cuando una sensación de alegre excitación la hizo temblar. ¡Era tan exquisita...! Él no se había sentido nunca tan orgulloso de tener a una mujer que le deseara de aquella manera. Su mirada se rezagó en la marca que le cubría los pechos, y la cabeza empezó a darle vueltas; el animal que había en su interior se volvía más salvaje y hambriento por ella.

Su pulgar se movió a un lado y a otro dentro de sus pegajosos pliegues, encontró su pequeño capullo y suavemente lo arañó con la uña.

— ¡Edward! —ella empujó contra su mano, extendiendo más de la miel de dulce fragancia en sus dedos. Ella le clavó las uñas a través de la tela de su abrigo—. Te... te deseo ahora, Edward —el calor la hizo ruborizarse, y se encogió ligeramente de vergüenza.

—No te avergüences de tus deseos. Bella —su voz emergió tomo un graznido—. Te quiero tal y como eres, la sinceridad de tus palabras. Debes pedir cualquier cosa que desees carnalmente y no debe preocuparte lo que sea —apartó la mano de su cuerpo y buscó a tientas los botones de su pantalón, hasta liberar su pene. Su carne endurecida creció fuera de los confines de tu pantalón. Él gimió de alivio.

La levantó de su cuerpo, frotó la dilatada cabeza de su miembro en la balsámica carne de sus labios vaginales, y deslizó la cabeza del clítoris hacia el ano. La unión de sus pieles palpitaba con un calor relampagueante. Él gruñó y colocó la punta en su entrada.

—Déjate caer sobre mí. Bella. Desliza mi dura verga dentro de ti hasta que tu cuerpo esté lleno de mí.

Su mente se concentraba en el punto en el que se unían sus cuerpos, el esperma se disponía a salir, y tiró con fuerza de ella hacia él. Esta vez, la semilla que estaba a punto de derramar en ella la prepararía para recibirla otra vez a mediodía, y cuando volviera hacerlo sería para entregarle los fluidos con los que concebirían uno de sus hijos.

Ella se dejó caer muy lentamente, acariciando con su humedad la cabeza de su falo, mientras descendía. Él sintió cómo se quedaba sin respiración y dejó que fuera ella la que tornara el control de sus deseos, aunque necesitaba tocarla. ¡Maldita sea! Tendió la mano y le agarró el pecho, y frotó con su pulgar sus pezones endurecidos, apenas observables bajo aquel corsé, y tuvo que echar la cabeza hacia atrás para soltar un gemido que le estaba comprimiendo el pecho.

La cabeza de su miembro empujó contra la abertura y llevó su mirada hacia la cara de Bella.

Ella le miró fijamente y se mordió el labio.

—Edward —ella terminó de bajar en un solo movimiento y encajó todo su mango en su humeante calor.

Él apretó los dientes y su corazón comenzó a latirle sin control. Ella arqueó el cuerpo hacia él y frotó su monte contra los rizos de su sexo, adhiriendo sus jugos, sus pelos, sus cuerpos, como si los dos fueran uno solo.

Ella se retiró hasta la punta de su miembro y descendió de nuevo con el mismo movimiento rápido. A él no dejaban de temblarle los músculos, cada vez que ella repetía aquel movimiento. Su terciopelo se cerraba sobre su dureza y tiraba de su semilla desde las profundidades de sus vesículas seminales. No era suficiente, él necesitaba que todo fuera más rápido, más intenso, más profundo.

—Bella —él se abalanzó sobre ella, y se puso encima sobre el asiento que había quedado a su lado. Se arrodilló en el suelo del carruaje, con el falo todavía dentro de ella, le agarró las piernas y colgó sus rodillas sobre los hombros. Las faldas le cayeron sobre el pecho y su cara se perdió en un mar de muselina verde. Él recorrió con las manos sus piernas cubiertas por las medias hacia la piel desnuda de sus muslos, y la acarició después.

Ella se retorció, él agarró con fuerza sus caderas, sacó el pene hasta la punta y después la empujó contra su resbaladizo cuerpo. Ella se estiró y le revistió con la miel que fluía libremente de ella, le cubrió su dureza, al mismo tiempo que él indagaba en lo más profundo de su ser. Él se comportaba salvaje en sus acciones, era muy brusco, pero no podía controlarse.

La entrada hacia su vagina rozó la cabeza de su verga y el hizo una pausa, antes de embestir con más fuerza dentro de su piel endurecida. Sintió un hormigueo en los testículos, mientras se derramaba el fluido de su matriz. Gruñó ante la extraña sensación que le produjo aquel diminuto derrame de fluidos, que aceleraba el camino que le llevaba al placer. Se inclinó hacia abajo y mordisqueó las cimas de sus pechos. Ella gritó y se arqueó hacia él. Edward salió de nuevo y volvió a presionar en su interior.

—Edward... oh... ¡Edward! —las paredes de su sexo rodearon su dureza y él siguió marcando el mismo ritmo, saliendo y entrando de ella mientras los músculos de su estómago ondeaban y el pecho le comprimía, y su semilla, como una bola de fuego, se enroscaba en sus vesículas. La ardiente necesidad de derramar su simiente dentro de ella superaba cualquier otra emoción conocida para él.

Sus músculos se tensaron, se estaba acerrando a la euforia. Su vulva se deslizaba a lo largo de la piel de su miembro, y le arrancó un gruñido tan grave que le atravesó los oídos, en el mismo momento en el que sentía cómo explotaba su semilla en estallidos fuertes e intensos, vaciando todo su esperma dentro de ella. Le quemaba el cuerpo, que no dejaba de temblar con cada goteo que derramaba y abrumaba sus sentidos.

Él le bajó las piernas hasta colocarlas sobre sus caderas y tiró de su cuerpo hacia sí. Bebió de su fragancia, de la de él, de la de ellos juntos. Nunca antes había experimentado una intensidad como aquella. ¡Qué exquisitez!

Se acomodó en el asiento delantero, con ella todavía subida a horcajadas sobre su cuerpo y con su falo palpitando entre los fluidos que se extendían en su vagina. El cuerpo le temblaba como si fuera la primera vez que tenía relaciones con una mujer, se sentía abrumado por el placer y las sensaciones. Tenía la impresión de estar resplandeciendo, aunque no había luz por ninguna parte. Estudió la cara de Bella, teñida de placer, y se le comprimió la garganta ante las emociones que veía en ella y que amenazaban con apoderarse de él.

Ella frotó su brote contra la carne de la base de su mango, hasta estallar en gritos y sacudir los músculos del vientre y el cuerpo, y derramar sus fluidos desde lo más profundo de su interior. Él gruñó y siseó. ¿Cuánto tiempo más seguiría empalmado?

Los textos que hablaban del ritual le habían enseñado todo aquello, pero él nunca había pensado que el clímax pudiera ser más fuerte y más placentero de lo que era una relación sexual normal.

—Bella —acarició con la nariz la piel de la base de su cuello—. ¿Te encuentras bien, Bella? ¿Te he hecho daño?

—No, estoy muy bien —respiraba con dificultad y unos pequeños temblores en su interior seguían acariciándole el pene—. Ha sido diferente esta vez.

— ¿Diferente?

—Tengo la sensación de que todavía estas duro y que me llenas completamente.

Él gruñó cuando otro chorro salió de su verga.

—En realidad sí, así es.

— ¡Oh, madre mía! —su cuerpo se meció contra él cuando su fluido rezumó de su entrepierna. Ella apoyó la frente en su hombro, le rodeó con las manos, y tiró de él hacia sí. Él, a su vez, la sujetó y la acunó en sus brazos. Se dio cuenta de que estaba respirando con dificultad y de que su corazón había aumentado el ritmo de sus latidos hasta adoptar unos salvajes golpes.

La amaba.

La abrazó con más fuerza y colocó la barbilla encima de su cabeza. Nunca antes había experimentado un deseo como aquel. Si algo le ocurría a ella, seguramente también le ocurriría a él.

Sabía que ella le deseaba, que estaba dispuesta a pasar el resto de su vida con él. Aquello debía ser más que suficiente, ¿verdad? Tenía que leer las emociones en ella, como lo había hecho la noche en la que había aparecido en la mansión de los Cullen, en la que la había sentido tan desesperada después de lo que había ocurrido con aquel imbécil de Jacob. Poder volver a percibir lo que sentía era una necesidad que le consumía. Deseaba que ella pudiera sentir también sus emociones, fuertes e intensas, aquellas que hablaban de ella y de su propio corazón. ¿Sentiría ella lo mismo? ¿O era demasiado pronto para que una emoción como aquella se diera entre dos personas?

Bella restregó su cara con la suave solapa del abrigo de Edward.

—Edward, la mansión Cullen todavía me da miedo, creo... creo que si me contaras algo más acerca de los Cullen, me quedaría más tranquila.

Sus brazos la sujetaron con fuerza cuando el carruaje se topó con un enorme bache y los empujó a un lado. Sus fuertes brazos calmaban la preocupación de su mente y consolaba su cuerpo. Ella se sentía a salvo con él, pero en Cullen… Edward no podía estar siempre con ella allí. Tenía que entender, tenía que ser capaz de quedarse sola en aquella casa sin temer nada. Sus dedos juguetearon con el botón de su chaleco plateado.

—Cullen —el cuerpo de Edward se tensó y ella pasó la mano por su torso para tranquilizarle—. Venimos del norte, del otro lado de los mares, donde los inviernos son glaciales. Nuestro clan estaba formado por grandes guerreros que creían en el poder del Oso Sagrado. Formaba parte de lo que éramos. De quienes somos ahora. Los hombres del clan adornaban su piel con dibujos del oso. Aquí —una de sus manos cayó sobre ella y él le mostró la parte superior de su muslo—. Y aquí —tendió la mano y destapó la parte de atrás de su hombro.

— ¿Y cómo está hecho? ¿Está pintado?

—Algo así, pero mediante pinchazos en la piel con una herramienta, para que nunca pueda borrarse. Todos nosotros los llevamos. Todavía no me has visto sin ropa a la luz del día —su pecho resonó con una risita—. Lo harás.

El carruaje entró en el camino que conducía a la mansión Cullen y Edward miró con atención la estructura.

—Te contaré más en la cena. Incluso te enseñaré mis marcas.

Bella ahogó un grito.

— ¿En la mesa, Edward? ¡No! —le regañó ella.

—Haré que te manden una buena comida a la habitación, cenaremos en privado y nos quedaremos en la cama. No volveré a apartarme de tu lado hasta que seas completamente mía.

El carruaje se detuvo y un hombre apareció para abrirles la puerta. Edward salió primero y se quedó allí de pie, ofreciéndole a Bella la mano. Ella deslizo su pequeña mano en la gigante de su compañero. ¡Era tan impresionante…! La puesta de sol reflejaba los tintes cálidos de rojo y bañaba de cobre su pelo castaño, que le llegaba hasta los hombros. Él marrón claro de sus ojos brilló cuando la miraron con posesión desde sus profundidades.

Ella sintió cómo le flaqueaban las rodillas y sus labios esbozaron una sonrisa. Nunca podría acostumbrarse a aquella belleza. Con una sola mirada, Edward recorrió su cuerpo, que tembló bajo su estela por la lujuria y el deseo que despertaba el gesto. Se sentía adorada. Él la quería y la deseaba más allá de lo razonable. La idea casi le hizo detener sus pasos. ¡Qué cosa tan preocupante! Ella le deseaba sin límites. Le deseaba y no le importaba lo que fuera. No le importaba lo que él deseara hacerle.

La puerta de la mansión Cullen se abrió, y vieron que lord Cullen les esperaba bajo el umbral observándoles mientras subían los escalones. Sus cejas se enarcaban sobre sus ojos y un profundo gesto de preocupación curvaba sus labios. Ella abrió los ojos de par en par, y el calor que había estado invadiendo sus músculos se evaporó. No iba a permitirle pasar. Levantó la mano, para evitar obviamente que pasaran.

—Padre.

—Edward. Señorita Swan —Lord Cullen inclinó la cabeza.

—Déjanos pasar, padre —los dedos de Edward apretaron con fuerza la mano de Bella.

—Faltaría más, oso. Pero antes tengo que hablar contigo. Ahora.

Edward miró a Jane.

—Que así sea. Habla. La mirada de lord Cullen estudió su cuerpo y se detuvo en sus caderas.

—Puedo oler los fluidos derramados en ella, haz que vaya arriba y que se asee —se giró hacia Edward—. Tú y yo hablaremos cuando se haya ido.

Bella bajó los ojos al suelo. ¿Acaso no tenía modales aquel hombre? Se le ruborizó la cara, y sintió que le ardía. ¿Por qué la odiaba de aquella manera? ¿Se sentía tan amenazado como para tener que humillarla así? Debería dejarles pasar y permitir que su hijo fuera feliz.

Edward la miró, tomó una profunda bocanada de aire, y olfateó.

—Es una fragancia deliciosa, ¿verdad, padre? —los músculos de su mejilla palpitaron y la mano que sujetaba su piel se agitó brevemente.

Ella bajó la mirada hacia sus dedos y sus ojos se abrieron de par en par. En la parte posterior de sus manos, cerca de los nudillos, se habían abierto unas hendiduras y asomaban unas puntas afiladas de hueso a través de la piel. Garras. ¡Oh, no! Edward no podía luchar contra su familia, no delante de ella, no por su culpa.

— ¡Detente! —Bella dio un paso hacia delante, se dio la vuelta, y colocó su mano libre sobre el torso de Edward—. Iré a asearme. Ven a buscarme cuando hayas terminado de hablar con tu padre, Edward.

Edward se tensó, y su mano apretó sus dedos con más fuerza aún.

—No, Bella. No permitiré que andes sola por esta casa.

Su padre asintió.

—Es una buena chica, Edward. Puede arreglárselas sin ir contigo de la mano.

—No. No irá sola por la casa —Edward miró con atención hacia la oscurecida entrada del edificio—. Carlisle, ¿podrás quedarte con ella?

Bella miró hacia la oscuridad que se abría más allá de la puerta, y Carlisle apareció entre las sombras del vestíbulo, mirándolos con atención. Ella le sonrió. Sí, Carlisle sería una buena compañía. Edward podía complacer a su padre.

Carlisle asintió lentamente a Edward.

Bella dejó caer la mano de Edward y se abrió paso a un lado de lord Cullen para entrar en la casa. Edward la seguía de cerca.

Alcanzó a Carlisle y él inclino su cabeza hacia ella.

—Señorita Swan —tenía los ojos hundidos y la piel amarillenta con aquel pelo rubio, parecía verdaderamente enfermo.

— ¿Se encuentra bien, señor Cullen?

Él negó con la cabeza.

—Muy bien. Solo un poco resfriado. Nada de lo que tenga que preocuparse.

Edward pasó a su lado y dio un suave apretón a Carlisle.

—Carlisle, gracias. Padre no va a cambiar de opinión. No tengo ni idea de dónde está Jasper, y no puedo perderla. No deseo que esté sola, no ahora que ha empezado el Orsse. Si hay algo que saque a Jasper de su escondite, será la fragancia de una compañera fértil.

Carlisle tragó saliva con fuerza.

—Muy bien, Edward. Estará a salvo conmigo —se giró hacia ella y le ofreció su brazo—. Señorita Swan.

—Espera, Bella —Edward le cogió las manos y las levantó hacia sus labios. Su lengua recorrió la línea de su dedo corazón, y se detuvo en el vértice de su mano. Su juguetona mirada atrapó sus ojos, antes de deslizar la lengua a través de la membrana y extender las cosquillas hasta la palma de su mano. ¡Oh! La sensación se desplegó directamente hacia su sexo, y golpeó sus dilatados pliegues. Todavía rezagaba la lengua en su mano. Su cuerpo entró en calor, poseído con un deseo tan inesperado que sintió cómo le costaba trabajo respirar y se contraían las paredes de su sexo. ¡No deseaba que se alejara de su lado!

—No tardaré, Bella —sus ojos reflejaban una expresión de preocupación y Bella pudo ver cómo se le tensaban los músculos del cuerpo cuando recorrió con la mirada la entrada de la casa. Negó con la cabeza y le soltó la mano.

Mis nenas preciosas mil gracias por sus reviews! Este capítulo está dedicado a las que se tomaron el tiempo de escribirme lo que les pareció del capitulo

Beakis, LeidaJim, LoreMolina, britprz mil gracias lindas

Ah y quería comentar algo de un review que recibi

Bella es rubia lo sé pero no es la primera vez he leído muchas en los cuales ella lo es, hasta de ojos verdes la ponen