NOS LEEMOS ABAJO Y ADEMAS LES TENGO UNA PREGUNTA LINDAS….
CAPÍTULO 08
Bella caminaba por la habitación, con la mirada fija en la puerta. Carlisle estaba de pie en un rincón, al lado de las ventanas, mirando los jardines que se extendían debajo.
Ella deseaba cambiarse, deshacerse de las ropas y tumbarse desnuda en la cama a la espera de Edward. Su piel se había vuelto balsámica y el vestido se le pegaba insoportablemente bajo el corsé. ¿No podía quitarse al menos el corsé?
—Carlisle, ¿te importa salir al pasillo durante un momento? Me gustaría refrescarme.
Los ojos de Carlisle adoptaron una forma redonda y entonces sacudió violentamente la cabeza, haciendo que volvieran a su estado normal.
— ¿Estás seguro de que te encuentras bien, Carlisle?
—Muy seguro, señorita Swan. ¿Necesitará ayuda antes de que marche?
¡Maldita sea! Lo cierto era que sí. Los diminutos botones de la parle de atrás de su vestido tenían que ser desabrochados y después, tenían que abrocharse de nuevo una vez que se quitara el corsé.
Ella frunció el ceño.
—No, está bien me las arreglaré sola.
— ¿Está segura? —Él dio un paso hacia delante, y ella sintió cómo reaccionaba su cuerpo, que parecía echar chispas como lo hacen las ramas secas bajo una llama. Sintió que la cabeza le daba vueltas y se enjugó las cejas con la parte posterior de la mano.
—Maldita sea —sus ojos volvieron a adoptar una forma redonda y en tres zancadas se plantó junto a ella—. Ya ha empezado.
— ¿Cómo dices?
El pecho de Carlisle ascendía y descendía entre jadeos, ajustando su chaleco de seda. Cerró los ojos e inhaló profundamente, después sacudió la cabeza con violencia. Cuando volvió a abrirlos, ya habían adaptado una forma humana.
—Déjeme ayudarle a ponerse cómoda, señorita Swan. Puedo sentir su incomodidad. Necesita respirar —sacudió las manos como si llevara mucho tiempo apretándolas con fuerza.
—Carlisle, no creo que eso sea muy inteligente. ¿Qué es lo que te pasa? No pareces estar bien en absoluto.
—Estoy bien —le dijo con brusquedad y se giró, pero no se apartó demasiado de ella. El calor de su cuerpo la inundaba en olas a través de sus músculos. Un denso torrente de humedad se deslizó de su sexo y le bajó por las piernas. Ella cambió rápidamente de postura y miró hacia la puerta. ¿Dónde se había metido Edward?
Un grave gemido vino de Carlisle. Era un sonido que quedaba entre el puro placer y un terrible dolor.
A ella no le gustaba la manera en la que Carlisle se estaba comportando, y deseaba que se fuera de allí.
—Por favor, me gustaría que salieras al pasillo solo un momento. Después, puedes regresar.
— ¡No! Edward confía en mí para que te vigile. Le perteneces —se giró hacia ella, sus ojos habían vuelto a cambiar—. ¡Señor! Cómo huele. Tengo que tocarla —el cuerpo de Carlisle empezó a sacudirse con violencia y ella abrió los ojos de par en par. Estaba empezando a sentirse mal—. ¡No! —Gritó él, y sus ojos cambiaron de nuevo—. Yo… yo… pensaba que podía controlarlo, que podía mantenerme alejado. Él te merece
¿De qué estaba hablando?
— ¿Controlar qué, Carlisle?
Un doloroso aullido emanó de sus labios, y sus ojos volvieron a adoptar una forma redonda. Se abalanzó sobre ella, y ella dio un salto hacia atrás, quedándose atrapada entre la enorme cama y la mesita de noche.
Su mirada se deslizó por su cuerpo, después cerró los ojos y ladeó ligeramente la cabeza. Snif,snif.
—Huele deliciosamente bien. Dulce, como las manzanas.
—Carlisle, no te encuentras bien. Edward vendrá en cualquier momento.
—No lo suficientemente pronto —tendió la mano hacia ella y Bella le puso los dedos sobre el brazo. Él se detuvo y ella se quedó sin palabras. Lo que le quedaba de los bollos de su madre comenzó a ascender rápidamente por su garganta.
—Tengo la posibilidad de elegir, ¿no es así? Elijo a Edward. Yo... yo... no podría ser feliz sin él.
Un golpe vino de la puerta y se abrió. Su mirada recayó en Edward, que entraba a grandes zancadas en la habitación.
—He escuchado un aullido. ¿Está Jasper aquí? ¿Carlisle?
Ella tragó saliva convulsivamente.
—Carlisle, no lo hagas. Puedes darte la vuelta e irte. No eres tú el hombre al que he elegido.
Él cuerpo empezó a temblarle. Edward mataría a Carlisle. El miedo bajó recorriéndole la espalda y sintió cómo se le comprimía el estómago.
— ¿Carlisle? —la voz de Edward fue un profundo gruñido.
Bella miro con atención a Edward. Medía una cabeza más alto de lo normal, tenía los hombros más anchos y sus ojos se habían teñido de rojo mientras miraba a su hermano. Estaba preparado para matarle. Apretó los dientes y un grave siseo vino desde lo más profundo de su garganta.
Carlisle miró fijamente a Bella. En lo más profundo de sus ojos, ella podía ver la lucha interior que se desataba como una tormenta viciosa. Su mente no la deseaba, pero sus instintos sí. Sus ojos parpadearon con desesperación en un intento por recuperar el control sobre sí mismo.
—Carlisle, aléjate de ella...
Carlisle se dio la vuelta, se abalanzó directamente sobre Edward, y lo estampó contra la repisa de la chimenea. El golpe fue tan fuerte y poderoso que hizo que el espejo que colgaba de la pared se tambaleara.
Bella gritó.
— ¡No! ¡Carlisle, no lo hagas! ¡Edward! ¡No!—Se llevó las manos al estómago y se quedó paralizada en el sitio. ¿Qué iba a hacer? Deseaba lanzarse sobre ellos y separarlos, pero ¡era tan pequeña en comparación! ¡Y ellos tenían garras!
Avanzó un paso y ellos se dieron la vuelta, gruñían y siseaban, y agitaban las garras de un lado a otro. « ¡Por favor, que no se hagan daño el uno al otro!». Los sonidos de la tela desgarrándose, de la piel abriéndose, la hicieron soltar un grito.
Con un aullido, Carlisle dio un salto hacia atrás. Tenía el brazo abierto, los ojos oscurecidos, más abiertos de forma y color. Un agonizante lloriqueo explotó de su interior y salió corriendo de la habitación.
Edward se levantó para seguirle, y Bella fue tras él. Se abalanzó sobre su abultado pecho, agarrándose a su abrigo desgarrado mientras él luchaba por quitársela de encima e ir detrás de su hermano.
— ¡No, no, déjale en paz! No quería que ocurriese esto. Intentó controlarlo. Pero sus deseos acabaron ganando la batalla. ¡Edward!
Él la agarró con su brazo, y se aferró con los puños a sus faldas, sobre el trasero. Con un aullido animal, desgarro su vestido y sus enaguas y retiró el material de la parte delantera de su cuerpo.
—Tú eres mía, Jane.
« ¡Oh!». Su pecho se esforzaba por respirar.
—Así es, soy tuya, Edward. No hay nada de lo que debas preocuparle. No te rechazaré nunca.
Él cayó sobre sus rodillas, levantó la tela de su vestido y besó la suave piel de su vientre justo por debajo de su corsé.
Ella deslizó las manos por su largo y espeso pelo, y él introdujo su lengua en la hendidura que se abría en su trasero y después bajó hacia los rizos de su montículo.
A él le tembló el cuerpo.
—Estás en Orsse. Esa es la razón por la que Carlisle no pudo enmascarar el hecho de que fueras una posible compañera para él —su respiración cálida sopló contra su carne empapada, y arqueó el cuerpo para llevar sus rizos hacia su boca.
— Edward. Hazme tuya, Edward.
Él gruñó y ella bajó las manos para quitarle el abrigo y el chaleco. Deseaba verle desnudo antes de que los últimos rayos de sol se apagaran en la habitación. Él la levantó y en dos grandes zancadas la puso sobre la cama.
Mientras él desabotonaba sus pantalones, su miembro emergió de la abertura de su entrepierna y ella jadeó. Bella ya le había dicho que era grande, pero en realidad, no tenía mucha experiencia que la ayudara a comparar su tamaño.
Su pene se levantaba directamente hacia su vientre, la cabeza era del tamaño de una manzana pequeña, y el mango ligeramente más pequeño. Bajo ella colgaban sus enormes testículos, tan apretados como dos peludos melocotones. Después de quitarse las botas, se bajó del todo los pantalones y se giró hacia ella.
—Date la vuelta. Bella, para que pueda quitarte el corsé.
Se dio la vuelta y se mordió el labio, mientras él aflojaba los cordones de su corsé. El corazón le latía salvajemente. Ella deseaba aquello. Deseaba ser suya y solo suya.
—Levántate para que pueda bajártelo —así lo hizo y se agarró a sus hombros revestidos de lino. Cuando le bajó el corsé por sus caderas, ella siguió el movimiento de sus manos. En la parte superior de su muslo, bajo los faldones de su camisa, asomó su marca. Sus manos descendieron por el estómago, recogió un puñado de lino y entonces, se subió la camisa y se la sacó por la cabeza, mientras observaba cómo saltaban los músculos bajo el contacto de su caricia.
Su mirada recayó en el adorno. La forma roja de un oso, completamente erguido, cubría la parte de arriba de su muslo hasta el abultamiento que se levantaba en el hueso de su cadera. El vestido le tapó los ojos cuando él se lo sacó por la cabeza.
Tendió la mano y sus dedos recorrieron el dibujo. Él gruñó.
—Explórame, Bella. Tenemos todo el tiempo del mundo.
— ¿Lo tenemos? Me da la sensación de que tienes prisa por unirte a mí.
Sintió cómo le enrojecía la cara.
— ¿La tienes tú? —él tendió la mano y agarró cada uno de sus senos, pellizcando la carne, emitiendo olas de placer que se extendían hasta los pezones. Él seguía acariciándola, y ellos florecieron, y se hicieron más grandes bajo su caricia—. El dibujo fue impreso en mí cuando alcancé la madurez. El que tengo en la espalda me lo hicieron cuando... me uní a la primera mujer.
—Date la vuelta —Él lo hizo y Bella abrió los ojos de par en par. El dibujo de su espalda esbozaba las heridas de unas garras enormes perfiladas en color negro. Los dedos de Bella deambularon por la piel levantada—. ¿Quién te lo hizo?
—Uno de nuestros parientes.
—Debió dolerte mucho.
Él soltó una carcajada.
—Me lo hicieron cuando tuve relaciones sexuales con una mujer. Ni siquiera me di cuenta. Después, dolía como el demonio.
Qué cosa tan extraña, ¡la gente le había observado mientras perdía la inocencia! Su caricia recorrió su espalda ancha y musculosa. Trazó los cortes de su hombro. Nunca había visto tanta piel desnuda de un hombre. Cada músculo estaba tonificado y poseía un ligero color bronceado. A él le tembló el cuerpo y se dio la vuelta. La empujó suavemente hasta colocarla de espaldas sobre la cama, y la inmovilizó contra el suave colchón.
—Bella —ladeó la cabeza hacia un lado y la miró con intensidad—. Eres todo mi mundo, Bella.
Un escalofrió recorrió su piel femenina y sintió cómo se le llenaban los ojos de lágrimas. Le tembló el labio y lo atrapó con sus dientes para detener el movimiento. ¡Madre santísima! Le dolía el corazón.
—Te... te quiero, Edward. Ya sé que es demasiado pronto, pero yo... —ella le miró a los ojos y ahogó un grito. Las emociones en su cara hablaban de devoción, de cariño y de una abrumadora fe en ella.
—Bella.
Una lágrima cayó de su ojo y descendió hasta desplomarse sobre las sábanas. Él le separó las piernas con las rodillas.
—Había esperado que ocurriera, pero no me atrevía a soñar que escucharía esas palabras salir de tu boca esta noche. Te quiero, mi querida Bella.
Ella le puso una mano en el torso. El corazón latía justo debajo de su caricia.
—Tu corazón es mío, Edward, y mi corazón tuyo.
Él se acomodó entre sus piernas, con la caliente cabeza de su pene acariciando sus pliegues. Un fluido cremoso emanó de ella, y cubrió la punta de su miembro. Él empujó poco a poco, los labios de su sexo se abrieron y la punta se deslizó por su abertura.
¡Oh! Deseaba que la llenara. Sus piernas temblaban y se agitaban de un lado a otro, pero él seguía moviéndose a un ritmo lento y enloquecedor. Su carne se estiró y se estiró hasta que el la llenó completamente. Sus caderas se arquearon hacia arriba para recibir a las suyas.
Él hundió su vello púbico sobre su monte, y la tensión erótica se concentró en lo profundo de su vientre, dando lugar a un intenso placer. Echó las caderas hacia atrás y su largo falo se deslizó dentro; cada centímetro de su verga estimulaba las paredes de su vulva. La cima de la redonda cabeza tensó su piel cuando él salió por la abertura. Su matriz resplandecía con calor, temblaba, necesitaba las emociones que le provocaba él con su virtud.
—Más, Edward, más.
El siseó y volvió a empujar hacia dentro. Le temblaron los brazos mientras intentaba equilibrarse sobre ella. Bella recorrió con sus dedos los tensos músculos, y sintió su poder al cerrar con fuerza los ojos.
Su miembro volvió a deslizarse hacia dentro. Cada latido de su corazón resonaba a través de la dura carne, haciéndola temblar en su interior. Ella se arqueó y se balanceó de un lado a otro, acercándose a su cuerpo para crear una fricción con el suyo en aquel lugar que tan deliciosamente le cosquilleaba.
Él recibió sus caderas con un gemido. Volvió a retirarse hacia fuera. Le tembló el cuerpo, se abalanzó de nuevo sobre ella y se dieron la vuelta. La rodeó con sus brazos, abrazándola con fuerza, presionando el aire que salía de sus pulmones y manteniendo su cuerpo completamente inmóvil sobre él. Se sentía tan lánguida como una muñeca de trapo. Él controlaba cada uno de sus alientos.
Él le clavaba las caderas al introducirse más profundamente en ella. Con movimientos agitados pero controlados, todo lo que pudo hacer ella fue recibir sus embestidas.
Abrió las articulaciones de las caderas y extendió mucho más las piernas, con el fin de que su sexo quedara completamente abierto para él. Los músculos de su torso temblaban con violencia y la mantenían inmóvil sobre el colchón. Él siseó y aulló, se deslizó dentro y fuera una vez más, nuevamente y se abalanzó sobre ella.
Ella sentía la respiración pesada, y su cuerpo se estremecía con intenso calor y placer. El deleite estaba abriéndose paso.
Él se detuvo. Con una expresión salvaje en los ojos la miró con atención, meció las caderas de nuevo y gruñó. Su miembro, largo y fornido, palpitaba dentro de ella. La sensación de su semilla cosquilleaba su vagina y tensaba sus músculos. Sus caderas se zarandearon al frotarse contra él. Su cuerpo se agitó en un placer emergente y sus piernas le apretaron con más fuerza mientras gritaba su alivio.
Aunque para sus oídos no sonó como un grito, sino más bien una declaración.
Él le acarició el pelo con la nariz y aflojó el abrazo en su cuerpo. Ella bebió de la fragancia de su excitación y de su piel, y soltó un gemido. ¡Era una completa libertina! Su cuerpo no tenía otra sensación que la de saciedad. Él le acariciaba la espalda con la mano.
— ¿No te has quedado muy satisfecha, mi querida Bella?
Él calor inundó su cuerpo con una inesperada mezcla de vergüenza y excitación. El olor a canela que emanaba de su piel la hizo estremecerse.
Su pecho tembló en una risita sobre ella.
—No tienes nada de lo que avergonzarte. Bella. Tu cuerpo no quedará satisfecho del todo hasta que un Ursus crezca en tu interior. Dale tiempo. Entre tanto, haré lo que esté en mis manos para seguir dándote placer.
Edward observaba a Bella mientras esta dormía entre sus brazos. Sentía el cuerpo debilitado y vacío, después de los últimos tres días cargados de nervios y preocupación. Nunca había pensado que se establecería a aquella edad, pero no podía cambiar las cosas.
Bella... Podía oler a su osito creciendo dentro de ella. Se le erizaron los pelos de la nuca y suspiró. Aquello era todo lo que quería en la vida.
Ella abrió los ojos y le miró atentamente bajo sus párpados.
— Edward, ¿puedes contármelo? ¿Cómo llegaron a ser así los Ursus?
Su mano se cerró sobre uno de sus senos y ella emitió un gemido.
—Cuando nuestro clan iba a la batalla, llevábamos túnicas hechas con piel de oso que habían sido tratadas con aceites mágicos y hierbas para sacar todo el poder de la criatura. Quien llevaba esas prendas se veía poseído por la fuerza y la resistencia del oso en el momento de la batalla. Algo ocurrió durante uno de esos enfrentamientos hace muchos años... Se dice que fuimos maldecidos por un clan contra los que luchábamos, y la sangre de la piel del oso se mezcló con la sangre de la batalla y nos cambió para siempre. La fuerza y la resistencia eran las principales cualidades que el oso nos daba, pero con el tiempo empezaron a desarrollarse otras, cualidades que no eran propias de esas criaturas. Tenemos la capacidad de leer las mentes y las emociones de los demás, de utilizar nuestra fuerza no solo mentalmente sino también físicamente, y mover cosas. Todos tenemos esas habilidades en mayor o menor grado. Carlisle, por ejemplo, no puede mover cosas con la mente. Bueno, quizás si se esfuerza, pueda mover una pluma. Yo, por el contrario, puedo moverlo casi todo.
— ¿Los árboles?
—Sí —le sonrió—. No pude dejarte marchar.
Ella colocó una de sus manos sobre su corazón.
—Y los corazones.
Él la abrazó con fuerza.
—Yo no te he embrujado, Bella.
—Lo sé —ella le sonrió, se irguió hacia arriba y le miro a la cara—. Tu deseo hacia mí es lo que ha hecho que te ganes mi corazón, Edward —se inclinó y le besó en los labios.
La caricia, tan suave como la de una mariposa, hizo que él se viera inundado por un intenso calor y que se le erizara el pelo al mismo tiempo. Levantó la mano y le cubrió la mejilla, después deslizó su lengua dentro de sus labios abiertos. ¡Qué embriagador! Retiró la cabeza hacia atrás.
—Te quiero, Bella.
A ella le temblaron los labios y, antes de que pudiera hablar, él la besó con más fuerza haciendo que sus cabezas dieran vueltas de nuevo.
FIN DE LA PARTE DE EDWARD Y BELLA!
ESTE ES UN PEQUEÑO REGALO PARA ESOS HERMOSOS REVIEWS QUE ME HAN DADO…
RESPONDIENDO A UN REVIEW CLARO QUE MI AMADO JAZZ TENDRA SU TURNO JAMAS LO DEJARIA SOLITO JAJAJAJA
SIGUE EL EPILOGO… LO QUE NO SE ES SI SEGUIR LA HISTORIA DE ELLOS ACA TAMBIEN O PUBLICAR UNA NUEVA HISTORIA, QUE ME RECOMIENDAN?
SUBIRE EL EPPILOGO DEPENDIENDO DE CUANTOS REVIEWS TENGA… YA LO TENGO LISTO Y ES DESDE EL POV DE MI AMADO JASPER..
BESOS
