MAC

CAPÍTULO 01

Castillo Ursus,

En la costa del golfo de Botnia, 1801.

— ¿Cuál de ellos, Su Alteza? —la pequeña figura de Angela apareció detrás de Alice, mientras esta se levantaba a un borde del círculo e inhalaba profundamente.

La habitación incrustada en rubíes resplandecía bajo el apacible brillo de la antorcha, pero no surtía efecto a la hora de apaciguar sus nervios. Las manos de Alice temblaban; echó un vistazo alrededor de la habitación.

La celebración había tenido un buen comienzo. La gente estaba disfrutando mucho, bebían y entonaban canciones con emoción. La piel de Alice estaba cubierta por el rocío y se encogió de frío. ¡Qué gracia! Deseaba que pudiera relajarse lo suficiente como para disfrutar de aquella reunión de Ursus, pero aquel año era diferente. Observó la ligera forma de su hermano sentado en un trono con incrustaciones de oro y esmeraldas. Aquel año todo había cambiado.

Un hombre le pasó una copa de vino dulce. La fragancia del clavo y las especias se arremolinaban en el aire, y sintió cómo se le hacia la boca agua. Un buen vaso de vino podría ayudarle a relajar sus nervios. No. Aquello no funcionaría. Necesitaba estar bien fresca para cuando llegara el momento.

Alice suspiró de nuevo y dirigió su atención de vuelta a la línea de hombres que su hermano presentaba.

El de aspecto brusco era el único que le atraía. ¿Sería brusco con ella? ¿Tendría el valor suficiente como para liberar su rabia contra su hermano si este se le acercaba demasiado?

No.

Sus hombros se hundieron. Cada uno de aquellos hombres había sido seleccionado por su hermano porque cumplían con sus deseos: los deseos de un nuevo rey. Ninguno de ellos poseía la determinación ni la voluntad necesarias para ser su verdadero compañero. Aunque todos olían como tal. Vaya un embrollo. Toda su vida dependía ahora de unos instintos que no era capaz de controlar. No tenía derecho a voto. Parecía una niña malcriada cuando hablaba de aquella manera, pero no podía seguir formando parte de los jueguecitos de su hermano.

—Pruébalos, mi querida malcriada. A ver si hay alguno que te guste —la detestable voz de su hermano resonó y la habitación cayó en el silencio.

Sorprendente. Ella apretó los dientes y se le erizó el vello de la nuca. Todos los que se encontraban en la sala habían escuchado a su hermano. Ella supuso que era así como debía ser, pero aquellas palabras hacían que se le pusiera la carne de gallina. « ¿Pruébalos?». No tenía otra elección. Entrecerró los ojos, y el estómago se le revolvió. Quería pisar con fuerza el suelo y abalanzarse sobre su hermano para darle un buen golpe. ¡Qué gracia! ¿Qué le había pasado? «Alice, ahora él es el rey. Puede hacer lo que desee, y tú debes obedecerle».

Cerró los ojos y tomó una profunda bocanada de aire para ganar algo de valor. Sí, probaría a alguno de ellos para complacer a su querido hermano, el rey de los Ursus.

— ¿Y por qué no probarlos a todos, mi querido hermano? —las palabras la dejaron sin respiración aludir de su boca.

—Perfecto, querida. ¿Cuál irá primero? —los ojos de su hermano resplandecieron, y una sonrisa burlona hizo temblar sus mejillas, suaves y pálidas.

Alice se esforzó para que sus labios borraran la expresión de enfado de su cara. Deseaba poder darle una bofetada allí mismo.

Su mirada recorrió atentamente a sus posibles compañeros. Él los había elegido a todos por una razón específica, así que se preguntó cuál le gustaría más a su hermano.

El primero, lord Arand, poseía una riqueza bien conocida y tenía relaciones en España. Una especie de grasa, que seguramente le habría llevado una semana aplicarse, brillaba sobre su pelo negro, corto y sucio. Lo más probable era que hubiera intentado intensificar el olor a anís con la esperanza de despertar en ella algún tipo de atracción. El anís era una fragancia secundaria en los compañeros, pero seguía siendo una fragancia al fin y al cabo. Un escalofrío le recorrió la espalda. Tendría que dejar que aquel hombre la tocara. El pelo de la nuca se le erizó y se obligó a no reflejar el estremecimiento que le provocaba aquello.

El siguiente hombre, lord Franlish, era el mejor de los tres en apariencia. Tenía los hombros anchos, el pelo lacio, largo y negro, barba, y una fragancia a miel que la atraía mucho. Sus redondeados bíceps eran señal de fuerza y sus pómulos dios y su nariz suave y arqueada... tenía una cara atractiva. Pero justo aquella semana había oído que su casa estaba llena de animales que había adoptado para evitar que los sacrificaran.

No es que un hecho como aquel se le tomara en cuenta a un caballero, pero la acción demostraba la ternura de su corazón, por lo que sin duda, no se atrevería a oponerse a su hermano si a este se le antojaba algo de ella. Se le tensó la mandíbula.

No podía permitir que algo así ocurriera. Llegaron a su mente recuerdos rotos, fragmentos de imágenes en las que se veía arrinconada en el pasillo, con unos dedos pellizcándole los pezones, al mismo tiempo que un aliento cálido y a bebida la rodeaba. Y sus detestables palabras —«Harás lo que le diga porque ahora soy el rey. Puedo poseer todo tu cuerpo si así lo deseo»— amenazaban con acabar con su cordura.

Nunca volvería a ponerle una mano encima.

Ninguno de aquellos hombres lo haría nunca. Miró de nuevo a lord Tremis, el tercero de la fila. Su esbelta forma y su comportamiento tímido despertaban una sensación de pena en ella. Ninguna mujer del reino se había acostado con él, que ella supiera; la hermana de la abuela de Angela era amante de muchos y conocía todas las costumbres sexuales de los hombres que había dentro de los muros del castillo. O bien era verdaderamente tímido, como todo el mundo pensaba, o bien disfrutaba con otro tipo de compañía.

Aquella elección tampoco la protegería.

No deseaba intentarlo con ninguno de aquellos hombres. Cerró los ojos otra vez con la esperanza de que, cuando abriera los párpados, los tres hubieran desparecido. ¡Qué estúpida! Negó con la cabeza y suspiró.

Echó un vistazo alrededor de la celebración y de los cientos de Ursus en la habitación. Su única esperanza estaba en aquella fiesta, seguro que uno de los cientos de enormes hombres tendría el valor suficiente como para enfrentarse a su hermano. No había puesto sus ojos en la mayoría de todos aquellos hombres. ¿Habría venido su verdadero compañero a la celebración, atraído por el instinto que le conducía hasta su lugar de origen?

Un pequeño rayo de esperanza le calentó el corazón. Estaría condenada a una eternidad de tener que tratar con su hermano si empezaba el Orsse con alguno de los sonsos que se le presentaban. No obstante, ¿qué otra opción tenía? La tradición en su familia dictaba que el rey podía utilizar a las mujeres a su antojo y capricho. Cerró los ojos ¿Qué ganaba él con cualquiera de aquellos hombres además de un fácil acceso a ella?

Volvió a echar un vistazo a su alrededor y se mordió el labio. Su doncella, Angela, retiró el pelo de su hombro con la mano.

—Tengo el aceite de sándalo, Su Alteza. Podría intentar ocultarles su fragancia a esos hombres.

A Alice le latió el corazón con fuerza. «El aceite de sándalo». Giró la cabeza lentamente, sin atreverse a creer que su doncella hubiera encontrado aquella fragancia tan potente. Su mirada se encontró con los verdes ojos claros de Angela en un gesto de desesperación.

— ¿Estás segura de que surtirá efecto?

—Sí. Mi hermana utilizaba la fragancia para que su amo no la oliera como una mujer con la que pudiera juguetear en su casa. Dice que la fragancia funcionó a la perfección. Nunca se le acercó, porque las complicaciones de acostarse con una compañera potencial eran demasiado graves para él. Y te aseguro que ella es muy hermosa.

—Sí, utilizó la fragancia para obtener el efecto contrario, para oler como una compañera, pero ¿no funciona la fragancia para no oler como tal?

—Así es, Su Alteza. El sándalo es poderoso no solo por el olor que despide, sino también por las cualidades místicas que posee y por las que se puede enmascarar la identidad.

Angela se giró hacia los hombres que se levantaban ante ella. Todos eran conscientes de que era una compañera porque así se lo habían confirmado. ¡Maldita sea! El aceite no funcionaría con ellos. Atrapó el labio inferior entre sus dientes una vez más. Tendría que permitir que uno de ellos la tocara.

— ¿Desea que frote el aceite en su piel. Su Alteza?

—No, Angela, la fragancia tendrá que esperar, cuando no tenga otra opción. Utilizaré el sándalo para encontrar por mí misma al compañero que desee —unos cálidos rayos de esperanza se extendieron por su vientre. Sin el conocimiento de su hermano, podría utilizar el sándalo para intentar atraer a cualquier hombre del reino que le gustara. Podía ver si se ajustaba a sus necesidades, y su hermano no sospecharía de sus intenciones, porque los demás hombres no reconocerían su fragancia.

Sí. Después de cumplir con aquella tanda de pretendientes que le ofrecía su hermano, pasaría el resto de la noche empapándose en sándalo.

—En realidad, cuando acabe esto, Ann, cuando me bañes, ten preparada la ropa cubierta con la fragancia —le dijo con una sonrisa cargada de esperanzas.

—Como desee, Su Alteza.

Alice sintió cómo se le comprimía el pecho y tragó saliva con fuerza. Nunca había hecho algo tan aparentemente retorcido, pero era su vida la que estaba en juego. Solo tenía aquella noche para intentarlo. Su hermano conocía bien su fragancia y empezaría a sospechar si un nuevo y potencial compañero se presentaba por la mañana.

Echó un vistazo a su alrededor. El compañero que iba a elegir tenía que estar en algún lado, mezclado con los asistentes a la fiesta. Se le puso la piel de gallina ante la excitación. Le encontraría aquella noche.

Enderezó los hombros. Primero necesitaba comprobar lo inadecuado que era aquel lote de pretendientes aprobados por su hermano.

Volvió a mirar a los tres hombres y tragó saliva con fuerza.

—Muy bien, hermano —no se giró para mirarle—. Probaré las lenguas de cada uno de estos hombres. Aquel que consiga lograr que alcance el orgasmo será considerado.

Nunca había llegado al clímax al ser masturbada oralmente, así que aquello demostraría su argumento.

—Poneos de rodillas.

Los sirvientes empezaron a andar de un lado a otro, trajeron cántaros, toallas, mantas y almohadas. Cada uno de los hombres se arrodilló sobre una almohada en el suelo, esperando sus instrucciones. Alice puso los ojos en blanco y suspiró. Era su deber por haber nacido como una privilegiada.

Con rodillas temblorosas, camino hacia delante. El contacto del frío mármol del suelo contra las plantas de sus pies desnudos le golpeó las pantorrillas como punzadas congeladas atravesándole la piel, y el corazón se le heló en el pecho. «No, no dejes que este acto te disuada, Alice». Enderezó los hombros, y reunió todo su valor para no dejarse arrastrar por su mitad animal, y después se inclinó delante de lord Tremis. Aquel acto conseguiría satisfacer su lado primitivo, así que pretendía concentrarse en ello y no en la razón por la que lo sentía.

Su pelo negro como el carbón cayó en rizos sueltos sobre el hombro y sobre la espalda del primer pretendiente.

A él se le tensaron los músculos de la espalda.

Alice abrió los ojos de par en par. Él estaba asustado. Tendió la mano y acarició su inclinada cabeza, su pelo corto y erizado le arañó los dedos.

—Usted, lord Tremis, será el primero, después lo harán lord Arand y luego lord Franlish.

Después siguió la línea hasta colocarse frente a Arand.

Él frunció el ceño y olfateó el aire.

—Delicioso.

Un escalofrío de miedo recorrió la piel de Alice, y la estela de pánico le puso de punta todo el vello del cuerpo. El estómago le daba vueltas. Él podía olerla y su cuerpo también respondería a su caricia. Tomó una profunda bocanada de aire que no hizo otra cosa que llenar sus pulmones. Podía superar aquello.

Miró a su hermano mientras una joven sirvienta se colocaba sobre su regazo. Él descendió la mano hacia su seno y lo sacó por el escote de su vestido. La chica se retorció. Él le susurró algo al oído. Ella abrió los ojos de par en par y se relajó visiblemente. La blancura de su piel era como la nieve, pura, y su cabello pelirrojo no hacía otra cosa que acentuar su aire de inocencia.

Él le levanto las faldas con las manos, desnudando un rebelde ramito que cubría su monte de Venus. Era joven, el tipo de diversión que prefería su hermano cuando no estaba intentando arrinconar a Alice. Su mano se extendió por los muslos de la chica y después se perdieron en el centro. La chica se tensó. Estaba claro que era virgen. Alice tuvo que apretar los dientes ante los perversos gustos de su hermano.

Él estaba completamente ocupado.

Una punzada de alivio relajó los hombros de Alice, pero ¡qué horroroso de su parte le pareció contentarse porque la joven chica consumiera la atención de su hermano! Aunque no podría observar a Alice mientras se entretenía con aquellos hombres, por lo que nunca sabría si ella disfrutaba o no. Una sensación acre y cálida le quemó el estómago: estaba loca de rabia.

Odiaba a su hermano.

Tenía todo el derecho de obligarla a casarse con cualquiera de aquellos hombres, aunque no le importaba en absoluto si ella no iba a ser feliz con ninguno de ellos.

Se giró hacia lord Tremis.

—Lord Tremis, acérquese.

QUE LES PARECIO?

QUE HERMANO EL DE ALICE POBRE DE ELLA

AUNQUE YO QUIERO 3 HOMBRES QUE ME HAGAN ORALES JAJAJAJA

ME REGALAN UN REVIEW?

BESOS