CAPÍTULO 02

Jasper entró a grandes zancadas en el salón real, con su pelo moreno cayéndole sobre uno de sus hombros, y se quedó mirando el bóveda dorada. Cinco arañas de oro y rubíes colgaban suspendidas de sus cadenas. Los suelos de mármol perfectamente pulidos resonaban bajo sus pies, aunque la habitación rugiera, cargada por las constantes carcajadas, las conversaciones y las canciones.

—El señor Jasper Cullen.

El anuncio de su llegada al salón pasó completamente desapercibido, mientras las jubilosas bromas continuaban resonando en las paredes. Él sonrió y la emoción recorrió su piel como la lengua de una mujer.

Había pasado años desde la última vez que había asistido a una reunión de Ursus. Maldita sea. Qué bien le hacía sentir el estar en una habitación donde todos eran de su mismo tamaño. Incluso las mujeres, aunque eran algo más bajas en estatura que los hombres, poseían unas curvas abundantes redondas y una increíble presencia.

Sus ojos recayeron en una mujer que reía y empujaba sus bien dotados pechos hacia una mesa llena de hombres. Todos los Ursus exudaban sexualidad. No se vería obligado a ocultar quien o que era aquella semana. Sus músculos se relajaron como si un cubo de agua caliente hubiera sido derramado sobre él. Sí.

Para cuando llegara el final de la velada, las mujeres estarían bailando bajo aquellas lámparas, al tiempo que los pervertidos hombres las observaban desnudarse antes de follar en una masiva orgía sobre las mesas y el suelo.

Su pene se endureció ante la imagen de la primera vez que había asistido a una reunión como aquella, cuando aún era muy joven, y los recuerdos de Bella, aquella vez que su hermano y él se pelearon, verdaderamente, por una mujer. Bella también había sido una posible compañera para Jasper. Hasta ese día, Edward nunca lo supo. El corazón de Jasper le oprimía el pecho.

Jasper se había enamorado de ella, Bella había cumplido con su deber, el de ser su primera mujer en la ceremonia de la marcación, y después se había evaporado. Los instintos que Jasper sentía por ella no habían desaparecido. Simplemente el recuerdo de su dulce fragancia de gardenia provocaba la sensación de posesión. Ojalá no hubiera caído en desgracia por haber ido detrás de ella. Se había comportado como un llorica. Nunca iría detrás de ninguna mujer otra vez, no importaba cuán desesperadamente la deseara, si ella no le deseaba a él... Se deshizo de aquella idea.

El deber requería que fuera a saludar al rey. Tendría que abrirse camino para llegar al trono. Anunciarse a sí mismo solo era un gesto de educación antes de tomarse la libertad con cualquiera de sus mozas reales. Incluso aunque no hubiera pretendido entregarse a todos los placeres que la fiesta le proporcionaba, quería disfrutar lo suficiente con alguna de las mujeres del rey durante la velada. En aquel momento, no quería que le preocupara la opinión que tenía acerca de los gustos de su líder.

El brutal viaje por el mar hasta su tierra natal le había dejado agotado. Necesitaba encontrar a una mujer que no revolviera demasiado sus instintos de apareamiento y tener relaciones con ella hasta que saciara su necesidad y caer después rendido a la cama y al sueño.

Se le tensó la mandíbula cuando las fragancias de la cerveza, del vino y de las mujeres invadieron sus sentidos. Conocía perfectamente bien lo que era la fragancia de una compañera y lo que esa fragancia había provocado en su familia al llegar Bella, la que ahora era la compañera de por vida de su hermano. El ritual de Orsse había salido bien al final, pero no toleraría ninguna falta de control más aquel año.

Rodeó una de las mesas circulares, y una mujer con unas bellas y abundantes curvas le pasó un cáliz. Él sonrió.

—Gracias, señora —cogió la copa de oro en la mano y levantó el vaso hasta su nariz para olfatear el contenido. La dulce fragancia del vino tinto tranquilizó sus pensamientos. Su lengua acarició el cálido metal y trazó el borde de la copa, después absorbió el denso líquido en su boca.

Él miró a la mujer por encima del borde de su copa. Se deleitó con sus caderas redondas y generosas y el abultamiento ligeramente rollizo de su vientre.

— ¿Le gusta lo que ve, milord? —la mirada de Jasper se desvió entonces hacia su cara, y esbozó una ligera sonrisa.

Pensó que aquella mujer y él podrían divertirse un rato nada más. Era perfecto. Él caminó hasta acercarse a ella, y la sangre se le volvió más densa ante el olor intenso de la rosa. Olía como una compañera. Frunció el ceño. Tendría que encontrar a otra.

—Es una mujer extremadamente agradable, señora. Aunque no deseo acostarme con ninguna compañera esta noche hizo una leve reverencia.

—Oh, qué pena, milord. Estoy segura de que es una maravilla en la cama —le guiñó el ojo.

Él sonrió ampliamente.

—Gracias, señora.

Jasper se dio la vuelta y se abrió camino hacia el rey. Avanzó a empujones por la multitud, un gemido de dulzura le detuvo en sus pasos. Él busco a través de los asistentes, en busca de la fuente de un éxtasis como ese.

Su vista se cerró en una mujer con el pelo de ébano que estaba sentada en una silla. Sus piernas rollizas y temblorosas estaban apoyadas sobre cada uno de los brazos de la silla, mientras su fina falda de gasa, arrugada en sus manos a la altura de la cintura, resplandecía bajo la luz de la antorcha con cada movimiento de su cuerpo. Sin duda era alguien de la corte real.

Un hombre con el pelo rubio, que poseía una estatura ligeramente más baja que Jasper, dirigía el delicioso aunque restringido sonido de su placer. La boca del hombre de pelo rubio masturbaba la vulva de la diosa. Su cabeza se balanceaba arriba y abajo con cada lametón de su lengua, provocando una melodía de pájaro a la que Jasper no se podía resistir.

En ningún otro lugar que no fuera su tierra natal era posible disfrutar de un espectáculo como aquel. La boca se le hacía agua, y se lamió los labios; deseaba ser el hombre que saboreaba su dulcísimo fluido.

Pero, ¿se identificaba ella como una posible compañera?

El inhaló profundamente, deseando que su fragancia llegara hasta él. La fragancia de su vino invadió su nariz.

¡Maldita sea! Con tantas fragancias en la habitación, era imposible distinguir su aroma estando tan apartado de ella. Estaba decidido a averiguarlo.

La vio a ella arañándole la espalda mientras él la presionaba hacia arriba contra la pared, con las manos levantándole la falda para poder saborearla mejor, escuchar su gemido y su grito por él a medida que bebía su néctar... todas aquellas imágenes le endurecieron la verga.

Mmmm. Eso era, se acostaría con ella. Le excitaba de una manera que él deseaba. Se estaba consumiendo por un deseo que no estaba dispuesto a dejar escapar... y él la haría volar. No le importaba que pudiera ser una compañera.

— ¡Es la hora! —gritó una pequeña sirvienta, cuando se acercó a la mujer que se sentaba en la silla.

Jasper echó la cabeza hacia atrás, atónito. ¿Le había dado ella tiempo limitado para hacer lo que estaba haciendo? El hombre se levantó, se enjugó la boca con la mano, se dio un tirón de la barba y después se lamió los labios. Él inclinó la cabeza hacia la mujer.

—Su Alteza, siento no haberle traído el placer que esperaba.

Era de la realeza. No solo era un miembro de la corte real: deseaba que la hicieran alcanzar el orgasmo en una cantidad limitada de tiempo. Él cerró los ojos. Los juegos a los que jugaban los miembros de la élite le sorprendían.

Ella se sentó recta, y el trozo de gasa que había atrapado en su mano cayó sobre sus muslos. La tela, del mismo color que sus piernas pálidas, resplandecía con purpurina de color plata. Se puso de pie, y la tela cayó al suelo, sin revelar absolutamente nada. ¡Maldita sea! Si se hubiera atrevido a llevar aquel vestido para asistir a un asunto público en Inglaterra, la hubieran metido en prisión.

El oscuro parche de rizos que asomaba en el vértice de sus muslos contrastaba en color con sus ojos. La carne circular y puntiaguda de sus senos sobresalían por la fina tela, rogando ser chupados y mordidos.

Él tragó saliva con fuerza, y los músculos del estómago se le tensaron.

No había duda de que él sí podría hacerle alcanzar el placer bajo cualquier tipo de condición temporal que le hubiera dado a aquel hombre de pelo rubio. La pequeña sirvienta se arrodilló ante la diosa, y con un trozo de tela, empezando por el pie., comenzó a secar todo su cuerpo, quitando cualquier rastro de sudor y fragancia que hubiera dejado el otro hombre.

Podía pedir que se la presentaran, pero... ¿a quién lo haría? Echó un vistazo a su alrededor en busca de una cara que le resultara familiar. ¿Le reconocería algún amigo de la infancia? No, todos habían cambiado demasiado desde su ritual de marcación, y él no podía acordarse de mucho más que de estar acostándose con Bella mientras otro Ursus le clavaba las garras en la espalda, dejando grabado para siempre el color negro del dolor y el estímulo de su primer orgasmo. Se giró hacia la silla en la que se levantaba la diosa. Había desaparecido.

¿Adónde habría ido? El estómago se le revolvió y el pánico le golpeó como una tormenta torrencial. Necesitaba encontrarla. No podía dejar que una visión como aquella se desvaneciera sin probar antes su ofrecimiento. Se abrió paso a empujones a través de la multitud de gigantescos cuerpos, deteniéndose en el punto exacto en el que ella había estado hacía solo un momento. La toalla que la sirvienta había utilizado para limpiarla estaba en el suelo. Él inhaló profundamente y olfateó la fragancia... El sándalo colgó en sus pulmones. Sándalo. No era una compañera para él.

Él suspiró, y sus hombros se le desplomaron, debido en parte por el alivio y en parte por la decepción. Hizo los pensamientos negativos a un lado de su mente. Podía acostarse con ella toda la semana y no sentir la atracción, la desesperación que venía después de la unión con una compañera.

Se dio la vuelta. La sirvienta que la había aseado se levantaba mirándole, la toalla que había descansado en el suelo estaba ahora agarrada a sus manos.

—Discúlpeme. ¿Adónde ha ido esa encantadora mujer?

Los ojos de la sirvienta bajaron a sus zapatos, después señaló a la enorme puerta de madera.

—Gracias —pasó tras ella y agarró el picaporte Incrustado en oro. Giró el pomo, la puerta se abrió y él se coló en el interior.

Se detuvo un momento para permitir que sus ojos se adaptaran a la tenue luz. Se quedó de pie en la entrada. Unas ventanas arqueadas alineaban las paredes al lado opuesto ¿Dónde estaba ella?

Miró hacia la izquierda, donde una pareja estaba enzarzada en su apareamiento, apoyada contra el alfeizar de una ventana más abajo. Miró con los ojos entrecerrados a la mujer y distinguió su pelo brillando de color oro bajo la luz de la antorcha. No era su diosa de ébano.

Se giró hacia la derecha. Un pasillo varío se extendía ante él. Maldita sea. Nada.

Cerró la puerta, bajó por el pasillo y se alejó de la pareja que copulaba. Sus gemidos llenaron el pasillo mientras se unían, dándose placer el uno al otro de una manera profundamente camal. Cada nota alcanzaba su cuerpo, provocando su deseo, su necesidad de aparearse. La excitación hacía que tuviera los nervios a flor de piel. ¿Adónde había ido?

Al final del pasillo había otra puerta, a la izquierda. Caminó a grandes zancadas hacia la entrada y tendió la mano hacia el picaporte. La puerta se abrió antes de que pudiera alcanzarlo. Dejó caer la mano y se quedó allí inmóvil, cuando la puerta se abrió y su diosa caminó hacia él sin levantar la cabeza. Sus abundantes curvas conectaron con su dureza, y sus deseos carnales se dispararon ante el posible festín que iba a darse con ella.

Alice soltó un grito al golpearse con un torso sólido y ancho que olía pesadamente a clavo. Inhaló profundamente y dejó que la fragancia recorriera su cuerpo. Echó hacia atrás la cabeza para percatarse del poseedor de la cálida fragancia. Un aliento de sorpresa se quedó atascado en su garganta cuando contempló al hombre. Un pelo moreno, salvaje y rizado le llegaba a los hombros, y sus ojos acristalados y de color esmeralda brillaron con una intensidad depredadora.

Se le erizó el vello de la nuca. ¡Qué gracia! Él la inquietaba. No sabía si darse la vuelta y cerrarle la puerta en la cara o si dejarse envolver por su intensidad. Nunca había visto a un hombre así antes.

—Discúlpeme, Su Alteza —sus ojos descendieron por su cuerpo hasta su pecho. La respiración le tembló—. Estaba observándola en su juego a cronometrado y quedé cautivado con su canción —unas piscinas de color jade capturaron de nuevo sus ojos—. He llegado a la conclusión de que he de oírle gritar.

Una sensación de sensual placer hizo que le ondearan los músculos. ¿Gritar? ¡Oh, sí! Tan solo su mirada hacía que una sensación de placer erótico le descendiera por la espalda. Podría alcanzar el éxtasis solo por la forma en la que le miraba.

— ¿Gritar? Vaya... ¿y de qué manera, señor? —Dios mío, era delicioso.

Él esbozó una sonrisa y la alegría se reflejó en sus ojos.

—Mientras alcanza el orgasmo una y otra vez. Su Alteza.

Oh, sí. Deseaba aquello. «Recuerda tu plan, Alice».

—Lo siento, señor, pero no le conozco. Por favor, hágase a un lado —«Por favor, que no se mueva de donde está». Deseaba aquello. Él era un compañero y ella tenía que averiguar si él podría ser capaz de reclamar lo que era suyo.

— ¿Su Alteza?—levantó la mano, y con el dedo índice curvó un mechón de su pelo. Cada giro de su dedo tensaba más el mechón.

Su mirada saltó directamente hacia sus profundos ojos verdes y la rezagó allí mientras su corazón latía con cada giro de su pelo en su dedo. Un escalofrío de esperanza la inundó y sintió cómo la piel se le cubría de rocío.

—No creo que quiera ir a ningún otro sitio, ¿verdad, Su Alteza? —tensó el pelo en otro giro de su dedo, y ella sintió agujas que le atravesaban el cuero cabelludo. Tiró del mechón y su cabeza se arqueó contra la presión. Cerró los ojos, y se deleitó con los hormigueos que explotaban de su matriz—. Más bien creo que quiere follarme.

« ¡Qué gracia!». Sus palabras... la humedad inundo sus labios vaginales. En realidad, deseaba el acto, pero no podía aceptar con tanta facilidad. Necesitaba ver más. Más de su magnitud.

Los labios del extraño conectaron con la columna de su cuello. Unos cálidos escalofríos descendieron por su cuerpo y gimió.

Levantó la mano. Temblaba. Nunca antes había experimentado un temblor igual ante el contacto de un beso en su piel. Empezó a respirar con dificultad y la fragancia del sándalo la invadió. Se le tensaron los músculos. El sándalo. Él... él pensaba que ella no era una compañera, aunque en realidad sí lo fuera.

«Tranquilízate, Alice. Esto era lo que tú deseabas. Inténtalo con él. Comprueba si tiene la determinación necesaria como para enfrentarse a tu hermano».

Detuvo la mano a medio camino, cuando se disponía a acariciarle el pelo. Echó hacia atrás el brazo, abrió bien los dedos y la balanceó hacia delante.

Plaf.

Sintió cómo le escocía la palma de la mano al darle una bofetada a la altura del oído. El fuerte ruido del golpe resonó en las paredes del pasillo.

Él gruñó, y sus dientes mordieron la piel de su cuello. Ella agitó el cuerpo con violencia, y sintió un escalofrío que se extendió hacia su vulva, inundando sus paredes internas. Un gemido salió de su boca cuando él volvió a morderla, con más fuera que antes. Ella arqueó el cuerpo hacia él, frotó sus caderas, su monte contra sus grandes y firmes músculos en una llamada que le invitaba a unirse a ella. «No, no, no, Alice».

—Aléjese de mí, señor. ¡De inmediato!

El rió entre dientes.

— ¿Está segura, Su Alteza? Su cuerpo parece decir algo completamente opuesto.

Las palabras calentaron su oreja y él deslizó su lengua dentro. Distinguió el olor de la humedad que estaba descendiéndole por los muslos. No podía negarlo: le deseaba. Necesitaba servirse de otra táctica para comprobar cuán determinado podía llegar a ser. Sería un tormento para él, una provocación.

—Muy bien. Entonces, haga lo que le digo.

—No, Su Alteza. Será usted quien haga lo que yo diga —retiró su cabello hacia atrás y escondió los dedos entre sus mechones—. Con sus manos, desabroche los botones de mi chaleco.

Ella se mordió el labio y levantó la mano en un gesto de protesta. Las manos le temblaban terriblemente mientras tiraba de cada botón cubierto de tela y los deslizaba dentro de los ojales.

Él retiró su cabeza hacia atrás y la mantuvo a un ángulo preciso. Ella no podía verle ni la cara ni el pecho. Sus dedos desabrocharon el último botón y todo su cuerpo se estremeció. Le deseaba a él y deseaba lo que estaba sucediendo.

Él respiró también con más dificultad y el ascenso y descenso de su pecho bajo la tela reflejó el efecto que ella tenía sobre él. Ella deseaba bajar las manos para saber exactamente el tipo de atributo que poseía. Sus dedos se deslizaron hacia abajo, recorrieron el suave hilo de seda de su pretina.

—No —él tiró de su pelo y presionó el cuerpo contra el suyo.

Ella quedó atrapada entre la fría piedra de la pared sobre su espalda y la enorme y dura calidez de su cuerpo sobre su pecho. Al verse incapaz de realizar ningún movimiento, el corazón le latió como un tambor emitiendo un sonido tan fuerte que hubiera jurado que podía oírlo.

Su largo y grueso miembro presionaba contra su suave estómago. El grosor de la punta se estrechaba hasta un mango largo e igualmente grueso. Su sexo era tan sólido como su propia muñeca.

Él giró las caderas. La presión... era deliciosa. Un jadeo se le escapó de su boca en respuesta. Se mordió los labios e intentó reprimir cualquier cosa que le alentara a seguir y gimió en silencio ante la tortura de su juego.

Él soltó una risita.

—En realidad, sí que me deseas. Deseas que mi falo se deslice dentro y fuera de tu implorante sexo. Saca la camisa de mi cintura, levántala y acaríciame el torso.

Le temblaron las manos al agarrarse al fresco algodón y la humedad de su excitada piel se pegó a la suave tela, a medida que la deslizaba hacia arriba. Sintió cómo a él se le tensaban los músculos cuando sacó los faldones por la cintura.

Su calor... su fragancia... dulce y natural. El fuerte olor de su erección llegó por el aire hacia ella, invadiendo cada poro de su piel. La necesidad por tocarle le hizo estremecerse.

Deslizó las manos bajo la fresca tela. Flexionó los dedos y sus uñas resbalaron a lo largo de una de sus costillas, y las clavó ligeramente en su piel. Él tembló.

Interesante. Le gustaba aquello.

Él se abrió paso con las manos hasta colarlas entre sus muslos y empujó a un lado la tela de las braguitas. Uno de sus dedos estudió la entrada a través de la tela, y ella abrió las piernas. Sus jugos cremosos y resbaladizos se pegaban al tejido mientras él frotaba los dedos contra su sexo.

« ¡Oh!». Anhelaba más de su caricia. Sus manos se aferraron a su pecho y le arañaron la piel.

Él respiró a través de sus dientes apretados y después, exhaló.

— ¿Cuáles son las reglas de su juego, Su Alteza? —dejó inmóvil la mano y luego presionó hacia delante, y cubrió y sujetó su sexo y su monte. La dejó rezagada allí, y el calor de su palma contra su sexo hizo que sus caderas presionaran hacia delante, frotaran, en un intento por hacer que la moviera—. ¿Su Alteza?

— ¿Mi... mi juego? —notó el temblor en su respiración cuando él flexionó los dedos. La áspera textura de la tela tiró de su dilatada piel en un movimiento cargado de sutil y tortuoso placer. ¡Oh! Cómo deseaba ella que él le acariciara más profundamente, que estudiara todos los delicados recovecos de su cuerpo.

—Sí —su respiración cosquilleó en su cuello mientras la cálida humedad de su lengua se arrastraba por sus labios—. He sido testigo del hermoso juego solo durante unos pocos momentos antes de que su sirvienta pusiera fin con un grito.

Él pensaba que ella jugaba a una especie de juego real, cuando realmente estaba arriesgando todo su futuro. Tragó el nudo que se le había alojado en la garganta. En cierto sentido, tenía razón en lo que decía: ella había estado jugando con todos aquellos hombres, así como con él.

—Yo... yo les dije que aquel cuya lengua pudiera lograr llevarme al éxtasis en menos de cuarenta lametones sería considerado como un posible marido para mí.

Sintió cómo la curva de sus labios formaba una sonrisa justo antes de que se estrellaran contra los suyos. Una sensación de deleite se apoderó de ella. Él sabía a vino y a tabaco. Un escalofrío de lujuria masajeó las paredes de su vagina.

Él recorrió sus labios con la lengua y después se hizo hacia atrás. Su nariz, sus ojos de un intenso color jade la atraparon. Ella se estremeció ante el gesto de intimidad y el deseo resplandeció entre ellos. Sus pupilas devoraban el verde brillante de sus ojos. ¡Qué gracia! ¿La había afectado tanto la mirada de un hombre antes?

—Muy bien, entonces. Cuarenta lametones, ¿no es así? Te haré llegar al éxtasis en cinco.

— ¿En cinco? —ella enarcó ambas cejas. Nadie podría hacer que alcanzara el clímax en tan solo cinco lametones. Ni siquiera nadie había conseguido hacerlo con su lengua.

— ¿Crees que lo que digo es falso? —El tono de su voz llevaba una nota de dureza y de reto—. Dos para humedecer tus labios inferiores de color rosado —su lengua trazó su labio inferior y después el superior. Ella abrió la boca y emitió un suspiro.

—Uno para que pueda saborear la miel que mana de tu interior —arrastró la lengua hacia su boca, haciendo círculos y danzando al ritmo de los latidos de su corazón. Ella sintió cómo se le contraía el pecho y unos hormigueos de éxtasis erizaron sus pezones e hicieron que arqueara el cuerpo hacia él. Él reprimió el tono de susurro en su voz —Uno para estimular y girar sobre tu pequeño capullo —su lengua rodeó en círculos la comisura izquierda de su boca como si estuviera lamiendo un dulce rastro de comida que ella acabara de comer. Sus piernas temblaron y flaquearon contra sus muslos.

—Y un lametón largo, suave y firme, desde abajo hasta arriba. Alcanzará el éxtasis. Su Alteza, y lo hará con mucha intensidad. Y después, beberé cada rastro de crema que se derive de ello —cada palabra que él pronunciaba acariciaba la carne de su sexo como si estuviera masturbándola con sus dedos. Su cuerpo anhelaba su caricia.

Él le levantó los brazos y le hizo cerrar los dedos sobre el soporte de hierro que sujetaba la antorcha que había sobre su cabeza.

—No se suelte, Su Alteza —cayó sobre sus rodillas, delante de ella.

A ella le daba vueltas la cabeza.

«Cinco lametones».

Nunca. Nunca antes había alcanzado el orgasmo de aquella manera. Seguramente estaría bromeando.

Le levantó el trasero y, tras apoyar sus rodillas sobre sus hombros, presionó la tela de sus faldas entre sus muslos. Llevó la cabeza hacia ellos. La sedosa caricia de su pelo acarició la sensible parte interior de sus muslos y ella dio una sacudida involuntaria.

—No se mueva, Su Alteza —sopló una profunda bocanada de aire sobre su sexo, y sus músculos se relajaron, dejando que el vino especiado se insuflara en sus venas.

Él la levantó y la apartó ligeramente de la pared, con la boca a la altura de su sexo. La cálida y húmeda punta de su lengua acaricio su abertura en la base de su ano.

Ella se estremeció, y le temblaron los brazos en un intento por mantenerse erguida.

El lametón ascendió por el labio izquierdo de su vulva, presionando su capullo antes de retirar la lengua.

Una sensación de calor y hormigueo descendió por su sexo hasta alcanzar la abertura y luego se extendió hacia dentro. Un gemido, que bordeaba el grito, se escapó de sus labios. « ¡Qué gracia! ¡Nunca!». Echó la cabeza hacia un lado y se mordió el labio. No podría conseguirlo.

La punta de su lengua conectó con el mismo punto, en la base de su abertura, y sus caderas se agitaron con violencia. La caricia ascendió por el labio derecho de su vulva, estimuló y despertó la atención de cada terminación nerviosa de su cuerpo. Le acarició el trasero y el mismo e intenso calor golpeó su matriz.

Ella apretó con fuerza los clientes, y enjauló el grito que se abría paso desde lo más profundo de su garganta. Una sensación de alegre tensión se retorció y se agitó en las paredes de su sexo.

Su lengua atravesó su abertura, y sus piernas y su trasero se agitaron involuntariamente. El grito explotó de su boca cuando su lengua se arremolinó y bailó sobre su sexo.

Sintió cómo se le oprimía el pecho y se le retorcían los dedos de los pies, a medida que luces moteadas estallaban y revoloteaban detrás de sus párpados.

Su lengua permaneció rodeando su capullo y después, lo abandonó.

Ella estiró las piernas y balanceó las caderas contra su cabeza y su cara, que estaba escondida bajo su monte.

La punta de su lengua presionó en la base de su abertura y aplanó su superficie. Avanzó hacia arriba, por todo su sexo, sin entrar en el agujero, pero la atormentó, presionando contra sus labios abiertos mientras el jugo de su interior combinado con su saliva lloviznaba hacia su trasero. «Oh, Dios, oh. Dios».

Él continuó el recorrido intensamente minucioso hacia arriba de su sexo. Poco a poco, su cuerpo se veía envuelto por la sensación de júbilo que tanto deseaba ella, acercándose más y más a su culminación. Ella nunca había alcanzado el éxtasis de aquella manera, y, oh, cómo deseaba hacerlo. Intentó abrir aún más las piernas para hacer que su lengua penetrara en su sexo, pero él la agarró con más fuerza de las piernas y la mantuvo prisionera a su voluntad.

Ella se retorció y se sacudió con violencia. El soporte al que se aferraba encerró sus manos cuando ella se agarró y esperó la oleada de placer.

Su lengua alcanzó su trasero, y el lametón fue tan suave y tan dolorosamente delicioso, que el cuerpo de ella estalló. El placer se escapó de sus labios vaginales, le inundó a él la cara, descendió por la curva de su trasero y cayó sobre sus manos mientras ella se agitaba de un lado a otro, y su cuerpo palpitaba con cada intensa contracción.

Él abrió su trasero con los dedos, a medida que su cuerpo seguía temblando, e introdujo los dedos en el agujero. Unas luces de color rojo brillante destellaron frente a ella, a la vez que cegadores espasmos se extendían por su cuerpo y gritó, emitió palabras de pasión que ni siquiera sabía que existían.

Él bajó lentamente su trasero y sus piernas se deslizaron de sus hombros.

Fijó la mirada en sus ojos predadores.

—Así es, Su Alteza. Creo que me he ganado un sitio en su cama esta noche.

Ella tragó saliva con fuerza. Cama, sí. Se había ganado mucho más que tan solo un sitio para una noche. Podría acabar siendo su compañero para toda la vida. Se estremeció.

—En realidad, sí, creo que lo has hecho —le temblaron las piernas y tuvo que poner todo su peso sobre ellas para detener la incomodidad—. No obstante, lo haremos aquí primero.

Él sonrió y la alegría brilló en sus ojos una vez más.

—Sí, Su Alteza. Eso vamos a hacer —su mano acarició la parte posterior de sus brazos y ascendió hasta sus dedos, que todavía se aferraban al soporte de la pared. Con la yema de los dedos, soltó delicadamente cada uno de los suyos, sin dejar en ningún momento de mirarla a los ojos Le bajó los brazos y acarició con los pulgares cada uno de sus dedos, mientras la sangre volvía a extenderse en cosquilleos hasta sus yemas—. Dese la vuelta. Su Alteza —dejó caer su mano izquierda para que pudiera girarse.

Ella bajó la mirada hacia sus hinchados labios. Él deslizó la lengua hacia fuera y trazó su labio superior y después, el inferior. «Qué tortura». Su inflamado sexo sufrió un espasmo y ella tuvo que reprimir un gemido.

—Dese la vuelta.

«Date la vuelta». Cerró los ojos. Sí, necesitaba aquello. Obedecería sus órdenes. Se giró sobre sus talones y se dio la vuelta, tal y como él le había pedido. Él levantó la mano que le había estado sujetando y le colocó la palma contra la fría pared de piedra. Con la yema, trazó y extendió cada uno de sus dedos. Las sensaciones —una mezcla de cosquilleo y de caricia sexual— ascendieron por su brazo en un hormigueo y después, descendieron hasta su sexo. Él siguió con aquel gesto hasta desplegarle completamente la mano sobre la pared.

—No se mueva. No debe apartar ni uno solo de sus dedos de la pared —su respiración le calentaba el oído, y le acarició la espalda, directamente en la zona que había entre los omoplatos. Un balsámico deseo resplandeció entre sus músculos, y suspiró.

Él rodeó su otra muñeca con los dedos, y le levantó la mano derecha para extender sus dedos de la misma manera.

—Debe hacer lo mismo con esta mano. Su Alteza.

Ella sintió cómo se le erizaba el vello de la nunca y sus músculos se tensaban cuando su caricia abandonó su cuerpo ¿Por qué no la estaba tocando? El calor que radiaba él se extendía por todo su cuerpo; sin embargo, su piel no conectó con la suya en ningún momento. Notó un ligero tirón en la tela de sus faldas y cómo se levantaba el material, deslizándose por su piel.

«Tócame. Tócame» Su mente expresaba a gritos su deseo, y su cuerpo no dejaba de temblar.

La ligera seda alcanzó el abultamiento de su trasero.

«Por favor. Por favor». Necesitaba la sensación de su piel sobre ella.

Su mano poseyó con brusquedad su cadera y ella se sobresaltó. El calor de su agarrón empapó su piel, y relajó cada uno de los músculos de su cuerpo. Le temblaron los brazos, y uno de sus dedos se dobló, formando un arco sobre la pared de piedra.

— ¿Qué es lo que le he dicho? —las palabras estaban cargadas de excitación, de deseo, de decepción, y la orden quedo colgando pesada en el aire.

Ella presionó los dedos y las palmas de las manos con fuerza contra la pared.

—Que no... Que no me mueva —le temblaba la voz; frunció el ceño. ¿Por qué le importaba decepcionar a aquel hombre, a un hombre que acababa de conocer?

—Eso es —las manos que sujetaban su cadera abandonaron su cuerpo.

Ella deseaba aquel acto, con dureza y rapidez. Un breve apareamiento para saciar el deseo por su caricia, por su fragancia. Para aliviar el anhelo de su vagina por recibir su semilla. Aquello no funcionaría. Su necesidad era demasiado grande. Retorció los hombros y levantó una de sus manos de la pared.

—Señor...

Él le dio un fuerte azote en el trasero. Ella abrió los ojos de par en par y se quedó sin respiración. « ¿Cómo... cómo se atreve?». Una sensación de cálido escozor le inundó el alma, seguido por una excitación nebulosa que humedeció los labios de su vulva. No tenía ni idea. Luchó contra la necesidad de resistirse, horrorizada por el azote que acababa de darle, o por quedarse inmóvil y absorber aquel calor sexual nuevo e inesperado.

—No, Su Alteza —él le agarro la muñeca con la mano y golpeo su palma contra la pared, en el mismo lugar en la que la había dejado antes. Después, giró su cuerpo hasta ponerla en la posición original, y presionó su mano contra la de ella—. No se mueva —una intensa excitación y un tono de orden cargaban sus palabras, una señal de advertencia y, al mismo tiempo, de deseo sexual.

El corazón le latió con fuerza cuando una sensación en la que se combinaban el miedo, la lujuria y la excitación sacudió su cuerpo. ¿Qué pretendía hacerle?

Él soltó una tensa bocanada de aire.

Aquella respiración le decía que él estaba luchando contra los deseos que ella despertaba en él, aunque no sabía por qué razón. La fragancia que emitía no era la correcta. Aunque su cuerpo parecía saber que era la adecuada. Alice podía distinguir sus dudas antes de acariciarla. ¿Cómo podía estar ella haciéndole algo así?

Sus dedos se entrelazaron en su cabello, y tiraron suavemente de su cabeza en un arco hacia él. La humedad se esparció por sus labios inferiores, y se le abrió la boca en un gemido. Su mente no se concentraba en nada más que en la necesidad que sentía por él. Haría cualquier cosa que él le pidiera tan solo por complacerle, para sentir su duro falo deslizarse dentro de ella.

—Así es —un húmedo deseo emanaba de él.

Ella tembló y él deslizó la mano entre su trasero y dentro de la humedad de su sexo. Ella deseaba cambiar de posición, extender bien las piernas y presionar contra él, pero no se atrevía a hacerlo. Le temblaban las piernas, se mordió el labio.

Sus dedos se contonearon en su abertura.

—Oh. Sí, por favor—estalló en un gimoteo suplicante.

La yema de su dedo descansó en la abertura de su vulva.

—Por favor.

— ¿Desea más, Su Alteza?

Ella asintió con la cabeza.

Extienda las piernas un poco más. No mueva ninguna otra parte de su cuerpo.

Sintió cómo se le debilitaban las piernas a medida que las abría. Flaqueando, se inclinó ligeramente contra el muro para mantenerse equilibrada.

— ¿Es demasiado para Su Alteza? Imagino que puede recibir un azote y no vacilar ni un momento. Si me garantiza que pasaré más tiempo en su cama, verá ahora mismo cuánto puedo conmoverla y excitarla.

¡Maldita sea! Ya la tenía completamente excitada. ¿Podía hacer que fuera más intenso aún? Inhaló una tensa bocanada de aire, mientras su corazón controlaba la respiración. Deseaba más. Sí, en realidad, él lo haría. No se achantaría ante su hermano y...

Le deseaba.

Él deslizó la mano una vez más hacia abajo, sobre su trasero, mientras los dedos de su otra mano embestían con fuerza dentro de sus labios abiertos. La humedad brotó de su interior con cada intenso empujón en su carne desnuda. Ella se sintió florecer, sintió cómo su cuerpo volvía a cobrar vida de una manera que nunca antes había experimentado. Él embistió sus dedos en la creciente humedad, y la misma hiriente contradicción de su mano golpeaba con calor su trasero. El placer se combinó, y ascendió en espirales con brusquedad.

Qué intensidad. Nadie se había atrevido nunca a tratarla de aquella manera.

Delicioso. Aquella era la manera en la que deseaba ser tomada, con la que había soñado unirse a un hombre. Él controlándola, no al contrario.

—Buena chica, Su Alteza —su mano la sujetaba con firmeza sobre su punzante carne, y sus dedos desaparecieron dentro de su sexo. La excitación vibró a través de su interior. Sus palabras, «buena chica», flotaron en su mente y la relajaron mientras iba a la deriva como el polen en la brisa, sin saber hacia donde llevaba aquel encuentro, pero siendo consciente de que la arrastraría a lugares nuevos, a nuevos comienzos.

La punta de su falo rozó los húmedos pliegues de sus labios, y los abrió. Su dureza era como ninguna otra cosa que ella hubiera experimentado antes. Él se balanceó hacia delante y hacia atrás, y se humedeció a sí mismo con sus jugos. Un gemido explotó de sus labios cuando la cálida cabeza de su pene presionó contra su trasero.

Sus manos poseían sus caderas, y se deslizó hacia lo más profundo de su interior. Su carne se estiró a lo largo de su longitud y le enfundó con fuerza. Ella gritó de placer al frotar el cuerpo contra él. Con los ojos cerrados, pudo ver las estrellas parpadeando en el cielo cuando sintió alzar el vuelo hacia el sol.

Él salió fuera. La rugosidad de la gruesa cabeza de su pene extendió sus labios, después, se quedó inmóvil. Balanceó las caderas en pequeños movimientos contra su trasero y la cima de su sexo levantó su abertura y luego se deslizó dentro en un instante.

Con los nervios a flor de piel, absorbió el calor de sus manos sobre sus caderas, su dulce olor a clavo, el húmedo impacto de su respiración contra su cuello, y se estremeció. El embistió con fuerza en su vulva empapada y llenó completamente su matriz. Ella gritó.

—Mmmm —sus manos ascendieron por su cuerpo en una desenfrenada conquista de su carne. Pellizcó sus puntiagudos pezones. Ella gimoteó. El desesperado júbilo explotó en su cuerpo en un ondeante éxtasis. Su sexo comenzó a sufrir espasmos bajo las olas de placer que le proporcionaban su verga, dura como una roca.

Él balanceó las caderas contra su trasero y su pene largo y duro se deslizó fuera de su carne estremecida y volvió a entrar. Gimió.

Se inclinó hacia delante, y con su peso, la presionó contra la pared.

— ¿Mejor, Su Alteza? —Ella soltó los brazos, él rodeó a cintura con las manos, la levantó y la abrazó contra su torso—. Veo que sí, que está saciada. Yo no lo estoy aún. Tendrá que aguantar mi ritmo, Su Alteza. Lo hará, ¿verdad?

Ella tembló contra él mientras su miembro se retorcía en lo más profundo de su interior.

—Sí, desde luego, señor. No estoy saciada. Estoy relajada y preparada para más.

QUIERO UN JASPER! SI QUE DEJO QUE ME DE UNAS NALGADITAS JAJAJAJA

UFFF NO CREO QUE JAZZ SE TOME BIEN QUE ALICE LE ESTE OCULTANDO ALGO

QUE PIENSAN CHICAS?

BESOS!