CAPÍTULO 04

Alice se despertó por el ruido del cepillo de madera deslizándose por el mármol mientras su sirvienta alineaba el área en la que guardaba sus vestidos. Ella se estiró y sonrió. Deliciosos hormigueos llenaban su vientre. Era el comienzo del Orsse, el ritual sexual para reclamar un compañero de por vida. Ya había empezado. Su matriz estaba preparada para albergar a un cachorro Ursus. Necesitaría decirle a su hermano a quién había elegido. Tenía que decirle...

Se quedó sin respiración. ¿Quién era él? Nunca habían intercambiado sus nombres.

—Discúlpeme, Su Alteza.

—He encontrado al compañero de mi vida, y no sé cuál es su nombre.

— ¿Cómo dice? —un tono de asombro colgaba de la voz de Angela.

—Nosotros... nosotros nunca intercambiamos nuestros nombres —el corazón le latía con fuerza en el pecho, y las lágrimas llenaron sus ojos. Nunca lo encontraría, no con todos los hombres y mujeres que se habían aventurado a ir allí para las celebraciones. Las lágrimas cayeron en una entela cálida por su rostro.

—No se preocupe. Se verá arrastrado hacia usted con una fuerza que no podrá negar. Ya lo verá —su sirvienta enjugó las lágrimas de sus mejillas—. El sándalo ha hecho un buen efecto. Todavía podía oler la fragancia esta mañana.

—Sí —«Él no tiene ni idea de que soy suya. Cree que solo soy una mujer con la que pudo obtener placer». Tragó saliva con fuerza—. ¿Cómo... cómo voy a decírselo?

—Oh, Su Alteza, ¿qué hombre no desearía estar con usted? Es la princesa. Y es hermosa. Es obvio que se siente atraído por usted. Puede que no haga falta que le diga nada, él se sentirá unido a usted, Alteza. Es un hombre con experiencia. Puede incluso que ya lo sepa —Angela cogió el cepillo de Alice y empezó a desenredar las puntas de su pelo—. Y si no lo hace, usted se lo dirá y estoy segura de que caerá rendido a sus pies.

Alice cerró sus ojos con fuerza. No. No, no caería rendido a sus pies. Se pondría furioso. Incluso aunque ella no supiera su nombre, sabía perfectamente el control que poseía sobre todo lo que hacía, ya lo había visto en su comportamiento de la pasada noche. Era consciente de ello. Su autoridad era gran parte de su encanto.

No estaría contento cuando se enterara de que ella le había engañado, sin importar la razón por la cual había falsificado su fragancia. Tenía que averiguar la mejor manera de abordar todo aquello. Hacerle ver que había sido su única opción y que le deseaba sin importar cómo hubiera obtenido su protección.

¡Qué gracia! Le deseaba de verdad.

¿Venía aquel deseo de su lado primitivo o de la mujer a la que habían educado para ser princesa? Frunció el ceño. No lo sabía. Una sensación de deseo se había apoderado de su ser, y no importaba qué lado ansiara su caricia, su presencia o su protección.

Protección.

Un escalofrío ascendió por su espalda, y sintió como se le erizaba el pelo de la nuca. Su hermano. Se pondría furioso con ella por haber desobedecido sus órdenes.

—Tengo que hablar con mi hermano. Tiene que saber que ya he elegido —«Y que ya no puede aconsejarme más».

Su expresión de enfado vino a su mente. Con la mandíbula encajada y una repentina y estridente carcajada explotando de su boca. Los escalofríos que habían recorrido su espalda devoraban ahora su alma.

No podía hacer nada. Él sería capaz de hacer cualquier cosa que deseara. «Respira profundamente, Alice, y tranquilízate. Tu miedo por él está jugándole una mala pasada a tu imaginación. Lo que acabas de ver no es una visión de tu caída».

Tomó una profunda bocanada de aire y exhaló el aire frío lentamente. Aquel hombre ni siquiera sabía su nombre... pero en lo más profundo de su ser, la sensación de pertenecer a él la tranquilizaba... No la abandonaría. La reclamaría como suya.

«Eso es, piensa en él. Piensa en cómo hará él que tu vida sea mejor». Ella deseaba haberle dicho que se detuviera la noche anterior cuando se había deslizado dentro de su cuerpo soñoliento y había comenzado el ritual...

Casi se lo confiesa todo.

Cerró los ojos. El deseo por admitirlo todo antes de que el provocara el comienzo le roía el alma. No había podido controlarse cuando había deseado tanto aquella unión, y necesitado tan desesperadamente su protección.

¡Por favor! No permitas que me rechace por mi mentira. «Eres una simplona».

Castigo... eso es, esperaba un castigo. Sintió un hormigueo en el trasero al recordar el azote que él le había dado en el pasillo la noche anterior. Aromatizarse a sí misma era un truco de lo más rastrero entre los Ursus. Sin embargo, una vez que se explicara estaba segura de que él se daría cuenta de que las razones por las que se había empapado en fragancia eran más que comprensibles. No importaba, haría lo que fuera necesario para mostrarle su devoción y para hacerle saber que era consciente de que había obrado mal al engañarle.

Angela terminó de cepillarle el pelo, se levantó y caminó hacia la ventana.

—El clavo es una fragancia fuerte y agradable, Su Alteza. ¿Está contenta con su elección?

— ¿Puedes oler el cambio? —«Los clavos...», suspiró. Una cálida fragancia que le recordaba a la comida especiada. Sintió vergüenza. ¡Qué estúpida!

Si su sirvienta podía olería, estaba claro que cualquier macho podría hacerlo. Tenía que informar a su hermano antes de que nadie más distinguiera su olor, y preferiblemente allí, en sus dependencias, donde el peligro de cruzarse con cualquier otro hombre era mínimo.

—Su Alteza, su hermano no querrá verla aquí. Ya está en el salón principal disfrutando... —Angela cambió de posición y miró a Alice directamente a los ojos.

—Una mujer —Alice puso los ojos en blanco. Bueno, no podría arrinconarla a ella cuando estaba apareándose con otra—. Muy bien, Angela. Me acompañarás hasta mi hermano.

— ¿Su Alteza? —las cejas de su sirvienta se enarcaron en un gesto de preocupación.

—Sí, Angela, tú me acompañarás —Alice se puso de pie, estiró sus enaguas de seda roja y caminó hacia la puerta Angela, si cualquier macho se me acerca, deseo que me lo hagas saber incluso aunque creas que me haya dado cuenta.

Cualquier compañero posible podía acercarse a ella y reclamarla como suya. Desde luego, había escuchado historias horribles. El duque Ursus había luchado para reclama a su compañera de por vida en un evento de lo más escandaloso. Había asesinado a su hermano para conseguirla. Ella se estremeció ante la idea, aunque era la princesa, y un solo grito bastaría para tener a decenas de sirvientes corriendo en su ayuda.

—Sí, Su Alteza.

Alice abrió la puerta y salió al pasillo temblándole las piernas.

Los sirvientes corrían a toda prisa como de costumbre, pero aparte de su presencia, el pasillo se extendía libre de cualquier jolgorio de la celebración. El corazón le latía con fuerza a medida que el miedo presionaba en su mente. ¿Qué pasaría si no lograba encontrarle a tiempo? Su presencia le acariciaba la piel. Se había quedado en el castillo. Sus instintos podían notarlo. Llegaría al salón principal en cuestión de momentos. Con suerte, él estaría todavía allí.

Atravesó el pasillo, procurando no mostrar ninguna seña de incomodidad. Mantuvo la cabeza levantada y sonrió, pero sin demostrar demasiado entusiasmo. Giró la esquina y entró por la puerta del salón contra la cual la había poseído su compañero. Cerró los ojos, y pudo ver su cuerpo presionando contra el suyo.

Sus palabras —«no se mueva»— recorrían su mente. Un escalofrío aguijoneó la parte inferior de su abdomen, y la humedad inflamó las paredes de su núcleo. Densa y pegajosa, la excitación melosa cosquilleaba los labios de su sexo. Le flaquearon las rodillas. El Orsse. Su matriz estaba preparada ahora para su semilla. O para la de cualquiera. «Aparta a un lado esas ideas tan destructivas, Alice».

Agito la cabeza y tendió la mano hacia el pomo de la puerta que llevaba al salón principal. «Por favor, que esté él esperándome al otro lado».

—Su Alteza, un caballero se acerca.

La fragancia a anís asaltó sus orificios nasales y sintió cómo se le revolvía el estómago. Aquel hombre no era él. Angela se puso rígida pero no se detuvo. Se abrió paso por la puerta, con Angela pisándole los talones.

El salón estaba repleto de gente. Los asistentes estaban sentados en las mesas y cantaban. La corte real de hombres y mujeres se acomodaban en las sillas al extremo final del salón. Algunos parecían no haberlo abandonado desde la noche anterior.

Su mirada buscó entre la multitud en busca de su compañero. Sus sentidos intentaban distinguir la conexión que acababa de crearse entre ellos. No. No estaba en la habitación. La piel del cuello se le erizó de miedo. Tendría que enfrentarse sola y contárselo a su hermano.

Su hermano estaba follándose a la pequeña mujer pelirroja sobre la cama del rey, delante del salón. Cerró los ojos... Odiaba tener que interrumpirle cuando él la estaba dejando respirar, pero la situación era urgente, y ya habían sido interrumpidos con anterioridad.

Se estremeció ante los recuerdos de él cuando le gritaba —cuando su cara adoptaba el color de una cereza— con sus dedos alrededor de su cuello, al mismo tiempo que ella se retorcía y luchaba por respirar.

No era un resultado favorable. No era el ideal.

Se acercó al colchón enorme y rectangular, lo suficientemente grande para que diez personas pudieran follar sobre su superficie, y la barbilla le tembló. Las lágrimas amenazaban con abrirse paso a través de sus ojos. Inhaló profundamente y observó cómo su hermano atormentaba a la mujer. El estómago se le revolvió.

Angela caminaba a su lado.

—Señora, se ha puesto pálida.

La mano de Alice se extendió por su vientre y dio la vuelta para mirar a Agelan.

—El estómago me da vueltas.

Angela abrió los ojos de par en par.

—Presione el paladar con la lengua y respire por la nariz.

— ¡Exactamente! Había olvidado por completo las enseñanzas, Angela. Gracias.

Hizo lo que le habían ensenado sus maestros, ante los síntomas del Orsse y se acercó entonces a su hermano.

Los ojos de la joven mujer pelirroja recayeron en ella un momento, antes de cerrarlos cuando su hermano le mordió el cuello e hizo que su cuerpo se arqueara del colchón hacia él. Su hermano emitió un gruñido de apreciación. Ella inhaló profundamente: la fragancia del sexo y de la excitación de todos los que se encontraban en la habitación impregnaba el aire.

Quizás su hermano no oliera el cambio o el fluido abierto que se adhería a su vagina. Qué estúpida. Desde luego que la olería, como todos los de la habitación... acabarían haciendo. El corazón le latía con fuerza. En lo más profundo de sus entrañas, sus instintos le instaban para abandonar el salón. Tembló de miedo. No. Tenía que hacerlo.

Se quedó de pie, inmóvil, a la espera de que su hermano acabara con aquella mujer. Él miró hacia un lado y fijó la mirada en ella, sus labios esbozaron una sonrisa siniestra y su mano se deslizó por el estómago de la mujer hasta acariciarle el monte, mientras la preparaba para el apareamiento.

No. Cerró los ojos... Haría que Alice esperara. Ella apretó los dientes con fuerza.

Por supuesto que lo haría.

Alice cambió de posición. Los olores que invadían la habitación le aceleraban el pulso. Un doloroso calambrazo pellizcaba una vez más la carne que había sobre su monte.

Ella abrió bien los ojos, tomó una gran bocanada de aire y la fragancia de sus labios vaginales la hizo estremecerse. Tragó saliva con fuerza; acabaría luchando por su vida cuando otros posibles compañeros distinguieran su fragancia. Si otro macho se imponía sobre ella, podría convertirse en su compañero eterno, sin importar su posición social. Le temblaron los brazos y el vello de la piel se le erizó como rígidos carámbanos. Un guarda pasó a un metro escaso de ella y sintió cómo se le revolvían las entrañas.

Maldijo a su hermano. Echó un vistazo a su alrededor y esperó poder atisbar una imagen de su futuro. El hombre al que su cuerpo anhelaba tan desesperadamente no estaba presente.

Los hombres se acercaban cada vez más a ella, posicionándose. Los tres hombres a los que había permitido acariciarla la noche pasada estaban entre la multitud que se arremolinaba a su alrededor. Su hermano había elegido a unos pocos. Todos los ojos estaban puestos en ella y sintió cómo se le ponía la piel de gallina. Qué gracia. Podían olería. ¿Cómo no iban a poder hacerlo?

No podía esperar. Se tragó el pánico que le quemaba la garganta.

—Mi querido hermano, me temo que debo hablar contigo. Ahora mismo —tenía los puños a cada lado del cuerpo, y el sudor le caía por las cejas. Echó un vistazo a su alrededor, a los hombres que la rodeaban, los que esperaban la oportunidad... la circunstancia para reclamarla como suya.

—Bueno, mi querida malcriada, tendrás que limitarte a esperar. Ahora estoy ocupado. Toma asiento en tu silla y cuando yo haya acabado discutiremos acerca de tu fragancia y el rastro del disparate que has cometido.

Jasper se despertó de un sueño largo y profundo. Estiró el cuerpo, su falo se levantaba plano a su estómago, a medida que los recuerdos invadían su mente y sus emociones.

Su diosa.

Su esencia palpitaba con fuerza a través de su cuerpo. Cerró los ojos. El pánico y el miedo se arremolinaban en su interior, helándole la sangre de las venas. Sacudió el cuerpo. Habían... habían conectado.

La pasada noche se había dejado llevar flotando en una neblina de ensueño, pero el orgasmo que había sentido en mitad de la noche... estaba más allá de cualquier cosa que hubiera experimentado antes. Al haber abandonado su habitación, el cambio de su propia fragancia debía haberle hecho saber... que había comenzado el Orsse. Se le puso de punta el pelo del cuello.

Ella le había engañado

Apretó los dientes e inmovilizó la mandíbula. El flujo emocional que ahora venía de ella, y le poseía, le hacía querer caer al suelo de rodillas. El ritual era lo único que podía explicar aquella conexión.

Maldita sea. Pasó las piernas por el borde de la cama y le hizo gestos a su sirviente.

Frunció el ceño y después, cerró los ojos.

—Maldita sea. Maldita sea. Maldita sea. Maldita sea —balanceaba la cabeza con cada palabra que pronunciaba.

¿Cómo demonios había llegado a suceder algo así?

Su sirviente le ayudó a vestirse. Él podía sentir las emociones de ella, que venían del salón principal. La conexión que sentía hacia aquella mujer le retorcía las entrañas. Ahora podía ser capaz de rastrear su posición exacta, y si completaba el acto, poseería la misma habilidad para el resto de sus días.

Se detuvo mientras deslizaba los brazos en el interior de su abrigo de seda de color verde oscuro que su sirviente sostenía en el aire. Su pelo de color negro tinta retirado hacia atrás, su grito de pasión la noche anterior, se aferraban a su mente y hacían que se le pusiera la piel de gallina.

Ver a aquella mujer en éxtasis durante la eternidad sería todo un regalo, no un castigo. ¡Pero le había mentido!

Él no era ningún estúpido. Aquella mujer necesitaba que le enseñaran cómo respetarle. Metió los pies en sus botas altas de color negro y se dirigió directamente hacia el salón principal y hacia ella.

Él pasillo que llevaba a las dependencias principales era interminable, la noche anterior no había pensado en ninguna otra cosa. Aceleró sus pasos. ¿Qué significaba el miedo que sentía ante aquella conexión?

En el momento en el que entra en el salón principal, todo el mundo estaba girado hacia la plataforma de la corte. Su esencia le golpeó directamente en el estómago, y le detuvo en sus pasos. El pánico y el miedo le desgarraron el pecho y le dejaron sin respiración

¡Maldita sea! Ella estaba allí de pie, rodeada por hombres. Otros Ursus que podían reclamarla como suya en un solo movimiento. Aquella era la primera vez que deseaba haber podido tener la capacidad de su hermano para utilizar la mente.

Jasper lo sintió. Podía leer las emociones de toda una habitación con solo echar un vistazo o concentrarse en una persona en particular, pero no podía cambiar la forma de pensar de la gente, tal y como lo hacía Emmett, ni mover cosas simplemente concentrándose en lo que quería, como podía hacerlo Edward. En aquel momento, sabía que su diosa estaba aterrada.

Caminó hacia delante y se abrió camino a través de los abarrotados suelos de mármol hacia la corte. Su majestad, el rey, estaba tumbado en su cama pública, follándose con languidez a una mujer que a primera vista, parecía ser una niña.

Jasper se acordaba de haber escuchado historias en su adolescencia acerca del príncipe James Como el hombre joven que era, el actual rey poseía unos gustos fieros por la carne femenina, que rivalizaban con cualquier hombre de cualquier edad, pero aquello no era nada sorprendente, considerando la facilidad con la que podía hacerse con cualquier cosa que deseara.

Los rumores que a Jasper le habían parecido interesantes hablaban de los deseos del príncipe James por mujeres más jóvenes y sin educación.

Jasper también había oído relatos acerca de que el viejo rey había alejado a su propia hija del castillo, cuando esta había alcanzado la feminidad, para que James no pudiera ponerle las manos encima. Aquel jugoso rumor había corrido durante la última visita de Jasper a su tierra natal, hacía ahora unos ocho años. ¡Maldita sea! Al padre de Jasper le encantaba aferrarse a cualquier información que denigrara a la familia real.

El padre de James el rey Ursidae IV, había enviado al padre de Jasper a Inglaterra y después, le había pedido no regresar nunca a su tierra natal por aquel escándalo. El rey nunca perdonó a su padre por sus acciones.

La hermana siempre había sido una vaga referencia... la princesa Alice.

« ¿A quién pertenece esta habitación?». Las palabras que Jasper había pronunciado la noche anterior le quemaban ahora en los oídos.

«A la princesa Alice».

«A la princesa Alice».

Se había follado a su diosa en la habitación de la princesa la pasada noche.

«A la princesa Alice».

Su glorioso cabello de color negro, y la fragancia del lirio mezclada con la suya de clavo cuando había abandonado la habitación por la mañana.

«A la princesa Alice».

Su diosa... la princesa Alice. Eran una y la misma persona.

Los escalofríos recorrieron su piel y él extendió la mano para sentir las emociones de aquella mujer una vez más. Una sensación de miedo descendió por su espalda y le atravesó las entrañas, haciéndole doblar el cuerpo. Se le dilataron los orificios nasales, parte por ella, y parte por lo que la aterraba.

¿Cómo se había atrevido a establecer una unión entre ellos sin que él lo supiera?

La princesa.

¿Cómo se había atrevido a camuflar su fragancia?

¿Quién se había atrevido a asustar a la princesa? ¿Quién se había atrevido a asustar a su compañera?

Su compañera.

Así era, ella era su compañera. No podía negar aquello. Sus ojos cambiaron de estado, y sus garras asomaron por su piel. Jasper gruñó y sacudió los brazos en un intento por controlar sus emociones Debía esperar. Cargar contra aquellos hombres no le serviría de nada.

Tenía que ver lo que se estaba llamando. Un paso precipitado no le servirla para reclamarla como su compañera.

Sin embargo, hacer que la bestia que llevaba dentro se limitara a merodear tampoco funcionaría. Ella era su compañera de por vida, y su lado primitivo se enfurecía y se revolvía como un perro rabioso al que le colocan un filete de carne justo fuera de su alcance.

Sin embargo... el castigo por la locura que había cometido ella, el engaño de sus actos, tristemente eran el resultado. Ella no creería nunca que él fuera tan estúpido de querer pasar el resto de su vida con ella. La princesa, así era... Su título no significaba nada para él ni para su familia. Ella sabía bien que la decepción y las mentiras de todo tipo no eran toleradas en su clan. Tenía que ofrecerse a sí misma a él, verdaderamente.

Manteniendo todos sus instintos bajo control, se dirigió a paso lento hacia la plataforma. Sus ojos recayeron en ella.

Ella le miró directamente. Sus hermosas y largas pestañas se cerraban y abanicaban sus cremosas mejillas. Vio cómo una sensación de alivio la invadía a ella y le atravesaba a él. Pero su postura se relajó tan solo una fracción de segundo.

Maldita sea. Su hermosura le dejaba sin respiración. Su cabello negro y ondulado caía sobre sus hombros, atrapando la luz del sol, que fluía a través de las ventanas, en las profundidades de sus rizos.

Ella desvió la mirada hacia su hermano y después, hacia la multitud de hombres y mujeres que se arremolinaban alrededor de ellos.

Jasper estaba de pie, en la parte de atrás, deseando con todas sus fuerzas ser capaz de escuchar sus pensamientos. Cerró los ojos, se concentró y, apretó los puños, tendió la mano...

Nada.

¡Maldita sea! Tragó saliva con fuerza y olfateó el aire. La fragancia de sus propios fluidos abiertos llenaba el aire de la habitación. Inhaló de nuevo y la fragancia del Orsse de la princesa ardió en sus entrañas. Su pene se hinchó bajo sus pantalones. El aroma intentaba apoderarse de él. Sus instintos, crudos y primitivos, por reclamar, por poseer, por asegurarse de que nadie más tuviera derecho alguno sobre ella, le hacían enfurecer. Apretó con fuerza la mandíbula y sacudió con violencia el cuerpo.

« ¡No! Has de calmar tus instintos, Jasper. ¿Qué necesitas en esta situación?».

A ella.

En efecto. Pero también necesitaba saber a qué se debía la sensación de picazón en la espalda. Ella temía algo más que el hecho de acabar con un compañero que no fuera de su elección. Pero, ¿a qué temía exactamente?

Dejó escapar una tensa bocanada de aire y deseó concentrarse en las emociones que bañaban la habitación.

«Eso es, Jasper. Controla la situación... Piensa con lógica en la difícil situación por la que está pasando ella».

Los hombres y las mujeres que les rodeaban exudaban excitación a varios niveles de intensidad. Dos machos, que se levantaban a un lado muy cerca de Alice y del rey, también mostraban nerviosismo.

Jasper enarcó las cejas y consideró a aquellos dos hombres. Sus pantalones de seda, sus chalecos bien ajustados y sus botas minuciosamente pulidas indicaban que se trataban de personas adineradas. Caballeros. El nerviosismo no era una sensación que encajara con ellos. Había algo que se estaba perdiendo.

Sintió cómo se le erizaba la piel del cuello y su deseo por proteger a Alice hizo que le temblaran las manos. Se acercó un poco más; necesitaba ponerse tan cerca de ella como le fuera posible. En el instante en el que alcanzó el borde de la cama, sintió el cambio de emociones. El rey hacía gestos hacia otra mujer para que se uniera a él y a la pelirroja en el gran colchón.

La mujer, una chiquilla abandonada, delgada y con el pelo rubio, se arrodilló. Se puso a cuatro patas y se contoneó tan cerca como pudo del rey. Una vez allí, se tumbó de espaldas, y con las manos acarició el muslo de Su Majestad y el seno de la pelirroja a la que se estaba follando. Le abrió las piernas a la otra mujer, el rey apartó una de sus manos de la pelirroja y deslizó sus dedos dentro del sexo de la nueva mujer. Ella se arqueó hacia atrás y apretujó el pecho de la pelirroja.

Jasper podía saborear la acida vulva de Alice con la lengua. Puso toda su concentración en ella mientras esta se sentaba en la silla que quedaba a un lado de la habitación. Esperando... esperando.

El rey se apartó un poco de la pelirroja.

—Mi malcriada y querida hermana, por favor, acércate.

Alice abrió los ojos de par en par. Echó un vistazo alrededor de la habitación e intercambió miradas con Jasper. Él sintió cómo se tensaban los músculos de su cuerpo y sus garras se extendían por completo. El miedo que ella sentía ardía en las entrañas de Jasper, un miedo que se había vuelto terror. Se le nubló la visión y el pecho comenzó a ascender y a caer a un rápido ritmo. No podía respirar. Su rabia había ganado la batalla.

—Lord Franlish, acérquese usted también.

—Sí, Su Majestad —Franlish se quitó el abrigo y el chaleco y se desabrochó los pantalones.

Lord Franlish radiaba malestar, una excitación suficiente y un sentido de orgullo. A Jasper no le gustaba nada aquello ¿Qué era lo que el rey estaba tramando?

—Acércate ahora, mi malcriada hermana. ¿Pensaste que no me daría cuenta de lo que has hecho? —las dos mujeres que estaban tumbadas cerca del rey se acariciaban la una a la otra, y los dedos del rey continuaban masturbando a la rubia.

Alice se puso de pie.

— ¿Cómo dices? ¿Qué quieres decir con eso? —le temblaban las manos, y el pánico que sentía hizo que a Jasper se le erizara la piel de la espalda.

«Calma, Jasper. Calma» Aquello no tenía buena pinta. Sintió como se le ensanchaban los hombros. No podría reprimir sus instintos por mucho tiempo.

— ¿Que qué quiero decir? Mi querida hermana, me refiero a que si te presentaba algún hombre, sabía que encontrarías uno por ti misma y darías comienzo al ritual —esbozó una sonrisa de satisfacción—. Y tú, querida, has hecho exactamente eso. Ahora, el hombre que yo deseo como tu compañero será el que finalice el Orsse.

Lord Franlish se abalanzó hacia Alice como un rayo, ataviado con su algodón blanco y su pelo rubio. Jasper se quedó helado al ver cómo Franlish le desgarraba las faldas y empujaba su espalda contra la pared. Una posesión incandescente cegó a Jasper. Se hinchó súbitamente, su abrigo y sus pantalones se desgarraron a medida que su cuerpo adoptaba la forma de protección. La voluntad por proteger a su compañera forzaba la transformación.

No tenía ni idea de cómo había despejado el colchón del rey ni del momento en el que había acabado aterrizando sobre la espalda de lord Franlish, pero lo hizo. Su puño golpeó la cara de lord Franlish como si estuviera golpeando una pluma, y sus garras hicieron un corte del que manó abundante sangre en la cara del hombre más pequeño.

Franlish se aferró a la manga del abrigo de Jasper y tiró de él, deshaciendo la tela. Un caliente chorro de sangre roció la cara de Jasper. ¡Maldita sea! Aquel canalla le había herido.

Arremetió contra Franlish una y otra vez. Sus puños golpeaban su carne en un momento.

Alice soltó un grito.

Jasper desvió su mirada de Franlish y la fijó en Alice mientras esta gimoteaba. El otro hombre que había estado demostrando un estado de nerviosismo estaba intentando forzar a Alice sobre el colchón del rey.

Jasper se estremeció cuando su mente intentó hacer caso omiso a los instintos animales que le poseían. ¿Qué le estaba sucediendo? Era una mera marioneta en la conspiración del rey contra su propia hermana. La rabia que sintió hacia el rey no solo por aquello, sino por la manera en la que había tratado a su familia durante generaciones, se apoderó inevitablemente de él.

La mirada de Jasper atravesó al rey, quien esbozaba una sonrisa satisfecha de triunfo. Jasper apartó a Franlish de un empujón y se tambaleó hacia atrás, mientras este echaba la cabeza hacia un lado, con los ojos abiertos de par en par, por la conmoción. Pensaba haber ganado la lucha.

La depredadora mirada de Franlish se concentró en Alice y atravesó al otro hombre, que le había apartado de un golpe del cuerpo de la princesa.

Jasper miraba fijamente al rey. Le dolían los músculos y los huesos por cada golpe que había asestado, y el corte de su brazo le empezó a palpitar dolorosamente.

El maldito cobarde pagaría las consecuencias. Jasper agarró a Alice por la cintura y tiró de ella hacia sí.

—Yo... lo siento —le tembló todo el cuerpo, no dejaba de sollozar y de presionar el cuerpo contra el de él.

—Ahora no. Ya discutiremos tus acciones, pero ahora no es el momento —la levantó, y ella le rodeó las caderas con las piernas y enterró la cara en su torso, a medida que él se abría paso a través de la multitud. Franlish y el otro hombre no se dieron cuenta de que Jasper se alejaba, con su presa en sus brazos.

— ¡Cogedle, malditos estúpidos! ¡Está huyendo con ella! —el rey se puso de pie de un salto y corrió hacia Jasper.

Todo el mundo se apartó, y permitió el acceso de Su Majestad. Jasper se giró hacia el rey y se detuvo.

—Tu hermano te llevará si no termino la ceremonia aquí y ahora.

Alice tembló bajo sus brazos.

—Sí, sí. Por favor, no permitas que me aleje de ti —se aferró con los puños a su abrigo, presa del pánico.

Jasper sujetó su cintura con tuerza, se dio la vuelta y la colocó sobre una mesa, mientras la gente que se encontraba sentada alrededor de ella no dejaba de conversar ni beber.

Se separó de ella ligeramente y liberó su verga. Se aferró a los muslos de Alice y los abrió. Su falo se deslizó por su carne húmeda y embistió sus caderas, mientras los labios vaginales de la princesa se abrían, permitiendo que su humedad se deslizara en su calor como la lava.

Ella se arqueó hacia él. La fragancia de su Orsse y su propio estado animal y agresivo colisionaron en su interior. Tenía que darse prisa.

— ¡Detenedlos! —la voz del rey resonó cerca en la mente de Jasper.

Las manos aparecieron de todos lados a su alrededor. La gente que había sentada en la mesa acariciaba a Alice, le pellizcaba los pezones y masajeaba su estómago y piernas.

Otras manos cosquillearon y rozaron las piernas de Jasper. Les acariciaban y frotaban para asegurarse de que el proceso ocurriera rápido y sin interferencia alguna del rey.

Una caricia suave como una pluma rozó sus testículos cuando su miembro se deslizó dentro de las paredes revestidas de miel. Los dedos cosquillearon y frotaron sus genitales, sincronizando los apretones con cada golpe de su falo en la suavidad de la princesa.

¡Maldita sea! La sensación era exquisita. Su semilla se arremolinó en su interior, y se preparó para salir. Una sensación de fuego se desplegó por su estómago, y su pene explotó mientras vaciaba toda su voluntad dentro de ella, reclamándola como su compañera de por vida.

Alice gritó, tensó los músculos de su estómago y después se desplomó, golpeando sus hombros contra la mesa. Sus piernas temblaban y se sacudían sobre sus caderas. El vínculo se tornó inquebrantable cuando su semilla se unió a la carne de su matriz.

Alice abrió los ojos de súbito y le miró con atención. Las lágrimas descendían sin control por su cara. Jasper la observó con los ojos entrecerrados. ¿Por qué estaba llorando? Tendió la mano y frotó la palma contra su mejilla.

Ella apoyó el rostro contra la palma de su mano y dejó escapar un suspiro.

— ¡Dejadme pasar! ¡Apartaos! —la voz del rey llegaba a gritos hacia él desde la izquierda, justo por encima de la multitud de gente que se había arremolinado a su alrededor.

DISCULPEN LA PALABRA SOEZ PERO QUE JAMES MAS HIJO DE PUTA!

MAS VALE QUE MI JAZZ NO SE DEJA JAJAJA

ALGUIEN ME REGALA UN JAZZ ASI?

BESOS

ME CUENTAN QUE LES PARECIO SI?