CAPÍTULO 05
Alice se levantó de un sobresalto al escuchar el sonido de la viva voz de su hermano. Sus puños se aferraron a cada lado de su compañero, al tiempo que escondía la cabeza en su pecho. Las manos de las otras personas que le rodeaban cayeron a un lado.
El latido del corazón de su hombre bajo su pecho la tranquilizó. Cada aliento que él tomaba resonaba en su cuerpo. Su verga, todavía inmóvil dentro de su vagina, los unía con algo más que su semilla. Sus almas estaban ahora entrelazadas.
Ella tembló, e inhaló su fragancia mezclada completamente con la suya propia, y suspiró. Sus poderosos brazos la rodeaban sobre sus hombros y la apartaba de la vista de su hermano. Estaría a salvo.
— ¡Apártate ahora mismo de ella! —su hermano se abalanzó sobre la mesa.
Un profundo gruñido de advertencia salió de su compañero.
Ella no sabía cómo se llamaba.
Levantó la cabeza y observó el afilado ángulo de su mandíbula y el contorno redondeado de su barbilla.
—Mi señor, mi amante y compañero, ¿cuál es su nombre? —le susurró.
Su hermano gruñó.
—Vaya, mi querida malcriada, no podías haber elegido a un Ursus menos apropiado que este. Le mataré, y después, tendrás que elegir a otro.
— ¡No! —ella abrió los ojos de par en par, mientras el miedo parecía desgarrarle el estómago. Sus manos se tensaron sobre la camisa de su compañero y se acercó todo lo que pudo a su cuerpo, a su calor, y a su protector abrazo.
Su compañero se inclinó hacia su hermano, quedándose tan cerca de él que sus narices casi se tocaban.
—No hará tal cosa, Su Majestad —su mirada recorrió el cuerpo de su hermano y después la llevó hacia sus ojos, atravesándole—. Mi padre ya tiene temas que zanjar con usted y con sus... costumbres —su voz cayó a un tono de siseo, que hizo que ella se estremeciera y que los escalofríos recorrieran su espalda—. Si alguna vez se atreve a acercase a mí o a lo que es mío, lamentará sus acciones.
Los ojos entrecerrados de su hermano se dirigieron hacia uno de sus guardas, que estaba de pie justo al otro lado, y sus puños descansaron a cada uno de sus lados.
— ¿Lamentarme? Yo creo que no —luego fijó la mirada en su hermana—. Esto no ha acabado, mi querida hermana.
Su compañero tendió la mano y agarró a su hermano por la túnica. La rabia sacudió el brazo de su compañero y Alice abrió bien los ojos. Una sensación abrasadora de furia devoraba su interior. Su piel se había vuelto helada y sus músculos tensos.
—Se ha terminado —su compañero empujó a su hermano, después soltó la túnica y este se tambaleó hacia atrás hasta desaparecer de su vista. A ella le daba vueltas la cabeza... Su hermano había conocido a un hombre que no estaba bajo su dominio.
La mano de su compañero volvió a descansar sobre ella. Unos dedos largos y delgados apretujaron la carne de sus muslos y le cerraron las piernas, hasta que quedó delante de él.
Su hombre la cogió por la parte superior del cuerpo y la levantó, con su miembro palpitando aún en lo más profundo de su interior. El cuerpo de la princesa presionaba contra su torso y sus piernas. Cada parte de ella se sentía poseída por su compañero. Sus brazos y su engordada erección la sujetaban y la acariciaban, y calmaban el profundo anhelo de convertirse en una sola persona. La manera en la que había actuado delante de su hermano había disipado sus miedos de verse de nuevo herida o humillada por alguien.
Se abrieron paso a través de la multitud y se dirigieron lucia la puerta que llevaba a la habitación de Alice.
—Tus sirvientes harán las maletas por ti y abandonaremos las celebraciones esta misma noche.
Alice se estremeció ante su orden. Nunca había confiado en nadie con todo su ser. Sonrió. Aquel hombre nunca permitiría que le pasara nada malo.
—Sí, señor —su falo se retorció dentro de ella, cosquilleando su matriz. Ella se mordió el labio y se movió ligeramente, con placer—. ¿Cuál es su nombre?
Atravesaron la puerta que llevaba al pasillo que conectaba con sus dependencias.
—Soy Jasper Cullen. El duque de Cullen es mi señor.
Ella inhaló una bocanada de aire, sorprendida. Uno de los hijos del duque. Tenían una reputación fiera y malvada. Un escalofrío de conmoción, miedo y excitación recorrió su cuerpo, y la piel de la nuca se le puso de gallina. Nadie se atrevería nunca a ofenderle, ni a él ni a ningún miembro de su familia. Incluyendo su retorcido hermano.
— ¿Cuál... cuál de ellos es usted? —sus ojos no abandonaron ni un momento su rostro.
Sus labios se curvaron en una sonrisa.
—Por lo que veo, le asusta ser parte de mi escandalosa familia.
Ella deslizó la lengua hacia fuera y se humedeció los labios. En realidad, él tenía razón, pero por razones que no podía ni imaginar.
—Soy Jasper, uno de los hijos gemelos, el segundo nacido del duque. Edward, mi hermano, es mi otra mitad.
Gemelo e hijo del infame duque.
—Ya veo. He elegido bien a mi compañero.
—Eso, Alice, habrá que verlo. Me has engañado. El engaño no puede ser expiado fácilmente. No me has complacido en absoluto.
Ella se tensó bajo sus brazos. Sí. Por el momento en el que él le había acariciado en el pasillo, por el control que demostraba sobre su vida, y por la facilidad con la que parecía poseerla, Alice sabía que era un hombre de voluntad fuerte. Y sabía que sus acciones no le habían agradado en absoluto.
—Yo... yo lo comprendo. Esperaba que pudiera entender mi situación, pero supe que no le agradaría el hecho de que hubiera cogido al toro por los cuernos —inhaló profundamente e intentó calmar la creciente sensación de malestar ante su enfado.
Debería haberse sentido aterrada por haber poseído al tipo exacto de compañero que deseaba, pero cada ápice de rabia que le inundaba tenía su justificación. El sirviente abrió las puertas de su habitación y él atravesó el umbral con ella en brazos.
«Me has engañado». Sus palabras la avergonzaban. No, eran sus acciones las que la avergonzaban. ¡Qué gracia! Debería haber pensado un poco más en todo aquello, pero no creyó que cualquier hombre pudiera ser capaz de rebatirla. Él podía, y lo había hecho, recriminándola por sus acciones, y sin embargo, ¿por qué no se daba media vuelta y se iba?
—Usted... usted, señor, pudo haber elegido marcharse de aquí.
Una sonrisa destelló en los ojos de Jasper, pero sus labios no esbozaron nada.
—En realidad, podría haberlo hecho, Así que, Alice, dime, ¿por qué razón no lo he hecho?
La levantó y retiró el pene de su interior. El tirón de su carne cuando su dureza abandonó su todavía hambrienta vulva la hizo sentir hormigueos en el vientre. Un gemido resonó en lo más profundo de su pecho. Sus pies tocaron el suelo y sus piernas temblaron. Él la equilibró con las manos en su cintura. Ella levantó la mirada por encima de su hombro, y él se la devolvió con unos ojos de color verde claro.
— ¿Por qué no lo he hecho?
Ella no tenía ni idea. Un hombre de su poder y determinación podía haberse dado media vuelta en el momento en que había entrado en el salón y había distinguido el olor de sus propios fluidos bañando el cuerpo de la princesa. ¿O no había podido hacerlo? ¿Acaso sus acciones de la pasada noche le habían unido para siempre, porque el animal que vivía en su interior no dejaría que nadie se le acercara mientras estuviera en Orsse?
Aquella era la pregunta a la que ella tenía que responder, pero en aquel momento, todo lo que podía hacer era enmendar sus errores y seguir sus órdenes, o de lo contrario...
Podía ofrecerse a él, ofrecerse como castigo. Sus manos ya habían golpeado su trasero una vez en el pasillo, y el erótico y punzante calor que había surgido en su interior se apoderaba de ella nuevamente. Su sexo se retorció y su respiración se hizo más profunda.
—Prepara una maleta pequeña y nos iremos —su tono de voz era intenso, pero suave a la vez. ¿Cómo podía ser aquello?
—Angela, por favor, ayúdame.
—Sí, Su Alteza —su pequeña criada apareció con la pequeña maleta en la mano.
Jasper se limitaba a observar a Alice, que le decía a su sirvienta lo que necesitaba meter en la maleta. La graciosa manera en la que ella se movía le hacía rendirse a sus pies. Si alguna vez había deseado a una compañera, ella era la mujer con la que había soñado.
En cuanto la vio en la silla recibiendo placer del hombre del pelo rubio, le atrajo de una manera que ninguna otra mujer había hecho antes. En realidad, exudaba belleza, pero no, era algo más que un aspecto hermoso lo que le arrastraba hacia ella. Le había necesitado, aunque solo hubiera sido para protegerse de su maldito hermano, y Jasper nunca antes se había sentido necesitado por nadie.
Exhaló un suspiro nervioso que le estremeció el cuerpo. Ella le había engañado y a él no le importaba lo más mínimo. Su plan se había visto ensuciado por el conflicto con su hermano. Ella deseaba protección, pero había ocultado la verdad de una manera rastrera y sucia.
No había tramado su plan con sabiduría.
Caminó a grandes zancadas hacia el sofá que había cerca de las ventanas y tomó asiento, sin dejar de mirarla ni un instante. Un hombre que codiciara el estatus que ella podría proporcionarle, y nada más, podía estar sentado allí en lugar de él mismo.
Desde su punto de vista, tan solo un perro sería capaz de ir detrás de ella por lo que su linaje, su dinero o su clase social pudieran proporcionarle.
La hermana del rey.
La piel del cuello se le puso de gallina. Sin mirarla ni haberla tocado, ni haber respirado el animal que llevaba dentro, la idea le aterraba. Su padre tendría mucho que decir acerca de todo aquello.
Su inocencia y su miedo, el hecho de que le necesitara por protección, así como por la orientación; aquellas cualidades le hacían sentirse más atraído aún. Estaba tan cerca de él, que no había manera alguna por la que pudiera alejarse de ella.
Cerró los ojos de nuevo mientras la sangre retumbaba en sus venas. Imágenes de su apareamiento la noche anterior, o de él presionando su cuerpo contra el de ella, mientras esta temblaba contra él en el pasillo, golpeaban su mente. Si, así era. Ella le infundía vida y le hacía sentirse más fuerte.
Era una pena que necesitara unas disculpas más sinceras por su parte. Solo deseaba abrazarla y hacer desaparecer su miedo. Frunció el ceño cuando ella señaló a las cintas que reflejaban su posición en la sociedad. Él necesitaba que ella se le ofreciera con toda sinceridad, no simplemente porque ahora estuvieran conectados.
De repente, ella se quedó quieta y le miró con atención. La tristeza, el alivio y la culpabilidad resplandecían en sus ojos. Él cerró los suyos; no deseaba ver el remordimiento que sentía ella por haberle mentido. ¿Confiaría en él, se entregaría y permitiría que su relación empezara de nuevo? Esperaba que pudieran hacer aquello y que fueran capaces de dejar atrás aquel incidente. Una puerta se abrió y se cerró y él abrió los ojos. La sirvienta ya no estaba en la habitación y Alice bajó la cabeza.
—Señor, deseo pagar las consecuencias por mi engaño —su voz, con un tono profundo y cargado de lujuria, hizo engordar su entrepierna.
Intrigante. ¿Podría ella leer sus pensamientos? No. Ninguna mujer Ursus tenía ningún poder especial. Su declaración no era en absoluto lo que había estado esperando.
— ¿Qué es lo que deseas, Alice?
Ella caminó despacio hacia él. Sus caderas se balanceaban mientras las puntas de sus pezones sobresalían a través de la fina tela de uno de sus vestidos para las celebraciones.
¿Cambiaría aquel vestido por un atuendo más apropiado cuando se dirigieran al barco? Él esperaba que no.
Una vez que estuvo delante de él, se arrodilló, y sus faldas se hincharon a su alrededor. Representaba el papel de la diosa que sabía que era cuando levantó la cabeza para dedicarle una mirada cargada de tristeza, remordimiento... y lujuria. Él sintió cómo se endurecía su humedad. Era la primera vez que veía la verdadera mujer que había en ella.
—Señor, deseo que me castigue por lo que he hecho. Que sea usted quien corrija mis acciones irrespetuosas para convertirlas en las adecuadas, para que podamos continuar hacia delante bajo igualdad de condiciones —levantó la mano y señaló el sofá que había a su lado ¿Me permite, señor?
¿Su castigo? ¿Qué estaba tramando?
—Sí. Puedes levantarte, Alice —tendió la mano hacia ella, y esta la rodeó con sus dedos y se apoyó en ella para levantarse. Se levantó las faldas, desnudó para él sus redondeados muslos, que se abultaban hacia un trasero generoso pero firme, y una brillante mata de rizos negros. Él inhaló profundamente y saboreó la fragancia de su lirio mezclada con la suya de clavo, la de su acida miel recubierta con su semilla.
Ella levantó la pierna y después, se arrodilló a su lado en el sofá. Las redondeces de sus rodillas rozaban con fuerza contra un lateral de su muslo.
—Milord, ¿me permite?
Aquello le golpeó con tal intensidad, que creyó estar rodeado por el movimiento de caderas de miles de seductoras mujeres. Tragó saliva con fuerza. Ella deseaba que él le diera unos azotes...
Que la castigara por sus errores. Rió a carcajadas, abiertamente. Ella quería que le castigara de la misma manera que había hecho la pasada noche en el pasillo, porque ella se había movido cuando él había insistido en que no lo hiciera. Maldita sea. Sí, eso era lo que iba a hacer, darle unos azotes.
Tragó saliva con fuerza, y su verga presionó contra la suave tela de sus calzones. Él deseaba aquello. Serían unos azotes eróticos y placenteros. Lo haría con un tono de voz acorchado y lleno de palabras para que ella entendiera que ambos eran iguales y que él no era una simple marioneta en sus juegos.
—Desde luego, por favor, hazlo, Alice.
Ella se inclinó sobre él, y plantó ambas manos a cada lado de sus piernas.
Él recogió sus faldas con la mano izquierda y las levantó hacia su espalda. Con la mano derecha las sujeto para que no cayeran. El abultamiento de su trasero blanco como una paloma bajo la brillante luz del día fue suficiente para hacerle babear como un perro ante la mesa de la a cena.
Ella contoneó las caderas ligeramente, y él luchó por contener la risita que le punzaba el pecho. Sintió cómo se le torcían los labios. ¡Dios mío! ¡Qué valor poseía aquella mujer!
—Quédate quieta —sus dedos le dieron un suave golpecito y le hicieron cosquillas en la corva. Sus músculos se tensaron y ella tomó una brusca bocanada de aire, pero permaneció quieta. Su caricia emplumada recorrió su pantorrilla hasta llegar a su piececito. La piel de sus talones tan suave como cualquier seda que él hubiera vestido nunca; aquello le sorprendía mucho. Rodeó con un círculo el borde y después, pasó los dedos por el puente del pie.
Ella soltó un pequeño grito y sacudió las piernas. Él sonrió, y sintió el calor en su corazón. Ella tenía cosquillas, aquello podía hacerles pasar un buen rato.
—No te muevas, Alice —sus dedos continuaron descendiendo en movimientos ligeros como mariposas desde el puente hasta los dedos de los pies. Cada uno de sus dedos golpeó ligeramente las delicadas yemas como si estuviera tocando un piano.
Levantó la mano y rápidamente, en una ráfaga de leves caricias ligeras como un susurro, le dio un pequeño golpe...
«Uno, dos, tres».
«Uno, dos, tres».
…a lo largo del hueco del pie.
— ¡Oh! ¡Deja de hacer eso! —ella soltó una risita y después toda una carcajada, mientras intentaba retorcerse y alejar sus pies de él.
—No, Alice, no voy a parar.
Con la mano derecha le agarró el cabello y tiró de los mechones, arqueando su cabeza hacia atrás. Él siguió golpeando sus sensibles pies, mientras la sujetaba con firmeza.
La caricia susurrante de su dedo a lo largo de la piel de su pie hizo que su cuerpo temblara deliciosamente. Arqueó la cabeza y sus caderas se abrieron más y más.
El ácido aroma de su humedad en el momento en el que extendió las caderas dio vueltas en su cabeza, Recordaba con tanta claridad el momento en el que la había saboreado con su lengua la noche anterior, que se lamió los labios y desvió sus caricias de las pantorrillas hacia las rodillas, e hizo círculos con sus dedos en la hendidura cubierta de rocío.
Ella gimió y empujó el trasero hacia fuera. En realidad, estaba preparada, preparada para ser saboreada y azotada. Él apartó la mano izquierda de su rodilla y la deslizó dentro de su grieta. El calor de su trasero, de su vulva, le llegó al alma. Introdujo los dedos en su húmeda carne, y ella se balanceó hacia atrás, buscando más.
—Quédate quieta —él embistió sus tres dedos con fuerza dentro de sus labios, en tres rápidas sucesiones. Con cada caricia de sus dedos, sus caderas se arqueaban más hacia atrás, su respiración se volvía más febril, y más fluido derramaba sobre sus manos.
Estaba tan húmeda, tan desenfrenada, tan preparada para él... y él ni siquiera la había azotado todavía.
Sacó los dedos y untó su mantequilla alrededor de la grieta. Se detuvo ante la hendidura arrugada. ¿Le permitiría ella que le penetrara con su miembro? Frunció el ceño, y curvó el dedo índice, y desplegó el placer contra el musculoso agujero. Ella no se endureció, pero soltó un gemido.
¡Maldita sea! La sangre aporreaba su interior. Desde luego, iba a intentarlo. Continuó el camino que había buscado en un principio, untó su crema sobre la grieta y después levantó la mano hacia su espalda, donde su piel ondeó y tembló bajo la estela de su caricia.
Después de los azotes, ella estaría más que dispuesta a permitir que le penetrara su trasero arrugado y de color rosa. Sus testículos se levantaban cerca de su cuerpo. Había pasado un año desde la última vez que había sodomizado a una mujer; en Inglaterra, estaba visto como un acto diabólico. Él adoraba la sensación de los músculos tensos y sedosos alrededor de su humedad, y sabía que a sus hermanos también les gustaba hacerlo.
Su mano derecha le soltó el pelo y la rodeó por el estómago, desde abajo. Suave y caliente, su vientre tembló cuando él la abrazó con ternura al darle el primero de los azotes.
Levantó la mano en el aire y flexionó los dedos, creando una especie de copa. Tensó los músculos e inhaló profundamente. Uno, dos, tres.
La balanceó hacia ella.
Zas.
La palma de su mano golpeó su trasero en la curva del redondo abultamiento. Sintió hormigueos en la mano y un estrangulado susurro explotó de la boca de la princesa.
Él continuó azotándola en ese punto, y permitió que el calor se infundiera no solo en su mano sino también en su trasero. Retorció los dedos, tirando suavemente de la carne de su trasero hasta revelar la grieta.
Ella arqueó el trasero hacia él.
—No volverás a engañarme nunca, Alice. ¿Entiendes lo que digo? —hizo una pausa como si sus palabras se filtraran a través de la nube de excitación en la que se encontraba ella.
—Sí, señor. Nunca, no volveré a hacerlo nunca.
—Buena chica, y yo nunca te engañaré a ti. La verdad y la sinceridad prevalecerán siempre, no importa lo dolorosas que puedan llegar a ser.
Levantó la mano en el aire una vez más; la huella roja de su azote calmaba la excitación de su piel.
—Así será, señor.
La mano descendió a través del aire y la golpeó en el misino punto...
¡Zas!
…y luego, se retiró rápidamente para añadir otro azote.
¡Zas!
Ella tensó el cuerpo y después, gimió. El sonido era la misma dulce música que había oído en ella cuando habían estado en el pasillo la noche anterior. Un sonido primitivo de excitación, de disfrute, y de placer.
Su pene se estiraba contra sus pantalones. Apartó la mano, e introdujo sus dedos dentro de su melosa grieta, y el cálido aceite de su sexo fluyó de su abertura y se extendió por su mano.
¡Vaya! A ella le gustaba aquello. Retiró la mano hacia atrás, hasta que la punta de su dedo encontró el arrugado anillo de piel que descansaba entre sus nalgas. Lentamente, presionó la punta de su dedo contra la musculosa abertura.
Ella estiró los músculos contra el dedo y después, sucumbió. Su ano se abrió para él, y la yema se deslizó dentro del aterciopelado infierno. Él se detuvo, ella jadeó, en un aliento profundo y desigual, tembló ante la penetración y después, gimió.
El sonido del libertino placer en su gemido le excitó. Su verga golpeaba contra sus pantalones y él tuvo que respirar a través de sus dientes apretados. «Solo termina tu sermón y podrás poseerla, Jasper».
—Somos iguales, Alice. Nuestra posición social y nuestro dinero no significan nada en nuestra relación —él retiró la yema de su dedo del flojo agujero y lo introdujo de nuevo, en un rápido movimiento—. Nunca ejercerás control alguno sobre mí, y yo nunca lo haré sobre ti. Tus opiniones y tus emociones siempre serán escuchadas y serán consideradas antes de que tomemos cualquier tipo de decisión. Así como las mías. ¿Lo entiendes?
—Sí... sí... sí, señor.
—Bien. No vuelvas a tratarme nunca como si fuera una marioneta en tus manos.
Levantó la mano una vez más en el aire y la flexionó. Sus ojos se fijaron en el abultamiento de su trasero y en la marca roja que ya le quemaba la piel. Bajó la mano y golpeó el abultamiento de su nalga.
¡Zas... zas... zas!
Ella gritó, se agito con violencia y tembló, y la miel de su sexo salpicó la tela de sus pantalones. La mano le escocía, pero su corazón latía a un ritmo descontrolado mientras sus genitales le pedían a gritos que se zambullera en su acuosa vulva.
Levantó su flexible cuerpo de su regazo y colocó sus rodillas sobre el cojín del asiento, y ella dejó las manos sobre el arqueado respaldo. Él se levantó detrás de ella y se desabrochó los botones de los pantalones. El faldón cayó suelto y liberó su ardiente erección.
Sus manos se aferraron a sus caderas, y él arqueó las suyas. Empujó hacia delante, y deslizó su larga longitud dentro de sus inundados labios.
Su carne le atrapó y él sacudió el cuerpo con violencia. Se le endurecieron los testículos y su semilla ascendió con rapidez. Él inhaló profundamente y se quedó quieto; no deseaba que aquello acabara demasiado pronto.
Ella gimió y empujó las caderas hacia atrás, contra él, a medida que su carne temblaba en oleadas alrededor de su miembro. Él se retiró de su vulva con toda la intención.
Derramaría su semilla en el tenso anillo de sus nalgas. El corazón le latía en la garganta y bajó la cabeza para mirar su falo, la carne brillante con los jugos de la princesa. Colocó la punta sobre el capullo rosado y tenso, y presionó hacia delante. El anillo de carne arrugada cedió, y su bulbosa cabeza entró en su derretido centro.
Ella jadeó, tembló, arqueó la espalda y presionó el trasero hacia arriba. Él se inclinó hacia delante y su respiración jadeó contra la piel de su nuca.
—Alice.
Lamió su dulce piel. Tensó los músculos del estómago y empujó poco a poco dentro del calor resbaladizo y sedoso de su trasero. Su cara, justo encima de ella, absorbió cada uno de sus gemidos y temblores, cada jadeo de placer mientras él se acomodaba completamente dentro de ella.
Ella estaba tan tensa que cada centímetro de su miembro era acariciado por el ceñido canal. Sus testículos se contrajeron y él gimió cuando el calor le atravesó las entrañas.
Se inclinó hacia su cuerpo y encontró su pezón; el tenso capullo de carne estaba arrugado y endurecido. Él lo rodeó en círculos mientras su otra mano recorría su estómago hacia abajo hasta alcanzar los resbaladizos pliegues de su sexo. Trazó el contorno de cada labio y con la palma frotó el pequeño capullo, a la vez que pellizcaba su pezón e introducía uno de sus dedos dentro de su sexo.
Ella emitió un gritó y sus fluidos se derramaron contra su dedo. Él echó las caderas hacia atrás y embistió en su tembloroso trasero una y otra vez. Las sacudidas de su orgasmo tiraron de la semilla que encerraban sus vesículas seminales con cada succión a lo largo de su mango. Las sensaciones colisionaron con las emociones, y la dicha líquida explotó en su ser, en chorros y chorros que derramaba de su interior, y Cielo santo! Los músculos se agitaron con violencia y él sintió cómo se tambaleaba. Descargó su peso contra ella en un estado de cansancio, y suspiró.
—Alice.
Ella temblaba bajo él. Jasper deseó poder embriagarse de sus emociones y tocar el placer tan intenso que hacía que le cosquilleara la piel. Había disfrutado tanto como él lo había hecho. Sonrió. Tenían muchas posibilidades de vivir una unión duradera y feliz.
Alice miró intencionadamente por encima del hombro a su compañero, que se estaba vistiendo después de haber salido de la bañera. Inmaculado fue la única palabra en la que pudo pensar para describir a aquel hombre.
Unos hombros anchos, una cintura estrecha, un cabello largo y moreno y unos ojos verdes que resplandecían de deseo cada vez que la miraban. En realidad, se sentía afortunada por tenerle.
—Mi señor, siento haberle engañado para que llegara a ser mi compañero. No pretendía atraparle, solo deseaba encontrar mi propia libertad.
Él la miró a los ojos, que todavía tenían una expresión dura, pero cargada de compasión.
—Lo sé, Alice. Conozco los rumores que hablan de fechorías de tu hermano. Supongo que la realidad es mucho peor de lo que cuentan, aunque también creo que pueden correr bastantes rumores que son completamente falsos.
Ella bajó la cabeza, para apartar los ojos de él.
—Así es —le dijo, y se lamió sus labios secos.
—Lo sabré todo con el tiempo, Alice.
Ella asintió.
—Él es la razón por la que tenía que asegurarme de que mi compañero no temiera enfrentarse a sus caprichos, en el caso de que fuera necesario.
—Entonces, has elegido bien. No dejaré que ese canalla se acerque a ti; además, vas a venir conmigo a Inglaterra.
Ella abrió los ojos de par en par. Inglaterra.
—Jasper, ¿encajaré yo en ese lugar? Nací aquí y fui educada bajo los estrictos valores de los Ursus.
—Lo harás, y a mí me parecen unos valores deliciosos. Estarás bien. Tendremos que vestirte de una manera algo diferente, pero podrás llevar lo que normalmente llevas cuando estemos en la intimidad —sonrió, mientras su mirada recorría su vestido transparente, y ella sintió cómo se le calentaban las mejillas—. En realidad, me gusta muchísimo la idea.
Tenía razón. Ella estaría con él, y se alejaría de su hermano. Dos bendiciones a la vez. Aquel hombre se las había arreglado para llegar hasta su corazón. La emoción del amor era aún pequeña pero se hacía más grande con cada momento que pasaba a su lado. El calor que sentía en el corazón le daba esperanzas. Tenía fe en que sus vidas fueran felices. ¿Pero sentiría él lo mismo?
—Jasper, tengo que saber qué es lo que sientes más allá de la unión que se establece con una compañera de por vida. ¿Te importo? —Cerró los ojos y negó con la cabeza. Era una estúpida, solo acababan de conocerse.
En dos grandes zancadas, Jasper quedó de pie a su lado. Se arrodilló delante de ella y colocó las manos en sus muslos.
—Alice, no sé cómo explicarte esto —Deslizó la lengua hacia fuera y trazó el contorno de sus labios. Ladeó la cabeza ligeramente, la miró a los ojos y le sostuvo la mirada—. Has hecho que me sienta necesitado y deseado de una manera que nadie había hecho en toda mi vida. Mi padre y mi madre eran felices, pero el modo por el que llegaron a convertirse en compañeros de por vida superó cualquier escándalo y empañó para siempre nuestra existencia. Maldita sea, mi primer hermano ni siquiera sabe quién es su señor. Todos los miembros de mi familia tienen sus propias necesidades, sus propios poderes. Mis poderes son triviales en comparación.
Ella abrió aún más los ojos.
— ¿Tus poderes son inferiores... a los de ellos? Pero tú eres tan fuerte y tan... tan... intimidatorio.
—Ahí está la cuestión. Nuestra familia fue desterrada porque mi padre suponía una amenaza a los valores de la sociedad.
—Lo entiendo, Jasper —se mordió el labio—. ¿Qué otro poder posees, Jasper? He intentado averiguarlo, pero ha estado eludiéndome.
Él inhaló una profunda bocanada de aire.
—Mi hermano gemelo, Edward, puede utilizar su mente para cambiar de sitio las cosas, para moverlas, para leer los pensamientos de la gente. Es bastante sorprendente. Movió la tierra para evitar que su compañera de por vida escapara muerta de miedo antes de que él pudiera ofrecerle explicación alguna. Desearía que mis poderes fueran más, pero desgraciadamente, solo puedo leer las emociones. Me basta un vistazo a la gente para saber lo que siente, no importa la fuerza con la que oculten sus emociones —la miró con atención
— ¿Estás leyendo mis emociones ahora? ¿Que siento, Jasper?
Sus ojos no dejaron de mirarla.
—Excitación, miedo —se le curvaron los labios—. Cansancio —las cejas se le movieron—. Deseo y... —sus ojos adoptaron una forma redonda—, amor.
A ella le tembló el labio, y las lágrimas brotaron de sus ojos.
—Tú... tú puedes verlo—cuan humillante le resultaba todo aquello... Sabía que había empezado a amarle. ¡Solo después de un día! Apartó la mirada de él y fijó los ojos en la ventana que había más allá de su hombro.
—Alice —él sacudió sus rodillas y ella volvió a mirarle—. Somos iguales. No hay secretos entre nosotros. Yo nunca te ocultaría lo que siento por ti. Además, yo también te amo —le guiñó el ojo.
—Oh, Jasper —ella lanzó los brazos alrededor de su cuello y le abrazó con fuerza—. He hecho una buena elección. Una elección excelente.
—Así es, princesa, has hecho una buena elección.
CONCLUSION: QUIERO LLORAR! PORQUE NO PUEDO ENCONTRARME UN JASPER ASI?
QUIERO DECIR QUE SOY UNA FIEL CREYENTE DE LA IGUAL DE DERECHOS LO DIGO POR LAS NALGADAS…
BUENO DIGANME QUE LES PARECIO?
YO SOY TEAM JASPER DE POR VIDA JAJAJA
QUE ME DE TODAS LAS NALGADAS QUE QUIERA
BESOS
