Capítulo dedicado a mi Bffa Blair Marie

Emmett

CAPÍTULO 01

Sudhamly, Inglaterra, 1817.

—Lord Royce posee un porte elegante, ¿no es así?

Las hojas crujían bajo sus pies, a medida que bajaban por el camino que atravesaba el bosque, y Rosalie suspiró. ¿Por qué razón encontraban todas sus amigas a su futuro marido tan... tan hermoso? Ella apenas podía mirarle sin que se le pusiera la carne de gallina. Un escalofrío descendió por su espalda al acordarse de sus fríos labios acariciando apresuradamente los suyos, en una caricia nerviosa en el momento de abandonar la hacienda de su padre hacía dos noches.

— ¿Marie? —Rosalie miraba con atención hacia las rocas y la tierra marrón que cubría el camino por el que paseaban. Las faldas de seda de las mujeres se balanceaban de un lado a otro con cada paso que daban—. ¿Has deseado alguna vez bueno, algo... alguien diferente?

— ¿Qué quieres decir con eso, Rose? ¿Alguien como el mozo del establo u otra persona inadecuada? —Marie soltó una risita—. Siempre he pensado que vuestro mozo del establo es encantador —la sonrisa de Marie se hizo más abierta.

Rosalie negó con la cabeza y un rizo rebelde de pelo rojizo cayó sobre su cara, obstaculizando su visión. «No, alguien... intenso… Un hombre que no se pase el día sentado sobre su trasero y jugando a juegos inacabables». Frunció el ceño.

—No alguien inadecuado, Marie. Royce es simplemente tan... Bueno, no es un hombre interesante, como todo pretendiente que ha venido llamando a la puerta de mi padre.

Giraron la curva en donde terminaban los árboles y el camino se abrió para dar paso a un campo lleno de flores azules y blancas que se balanceaban con suavidad bajo la brisa. Rosalie se detuvo, mientras la calidez en la belleza de la escena curvaba sus labios hasta hacerles esbozar una sonrisa.

Adoraba aquel campo, aquel paseo, y Sudhamly. Un suspiro emanó de su pecho. Aquello era parte del problema: no quería irse a Surry para vivir en la hacienda de Royce. Si lo hacía rara vez podría ver aquel campo repleto de alegres flores. Sintió cómo se le comprimía el pecho.

—Oh, Rose, yo no me parezco en nada a ti. Solo deseo un hombre agradable y apropiado que cuide de mí. Nada más. Tú siempre has… bueno, siempre has sido la que atraía todas las miradas. ¿Hay algún caballero que haya captado tu interés?

—No. Yo... sé que es una estupidez por mi parte desear más de lo que Royce puede ofrecerme.

— ¿Cómo dices?

Se dieron la vuelta y continuaron bajando a un lado del campo. La tierra tembló ante el impacto de los cascos y justo delante de ellas apareció un ciervo en el prado. A Rosalie le dio un vuelco el corazón cuando el pelaje marrón brillante del ciervo ondeó, y sus fosas nasales resplandecieron.

Marie gritó y Rosalie agarró a su amiga por la capa, tirando de ella hacia el bosque en una fracción de segundo. Cubrió la boca de Marie con su mano enguantada de niña. La respiración de Marie calentaba su mano a través del cuero mientras la tierra seguía temblando bajo sus pies. Era el sonido ensordecedor de los cascos de un caballo y... el aleteo de una montura de cuero que se hacía más fuerte por momentos.

—Sssh, ¿notas el temblor?... Se acerca un jinete.

Marie asintió con la cabeza y Rosalie dejó caer la mano de la boca de su amiga.

Se escondieron hasta adoptar una posición que no pudiera ser vista desde el campo, y se agacharon a un lado, bajo la sombra de las ramas de un árbol enorme, cuando un gran corcel negro apareció a través de los árboles persiguiendo al ciervo. El animal dio un salto y atravesó el campo; el caballo y el jinete se convirtieron en un borrón en el instante en el que ganaron terreno sobre el ciervo.

Rosalie se quedó sin respiración. Aquel hombre era enorme. Sus botas negras, brillantes y bien pulidas, reflejaban los rayos del sol. La tela de color rojo sangre de su abrigo se ceñía a su musculosa espalda y después se abría, hasta revoloteara su alrededor.

Ella se quedó paralizada, hipnotizada por la masculinidad de aquel hombre. No llevaba ningún sombrero y su cabello largo, anticuado y de color visón, formaba remolinos y caía pesadamente en una cola sobre su espalda.

Su caballo, un animal de arrastre bestial de color negro con unos cascos cubiertos de pelo y unas crines sueltas y largas, se giró hacia un lado cuando el jinete alternó su peso ligeramente hacia un lado del animal.

Verdaderamente cabalgaban como uno solo. Rosalie se mordió el labio. El jinete manejaba a aquella criatura con total comodidad.

Trasladaba las riendas correosas por el sudor de una mano a la otra. Los movimientos de la cabeza del caballo deslizaban las riendas de un lado a otro entre el suave y flexible agarre de aquel hombre.

Oh. Sintió cómo se le encogía el pecho. ¿Qué sentiría si aquella mano segura y tranquila agarrara sus dedos, mientras levantaba su mano hacia sus labios? Le tembló la mano, mientras hacía una mueca con los labios en un beso imaginario. Hormigueos de calor recorrieron su piel. Vaya.

La bestia avanzaba a un lado del ciervo, y el jinete saltó de la montura. Su torso golpeó el duro estómago del animal hasta conseguir reducir al ciervo sobre el suelo.

El ciervo se retorció y se agitó violentamente bajo aquel enorme hombre que se agachaba sin esfuerzo sobre sus rodillas. Éste abrió los ojos de par en par y encajó la mandíbula mientras sujetaba al ciervo. Su respiración era tan fuerte al exhalar que sonaba como si estuviera gruñendo.

A Rosalie se le erizaron todos los pelos del cuello y su corsé se volvió más tirante contra su pecho. No podía apartar los ojos de aquel hombre.

El ciervo continuaba agitándose con violencia. Los dedos del hombre se flexionaron sobre el pelaje del animal, y el ciervo se quedó inmóvil, apretó los dientes y emitió un ruido de traqueteo constante.

La suave caricia de sus dedos contra el cuello del ciervo había apaciguado y tranquilizado a la bestia. ¿Cómo había podido hacer algo así?

El hombre se levantó y dejó al ciervo en el suelo. La bestia no se movió. Rosalie abrió los ojos de par en par.

Él agarró las cornamentas, una en cada mano, tiró de ellas, y las retorció. El crujido de huesos atravesó el aire.

Rosalie dio un sobresalto, soltó un grito, y después se cubrió la boca con una mano, un segundo más tarde. Había asesinado a aquel ciervo únicamente con sus manos. Aquel hombre poseía dulzura, poder y control. El corazón le latió con fuerza y tragó saliva compulsivamente.

La cabeza del hombre se volvió hacia atrás y sus ojos redondos se concentraron en ellas. ¿Ojos redondos?

Él sacudió la cabeza, y el pelo se le soltó de la cola. Se irguió en toda su altura y la miró con atención.

No. Ella se había equivocado, tenía los ojos de una forma normal. ¿Cómo podía influir en ella un hombre tan bestial como aquel? Se lamió los labios, deseaba besarle y comparar la masculinidad de sus acciones con las correctas caricias de Royce.

—Rose... Rose... ven, vámonos de aquí. Es… es imposible creer que acabemos de ser testigos de cómo un hombre asesina a un ciervo con sus propias y desnudas manos. No quiero que se nos acerque —las manos de Marie se agarraban y se clavaban en el brazo de su amiga, en un intento por tirar le ella en dirección a la casa del padre de Rosalie.

Acercárseles... ¿lo haría?

El corazón le latía aceleradamente en el pecho, y la excitación le hacía sentir hormigueos en la piel, de una manera que nunca jamás había sentido en su vida. Deseaba conocerle. Tenía que saber su nombre. Tenía que saber la sensación que le produciría el roce de un hombre como aquel.

— ¿Quién es?

El hombre se enjugó las manos en sus pantalones de cuero grises y se dio la vuelta para dirigirse a su montura.

—No estoy segura, y no me gustaría averiguarlo.

— ¿Hablas en serio, Marie? Es fascinante. ¿No te excita? —sus pezones se endurecieron bajo su corsé y presionaron incómodamente contra la tensa restricción. Ella contoneó el torso, en un intento de disipar el malestar y los hormigueos que rodeaban sus senos.

— ¿Fascinante? ¿Excitante? No lo creo. Lo más probable es que esté completamente chalado —Marie seguía tirándole del brazo. Por favor, Rose. Vámonos de aquí.

Rosalie cambió de posición, pero no dio ni un paso. Él hombre tiraba de una cuerda de cuero desde la montura y volvía de nuevo hacia el ciervo.

¡Madre mía, sus manos engullían por completo las delgadas patas del animal! ¿Qué sentiría si él descansara esas manos sobre sus propias muñecas? Tragó saliva con fuerza, mientras imaginaba sus enormes manos cubriendo todo su estómago. Una sensación suave como la pluma subió de entre sus piernas directamente hacia su vientre. La carne de su sexo le cosquilleaba y un chorro de humedad se filtraba hacia fuera.

Respiró con fuerza.

La pegajosa humedad no era el resultado de una necesidad por aliviarse a sí misma ni por su período. Sintió como se le sonrojaban las mejillas. Él la afectaba de aquella manera. Era increíble. Le observó cuando ató las patas del ciervo con la cuerda y las aseguró. Le temblaron las piernas como si sus dedos estuvieran rozándole los tobillos.

Aquel hombre echó la cabeza hacia atrás, cerró los ojos e inhaló profundamente. Su cabeza cayó entonces hacia delante, y su mirada intensa y amplia atravesó la suya y la dejó inmóvil en el sitio.

—Yo me voy, Rose —la mano de Marie cayó de su brazo y se dio la vuelta.

Ella debería irse... en realidad, debería retirarse, pero no podía apartar los ojos de él.

Las pisadas de Marie sobre las hojas detrás de ella se detuvieron un momento.

—Rose, no puedo dejarte aquí sola. Ven conmigo, por favor.

El sonido del miedo y el malestar en la voz de Marie hizo pedazos todas las sensaciones que resonaban en el cuerpo de Rosalie. En realidad, Marie tenía razón. Rosalie debería irse con ella. Sin embargo...

—Tengo que saber su nombre, Marie. Solo será un momento. Por favor, por favor, espérame aquí mientras lo averiguo.

— ¡Rose!

Rosalie salió de la sombra de los árboles y apareció en el mar de flores blancas y azules. Las piernas le temblaban a cada paso que daba hacia el gigantesco hombre. Era inmenso.

Se le formó un nudo en la garganta y tragó con fuerza. Sentía la sensación del hormigueo de una pluma en su piel, y se hacía más intenso a medida que acortaba la distancia que le separaba de aquel hombre.

Él observó cómo se acercaba. Ella se lamió el labio inferior cuando estuvo a un metro escaso de él. Ladeó la cabeza hacia atrás y le miró a la cara.

—Señor, soy lady Rosalie, ¿y usted es…?

Él inhaló profundamente, olfateó de nuevo el aire y después, cerró los ojos.

No respondió, pero se dio la vuelta, se inclinó hacia abajo y levantó al ciervo del suelo. Se giró hacia su montura, dejó al animal sobre las posaderas del caballo y deslizó el cuero que rodeaba las patas del ciervo a través de los aros que había en la montura. Sus enormes manos trabajaban con una diestra precisión.

Era increíble cómo unos dedos tan grandes podían manejar una cuerda tan pequeña. Ella observó a Marie, que estaba de pie, a un lado del campo. « ¡Entérate de cómo se llama, Rosalie, y vámonos!».

— ¿Señor? —la lengua de Rosalie volvió a pasar por sus labios secos, mientras él se movía hacia el otro lado del caballo y aseguraba las patas delanteras.

El corcel negro se erguía inmóvil. El hombre regresó al lado del caballo en el que ella se encontraba, recorrió su cuerpo con la mirada, cubriéndolo de rocío. Rosalie ahogó un grito.

—Milady, no creo que desee saber nada acerca de mí ni de lo que tenga que ver con quien soy —su mirada recayó en sus faldas, a la altura de las caderas. Cerró los ojos e inhaló, por lo que su pecho se ensanchó bajo su fino chaleco; luego emitió un profundo gruñido que vibró en su pecho.

Abrió los párpados, y le miró directamente a los ojos. Tenía la mandíbula en una firme línea y se lamió los labios.

—Le sugiero que se aleje de mi lado.

El calor que emanaba su cuerpo la rodeó en una cálida manta de la que no podía escapar, incluso bajo aquel caluroso día.

Ella enderezó los hombros.

—No hasta que sepa cuál es su nombre, señor —le sonrió, y le flaquearon las rodillas como si fueran de mantequilla. Su determinación había podido con ella. No, era su fortaleza lo que no la había abandonado. Qué emoción. En realidad, un frenesí intensificado que había deshecho su ser.

Una sonrisa curvó una de las comisuras de sus labios y algo profundo y vigoroso dio vueltas en sus ojos.

El nombre de la intensa emoción que se rezagaba trémula en sus profundidades la eludía. Su pecho ascendía y descendía, y tenía que esforzarse por respirar.

—Lady Rosalie, si no se aparta de mi lado ahora, le clavaré mi mango en su... aquí en este campo, y delante de su amiga.

— ¿Cómo dice, señor? — ¿qué había querido decir con su mango? Otro chorro de humedad se deslizó de entre sus muslos y las mejillas le ardieron de calor. ¡Dios mío! Qué sensación tan deliciosa, causada por el simple hecho de estar de pie a su lado.

Él inhaló de nuevo, el cuerpo le tembló mientras sus puños se pegaban a cada uno de sus flancos. Apartó la mirada de ella, y observó la montura de su caballo.

— ¡Váyase ahora mismo! No estoy bromeando.

Aunque sus palabras la decepcionaron, la excitaban de una manera intrigante. No podía alejarse y renunciar a saber su nombre. Miró a Marie, que seguía de pie observándola a la sombra de los árboles, mirando la escena con atención. Entonces, Rosalie se giró de nuevo hacia el hombre.

—Dígame su nombre, señor, y luego me iré —el labio inferior le temblaba. «Por favor, por favor, dímelo. Yo... yo no puedo irme sin saber quién eres».

Él le agarró la cintura con las manos y las marcó a través de la muselina y las finas enaguas. A ella se le erizó cada uno de los pelos de sus brazos y se balanceó, ligera como la pluma, como si estuviera siendo arrastrada por la corriente. Oh, Dios... La euforia estimulaba cada una de sus terminaciones nerviosas.

Él llevó los labios hacia los de ella, en un movimiento brusco e intenso. Su lengua embistió dentro de su boca y ella gimió ante la invasión, sin saber qué otra cosa hacer que no fuera sentir su caricia.

Quizás «mango» se hubiera referido a la lengua.

Suspiró y la cabeza le dio vueltas. Podría tomarse esa libertad con ella cuando le pareciera. No importaba lo impactante que fuera el gesto.

—Mmmm —se relajó contra él y movió suavemente los labios, imitando los movimientos que él hacía sobre los suyos.

Sus labios le pellizcaron y presionaron. La caverna húmeda de su boca y su lengua sabían a café y a anís. Oh, aquello sí que era un verdadero beso, dulce, especiado y lleno de pasión. Se balanceó en sus brazos.

— ¡Rose! ¡Rose!

El grito de su amiga cortó la neblina en la que flotaba. Marie no podía dejar que su amiga disfrutara de un único beso, aventurero y escandaloso.

Él se apartó de sus labios y bajó la cabeza para mirarla. Sus cálidos ojos grises se agitaban con dolor, confusión y anhelo, algo que le llegó al alma. Su corazón deseaba a ese hombre.

—Ahora váyase —las palabras salieron en forma de un gruñido a través de sus dientes apretados—. No podré detenerme si no lo hace.

«Oh, sí, señor, no dude en hacerlo». Pensamientos traviesos y arriesgados. Un golpe de calor le quemó la cara y el pecho. Ella deseaba que él la besara una y otra vez, que remitiera con sus manos sus caderas y acariciara el dolor que sentía en los senos.

Abrió la boca para hablar, pero un gemido emanó de su boca en lugar de palabras.

Él apretujó bruscamente sus caderas con las manos, y tiró de ella un poco hacia sí, y una cálida sensación de dolor le atravesó la piel. Sus brazos se agitaron con violencia y sus dedos la soltaron como si estuviera sujetando algo que deseara y detestara a la vez. Negó con la cabeza, y su pelo moreno y largo se deslizó suelto sobre sus hombros; después, se subió a su montura.

Sus ojos grises, cargados de necesidad y deseo, la miraron fijamente, cubrieron su cuerpo y su mente con una cuerda invisible de avidez de la que ella no estaba muy segura de querer liberarse.

— ¡Váyase!

Ella caminó hacia Marie, pero se negaba a romper el contacto visual con él. Deseaba aquel momento... deseaba sentir la emoción, cualquiera que fuera, que acababa de experimentar con él. Su alma lo necesitaba.

Chaqueó la lengua al espolear al caballo a ambos lados, y juntos salieron al galope hacia los árboles.

Rosalie se quedó allí de pie, incapaz de moverse mientras le veía desaparecer en el bosque.

« ¿Quién era él? ¿Quién era él?». Un beso enloquecedor, pero no había conseguido averiguar su nombre.

—Rose. Oh, Rose, ¿te encuentras bien? —Marie caminó hasta colocarse delante de ella y su mirada recorrió toda su cara—. Oh, oh, ¡Rose! ¡Mira lo que ha hecho con tus labios!

Rosalie levantó la mano y se tocó la superficie húmeda y dilatada. Su dedo se deslizó a lo largo del inflamado labio inferior. ¡Cielo santo! Tenía la piel suave como la seda. Miró de nuevo hacia el bosque, en dirección hacia donde él había desaparecido.

—Ha... ha sido increíble, Marie. No sabía que un beso podía ser tan intenso.

Marie soltó una risita.

—Parecía muy brusco, Rose.

—Oh, Marie, ese beso... nunca había experimentado una cosa igual —suspiró—. Pero todavía no sé cómo se llama —apartó la mirada de los árboles y la dirigió hacia la cara de su amiga—. ¿Tienes idea de quién puede ser ese hombre, Marie?

Su amiga acarició con la mano el brazo de Rosalie.

—No.

« ¡Maldita sea!». Agarró la mano de Marie y levantó sus dedos hacia sus labios.

—Tócame los labios... es increíble. Las yemas de los dedos de Marie recorrieron los dilatados labios de Rosalie.

—Oh, Rose, están suaves, más suaves que la seda más fina.

—Sí —respiró con fuerza, al mismo tiempo que su cuerpo se estremecía en una deliciosa neblina—. Tengo... tongo que saber quién es ese hombre.

Emmett se sentaba a horcajadas sobre su caballo y observaba a la encantadora e inocente lady Rosalie mientras su amiga recorría con uno de sus dedos sus angelicales labios.

Gruñó.

«No. Emmett, no permitirás que se suceda otro encuentro. Es demasiado pura para enredarse en un rápido apareamiento contigo».

La destrozaría de toda manera concebible si volvía a tocarla una vez más. Dio gracias al Ursus porque ella no hubiera estado sola y porque su amiga le hubiera ayudado inconscientemente a controlar la situación. Había utilizado su mente para que su amiga se rindiera a su voluntad, para que interrumpiera el momento gritando el nombre de lady Rosalie. Incluso aunque la hubiera amenazado con tomarla delante de su amiga, él tenía honor y nunca arruinaría a una inocente con título de nobleza mientras otra estaba allí de pie, observando la escena.

Debería haber utilizado sus poderes mentales para que su presencia pareciera completamente desapercibida. Suspiró. «Eres un estúpido, Emmett. Otra frívola interacción con una mujer que no es una Ursus». Lo único que deseaba era que aquella mujer regresara a su casa y continuara rápidamente con su vida La vida de la hija de un duque que gira al ritmo de las fiestas y los amigos. Seguro que acabaría olvidándole. Suspiró.

«Qué estúpido zoquete».

Lady Rosalie.

Exhaló otro suspiro que no hizo nada por aliviar la tensión que sentía.

La hija del duque de Hale.

Las tierras de sus padres limitaban la una con la otra desde hacía años, aunque sus familias nunca se habían dirigido la palabra. Hasta aquel día. Se aseguraría de que nunca más se diera una conversación con aquel hermoso ángel, de cabello rojo y ojos verdes. Sería su perdición. Su perdición.

Llevó al caballo hacia la mansión Cullen. Encerraría en su mente los labios suaves y temblorosos y las generosas curvas de lady Rosalie, y después tiraría bien lejos la llave.

YO TAMBIEN QUIERO BESOS!

LO SE ROSALIE NO TIENE CABELLO ROJO PERO CREO QUE HAY QUE VARIAR…

QUE LES PARECIO?

BESOS