CAPÍTULO 03

Emmett bajó trotando el camino a horcajadas de Belcebú, su caballo de arrastre de color negro. Las aisladas colinas bien merecían el camino escarpado que conducía hacia allí.

Había viajado hacia su lugar favorito cada día desde que había conocido a aquella bendita chica.

Él gruñó desde lo más profundo de su pecho y Belcebú agitó a un lado la cabeza, tirando de las riendas en las manos de Emmett. No podía arruinarla de aquella manera. Su pelo rebelde de color rojo y sus ojos brillantes y verdes tiraban de él, contraían su estómago y endurecían su entrepierna.

Gimió al sentir cómo se le abultaba el pene. La fragancia terrosa y almizclada de su excitación, con toques de rosa... el sonido de su humedad mientras se masturbaba en sus sueños... EI mismo demonio.

No le extrañaba que sus palabras no hubieran funcionado al intentar convencerla de que se olvidara de él. No había conseguido resolver el hecho de mantenerse alejado de su oculta mente.

Había utilizado toda su voluntad para apartarse de su cuerpo en el campo. Su amiga se hubiera horrorizado si hubiera perdido el control y hubiera tenido relaciones con ella allí mismo. Solo hubiera conseguido que le dispararan como si fuera un animal, o peor, ella hubiera sido obligada por su familia a casarse con él.

«Su esposa... su compañera de por vida».

Sus labios se levantaron hasta esbozar una sonrisa. Sí.

« ¡No, Emmett!». Negó con la cabeza. «Nunca someterás a ninguna mujer a tus apetitos». Se le revolvió el estómago. Ella era demasiado inocente, demasiado valiosa. Apretó los dientes con fuerza. Su mente estaba completamente ocupada con la lógica, pero sus instintos la deseaban. Al demonio con el honor.

Rodeó una curva en el camino, y la fragancia de la tierra y las rosas contrajeron su pecho.

Ella estaba cerca. Estaba en algún lugar del bosque.

Tiró de las riendas de Belcebú hasta detenerse y cerró los ojos. «Vete a casa. Estás en mi terreno. Aquí no eres bienvenida».

Sus ojos permanecieron cerrados y podía sentir cómo el corazón de Rosalie resonaba en su interior. Sentía cómo se le aceleraba el pulso, y se dio cuenta de lo cerca que estaba. La excitación, densa y desesperada, humedeció su lengua. Deseaba estar dentro de ella, follársela con intensidad, mientras mordisqueaba y saboreaba su carne, su sangre virginal.

Gruñó y siseó. Su verga empujaba contra el suave cuero de sus pantalones y la dura y fría montura que había bajo él. «Date la vuelta, Emmett. Ve en dirección opuesta. Sabes que esto solo acabará mal para ella».

Abrió los ojos y tiró de la rienda izquierda para darse la vuelta en su montura. Ella estaba de pie en el camino, detrás de él, con más de quince centímetros de lodo machándole el dobladillo de encaje de su falda, con el pelo agitado por el viento y las mejillas sonrosadas por la brisa, por el sol, o por él, no estaba muy seguro. La visión de ella ante él, sola, le llegaba al alma. Una inocencia pura y angelical.

Apretó los dientes con fuerza e intentó controlar el monstruoso animal que intentaba desnudar las garras bajo la piel, que deseaba irrumpir allí, liberarse y destrozarla, darse un banquete con ella hasta que solo residiera el mal.

Ella caminó hacia él. «Muévete, Emmett. Dale la vuelta a Belcebú y apártate de ella». Sus manos se aferraron a las riendas, pero no podía tirar de ellas. «Tranquilízate». Inhaló profundamente. «Qué error...».

Su fragancia, su densa crema que fluía de su sexo y caía por su propia garganta. El animal que había en su interior se deleitó con la fragancia, y deseó más de ella que el minúsculo atisbo de su olor en la brisa.

Sus ojos verdes le miraban con atención; estaba al alcance de su mano, pero no lo suficientemente cerca. Deseaba que su cuerpo se rozara con el suyo, mientras le daba placer y le hacía gritar antes de...

«No, Emmett».

—Lord Cullen, necesito... necesito hablar con usted. Verá, creo que estoy volviéndome loca con pensamientos acera de usted. Sueños en los que habla conmigo —tragó saliva con fuerza, y la mirada de aquel hombre se fijó en la columna de carne y músculos de su cuello, mientras ella se lamía los labios y tragaba saliva otra vez.

—Vete a casa, Rosalie. Ahora. No te lo advertiré una vez. No soy apropiado para ti.

Ella frunció el ceño.

— ¿Cómo sabe usted lo que es apropiado para mí? No le conozco. Usted no me conoce. Yo solo deseo conocerle —hizo una pausa y sus labios hicieron una mueca—. Deseo verle sonreír.

La boca de Emmett hizo una mueca y Belcebú movió su postura, al golpear el suelo con los cascos. ¿Sonreír?

Suspiró.

La sonrisa que esbozas en tu cara desaparecerá si llegas a conocerme. Preferiría saber que me deseas a obligarte a saborear ese deseo, que acabará por convertirse en un gusano hambriento y te devorará por dentro.

—En mis sueños me preguntaba si podía tocarme, pero no me ofrecía nada más. Yo… yo deseo sentir sus caricias, saber hacia dónde me llevan las sensaciones que crea en mí —ella no podía dejar de mover las manos—. Incluso si eso es todo lo que usted puede ofrecerme.

El corazón de Emmett resonaba en sus oídos y su visión empezaba a nublarse... Aquellas palabras... no había esperado oírlas. Parpadeó varias veces para aclarar su visión y la miró con firmeza a los ojos.

— ¿Estás segura de lo que dices? Si vuelvo a tocarte, no me detendré hasta derramar mi semilla en tu interior... No te ofreceré más que eso.

El pecho le dolía con la idea de no volver a verla nunca más, de no sumergirse en sus sueños por la noche. « ¡Para, Emmett!».

—Sí... sí, sé lo que estoy diciendo.

— ¿Sabes acaso lo que soy? ¿Sabes a qué me refiero cuando digo semilla?

—No, no sé la respuesta a ninguna de las dos preguntas, lord Cullen. Deseo aprenderlo todo. Deseo conocerle por completo.

Cerró los ojos. «Emmett, no puedes hacer esto. Ella es la hija de un duque inglés. Si lo haces, le romperás el alma y el corazón».

—No —tragó el nudo que se le había formado en la garganta y después, abrió los ojos para contemplar la cara acongojada de un ángel.

—No —respiró ella, apenas audible—. ¿Por qué?

¿Por qué? Cerró los ojos. «Porque si te tomo, puede que no sea capaz de detenerme. Puede que entonces te necesite una y otra vez». El calor de su mano presionó su rodilla y él se tensó. Todas las células de su cuerpo revivieron con un fuego, deseo y necesidad que no podía rechazar.

Deslizó una de sus manos temblorosas por el muslo hasta cubrirle la mano. Ella aplanó la palma contra su piel. Diablos… Su larga verga achicaría sus pequeños deditos. La aplastaría.

Abrió los ojos, y la neblina de lujuria lo nubló todo excepto a ella, que se levantaba cerca de él. Un ángel que alzaba la vista para mirar al demonio. Él tragó saliva con fuerza, se mordió el labio inferior y le estrechó la mano.

Ella tensó los músculos de su cuerpo, y su mano apretó y tiró contra la presión de su agarrón.

Él entrecerró los ojos.

— ¿No está tan segura, verdad, lady Rosalie? No conozco ni la dulzura ni la ternura.

—No. Yo... le deseo.

Le soltó la mano y le cubrió su redonda mejilla. Cuando giró su cabeza tanto como le permitía sus músculos, la carne de su cuello se estiró, pero no opuso resistencia. La piel que cubría el punto en el que latía su pulso palpitaba como las alas de un colibrí, y entonces, le soltó la barbilla.

Balanceó la pierna sobre la montura y se deslizó del caballo hasta quedar delante de ella, sobre la tierra. La cabeza le llegaba justo debajo del torso. Ella levantó la barbilla para poder mirarle a los ojos.

Una lengua rosada se deslizó hacia fuera y trazó el contorno de sus labios, dejando un ligero brillo sobre la arrugada superficie. Se concentró en la carne apetecible y resplandeciente y se lamió los labios. El dulce sabor del beso que le había dado en el campo inundó su boca expectante de sabotearla una vez más.

Ella levantó la mano, con la carne de la palma cubierta de rocío, y le rozó la mejilla. Con los dedos flexionados, acarició con suavidad el pelo de su barba, y después, cubrió con las manos sus duros rasgos.

Él cerró los ojos y se dejó llevar por la suave caricia, que estaba cargada de compasión y deseo, de todo lo que él deseaba y necesitaba, pero que no se atrevía a poseer.

—Sí, lord Cullen, acarícieme, béseme. Haga lo que desee hacer.

A él se le nubló la visión, y sintió cómo la lengua se hinchaba dentro de su boca. Absorbió cada parte de ella. Llevaba sus rizos de color rojo fuego recogidos en lo alto de su cabeza. Desvió la mirada hacia abajo. A ella le temblaron los labios y los abrió ante la caricia de sus ojos. Su pulso en la base de su garganta palpitaba salvajemente, y su fragancia...

Gruñó, un sonido de pura lujuria animal sonó en lo más profundo de su vientre, como si su piel se encendiera con una necesidad por completar el acto, por tomar la inocencia que ella le ofrecía y que les consumía a los dos.

Él caminó hacia delante. Ella caminó hacia atrás. Al unísono cruzaron el camino hasta que él la presionó con fuerza contra un gran roble que había a un lado del camino y cayó de rodillas. Captó la tierra sólida y fría un instante antes de aferrarse a sus faldas y tirar de ellas hacia arriba. Ella ahogó un grito.

La fragancia de su dulce sexo atraía sus deseos desde lo más profundo de su ser.

Su miembro se estiró y él pudo saborear la terrosa fragancia en su lengua. Recogió las enaguas de algodón y la muselina de su falda en sus manos.

—Sujétate las faldas, Rosalie.

Ella le rodeó la mano y la tela con los dedos. El calor de la pequeña despertaba la sensación que había tenido en el campo: en lo más profundo de su alma, deseaba poseerla. Retorció su muñeca, y se apartó de su abrazo. A ella le temblaron las manos mientras sujetaba hacia arriba sus faldas contra su vientre, desnudando la piel suave y pecosa que se estiraba a lo largo de sus bellos huesos. Él bebió de la suave leche de su piel. Era toda una delicia para él.

Movido por la necesidad de sentir el calor de su pulso bajo su caricia desnuda, se desabrochó los guantes y se deshizo de ellos. Sus manos se aferraron a sus caderas, como había hecho en el campo el día que se habían conocido.

Ella gimió y arqueó las caderas hacia él, en un gesto primitivo de invitación.

Una invitación que él no podía rechazar.

Él deslizó la mano derecha, trazó una línea de pecas hasta sus rizos, y después, la giró y la llevó hacia el interior de sus muslos para cubrirle el sexo. Separó los pliegues con su dedo corazón y lo introdujo dentro de la empapada carne. Demonios...

Ella cerró las piernas sobre su mano.

— ¿Has cambiado de opinión, Rosalie? —enarcó las cejas hacia ella.

—No... No —sus labios se abrieron ligeramente, en un susurro de placer.

—Separa las piernas.

Sus piernas flaquearon un momento y luego, se fueron abriendo con lentitud. El calor de su núcleo se abrió en su mano, y él sintió cómo el corazón le latía con fuerza en el pecho. Deseaba que su mano fuera el tirabuzón de su lengua, a medida que saboreaba su denso aceite. La llevaría a un final delicioso antes de arruinar el acto, cuando la bestia que llevaba dentro quedara libre para derramar su semilla dentro de ella. A ella le temblaban las piernas a ambos lados de él, y la humedad se derramaba de su agujero y le cubría la mano.

—Mmmm —él contoneó el dedo dentro de los pliegues, y ella gimió con él—. Es cierto que me deseas.

—Sí—dijo ella en un susurro.

—Entonces, me tendrás.

Deslizó el dedo hacia arriba, y lo coló dentro de su balsámico canal. «Tan tenso». Cerró los ojos y saboreó las paredes esponjosas y resbaladizas que cedían ante su exploración. Ella acabaría sangrando, no cabía duda de ello. El pulso se le aceleró al imaginar el tenso anillo de su vulva dejándose caer sobre la cabeza del tamaño de una manzana pequeña de su falo, mientras él se quedaba inmóvil antes de embestir dentro de su resbaladizo interior. Pronto sus demonios la reclamarían como suya. Tragó saliva con fuerza. No podía permitirle dejarse llevar por las pasiones carnales que poseía. No con ella.

Sus labios descendieron hacia la carne sedosa y con olor a rosa de la piel de su vientre, y la besó y mordisqueó, cuando sus dedos, pegajosos por su rocío, se deslizaron hacia fuera y volvieron a introducirse dentro de ella.

Ella se retorcía y gemía, apartaba las piernas más y más para permitirle una mejor entrada; el deseo que sentía por él se reflejaba en sus acciones y en los sonidos que emitía.

Sus besos se volvieron más intensos y descendieron por su vientre con cada caricia. Se le hizo la boca agua. El demonio que había en su interior también deseaba saborearla. La saliva adicional de su lengua dejó un rastro húmedo hasta los ligeros rizos de su sexo.

Retiró el dedo fuera de su vulva, y derramó su esencia en su lengua cuando empujó la boca dentro de sus pliegues. Soltó un gruñido. La dulzura terrosa y ácida se preparaba para su lengua. «Mi ángel»... tenía un sabor y un olor propios.

El sudor cosquilleó el pelo de su cuello y sus ojos se nublaron; el oso que había en su interior estaba poniendo a prueba su voluntad. Él lamió y lavó su abertura y su botón con una adoración intensificada.

Ella arqueó las caderas hacia su boca con cada caricia de su lengua.

—Mmmm —murmuró él, e hizo vibrar los labios de su vulva. La mano que le había quedado libre a ella había serpenteado hacia su cabello y lo había agarrado para equilibrarse. Las piernas le temblaban, y le flaqueaban las rodillas.

Él levantó la mano izquierda y le cubrió el trasero, e hizo que todo su peso recayera ahora en él. Añadió otro dedo más, embistió dentro de su lloroso sexo, y expandió aún más su canal.

Ella soltó un grito, y las paredes resbaladizas atraparon sus dedos en olas de placer. Los jugos de su vulva derramaron su hermoso éxtasis en su mano y en su lengua. El lamió su botón una vez más, y sus caderas siguieron balanceándose al ritmo de sus espasmódicos músculos.

Él se inclinó hacia atrás ligeramente y retiró los dedos de su carne empapada. Estaba muy mojada. Bajo un estado de excitación así, ella no tendría problema alguno en aceptar su talla o sus bruscas embestidas.

Deshizo los botones de su pantalón y liberó su verga, dura como una roca. Agarró el mango en su mano, soltó su trasero que sujetaba con la otra mano y se puso de pie.

Ella abrió los ojos, cuyas pupilas estaban envueltas por el tono más brillante de verde. Una sonrisa de satisfacción se desplegaba en su cara y él sintió cómo se le ponía la carne de gallina ante la erótica energía que aquella simple sonrisa emitía. Su ángel ya le había probado y, al parecer, deseaba más.

Abrió los labios después, y su lengua trazó la superficie. Él se inclinó hacia delante y la besó. Su lengua invadió su boca, y saboreó la dulzura mezclada con el té y con el toque almizclado de sus labios, que todavía persistía en su lengua. Lamió y mordisqueó su labio inferior hasta que ella suspiró y acabó por entregarse a él completamente.

La razón por la que lo hacía, cuando él solo podía herirla, no llegaba a comprenderla.

Su mano rodeó su cintura, la levantó y la atrapó entre su enorme cuerpo y el tronco del árbol. Ella abrió los muslos y los colocó alrededor de sus caderas. Él trazó su lengua con los labios una vez más, y la cabeza de su pene rozó los labios de su vulva, empapada en vaporosos aceites.

Ella gimió y echó la cabeza hacia atrás, contra el tronco del árbol. Su boca viajó desde sus labios hasta su cuello, su lengua se deleitó con la columna de carne cuando encontró el fuerte latido bajo la piel de su garganta. Rodeó el punto palpitante con la lengua y la visión volvió a nublársele de nuevo. Necesitaba estar dentro de ella, sentir el latido de su corazón palpitando alrededor de su miembro mientras ella se contoneaba y gemía. Sí, ciertamente, necesitaba tirarse a aquella mujer tan, tan dulce, saborear todo lo que le estaba ofreciendo.

Ella tembló de necesidad en sus brazos. Él uniría sus cuerpos y los convertiría en uno solo.

Acarició sus labios inferiores con su falo, y le cubrió la longitud con sus jugos. Flexionó las rodillas ligeramente, y la punta de su verga encontró la abertura de su sexo y se acomodó con firmeza en la entrada.

Con el pulso aporreándole los oídos, se abrieron las hendiduras de sus nudillos. Los dientes se le afilaron y la chaqueta se estiró hasta el punto de deshilacharse cuando su espalda se hizo más ancha.

Arrastró la lengua a lo largo de su cuello y flexionó las rodillas. La cabeza afilada la extendió aún más cuando se deslizó en su cálido núcleo.

Ella gimió y gimoteó, y sus manos se aferraron con fuerza a la tela de su abrigo. Él acarició con la lengua su pulso y mordió, no lo suficientemente fuerte como para perforar su piel, pero creando el dolor necesario para distraerla, mientras con fuerza embestía en la bienvenida de su cuerpo hasta que sus rizos se entrelazaron como una sola mata de pelo.

Ella soltó un grito y se le tensaron todos los músculos del cuerpo. Él se quedó inmóvil en su tenso y enguantado calor, le lamió una y otra vez el cuello y las mellas que había dejado en su piel, hasta que sintió que ella relajaba el cuerpo.

—Lord... Lord Cullen —suspiró ella, y él retiró la cabeza del pliegue de su hombro para poder mirarla a los ojos.

Unos ojos verdes brillantes y cargados de pasión le devolvieron la mirada.

Una sonrisa curvó una comisura de sus labios, y frotó su pubis en sus rizos.

—Oh, Dios —ella cerró los ojos y gimió, su vulva emanaba su aceite sobre su pene.

—Sí, Rosalie, eres mía —bajó sus labios hacia los dilatados de ella, y Rosalie se estremeció bajo él.

Él se apartaba hacia fuera y embestía de nuevo dentro de ella. Su cuerpo se expandió, y el oso que se escondía en su interior salió libre para darse el festín con su compañera. Mordió y apretujó su carne, incapaz de acercarse demasiado a sus emociones, y escuchar lo suficiente de su placer.

Ella gimió, lloriqueo, y gritó.

Una ola de placer explotó en su interior mientras sus labios vaginales se cerraban con fuerza alrededor de su longitud.

— ¡Demonios! —sus testículos se contrajeron y contorsionaron, haciéndole caer de rodillas con eufóricas contracciones cuando derramó su semilla en el interior de su vagina.

La bombeó una y otra vez, y la sensación de hormigueo en los testículos fue amainando poco a poco. Se quedó de rodillas, intentando recobrar el aliento, con las piernas de ella todavía rodeándole la cintura, y todo el cuerpo le tembló.

Él la abrazó con fuerza e inhaló su fragancia a rosas. La deseaba... una y otra vez... ¡ahora y para siempre!

« ¡No, Emmett! Basta ya. Sabes lo que ocurrirá si lo permites». Inhaló con fuerza y se agitó violentamente mientras refrenaba sus deseos.

Abrió los ojos después. Ella se había quedado dormida en sus brazos, tenía los ojos cerrados y el cuerpo relajado.

Agradeció al diablo que ella no le hubiera visto en aquel estado, con los ojos redondos, los hombros más anchos y las garras de casi ocho centímetros extendidas desde sus nudillos. Le hubiera temido si lo hubiera hecho.

«Como debería hacer, Emmett. Eres una bestia. Un demonio que ni siquiera sabe quién es su padre. Ella se merece algo mucho mejor que eso».

Sus ojos volvieron a concentrarse en la divina mujer que descansaba en sus brazos y sintió que le daba un vuelco el corazón.

Tenía los labios dilatados y cortados, la carne de su cuello roja, arañada y mordida. «Demonios». Aquellas marcas dejarían sin duda moratones. El estómago le dio vueltas y cerró los ojos. Suavidad... No había nada parecido en él. «Eres un estúpido».

No, no podía permitir que aquello volviera a suceder de nuevo. Tragó saliva con fuerza y retiró su verga de la cálida a caverna de su cuerpo.

Ella gimoteó y él la levantó. La colocó con dulzura sobre el césped, le separó las rodillas para estudiar su vulva y darle el obsequio que se requería por haberle permitido montarla.

Con los labios abiertos, su semilla, mezclada con sangre fresca, se disponía a verterse de su matriz. Él se inclinó hacia delante y saboreó la carne untada de aceite.

El cuerpo se le agitó con violencia ante cada lametón, el deseo de poseerla solo para él le hacía arder la sangre de las venas.

« ¡No!».

No la reclamaría como suya. Se le cerró la garganta y tragó saliva con fuerza. Le entregaría su obsequio como se requería en aquellas situaciones, para darle la inocencia a su osezno, y luego, la mandaría de vuelta a su mundo.

Su clítoris se endureció, y su lengua hizo círculos sobre la superficie y volvió después a la húmeda carne para embestir dentro de su sexo.

Ella arqueó las caderas del césped hacia él. Emmett absorbió y lamió su semilla acida y poco generosa mezclada con el sabor a cobre de la sangre virginal y la vulva almizclada.

La sangre fluyó de su miembro, y le endureció la carne. Emitió un gemido, la necesidad por dar comienzo al ritual Orsse era su único deseo. Sus vesículas seminales se abultaron con los potentes jugos que escapaban al exterior. Deseaba hacerla suya para toda la vida.

«Emmett, no. Obséquiale con el regalo y márchate de aquí. Vete mientras puedas».

Él inhaló una profunda bocanada de aire, y no pudo distinguir otra cosa que la penetrante fragancia de su sexo. Gruñendo, negó con la cabeza.

«Al demonio y de vuelta otra vez, Emmett. Una vez más».

Él no podía quedarse allí... pero se merecía aquel placer que se le presentaba, por haberle permitido montarla con tanta violencia.

Su lengua acarició el brote y después, cosquilleó la abertura de su sexo. Ella arqueó las caderas más hacia arriba y él siguió acariciándola, para hacerle alcanzar su obsequio, porque deseaba su alivio más que nada en el mundo.

Sus labios se cerraron sobre la carne endurecida, y succionó. Ella cerró las piernas alrededor de su cabeza, y estalló, gritando. El cuerpo le tembló violentamente por la pasión mientras el aceite se derramaba de su vagina.

Emmett cerró los ojos; tenía el corazón en la boca del estómago. Frunció el ceño y se inclinó para observarla mejor.

Ella le sonrió perezosamente y después, se dejó llevar al sueño. Él sacó los brazos de las mangas de su chaqueta de montar de color rojo y dejó la prenda, cubierta de su calor, sobre su soñoliento cuerpo.

Se inclinó y le besó en la frente.

—Adiós, mi ángel —sus pies se quedaron clavados al suelo. «Muévete, Emmett. ¡AHORA! Antes de que se despierte, antes de que te vea como el monstruo que eres».

Él era incapaz de moverse. Al menos, tenía que llevarla a casa. Deslizó uno de sus brazos bajo sus piernas y el otro detrás de sus hombros para levantarla.

Una expresión profunda de seriedad, que se le había grabado en el rostro después de años de práctica, regresó a su cara. Deseaba bañarla, frotar sus extremidades y asegurarse de que se quedaba bien.

El pecho se le contrajo y tragó saliva con fuerza, en un intento por reprimir años de anhelo y de dolor. Era el resultado de una mala pasada del demonio. Nunca sería diferente, una persona dulce que se preocupara por la mujer a la que adoraba... Un grito de dolor le desgarró la garganta y apretó su soñoliento cuerpo contra el suyo. Aquello nunca tendría futuro.

POBRE EMMETT ME DAN GANAS DE LLORAR Y CONSOLARLO

QUE LES PARECIO?

BESOS Y ABRAZOS

RECUERDEN NENAS SEXYS ES UNA ADAPTACION

ME OBSEQUIAN UN REVIEW?