CAPÍTULO 04
Rosalie se despertó a causa del ruido de los cascos de un caballo que hacían temblar la tierra mientras se desvanecían en la distancia. Se levantó repentinamente. Estaba tumbada, sola, sobre el césped recién cortado de la pista de cricket que había en la parte trasera de la hacienda de su padre.
— ¡No! —Gritó, en un tono desgarrado—. ¡No! ¡No! las lágrimas descendieron por su cara y se estremeció. Él no la había despertado.
«Eso es, Rosalie. Eres mía».
Él había pronunciado aquellas palabras y, sin embargo, la había abandonado sin darle ninguna otra explicación, su primera declaración resultaba ser cierta.
«No te ofreceré nada más».
¿Habría dicho la verdad al pronunciar aquellas palabras? ¿Se dejaría de su mente por la noche? Ella no deseaba saber las respuestas. El deseo por ir hacia su propiedad y obligarle a hablar con ella aceleraba los latidos de su corazón y hacía que derramara más lágrimas. Tenía que conseguir que él expresara con palabras sus razones.
Cuando intentó ponerse de rodillas, sintió cómo le palpitaban y le dolían los músculos del cuerpo. La carne que descansaba entre sus piernas le cosquilleaba y una punzada de dolor le atravesó la matriz. Dios... oh, Dios... Cerró los ojos y se mordió el labio.
Tenía que sumergirse en un buen baño durante una hora antes de intentar tomar una decisión acerca de lo que hacer. Su mirada se concentró en los árboles que bordeaban el césped.
La había abandonado.
A Rosalie le tembló el labio inferior. Había creído que él era diferente. Tiró de la espesa chaqueta hasta colocarla encima de sus hombros, una prenda tan grande que podía haber cubierto su cuerpo varias veces.
Sus manos se habían cerrado sobre esa misma tela cuando su enorme cuerpo había presionado el suyo con firmeza contra el tronco del árbol, para unir sus cuerpos en una sensación dolorosa y placentera.
Ella inhaló y la fragancia del anís la rodeó en un capullo de calor y placer, abrazando y acariciando su piel. Tembló. Él se había asegurado de que ella estuviera a salvo. Su presencia reposaba en el abrigo, lo que era sorprendentemente extraño —frunció el ceño—, y delicioso. Una parte de él, no sabía cuál, se había quedado en aquella prenda para consolarla.
En lo más profundo de su mente, su alma podía ver aquella peculiar verdad.
Se puso de pie, y caminó con su cuerpo tembloroso y dolorido hacia la entrada trasera para el servicio que llevaba a la casa de su padre. Esperó que nadie pudiera verla entrar.
A Rosalie le latió el corazón con fuerza al pensar en las marcas que llevaba en el cuerpo. Sus dedos recorrieron la gruesa gargantilla de terciopelo con la que adornaba su cuello para la fiesta y el baile que se celebraba aquella noche en casa de Mane. La zona enrojecida de su cuello bajo el terciopelo era un recuerdo de su unión con lord Cullen.
Su padre se levantaba a su lado en la línea de invitados que esperaban ser anunciados en el salón de baile de la casa del marqués de Quinten. Ella enderezó los hombros y forzó los labios para adoptar la sonrisa que siempre se esbozaba en su cara.
Aquella noche no le apetecía sonreír especialmente. ¿Cómo podía hacerlo cuando lo único que deseaba con todas sus fuerzas era regresar al bosque y sentirse presionada contra un árbol mientras lord Cullen hacía el amor con ella? ¿Lo volvería a ver realmente? La presencia en su abrigo se desvaneció una vez que hubo entrado en su casa. Y una sensación de frío se alojó entonces en sus entrañas.
—Rose. Lord Hale —los ojos de Marie se iluminaron con emoción al verlos.
La sonrisa de Rosalie se hizo más grande, pero esta vez con un sincero placer; le encantaba pasar el tiempo al lado de Marie, y tenía muchas cosas que contarle, incluso si la experiencia era dolorosa de relatar.
—Marie —ella tendió las manos, Marie las apretujó con fuerza y le guiñó el ojo.
—Ven, Rose, tengo una sorpresa para ti.
Rosalie hizo una mueca de sorpresa. Marie acompañaba a su padre hacia el salón de baile.
Marie se inclinó, y su aliento calentó el oído de Rosalie.
—He enviado una invitación para el baile de esta noche a casa del duque.
El corazón de Rosalie le palpitó en la garganta. ¿Qué había hecho qué? Su mirada estudió a la multitud que aglomeraba en el salón de baile. Él estaba allí.
—Tu marqués no ha venido. Se ha presentado el otro hermano, el del pelo rubio que vimos en Sudhamly.
—Oh —a Rosalie le dio un vuelco el corazón.
— ¿Volvería a ver alguna vez a lord Cullen? Qué estúpida. Solo había pasado medio día y su interior ya estaba enredado en una auténtica maraña, sin dejar de hacerse preguntas.
— ¿No te alegra, Rose? —Marie se detuvo y se dio la vuelta para mirarla.
—Oh, sí, Marie. Solo que me hubiera gustado que viniera él.
—Lo entiendo, Rose. Pero ahora podrás conversar con su hermano y averiguar más cosas acerca de él —Marie frunció el ceño—. ¿Qué le ha pasado a tu labio, Rose?
La lengua de Rosalie se deslizó hacia fuera para trazar la piel cortada de su labio inferior. Negó con la cabeza.
—Yo... yo... —la expresión en los ojos de Marie se suavizó. Rosalie no podía mentirle—. Le he visto, Marie. Y me besó otra vez. Oh, Marie —echó un vistazo a su alrededor para asegurarse de que no había nadie lo suficientemente cerca como para que pudiera escucharles y luego, se acercó todo lo que pudo a su amiga—. Es tan, tan... —no podía pensar en una palabra que le describiera. Siempre tenía una expresión triste pero estaba lleno de vida, poseía una fuerza de la que ella debería sentirse asustada, pero que sencillamente le hacía desear más—. Es simplemente delicioso.
— ¿Qué le has contado a tu padre para explicar lo de tu labio hinchado? —las manos de Marie comenzaban a levantarse para tocar el labio de Rosalie, pero cerró los dedos y colocó la palma sobre su pecho.
Rosalie sintió vergüenza.
—Le he dicho que me arañé con la rama de un árbol mientras paseaba.
—Ay.
—No estoy segura de que se crea la historia del todo.
Unos escalofríos recorrieron la espalda de Rosalie, y miró hacia atrás por encima de su hombro. El gigantesco hombre del camino estaba allí de pie, observándola desde el umbral de la puerta. Sus labios se curvaron en una sonrisa traviesa y después, caminó hacia delante. Todos los ojos de la habitación recayeron en él, que nunca había tenido la cortesía de acudir a aquel salón de baile o a ningún otro al que ellos hubieran asistido antes ¿Cómo podía vivir un duque en Sudhamly y no socializarse nunca con sus iguales?
—Buenas noches —les hizo una reverencia—. Gracias por la amable invitación. Por desgracia, el resto de mi familia ya tenía planes para esta noche.
—Señor Carlisle Cullen —Marie le sonrió.
—Eso es, señoritas.
Marie miró alrededor de Carlisle.
—Por favor, discúlpenme. Mi padre me llama.
Ambos observaron cómo Marie salía a través de las puertas, y les dejó obviamente solos.
La mirada azulada de Carlisle se fijó en Rosalie.
—Bueno, bueno, no huele a otra cosa que a Emmett —inhaló profundamente otra vez, y sus ojos resplandecieron con un brillo de maldad.
— ¿Cómo dice, señor?
—Y mírese. La ha poseído —Carlisle sonrió—. Sabía que algún día acabaría por deshacerse de sus demonios. Y por tu aspecto y tu fragancia, parece haberlo hecho.
Rosalie abrió los ojos de par en par y el corazón se le aceleró por el cuerpo en un rubor febril.
— ¿Cómo dice, señor? ¿Quién... quién es Emmett?
Él no respondió. En lo más profundo de su ser aquel nombre brillaba como el sol para ella... Lord Cullen, La piel de los brazos se le puso de gallina.
Él sonrió abiertamente.
—Bueno, lady Rosalie —el tono de su voz se hizo más serio—. ¿Le desea?
Ella se mordió el labio. ¿Le había dicho ella a aquel hombre, a aquel extraño, sus deseos más profundos acerca de su hermano? Decírselo a Carlisle le parecía toda una metedura de pata.
—No hace falta que exprese sus deseos en palabras, milady. Su expresión y su energía me dicen lodo lo que he de saber.
—Carlisle, ¿dónde está él? Dijo que nunca... que nunca... —los ojos se le llenaron de lágrimas y un lamento profundamente arraigado en su alma se escapó de sus labios.
La mano de Carlisle le acarició el hombro.
—Él no tiene elección en este asunto, Rosalie. Nos vemos dominados por nuestros instintos. Puede intentar luchar contra la atracción que siente hacia usted, y puede que lo consiga. Pero al final, encontrará una compañera y acabará por sentar la cabeza. Después de todo, es el próximo duque.
— ¿Puede que lo consiga? —suspiró y cerró los ojos.
— ¿Ha empezado ya la conexión?
Ella abrió los ojos de golpe.
—Bueno, me siento unida a él mental y emocionalmente después del beso que me dio hace días. Pero desde... desde...
Carlisle sonrió ante su incomodidad.
El canalla. Ella no iba a decir «apareamiento» ni «encuentro sexual».
—Desde entonces, nada.
—Está utilizando la influencia que tiene sobre usted y posiblemente sobre él mismo —Carlisle frunció el ceño y después, miró por encima del hombro—. ¿Puede alguien escaparse de uno de estos eventos sin levantar sospechas?
—A veces, sí. ¿Por qué lo pregunta, señor?
—Deseo intentar atraerle hasta usted. Si podemos marcharnos de aquí, ¿estaría dispuesta?
Rosalie se mordió el labio. ¿Lo estaría? Desde luego que sí. Cualquier cosa para volver ver a Emmett.
—Sí, señor. Fingiré una terrible jaqueca y luego, mandaré de vuelta el carruaje para que espere a mi padre.
— ¡Excelente! La seguiré en nuestro carruaje y me encontraré con usted en el camino principal.
—Muy bien. Entonces, ¿a las ocho y media?
—Eso es.
Emmett se paseaba por el salón, donde el suelo de mármol negro reflejaba su estado de ánimo sombrío con cada paso que daba. Tener la mente ocupada en ella no estaba funcionando. Sus emociones le envolvían en un estado de malestar con el que tenía que romper.
Él la deseaba, pero su cuello amoratado y sus labios hinchados... No, no era el resultado que esperaba de cada vez que se unieran. Apretó con fuerza los dientes. «Tres días... dale tres días, Emmett, y esta necesidad por reclamarla como tuya desaparecerá». Sus testículos se abultaron cuando la imagen de sus labios dulces y arrugados apareció desnuda en su mente, reclamándole. Mientras caminaba estampó el puño a contra la mesa, en la quinta vuelta que daba al salón.
Permanecería encerrado en aquella casa hasta que su necesidad pasara.
Inhaló profundamente, y el fuerte aroma a tierra y rosas le quitó la respiración. Rosalie se encontraba en aquella casa.
Emitió un aullido y olfateó de nuevo el aire. Era cierto, ella estaba allí.
— ¡Rosalie!
Los cristales rechinaron con la fuerza de su gruñido.
Corrió hacia la puerta delantera, sin pensarlo, sin racionalizar sus acciones, justo cuando su Ursus se liberaba de su cuerpo. Giró la esquina y se encontró con Carlisle, que estaba de pie en mitad del pasillo, con una sonrisa en la cara.
Los ojos de Carlisle brillaron y cambiaron hasta adoptar la forma redonda de un Ursus.
— ¿Sales a disfrutar de una alegre velada, hermano?
Emmett detuvo sus pasos y estudió a Carlisle.
— ¿Qué estás tramando, Carlisle?
—En pocas palabras, hermano, me preguntaba si ella ya ha roto la jaula que encierra a la bestia —la maldad en la voz de Carlisle le llegaba directamente al alma—.Y parece que lo ha hecho.
— ¿Dónde está, Carlisle? —el corazón le latía con fuerza en el pecho y sus pulmones no eran capaces de absorber el suficiente aire. La mente empezó a darle vueltas cuando los instintos por poseerla le empujaron. «No, Emmett. Solo conseguirás hacerle daño».
—Serás tú quien me lo diga, hermano. ¿La ha liberado ella?
Emmett gruñó, dio un salto, derribó a Carlisle al suelo y acabó dejándolo bajo él. Su mano se agarró a la garganta de Carlisle, aplastándole la corbata. Se montó a horcajadas sobre el torso de Carlisle, clavándole contra el suelo.
Carlisle le sonrió y después estalló en carcajadas; el acto empujaba contra el cuerpo de Emmett con cada nota de mofa.
Emmett sacudió el cuerpo sobre el cuello de Carlisle, soltó el agarre de su garganta y entonces, se puso de pie.
— ¿Dónde está ella, Carlisle? Quiero llevarla de vuelta a casa.
— ¿Es eso lo que deseas, Emmett? ¿Mandar a casa a la única mujer que te ha tocado de una manera en la que necesitabas ser tocado? Has estado reprimiendo tus instintos desde que te marcaron. ¿Por qué lo haces?
—No puedo poseerla, Carlisle. Ella es la hija de un duque, la hija de un duque humano. La destrozaré.
— ¿Y no crees que abandonarla después de haberle mostrado quién eres en realidad no le hará daño? Anhelará caricias como la tuya toda la vida, Emmett.
—No, no lo hará. Se merece unas caricias dulces, no a la bestia que no puede controlar clavarle las garras.
—Solo eres una bestia en tu mente, Emmett. Considera la idea. Eres un Ursus. Deberías sentirte orgulloso de lo que eres. Mira la cantidad de los nuestros que a lo largo de los años han conseguido con éxito emparejarse con humanos. Mira lo que nuestros poderes han hecho por los de nuestra especie y por la humanidad.
Emmett exhaló a través de la nariz, y entonces la vio. Allí estaba, de pie en la entrada de la casa, mirando hacia el pasillo, observándole a Carlisle y a él… su ángel.
Emmett abrió los ojos de par en par y la señaló desde el otro extremo del pasillo.
— ¡Fuera! ¡Vete de esta casa ahora mismo!
Emmett sacudió el cuerpo con violencia; cada fibra de su ser intentaba reprimir al demonio que llevaba dentro. Su mente controlaba la situación. Podía contener al monstruo. Sí, podía hacerlo.
La fragancia acida de los aceites de su vulva le rodearon, y sus ojos adoptaron de nuevo la forma redonda, nublándole la visión.
— ¡No! —Se dio la vuelta y corrió hacia el salón, con el corazón hundiéndosele hacia las plantas de los pies—. Sácala fuera de aquí, Carlisle. No puede verme así.
Las lágrimas brotaron de los ojos de Rosalie. Él no quería que ella estuviera allí. Se giró, agarró el pomo y tiró de él hasta abrir la enorme puerta. El viento soplaba en grandes ráfagas más allá. Una tormenta se estaba acercando, y no solo una que involucrara lluvia, sino sus lágrimas y el dolor que le retorcía las entrañas. Inhaló una bocanada tempestuosa, y contuvo el diluvio que tendría lugar tan pronto como se encontrara sola consigo misma. Carlisle caminó hasta alcanzarla.
—Lo siento, querida —apartó con la mano uno de los mechones de su pelo—. Está enamorado de usted, pero teme sus instintos y su fuerza.
—Eso no cambia nada. Él no desea estar conmigo. Yo no puedo hacer nada para remediarlo. Deseo... deseo irme a casa.
—De acuerdo. El carruaje todavía está aquí.
QUE EMMETT MAS TONTO!
AMO A CARLISLE TAN BURLON JAJAJAJA
QUE LES PARECIO LINDAS?
NOS LEEMOS
