CAPÍTULO 06

Emmett estaba de pie fuera de la casa del duque de Hale. La lluvia caía en un esputo congelado, resbalando por el abrigo y por el sombrero. Un resplandor se extendió desde las ventanas, pero ningún calor que pudiera calentarle.

En realidad, ella podía rechazarle. Él nunca se había comportado con educación con ella, en ningún sentido de la palabra. El corazón descansaba en la boca de su estómago mientras él rastreaba sus pasos mirando a los hombres y mujeres que bebían té y comían pasteles de limón. Una fiesta del té.

No podía haber elegido un momento peor para salir de su infierno con la esperanza de que un ángel le salvara.

Se concentró con todas sus fuerzas en su hermosa sonrisa y su cabello pelirrojo, a medida que conversaba con sus invitados, «Gírate hacia las ventanas, Rosalie. Mírame. Mira como estoy aquí, cómo te necesito con toda mi alma retorcida».

Ella giró la cabeza y miró a través de la ventana. Sus ojos se abrieron de par en par, y el pecho empezó a ascender y caer cada vez con más rapidez.

«Sí, estoy aquí por ti. Excúsate y ven hacia mí».

Ella parpadeó muy despacio, después parpadeó de nuevo. Luego frunció el ceño, y regresó a la conversación que tenía lugar a su alrededor.

Emmett cerró los ojos. Diablos. ¿Iba ella a salir? ¿O iba a dejarlo esperando allí, bajo la lluvia?

Esperar no iba a hacerle daño. Se sentía entumecido, pero esperaría hasta que cayera la luna o más tiempo aún para sentirse de nuevo vivo y llenar su corazón con la cálida inocencia que ella poseía. Necesitaba un indulto por la tortura que se había estado infligiendo a sí mismo.

Abrió los ojos; ella había desaparecido. Él se dio la vuelta, salpicando la lluvia de su abrigo y su sombrero en una aspersión circular. No estaba por ninguna parte, había desaparecido.

Suspiró y volvió a cerrar los ojos. «Ven a mí, Rosalie. Ven a mí, ahora».

Miró hacia el lejano bosque en donde se habían conocido. Sintió un hormigueo en la piel, una sensación de lujuria y deseo, la necesidad de hacerla suya para siempre.

—Ejem.

La mirada de Emmett se desvió en la dirección de donde venía la voz. Un mayordomo bien vestido se levantaba bajo la lluvia sujetando un paraguas sobre su cabeza.

—Lord Cullen, lady Rosalie desea que le informe que si desea verla, entonces deberá arreglar una cita para hablar primero con su padre.

Emmett se quedó allí de pie, incapaz de moverse. Ella deseaba que él hablara con su padre... y ¿qué iba a decirle? «Buenas tardes, lord duque, he embelesado a su hija y ahora deseo hacerla mía, y para ello he de completar las honorables acciones que requiere el ritual de Orsse». La reputación de Hale era la de un loco vicioso. Se reiría en su cara.

Emmett miró de nuevo al mayordomo que todavía estaba bajo el paraguas, aguardando su respuesta.

— ¿Desea hablar con lord Hale, lord Cullen?

Emmett suspiró y apretó los dientes. ¡Aquello era ridículo! ¿Pretendía ella huir de él? Si era así, ¿por qué no se limitaba a decirle «deja de perseguirme» o le ignoraba completamente?

—Sí, hablaré con el buque, quiero decir con el duque —Emmett cerró los ojos. Vaya un lío en el que se estaba metiendo. Había atado su estómago y tiraba de él en un inflexible laberinto de nudos.

El mayordomo se dio la vuelta y se fue por donde había venido, y Emmett le siguió, pisándole los talones.

Abrió la puerta. Emmett atravesó el umbral arrastrando los pies y entró por la puerta trasera que llevaba al salón principal.

La fragancia de Rosalie le abrumó. El salón principal que se situaba en la parte delantera de la casa tenía dos escaleras que subían en espiral hasta el siguiente piso, formando un arco. Los alegres cuadros de flores y fruta cubrían todo el salón. Emmett frunció el ceño. Quizás sonreiría más si su propio salón estuviera decorado con aquel tipo de cuadros. En silencio, rió para sí.

—Por aquí, lord Cullen —el mayordomo le condujo luda una puerta abierta que había a medio camino bajando por el pasillo—. Lord Cullen, milord.

—Sí, desde luego. Por favor, entre —el hombre, sentado en una gran silla de cuero delante de la chimenea, se puso de pie. Atravesó a Emmett con la mirada, y enarcó las cejas de la misma manera que hacen los ingleses cuando sienten curiosidad.

Emmett suspiró.

—Señor —caminó hacia delante a grandes zancadas y le tendió la mano. Lord Hale le dio un fuerte apretón, algo de lo que Emmett tomó nota—. Estoy aquí para hablarle de su hija.

Lord Hale hizo una mueca con los labios. Se frotó la barbilla con los dedos, y luego le sonrió.

—Muy bien, entonces. Por favor, tome asiento.

Emmett desvió la mirada hacia la silla de cuero y después hacia el sofá, ligeramente más grande. Caminó entonces hacia el sofá y con mucho tiento, acomodó su enorme cuerpo sobre su superficie de terciopelo marrón.

Se lamió sus labios secos y después, miró a lord Hale a los ojos. «Entrégame a tu hija»

—Voy a suponer que se trata de Rose. El modo en el que se ha estado comportando últimamente me hace pensar que tiene interés en alguien más que en su prometido.

— ¿Su prometido? —la palabra se escapó de sus labios antes de que Emmett pudiera hacer algo para impedirlo. «Ella estará prometida a mí».

—Exactamente. Ya veo que no se lo había comunicado —Lord Hale levantó la copa hacia él y tomó un largo sorbo. Dejó el vaso sobre el muslo y clavó los ojos en él, con una mirada cargada de desafío—. ¿Ha arruinado usted su reputación?

Emmett tragó el nudo que se le había formado en la garganta y se dio cuenta de que estaba asintiendo con la cabeza antes de tomarse el tiempo para meditar la respuesta. Diablos. ¿Por qué no estaba funcionando su influencia? ¿Qué ocurría entre aquella familia y él para que no fuera capaz de persuadirlos y someterlos a su voluntad? Levantó una mano temblorosa y recorrió su pelo con los dedos.

Lord Hale suspiró y se mordió la parte interior de la mejilla.

—Entonces, desea reclamarla, ¿no es así?

Emmett volvió a asentir.

— ¿Qué tiene usted que ofrecer a esta familia?

—Ejem —Emmett tragó saliva de nuevo—. En realidad, señor, soy el heredero de Cullen.

— ¿Y cuál es su título?

—Soy el marqués de Cullen, milord. Y seré el duque de Cullen.

— ¿Duque? Pero no un duque inglés. ¿De qué país es originaria su familia?

Diablos. Hale conocía a los Cullen. Eran vecinos. ¿Por qué estaba haciendo aquello?

—Mi familia es originaria de un pequeño país situado al norte, cerca del reino de Suecia.

El duque de Hale se levantó, y Emmett también lo hizo.

—Dios mío, es usted ridículamente grande —Lord Hale alzó la mirada hacia Emmett—. Venga a visitamos mañana. Tengo que recabar información sobre usted, entontes podrá ver a Rose.

Emmett tragó saliva con fuerza una vez más.

—Lord Hale —inclinó la cabeza y salió hasta el pasillo solitario. Quizás aquel hombre no creyera que Emmett fuera marqués. ¿Cómo iba a ser de otra manera? Bajó la mirada para observar su abrigo y sus botas perfectamente pulidas; su aspecto lo decía todo. Además, habían vivido el uno al lado del otro durante muchos años. Hale sabía que su familia era adinerada y que era de sangre extranjera. Aquello no podía traer nada bueno.

La fragancia de Rosalie tan cerca de él le hizo endurecerse como una roca. Se le tensaron los músculos y los brazos le temblaron; necesitaba estar dentro de ella.

—Lord Cullen —su suave tono de voz, apenas un susurro, le hizo girar la cabeza en el pasillo hacia la entrada trasera.

Su mano asomó de una puerta en el extremo opuesto del pasillo.

Él caminó a grandes zancadas hacia delante, sin hacer ningún ruido, y abrió de un empujón la puerta que llevaba a las escaleras del servicio. Ella estaba de pie en el tercer escalón, y su sonriente boca quedaba a la altura de la suya.

Ella deslizó la lengua hacia fuera y trazó su labio inferior hinchado. Él observó su brillo húmedo mientras sus ojos resplandecían. El monstruo que había en su interior clavaba las garras contra su carne en un intento por no abalanzarse sobre ella y tomarla en las escaleras de la misma manera que lo había hecho contra el árbol del camino. Diablos, era hermosa, con su pelo rojizo recogido y sus rizos sobresaliendo de la parte de arriba.

Ella tendió la mano y rodeó la suya con sus dedos.

—Venga conmigo.

Él subió las escaleras detrás de ella, sin pronunciar ni una palabra. ¿Hacia dónde estaría llevándole? Inhaló profundamente y reprimió lo que amenazaba con salir de sus labios, algo entre un gruñido y un suspiro. Le parecía increíble la manera en la que ella le atraía. La necesitaba más que cualquier otra cosa en el mundo.

Con cada paso que daba, las escaleras crujían bajo su peso, y ella rió suavemente. Él sonrió. El sonido de su risa hacía que su corazón dejara de palpitarle en el estómago y resonara en su pecho como las alas de un colibrí. Ella era suya. Ese día no se iría de allí sin empezar antes el ritual. Su padre podía irse al infierno.

Se detuvieron en la tercera planta de la casa, y ella abrió de un empujón una puerta que daba a una habitación grande e iluminada tenuemente. Él entró en el cuarto e instantáneamente agachó la cabeza y bajó los hombros, para no golpearse la cabeza porque el techo se inclinaba.

—Discúlpeme, lord Cullen. La buhardilla es el único lugar en el que sabía que podríamos estar a solas un rato.

Él asintió.

—No hay problema. A menudo tengo que agacharme... —sus labios se curvaron en una sonrisa, y estiró los músculos de su cara de una manera que no le resultaba muy familiar—, y a golpearme la cabeza.

Ella rió abiertamente, y él también lo hizo. Se acercó a ella, rodeó su cintura con uno de sus brazos y tiró de sus generosas curvas hacia su cuerpo.

—Lord Cullen —susurró ella profundamente y en un tono cargado de lujuria.

—Emmett —la miró a los ojos—. Me gustaría que me llamaras Emmett.

—Em... Emmett —él observo el palpitante pulso en la base de su garganta.

—Sí. Di un nombre otra vez —sus labios se estrellaron con fuerza en la palpitante piel.

Ella gimió, se estremeció, y después arqueó la cabeza hacia atrás.

—Emmett.

Él llevó las manos con afán hacia los botones de sus pantalones. Retiró hacia atrás la bragueta mientras saboreaba y mordía su carne con fragancia a rosas. Su lengua trazó el escote de su vestido hacia abajo, hasta el pecho.

Ella le agarró las caderas con las manos, y él deslizó los dedos bajo el ribete de su vestido para cubrirle sus pechos redondos y llenos. La caricia de sus dedos se rezagó en la cinturilla de sus pantalones y luego se deslizó lentamente hacia su sexo. Ella emitió un gemido cuando sus dedos recorrieron la endurecida carne, hasta rodear completamente su erección.

Él gimió, cerró los ojos y le pellizcó los pezones. Ella no tenía experiencia en el amor, y sus manos simplemente le sujetaron, apretujaron con suavidad su piel desde la parte de abajo hasta la punta. La presión de su mano era suficiente como para tensar la piel de la cabeza y enloquecer de deseo. Su mango se hizo más denso y más largo bajo sus caricias.

El pulso palpitó en la punta cuando el pene se calentó. Los fluidos abiertos cosquilleaban sus vesículas seminales, y una pequeña gota de fluido, como una perla, alcanzó la superficie, untó la tela de su regazo y pegó el material al cuerpo de Emmett.

Él gimió.

—Rosalie —susurró.

—E... mmett —la palabra se entrecortó en sus labios cuando él pellizcó su pezón entre el pulgar y el índice.

Le agarró la falda entre el puño y con la otra mano, la levantó.

—Date vuelta, Rosalie, y coloca tus manos en el suelo.

JAJAJAJA MORI DE LA RISA CON LORD HALE EL POBRE ES PEQUEÑO EN COMPARACION A EMMETT

ME CUENTAN QUE LES PARECIO?

BESOS