CAPÍTULO 07
Rosalie se dio la vuelta sin dudarlo, y le presentó su redondo trasero cubierto por una ringlera de seda y enaguas. Ella no tenía ni idea de lo que él pretendía hacer con ella en aquella posición.
¿La montaría como uno de esos animales en los campos? El corazón le latió con rapidez. Mmmm, en realidad, aquello le excitaba. ¿Era posible para los humanos realizar el acto en una postura como aquella? Ella no había pensado nunca poder hacer el amor de pie, y ahora tenía y adoraba la experiencia.
Él frotó su trasero con las manos y recogió la tela en los puños. Dudó un momento, y sus manos temblaron contra su piel. Estaba reprimiéndose, y ella lo deseaba todo de él.
—Emmett, por favor, sé tú mismo. Sé el hombre que vi en el campo, el que golpeó primitivamente el cuello del ciervo. Si deseara un caballero, tendría un caballero inglés.
Sus palabras quedaron colgando en el aire, sin respuesta, en el pequeño espacio de la habitación. El temblor de represión de su mano cesó y con una sacudida le levantó la falda, que cayó cubriéndole la cabeza. Ella no podía ver nada más que el suelo que había ante ella. El cuerpo le tembló cuando su mano exploró la carne que había entre sus muslos y se deslizó dentro. Una luz destelló detrás de sus párpados cuando los cerró.
Su dedo encontró la abertura de su sexo y se introdujo en ella. Su carne se estiró sobre él sin vacilar. Oh, ¡que delicioso era aquello! Ella gimió y presionó contra él, al mismo tiempo que un cúmulo de alegres sensaciones se extendía desde su estómago hasta su cuello.
—Rosalie —su dedo se deslizaba dentro y fuera de ella.
Una fiebre erótica inundó su cuerpo con una necesidad húmeda y frenética por alcanzar aquel lugar al que él le había llevado tantas veces en el árbol.
Apretó los ojos con fuerza, y todo lo que hizo fue sentir la curva de sus gruesos dedos mientras se deslizaban dentro de ella y la contracción de su piel cuando se retiraban hacia fuera. Atravesaron el perímetro de su resbaladiza abertura y se hundieron en el interior de su cuerpo una vez más. El calor que emanaban los muslos de su hombre calentaban su trasero y su lengua le lamió la piel en la base de su espalda. Ella tembló bajo la caricia y se mordió el labio; deseaba pedirle que le diera aún más.
Sus dientes mordieron la carne de sus nalgas. Un hormigueo doloroso se extendió por la zona y él gimió mientras sus dedos se movían más rápida y fácilmente dentro y fuera de ella. Todo su cuerpo tembló, las sensaciones inundaron sus extremidades y su interior.
Su húmeda lengua recorrió la hendidura de su trasero y se deslizó hacia abajo, rodeando su ano. Ella se tensó y sus dedos cubrieron su sexo, al mismo tiempo que la lengua presionó en la abertura. Gritó.
« ¿Qué está haciendo?». Una sensación de placer abrumadora empezó a hervir en su interior. « ¡Oh! ¡Oh! Qué sensación tan placentera».
Su lengua se movió de un lado a otro, a ella le temblaron las piernas y las abrió aún más para ofrecerle su sexo El roce de su lengua acarició su carne interna y el capullo de rosa mientras sus dientes arañaban ligeramente la carne de la abertura de su trasero.
La caricia se desvaneció.
Ella se apoyó contra los codos para intentar calmar sus temblorosos brazos y se sobresaltó cuando sintió la suave piel de su sexo deslizándose hacia abajo por la abertura de su trasero, abriendo los labios de su vulva. La punta descansó en su abertura. Sus manos abrasadoras y mojadas se agarraron a sus caderas, y embistió su longitud, dura, dentro de ella. Su sexo se estiró al máximo y ella tembló.
El soltó un gruñido.
A ella se le aceleró el corazón cuando una cuerda de sensaciones le rodeó los pulmones y la dejó sin respiración. Luchó por respirar contra el cúmulo de emociones que la asaltaban.
Él se retiró hacia fuera y se sumergió en su interior una y otra vez... una y otra vez. El placentero estiramiento de su vulva estimulaba su urgente necesidad con cada resbaladizo golpe de su verga. Lanzas de placer atravesaron su ser.
Él agarró sus faldas con la mano y tiró de ellas para destaparle la cabeza. El frío del aire le sorprendió, y gimió cuando sus gruesos dedos se aferraron a los rizos de su coronilla. Tiró de su cabeza hacia atrás y levantó la parte superior de su cuerpo del suelo.
Su miembro continuaba deslizándose dentro y fuera de su vagina. El ángulo cambiaba con cada incremento y su cuerpo se movía mientras él tiraba de ella hasta ponerla de rodillas, con la espalda apoyada contra su pecho. Sus labios bajaron por su cuello y mordisquearon su piel.
Ella soltó un gritó.
El mordisco se extendió directamente hacia los músculos de su sexo, y una placentera explosión de éxtasis emanó de su cuerpo, a medida que una onda tras otra de su sexo se aferraba a su dureza. Él gruñó y después, se quedó paralizado, con los dientes clavados con fuerza en su carne.
Salió de ella y luego, suavemente, introdujo su falo dentro y empezó a moverse en una serie de pequeñas embestidas, hacia dentro y hacia fuera. La humedad broto de su agujero con cada roce de su miembro. La cabeza de su pene presionaba contra su vientre y una punzada de calor poseyó su núcleo interior.
Todo su cuerpo se sacudía, temblando incontrolablemente. Una sensación de hormigueo le recorrió la piel, como si las alas de una mariposa acariciaran su ano y abrieran su arruga. Ella se quedó sin respiración al sentir algo presionando sobre el agujero.
¿Su dedo? Era posible.
Estiró su abertura y se contoneó, y él continuaba moviéndose de un lado a otro en pequeños movimientos. Los chorros de su semilla le hacían temblar y unos escalofríos febriles se apresuraron por su cuerpo. El líquido manó de ella y le cubrió las piernas.
Sus labios besaron una y otra vez la carne de su cuello.
—Rosalie. Eres mía, Rosalie. Dímelo. Dime que es lo que deseas.
Ella se estremeció, y el corazón aumentó de tamaño en su pecho.
—Sí, Emmett, solo te deseo a ti.
Él suspiró en su pelo.
—No soy un hombre normal, Rose mía. Y antes de que complete el ritual de unión, tienes que saber todo lo que soy.
—Emmett, lo he visto. Sé quién eres. Me lo has enseñado en mis sueños.
Su lengua trazó la línea que bajaba desde su cuello hasta el hombro mientras su respiración se calmaba.
— ¿Lo he hecho? ¿Qué has visto en tus sueños, Rose mía?
Ella cerró los ojos, y las imágenes volvieron inundándole la mente.
—Ojos redondos, garras, dientes. La altura y la anchura de hombros más grandes que cualquier otra cosa que haya visto.
—Eso es. ¿Y no tienes miedo, Rose mía?
—No, no tengo miedo. Qué curioso. Es cierto. Pero no te temo en absoluto.
—Soy un Ursus. Los de mi especie fueron maldecidos en una batalla hace muchos años, en mi tierra natal. Poseemos las cualidades de un oso. Todos tenemos problemas para controlar nuestros instintos de apareamiento, pero una vez que elegimos a una compañera de por vida, son nuestras únicas amantes.
Ella levantó la mano y las yemas de sus dedos acariciaron su mejilla, y luego, ascendieron en una tierna caricia hacia su pelo. Él frotó la cabeza contra sus dedos.
—Tu padre no cree que sea el heredero de un ducado.
— ¿Cómo dices? —a ella se le tensaron los músculos del cuerpo e intentó darse la vuelta hacia él. Pero la manera en la que él la sujetaba se lo impedía.
—No te muevas. Los fluidos abiertos están todavía derramándose.
— ¿Cómo dices? —« ¿Qué eran esos fluidos abiertos?».
—La abertura es parte del ritual de unión para los de mi especie. Tomar a una mujer, sea humana o compañera, una vez en la vida no trae consecuencia alguna. Dos veces, y empieza el Orsse. Si no se completa el ritual, ambas partes atravesarán un dolor extremo por rechazar la vida que debería haber sido.
« ¿Dolor?». Se mordió el labio inferior.
—La tercera vez que un Ursus macho derrama su semilla, esta es muy poderosa y con ella se creará al cachorro que lleva la mujer en el vientre.
— ¿Cómo dices? — ¿Un niño... cachorro? Entonces, la próxima vez que se unieran, lo harían para toda la vida además de llevar a un niño en su vientre.
— ¿No deseas ser mía, Rosalie?
—Sí, sí que lo deseo. Solo es que no había pensado en niños todavía. Bueno... no, quiero decir, sí, por supuesto que he pensado en ello, pero no había pensado en llevar uno en mi vientre este año.
Ella deseaba niños, desde luego que sí. Solo era que la información le había sorprendido un poco. Saber todo lo que acontecía a la especie de Emmett, y lo que poseían como seres, le pareció repentinamente algo muy importante. Mucho más de lo que le habían parecido hacía un momento.
—Emmett, ¿puedes contarme algo más? Deseo saber todo sobre los Ursus.
—Por supuesto, Rose. Lo aprenderás todo con el tiempo.
Las escaleras que llevaban al ático crujieron y Emmett deslizó su temblorosa verga del cuerpo con un gemido. La soltó y su falda cayó sobre su cuerpo. Ella se levantó del suelo y se dio la vuelta; la carne de su sexo deseaba que él la tomara de nuevo. Él escondió su todavía engordado miembro dentro de sus pantalones y se abotonó la bragueta.
Era tan hermoso. Masculino y... suyo. Sonrió. Él era de ella, así como ella era de él. Su mirada se rezagó en su rostro.
—Tengo que arreglarme y regresar a la reunión de té, Emmett. ¿Cuándo volveré a verte?
—Tu padre me ha pedido que venga mañana para verle a él y para verte a ti.
A ella se le aceleró el corazón. Le vería cuando saliera el sol. Ella sonrió y le observó con atención a través de sus pestañas. Ella... estaba enamorada de él. Su corazón se elevó al cielo.
Él la cogió de la muñeca y tiró de ella hacia sí y hacia las escaleras.
—Tu sonrisa libera mi corazón del animal que lo tenía enjaulado, Rose.
Ella abrió los ojos de par en par cuando él levantó su mano hacia sus labios y besó los nudillos.
—Gracias, Emmett. Eres un hombre increíble.
TAN BELLO MI EMMETT SI EL ME HACE UN HIJO ASI QUE ME HAGA 20 MEJOR JAJAJAJA
BESOS LINDAS
