CAPÍTULO 08

Emmett caminó de un lado a otro, a la espera de que le trajeran a Belcebú. El duque no había especificado la hora a la que deseaba que Emmett fuera a visitarles, pero ya había llegado el mediodía, y Emmett no podía esperar más.

Escuchó los cascos del caballo y el estrépito del carruaje de los Cullen sobre el camino de piedras que había fuera del establo. Su padre debía estar dirigiéndose a alguna parte. Emmett frunció el ceño. Su padre nunca solía ir a ningún sitio.

El carruaje se detuvo ante él, su pintura lacada de color negro reflejaba los rayos de sol hacia sus ojos. Él miró con los ojos entrecerrados y giró la cabeza.

Su padre apareció a su lado.

— ¿Estás preparado para irnos, oso?

— ¿Cómo dice? —Emmett abrió los ojos de par en par, atónito. Usted no me acompañará.

El duque de Hale ha hecho varias investigaciones en la comunidad para saber quién es nuestra familia. No es posible que le permita ir más lejos. ¿Quieres a su hija? Entonces, si quieres conseguirla, no te queda más remedio que estar hoy de acuerdo conmigo.

Emmett se encogió.

—Deseas a la chica… Ella es apropiada para tu clase. Hale estaba deseando dejarnos en paz hasta que su hija empezó a sentir deseos por ti. Ahora quiere saberlo todo acerca de nosotros. Me aseguraré de que ningún inglés se entere de cuál es nuestro verdadero linaje.

Tener al duque de Cullen envuelto en cualquier parte de la vida de Emmett era lo más remoto que había deseado. Tenerle envuelto en aquello... Sus ojos adoptaron la forma redonda de los Ursus.

—No la tocarás. ¿Me entiendes?

—Contrólate, Emmett. Yo soy el dueño de esta casa, y tú te comportarás como un buen oso, como siempre has hecho.

El lacayo abrió la puerta del carruaje, y su padre hizo gestos con la mano hacia la puerta abierta.

Emmett gruñó, subió los escalones que llevaban a la cabina y se sentó de espaldas al conductor. Su padre subió detrás de él y se acomodó en el asiento de cuero que había delante de Emmett.

El carruaje se puso en marcha hacia el corto trayecto que llevaba a la casa del duque de Hale.

—Señor, ¿qué va a decirle a lord Hale?

—Eso dependerá de lo que él me diga a mí, oso —su padre se frotó la barbilla, después miró a Emmett con una dura expresión en los ojos—. Tu madre estaría encantada con tu elección, Emmett. Ella misma era una mujer inglesa de clase alta. La hija de un marqués. Siempre adoró las costumbres inglesas.

—Lo sé, padre. ¿Cree que la he olvidado?

—No —el tono de voz de su padre se suavizó—. No, no creo que la hayas olvidado. Ella, lo sé bien, te amaba más allá de... —su padre desvió la mirada hacia la ventana—. Te amaba enormemente, Emmett.

Emmett tragó saliva con fuerza, se le había formado un nudo en la garganta. Nunca lo había preguntado… Tenía que saberlo.

—Señor, ¿es usted…? —el sudor humedeció sus manos y el las cerró con fuerza—. ¿Es usted mi padre, señor?

La mirada de su padre volvió repentinamente hacia él. EI amor y la compasión llenaron la expresión de sus ojos.

— ¿Cuánto tiempo llevas dudando de tus orígenes, Emmett?

Él tragó saliva de nuevo, sin hacer desaparecer su malestar.

—Desde que fui lo suficiente mayor como para entender los rituales. Desde que me marcaron, supongo.

Su padre se inclinó hacia delante en el carruaje; su cara estaba a apenas un susurro de la suya.

— ¿De quién es tu nariz, oso?

¿Nariz?

—Es la nariz del abuelo Emmett, señor.

—Exactamente. ¿Y de quién es la barbilla?

—Igual. Del abuelo Emmett, señor.

—Sí —su padre empujó la cara de Emmett a un lado con una ligera bofetada—. ¿Y de quién son esas orejas?

Emmett luchó contra la presión de la mano de su padre y se soltó para poder mirarle a los ojos.

—No tengo ni idea, señor. Mías, supongo.

—No, oso. Tienes mis orejas. Cuando naciste, tu cara se parecía mucho a la mía. No había duda alguna de que eras mi cachorro. No el de tu tío. Tu madre me juró, después de que fuera mía, que tu tío nunca había llegado a derramar su semilla dentro de ella una tercera vez.

Cullen volvió a acomodarse en el asiento que había delante de Emmett.

—No dudes nunca de quién eres, Emmett. Eres mi cachorro.

Su padre volvió a desviar la atención a los árboles que pasaban.

Nadie sabía lo que había pasado la noche en la que el duque de Cullen había asesinado a su hermano para reclamar a su compañera. Nadie se había atrevido a hablar del escándalo. Todo lo que Emmett sabía era que había sido el producto de una noche de pecado.

Levantó la mano y trazó el contorno de su oreja con la yema del dedo grande, con la parte de arriba curvada, unas pocas ondas a medida que la carne se curvaba hacia abajo para abrirse en unos grandes lóbulos.

Nunca antes había pensado en sus orejas.

Sus ojos estudiaron las orejas de su padre; la parte de arriba estaba oculta bajo su largo pelo de color gris, y el dedo de Emmett volvió a deslizarse de nuevo por la suya. Sus orejas, al menos, poseían una forma similar.

En una simple conversación de dos minutos, el duque de Cullen había disipado sus miedos. Los miedos con los que Emmett había estado cargando toda su vida. Suspiró. Increíble. ¿Acaso estaba su vida dando un giro? En realidad, un giro radical hacia una vida mucho mejor.

Rosalie estaba sentada en la biblioteca de su padre, esperando. Se alisó las faldas y suspiró por centésima vez.

—Rose.

Se giró hacia su padre, que le pasaba un vaso de oporto en la mano. Ella hizo una mueca de dolor cuando le dio un calambre en la vagina.

—Sí, por favor. Gracias, señor —agarró el vaso ligeramente caliente y se llevó el borde hacia los labios. El sabor denso y afrutado invadió su boca, y ella tragó y suspiró.

Su padre y ella, durante los años anteriores a su presentación en sociedad, habían hecho aquella misma actividad en los días de lluvia. Ella leía los libros y él atendía los negocios mientras compartían un vaso de oporto.

—Rose, ¿estás segura de que deseas a ese hombre? —La voz de su padre seguía siendo calmada, pero estaba llena de preguntas—. Es bastante impresionante en tamaño y, después de todas las investigaciones, parece venir de un linaje verdaderamente superior —frunció el ceño—. Hay cualidades en él, sin embargo… Expresa una fachada de control querida. Me preocupa lo que pueda estar reprimiendo.

Rosalie suspiró, y un brillo cálido y borroso la inundó.

—Padre, le deseo más que a ninguna otra cosa que haya conocido. Es todo lo que un hombre debe ser.

—Vaya. ¿Eso crees, querida? Descríbemelo. Quizás, a través de tus ojos, sea capaz de entenderlo.

Ella cerró los ojos y rememoró la imagen de Emmett en el campo, la primera vez que se habían visto.

—Masculino, intenso y lleno de vida.

Emmett al acunar al ciervo en sus brazos y al pasar la mano por el cuello del animal para calmarlo.

—Tranquilo, tranquilizador.

Emmett al visitar sus sueños, en un intento por protegerla de sí mismo.

—Protector.

Los dedos de Emmett que se deslizaban por su piel y se introducían en su sexo, y le hacían gritar de placer.

—Es cariñoso, pero poderoso. Sí, poderoso.

Abrió los ojos y vio que su padre la observaba con atención.

— ¿Estás enamorada de él?

Sus labios se curvaron en una sonrisa radiante, y el corazón le latió con fuerza en el pecho.

—Sí, padre. Lo estoy.

—Muy bien, Rose. Siempre y cuando se comporte hoy cuando venga, te tendrá en un mes.

Ella esbozó una sonrisa que sintió que le llegaba hasta los dedos de los pies.

—Gracias, padre. Gracias.

El mayordomo llamó a la puerta y después entró.

—Milord, lord Cullen y el duque de Cullen.

Su padre enarcó las cejas a Rosalie.

—Hazlos pasar.

Ambos hombres se agacharon al entraren la habitación; los dos hacían que todo lo que había dentro se quedara diminuto.

—Lord Hale —el inmenso hombre de pelo plateado inclinó la cabeza hacia su padre—. Hemos vivido en esta zona desde hace más de veinte años, y nunca hemos sido presentados formalmente.

—Veinte años. Sí, exacto. No porque mi padre y yo no lo hayamos intentado.

—No, lord Hale, desde luego que lo han intentado. Siempre he deseado vivir mi vida en privado —sonrió y Rosalie se olvidó de respirar. El duque era absolutamente atractivo, al igual que lo eran Emmett y su hermano Carlisle, y suponía que como los otros hermanos. Rosalie deseaba conocerlo todo acerca de ellos. Lo haría pronto, muy pronto.

—Sí, y ya veo la razón, su talla. Bueno, me andaré con cuidado. Lord Cullen, puede casarse con mi hija en un mes. Obtenga su licencia y ordenaré que se lean las amonestaciones.

Las amonestaciones, la licencia. Todo sería legal y correcto. Ella miró con atención a Emmett. El deseo y la pasión que sentía por ella resplandecían en sus ojos y en su expresión.

—Muy bien, lord Hale. Creo que mi hijo desea hablar con su hija.

Ella escuchó las palabras, pero no se atrevió a desviar la mirada de Emmett.

—Sí. No hay nada de malo en que se queden a solas durante unos momentos —su padre se levantó y salió de la habitación con lord Cullen.

—Rose mía —Emmett se acercó a su lado a grandes zancadas, y sus ojos de color plata bajaron para mirarla. Inhaló profundamente y le tembló el cuerpo—. ¿Te ha ido bien?

—Mmmm, sí. Muy bien. Solo unos pocos pinchazos, pero excepto eso... —llevó la mano hacia su abdomen.

—La abertura. Olí la dulzura de los fluidos en el viento. Esa es la razón por la que tiemblo. Debo completar el ritual esta noche, Rose. ¿Lo entiendes?

Ella abrió los ojos de par en par y le miro con atención. Él tenía que derramar su semilla en ella, de otra manera nunca sería suya.

—Sí, lo entiendo, Emmett. ¿Dónde?

—Ven al camino principal después de que oscurezca. Tendré un carruaje esperando para llevarte hasta mí —levantó la mano y la hundió en su cabello; después, llevó su cabeza Inicia atrás. Él gruñó y su cálido aliento le acarició la oreja—. No puedo quedarme, Rose, o cambiaré de forma —dio un paso hacia atrás y dejó caer la mano.

Ella se irguió, se puso de puntillas y le dio un beso en la mejilla.

—Estaré allí esta noche, Emmett. Esta noche seré tuya.

Él se alejó de ella. Rosalie volvió a sentarse en el sofá y observó cómo sus anchos hombros tensaban la tela de su abrigo cuando él se detuvo en la puerta de la habitación. Ella sintió un hormigueo en el vientre y la humedad emanó de su sexo para humedecer sus muslos y su falda. Él volvió la vista hacia atrás, hacia ella; tenía los ojos redondos, y siseaba. Después sacudió la cabeza con violencia y abandonó la habitación.

Ella cogió el vaso de oporto y lo vació hasta la última gota.

O.O JAJAJAJA

QUIERO UN CULLEN PARA MIIIIIIIII JAJAJAJA

BESOS