CAPÍTULO 09

Rosalie resbaló en sus zapatillas a medida que atravesaba el camino que discurría a un lado de la senda que llevaba al camino principal de Sudhamly. La oscuridad de la noche la rodeaba y el corazón le latía aceleradamente. Le entró la risa. Aquel camino... negó con la cabeza. Era la segunda va en una semana que atravesaba la tierra en la oscuridad.

Aquella noche, en el mundo de Emmett, sería suya. En su mundo, poder estar con él le llevaría otras cuatro semanas. Las amonestaciones eran leídas semanalmente durante tres semanas consecutivas y entonces, llegaría la boda. Suspiró. Deseaba poder viajar hacia Escocia en aquel momento, pero si lo hiciera heriría a su padre.

Hasta que terminaran las amonestaciones, su relación debía limitarse a reuniones formales y a verse furtivamente.

Los escalofríos le pusieron la piel de gallina, y los ojos plateados y brillantes de Emmett emergieron de los árboles. Sus brazos rodearon su cintura y la levantaron en el aire.

Ella tensó los músculos, pero no gritó. No le tenía miedo. Aquello era lo que deseaba; que él la tomara con tal acometida de pasión la dejara abrumada por sus atenciones.

Su aliento húmedo le acaricio el cuello, mientras presionaba la espalda con fuerza contra su pecho que trabajaba a con dificultad, y dio un paso en la oscuridad de los árboles.

Cerró los ojos y tembló, al mismo tiempo que los escalofríos le recorrían la piel. La tela de su corsé se tensó alrededor de sus costillas, y se esforzó por respirar.

Ninguno de ellos articuló palabra. Él dio un paso hacia atrás, uno tras otro. Ni una sola vez se golpeó con un árbol o se tropezó con una roca o un tronco.

Flotaba.

Sus brazos la abrazaban con fuerza mientras se sumergían cada vez más en las profundidades de la oscuridad.

En su mente, imágenes de sueños pasados, donde le veía en el bosque, una presencia humana y animal a la vez, de maldad y benevolencia... La vulva le tembló y la humedad se escapó, escurriéndole por los muslos. Adoraba cada parte de su ser.

El pecho de él se expandió sobre su espalda, y gruñó. Su lengua se deslizó hacia fuera y lamió la piel de su cuello.

Ella emitió un gimoteo y arqueó la cabeza hacia atrás contra su hombro. Un siseo se escapó de los labios de él y sus dientes arañaron la piel de su hombro y mordisquearon la suave carne.

Una sensación de dolor la invadía, solo para ser apaciguada después por el hormigueo de la brisa fría de la noche acariciando la húmeda marca de su piel.

Él se detuvo y la dejó en el suelo. Su cuerpo se deslizó por la endurecida parte delantera del suyo. Su larga erección presionaba hacia abajo en su cuerpo y las sensaciones ardieron a través de la tela, quemándole la piel antes de que la fría tierra presionara contra las plantas de sus pies una vez más. Oh, Dios. Había perdido sus zapatillas en algún lugar del bosque.

Parpadeó. El brillo de la luna que se filtraba a través de las ramas de los árboles daba a un pequeño claro. Aquel era el lugar. El lugar que había visto en sus sueños, el que él le había enseñado, el que enredaba sus pensamientos y emociones. Aquel era el lugar en el que ella había llegado a conocer y a desear a aquel hombre.

Él caminó alrededor de ella. Sus ojos plateados y redondos resplandecían, como unos cristales perfectamente pulidos bajo la luz de las velas.

Su mandíbula se tensó, y las puntas de sus dientes sobresalieron sobre su labio inferior cuando tragó.

Ella sintió cómo el corazón se le subía a la garganta, deseaba sentir aquellos dientes arrastrándose por su piel, mientras le mordía la carne y se unía a ella. Cerró los ojos y recorrió sus dientes con la lengua.

Él estalló en carcajadas, y emitió un sonido profundo y completamente sincero.

¿De qué se estaba riendo él? Ella abrió los ojos de golpe para mirarle con atención. Él levantó la mano y trazó su barbilla con las yemas de los dedos, seguidos después por la a árida de las puntas duras y frías. Ella tomó una rápida bocanada de aire y se quedó inmóvil.

¡Sus garras!

—Nunca te haría daño, Rose —curvó los dedos hacia abajo, y sus garras dibujaron líneas por su cuello hasta llegar al ribete de su vestido—. Aguanta, Rose.

Ella se esforzó por respirar, no deseaba hacerlo demasiado profundamente. Ella confiaba en él; sin embargo, las garras como las que él poseía cortaban, con cortes profundos.

Sus garras atraparon la tela y la deslizaron hacia abajo. El sonido veloz de un hueso duro y afilado desgarrando la muselina hizo que se le pusieran los pelos de punta.

Una ardiente necesidad siguió a aquellas garras cuando se deslizaron hacia abajo por su vestido. A ella le temblaron las piernas y el sudor brotó de su piel. Respiró el anís y las fragancias frescas y húmedas de la tierra. ¡Oh, cómo adoraba la manera en la que él olía!

Él calor que había sentido en su matriz estalló en una llama viva, y ella gimió y lloriqueó. Necesitaba que él estuviera dentro de ella. Echó la cabeza hacia atrás y se lamió los labios. Mmmm. Sí. Pasión, necesidad y deseo, todo en uno.

Haría cualquier cosa que él deseara, sin hacer ninguna pregunta. ¡Oh! Qué alegría. Él alcanzó sus caderas, y sus dedos retiraron la tela de su cuerpo y descubrieron el corsé de algodón que llevaba debajo. Se estremeció en el momento en que sus suaves manos levantaron la tela y después la bajaron por sus hombros.

Ella contoneó el cuerpo, y la tela se deslizó de sus brazos y cayó en un montón sobre su cintura. Él caminó hacia un lado y después se posicionó detrás de ella. Su aliento le acarició los omoplatos, y el corazón le latió con más fuerza aún. ¿Por qué la excitaba tanto sentir su respiración en la piel?

Él deslizó los dedos por su espalda, desde el centro hacia los lados, y entonces, bajó la curva de su torso hacia el abultamiento de su cintura. Sintió un tirón en los lazos que ataban la prenda.

Gracias a Dios. Ahora podría respirar sin dificultad. El cuerpo le tembló ligeramente. Después, le siguió otro tirón, y otro más, a medida que uno a uno se aflojaban los lazos de su espalda. La brisa fría de la noche acarició su piel febril, y levantó deliciosos salientes a su paso. Tembló.

Sus manos abrieron el algodón y las varillas del corsé y tiró de los tirantes hacia delante. La prenda cayó al suelo del bosque sin hacer ruido. Un suspiro se le escapó de los labios e inhaló una bocanada de aire como si fuera la primera vez que lo hacía.

Las cálidas yemas de sus dedos se deslizaron alrededor de su cintura y a ella le temblaron los brazos. La caricia continuó por su estómago y subió hasta su pecho, y sus dedos rodearon con ternura la carne en flor que ascendía hacia arriba en los centros, con lentitud. Ella suspiró de nuevo, y sus ojos parpadearon cuando una mezcla entre un hormigueo y el éxtasis se apresuró por su piel. Él alcanzo sus pezones con los dedos, y con la ayuda del pulgar y el índice pellizcó y sostuvo los cerillos de las planas a cimas.

Ella respiró súbitamente. El dolor que ascendía en espirales de la endurecida carne y fluía hasta su vientre tensaba todos los músculos en su estela.

Su lengua le lamió a un lado del cuello y ella se estremeció bajo la caricia.

—Quédate quieta, Rose —su voz estaba cargada de placer. Se dejó caer de rodillas detrás de ella y bajó sus faldas por las caderas. Cayeron hasta sus pies emitiendo el siseo propio de la tela—. Abre las piernas, Rose.

—Emmett —su voz salió en un silencioso susurro. Sacó las piernas de las faldas y separó bien los pies. El frío aire contra su sexo abierto la acarició como si otro par de manos la llevara hacia el placer. Él presionó los labios contra su trasero en un contraste caliente, y su lengua se arrastró por la carne en forma de besos con los labios abiertos.

Las paredes de su vulva se tensaron, al recordar su lengua y las sensaciones que él le había provocado al lamer su carne secreta. ¡Oh! Ella deseaba que su lengua se deslizara allí, que lamiera su capullo en lametones largos y sensuales. Gimió. Qué deseos tan escandalosos... Sonrió. Los adoraba.

El duro filo de sus garras subió por la parte interior de sus muslos y se dirigieron hacia su húmeda carne. Ella abrió los ojos de paren par... Él no lo haría, ¿o sí?

La punta de su garra rozó sus tiernos labios. Ella inhalo con fuerza y sintió cómo se quedaba sin respiración en la garganta. Se estremeció. La dura garra separó con suavidad sus labios. «No te muevas, Rosalie. Puede que te corte accidentalmente». Se mordió el labio. Los dedos de su otra mano masajearon sus muslos, sus nalgas y su espalda, en un intento por relajarla.

La dura punta desapareció, y el calor de uno de sus dedos se curvó y contoneó en su sexo y después presionó dentro de su núcleo. ¡Oh, Dios! La sutil diferencia en la sensación, de la brusca de un hueso duro e inanimado a algo real, era poderosamente intensa. Ella empujó hacia abajo y hacia atrás con sus caderas; deseaba poseer más de él en su interior, estirarse ante la dura anchura de su miembro.

El calor y el frío tensaron todos los músculos de su cuerpo, y una luz destelló detrás de sus párpados. Él contoneó el dedo curvado en el centro de su sexo.

—Oh, oh, eso es, sí, eso es —apenas pronunció aquellas palabras, su cuerpo comenzó a agitarse en espasmos alrededor de su dedo cuando el placer que había estado esperando se extendió en su interior.

Él sacó el dedo y la agarró por las caderas. La carne caliente y afilada de la cabeza de su pene presionó entre sus muslos y se deslizó dentro, estirando deliciosamente sus labios.

La punta se acomodó en su agujero y presionó en ella con un largo movimiento. Sus genitales se estrecharon con avidez a su alrededor, para darle la bienvenida a su longitud y su anchura. Echó las piernas hacia atrás y él envolvió su dureza en lo más profundo de su vientre.

Rodeó sus caderas con el brazo y con la otra mano sujetó uno de sus pechos, mientras sus dientes la arañaban a un lado del cuello y bajaban por su hombro. Gruñó y embistió dentro de su agujero abierto.

Los sonidos de sus gemidos y los siseos de él llenaron la noche con armonía e incitaron una vez más sus deseos lujuriosos.

Su cuerpo la estaba poseyendo, su espíritu fluía por cada poro de su piel a medida que él se movía, lamía, chupaba y mordisqueaba su carne. Ella respondió a cada uno de sus actos ofreciendo su pasión sin restricción alguna.

Su lengua se deslizó hacia el lóbulo de su oreja, y la afilada punta de sus dientes atrapó la carne y mordió. Todos los movimientos cesaron excepto por el latir de sus corazones. Una punzada de dolor le atravesó el lóbulo y él tembló, y siseó con su respiración en su oreja, las palpitaciones de los latidos de su corazón se intensificaron en su vagina, su verga se sacudió y llenó con un chorro caliente las paredes de su interior.

Ella soltó un grito y sus músculos temblaron alrededor de su dureza, mientras su miembro derramaba su semilla dentro de ella.

Su boca succionó el lóbulo de su oreja, y se tropezó hacia atrás, hasta acabar sentado sobre el suelo y con ella encima. Rosalie se acomodó sobre su regazo, con las piernas abiertas, a cada lado de los muslos de él mientras su falo palpitaba todavía en su interior. La brisa de la noche hizo que su piel mojada y febril se estremeciera en una agradable caricia. Sintió un cosquilleo en la matriz, y Emmett descansó la empapada frente sobre su hombro y suspiró.

—Mi Rose. Mi ángel. Te adoro. Mi corazón solo palpita tu nombre.

Ella se retorció en su regazo, deseaba verle los ojos. Él no se movió.

—Emmett, yo... yo nunca podía haber deseado estar con otro que no fueras tú. Lo eres todo para mí. He estado enamorada desde la primera vez que puse mis ojos en ti, en el campo en donde conectan nuestras tierras.

—Tú, Rose mía, no te mereces un hombre como yo. Soy brusco, bruto, un demonio que acabará devorando tus emociones y dejándote hueca por dentro.

Ella levantó la mano y la deslizó entre sus cabellos. Él acarició un lado de su cuello con los labios, y unas sensaciones de placer, amor y desesperación invadieron el cuerpo de Rosalie.

—Emmett, no eres ningún monstruo. Eres una mezcla deliciosa de masculinidad, amor y puro deseo animal. Amo al hombre carnal que eres.

Una cálida humedad le acarició el hombro, y un goteo de lágrimas recorrió su clavícula hasta caer en el hueco de su garganta. Estaba llorando.

Ella dejó inmóvil la mano en su cabello, cerró los ojos, y se empapó de todo el amor que fluía de su ser. Las lágrimas cubrieron sus ojos.

—Emmett, te quiero.

Ella sintió cómo movía la garganta sobre su hombro.

—Yo... —«Ejem»—. Yo te adoro, Rosalie. A tus ojos soy una persona completa.

—Emmett, eres una persona completa. Eres mucho más de lo que podrías soñar ser o con lo que cualquier otro hombre común sueña. Tus cualidades peculiares no hacen de ti un monstruo, Emmett. Te hacen extraordinario —le cogió la mano y tiró de ella hacia sus labios, y después, lamió sus dedos con su boca. Su pene se retorció dentro de ella, su humedad se mezclaba con la carne de su unión.

—Ahora eres mía, Rosalie. Para siempre.

—Eso es, Emmett, soy devotamente tuya.

Él la abrazó con fuerza y suspiró.

—Deseo que vengas conmigo a casa, Rose, pero sé que no puedo tenerte de noche hasta dentro de unas semanas.

Una sonrisa levantó las comisuras de sus labios. Tenía razón, iba a ser una espera de cuatro semanas muy, muy larga.

YO QUE ROSE ME LO LLEVABA A ESCOCIA JAJAJA

4 SEMANAS YO ME MUERO JAJAJA

MUAK LINDAS