CARLISLE

CAPÍTULO 01

Esme bajó caminando por el sucio camino del pueblo, con los puños a cada lado de su cuerpo. Pasó por la tienda del carnicero y por la del modista.

—Buenos días, lady Esme.

Ella inclinó levemente la cabeza pero siguió andando a paso ligero por el camino que llevaba a las afueras del pueblo. Se moría de vergüenza al escuchar el alegre sonido de la flauta y el violín que tocaban en la distancia. Dios mío. Le dolía el corazón. Alzó la mano y sus dedos rascaron la tierna piel que había entre sus cejas.

La Fiesta de Mayo había comenzado ya, y todas las chicas jóvenes bailaban con gracia alrededor de la pértiga mientras los hombres las observaban. El corazón le latió con más rapidez de la que sus piernas podían avanzar y sintió como se le revolvían las entrañas.

Las chicas cantaban y reían a carcajadas, y los hombres del pueblo se sentaban bebiendo sus jarras de ponche y cerveza hasta que caían al suelo, cogían a una de las chicas, o lanzaban sus bollos al aire.

Era vil y asqueroso.

Tenía que marcharse de allí. No podía formar parte de aquella fiesta. Todas aquellas pobres chicas creían en el amor. Ella conocía bien la verdad: solo las mujeres poseen la capacidad de sentir esa emoción.

Sintió un pinchazo en el corazón.

Harold la había iluminado con aquella lección. Tener relaciones sexuales y beber eran las cosas que a los hombres les gustaba hacer. «El amor... el amor es para las niñas tontas, un engaño para que contraigan matrimonio, y el matrimonio solo sirve para aumentar la riqueza de uno, o su linaje, o sus relaciones sexuales, y para tener niños. No sirve para nada más».

La primera vez que ella le había escuchado pronunciar aquellas palabras había pensado que solo estaba bromeando. La segunda vez que lo había hecho lo había achacado a la bebida.

La tercera vez...

Bueno, la tercera vez después de haber dicho aquellas palabras, ella había rompido en llanto. Todos los habitantes del poblado decían que él era la presa perfecta, un mercader rico. Para ellos, el título que poseía ella no servía nada más que para garantizarle un «buenos días» con la palabra «milady» adjunta.

Había visto muy poco a su familia desde que su padre la había casado con Harold, a cambio de una suma de treinta y cinco libras al año. Y Harold, hasta hacía cinco meses —hasta el día que había muerto— la había tratado como su sirvienta. Un mero instrumento, de la que él solo deseaba el acto de vergüenza que él y sus amigos comerían con ella una vez al mes.

Ella suponía entonces que las relaciones sexuales no eran tan malas. Encontraba placer en el acto, y en una ocasión, había anhelado la caricia de otro hombre. Sin embargo, las relaciones nunca cumplían con sus expectativas, con sus fantasías. Quizás, simplemente, no le gustaran los hombres. Puso los ojos en blanco. Aquello iba mucho más lejos. Odiaba a Harold y, bueno, a la mayoría de los hombres de aquel pueblo.

Viró por el camino al borde del pueblo y se dirigió a los acantilados y al puerto Rye.

Observaba con atención el camino gastado y a sus botas de niña que sobresalían por el dobladillo de sus faldas. Los sonidos de la fiesta se desvanecieron poco a poco para dejar paso a los sonidos del mar. El sol todavía brillaba y, para cuando se escondiera detrás de la tierra, el campo que ahora estaba atravesando se llenaría de hombres que copulaban con cualquier mujer del pueblo a la que hubieran podido echar mano.

Se alejó del camino y cruzó el campo hacia su roca favorita. Vuelto de espaldas, en dirección contraria a la que soplaba el viento, se escondía su refugio, el lugar en el que había conocido al hombre de sus sueños, y al que había alejado después de cometer un estúpido acto de adolescente. El único hombre que hasta aquel día podía decir que amaba.

Puso la mano sobre la piedra y deslizó la pierna sobre el borde. Colgó su cuerpo sobre el mar e imaginó sus manos grandes y firmes sobre su cintura mientras la levantaba para llevarla a la pequeña y escondida cala que había a un lado de los acantilados.

Imaginó su cuerpo deslizándose por su ancho pecho, y tan ensimismada estaba que había permitido que sus dedos se abrieran, dejando la roca en busca de su cálida piel... Cayó y las suelas de sus botas de niña golpearon el camino que había debajo. El recuerdo se desvaneció, y dejó escapar un suspiro.

Había añorado tanto esos momentos... aunque con toda probabilidad no hubieran sido otra cosa que mentiras. ¡Dios mío! ¡Qué estúpida!

«Los hombres no aman. Solo desean. Las mujeres son los medios necesarios para llevarnos a un estado de liberación, nada más. Los hombres buscan a los hombres para tener compañía, y las mujeres buscan a las mujeres».

Negó con la cabeza.

En su mente sabia que aquello era cierto. ¿Cómo no iba a saberlo? Había pasado los últimos doce años con un hombre que se lo había enseñado.

Se dio la vuelta y se quedó mirando el mar. Estaba encerrada para siempre en aquel pequeño pueblo. Suspiró. No, eso no era verdad. Podía marcharse si quería. Podía viajar de vuelta a casa de su padre, pero después de no haber hablado con él desde el día de la boda, no sabía muy bien cómo poder acercarse a él. Además, nunca habían mantenido una estrecha relación, incluso antes de contraer matrimonio con Harold.

Carlisle Cullen... su pelo rubio y sus ojos azules. Su sonrisa y sus carcajadas. El hombre de sus sueños. Bueno, en realidad solo era un chico cuando se habían conocido. Ojalá supiera dónde estaba.

Seguramente, él se habría casado con una bonita rosa inglesa. Sonrió. Él odiaba a aquellas simples chicas que ríen por lo bajo y nerviosamente. El aspecto atractivo de Esme y sus ansias de aventura le habían atraído hacia ella, así como su pelo rubio y sus ojos verde-azulados le habían servido a su padre para recibir una buena suma de dinero de Harold.

Observó con atención el mar. Un barco con unas velas blancas que ondeaban al viento apareció por la cala, en dirección al poblado. Un nuevo envío desde una tierra lejana... telas y encaje de Francia, oporto y vinos de Italia, o té de China. Algo que había aprendido en su matrimonio: las importaciones podían hacerle a uno muy rico. Sin duda, los artículos que iban a bordo de aquel barco se dirigía hacia las familias capitales y ricas de los que hace tiempo habían sido los suyos.

Londres.

La tía Bess tenía una casa en Mayfair. La escandalosa Bess. Sus dos aventuras altamente conocidas con el duque de Eleazar y su hijo, los dos al mismo tiempo, habían sembrado su reputación. Esme soltó una risita.

Su tía estaba orgullosa de sus relaciones. Esme también encontraba algo de diversión en el acto, pero nunca había deseado a un hombre como lo había hecho su tía.

Sería reconfortante encontrarse con ella de nuevo. ¡Oh! Tomo una bocanada de aire, nostálgica. Dormir de nuevo bajo sábanas de seda e ir al teatro. Exactamente, a la ópera. A ella le encantaba todo tipo de espectáculo, pero las tragedias locales que interpretaban a diario los habitantes del pueblo era el único acto que ella podía presenciar en aquel pequeño lugar.

Londres... Habían pasado diez años desde la última vez que había caminado por sus calles serpenteantes. Escribiría una carta a su tía aquella misma noche y regresaría a su pasado con la esperanza de encontrar la pasión que había perdido al viajar a aquel poblado. Además... era un cambio que se había merecido.

16 de mayo, 1818

Querida Esme:

Me alivia que hayas escrito.

Toda la familia está loca de preocupación por ti, porque todavía te encuentras en ese pequeño poblado en donde no hay ni un alma, y ahora, sin marido que se ocupe de tus necesidades. Sonríe.

La gota hace que me duela todo el cuerpo, querida, y voy a viajar a Bath para tomar las aguas durante todo un mes. Ya he informado al servicio de tu llegada. Haz lo que desees. No quepo en mí de gozo al pensar que vas a quedarte conmigo.

Espero pillarle «en el acto» en cuanto regrese a la ciudad.

Tu malvada tía Bess.